El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.

 

 

Llega el fin de  año (2020)

Por supuesto este año esta siendo denostado por todos y cada cual espera que, al cruzar el umbral y entrar en el 21, las cosas cambien y se prepare un escenario diferente que compense por todas las tribulaciones que nos ha hecho pasar 2020.

Cuando llegan estas fechas, suelo hacer balance de como ha ido el año, pero, en esta ocasión quiero hacer una valoración más amplia. Desde hace bastante tiempo, tengo la sensación de que este siglo, el siglo XXI, está repitiendo muchos de los errores que ya se cometieron en los inicios del siglo XX. Es como si de nuevo hubiera que hacer caer al Imperio Otomano, aquel decadente sistema que regía a un conglomerado de pueblos y naciones sometido a un uniforme, que no le venía nada bien, y que ignoraba el peso de la cultura y la historia de muchos grupos humanos que aparecían confundidos y borrados bajo su pabellón.

Al observar al actual Oriente Medio en el que Turquía, Rusia, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos se disputan la hegemonía local o echan un pulso para la hegemonía global, se me vienen a la cabeza las tensiones entre las potencias europeas de aquellos años del siglo XX y su empeño colonial, secundado por los Estados Unidos y la Rusia de los zares. Aquello acabó con una era y estableció el inicio de otra que, finalmente, se ha frustrado sin ninguna duda. Prácticamente los mismos actores, jugando un juego casi idéntico y haciendo sufrir de igual modo a los descendientes de aquellas otras víctimas. Árabes de diversas zonas -Siria, Líbano y Yemen, por ejemplo- y armenios de Nagorno-Karabaj, más los olvidados curdos y los palestinos, siguen sufriendo por su tierra, por su vida, por su futuro y por sus hijos, sin ver más salida al túnel que ir a morir a las aguas del Mediterráneo, acogidos por el resquemor o la indiferencia del mundo occidental. Todo esto lo contemplo desde hace algún tiempo con dolor y cierta desesperación por ser consciente de que estamos repitiendo una historia que no conduce a ninguna parte.

Sin embargo, a mi contemplación y análisis de la realidad presente se le escapó la posibilidad de que coincidiera también, un siglo después, una plaga como la gripe del 18. La medicina ha avanzado tanto en los últimos años que parecía, a pesar de algunas historias apocalípticas de ficción, que jamás habría una enfermedad que no se pudiera erradicar. Es cierto que el cáncer sigue siendo una plaga. Pero también es cierto que se ha conseguido curar en muchos casos, paliar en otros y en bastantes minimizar con una cierta calidad de vida de los enfermos. Es también verdad que el VIH hizo estragos y parecía algo sin remedio, pero se ha conseguido atajar y, aunque hay contagios, no supone ya una sentencia de muerte segura.

La presencia entre nosotros de este nuevo virus que, por otra parte, era bien conocido de los investigadores y epidemiólogos, ha supuesto un control sobre las sociedades y un confinamiento, ya admitido por muchos de nosotros como voluntario, que nos sitúa en el papel de una sociedad sitiada por un enemigo que no se ve. De una sociedad que se creía libre y dueña de sus destinos, nos ha transformado en una sociedad escondida tras los muros de su propia casa; una sociedad temerosa del contacto con el vecino, el amigo, el familiar; una sociedad que reclama a gritos los besos y los abrazos, pero que no es capaz de romper esa barrera de la distancia porque tiene miedo y con razón.

Algunos, que no merecen sino desprecio y rechazo, ante la experiencia llegan a afirmar que ‘sin tomarse la cervecita en el bar’ no pueden vivir.

Muchos, ante esta experiencia dolorosa y temible, se han dado cuenta de la fragilidad del ser humano; cosa que siempre ha sido evidente, quizá no tanto en el mundo llamado civilizado, pero cotidiana en el tercer mundo, en el que la violencia, los abusos o la pobreza son hechos diarios y muestran la nonada de las personas.

Otros tantos han descubierto la incertidumbre. Otro rasgo más que evidente de la condición humana que podíamos ignorar, cifrando nuestra seguridad en los bienes, las posesiones, la tecnología o, simplemente, en nuestra soberbia. Este virus, nueva Torre de Babel, no solo ha diversificado nuestros lenguajes, sino que nos ha dispersado por la tierra, convirtiéndonos en enemigos unos de otros. Por eso, resulta significativo que se hagan tantos llamados a la solidaridad, al aplauso de los que cumplen con su obligación. En el fondo, cada uno de nosotros quisiéramos encontrar el escondite perfecto y escapar a esta amenaza.

