Una desgracia previsible

Ha llegado a todo el mundo la noticia de un incendio en un Hogar estatal de Guatemala en el que han fallecido cuarenta adolescentes. Las circunstancias están sometidas a investigación porque hay sospechas de una cadena de errores y métodos inadecuados en la custodia de los jóvenes internos.

Desde hace años, sabemos que en ese Hogar se daban fugas masivas y había numerosas irregularidades en la gestión. Sin embargo, no se pusieron nunca los medios para corregir la situación, ahora nos lamentamos.

Nosotros hemos conocido otro Hogar estatal en las cercanías del de Urbina y la  mezcla de situaciones de los acogidos en ese Hogar ya puede dar testimonio, por sí sola, de lo inadecuado del sistema. No es posible que personas adultas con discapacidades, madres solteras y sus bebés, niños y preadolescentes derivados por el Tribunal de Menores, por causas tan diversas como miseria, orfandad, abandono o malos tratos, compartan un mismo espacio en una masificación insostenible.

En la visita que realizamos al lugar, pudimos constatar que los cuidadores del centro ponían su mejor voluntad en la atención de aquella población tan diversa, pero, por una parte, era muy evidente la falta de medios materiales y humanos y, por otra, lo inadecuado del procedimiento.

Este acontecimiento de la muerte de cuarenta jóvenes, calcinadas o por inhalación de humo, no sólo nos conmueve por lo terrible del suceso y por lo que revela en sí mismo, sino porque además nos sentimos directamente tocados, ya que una de las niñas que estuvo en el Hogar de Urbina durante cinco años, terminó en ese otro lugar y murió en el incendio.

La reflexión que sigue, y que quizá sea un poco errática por la profundidad del dolor que siento, quiere ser un homenaje a su memoria y a su triste vida de sólo quince años y también un modo de caer en la cuenta de nuestra responsabilidad y en nuestros errores.

Lo primero que quisiera hacer constar es que, aunque estas criaturas –con razón en algunos casos- sean tratadas como delincuentes, no son sino víctimas. Son las víctimas de una sociedad injusta que crea bolsas de pobreza y  marginación de las que salen padres y madres irresponsables o incapaces de atender a sus hijos. Su nacimiento y crianza, en medio de la miseria, la ignorancia, la violencia o el simple abandono, los aboca a vivir en un círculo vicioso del que difícilmente las instituciones pueden hacerlos salir. Sobre todo, si lo que se aplica es un sistema en el que falta la verdadera preocupación por la salud física y mental de niños que cargan con más traumas de los que cualquiera pueda soportar, si faltan el verdadero cariño y la profunda compasión (en el sentido más básico del término) y la empatía.

Si lo que prima en esas instituciones es el orden, la disciplina, el control; todo ello medidas correctivas, y no se deja espacio a la ternura y el verdadero acompañamiento, si la atención psicológica falta o es rutinaria; si se reclama de esas criaturas la obediencia o la gratitud, sin ninguna duda estamos errando el medio y el propósito.

No cabe duda de que la relación con criaturas marcadas por la violencia es muy difícil. Son personas que se han visto obligadas a la supervivencia en un medio hostil y ello las hace insolidarias, rebeldes, desconfiadas, maquinadoras y violentas. Se insertan en un esquema que tiende a repetirse y que, en algunas ocasiones, está tan arraigado que resulta prácticamente imposible devolverles la confianza y enseñarles a vivir en armonía consigo mismos y con su entorno.

Es evidente, y el caso citado así lo demuestra, que el Estado ha de hacer una mayor inversión en este tipo de instituciones, de manera que estén dotadas de espacios dignos, higiénicos y agradables que devuelvan la serenidad al espíritu de esas criaturas y donde aprendan a convivir en un clima de valores. El Estado debe diferenciar con claridad el tratamiento que ha de darse a cada caso, creando instituciones adecuadas a las necesidades y sólo emplear métodos carcelarios allí donde sean imprescindibles. Resulta evidente que las personas encargadas de estas instituciones, desde los rangos superiores hasta los de vigilantes, educadores, psicólogos u otros, han de ser personas seleccionadas con mucho cuidado y elegidas por su vocación para el servicio, por su clara comprensión de que están tratando con víctimas y por una capacitación profesional muy exigente.

El Estado ha de hacerse consciente de que aquellas instituciones privadas a las que autoriza y exige el cuidado y atención de niños y adolescentes en situaciones de riesgo, necesitan un apoyo considerable de la administración. El Estado debe proveerlas de los medios necesarios para que cumplan eficazmente su labor.

Mientras no se camine en esta vía, las cosas no mejorarán y, en unos años, o más bien pronto, podemos encontrarnos con otra desgracia del mismo calibre o mayor.

