El árbol del bien y del mal

Vivimos una época complicada. De esto no cabe duda. La terrible enfermedad que nos asola, que se lleva vidas o amarga a muchos las suyas; que deja secuelas que impiden desarrollar la actividad habitual; que obliga a los niños a ir enmascarados y a no ver a sus amigos y parientes; que impide a los amigos reunirse o a los padres encontrarse con sus hijos y nietos; que no deja que la gente se desplace a municipios cercanos o lejanos, que viaje o vaya a visitar espacios que le apetece conocer. Las secuelas de esta pandemia son por otra parte terribles porque han modificado irremediablemente los modos de vida; ya no es fácil ser un vendedor ambulante, ni un feriante, ni un restaurador. Obligan a muchos a convertir su casa en su oficina lo que sin duda comporta una terrible renuncia; la de distinguir entre un espacio público y uno privado. En fin, podríamos continuar con la ristra interminable de males que sigue a este mal. Sin embargo, la intención de estas letras es otra.

Muchos de los que estudiasteis Historia sagrada en vuestra infancia y otros por razones de creencia o simple cultura conocéis el relato del paraíso y de la expulsión del mismo de Adán y Eva por comer del ‘árbol del bien y del mal’ o el ‘árbol del conocimiento’. En ese mito del origen, parece que el Dios creador se reservó el conocimiento para sí mismo, dejando al hombre en un estado de inocencia perpetua. Es posible que el Señor pensara, en principio, que los seres humanos serían más felices si no percibían la maldad y por tanto podían desechar el temor o la culpa y, puesto que había creado a aquellas criaturas humanas con verdadero mimo y cariño, poniéndolas al frente de toda la creación para que disfrutaran de ella, estimó oportuno privarlas de ese conocimiento. El conocimiento, por otra parte, no es sino producto de la propia vida. Eso que llamamos experiencia y, consecuentemente, era de prever que caerían en el conocimiento, aunque fuera solo por desobedecer una orden.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a nuestra infancia posiblemente muchos de nosotros recordaremos algo que hicimos, sin querer, de modo inadecuado y nos enseñó a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Eso es lo que cuenta el mito; los seres humanos, por el simple hecho de estar vivos y de actuar, necesariamente conocemos el bien y el mal a partir de hechos nimios, ejemplificados perfectamente en el acto inocente de comerse una fruta.

Sin embargo, recientemente, se han producido algunos acontecimientos sorprendentes y los que han incurrido en ellos han mostrado un total desconocimiento de la distinción entre el bien y el mal, o bien, lo que es peor, distinguiéndolos, han reflexionado acerca de otros posibles perjuicios o beneficios y han tomado decisiones a favor del mal.

Se podrían presentar múltiples ejemplos, pero me centraré en dos nada más. El primero de los hechos es el de saltarse los protocolos establecidos y vacunarse fuera de orden. Es llamativo que casi todos han dicho no haber caído en la cuenta de que obraban mal. Esto me sorprende en adultos ilustrados. Cuando menos, debería haberles dado pudor aducir una excusa tan burda. Solo comparable a las respuestas de Adán; la mujer me engañó o, la de la mujer; la serpiente me engañó. Pero en el mito, ya que no es más que un cuentecillo, está justificada una excusa tan infantil. No hay que olvidar que estamos en los principios de los tiempos.

Estas excusas producen sonrojo, sin duda, y hablan de una mentalidad infantil que no distingue el bien del mal. Los sujetos en cuestión me conmueven en su miseria. Al menos, Adán y Eva estaban avergonzados; estas criaturas no. Simplemente no cayeron en la cuenta de que esas cosas no se hacen porque están mal. La vacunación persigue el bien común y establece el orden de los más vulnerables. Esto lo entiende cualquiera. Ya digo, estoy pasmada.

El segundo acontecimiento es el proceso de impeachment del expresidente de los EEUU. Por supuesto que es una decisión colectiva y los de su partido iban a votar en contra porque les arrastra la vergüenza de su antiguo jefe de filas. Pero qué clase de jefe de filas de un estado poderoso y que se pretende ejemplar azuza a sus seguidores a comportarse como vándalos (pobres vándalos). Qué clase de persona, si no se le marca el territorio, acabará insistiendo en ser de nuevo presidente y llevando aún más lejos la vergüenza generalizada a la que ha sometido a su país y muchos otros lugares en el mundo, sin que sus correligionarios le pongan freno. Entre el bien y el mal, esos senadores  han debido echar sus cuentas y han llegado a la conclusión de que ‘para ellos’ era mejor que no se estigmatizara a su exjefe. Estos seguro que saben distinguir entre el bien y el mal, pero tal vez piensan que del mal van a obtener alguna ventaja o evitar algún perjuicio. Su acción no es de infantilismo o ignorancia, es de interés y perversidad.

Si uno piensa un ratito, puede distinguir entre estas dos posiciones frente al dilema del bien o el mal. Claro que es posible que, a día de hoy, la manzana, el árbol y la serpiente queden muy lejos y, por otro lado, quién tiene tiempo de pararse a pensar en tonterías propias de trasnochados moralistas.