Pero y a pesar de todas estas reflexiones que oímos en tertulias o leemos en diarios o incluso en libros de muchas páginas, no damos pasos hacia adelante y, en la cortedad de nuestras miras, andamos a la greña en cuestiones domésticas de índole menor. Cuando comenzó la pandemia, los gobiernos de las autonomías reclamaban para sí el derecho a gobernar el terror que se estaba produciendo y el Gobierno central tomó las riendas e impuso durante meses, no sin un gran esfuerzo, un único mando y una única norma de actuación. Ahora en que la cosa ha cambiado y son las autonomías las que rigen y toman decisiones acerca de cómo y de qué modo han de comportarse sus ciudadanos, muchos reclaman que sea el Gobierno central el que tome las riendas. Si no fuera porque produce una infinita tristeza contemplar ese nefasto espectáculo, sería para no parar de reír. Es solo el botón de muestra de que todo vale para estar en contra del Gobierno. Ese al que algunos desaprensivos y mala gente se atreven a llamar social-delincuente, mostrando la falta de respeto monumental que sienten por sus conciudadanos que lo han votado. O aquellos otros que, como ya he dicho en algún otro lugar me recuerdan al loco del pueblo de mi padre, que quieren fusilar a la mitad de la población porque no comulga con su afición al autoritarismo, a las dictaduras, al fascismo y a la arbitrariedad. Son los cargados de la razón de la violencia que posiblemente lamentan y añoran seguir teniendo el sable por la empuñadura, aunque los achaques les hagan temblar el pulso. Dicho sea de paso ¡qué vidas desperdiciadas! Cuanto más ancianos somos, se espera que seamos más sabios y, sin embargo, estos se han vuelto más necios de lo que ya eran. ¡Una pena!

Es evidente que deberíamos hacer un gran esfuerzo para acercar posiciones, para buscar el entendimiento y para planear un futuro en el que los fallos que se han puesto de manifiesto por esta maldición del virus fueran subsanados, pero no. No estamos por la labor. Valga como gesto simbólico el hecho de que partidos como Vox, PP y Ciudadanos alienten manifestaciones contra la Ley de educación promovida por la Ministra Celáa.

Después de haber dinamitado la gran reforma que se hizo a partir de los años 1983 y siguientes, con la implantación de la LOGSE y de la Ley de Reforma Universitaria (LRU), promovidas en el Gobierno de Felipe González por el Ministro Pérez Rubalcaba (dbm), y de haber padecido el despropósito de la Ley Wert en los últimos años, después de haber dejado en mantillas a la educación pública, a la investigación y la docencia universitarias, ¿cómo se pueden sostener argumentos como el de que ‘se impide a los padres escoger centro’ y ‘se persigue a la concertada’?

Cuantos de los ciudadanos que vociferan en las calles con sus bocinas al viento han leído la propuesta de ley. Con qué desfachatez se argumenta que la ignorancia de nuestros jóvenes procede de una ley que aún no ha entrado siquiera en vigor. Eso se permitía decir un ‘ilustre’ escritor oportunista y académico en un artículo reciente que corre por las redes, contraviniendo la más elemental de las lógicas.

Estimados amigos de denigrar al gobierno de centro izquierda que nos gobierna porque muchos así lo han querido, sean más respetuosos con sus conciudadanos y no los insulten sembrando el odio, el único sentimiento que, al parecer, les sostiene.

Voy a hacer un poco de abuelo Cebolleta, aquel viejo personaje del TBO que recordaba sus batallitas pasadas. Yo aprobé el ingreso de Bachiller con nueve años, ante un tribunal de tres profesores, mediante pruebas de lengua (un dictado sin faltas de ortografía; tres eran eliminatorias), con una prueba de matemáticas de una división por varias cifras; una prueba oral de lectura y otra de geografía física de España. Luego hice dos reválidas; con 13 y 15 años y un ingreso a la Universidad también ante un tribunal, con prueba oral de idioma a los 16. He estudiado dos carreras de Filología, he hecho un doctorado, ambos refrendados con tribunales de tres y cinco personas, y finalmente, hice oposiciones para obtener una plaza en la Universidad, donde he ejercido por casi 40 años. He visto como se deterioraba el conocimiento de mis estudiantes, a partir de finales de los años 90, para ir galopando, salvo honrosas excepciones, hasta el año 2009 y siguientes. Dejé, por fortuna, anticipadamente la Universidad para pasar a una activa jubilación harta de la indigencia de conocimientos de mis alumnos y cuando me di cuenta de que solo a los de doctorado los toleraba porque tenían un mínimo de solvencia intelectual.

