¿Reales o virtuales?

Durante casi veinte años, desde mediados de los setenta hasta comenzados los noventa del siglo pasado, se fue imponiendo la idea de que todos los jóvenes y, de paso, todas las profesiones con futuro, debían ser universitarios. De ese modo, los antiguos peritos y aparejadores se fueron convirtiendo en ingenieros técnicos, los alumnos de las Escuelas Normales, pasaron a formar parte de las Facultades de Ciencias de la Educación y, el colmo de todos los colmos, los estudiantes de las Escuelas de Bellas Artes pasaron a ser Licenciados en bellas Artes, lo que supuso que sus maestros tuvieran que hacer apresuradamente Tesis doctorales. Es sabido que todos los profesores universitarios, otro error, debían alcanzar el grado de Doctor, antes de hacer nada de provecho en el mundo de la investigación. .

Esta fiebre tercermundista conocida como ‘titulitis’ desencadenó una serie de efectos secundarios de los que quizá el más grave fuera el desprecio a los oficios y su secuela; la Formación profesional se convirtió en el camino para ‘los tontos’. Estos tontos, convertidos en mecánicos del automóvil o fontaneros, consiguieron puestos de trabajo estables y bien remunerados, a veces sus servicios se volvían prohibitivos, mientras los ingenieros técnicos se convertían en mano de obra subcontratada y explotada. Los artistas  hechos a sí mismos, por su parte, eran pocos y raros y muchos consiguieron sobrevivir cuando el arte se convirtió en inversión para adinerados ignorantes.

Desde aquel tiempo, en que yo ya tenía algo más que ‘uso de razón’  hasta hoy en que ya se me considera una anciana (persona de riesgo o de la tercera edad), he venido reclamando, sin que nadie me hiciera caso, la potenciación y puesta en valor de la formación profesional. He venido pidiendo insistentemente que se considerara la vuelta de oficios como los de ebanista, encuadernador, cantero o herrero que solo han florecido aquí y allá en función de políticas dispersas de recuperación de artes del pasado o de negocios para diletantes.

El coronavirus ha planteado una serie de cuestiones interesantes que aparecen como retos de cara al futuro. Mientras exportábamos enfermeras al Reino Unido nadie se planteaba que no tenía sentido privatizar la sanidad de forma masiva, ni dejar que las escuelas de enfermería no fueran necesariamente escuelas universitarias.

Ahora nos damos cuenta de que todo está masificado y que sería bueno diversificar la oferta de formación de manera que se rescataran viejos empleos y que estos fueran creativos, dando lugar a una industrialización, quizá no de grandes producciones, pero sí de pequeños centros creativos e innovadores. Pues el tejido industrial de nuestro país es débil, por no decir raquítico.

Estas tendencias en la educación, por otra parte, denigraban el trabajo en el campo o en la ganadería, salvándose únicamente aquellas explotaciones intensivas como invernaderos o producciones de carne masivas. No hay que olvidar que se redujo la cabaña ganadera y la producción de leche, los viñedos y se pretendía que también menguaran los olivares, siguiendo directrices de la UE que veía en nuestro territorio, por su buen clima, sus monumentos, paisajes y horas de sol radiante, no tanto una fuente de energías limpias, sino un país de servicios.

Así es como habíamos llegado a tener un montón de arquitectos que lampan, un montón de licenciados dedicados a cualquier cosa y un montón de camareros, sin contar con los de la paleta que fueron masacrados por la burbuja inmobiliaria.

En un artículo reciente de El País, se abogaba, por fin, por el retorno a la Formación profesional; capacitación productiva a corto plazo que debía centrarse en las nuevas tecnologías. El artículo era bueno y sensato y hacía propuestas dignas de consideración. No obstante, leído con calma y rumiado, creo que tiene una pega importante, con la que conviene tener cuidado o, al menos, estar alerta.

El acceso a lo digital y virtual es, sin lugar a dudas, un gran logro tecnológico. Desde las grandes empresas, a los investigadores y a la gente de a pie, nos ha facilitado la vida en muchos aspectos; la inmediatez de la información y el acceso a todo tipo de bienes tanto materiales como espirituales y culturales o del conocimiento y el entretenimiento. Es un medio limpio y asequible para la mayoría de las personas en todas las partes del mundo.

No me voy a extender en el terreno de la delincuencia que ha facilitado, ni tampoco en las adicciones que crea, ni en el alienamiento de niños y jóvenes frente a una pantalla. Ya sabemos que todo aquello que existe puede ser objeto de mal uso. Sin embargo, quiero fijarme en un aspecto que de vez en cuando va dejando su rastro en las relaciones entre personas y puede tener consecuencias en lo social cuyo alcance aún no conocemos.

Hace unos años, en un terrible accidente aéreo que se produjo en Barajas se contaba, supongo que era cierto, que un niño que vivió el desastre, preguntó en pleno accidente: ¿cuándo se acaba la película, papá?

Muchos perfiles de redes sociales, sin preguntas, permiten el uso de pseudónimos. No me parece mal, yo misma lo empleo, pero no cabe duda de que esconder la propia identidad puede responder a muchas razones y algunas pueden no ser ninguna broma. Pueden esconder otras intenciones. Conozco a mucha gente, sobre todo de países deprimidos, que presentan en sus redes sociales imágenes de su realidad y vida que son una total ficción. No esconden su nombre, pero sí esconden su verdadera realidad.

Es decir, existe un riesgo evidente de falseamiento de lo real en lo virtual. Más allá aún, existe una confusión que llegue a conceder mayor verosimilitud a lo virtual frente a lo real.

Hace muchos años, una amiga nuestra, en cuyo huerto había un olivo, nos contaba que su hijo de pocos años había suspendido uno de sus primeros exámenes porque había contestado que la vid producía aceitunas. Cuando la madre le dijo, pero, cariño, si hemos estado recogiendo las aceitunas de nuestro olivo, ¿cómo has contestado eso? El muchacho con toda la sinceridad del mundo respondió: Mamá, yo creía que en la escuela se hablaba de otra cosa.