Desde la perspectiva de nuestra implicación con un Hogar privado, habría que hacer, como primera medida, el propósito de no enviar a ninguna de las acogidas, salvo en algún caso verdaderamente imposible, a una institución estatal. Pues, como se ha visto en este caso, estamos ante una desgracia previsible.

Desde esta misma perspectiva y en segundo lugar, quizá es llegado el momento de reclamar del Estado el apoyo que no ha venido prestando hasta hoy. El Hogar de Urbina se ha venido financiando a partir del trabajo interno del mismo, de donaciones de benefactores y de las aportaciones que la propia Congregación que lo dirige hace. Se ha venido moviendo en un sistema de gran austeridad y pobreza en el que, sin embargo, no han faltado ni la alimentación, ni la educación, ni la atención sanitaria, aunque se ha carecido de asistente social y se ha tenido una atención psicológica parcial que quizá haya que considerar insuficiente.

Se ha mantenido y recreado un sistema de valores que excluye las imposiciones carcelarias, dotando de la libertad adecuada a las niñas y del orden imprescindible, de manera que tengan esquemas claros de pertenencia y responsabilidad que en la mayoría de los casos son efectivos. Aún así se dan algunos casos conflictivos que evolucionan desfavorablemente e inciden de manera negativa en el resto de las muchachas. En estos casos, tras los intentos correspondientes, si estos no dan resultado, se devuelven al sistema estatal, como fue el caso de la fallecida en el trágico incendio. Sin embargo, es posible que si el centro, con el apoyo del estado, hubiera contado con la posibilidad de una atención psicológica especial, más prolongada y específica, quizá se hubiera tenido otro resultado.

En  cualquier caso, no caben ahora lamentaciones y remordimientos que a nada conducen, pero sí acciones positivas encaminadas a la mejora del sistema. Es lo que verdaderamente podemos hacer en memoria de esa criatura que hemos perdido.

En mis estancias en el Hogar, intenté ayudarla a aprender a leer, cosa que a pesar de llevar tres o cuatro años yendo a la escuela no había conseguido aún. Me tuve que declarar impotente en su caso. Finalmente, hace dos años, al llegar al Hogar, vino corriendo hacia mí y me dijo, ya sé leer. Tengo aquí el libro que usted me regaló y cuando quiera le leo algo y así lo hicimos y, aunque con dificultad, leía de corrido y comprendía lo que leía. En mi interior, agradecí a su última maestra su esfuerzo, mientras la felicitaba por su logro. Más de una vez me dijo; ahora ya puedo leer el libro que me regaló y eso me llenaba de gozo.

El año pasado, al llegar al Hogar, noté su ausencia y pregunté por ella. Me informaron de que había tenido un proceso de violencia que finalmente la había llevado a cometer un acto cruel con el fin de amedrentar a sus compañeras más jóvenes y se la devolvió al sistema, siendo enviada al Hogar citado donde tuvo lugar esta semana pasada la tragedia.

Antes de marcharnos de Guatemala y estando en las cercanías de ese Hogar, intentamos visitarla, pero no nos lo permitieron al no ser familiares ni tener un permiso del juez. Sí nos permitieron hablar con ella por teléfono y dejarle una carta que suponemos se le hizo llegar.

Ahora, al venir de nuevo por estas tierras, teníamos el propósito de intentar visitarla. Desgraciadamente sólo podremos visitar su tumba. D.e.p.

Por último, he de decir que en la TV, al ocurrir este suceso terrible, aparecieron unas tías de la muchacha de las que no teníamos ni noticia, pues nunca la visitaron, ni se comunicaron con ella. En sus llorosas manifestaciones a la televisión hicieron hincapié en que habían tenido que tomar prestado el dinero del pasaje para personarse y reclamar noticias de su sobrina. Indudablemente todos los que vimos el reportaje sacamos la impresión de que esperaban con ello obtener alguna ventaja. Como se puede deducir fácilmente de este rasgo anecdótico, estamos hablando de personas que son víctimas de situaciones de marginalidad y, consecuentemente, de un grave deterioro en su sistema de valores. Ahí radica la cuestión. ¿Qué hacemos como sociedad para reconducir esas situaciones o qué hacemos para que no se produzcan?

 

La historia de Chepito Ixil

Pilar Hoyos, amiga y corresponsal de Tacaná en Alta Verapaz, nos envía este documento histórico acerca de la época del conflicto armado en Guatemala. No dejéis de leerlo. En este mundo cargado de violencia, abusos, corrupción y amenazas, no está de más recordar que si bien las armas no resuelven nada, el formar la conciencia es sumamente importante. También es importante tener presente que, a pesar de que la guerra no arregla nada, muchos perdieron la vida por reponer la justicia y algunos de los logros de hoy, que nos parecen de siempre, brotaron de esa sangre derramada. No perder la memoria, recordar contra el olvido es muy importante. Así sabemos de dónde venimos y a dónde debemos encaminarnos y por qué camino.