A mi modo de ver, el deterioro de la formación de los estudiantes procede de dos hechos concretos y de un tercero discutible. (Hay otros más, pero no quiero alargarme demasiado)

1.- El primero de los hechos se produce cuando las antiguas escuelas Normales se transforman en escuelas universitarias de magisterio hacia los años 70. Veinte años después, por la ley promovida en el 92 se convierten en Facultades de Educación; confundiéndose la labor del maestro/a, con la del pedagogo.

2.- La segunda causa procede del sistema de acceso del Profesorado de primaria y secundaria a la carrera docente. Las plazas, salvo excepciones, se obtienen por la antigüedad y no por los conocimientos demostrados en los exámenes. No obstante, los llamados ‘aprobados sin plaza’ entran en una cartera de empleo que les garantiza el ejercicio docente por tiempo ilimitado, hasta que consigan una plaza fija. Así, cada dos años se presentan a las oposiciones que se convocan, siempre con menos plazas de las que se necesitan y con el temario preparado a medias (a ver si cae la que me sé). Todo esto los quema y decepciona, o, por lo menos, no los estimula en absoluto.

3.- La tercera de las causas ha sido la masificación universitaria y la prolongación de la vida escolar; estabulación de jóvenes. En la Ley Rubalcaba, con buen criterio, se encaminaba a los jóvenes a encauzarse en la FP pero, a pesar de la intención y el espíritu de la ley, pronto la FP se convirtió en un aparcadero para ‘tontos’. El desprestigio de esta vía de formación de titulados medios, los que más demandan las empresas, alentó a muchos a evitar esa vía y decidirse por carreras universitarias de larga duración cuyas salidas, como es natural, son menos. Así tenemos el panorama de titulados superiores ejerciendo de cualquier cosa, menos de aquello para lo que se formaron, y muchos otros puestos de trabajo cubiertos por mano de obra no cualificada. Esta se forma, como en los viejos gremios de oficios, al calor de un ‘maestro’.

La frustración de unos y otros es evidente. Si alguno de esos titulados ejerce como docente, es fácil comprender que lo haga desde la insatisfacción y sin vocación. Nada que ver con los viejos profesores de la escuela Normal o del plan 57.

Solo en este asunto, el de la educación, hay mucha tela que cortar y no es lo más importante ‘escoger centro’ o si los hijos son de los padres o de quién. Pero si miramos a la sanidad, a la vivienda, a la ordenación del medio, al reparto de los recursos hídricos, a la conservación del medio ambiente, a la estructura de algunas instituciones, al funcionamiento de la empresa, al estímulo a las inversiones y la creación de empleo, y a vacunarnos en cuanto nos llamen, hay mucho que hacer en el 2021 para borrar lo malo acontecido y permitirnos pensar que el futuro será mejor.

Si cada uno en nuestro rincón somos capaces de cumplir con lo que realmente importa, dejaremos de repetir lo que ya ocurrió en el siglo XX y nos ha traído hasta aquí de fracaso en fracaso o, lo que es peor, de falso logro en éxito banal.

Dios tenga en su gloria a los que este maldito virus se ha llevado y bendiga a los que cuidaron de ellos con fatiga y medios escasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor

Las palabras tienen historia

Las palabras tienen historia y no me refiero a su etimología, a si son préstamos, calcos o adaptaciones de otras lenguas. Me refiero a que forman parte de nuestra historia; las aprendimos y recordamos el momento en que lo hicimos; las usaba nuestra madre o nuestro padre; se empleaban en un momento de nuestra historia y luego fueron sustituidas por otras. Podríamos decir que las palabras tienen nuestra propia historia. Quizá mejor; nosotros tenemos una historia que está vinculada a determinadas palabras.

Tengo un amigo, buen  lector, puntilloso con el lenguaje y respetuoso con las directrices de la Academia que, no hace mucho, me reprochaba el uso de la expresión ‘la médico’.  Incluso, puesto que me considera feminista, le parecía extraño que contraviniera no solo la norma, sino también el espíritu que inspira el uso de ‘la médica’.