Es decir, en muchos niños lo que ocurre en la escuela es algo diferente de lo que ocurre en la vida y les resulta difícil encajar que lo que aprenden allí tenga una aplicación en la vida real, ni siquiera una conexión con ella. ¿Qué pasará si el mundo se convierte cada vez más en una realidad virtual?

Si nos decantamos por la tecnología habrá que explicar muy claramente donde está el límite y qué es lo que de verdad vivimos; ¡un holograma o algo palpable!

 

La libertad pervertida

En estos momentos recuerdo con cariño al que fuera mi profesor de Filosofía en el bachillerato, don Antonio Aróstegui. Era un seguidor heterodoxo de Maritain, pero consiguió, a aquella edad de los catorce y quince años, que muchos de nosotros nos interesáramos por la Filosofía. Sus clases eran en realidad de debate y nos obligaba a preguntarnos los temas unos a otros, lo que estimulaba nuestra comprensión de los mismos y la ‘mala idea’ para pillar en falso a nuestros compañeros. Se calificaban tanto los aciertos como los fallos en que se lograba hacer caer al contrario. Recuerdo con satisfacción -esas pequeñas satisfacciones de la maldad adolescente- que me encantaba enfrentarme a un compañero autosuficiente y empollón y hacerle morder el polvo. Cierto que no siempre lo conseguía, pero su cara de rabia era un premio mejor que mi nota. No sé si aquel muchacho lo recuerda, pero yo sí y aún me regodeo de pensarlo.

Sin embargo, hablar de don Antonio no viene a cuenta de mis maldades de marisabidilla. Viene porque don Antonio nos hablaba de la libertad como el supremo don concedido al hombre. Ni siquiera Dios podía torcer nuestra libertad o condicionarla o privarnos de ella. Muchas veces, después, lo he pensado cuando por razones profesionales me he encontrado la palabra Islam traducida como ‘sumisión’. Muchos argumentan que el planteamiento del Islam, esa sumisión, es en donde radica la capacidad para el fanatismo de algunos musulmanes, que ha tenido sus brotes recurrentes a lo largo de la Historia. En el fondo, se trata de una mala interpretación no solo del término sino de lo que se espera del creyente, que no es otra cosa que lo que se espera de cualquier creyente monoteísta. Concebido el Dios Único como sumamente sabio, omnisciente, providente, justo y misericordiosos en grado sumo, al hombre creyente no le queda otra que admitir que es así y dejar de lado su conveniencia, sus deseos o sus apetitos y ‘entregarse’ a El, con la garantía de que lo va a llevar por el ‘camino recto’ hacia la salvación y la gloria eternas. Así que esa ‘sumisión’ no es sino una ‘entrega’ voluntaria del hombre a Dios, al quedar fascinado por todo lo que ese Dios puede y de hecho le ofrece. De modo que es un acto de amor totalmente libre por parte del hombre que no puede ser forzado ni siquiera por el propio Dios. El amor nunca puede ser forzoso y depende de la atracción del Otro.

Pues bien, don Antonio nos explicaba de modo muy claro que ni siquiera bajo tortura el hombre podía dejar de ser fiel a sus convicciones, a su razón. Una conciencia bien formada e informada, un razonamiento claro, desprendido, leal, sincero y verdadero no podía nunca ser manipulado. Ponía ejemplos sólidos de actitudes de personajes históricos fieles a su libertad, regalo de los dioses, que habían entregado su vida precisamente por no apartarse de ella o no echarla a perder, haciendo menosprecio de ella.

Otra de las cosas que aprendimos, en casa y no tanto en la escuela, es que nuestra libertad tiene un límite; aquel trazo invisible en donde hace frontera con la libertad del otro. Entre el amor incondicional a nuestra libertad y el respeto a la libertad de los demás o la defensa de la propia, crecimos y nos situamos frente a la realidad.

Pero hoy se ha pervertido la libertad o la hemos pervertido. Ha sido ese miasma miserablemente pequeño y dañino el que nos la ha puesto a prueba y hemos sucumbido. Ahí están los que se revisten de banderas que deberían ser de todos o de ninguno y se las apropian, montando charangas callejeras, con un desprecio infinito por la libertad de los demás y por la legitimidad de sus elecciones. Pareciera que este gobierno, que muchos han votado en el ejercicio de su libertad, fuera ilegítimo, tan solo porque esos que se dan al ruido y el patrioterismo no lo han votado. Dónde se han formado esas personas. Nunca nadie les habló de la libertad como lo hizo don Antonio o como lo hicieron mis padres. Son ellos más fuertes que Dios que no se atreve a contradecirse de habernos creado libres.

Son libres esos que salen a las calles a deshora, se acercan a los demás más de lo permitido, no portan mascarillas y se pasan las recomendaciones por el forro. Son libres para desconocer que su libertad termina en la fina raya en donde empieza la libertad del otro y su derecho a estar sano. O son simplemente seres egoístas, caprichosos e infantiles que cochecito que ven se lo quieren quedar.

Otra de las cosas que aprendimos, en aquellos lejanos tiempos, es que las normas son las que regulan la libertad. Nosotros, los seres humanos, somos más proclives a dejarnos llevar del deseo y el capricho, a considerar que lo que nosotros creemos, sin dedicarle mucho rato a la reflexión, es una Verdad universal y mayúscula que podemos imponer a quien se nos venga en gana, antes que caer en una duda razonable y en examinar que lo que nos molesta puede molestar a otros y al contrario.

Por otra parte, engolfados en nuestro deseo y pasión creemos tener la respuesta a todo tipo de retos y somos bastante alérgicos a la obediencia, al respeto y a aceptar que hay gente que sabe más que nosotros. El mejor formado de nosotros ya no puede ser un hombre del renacimiento que podía reunir en sí mismo todo el saber. Nosotros tenemos saberes más diversos, avanzados, complejos y fragmentados que exigen un trabajo en equipo, pero hay quien cree aún ser un humanista del cinquecento, sin darse cuenta de que es un ignorante y un antisocial del siglo XXI.

La obediencia a las normas en este caso presente no es solo un capricho o un ejercicio de poder, sino una forma de respetar la vida propia y la de los demás y, con ella, la libertad intrínseca del ser humano. Quienes pervierten la libertad, llenándose la boca de la palabra y dejándola vacía de su verdadero sentido, son sin duda criminales y suicidas al mismo tiempo.