 

Presencia

Mi madre empleaba mucho la frase ‘ser el perejil de todas las salsas’, que señalaba a esas personas que quieren ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Vamos, que quieren ser siempre el centro de atención. Esa actitud, al menos bastante frecuente, señala a alguien que o bien siente una alta autoestima o bien todo lo contrario y necesita el refrendo de los demás.

Esa necesidad de protagonismo me lleva a plantearme aquello del ser y el parecer o, si no se quiere ser tan solemne, del ser y el estar. Cuando uno enseña español a un extranjero, se da cuenta de lo difícil que es hacerle distinguir entre el verbo ser y el verbo estar, ya que en un buen número de lenguas esa realidad no existe. En árabe, por ejemplo, sólo hay un verbo para esas dos ideas, sin embargo, la lengua se las ha ingeniado para distinguir con claridad el uso; se ‘es’ siempre que lo que siga señale a una cualidad permanente y se ‘está’, cuando tras el verbo aparece un adjetivo que señala a algo transitorio o bien hay una preposición que señala a un lugar o a un objeto. Entonces el verbo se transforma no solo en un estar, sino en un haber y, finalmente, en un tener y ya se sabe que lo de tener o no tener puede ser algo azaroso; hoy eres rico y mañana no, por ejemplo.

En español, al tener dos verbos que señalan directamente a estos matices y por supuesto a los de tener o haber, a veces yo creo que no se notan las diferencias. Parece que no cabe duda y sin embargo se usan de modo inadecuado o se viven de manera inadecuada, lo que es peor. De ahí tal vez el afán de estar, en lugar de ser.

La presencia de muchos en las redes sociales no se entiende como un medio de comunicarse con otras personas a las que no ves a diario y, ahora con la pandemia, mucho más. Se entiende más bien como un escaparate en el que venderte y venderte del modo en que mejor te puedan comprar. Así vemos que muchos no emplean este medio más que para mostrar su mejor rostro, su gran sonrisa, su pose más atractiva o para señalar cosas suyas que quieren que los demás conozcan. El medio, por otra parte, parece comprender esta realidad a la perfección y, por un lado te ofrece publicidad acerca de objetos por los que en algún momento te has interesado o bien te invita a invertir unas monedas en ‘colocar tu producto’. Resulta sumamente difícil hacerle entender al medio que tú no eres un objeto en venta, ni siquiera tienes algo que vender. No quieres ser famoso, sino aprovechar este medio cómodo y directo para comunicarte con gente a la que aprecias y está lejos, o con gente a la que no ves con frecuencia y cuya vida y sentimientos te interesan o también su producción artística, que te ofrecen gratuitamente, haciéndote disfrutar de su capacidad de dar nuevas versiones de la realidad. Te gusta usar ese medio para conectar con gente que ‘es’ y te cargan todos aquellos que solo aparecen para ‘estar’.

Son presencias indeseadas y cargantes que no ofrecen nada. En muchos casos, puedes llegar a comprender que el medio les permite mostrar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad y que, al menos, les permite vivir una vida diferente de la que desgraciadamente les ha tocado. Así, alardean de sus amores, de sus ropas, de sus posturas, de sus viajes, de lo que otros les han dicho o de lo bien que les va, cuando la cosa no es tan brillante. Responden al ‘dime de qué presumes’ y eso los excusa, y te hacen sentir una cierta ternura por esa miseria que pretenden ocultar, no a tus ojos, sino a sus propios ojos.

Pero, en otros casos, son apariciones intermitentes, cuidadosamente espaciadas en el tiempo que lo que pretenden es sorprender y resultar relevantes. Se dedican a hacerse propaganda: He hecho esto o lo otro o lo de más allá y sé que no pararéis hasta encontrar esa maravilla que he hecho, porque todos sabéis que soy especial y lo que produzco es excelso. No es el artesano o el artista o el escritor que viven de su producción y por tanto usan el medio para que no decaiga la atención sobre su trabajo. Porque eso es: un trabajo. No, son aquellos que viven de otra cosa y que solo miran al mundo como a un gran zoco del que obtener beneficio. Tienen una mercancía y por allí pasan miles de potenciales clientes. Ellos son mercaderes y mercadean con lo que sea.

No son lo que se ve, están para que les vean y son solo eso: una presencia.

LOS GENIOS Y LAS MUSAS

Hace bastante tiempo que me entretengo en pensar por qué mi forma de entender lo literario no se parece a la mayoría de las cosas que leo y son de publicación reciente.

Tras una experiencia cercana en el tiempo, empiezo a ver dónde pueda estar la raíz de mi acercamiento a la escritura creativa.

Ya antes me engolfé en un debate acerca del compromiso del creador, en especial, en el caso de quien compone a base de palabras. La música comprometida quizá sea una de las cosas más raras, a no ser que la unamos a la letra, pero, han existido grandes piezas que han reivindicado la realidad de un pueblo ante una invasión, pongo por caso, como es el ejemplo de Nabuco, sin embargo, no me voy a entretener ahora en ello.