Sin embargo, ya le expliqué -quizá con un punto de soberbia- que los hablantes y sobre todo los escritores (contándome entre ellos) somos los que hacemos el lenguaje y no los académicos/as; (aunque tras la barra, haya muchas menos).

Pero, pensando en por qué me había ‘enervado’ su advertencia y en un íntimo psicoanálisis me di cuenta de que mi rechazo a la feminización de médico, así como a la de militar no tiene nada que ver con la Academia, pero sí con la defensa de género.

Cuando yo era jovencita, médica, con el artículo definido delante, al igual que militara, eran términos que se aplicaban generalmente a las esposas de quienes tenían la medicina o las armas como profesión. No había mujeres militares y si había alguna médico eran tan pocas que no contaban. Esto suponía, sin duda, algo más general en la apreciación de las mujeres. Ellas no contaban para nada, eran algo en función de lo que fueran sus maridos y si no tenían marido eran o viudas o solteronas, pero no se suponía que ejercieran una profesión.

De manera que aunque la Academia haya aceptado el término en su forma femenina, a mí me resuena en la memoria con un deje de desprecio a la mujer, de manera que, siendo yo mujer, no pienso emplearlos se pongan como se pongan los académicos/as. De ahí mi enfado. Saltó dentro de mí un resorte efectivamente feminista o femenino de defensa de la igualdad. Si por siglos un médico varón era un médico, ahora que las mujeres empiezan a abundar en la profesión, no me cabe duda de que han de ser ellas también ‘médicos’ y no ‘médicas’ como lo fueron sus madres o abuelas.

El imaginario está también construido con palabras y ese imaginario refleja un mundo personal tan importante como el mundo real, compartido por todos. En otro orden de cosas, más bien tocante a la estética, cuando veo a alguien, en particular a una mujer, con un tatuaje, no puedo dejar de pensar en la Legión extranjera, fundada por Millán Astray. En su día, a imitación de la existente en otros países europeos, se nutría de personas de dudosa conducta y su servicio a la patria -aunque no fuera la suya de origen- los ayudaba a redimirse de sus malas andanzas anteriores. Aquellos bravos hombres, muchos de ellos marineros contrabandistas y piratas, llevaban su historia dibujada con tinta en la piel; mostraban el vello del pecho con orgullo y presumían de bravucones, pendencieros, bebedores y mujeriegos y de un arrojo a prueba. Eran, pues, el símbolo del varón y macho dominante. Algo muy lejos de lo que significan hoy en día algunas mujeres, bien conocidas de todos, que son modelos de feminidad, inteligencia, valía y atractivo, pero que llevan su cuerpo tatuado de arriba a abajo. No puedo dejar de mirarlas y pensar en la Legión.

Podría decir que no me gusta, que no me parece femenino, que no le veo la gracia, pero en realidad lo que siento es un rechazo profundo a usar una estética confusa y que si a algo apunta es a violencia y bravuconería. Ahora que, no en todos, pero en bastantes hombres empezamos y ellos mismos empiezan a valorar su lado femenino, ganando en sensibilidad, ternura y delicadeza, no veo que nosotras tengamos que imitar lo más grosero, rudo y áspero de los varones.

Las palabras, pues, forman parte de nuestra historia y nos evocan mundos que no son solo normativos o ideológicos. Son arqueológicos. Ya se sabe que el mundo material a veces contradice al mundo de las crónicas.

Aprendiendo a bordar

 

Me hacen llegar esta imagen colectiva, acompañada de algunas individuales, en donde se aprecia el detalle del bordado de cada blusita.

Las niñas han aprendido a bordar y cada una se ha hecho su propia prenda, desarrollando al tiempo su creatividad y su sentido estético. Con una capacidad innata que pertenece a la base de su cultura indígena, han sabido combinar de manera magistral colores y formas. Probablemente no sean conscientes de cuanto deben a su propia tradición, pero quien lo mira desde la distancia y la diferencia se da cuenta de que allí, detrás de sus pequeñas manos y su inspiración, hay siglos de artistas y artesanos que crearon un mundo propio, bello y cargado de símbolos.

Espero que cuando sean más mayores lleguen a darse cuenta del valor de lo que han hecho, de cómo las entronca con sus raíces y cómo se adelanta a su fututo de mujeres que han de crear todo un mundo nuevo, sin perder de vista el bagaje hermoso que les han trasmitido sus antepasados.