El seny

De veras que los catalanes -no todos, por supuesto, pero ya me entendéis- nos han estado dando la tabarra con su trasnochado y anacrónico separatismo. Pero hete aquí que llega el coronavirus y, de repente, nos dan una lección de buen sentido y buen hacer.

No han pedido que les resuelvan el problema económico, no han solicitado que les den ayudas para reflotar comercios, no han solicitado que saquen a las fuerzas de seguridad y al ejército, que se dedican a fumigar lugares o a repartir mascarillas, no han reclamado que el Gobierno sea centralista y anule las autonomías, no han piado porque el Estado comunista y totalitario esté privando a los ciudadanos de sus libertades y derechos constitucionales. No han salido el pie del Tibidabo a tocar  cacerolas, no le echan la culpa de los muertos al Presidente del Gobierno, no andan todo el rato diciendo que no van a aprobar otra prolongación del estado de alarma. Incluso, y esto es maravilloso, se han igualado a los más rancios castellanos en no reclamar pasar de fase ni en acusar al gobierno de no dejarles pasar a la fase 1 la 2 o la 3 simplemente por ganas de chincharles y por enemistad manifiesta, dadas las diferencias ideológicas.

Ellos, los catalanes, como Castilla y León, las cunas de los dos imperios más significados de la historia de la Península, se han centrado en lo que de verdad importa; el bienestar de los ciudadanos, que no cundan los contagios, que los enfermos salgan adelante, no quieren ganar carreras ni ganar elecciones, antes de que se convoquen. Están haciendo lo que deben hacer; pensar en el bien común y en que ‘lo primero es antes que lo demás’.

Es decir, están analizando la realidad lo más objetivamente que pueden y acomodándose a las directrices de los expertos en epidemias.  Es posible que si les preguntáramos nos dirían que tienen algunas otras prioridades por sectores; la educación, la economía, los inmigrantes, el campo y la recogida de cosechas, la industria, el turismo y esto y aquello y lo de más allá; según le preguntemos a cada sector, ese piensa que lo suyo va por delante. Sin embargo, en casos excepcionales como el presente, se deja de lado lo que cada cual quiere, se mira a lo que de veras se puede hacer para no empeorar la situación y se acatan las recomendaciones. No se hacen carreras para demostrar que se es más listo, más alto o más rubio.

El conjunto de esta forma de análisis y actuación se llama ‘seny’; es decir sentido común. No saben ustedes cuánto me alegro de que así sea. No en vano me llamo Montserrat y me dolía ver a un pueblo, al que pertenece toda mi familia materna,  haciendo el canelo, habiendo perdido la mejor de sus virtudes.

Besos y abrazos

Hacia finales de los años sesenta, cuando el mundo de verdad empezó a cambiar muy rápido -me refiero al siglo XX-, una de las cosas que dio un giro radical fue la forma de saludarse.

Antes de aquello, se besaban los miembros de una misma familia, fueran hombres o mujeres. También se les pedía a los niños que dieran besos a amiguitos o amiguitas, pero solo si eran menores de siete años. Los varones se saludaban estrechándose la mano al tiempo que se daban palmaditas en la espalda, si es que tenían mucha confianza o se alegraban mucho de reencontrarse. Los caballeros les besaban la mano a las señoras, quienes por su parte, se daban besos al aire junto a las mejillas. Si los que se saludaban pertenecían a clases populares, lo hacían a distancia o dándose la mano. En general eran, en este último caso, más que apretones de manos, un tenderla para que te la estrecharan. Los que se daban verdaderos apretones, a veces, después de escupirse en la palma, eran los que cerraban tratos, en particular en temas de ganadería.

Si no habías sido presentado/a, no te saludabas con nadie, por mucho que supieras perfectamente quién era la tal persona. Por otra parte, si un encuentro fortuito se prolongaba, los dos conocidos se veían en la obligación de presentar y presentarse ante los que les acompañaban.

De pronto, aquello cambió de manera radical y a los desconocidos con los que coincidías en cualquier circunstancia, se les plantaban dos besos, uno en cada mejilla, al tiempo que cada cual decía su nombre que se quedaba colgado en el aire y nadie retenía por mucho rato. Si no volvías a tener relación con aquella persona, te podías pasar años encontrándola en los lugares más diversos y saludándola efusivamente, sin recordar para nada su nombre, al igual que aquel que se tiraba a tus brazos como si hubiera visto a alguien muy querido, tampoco recordaba, ni bajo tortura, cuál era el tuyo.

Estas efusiones, con personas casi o del todo desconocidas, llevaban a que, en las pausas de los semáforos, te besaras en la boca con aquel novio/a cuyo nombre posiblemente también ibas a olvidar en un poco de tiempo y que no significaría en tu vida más allá de un intercambio de microbios en el alto de una luz en rojo.

Es cierto que esta ligereza en las demostraciones de afecto -que no eran tales, en realidad- tenían un significado más profundo. En muchos de nosotros eran una forma de expresar nuestras ansias de libertad en muchos niveles; liberarse de unos modos sociales que entendíamos obsoletos y relativos a un mundo que no queríamos que fuera el nuestro; de rechazo a lo que nos habían enseñado en casa y que remitía a una época oscura que olía a dictadura fuera y dentro;  ansia por parecernos a aquellos a quienes envidiábamos y que vivían más allá de nuestras fronteras. En definitiva, era una forma de hacerle pedorretas a Franco, de llevarle la contraria a nuestros padres, demasiado sumisos al régimen, de mirar hacia Francia que nos parecía el colmo de la libertad y, por ende, de la felicidad. Nada de volver a las diez de la noche, nada de la manguita larga, ni del pelo corto en los muchachos, venga de minifalda y mucha barba.

Una noche, hace ya bastantes años, regresando a casa en el coche de un compañero a quien apreciaba y con quien tenía confianza, se produjo ese momento mágico en que las confidencias nos salen del fondo del alma y establecemos, impensadamente, un clima de mayor intimidad con alguien a quien conocemos de hace mucho, pero a quien nunca habíamos abierto nuestro corazón de una manera clara  y directa. Al despedirnos, nos dimos el par de besos consabidos. En el espacio que mediaba entre el borde de la acera y el portal de mi casa, como en un relámpago, me di cuenta de que el par de besos se había quedado corto.