Estáis autorizados a darle la difusión que consideréis oportuna. Es un tejido hecho de los testimonios directos de las personas que fueron testigos y su voz resuena hasta lo más hondo de nuestro corazón.

Gracias por leerlo y difundirlo. Sólo tenéis que pinchar en el enlace:

(Portada e interiores) libro De Domingo Sanchez a Chepito Ixil

El momento de partir

Tengo un reciente amigo poeta al que acuso de pesimista. El, a regañadientes, lo reconoce, para afirmar enseguida que es muy vitalista, pero que el mundo está fatal y aunque a él le vaya bien, al momento siente que aquellas cosas que lo enfadan, que lo entristecen o que le hacen dudar de la sanidad mental de la raza humana le asaltan inmediatamente aguando la fiesta de su alegría de vivir.

Ahora que estoy a punto de marcharme y de pasar algo más de mes y medio alejada de televisiones, periódicos o cualquier otro medio de comunicación que me pueda poner en contacto con lo que ocurre más allá de lo que mis ojos puedan ver y mis oídos oír; ahora que me enfrento a un tiempo en el que la realidad me va a golpear de manera directa, sin la mediación de intereses, interpretaciones u opiniones ajenas, casi estoy a punto de recomendarle a mi amigo el poeta que haga algo parecido. Que permanezca un mes y medio sin recibir más información que la que él mismo sea capaz de percibir con sus propios sentidos.

Sin embargo, mientras no me he alejado de mi espacio habitual, sigo leyendo periódicos, oyendo la radio y viendo los telediarios y, claro, me asaltan esas noticias absurdas que aceptamos con toda naturalidad. Por ejemplo; una señora, casada con un británico, pero nacida en el extranjero, resulta que es expulsada porque no ha permanecido en el UK el tiempo suficiente para mantener su residencia. La buena señora había pasado en su país de origen mucho más tiempo del permitido cuidando a sus ancianos padres. Mientras tanto sabemos de otra señora que, junto con su familia y para evitar el pago de impuestos, reside en un país vecino y aquí la tenemos y nadie la priva de su residencia, ni de su pasaporte ni de nada de nada. Me dirán que son casos distintos y que las normas que afectan a unas cosas, no afectan a otras o les afectan unas diferentes. Cierto. Así es. Mientras tanto hay un señor que nos taladra los oídos con el cumplimiento de la ley que es igual para todos, cuando, a poco que nos fijemos, no cabe duda de que no es igual para todos o, si lo es en principio, luego empiezan a sumarse circunstancias y consideraciones y termina resultando que a unos se les imponen castigos ejemplares, por aquello de la alarma social, mientras que otros pasan silbando porque no parece que haya nadie alarmado.

Hace muchos años, cuando todavía alguien se ocupaba del conflicto árabe-israelí,  – aquí no hay más remedio que hacer un largo excurso;  desde mi punto de vista no es tal, mas bien se trata del conflicto en que han metido sin solución a los palestinos los israelíes y del que parece nadie quiere hacerse cargo para solventarlo, si bien ahora tenemos la excusa, como antes hubo otras, de que hay conflictos mayores en la zona- decía yo que hace años un rabino, citando a otro como suelen hacer, afirmaba que la justicia sin misericordia no es justicia.

Así pues, la ley que ha de ser igual para todos pues si discrimina no es justa, tampoco lo es sino es misericorde. Pero estas virtudes, la misericordia y la justicia, son muy antiguas y ya nadie espera que tengan presencia en este mundo.

Para darnos cuenta de lo fútiles y lábiles que se han vuelto nuestras convicciones (que son las que darían quizás cancha a la justicia y la misericordia) pondré solo un ejemplo: Resulta que llevamos algo más de cuatro semanas oyendo a un señor muy poderoso decir barbaridades en un tono además agresivo e impertinente. Hoy va y da un discurso ante los representantes de todo su país y lo que se valora es que ha sido más moderado. Dicho de otro modo, ha dicho las mismas barbaridades sin gritar tanto y sin emplear expresiones vulgares y todo el mundo parece haber respirado tranquilizado.

Ustedes saben qué sufrimiento va a ser tener la seguridad, mientras transcurre el tal mes y medio, de que no me voy a enterar de todo esto, de cómo avanza y retrocede aparentemente la estulticia en el mundo, planeando sobre nuestras cabezas, cómo la justicia inmisericorde se enseñorea y la verdadera justicia huye por la puerta de atrás. Pero, no sufran por mí. Mirando a mi alrededor, a una Centroamérica asolada por la desigualdad, la violencia y la falta de perspectivas de futuro, me consolaré, porque, a pesar de todo y sin duda, de este lado se está algo mejor.

Haiku

Todo el mundo escribe haikus.

Desde aquellos tiempos en que leí a Yasunari Kawabata he comprendido que hacerse con la sensibilidad de un japonés es algo muy difícil si no imposible. Aunque hay quien lo consigue, como son los casos más recientes que conozco; el de Susana Benet y el de Pepe Rubio.