Me siento muy orgullosa de ellas y admiro a sus maestras que han sabido y saben estimular en ellas el sentido de lo bello. Por este tipo de cosas merece la pena gastar tiempo y esfuerzo.

Que vienen los turcos

Poco tiempo después de la caída de  la Unión Soviética y la subsiguiente del muro de Berlín, en Alemania, intelectuales dedicados al estudio del Mundo musulmán empezaron a preocuparse por el futuro de las recientemente  emancipadas repúblicas turco-islámicas.

En aquel entonces y algo después también, Turquía pretendía  formar parte de la Unión Europea y uno de los argumentos de estos intelectuales para rechazar su candidatura era, entre otras cosas, las dudas que les suscitaban los posibles vínculos de la ‘madre’ Turquía con  aquellas repúblicas que habían estado aisladas e ignoradas bajo el peso de la Unión Soviética.

La serie de ajustes que exigía a Alemania la recuperación de la República Democrática y, sobre todo, el coste económico que suponía, era uno de los argumentos para frenar las aspiraciones de Turquía. A eso se sumaba que si esta nación arrastraba a sus hermanas en  la creación de un gran mundo turcómano; una especie de nuevo Imperio otomano, dado el nivel económico y de desarrollo de casi todos esos países, el coste que debería sufrir la UE para acogerlos sería inmenso. Pero, además, supondría la incorporación a la Unión de muchos millones de habitantes que no solo no pertenecían a la cultura europea ni por lengua, hábitos, ni religión, sino que se moverían por ella buscando trabajo, ya que las condiciones de sus países eran en algunos casos terribles. A este complejo panorama se sumaba, por otra parte no menos importante, la realidad de que los gaseoductos de Rusia pasaban por esos territorios y podrían constituir, si esas repúblicas se apartaban del todo de la tutela rusa, un problema para abastecer a buena parte de los países occidentales, el más significativo de ellos la propia Alemania.

A comienzos del siglo XX, se produjo un gran genocidio, no siempre admitido, como fue el del pueblo armenio y que provocó su dispersión por Oriente Medio y el resto del mundo. Armenia fue una de las Repúblicas que emergió tras la caída de la URSS. A diferencia de sus vecinas, nunca perteneció al mundo turco, ni por lengua, ni por origen ni por religión. Más bien siempre supuso un enclave problemático para los intereses otomanos en su momento y, posteriormente, para los de los turcos, que siempre desearon una patria uniforme y con pocas intrusiones de elementos que no fueran turcómanos. Este hecho explica en parte su inquina contra los kurdos, por ejemplo.

En los últimos años, Turquía, en su deriva ‘islamista’ ha querido además convertirse en la gran potencia del Oriente Próximo. Ya que no la dejan formar parte de la UE, al menos quiere ser el referente del mundo musulmán de la zona, desbancando a Arabia Saudí y frenando el poder de Irán, dejando de paso en la cuneta a otros de los grandes actores de la zona; Siria y Egipto, que, bien ayudados, han conseguido suicidarse, sin que se note la larga mano de otros intereses.

De este modo, Turquía, de manera solapada y con una apariencia de democracia, está consiguiendo tener un papel preponderante en Oriente Medio, pero sin dejar su otra parte del sueño; ser la cabeza de la turquidad.

La actual guerra en Nagorno-Karabaj, entre Azerbaiyán y Armenia, no es más que un brote de este amplio y complejo conflicto, en el que la UE tiene las manos atadas en buena medida, como las tenía en su momento, cuando aquellos intelectuales señalaban a este peligro turco, en razón del gas y de la avalancha de población que puede desbordar más aún las fronteras de la UE.

Si a este panorama sumamos la realidad de que en China muchas de sus regiones tienen características semejantes a Azerbaiyán, como es el caso de los Uigures, quienes, a pesar de los traslados de población y las repoblaciones con otras etnias, están siendo perseguidos por ser turcos y musulmanes, podemos darnos cuenta de que cualquier postura que se tome puede ser interpretada desde China como una provocación. Ya sabemos cuáles son los intereses de Europa en China; esa cantidad de población dispuesta a consumir  todos los bienes que les podamos suministrar: desde los churros hasta la carne de cerdo.