Se me planteó un dilema; ¿debería haberle besado en la boca, para demostrar que habíamos avanzado un paso en nuestra mutua amistad y comprensión; o más bien deberíamos seguir relacionándonos como si fuéramos recién conocidos?

Por supuesto, nuca resolví ese dilema, pero, a partir de aquel momento, al encontrarme con alguien a quien veía por primera vez, tendía la mano a la altura de los ojos y con el brazo bien estirado para que el contrario no se lanzara a darme los dos besos de rigor. Debo reconocer que no lo conseguí siempre. Había quien te agarraba la mano tendida y tiraba con fuerza de ella hasta poner a tiro de su boca tus mejillas. Un desastre.

Con esta imposibilidad de dar besos a los amigos y conocidos a causa de la pandemia, todos hemos reconocido el valor de los besos y los abrazos, los echamos de menos y nos damos cuenta de a quién nos apetece estrujar contra el corazón. Me imagino que en el momento en que las autoridades sanitarias nos permitan la cercanía, vamos a dosificar mucho más nuestros besos y abrazos y darlos con verdadera intención, no sólo por cortesía.

Quizá en eso, al menos, el futuro, es decir ese anhelado día después, gane en sinceridad y en verdadera expresión de los afectos. Aunque solo cambie eso ya habremos dado un gran paso. De momento ya sé a quién no voy a volver a besar ni abrazar. Todo lo más le tenderé la mano. No soy tan mala como parece.

 

Extrañeza

Hace unas semanas, cuando empezamos con este enclaustramiento forzoso, muchos amigos, por todos los medios, me dijeron: Ahora vas a escribir dos novelas por lo menos.

Ayer, leyendo en  el periódico, un artículo de Elvira Lindo, ella desgranaba como en un rosario interminable nombres de autores de todos los tiempos y géneros que no eran comprensibles encerrados en sus casas.

Varios conocidos míos, artistas plásticos, están aprovechando para crear en este encierro forzoso y dicen que eso les da estabilidad. Hay quien lo hace incluso de forma seriada y, al concluir esta etapa y pasar a la llamada fase 1 de la ‘desescalada’, confirma que ha terminado y que ya va a seguir otros derroteros.

Sin embargo, observo con extrañeza cómo yo no he sido capaz de escribir ni una letra nueva, a parte de estos comentarios breves y esporádicos. Todo lo más he vuelto sobre la última novela que he escrito, que terminé antes de que se declarara la pandemia, y solo he sido capaz de pulir y pulir el lenguaje, cosa que siempre es posible e interminable.

Así mismo me he dado cuenta de que, aunque me compré un par de libros, con el sano propósito de leerlos aprovechando el parón de actividad exterior, no he sido capaz de abrirlos y los miro como si fueran una tarea pendiente que me acosa, pero que no soy capaz de acometer.

Esta reacción ágrafa y no lectora me produce una gran extrañeza y llevo un par de días dándole vueltas para intentar desentrañar cuáles sean las razones de ese alejamiento de las letras producidas y recibidas.

Creo que voy encontrando poco a poco una explicación. No escribo porque no vivo. Es decir. No es que me haya muerto ni que sienta el encierro como una ausencia de vida. Me levanto por las mañanas, hago gimnasia, compro lo que necesito para comer, hago la comida y empleo el tiempo en diversas acciones como limpiar armarios y cajones, poner orden o lavar ropa y ordenarla. Pero no hablo más allá de los mensajes de teléfono y alguna conversación con amigos o con mis hijos, aunque no estamos hablando todo el rato. También hablo con mi marido, por supuesto.

Sin embargo, no pescas conversaciones ajenas al vuelo, según te cruzas con alguien o no compartes espacio ni en la carnicería, ni en la peluquería, ni en un bar o en un transporte público. Esos chispazos de conversaciones y vidas ajenas cuya realidad desconoces y, por tanto, te ves impulsada a recrear, a suponer, a componer para que resulten coherentes. En una media frase, debes suponer unos antecedentes, unos consecuentes, unas razones y unos resultados. Todo ocurre por algo y ese algo que desconoces es lo que da origen a una novela. Además, los acontecimientos por nimios que sean deben corresponder a un espacio o un lugar. Debes recrear la habitación, la casa, la ciudad, el país. No queda más remedio que inventar un paisaje y un clima que sean acordes, o discordantes, con la escena que se está produciendo y que da lugar a esa media frase que acabas de reconstruir.

Por otra parte, el ejercicio de escribir sobre tus pensamientos y sentimientos no deja de ser un cierto onanismo intelectual que es absolutamente estéril. El pie que te dan las medias frases es el de desdoblarte en otros seres, tratar de pensar como ellos, de imaginar sus entornos, sus experiencias, en definitiva salir de ti mismo y adentrarte en otros mundos hasta conseguir descifrarlos y en ese descubrimiento descubrirte tú mismo.

Se podría decir que quien escribe es, fundamentalmente, un voyeur aficionado, a quien lo que le excita no es tanto mirar, como que el espectáculo le dé pie para inventar. Por eso mismo, quizá tampoco es capaz de leer quien no puede ir a fisgar en las vidas ajenas y a construirlas según su gusto o ingenio.

Para qué iba yo a leer un libro que no puedo comparar con lo que yo misma he podido inventar. Quien carece de total imaginación o capacidad para escribir sus propias historias posiblemente necesita leer las de otros para contemplar el resultado de lo que otro le invita a ver y que no es capaz de imaginar por sí mismo.

En el fondo, si se lee,  se trata siempre de saber si lo que uno escribe tiene verdadero interés. Si uno encuentra una gran novela, de manera automática piensa: con estos materiales ¿habría yo escrito algo mejor o peor? Con la conciencia clara de que aquel/la escritor/a ha estado observando medias vidas y frases y las ha recompuesto según su interés.