Para no ser menos y no sentirme desplazada de las corrientes actuales, de las que cada vez me siento más ajena por aquello de que, aunque uno no quiera, termina por ser y estar extrañado en el mundo (cosas de la edad) me atrevo con dos haikus o lo que buenamente sean. Ahí van.

La mariquita

con su bata de cola

alzando el vuelo

 

Lloroso el niño

por el globo perdido,

pegado al techo

Realidad o ficción

El día 15 de febrero se presentó en Caravaca de la Cruz la última novela publicada de Luis Leante en la Casa de la Cultura que lleva el título de Annobon.

Era la primera presentación de la obra y, por tanto, nadie o muy pocos de los asistentes la habíamos leído. Así que el autor  decidió contar el proceso que había seguido la composición de su obra. Un largo periodo de siete años que pasó, como es natural, por momentos de parón y casi renuncia a seguir en la tarea.

Annobon, el título, se refiere a la pequeña isla de Guinea Ecuatorial de ese nombre. La acción se sitúa en la época colonial española de la zona y parte de un suceso real; el asesinato del gobernador a manos de otra autoridad, un guardia civil. El autor consiguió una copia del proceso judicial y a partir de ahí construye su ficción convirtiendo la narración en una especie de documental con entrevistas a los descendientes de los protagonistas.

Llegado a este punto de la descripción de su obra, Luis Leante se empeñó en demostrar a los asistentes que él es un contador de mentiras. Según sus propias palabras:  un embustero compulsivo. Tanto insistió en este asunto y tanto intentó distanciarse de los hechos históricos que la cosa me sorprendió grandemente.

Yo creía que todo el mundo entendía que una novela, por muy ‘histórica’ que se considere o se adjetive es siempre una ficción. Dicho de otro modo, toda narración literaria (y yo casi diría que incluso la poesía) es una ficción que pretende ser suficientemente verosímil para que parezca verdad. A eso no se le puede llamar mentira, sino lo que es: ficción. Finge verdad, finge realidad.

Pero la cuestión es ¿por qué Luis Leante se empeñaba en hacer una y otra vez la afirmación de la ficción? Pues resulta que, por lo visto, hay lectores que creen que todo lo que aparece en un libro, sobre todo si lleva el calificativo de histórico o parte de un hecho real, es ‘verdad’ es ‘Historia’.

Claro, de ahí mi perplejidad. Siempre he tenido muy claro como lectora que un libro de narración (sea cuento o novela) parte posiblemente de una experiencia personal o ajena  conocida y real, pero que se reconstruye con el fin de transmitirla de manera artística. Es decir, se la manipula para que resulte coherente, creíble, razonable y verosímil. El autor inventa personajes allí donde quedan vacíos, inventa los pensamientos de los personajes para justificar o al menos explicar sus acciones, se coloca como testigo de los hechos, aunque no estuviera presente, dice tener a algún testigo que le ha informado, etc. etc. Si todo eso lo hace bien, da como resultado una obra que parece efectivamente una crónica de un suceso.

Cómo es posible, pues, que lectores habituados a manejarse entre libros, no distingan la realidad de la ficción. Es posible que nuestro mundo se haya vuelto tan absurdo que ya no separemos lo cierto de lo que no lo es. Es posible que nuestra sociedad esté tan plagada de mentirosos, encubridores y tergiversadores que ya no sepamos quién dice la verdad o no. Necesitamos que existan las certezas y pensamos que quién va a mentir en un libro. Quién se va a molestar en escribir doscientas páginas o más, montando una gran mentira. Luego, lo que aparece en los libros, al menos eso, ha de ser cierto, porque de lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen no nos podemos fiar.

Algunas personas cercanas saben que no hace mucho he concluido una narración que tiene un fondo autobiográfico. Yo he sido la primera sorprendida al darme cuenta de que, aún escribiendo acerca de hechos familiares y conocidos, la necesidad de inventar, de establecer corredores lógicos entre informaciones dispersas, de sustituir a las conciencias de los personajes  y de tirar de sus pensamientos y motivaciones, me llevó sin remedio a inventar el noventa por ciento de lo que estaba narrando. De manera que aunque estuviera hablando de mi familia, la familia que allí aparece es otra muy distinta de aquella de la que formo parte.

Al escribir ese texto me di cuenta, como cualquiera que escriba, que la composición lleva indefectiblemente a mentir; es decir, a ficcionar, porque la verdad ‘verdadera’ esa no la conoce nadie, ni siquiera los protagonistas reales de un acontecimiento. Porque pueden saber lo que ellos piensan o desean, pero no llegan a saber con certeza lo que las circunstancias les deparan o les van a deparar o lo que sienten y piensan los demás, aunque digan y se manifiesten en una dirección concreta. Incluso la realidad miente, porque la percibimos con nuestros engañosos y traicionables sentidos.