El compromiso en el arte es, sin duda, una elección personal que procede del convencimiento íntimo del artista que se siente cuestionado por la sociedad a la que pertenece y trata de dar respuesta a los retos desde su único oficio. Casos ha habido en la historia también en los que además de con el verso o el pincel se han tomado las armas; el caso de Lord Byron, por ejemplo. A mí el compromiso me parece esencial en la obra de arte y este hecho no es compartido de manera general hoy en día.

La pregunta que hoy me planteo tiene que ver pero es concretamente: ¿qué mueve a un artista a escribir? Se podría extender a la literatura, por ejemplo, y recordando a Ramón Gaya, aquello de que escritor es aquel que mira al mundo viendo en el un poema, una novela o un cuento, del mismo modo que es pintor quien mira a su alrededor viendo en ello un cuadro.

Esto me lleva a pensar que, desde mi punto de vista, no se trata tanto de ‘crear’ un objeto que reproduce una realidad, sino más bien de componer un objeto nuevo que responda a la emoción -dulce o amarga- que produce una determinada realidad. Es decir; hacer arte es componer una metáfora extendida que remita a los sentimientos provocados por una determinada realidad. Eso significa, por otra parte que, puesto que el arte es un mensaje que, como todo mensaje, necesita de un emisor y un receptor, lo que cualquier pieza artística ha de provocar es una vibración en el receptor que se asemeje a lo que el emisor ha dejado en el aire o sobre un lienzo.

En este sentido, cualquier medio es potencialmente válido para que se produzca la transmisión de esa emoción y su recepción adecuada que, siempre, inevitablemente, será en algo diferente a la originaria. Es decir, lo que en el espectador provoca es necesariamente distinto a lo que el artista emite, aunque al menos se hallará en una onda semejante.

Dicho todo esto, mi pregunta sigue en pie. Qué hace que alguien escriba, por ejemplo, y yo no sea capaz de apreciarlo. No vale decir que sobre gustos, etc. Porque observo que a mi alrededor hay mucha gente que de manera unánime aprecia aquello que yo desprecio y valora aquello que, a mí, me parece carente de valor.

Sigo dándole vueltas al fenómeno y empiezo a llegar a algo que podría estar en el fondo de esa experiencia que, en definitiva, consiste en ir contracorriente en cuanto a sensibilidad artística.

Las palabras tienen importancia y señalan al meollo de los asuntos. En las lenguas occidentales, – y aquí me voy a ceñir a la poesía como base de mi soledad en el aprecio de lo artístico- a la poesía se la llama así, tomando el término del griego en el que significaba ‘creación’. El término creación implica -salvo en el caso de Dios, claro- que se hace un objeto diferente con materiales ya existentes. Entendida la poesía de este modo se trata, pues, de obtener un objeto que ha sido provocado por un movimiento inspirador y que se concreta en una forma que mezcla materiales de manera hábil, bella o provocadora. De ahí que, de alguna manera, la forma en que se mezclan los materiales sea prácticamente lo fundamental y el impulso inicial, eso que para entendernos llamamos inspiración, queda en un segundo plano, a pesar del papel concedido a las Musas.

Es posible que no  sea esta la intención del artista, pero la lengua por siglos ha llamado así a la poesía, y nadie se ha opuesto, y por tanto ha primado más la forma que lo vibrante en ella y ha construido su propio mito como algo que tiene que ver con un dios que posee todos los registros artísticos y los transmite a unos pocos elegidos a través de las Musas y, estos, como artesanos fieles, les dan forma.

La otra cultura a la que con orgullo pertenezco es sin duda una de las más antiguas, la semita, y que, en mi caso, se concreta en la árabe, aunque sin dejar de lado los rasgos originarios que remiten a la Antigua Mesopotamia o al Mundo Bíblico. Pues bien, en esa cultura la poesía recibe el nombre de si’r (shi`r, con una guturalización de la vocal). Este término significa sentimiento. Ya desde el inicio, el término señala a algo absolutamente inmaterial como pueda ser una vibración, una conmoción interior. De tal intensidad es esa vibración y tan peculiar que sólo se explica porque el sujeto que la siente se halla poseído por un genio. De manera que no son los dioses los que poseen el don y lo reparten a través de las Musas, sino que son unos seres a medio camino entre los humanos y los espíritus, que se caracterizan por su carácter burlón y provocador los que se apoderan de un individuo y, ante la contemplación de la realidad, le hacen verla con una mirada totalmente peculiar, nueva y diferente, a veces cercana a la locura y a veces cercana a lo misterioso e invisible. De ahí que el poeta y el profeta sean dos criaturas que poseen cualidades y llevan a cabo acciones del todo distintas a las del resto de los mortales.

El poeta es, por tanto, en la tradición árabe y semita, un ser que, arrebatado por un genio, sufre una serie de experiencias inefables que, él y sólo él, es capaz de poner en palabras.

Me doy cuenta de que así es como yo veo al artista; como alguien capaz de hacer de una experiencia común a cualquier ser humano algo extraordinario.