Antes del confinamiento, estaba yo leyendo, y terminé, una novela de un autor famoso que gira en torno a acontecimientos históricos ocurridos en un país que yo conozco bien y que además me interesa mucho. Terminé la lectura por puro sentido del deber, porque la novela es mala con ganas. Pero ahora me doy cuenta de que me lo pareció porque con ese material yo habría escrito una cosa mucho mejor y mas incardinada en la identidad del lugar. Incluso diría que el famoso autor se equivocó al escoger como personaje central a un personaje que queda desdibujado e insulso, mientras que despreció a otro elemento importante en la historia que, sin duda, poseía una mayor carga trágica e intelectual. Incluso podría haber inventado un duelo entre dos personajes totalmente antagónicos que hubiera dado mucho juego.

Así que esta extrañeza tiene una explicación. Es como si yo misma me hubiera dicho media frase y ahora estuviera creando un clima alrededor de ella. Tengo ganas de que cambie el clima y poder volver a contar historias que no tengan nada que ver con vivir a medias.

No cabe duda de que para todo se necesita de los demás. La vida no es vida en total aislamiento. Eso sí que produce extrañeza. La extrañeza de no hallarme a mí misma y no tener ganas de contar nada ni de que me cuenten nada. Esta no soy yo. Si alguien no me espejea, no existo. Eso es estar muerto.

 

 

Ausencias

En este tiempo de epidemia, cuando vemos desaparecer a nuestro alrededor a tanta gente, aunque ninguno nos toque de cerca, resulta que nos pasamos el rato tratando de saber cómo será el futuro. Esa’normalidad diferente’, que lo más probable no será ni normal ni diferente, porque, en definitiva, lo que si cabe preguntarse es a qué llamamos normal o qué es diferente; y con más precisión, qué es el futuro, sino una incógnita.

Por otra parte, llamamos certezas a lo que conocemos y que, por razones de seguridad y salubridad, deberá cambiar. Eso permite vislumbrar un futuro que en buena medida será distinto, si tenemos que hablarnos a distancia, si no podemos tocar o dejarnos tocar, si no podemos caminar a nuestro aire, cuando y donde nos de la gana.

Pero lo más importante no es cómo será todo. Lo importante es darse cuenta de qué es lo que nos va a faltar. Ahí está de veras la diferencia. He tenido a tres personas cercanas al borde de la desaparición y todas tres se han librado. Ahí están, con más o menos padecimiento, pero vivas. En ese momento, en el que he sabido que se habían librado de la muerte, me he dado cuenta de que sin duda alguna el mundo será diferente si ellas no están.

No hay que pensar que son personas con las que tengo algún vínculo más allá del respeto, la admiración y el aprecio. A una la conozco desde hace más de cincuenta años, a otras las conozco de apenas siete. Con una tengo una relación de carácter profesional que ha derivado en amistad, con otra un afecto reverencial, con otra, simplemente un trato cómodo y cercano. Pero si ellas desaparecieran, mi propia historia cambiaría; no sé si sería mejor o peor, pero en cualquier caso diferente. No siento necesidad alguna de darles abrazos, ni de hacerles arrumacos, ni de tocarlas, pero sé que están ahí y que mi vida, en buena medida es como es, porque existen.

Esto pone de manifiesto hasta qué punto nuestra vida, nuestra pequeña vida, depende de la existencia de los demás. No digamos de padres, hijos, esposos, hermanos o parientes de un grado u otro. No. Se trata de personas que han caminado con uno por esta trocha de la existencia, cruzando sus pasos con los nuestros y en esa medida, cambiando el curso de nuestro devenir.

Claro está que hay otras personas que también se han atravesado en nuestro camino -y empleo atravesado en su estricto sentido- porque el encuentro con ellas ha sido un tropiezo, un impedimento. Esas también nos han cambiado el rumbo, en algunos casos, pero si desaparecen, aunque suene feo decirlo, no las vamos a echar de menos y nuestra vida solo cambiará en un suspiro de alivio, del que luego nos arrepentiremos, porque está feo sentirse aliviado si alguien desaparece -pero eso es culpa de los principios que aprendimos o bien porque no nos gusta tener mala opinión de nosotros mismos.

Lo cierto es que lo que más nos aleja del mundo conocido no es que cambien los modos de la economía general, que el estado sea más o menos interviniente, que las relaciones docentes no sean presenciales y las comunicaciones telemáticas; que nos saludemos a la japonesa o a la española, que nos acerquemos o que nos mantengamos a distancia, que hablemos a través de mamparas o que vayamos embozados por la vida.

Lo que verdaderamente nos cambia la vida son las ausencias; esas son las que nos dicen que nuestro mundo, el pequeño mundo que conocíamos, está alejándose de nosotros y que los que nos vamos a morir seremos nosotros. Ese es el gran cambio. Cuando comprendamos que lo que era nuestro paisaje humano habitual se está borrando y siendo sustituido por otro de rostros desconocidos, eso es morirse. Eso es ausencia.

Posiblemente, muchos que no quieren salir de casa, aunque se lo permitan, son los que se han dado cuenta de cuántas ausencias se van a encontrar en el camino de su paseo y no quieren ver rostros que no conocen, ni siquiera embozados.

 

 

Incertidumbre

Lo que domina nuestro tiempo presente, es decir, hoy 20 de abril de 2020, es precisamente esto que llamamos incertidumbre.

El 10 de mayo de 2017, aniversario de mi primera comunión, por cierto, escribí en este mismo medio una a modo de reflexión que llevaba el título de ‘Vulnerables’. Entonces, en medio de esta vida tan ordenada, segura y predecible que llevábamos, reflexionaba yo, por una experiencia en Nicaragua, acerca de lo poco acostumbrados que estamos, en el lado bueno y cómodo de la vida, a los imponderables.

He aquí que casi tres años después, nos hallamos inmersos en un gran imponderable; este del coronavirus y sus nefastas consecuencias. Los responsables de la gestión de la pandemia, aquí y allá, dan palos de ciego y hacen lo que mejor les parece, después de consultarse unos a otros -ahora se puede ver con claridad la consecuencia negativa de la fragmentación del saber y la super-especialización- y  concluir que ‘es la primera vez que pasa algo así y estamos en pura experimentación’.