Además quien escribe quiere manipular el mundo. En realidad se trata de narcisistas frustrados a quienes su conciencia no les permite manipular a los seres reales, de manera que se conforman manipulando a los de ficción.

En fin. Lo que ya llevo diciendo desde hace algún tiempo: Un autor o un creador debe dar cuenta de su obra y no cabe duda de que Leante lo hizo y por ello mismo nos hizo pensar. Así mismo, el autor debe ser alguien comprometido con su tiempo y Leante está empeñado en deslindar, en una sociedad que lo confunde, lo real de lo ficticio.

Un rato delicioso y una lectura que me espera.

 

?

Preguntas a un abogado

Tengo algunas preguntas para un abogado.

Expondré primero la circunstancia. Una persona descubre que está circulando sin seguro obligatorio en el momento en que la detiene la Guardia Civil de tráfico por un problema en carretera. Sorprendido el ciudadano por la situación, una vez que regresa a su domicilio se pone en contacto con su aseguradora y esta le contesta que ha rescindido unilateralmente el contrato, cosa que al parecer está autorizada a hacer. Así mismo informa de que ha comunicado con tiempo la circunstancia al asegurado por medio de un burofax que se entregó en una dirección errónea, a pesar de que en la aseguradora de marras tenían el nuevo domicilio del asegurado, ya que este había asegurado en la misma compañía su domicilio habitual. Al parecer esta circunstancia es también correcta, pues la compañía no está obligada a asegurarse de que el asegurado (no es un juego de palabras) ha recibido la comunicación. Bien hasta aquí, ningún problema. ¡Qué se le va a hacer! parece que no queda nada más que decir.

Pero yo tengo una primera pregunta: ¿No incurre en responsabilidad penal (moral desde luego) una compañía a la que cualquier ciudadano ha de recurrir obligatoriamente para poder circular con un vehículo a motor? ¿No deja al ciudadano en total indefensión el que no tenga seguro y que le haga incurrir involuntariamente en un delito de responsabilidad civil que, en su caso, puede llevar aparejada una pena de cárcel? ¿No se puede entender eso como inducción al delito?

Segunda pregunta: ¿El asegurado no debe entender jamás que la aseguradora defiende su seguridad?

Bien. De esta circunstancia se deriva otra cuestión así mismo preocupante. La Guardia Civil, haciendo el uso debido de su obligación, impone una multa de 1500 € al asegurado que no viajaba con el vehículo debidamente asegurado por lo ya dicho. Efectivamente se trata de una infracción grave y esa es la cuantía correspondiente que se entiende que debe ser ejemplarizante.

Pero, ¿atiende ese baremo a las circunstancias de la persona que ha sido objeto de sanción? En los días en que se puede alegar para rebajar la multa o solicitar que se levante la sanción se puede argumentar que, en los cuarenta años de vida del sancionado y en los veinte que lleva de vida laboral, jamás ha ingresado al mes por su trabajo 1500€. Que tal como están las cosas parece imposible que alcance ese nivel de ingresos en los próximos diez años. Se puede argumentar que ese individuo es un emprendedor que da trabajo a otras personas, que no ganan mucho más, pero que eso les permite salir adelante. Se puede argumentar que cuando trabaja para la Administración jamá le pagan en los días establecidos por la ley y mucho menos cuando lo contrata una compañía privada, sin que nadie le compense por ello.

En fin. Hay cosas que suceden cada día que ponen de manifiesto a qué niveles de indefensión se ve sometido el ciudadano que además es o intenta ser cumplidor de las normas. Se deduce que las normas no están hechas para  protegerle, en absoluto, sino más bien para burlarse de él.

Creo que nuestros políticos que tan enzarzados están y tan ensimismados se ven, deberían ocuparse de estas cosas y, por otra parte, todos esos expertos en leyes que se mueven en el entorno de las Organizaciones de Consumidores tal vez deberían emplear su tiempo en buscar el modo de defender a los ciudadanos de compañías como las de seguros., señalando estos extremos que si bien pueden ser legales, sólo van a favor de una de las partes; el beneficio de la propia compañía.

Para mayor abundamiento, la compañía de seguros, una vez que da de baja unilateralmente a un usuario puede borrar todo su historial, con lo cual pierde la posibilidad de conseguir bonificaciones en otra compañía. Se ha observado además en este incidente que algunas compañías de seguros no aceptan como cliente a alguien que procede de otra determinada compañía. ¿Qué significa eso, que se trata de un monopolio?

Creo que si algún abogado lee esto no tendrá más remedio que reflexionar sobre ello y quizá, tal vez, si no trabaja para una compañía de seguros es posible que le entren ganas de pleitear o de plantear reformas a las normas que rigen estos asuntos. No creo que haya nadie por ahí capaz de eso. Pero como soy optimista por naturaleza diré: nunca se sabe.