Curiosamente y como todo lo que atañe al ser humano, la poesía árabe hasta tiempos muy recientes, no ha sido capaz de desprenderse de las exigencias formales; es decir, se ha visto en muchos casos constreñida por unas formas métricas sumamente complejas y exigentes de las que se ha liberado, al menos en parte, no hace más de setenta años. Aun así, la forma sigue siendo secundaria y el poema se evalúa por la vibración que provoca en el receptor.

Por su parte, la poesía occidental, más proclive aparentemente a innovar en la forma, hasta desposeer a la poesía de sentido y primar la forma, como es el caso del movimiento Dadá o, en otro sentido, llegar a lo que se conoce por ‘poesía pura’, ha dejado de lado en numerosas ocasiones el contenido experiencial y vivencial de la poesía, para dedicarse a los experimentos de vanguardia y, en ello, ha sido más fiel a sus orígenes: crear algo nuevo con materiales viejos, incluso sacrificando esa gran metáfora compartida.

Es como si los viejos genios se hubieran vuelto normativos, mientras que las Musas han enloquecido. No obstante, los genios que subyugan a los poetas árabes permanecen vivos. No estoy tan segura de que las musas no hayan muerto y hayan dejado tras de sí tan solo a los artesanos de las palabras, combinando una y mil veces de distintas formas los mismos materiales que, quién sabe a quién inspiraron en tiempos lejanos.

En ello estriba mi acercamiento al arte, en general. Espero que el artista provoque en mí una reacción semejante, de escalofrío gozoso, ante algo que yo sola jamás podría haber visto de ese modo o, al menos, no habría sido capaz de expresar y el poeta le ha puesto palabras e imágenes para que yo sea capaz de conocer mi verdadera experiencia ante un estímulo. La forma en que lo haga y los materiales empleados me dan lo mismo, incluso valoro las imperfecciones porque, así, no me siento tan lejos de esos seres privilegiados.

No todo lo innovador, formalmente, es poesía. Las ideas prestadas, si no proceden de los genios, no son poesía. Sólo cuando un objeto nos ha poseído de veras podemos decir que hemos tenido una revelación. La poesía es revelación, o debería serlo. En caso contrario, ni vibra, ni hace vibrar y solo es oficio, aunque haya un mayoría que apruebe y prefiera el oficio.

Por otra parte esto no me extraña; es mucho más confortable.

 

 

 

El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.

 

 

Llega el fin de  año (2020)

Por supuesto este año esta siendo denostado por todos y cada cual espera que, al cruzar el umbral y entrar en el 21, las cosas cambien y se prepare un escenario diferente que compense por todas las tribulaciones que nos ha hecho pasar 2020.

Cuando llegan estas fechas, suelo hacer balance de como ha ido el año, pero, en esta ocasión quiero hacer una valoración más amplia. Desde hace bastante tiempo, tengo la sensación de que este siglo, el siglo XXI, está repitiendo muchos de los errores que ya se cometieron en los inicios del siglo XX. Es como si de nuevo hubiera que hacer caer al Imperio Otomano, aquel decadente sistema que regía a un conglomerado de pueblos y naciones sometido a un uniforme, que no le venía nada bien, y que ignoraba el peso de la cultura y la historia de muchos grupos humanos que aparecían confundidos y borrados bajo su pabellón.

Al observar al actual Oriente Medio en el que Turquía, Rusia, Irán, Arabia Saudí y Estados Unidos se disputan la hegemonía local o echan un pulso para la hegemonía global, se me vienen a la cabeza las tensiones entre las potencias europeas de aquellos años del siglo XX y su empeño colonial, secundado por los Estados Unidos y la Rusia de los zares. Aquello acabó con una era y estableció el inicio de otra que, finalmente, se ha frustrado sin ninguna duda. Prácticamente los mismos actores, jugando un juego casi idéntico y haciendo sufrir de igual modo a los descendientes de aquellas otras víctimas. Árabes de diversas zonas -Siria, Líbano y Yemen, por ejemplo- y armenios de Nagorno-Karabaj, más los olvidados curdos y los palestinos, siguen sufriendo por su tierra, por su vida, por su futuro y por sus hijos, sin ver más salida al túnel que ir a morir a las aguas del Mediterráneo, acogidos por el resquemor o la indiferencia del mundo occidental. Todo esto lo contemplo desde hace algún tiempo con dolor y cierta desesperación por ser consciente de que estamos repitiendo una historia que no conduce a ninguna parte.

Sin embargo, a mi contemplación y análisis de la realidad presente se le escapó la posibilidad de que coincidiera también, un siglo después, una plaga como la gripe del 18. La medicina ha avanzado tanto en los últimos años que parecía, a pesar de algunas historias apocalípticas de ficción, que jamás habría una enfermedad que no se pudiera erradicar. Es cierto que el cáncer sigue siendo una plaga. Pero también es cierto que se ha conseguido curar en muchos casos, paliar en otros y en bastantes minimizar con una cierta calidad de vida de los enfermos. Es también verdad que el VIH hizo estragos y parecía algo sin remedio, pero se ha conseguido atajar y, aunque hay contagios, no supone ya una sentencia de muerte segura.