Sin embargo, no se trata tanto de analizar si lo están haciendo mejor o peor o si estos o aquellos habrían acertado más. A lo que muchos llegan, aunque no todos, es a concluir que nos hemos hecho conscientes de nuestra fragilidad y vulnerabilidad y de que no somos capaces de gestionar la incertidumbre.

¡Bravo! No cabe duda de que es así. Nos acabamos de caer del guindo (podría decir del caballo o que estamos en nuestro camino de Damasco, es más poético, pero no es verdad y sería largo de explicar donde reside la diferencia esencial; puede quedar para otro día). Decía nos acabamos de caer del guindo, porque nuestro super-mundo tecnológico y avanzado es tan estrecho o tan corto como nuestras narices. Nos creemos que somos el centro del Universo, que somos la avanzadilla de la Humanidad y, por eso, nos permitimos ignorar a esos otros mundos, mucho más reales, que están ahí a la vuelta de la esquina.

En ‘Vulnerables’ hablaba yo de una simple tormenta que podía acabar con un montón de gente en Nicaragua que iba, por lo menos, a pasar una noche aciaga. Pero esto que está sucediendo ahora, este 20 de abril, es mucho peor. Si aquí tenemos cientos y cientos de muertos que ya suman miles y si descubrimos de repente que no se pueden dar clases on line para suplir el cierre de las escuelas; si nos percatamos de que aún aquí hay gente que vive de la economía informal -eufemismo técnico para hablar de pobreza y vivir al día-, si por mucho que se intente salvar a los autónomos – la mayoría no cumple los requisitos, particularmente los que trabajan subcontratados para la administración o grandes empresas, pues como les pagan tarde (más de tres meses legales, que para eso firman contratos en donde dicen aceptar que no se cumpla el plazo)-  pues resulta que no están sin cobrar nada o teóricamente no han perdido el 75% de sus ingresos; nos damos cuenta de que muchos niños solo comen una vez al día, lo que le daban en el comedor de la escuela; nos damos de bruces con la realidad de ancianos relegados a residencias en donde se les presta una atención rutinaria en muchos casos y a la que los familiares solo acuden de ciento a viento; se nos abren los ojos a la realidad de que muchas madres solteras, si no salen a trabajar, no pueden mantener a sus hijos; nos percatamos de que muchas mujeres quedan encerradas con sus torturadores; comprendemos de golpe que los inmigrantes hacinados en centros de internamiento no pueden guardar la llamada distancia social; de que los presos tampoco están en condiciones de hacerlo porque viven encerrados  más de los que se preveía. Pues, si todo esto es así aquí, qué diremos que puede pasar en los barrios de hojalata de medio mundo, en los campos de refugiados o desplazados por guerras y violencia, en los lugares donde el machismo es la ley, en donde impera como medio de vida el menos de un dolar diario, donde no existe una sanidad pública, donde no hay escuelas salubres, donde ya hay hambrunas persistentes o una contaminación de las aguas que enferma solo de mirar a los riachuelos.

Qué vista tan corta. Si no hemos visto lo que pasaba al lado de nuestras casas, cómo vamos a imaginar siquiera lo que pasa a cientos o miles de kilómetros. Por eso aún nos devanamos los sesos, yo la primera, pensando en cómo se puede gestionar el caos, cómo se puede vivir en la incertidumbre, qué hacer en medio de la inseguridad.

Nos habíamos olvidado de nuestra fragilidad. De que lo que somos y tenemos nos ha sido dado, que lo mismo podíamos haber nacido en el desierto de Gobi que en Niza, que ni siquiera  nuestro esfuerzo nos hace más resistentes a los avatares, a todos nos puede caer una maceta de geranios en la cabeza en cualquier momento.

Por favor, no perdamos el tiempo en darle vueltas, yo la primera, a lo que es obvio y, mal acostumbrados como estábamos, dediquemos nuestro esfuerzo a buscar el modo de ser ingeniosos y positivos para salir de esta lo mejor parados posible.

De elecciones y votos, de nacionalismos ya hablaremos otro día, si vienen mejor dadas.

Olvidos

Desde que ha comenzado esta terrible pandemia y nos hemos hecho conscientes de ella -no todos, pero la mayoría- nos abruman a información acerca del asunto. Lo cual dicho sea de paso está muy bien, pero esa sobre-información ha dejado de lado la mayoría de asuntos que nos venían ocupando, al menos desde los medios de comunicación, en los últimos tiempos.

Sin embargo, no voy a entretenerme en las violencias, las migraciones, los desastres, las riñas políticas que nos asaltaban a toda hora, sino que me ocuparé de dos olvidos; dos pérdidas de memoria acerca de asuntos cotidianos y cercanos que, de un modo u otro, nos han afectado y nos afectan a todos.

¿Qué pasa con el Mar Menor? ¿qué pasa con las inundaciones de Los Alcázares, San Pedro del Pinatar, Lo Pagán y otras zonas ribereñas? ¿Ya se les ha puesto solución? Si, por casualidad, en este mes de aguas mil, se vuelven a producir salidas de ramblas y aportes indebidos a la laguna salada, ¿hay alguien vigilando ese asunto? Nos hemos olvidado de él. Ya nadie habla del tema ni siquiera para que los gobernantes de la autonomía se peleen con los del gobierno central; ya han encontrado otra materia como el recuento de personas fallecidas, la ausencia de material sanitario, las protestas de operarios y empresarios o el fin de curso escolar. Así que el Mar Menor, cuyo saneamiento me temo que no está en marcha en absoluto, ha pasado a la más negra de las desmemorias. Ahora lo que preocupa es, por el contrario, las mamparas de plexiglas que se pondrán en las playas para garantizar la distancia entre asoleados y bañistas.

Aquí haré un inciso de conveniencia (la mía). La distancia social me parece maravillosa, sobre todo en las playas, donde, de manera universal, el bañista que llega más tarde suele clavar  el pincho de la sombrilla entre los dedos de los pies al bañista madrugador, cosa que ya he reseñado en estas páginas.

Bien, como decía, qué ha sido del mar Menor y de las desgracias repetidas de los habitantes de la zona que aún no se han recuperado de la última Dana (antes gota fría) cuando les ha atacado de forma alevosa el covid-19 y se ha llevado de los medios y de la consideración de la ciudadanía su terrible realidad. De los políticos que han hallado otra carnaza, de esos se ha borrado como por ensalmo.