A vueltas con el compromiso

Ayer tarde tuve la suerte de estar en la Presentación del libro de Juan Álvarez Montalbán cuya portada se reproduce.

Lo ha publicado ed. Alfaqueque con gran esmero. Es un libro limpio y hondo. Un libro comprometido y elegante. Reúne una serie de preguntas clave (no claves) acerca de las relaciones de amor que son más bien de desamor. Un libro que hace pensar y que nos enfrenta con algo que está sucediendo cada día; la mal llamada violencia de género. Es la violencia del macho sobre la hembra. macho que no puede estar en el mundo si no domina y no aplica la fuerza bruta.

Sabéis que llevo un tiempo discutiendo conmigo misma y a veces con mi amiga Carmen que es de las pocas que entran al trapo (bueno, Virginia también) acerca del compromiso del artista. A esto es a lo que me refería. Ponía el otro día el ejemplo de Andrea Camilleri; él denuncia a la mafia, a los políticos corruptos, los intereses espurios, la deshonestidad con humor y todo envuelto en un juego de detectives, de novela policiaca. Juan Alvarez hace algo parecido con la violencia desde sus trazos sutiles y sencillos. Señala a  la brutalidad sin sentido desde la elegancia, como despistando a quien mira, como si no dijera lo que dice.   Además ofrece alternativas. Formas de salir de esa espiral que sólo demuestra la inseguridad del agresor y la angustia de la agredida, llevando hacia un mundo en donde compartir con el otro, valorar al otro, respetar nos vuelve más seguros y más humanos.

El artista no es un pequeño diosecillo encerrado en su rincón saturado de musas, sino aquel que sabe salir de su pequeño mundo de confort, enfrentarse a la fealdad del mundo y convertirla en algo que nos redime y nos eleva por encima de la miseria humana, llevándonos al verdadero mundo de los dioses. Unas veces lo hará con la belleza pura y otras con la fealdad más absoluta, pero redimida por su mano creadora.

Gracias a Juan Alvarez por poner sobre papel con tanto acierto su compromiso con el mundo y a Alfaqueque por atreverse con un libro sencillo pero no fácil.

 

Una reunión, una iniciativa y un homenaje

El día 23 de enero recién pasado, se celebro en ‘ámbito cultural’ de El Corte Inglés una iniciativa promovida por Apimur, la asociación de pintores murcianos.

Que se anunciaba con este cartel y que pretende tener continuidad, dando paso a narrativa y otras manifestaciones literarias.

Conducido este rincón literario por Guillermina S. Oró nos permitió escuchar las voces poéticas de J.A. Castillo de Lucía Abadía y la muy sublime de Soren Peñalver. Disfrutamos con la maestría en la recitación de Antonio de Béjar, la socarronería del gran pintor Falgas y de la música de Flores Yepes. No era fácil hacer de un acto con tantos participantes con voz propia algo ágil y distraído, pero con su buen hacer y simpatía Guilermina lo logró con creces. Nos quedamos con ganas de más. Se cerró el acto con la entrega de un retrato a Soren Peñalver llevado a cabo por Domingo M. Garrido que sin duda había captado no solo la imagen sino el espíritu del retratado.

Después de escuchar las voces quejumbrosas de Castillo y la vitalista de Abadía, le llegó el turno a Peñalver. Los tres son lo que yo llamo poetas comprometidos; Castillo con el dolor del mundo y los valores, Abadía con la vida que hay que defender con alegría y Soren que es, como decía Gaya, alguien que mira el mundo como si fuera un cuadro.

Ramón Gaya decía que pintor es el que mira el mundo como si fuera un cuadro, quizá buscando el cuadro encerrado en lo evidente y que otros no ven, o como Miguel Ángel que luchaba contra el mármol hasta que sacaba la imagen que encerraba y que nadie, sino él, podía sospechar. Ese es Soren. Soren no es un poeta porque escriba poemas, sino porque construye la vida, el dolor, la alegría, la memoria, la experiencia, como un poema.

Se habló de influencias. Es cierto. Los que leemos y escribimos podemos ver y se ven en nuestras obras las señales de lo leído, la impronta que nos han ido dejando los que han pasado por nuestras manos y han fustigado nuestra sensibilidad e imaginación. Sin embargo, Soren Peñalver, no hablaba de influencias, sino de ‘identidades’ y así, con esa naturalidad de sentirse parte del cuerpo de poetas/profetas, en sus versos de añoranza por el amigo que se fue y los dulces días de la juventud, se le coló de manera natural la mención a Kavafis y no era una cita, ni un rasgo de conocimiento, era una identificación, un espejeo. Ambos, Kavafis y Peñalver, estaban mirando el mismo dolor con la misma añoranza, con idéntica nostalgia y, así, la mención era obligada.

No cabe duda de que el homenaje a Peñalver estaba más que justificado y yo me alegré porque le admiro y aprecio a partes iguales.