La presencia entre nosotros de este nuevo virus que, por otra parte, era bien conocido de los investigadores y epidemiólogos, ha supuesto un control sobre las sociedades y un confinamiento, ya admitido por muchos de nosotros como voluntario, que nos sitúa en el papel de una sociedad sitiada por un enemigo que no se ve. De una sociedad que se creía libre y dueña de sus destinos, nos ha transformado en una sociedad escondida tras los muros de su propia casa; una sociedad temerosa del contacto con el vecino, el amigo, el familiar; una sociedad que reclama a gritos los besos y los abrazos, pero que no es capaz de romper esa barrera de la distancia porque tiene miedo y con razón.

Algunos, que no merecen sino desprecio y rechazo, ante la experiencia llegan a afirmar que ‘sin tomarse la cervecita en el bar’ no pueden vivir.

Muchos, ante esta experiencia dolorosa y temible, se han dado cuenta de la fragilidad del ser humano; cosa que siempre ha sido evidente, quizá no tanto en el mundo llamado civilizado, pero cotidiana en el tercer mundo, en el que la violencia, los abusos o la pobreza son hechos diarios y muestran la nonada de las personas.

Otros tantos han descubierto la incertidumbre. Otro rasgo más que evidente de la condición humana que podíamos ignorar, cifrando nuestra seguridad en los bienes, las posesiones, la tecnología o, simplemente, en nuestra soberbia. Este virus, nueva Torre de Babel, no solo ha diversificado nuestros lenguajes, sino que nos ha dispersado por la tierra, convirtiéndonos en enemigos unos de otros. Por eso, resulta significativo que se hagan tantos llamados a la solidaridad, al aplauso de los que cumplen con su obligación. En el fondo, cada uno de nosotros quisiéramos encontrar el escondite perfecto y escapar a esta amenaza.

Pero y a pesar de todas estas reflexiones que oímos en tertulias o leemos en diarios o incluso en libros de muchas páginas, no damos pasos hacia adelante y, en la cortedad de nuestras miras, andamos a la greña en cuestiones domésticas de índole menor. Cuando comenzó la pandemia, los gobiernos de las autonomías reclamaban para sí el derecho a gobernar el terror que se estaba produciendo y el Gobierno central tomó las riendas e impuso durante meses, no sin un gran esfuerzo, un único mando y una única norma de actuación. Ahora en que la cosa ha cambiado y son las autonomías las que rigen y toman decisiones acerca de cómo y de qué modo han de comportarse sus ciudadanos, muchos reclaman que sea el Gobierno central el que tome las riendas. Si no fuera porque produce una infinita tristeza contemplar ese nefasto espectáculo, sería para no parar de reír. Es solo el botón de muestra de que todo vale para estar en contra del Gobierno. Ese al que algunos desaprensivos y mala gente se atreven a llamar social-delincuente, mostrando la falta de respeto monumental que sienten por sus conciudadanos que lo han votado. O aquellos otros que, como ya he dicho en algún otro lugar me recuerdan al loco del pueblo de mi padre, que quieren fusilar a la mitad de la población porque no comulga con su afición al autoritarismo, a las dictaduras, al fascismo y a la arbitrariedad. Son los cargados de la razón de la violencia que posiblemente lamentan y añoran seguir teniendo el sable por la empuñadura, aunque los achaques les hagan temblar el pulso. Dicho sea de paso ¡qué vidas desperdiciadas! Cuanto más ancianos somos, se espera que seamos más sabios y, sin embargo, estos se han vuelto más necios de lo que ya eran. ¡Una pena!

Es evidente que deberíamos hacer un gran esfuerzo para acercar posiciones, para buscar el entendimiento y para planear un futuro en el que los fallos que se han puesto de manifiesto por esta maldición del virus fueran subsanados, pero no. No estamos por la labor. Valga como gesto simbólico el hecho de que partidos como Vox, PP y Ciudadanos alienten manifestaciones contra la Ley de educación promovida por la Ministra Celáa.

Después de haber dinamitado la gran reforma que se hizo a partir de los años 1983 y siguientes, con la implantación de la LOGSE y de la Ley de Reforma Universitaria (LRU), promovidas en el Gobierno de Felipe González por el Ministro Pérez Rubalcaba (dbm), y de haber padecido el despropósito de la Ley Wert en los últimos años, después de haber dejado en mantillas a la educación pública, a la investigación y la docencia universitarias, ¿cómo se pueden sostener argumentos como el de que ‘se impide a los padres escoger centro’ y ‘se persigue a la concertada’?

Cuantos de los ciudadanos que vociferan en las calles con sus bocinas al viento han leído la propuesta de ley. Con qué desfachatez se argumenta que la ignorancia de nuestros jóvenes procede de una ley que aún no ha entrado siquiera en vigor. Eso se permitía decir un ‘ilustre’ escritor oportunista y académico en un artículo reciente que corre por las redes, contraviniendo la más elemental de las lógicas.

Estimados amigos de denigrar al gobierno de centro izquierda que nos gobierna porque muchos así lo han querido, sean más respetuosos con sus conciudadanos y no los insulten sembrando el odio, el único sentimiento que, al parecer, les sostiene.