El oscuro panorama que se revela explica, además, las actitudes poco claras del líder ruso que a ratos parece compadecerse de los armenios y a ratos parece inclinarse por los azeríes. Él también juega su juego de potencia arrinconada y que trata de encontrar su lugar en el juego mundial.

Armenia que de haber sido un gran imperio y una gran cultura, se ha convertido en un retalito en el mapa, corre el riesgo de ser eliminada del todo y no importará lo más mínimo que el Arca de Noé se posara sobre el monte Ararat. Así que prestemos atención a esa chispa que se enciende periódicamente en Nagorno-Karabaj porque puede ser la señal de un incendio mucho mayor.

 

America first

En alguna de estas páginas ya puse de relieve lo que han cambiado las cosas en los últimos tiempos. Antes, aquellos que detentaban el poder u ocupaban cargos de responsabilidad, los que pertenecían a la clase dominante o a la aristocracia debían dar ejemplo. Por supuesto, no soy tan ingenua como para pensar que todos y cada uno de ellos eran personas decentes a las que nada se les podía reprochar, en absoluto. Más bien eran personas que,  al menos, guardaban las apariencias. Eran conocidas sus maniobras, su doble vida, su estricto proceder en algunos aspectos y su manga ancha en otros, pero todo ello, sabido, solo se transmitía en susurros y el propio o la propia mantenían una cierta discreción. Muchos pueden pensar que ese modo de proceder es una forma evidente de hipocresía, pero ante esa ocultación de las vergüenzas, al menos se podía observar eso; una cierta vergüenza. Hay cosas de las que no se habla y, desde luego, no se alardea.

Sin embargo,  en el momento presente ocurre todo lo contrario. Cosas que ofenden a la mas gruesa de las sensibilidades se airean y se ostentan como títulos de gloria. Hay acciones estúpidas como por ejemplo la de un individuo que se dedica a tirar cosas,  como lavadoras o muebles de todo tipo, por el balcón de su casa, al tiempo que lo graba con su móvil y sube a las redes sociales con el fin de conseguir muchos ‘me gusta’ y batir una especie de record que él mismo se ha marcado. Hay otros que alardean de amores patrios y defienden la gloria de su nación, su independencia y supremacía contra viento y marea. Esto podría ser muy loable. ¿Quién no desea que su tierra brille por encima de las de los demás en sabiduría, bienestar, solvencia y felicidad? Es evidente  que muchos nos apuntaríamos a defender a nuestra tierra con ardor para lograr que mereciera ese título de la mejor tierra del mundo. Por supuesto, además, si esa tierra había sido el centro del universo en algún momento, nos gustaría que volviera a ocupar ese lugar o uno muy cercano.

Pero, hay personas que son extremosas en todo. Hay un señor que proclama, siempre que puede, que America first. Lo que como vengo diciendo le honra pues demuestra su amor a la patria. Sin embargo, al mismo tiempo, no paga sus impuestos, con lo que demuestra que ese amor a la patria roza con una barrera importante cuando se trata de aflojar el bolsillo. De manera que su America first choca violentamente con el lema ‘pagar, lo último’.

De este modo tan simple se pone en entredicho su supuesto amor a la patria y que toda su acción vaya encaminada a darle lustre y esplendor o recobrar el poder perdido. Esto les ocurre a muchos otros que andan a la greña, mientras sus conciudadanos enferman y mueren y lo hacen con la boca llena de que están cuidando del bienestar de los súbditos. A ver si hay mas de uno y de dos que andan enredados entre lo ‘primero’ y lo ‘último’.

En cualquier caso unos y otros nos han colocado en un lugar bien definido: El del bochorno. Y este está bien delimitado.

La imagen

Hasta hace aproximadamente cinco años, mi imagen no me desconcertaba. Es decir, hasta no pasar de los 66 años de edad, la imagen que veía en los espejos o que me asaltaba desde la cristalera de una puerta o un escaparate me era fácilmente reconocible como la mía. Sin embargo, en los últimos cinco años, me he dado cuenta de que cada vez que al lavarme los dientes levanto la cabeza y mi mirada se cruza con la de la imagen que me contempla desde el espejo, no siento que aquel rostro sea el mío. Pero si bien esta falta de reconocimiento propio es en alguna medida sobrecogedora, lo es más aún la imagen que vislumbro de cuerpo entero cuando me topo con un espejo o con una cristalera; ese cuerpo difícilmente lo puedo asociar al que yo creía poseer. No me reconozco en esa imagen. Debo hacer un esfuerzo para darme cuenta de que es mi reflejo. Generalmente me delata la ropa. Pienso; ese traje es mío. Ahí hay alguien que lleva un vestido que yo tengo y, entonces, me doy cuenta de que se trata de mí. Es mi imagen la que estoy viendo.