De la gratitud y la gratuidad (Para José Rubio en ocasión de su último poemario)

Hay veces en que, a pesar de lo que pueda parecer, el mundo se presenta a nuestros ojos como un verdadero regalo. Me ha ocurrido hace poco. Un bendito día, sin ninguna razón aparente, de manera gratuita, la más absolutamente gratuita, un poeta me regala su última colección de poemas. No sólo eso, sino que me obsequia un ejemplar en el que con su mano ha corregido esas erratas que sólo el autor puede detectar, pues la edición es muy cuidada, y me lo dedica porque, según dice, soy buena lectora.

¡Qué cosas!, me digo, y permanezco ensimismada y temerosa durante varios días, pues no me atrevo a abrir el libro, ya que se espera de mí que sea una buena lectora y eso me aterra. Luego, puede más la curiosidad…

El poemario se apoya en un poema, el último, que pretende dar una respuesta a una interrogación de otro poeta; un poeta de hace siglos y en apariencia lejano. Comienzo, entonces, a percibir el peligro de ser filóloga y de dejarme llevar por esas pedanterías propias de la profesión que te impelen a categorizar, a hacer tipologías, a rellenar los vacios de una poesía sugerente con erudiciones que no sirven para nada, a no ser para que las evalúe la ANECA.

Pero los hados, no cabe duda, están de mi parte y, casi sin darme cuenta, consigo apartarme de la tentación de señalar este texto como una sucesión de elegías, que a ratos se interrumpen por esas piezas de orfebre que son los haikus y otras se desvían del tiempo, de la añoranza y la ausencia para cantar presencias, entre las que quizá la más evidente sea la de la naturaleza, seguida o precedida, no sé muy bien, por el vigor de los sentimientos fraternales y por la expresión de toda clase afectos íntimos, raros hoy, pero universales.

Desprendida por mi buena estrella de todas estas tentaciones, simplemente me siento y leo, a ratos en silencio y a ratos en voz alta, esquivando siempre el análisis de una sintaxis poética compleja que intenta seducirme, y envolviéndome en el sentido profundo de estos versos termino por saber, con toda certeza, que, En qué abril de José Rubio, es la expresión magnífica de la gratitud de un alma agradecida y sensible y de un tenaz escribidor que consigue una palabra limpia, con los adornos justos, que parece simple y espontánea, pero que, en este libro, a diferencia de los otros dos que conozco, deja transparentar el esfuerzo y la laboriosidad.

José Rubio es un gran poeta, sin duda, de los pequeños instantes y de los sentimientos cotidianos que, por sabidos, pasan sin pena ni gloria. Él les da presencia y cuerpo, dejando sin embargo en silencio lo que en silencio ha de quedar. Es el poeta de la gratitud, en un tiempo en que esta no es una virtud frecuente, y por eso, porque sabe a ciencia cierta lo que le llega gratuitamente, me ha regalado sus versos y yo le doy las gracias.

El compromiso en el arte (continuación)

Mi amiga Carmen ha entrado al debate acerca de la influencia del arte en la sociedad y me contestaba lo que sigue en otro de estos medios digitales:

Queridos amigos, ya me siento con ánimos y ganas de estar en la palestra y como mantengo un diálogo, a mi juicio interesante – por la inteligencia de la receptora- con mi amiga Montse o Nuria Cóndor en esas latitudes, deseo continuar con la conversación a la que me gustaría que se unieran otros amigos de fb más cualificados que yo.
Ella lanzaba la pregunta de si el artista puede y debe influir en la sociedad y la historia. Yo, por mi parte, considero que el artista siempre influye en la sociedad y la historia “malgré lui” y le lanzaba como reto la obra de Manzoni de los famosos botecitos de “mierda del artista” y le preguntaba si eso era arte.
Si alguien está interesado en su respuesta de forma más concreta puede ver su página web. Coincido con ella en que además de la idea de Manzoni de que todo lo que sale del artista es arte, hay una denuncia irónica en su obra. Efectivamente, yo creo que hay una crítica a la sociedad burguesa y el mercadeo del arte.
Todo lo que el artista hace con voluntad de crear arte es , a mi juicio, arte. Otra cosa es su calidad estética y este sería otro tema de comentario. Pero como obra de arte influirá siempre en la sociedad; el arte es un sistema comunicativo racional y transracional y en consecuencia siempre dice algo.
Otra cuestión es si el artista está obligado a transmitir de forma consciente un mensaje ideológico en su obra. A esta cuestión yo respondería que no. De hecho, coincido con Adorno en la separación entre realidad y arte, no hay contigüidad inmediata ni contacto directo con la realidad ya que se puede influir en la realidad de forma indirecta, tal es el caso de la revolución atonal de Schoenberg como expuso Adorno y que justifica la existencia del arte moderno entendido como arte de denuncia quiéralo o no el artista.
En mi opinión, querida Montse, la cuestión no es solo si el artista tiene responsabilidad en la producción como guía de una sociedad, pues el meollo está en que los poderes de cualquier sociedad manipulan y acallan los mensajes que no le interesan: Los botes de Manzoni han sido usados por los mercachifles del arte, vendiéndolos a 124.000 euritos. El arte puede mandar al infierno todas las ideas injustas, pero da la sensación de que estas son incombustibles.