Voy a hacer un poco de abuelo Cebolleta, aquel viejo personaje del TBO que recordaba sus batallitas pasadas. Yo aprobé el ingreso de Bachiller con nueve años, ante un tribunal de tres profesores, mediante pruebas de lengua (un dictado sin faltas de ortografía; tres eran eliminatorias), con una prueba de matemáticas de una división por varias cifras; una prueba oral de lectura y otra de geografía física de España. Luego hice dos reválidas; con 13 y 15 años y un ingreso a la Universidad también ante un tribunal, con prueba oral de idioma a los 16. He estudiado dos carreras de Filología, he hecho un doctorado, ambos refrendados con tribunales de tres y cinco personas, y finalmente, hice oposiciones para obtener una plaza en la Universidad, donde he ejercido por casi 40 años. He visto como se deterioraba el conocimiento de mis estudiantes, a partir de finales de los años 90, para ir galopando, salvo honrosas excepciones, hasta el año 2009 y siguientes. Dejé, por fortuna, anticipadamente la Universidad para pasar a una activa jubilación harta de la indigencia de conocimientos de mis alumnos y cuando me di cuenta de que solo a los de doctorado los toleraba porque tenían un mínimo de solvencia intelectual.

A mi modo de ver, el deterioro de la formación de los estudiantes procede de dos hechos concretos y de un tercero discutible. (Hay otros más, pero no quiero alargarme demasiado)

1.- El primero de los hechos se produce cuando las antiguas escuelas Normales se transforman en escuelas universitarias de magisterio hacia los años 70. Veinte años después, por la ley promovida en el 92 se convierten en Facultades de Educación; confundiéndose la labor del maestro/a, con la del pedagogo.

2.- La segunda causa procede del sistema de acceso del Profesorado de primaria y secundaria a la carrera docente. Las plazas, salvo excepciones, se obtienen por la antigüedad y no por los conocimientos demostrados en los exámenes. No obstante, los llamados ‘aprobados sin plaza’ entran en una cartera de empleo que les garantiza el ejercicio docente por tiempo ilimitado, hasta que consigan una plaza fija. Así, cada dos años se presentan a las oposiciones que se convocan, siempre con menos plazas de las que se necesitan y con el temario preparado a medias (a ver si cae la que me sé). Todo esto los quema y decepciona, o, por lo menos, no los estimula en absoluto.

3.- La tercera de las causas ha sido la masificación universitaria y la prolongación de la vida escolar; estabulación de jóvenes. En la Ley Rubalcaba, con buen criterio, se encaminaba a los jóvenes a encauzarse en la FP pero, a pesar de la intención y el espíritu de la ley, pronto la FP se convirtió en un aparcadero para ‘tontos’. El desprestigio de esta vía de formación de titulados medios, los que más demandan las empresas, alentó a muchos a evitar esa vía y decidirse por carreras universitarias de larga duración cuyas salidas, como es natural, son menos. Así tenemos el panorama de titulados superiores ejerciendo de cualquier cosa, menos de aquello para lo que se formaron, y muchos otros puestos de trabajo cubiertos por mano de obra no cualificada. Esta se forma, como en los viejos gremios de oficios, al calor de un ‘maestro’.

La frustración de unos y otros es evidente. Si alguno de esos titulados ejerce como docente, es fácil comprender que lo haga desde la insatisfacción y sin vocación. Nada que ver con los viejos profesores de la escuela Normal o del plan 57.

Solo en este asunto, el de la educación, hay mucha tela que cortar y no es lo más importante ‘escoger centro’ o si los hijos son de los padres o de quién. Pero si miramos a la sanidad, a la vivienda, a la ordenación del medio, al reparto de los recursos hídricos, a la conservación del medio ambiente, a la estructura de algunas instituciones, al funcionamiento de la empresa, al estímulo a las inversiones y la creación de empleo, y a vacunarnos en cuanto nos llamen, hay mucho que hacer en el 2021 para borrar lo malo acontecido y permitirnos pensar que el futuro será mejor.

Si cada uno en nuestro rincón somos capaces de cumplir con lo que realmente importa, dejaremos de repetir lo que ya ocurrió en el siglo XX y nos ha traído hasta aquí de fracaso en fracaso o, lo que es peor, de falso logro en éxito banal.

Dios tenga en su gloria a los que este maldito virus se ha llevado y bendiga a los que cuidaron de ellos con fatiga y medios escasos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Devoción y cosmética

Hace ya muchos años, mi padre tenía un socio que siempre le detraía un tres por ciento de la parte que le correspondía, alegando que era para sus pobres. Mi padre señalaba que estaba harto de que hiciera caridad con su dinero; ya haré yo las limosnas, si lo creo conveniente, pero que este me sise, me pone de los nervios. Por si fuera poco, el tal socio se llamaba don Pío y era de comunión diaria. Cuando mi padre le señalaba a mi madre esta circunstancia, esta le contestaba invariablemente: Si no fuera tan devoto, sería peor.

Cada mañana, me pongo una crema de contorno de ojos que tiene el delicioso nombre de drops of youth. Cada vez que la uso y, luego, me miro al espejo, pienso que no me bastan unas gotas de juventud, sino que necesitaría un buen chaparrón. Pero, inmediatamente pienso: Si ni fuera por estas gotitas, sería peor.