Esa espalda redondeada, de la que emerge un cuello más bien corto e inclinado hacia adelante. Ese vientre abultado que sobresale más que las redondeces del pecho. Esa anchura de caderas… Yo había sido una mujer (antes una muchacha) más bien espigada; delgada, esbelta y de movimientos rápidos, con el vientre totalmente plano y la espalda recta, con el cuello largo y la barbilla elevada, sin ser altanera. Cuando era muy jovencita, las redondeces de mi busto me abrumaban un poco y me inclinaba hacia adelante, intentando que pasara desapercibido. Pero, con el paso del tiempo, empezó a formar parte de una de mis señas de identidad; un pecho ni demasiado grueso ni escaso. Proporcionado y firme que le daba un toque de clara femineidad a toda mi figura. La cadera era ancha, pero no gruesa y las piernas delgadas pero bien torneadas, de manera que no había desproporción manifiesta. Puede decirse sin soberbia ni falsa modestia que me encontraba acorde con mi cuerpo y, desde luego, reconocía mi imagen.

No cabe duda de que desde hace algo más de diez años he empezado a ganar peso, realidad que se ha agudizado en los últimos cinco años y que no ha habido forma de frenar a pesar de que, o precisamente por ello, he cambiado de hábitos alimenticios, empleándome con rigor en una estricta dieta de la que se han suprimido las carnes rojas, las grasas animales de todo tipo, parte de los lácteos y se ha reducido drásticamente la aportación de hidratos de carbono. Por supuesto y aunque nunca fui bebedora, he prescindido casi por completo de la ingesta de alcohol y, si siempre fui poco golosa, desde hace más de cinco años, ha desaparecido toda clase de azúcares, salvo los inevitables y naturales, de mi alimentación cotidiana. Raramente tomo dulces o bollos etc. He suprimido el trigo, por lo que es fácil ver que no como pan. Es decir, la ingesta de alimentos no es la que contribuye al aumento de peso. Tampoco lo es la falta de ejercicio, porque si bien jamás he sido aficionada a la gimnasia o a ese caminar ligero sin rumbo que muchos practican, no soy una persona sedentaria que se apoltrona. Más bien soy activa y, por otra parte, mis hábitos en ese sentido no han variado. Nunca había hecho deporte en mi vida y no se puede decir que ahora no camine más que nunca, pues al cambiar mi situación profesional que me obligaba a ir en coche a todas partes, ahora, por el contrario, voy a pie a todos los lugares a donde he de ir.

De manera que este cambio físico que me ha convertido en un ser cargado de redondeces responde sola y exclusivamente al puro paso del tiempo. Esta realidad que yo creía tener prevista y de la que, por ejemplos vividos y cercanos de rechazo de la vejez, creía que me había inmunizado, resulta que me ha atrapado. Constato que no solo no me gusta lo que veo, sino que lo que más me disgusta es que no me identifico con esa imagen. Dentro de mí está la misma de siempre, esa que ha vivido 66 años de su vi

da con una imagen que, sin duda no era la misma, pero que conservaba una serie de rasgos comunes bien diferenciados y  que ahora se ocultan o se enmascaran bajo esa masa redondeada que me identifica pero con la que no me identifico. De ahí que cuando me asalta, me sorprenda.

Pensando en ello, no obstante, me doy cuenta de que esa misma experiencia la tendría, me temo, si hubiera conservado el peso que tenía hace cinco o diez años. Debe ser terrible ponerse la misma ropa de hace veinte años y creer que se está favorecido con ella, cuando el pecho se ha hundido o no está tan terso como estaba y el escote revela pliegues y arrugas y el cuello aparece descarnado y con cuerdas tirantes. Debe ser espantoso verse las carnes bamboleantes, apenas despegándose del hueso y con los músculos sin tensión. Esos pliegues de la espalda, esas mollas mínimas que son más bien trozos de piel gruesa. Las pequeñas venitas que se arraciman aquí y allá. En fin, esa miseria física que se apodera de cualquier cuerpo, pero que nos induce a engaño si por conservar la talla y el peso de los treinta años, creemos que aún conserva la tersura de entonces. En ese engaño es fácil caer. Es fácil creer que puede uno vestirse como cuando era joven, sea de manera formal o desaliñada y que todo caerá como caía entonces. Una vieja camiseta a los veinte años nos hace parecer más jóvenes aún. Una vieja camiseta a los setenta nos hace parecer más viejos y decrépitos aún.