Todas las tardes, a golpe de reloj y de ‘Resistiré’ salimos a los balcones, en todos los pueblos y ciudades, y con más o menos entusiasmo aplaudimos a esos héroes recién descubiertos: Los sanitarios.

Y aquí llega el siguiente olvido. Quién de nosotros no ha tenido alguna molestia, enfermedad o trastorno que lo ha llevado a un médico que no aparta la vista de sus papeles o de la pantalla del ordenador, que no usa el fonendo para nada y sólo se fija, sin palpar al paciente, de lo que, en el mejor de los casos, dicen los análisis o el informe de un especialista quien, por su parte, vuelve por afirmativa, la frase interrogativa que le ha dirigido el médico de cabecera. Por ejemplo; ¿es compatible el cuadro que presenta el paciente con una —itis/esis? A lo que responde el analista, radiólogo etc,: Es compatible con una —itis/esis. Y eso es todo: Tome esto o aquello, en dosis de tal cual, sin atender si el paciente tiene alguna incompatibilidad con el medicamento prescrito. Cuando no se zanja el asunto con: Un deterioro leve por la edad. ¿No hemos salido muchos de nosotros ligeramente enfurecidos de esa consulta? La mayoría de nosotros se lo hemos contado a un amigo, a la vecina o al tendero para desahogarnos y lo único que hemos hecho, siempre que el sistema lo permita, es cambiar de médico de cabecera y, si no lo permite, no volver al médico y aguantarnos con la manta eléctrica, el bicarbonato de toda la vida o las tisanas que, si no curan, tampoco hacen daño.

No es,  o era (quizá mejor), infrecuente que apareciera en la prensa el caso de un paciente menos pacífico que le había dado de tortas al facultativo correspondiente o le había pinchado las ruedas de su coche en el aparcamiento del hospital. Eso nos parecía muy mal a la mayoría, como es natural, pero nos hemos pasado al lado contrario. Ahora son héroes; personas vocacionales y sacrificadas, que se arriesgan por salvar vidas. Bueno es esto. Para los pacientes cerriles es una buena muestra de que los sanitarios hacen todo lo que pueden y así, si tienen una ocasión en el futuro, posiblemente se tentarán la ropa antes de darle un par de tortas al sanitario.

Pero, como todos vamos a sacar consecuencias positivas de esta gran prueba, es de desear que los facultativos, de ahora en adelante, traten a sus pacientes como a personas, que les miren a la cara, que les escuchen sus penas y dolencias, que los toquen, aunque luego se desinfecten con toda clase de productos, y que piensen que bastante tienen aquellas personas dolientes con lo que arrastran, sean los achaques de la edad o simplemente una enfermedad que los ha atacado.

Debo decir en honor a la verdad que tengo y he tenido la suerte de ser tratada por médicos de cabecera que eran y son unas personas encantadoras, atentas, buenos profesionales y que, incluso uno de ellos me llegó a decir: si necesita hablar con alguien, venga aquí que yo la escucho. La suerte infinita es que estos raros ejemplares son aquellos a los que tengo que acudir con más frecuencia, pero que también me he encontrado de los otros, en un número bastante alto. Es a estos a los que les deseo que la experiencia de la pandemia les haga reaccionar y darse cuenta de la fragilidad anímica de los enfermos y de la suya propia y que aprendan a tratar a los demás como les gusta que los traten a ellos.

Al enfermo del Mar Menor le deseo que alguien se ocupe de su salud.

Los felices veinte

Hoy, es frecuente recordar no solo la Guerra del 14 al 18, sino la gripe española y especular acerca de los parecidos entre aquella terrible realidad y la presente. También se lleva analizar qué pasó después, cómo se trasformó el mundo y sus hábitos y costumbres.

En una arcangélica actitud, muchos se empeñan en que la humanidad, al contrario que entonces, saldrá reforzada en valores como la solidaridad, la humanidad, la misericordia, el aprecio al otro y no sé cuántas maravillas más. Y pienso, porque no me gusta ser derrotista, que ojalá sea así; es lo que debería ser. Estamos aprendiendo de nuestra fragilidad, del abuso cometido con la naturaleza; de la ausencia de los otros; de la falta de calor humano incluso de los que nos son más cercanos (nada de besos y abrazos);  de los problemas de la gente; de la ausencia de actos culturales; de la pérdida de trabajo y salario; de la muerte -esa de la que habíamos dejado de hablar. Efectivamente, se trata de experiencias fundantes que deberían transformarnos hasta el tuétano de los huesos.

Sin embargo, las consecuencias de la Guerra del 14 al 18 y de la muerte sembrada por la epidemia de gripe fueron que efectivamente el mundo se transformó: Cayó el Imperio otomano y las potencias europeas, Reino Unido y Francia,  y un poco después, Estados Unidos, se dedicaron a masacrar al Oriente Medio y aún siguen ahí, disputando por marcar su impronta hegemónica sobre la piel de los otros. Es curioso que la tensión entre China y USA se refleje en las tensiones en Siria, en Irán, en Yemen y que la omnipresente Rusia sea otro de los actores secundarios, pero característicos, en esa parte del mundo.

Sí es cierto que las faldas cortas, los pelos cortos y el charleston salieron de aquella crisis y es posible que cambie la estética general con esta nueva crisis. Aquella revolución estética, acompañada de formas diferentes de decoración de interiores, de una pintura distorsionante como el cubismo y otras vanguardias; unas ideológicas y otras simplemente experimentales, cambió el envoltorio del mundo, logrando algunos efectos dignos de consideración en la persecución de lo bello. Sin embargo, a aquellos años, se los llamó ‘Los locos años veinte’. Porque todos esos movimientos de despegarse del pasado tenían como finalidad algo tan antiguo como el carpe diem. La vida es corta y se va en un soplo; aprovechemos el momento.

En las redes sociales corren chistes como: No va a haber cerveza para todos, cuando se acabe el confinamiento. Otros nos ponen delante de los ojos el señuelo de acumular todas las fiestas perdidas (Semana Santa, Fiestas de Pascua, de Primavera y las que sean)  en el mes de Septiembre que, visto sin más reflexión, se va a convertir en un no parar de jolgorio en jolgorio.