Efectivamente, en la ética y en la estética, hay unos mínimos que si no se dieran, sería mucho peor

Las palabras tienen historia

Las palabras tienen historia y no me refiero a su etimología, a si son préstamos, calcos o adaptaciones de otras lenguas. Me refiero a que forman parte de nuestra historia; las aprendimos y recordamos el momento en que lo hicimos; las usaba nuestra madre o nuestro padre; se empleaban en un momento de nuestra historia y luego fueron sustituidas por otras. Podríamos decir que las palabras tienen nuestra propia historia. Quizá mejor; nosotros tenemos una historia que está vinculada a determinadas palabras.

Tengo un amigo, buen  lector, puntilloso con el lenguaje y respetuoso con las directrices de la Academia que, no hace mucho, me reprochaba el uso de la expresión ‘la médico’.  Incluso, puesto que me considera feminista, le parecía extraño que contraviniera no solo la norma, sino también el espíritu que inspira el uso de ‘la médica’.

Sin embargo, ya le expliqué -quizá con un punto de soberbia- que los hablantes y sobre todo los escritores (contándome entre ellos) somos los que hacemos el lenguaje y no los académicos/as; (aunque tras la barra, haya muchas menos).

Pero, pensando en por qué me había ‘enervado’ su advertencia y en un íntimo psicoanálisis me di cuenta de que mi rechazo a la feminización de médico, así como a la de militar no tiene nada que ver con la Academia, pero sí con la defensa de género.

Cuando yo era jovencita, médica, con el artículo definido delante, al igual que militara, eran términos que se aplicaban generalmente a las esposas de quienes tenían la medicina o las armas como profesión. No había mujeres militares y si había alguna médico eran tan pocas que no contaban. Esto suponía, sin duda, algo más general en la apreciación de las mujeres. Ellas no contaban para nada, eran algo en función de lo que fueran sus maridos y si no tenían marido eran o viudas o solteronas, pero no se suponía que ejercieran una profesión.

De manera que aunque la Academia haya aceptado el término en su forma femenina, a mí me resuena en la memoria con un deje de desprecio a la mujer, de manera que, siendo yo mujer, no pienso emplearlos se pongan como se pongan los académicos/as. De ahí mi enfado. Saltó dentro de mí un resorte efectivamente feminista o femenino de defensa de la igualdad. Si por siglos un médico varón era un médico, ahora que las mujeres empiezan a abundar en la profesión, no me cabe duda de que han de ser ellas también ‘médicos’ y no ‘médicas’ como lo fueron sus madres o abuelas.

El imaginario está también construido con palabras y ese imaginario refleja un mundo personal tan importante como el mundo real, compartido por todos. En otro orden de cosas, más bien tocante a la estética, cuando veo a alguien, en particular a una mujer, con un tatuaje, no puedo dejar de pensar en la Legión extranjera, fundada por Millán Astray. En su día, a imitación de la existente en otros países europeos, se nutría de personas de dudosa conducta y su servicio a la patria -aunque no fuera la suya de origen- los ayudaba a redimirse de sus malas andanzas anteriores. Aquellos bravos hombres, muchos de ellos marineros contrabandistas y piratas, llevaban su historia dibujada con tinta en la piel; mostraban el vello del pecho con orgullo y presumían de bravucones, pendencieros, bebedores y mujeriegos y de un arrojo a prueba. Eran, pues, el símbolo del varón y macho dominante. Algo muy lejos de lo que significan hoy en día algunas mujeres, bien conocidas de todos, que son modelos de feminidad, inteligencia, valía y atractivo, pero que llevan su cuerpo tatuado de arriba a abajo. No puedo dejar de mirarlas y pensar en la Legión.

Podría decir que no me gusta, que no me parece femenino, que no le veo la gracia, pero en realidad lo que siento es un rechazo profundo a usar una estética confusa y que si a algo apunta es a violencia y bravuconería. Ahora que, no en todos, pero en bastantes hombres empezamos y ellos mismos empiezan a valorar su lado femenino, ganando en sensibilidad, ternura y delicadeza, no veo que nosotras tengamos que imitar lo más grosero, rudo y áspero de los varones.

Las palabras, pues, forman parte de nuestra historia y nos evocan mundos que no son solo normativos o ideológicos. Son arqueológicos. Ya se sabe que el mundo material a veces contradice al mundo de las crónicas.

Aprendiendo a bordar

 

Me hacen llegar esta imagen colectiva, acompañada de algunas individuales, en donde se aprecia el detalle del bordado de cada blusita.

Las niñas han aprendido a bordar y cada una se ha hecho su propia prenda, desarrollando al tiempo su creatividad y su sentido estético. Con una capacidad innata que pertenece a la base de su cultura indígena, han sabido combinar de manera magistral colores y formas. Probablemente no sean conscientes de cuanto deben a su propia tradición, pero quien lo mira desde la distancia y la diferencia se da cuenta de que allí, detrás de sus pequeñas manos y su inspiración, hay siglos de artistas y artesanos que crearon un mundo propio, bello y cargado de símbolos.