A su respuesta, acertadísima y que comparto en muy buena medida,  quisiera darle una vueltecilla más y comenzar a hablar del compromiso en el arte, entendiendo este no sólo como las artes plásticas, sino como cualquier ejercicio de creación. Antes de defender cualquier tesis en este sentido, voy a proponer la lectura de un texto de Andrea Camilleri, el célebre creador del no menos célebre comisario Montalbano. El texto pertenece a su novela La luna de papel, publicada en 2005 por primera vez. En la página 203 de la edición española que manejo se lee:

Para distraerse, evocó una consideración. ¿Filosófica? Puede que sí, pero perteneciente a la parte del pensamiento débil, es más, del pensamiento extenuado. Y a esa consideración le dio incluso un título: “La civilización de hoy en día es la ceremonia del acceso”. ¿Qué quería decir? Quería decir que hoy en día, para entrar en el lugar que fuera, un aeropuerto, un banco, una joyería, una relojería, uno tiene que someterse a una determinada ceremonia de control. ¿Por qué ceremonia? Porque no sirve para nada en concreto; un ladrón, un secuestrador, un terrorista, si tiene intención de entrar, entra de todos modos. La ceremonia no sirve ni siquiera para proteger a quienes se encuentran al otro lado del acceso. Pues entonces, ¿para qué sirve? Sirve precisamente para el que está entrando, para hacerle creer que, una vez dentro, ya puede sentirse a salvo.

Por si alguien no conoce a Camilleri y a su Salvo Montalbano diré que constituye una larga serie de novelas policíacas, no en vano el protagonista es un comisario siciliano, que persigue el crimen y además se halla en medio de un territorio donde la mafia actúa. Pero las novelas de Camilleri son eso, novelas de crímenes y criminales, cargadas de humor, de observación y conocimiento del entorno, de sonrisas  e incluso de carcajadas. El comisario, un hombre decente, intuitivo, con buen paladar, amante del mar y de los largos paseos para ayudar a las digestiones o para rumiar su desconcierto, es un ser de carne y hueso que se obsesiona con esas cosas con que nos obsesionamos todos; el paso del tiempo, la enfermedad, la vejez, la familia, los padres, los novios y las novias, etc. etc. En fin, se podría decir, sin faltar en absoluto a la verdad y al respeto que el autor merece, que estas son novelas de entretenimiento en las que brilla el oficio de escritor. Son pequeñas piezas de arte, sin embargo, porque son originales, ágiles, retratan una realidad que, aunque ficcional, es tan real como la vida misma y señala a los vicios y corrupciones de los individuos y de los grupos, presentando un panorama en el que uno puede reconocer y reconocerse, como ocurre con las obras de los grandes; Shakespeare o Cervantes, sus personajes son universales y eternos. Por si eso no fuera bastante para hablar de ‘compromiso’ con la sociedad, de pronto, en cada rincón de cada una de sus novelas, aparecen párrafos como el que he recogido o situaciones que marcan una posición ética frente a la realidad, al tiempo que señalan, en un guiño, a esas tipologías que se ponen de moda como el ‘pensamiento débil’ que ya señalara Gianni Vattimo y que, apesar del abuso que se ha hecho de ellas, no dejan de definir a una época, pero llamándolo ‘extenuado’, porque efectivamente ya estamos un paso más allá del pensamiento débil. Esto lo escribe Camilleri en 2005 con una visión profética.

Los profetas, como bien saben los entendidos, no son aquellos que predicen el futuro, sino los que hacen lecturas correctas del presente que resultan válidas para un largo periodo de tiempo o para siempre. Y esto es lo que yo pretendía plantear, quizá de modo algo más oscuro, cuando puse en circulación esta reflexión acerca de la influencia del arte en la sociedad. A eso me refería; a que el ‘poeta’ ha de ser ‘profeta’, independientemente del material que use, sea plástico o sea la escritura; se trate de un sesudo análisis de la realidad, de una canción o una sonata,  o de una ‘filosofía’ de andar por casa, echada como al azar en medio de una  modesta novela de detectives.

Si no, ¿qué significa ese párrafo once años después de escrito, en un mundo cargado de fronteras que se cierran y con los ‘malos’ que se cuelan por todas partes, es una simple digresión o más bien la expresión del compromiso (de estar comprometido, de sentirse responsable ante) con la realidad social?

Gracias, Carmen, por seguirme la cuerda y por tus aportaciones. Un abrazo grande.