Sabemos que el mundo sería mejor si todos fuéramos solidarios, aunque fuera un poquito; sería estupendo que nos conociéramos y nos tratáramos con aprecio y respeto; sería magnífico si no receláramos del extraño o del diferente; sería maravilloso si no contempláramos con tanto interés nuestros miedos e incomodidades, pero… Lo más probable, me temo, es que ni siquiera de este modo cruel en el que la naturaleza nos está atacando, escarmentemos. Me recuerda la petición del rico del Evangelio que decía: Dejadme volver a la tierra a avisar a mis hermanos. Y se le replicaba: Ni aunque un muerto resucite, creerán.

Los que salgamos de esta, si es que salimos la mayoría, es muy posible que siendo nosotros mismos los resucitados, dejemos de mirar atrás, olvidemos la experiencia y nos cortemos el pelo, nos subamos las faldas y nos pongamos a bailar un nuevo charleston.

 

LOS ABRAZOS PERDIDOS

Se mueren. La tal pandemia nos ha atacado de firme. Las personas mayores, algunas como yo con setenta años, no digamos los de ochenta o más, son consideradas personas de riesgo. La publicidad reciente, de antes de este ataque masivo, consideraba que se trataba de gente joven aún, que podía consumir, viajar, hacer deporte y mil cosas más. Se mueren o nos morimos cabría decir para no pecar de ingenuos, de egoístas y para ponernos en la realidad.

Las familias se quejan de que no pueden despedirse de sus mayores. Las autoridades sanitarias los incineran, fuera esa la voluntad o no de los difuntos; muchos de ellos, reacios a ese sistema y que hubieran preferido que su polvo y huesos descansaran en un nicho o en una tumba junto a los de sus amados Joaquín o Enriqueta, pierden esa voluntad. Ya se sabe que las últimas voluntades deberían ser sagradas, pero las circunstancias obligan. Evitar el contagio aconseja la cremación. En la despedida, sólo se admite a dos parientes por difunto y estos han de guardar la distancia de seguridad y portar mascarillas, cuyos bordes empapan las lágrimas y evitan las gotitas de saliva en las que nada el virus.

Todo el mundo se queda con los brazos colgando o recogidos sobre el pecho, sin tenderlos hacia nadie a quien abrazar y todos regresan a casa con una congoja añadida; no solo han despedido al difunto, sino que no han podido sentir el calor de los vivos.

Es cierto. Muy cierto que de este modo el duelo es posible que se prolongue en el tiempo. Que la pérdida se agrande y haya un antes y un después en la vida de cada uno de los que sobreviva a sus seres queridos.

Nos hemos vuelto sensibles a esta realidad lastimosa y las noticias, en emisoras de radio o de televisión, hacen hincapié en los abrazos perdidos. En ese dolor añadido, en la imposibilidad de la despedida, en la realidad de que, los que mueren, lo hacen solos, sin la presencia de sus familiares. Y los deudos, solo en número de dos más un oficiante no pueden ni estrecharse las manos y mucho menos abrazarse para sollozar cuerpo contra cuerpo, sintiendo el calor del otro y su temblor espasmódico.

Esto me lleva a recordar con íntimo desasosiego cuántas veces he dado y recibido abrazos en circunstancias parecidas de pérdida de alguien cercano o cercano a alguien a quien yo amo. Pienso en la tremenda orfandad que me habría dejado una experiencia de imposibilidad de abrazar o ser abrazada.

Según me engolfo en estos tristes y devastadores pensamientos, un diablo socarrón me sopla al oído: Muchos de los difuntos estaban en residencias de ancianos. Como unos pensamientos llevan a otros, me viene a la mente la idea de que muchos de ellos ya habían abandonado este mundo mucho antes. Atacados por las demencias seniles, por el Alzheimer, por la simple falta de visión o de memoria, propias de los muchos años. También aquellos otros que estaban en una residencia porque no tenían a nadie que los cuidara. Su mucha edad los había hecho despedir a esposo o esposa e incluso a hijos. Otros nunca tuvieron pareja ni hijos que los atendieran en su mayor edad, de modo que allá estaban olvidados del mundo y de sí mismos.

Las ideas del diablo enredador me llevan a plantear cuánto tiempo llevaban sin un abrazo, sin una sonrisa, sin una compañía. Más aún, ese diablo incansable me pregunta: ¿Y los que tenían hijos y nietos, cuánto tiempo llevaban sin que nadie los visitara? ¿A los que visitaban sus familiares, cuántas veces fueron abrazados? ¿Cuántas veces en un mes, en una semana, al día?

Y los vivos, insiste el diablo pertinaz, ¿cuántas veces, incluso conviviendo y diciendo amarse, se abrazan al día, a la semana, al mes, en un año? ¿Se dan besos de buenas noches, se dan besos de buenos días?  ¿Se abrazan al salir de casa y cuando regresan?

¿Los amigos que se cruzan por la calle se abrazan y besan cuando se ven? ¿Se despiden y se reencuentran con abrazos? El diablo tiene razón. Cuántos abrazos perdidos. Cuánto duelo deberíamos estar haciendo. Cuánta palabra amable olvidada y dejada de lado. Cuánta sonrisa ahorrada. Cuánta amabilidad de los unos para con los otros racaneada.

Si desaparece este bicho quizá estas cosas serían las primeras en las que deberíamos pensar: En no dejar a nuestros abuelos olvidados; en no dejar a los que queremos sin un contacto de afecto; en no dejar a nuestros vecinos, amigos y conocidos sin una sonrisa o una palabra amable.

Más importante que recuperar la economía, que también, más importante que recuperar el trabajo, que también; más importante que recuperar el futuro y la esperanza, que también, sería recuperar todos los abrazos perdidos por simple descuido.

Deberíamos hacer una petición al gobierno para que haga una norma que nos impida olvidarnos de esto, aunque ya alguien anda diciendo que deberíamos por un tiempo prolongado saludarnos a la japonesa, sin contacto. Los abrazos perdidos pueden llegar a convertirse en clandestinos.