Espero que cuando sean más mayores lleguen a darse cuenta del valor de lo que han hecho, de cómo las entronca con sus raíces y cómo se adelanta a su fututo de mujeres que han de crear todo un mundo nuevo, sin perder de vista el bagaje hermoso que les han trasmitido sus antepasados.

Me siento muy orgullosa de ellas y admiro a sus maestras que han sabido y saben estimular en ellas el sentido de lo bello. Por este tipo de cosas merece la pena gastar tiempo y esfuerzo.

Que vienen los turcos

Poco tiempo después de la caída de  la Unión Soviética y la subsiguiente del muro de Berlín, en Alemania, intelectuales dedicados al estudio del Mundo musulmán empezaron a preocuparse por el futuro de las recientemente  emancipadas repúblicas turco-islámicas.

En aquel entonces y algo después también, Turquía pretendía  formar parte de la Unión Europea y uno de los argumentos de estos intelectuales para rechazar su candidatura era, entre otras cosas, las dudas que les suscitaban los posibles vínculos de la ‘madre’ Turquía con  aquellas repúblicas que habían estado aisladas e ignoradas bajo el peso de la Unión Soviética.

La serie de ajustes que exigía a Alemania la recuperación de la República Democrática y, sobre todo, el coste económico que suponía, era uno de los argumentos para frenar las aspiraciones de Turquía. A eso se sumaba que si esta nación arrastraba a sus hermanas en  la creación de un gran mundo turcómano; una especie de nuevo Imperio otomano, dado el nivel económico y de desarrollo de casi todos esos países, el coste que debería sufrir la UE para acogerlos sería inmenso. Pero, además, supondría la incorporación a la Unión de muchos millones de habitantes que no solo no pertenecían a la cultura europea ni por lengua, hábitos, ni religión, sino que se moverían por ella buscando trabajo, ya que las condiciones de sus países eran en algunos casos terribles. A este complejo panorama se sumaba, por otra parte no menos importante, la realidad de que los gaseoductos de Rusia pasaban por esos territorios y podrían constituir, si esas repúblicas se apartaban del todo de la tutela rusa, un problema para abastecer a buena parte de los países occidentales, el más significativo de ellos la propia Alemania.

A comienzos del siglo XX, se produjo un gran genocidio, no siempre admitido, como fue el del pueblo armenio y que provocó su dispersión por Oriente Medio y el resto del mundo. Armenia fue una de las Repúblicas que emergió tras la caída de la URSS. A diferencia de sus vecinas, nunca perteneció al mundo turco, ni por lengua, ni por origen ni por religión. Más bien siempre supuso un enclave problemático para los intereses otomanos en su momento y, posteriormente, para los de los turcos, que siempre desearon una patria uniforme y con pocas intrusiones de elementos que no fueran turcómanos. Este hecho explica en parte su inquina contra los kurdos, por ejemplo.

En los últimos años, Turquía, en su deriva ‘islamista’ ha querido además convertirse en la gran potencia del Oriente Próximo. Ya que no la dejan formar parte de la UE, al menos quiere ser el referente del mundo musulmán de la zona, desbancando a Arabia Saudí y frenando el poder de Irán, dejando de paso en la cuneta a otros de los grandes actores de la zona; Siria y Egipto, que, bien ayudados, han conseguido suicidarse, sin que se note la larga mano de otros intereses.

De este modo, Turquía, de manera solapada y con una apariencia de democracia, está consiguiendo tener un papel preponderante en Oriente Medio, pero sin dejar su otra parte del sueño; ser la cabeza de la turquidad.

La actual guerra en Nagorno-Karabaj, entre Azerbaiyán y Armenia, no es más que un brote de este amplio y complejo conflicto, en el que la UE tiene las manos atadas en buena medida, como las tenía en su momento, cuando aquellos intelectuales señalaban a este peligro turco, en razón del gas y de la avalancha de población que puede desbordar más aún las fronteras de la UE.

Si a este panorama sumamos la realidad de que en China muchas de sus regiones tienen características semejantes a Azerbaiyán, como es el caso de los Uigures, quienes, a pesar de los traslados de población y las repoblaciones con otras etnias, están siendo perseguidos por ser turcos y musulmanes, podemos darnos cuenta de que cualquier postura que se tome puede ser interpretada desde China como una provocación. Ya sabemos cuáles son los intereses de Europa en China; esa cantidad de población dispuesta a consumir  todos los bienes que les podamos suministrar: desde los churros hasta la carne de cerdo.

El oscuro panorama que se revela explica, además, las actitudes poco claras del líder ruso que a ratos parece compadecerse de los armenios y a ratos parece inclinarse por los azeríes. Él también juega su juego de potencia arrinconada y que trata de encontrar su lugar en el juego mundial.

Armenia que de haber sido un gran imperio y una gran cultura, se ha convertido en un retalito en el mapa, corre el riesgo de ser eliminada del todo y no importará lo más mínimo que el Arca de Noé se posara sobre el monte Ararat. Así que prestemos atención a esa chispa que se enciende periódicamente en Nagorno-Karabaj porque puede ser la señal de un incendio mucho mayor.