Es bueno escribir. No solo puede uno manipular los hechos y acomodarlos a su gusto y expectativas. Lo más importante es que puede hablar consigo mismo y dejar constancia de los vericuetos de su diálogo interior. Si hubiera que sacar conclusiones de esta charla hacia adentro, sería que envejecer es bastante penoso. Lo es mucho si ese envejecimiento nos engaña y nos hace creer que seguimos siendo jóvenes. Es triste si no sabemos aceptar que hay un dentro y un fuera. Por dentro se puede ser sabio y reflexivo, por fuera una ruina o un cuerpo en forma de globos que no nos satisface, pero el consuelo interno es muy fuerte. Si esto se produce, como me pasa, ya no me plantea problemas aquello de ‘resucitar con los mismos cuerpos y almas que tuvieron’; porque es evidente que sigo siendo la misma, me devuelvan los espejos o los escaparates la imagen que me devuelvan. Por siempre jamás, seguirá siendo así.

Las grandes urbes

Aparece un alcalde muy conspicuo en la pantalla de mi televisor. No me cabe duda de que es un hombre entregado a su tarea y que, a su modo, se preocupa del bienestar ciudadano. Para justificar una de sus acciones -ahora no recuerdo cual y si tenía mayor o menor sentido, eso da igual- , argumenta con ardor acerca de que en todo el Planeta la mayor parte de la población se concentra en las ciudades y de ahí que existan las grandes urbes. Considera  el edil principal que este fenómeno distingue a nuestro tiempo; es la primera vez en la historia en que hay más habitantes en las ciudades que en el agro.

La pantalla sigue titilando, y ahora aparece otro conspicuo prócer, que se queja de que el gobierno siempre zahiere a su comunidad a la que solo se cita para señalar el número creciente de casos de infectados por la Covid-19.

Junto con estos dos caballeros, en sucesivos destellos de pantalla, aparecen pequeños empresarios, autónomos, desempleados de corta y larga duración, médicos, bomberos, enfermeras, guardias, ciudadanos de a pie (eso se dice mucho, aunque tengan coche) y otras gentes varias que se lamentan de que el gobierno no salga en su rescate, no los subvencione de alguna manera o les pague los gastos que se generan en esta nueva situación, como si los demás no tuviéramos que comprar mascarillas, geles, o no se nos haya incrementado el uso de jabón, con el consiguiente gasto suplementario al de nuestras necesidades comunes.

En definitiva, el mundo parece dividirse en pequeños grupos de ciudadanos; unos que dan las cosas por asentadas: Eso es así (o como se dice ahora: Esto es lo que hay); otros que se han vuelto pedigüeños, como si fueran bancos que, cuando las cuentas no les cuadran, simplemente ponen la mano a ver quien les da algo y, finalmente, una mayoría silenciosa y resignada o sufriente, tal vez quejosa, como yo, que no dice gran cosa.

A ninguna de estas criaturas, en particular a aquellas que se supone que tienen responsabilidades de gestión o a las que se supone coraje emprendedor, no se les ocurre pensar que tal vez sea un error, que puede que estemos a tiempo de subsanar, el de las grandes metrópolis. No les parecería prudente diversificar sus inversiones y mudarse a zonas más pequeñas y menos pobladas en las que establecer sus industrias o negocios y atraer al público que necesita trabajo y está deseando salir de las ciudades para llevar una vida menos promiscua y más sana.

No es esta ocasión de los contagios imparables una buena oportunidad para un cambio drástico de los modos de vida.

Pues a nadie parece que se le ocurra que es una ocasión de oro.

Todo el mundo parece estar esperando un milagro para volver a lo de siempre.
Lo de siempre nos habría hecho permanecer para siempre en las cavernas.

Mientras tanto, hacinados en las urbes, nos contagiamos a la velocidad del rayo y ni siquiera la vida en riesgo nos aguza el ingenio. Humanidad en decadencia e infantilizada.