ADN

Tengo la teoría, nunca científicamente confirmada pero sostenida por la observación de la realidad, de que cuando un individuo o un grupo humano ha estado sometido a una tensión cualquiera durante mucho tiempo, no menos de unos cuantos siglos, su reacción de temor, ira, odio o recelo se convierte en parte de su ADN y se transmite junto al resto de su genética a las generaciones siguientes.

Como digo, esta teoría no ha sido aprobada científicamente, pero tampoco negada que yo sepa.

Durante milenios los varones han salido al mundo exterior, a fuera de la cueva, me refiero, a cazar o a pelear con otros para asegurar la comida o el territorio. A esas misiones iban gritando para ahuyentar el propio terror e infundirlo en sus contrarios. Todos sabemos que cuando alguien grita, aunque no tenga razón, nos sobresalta y nos aturde.

Mientras, las mujeres, en general y durante los mismos milenios, se quedaban en la cueva protegiendo a la prole. No quiere esto decir que ellas no padecieran temor, pues las fieras podían atacar allí mismo, colándose en la cueva. A ellas, sin embargo, no les servía de nada gritar, sino que lo que hicieron fue inventar el fuego que es lo que de verdad sirve para ahuyentar a las fieras, y, dicho sea de paso, para muchas otras cosas.

De modo, que desde el inicio de los tiempos y por lapsos muy prolongados los seres humanos han sentido miedo, pero han reaccionado ruidosamente o en silencio, según su género y esto, acomodado en su ADN, lo han transmitido a sus descendientes, causando estos diversos modos de reacción que aún se pueden observar en la humanidad actual.

Es, por tanto, más frecuente encontrar a bravucones, vocingleros, estentóreos y bocazas acodados en la barra de un bar, en la barbería, en la sala de espera del dentista o en la parada del autobús. Son esos que lanzan palabras despectivas, blasfemias, insultos o amenazas en un tono de voz fuerte, sin dirigirse a nadie en particular, pero para que todos sepan a quién se enfrentarían, caso de que se provocara un altercado. Lo normal es que las personas circundantes opten por marcharse o, simplemente, guardar silencio. Últimamente, ya que la tecnología nos invade, hay muchos de esos vocingleros que usan las redes sociales. Claro que aún queda quien utiliza el viejo sistema del anónimo amenazador.

Lo chocante del momento presente es que estas cosas las haga una mujer. No me cuadra. No es lógico. Claro que hay algo claramente definido por la ciencia y es que el miedo nos vuelve irracionales y eso también se hereda en el interior de los clanes.

COSAS DE LA NOSTALGIA

Ha aparecido un grupo en Facebook de gente nacida en mi ciudad. La mayoría son más o menos de mi quinta y no viven desde hace años en ella, mientras que otros, pocos, son naturales de la ciudad y del país al que pertenece y, en consecuencia, siguen viviendo allí.

Unos y otros suben fotografías de lugares que les resultan emblemáticos; la calle donde nacieron o vivieron, los cines a los que iban, la playa, el paseo habitual, dónde estaba su escuela e incluso la consulta del médico a la que solían acudir.

Como es natural, la ciudad de la que yo me marché hace ya sesenta años, ha crecido y se ha transformado. Sin embargo, al ser una ciudad colonial conserva dos partes muy diferenciadas y, además, dos momentos de expansión muy concretos.

La primera parte y originaria de la ciudad se halla en el interior de un recinto amurallado en el que se pueden contar al menos siete puertas de acceso. A partir de una de ellas se llevó a cabo la primera expansión que data de comienzos del siglo XX. Es esta una ciudad bien trazada, con un eje central que une dos plazas. De la segunda plaza, la más lejana a las murallas, salen de manera radial múltiples calles que a su vez se cruzan y derivan en otras que, finalmente, saltando un gran desnivel, descienden hacia el cauce del río. Además, en paralelo al eje central, se desarrolla una gran cuadrícula de manzanas y calles que descienden escalonadamente hacia el mismo cauce o ribera del río. En mi infancia, no obstante, el río quedaba muy lejos de las últimas construcciones, de manera que casi no teníamos conciencia de su existencia, salvo que fuéramos de excursión al campo.

Cuando había yo cumplido los diez años, aproximadamente, hubo una cierta expansión en unos terrenos llanos que quedaban en la misma cota que el río, pero que, dejando a este a un lado, se dirigían más hacia el suroeste.

La segunda gran expansión que, supongo, se ha ido produciendo en tiempos más recientes; tal vez, los últimos veinte años, pues la ciudad sufrió un período largo de abandono y desamparo, se ha dirigido a completar la urbanización hasta el mismo cauce del río e incluso, mediante la construcción de modernos puentes ha saltado a la orilla más oriental de este. En estas avenidas nuevas, interrumpidas por las consabidas rotondas con fuentes o alguna escultura, se han construido edificios de viviendas de diez alturas que hacen que la ciudad se haya convertido en una ciudad muy moderna pero con ello ha perdido parte de su personalidad.

Los participantes en el grupo de Facebook, como decía, cuelgan fotos de antes y de hoy; así he sabido yo de esa evolución más reciente. Y unos y otros comentan las imágenes reconociendo los lugares o preguntando qué lugares son. En todos los comentarios, se nota que, aunque los participantes se sienten pertenecientes al lugar o, dicho de manera más realista, el lugar les pertenece, el entusiasmo crece en las expresiones acerca de imágenes del pasado, algunas en blanco y negro, mientras que todos se quejan de que los lugares más recientes, no les dicen nada y recuerdan las huertas que había allí o alguna casita aislada, o un lugar a donde iban de excursión.

Lo mismo ocurre con las zapaterías, los ultramarinos, las tiendas de telas o los estancos, los bares y otros locales bien conocidos. En cambio, los modernos hoteles o los nuevos negocios establecidos en esos locales no despiertan ningún entusiasmo.

A mí también me pasa y me siento, en ello, muy identificada con mis contertulios virtuales. En realidad, y aunque no tengan una relación directa conmigo o mi familia, las imágenes que me interesan son las que tengo en la memoria. Las otras, las que no recuerdo porque jamás las vi ni las viví, no me dicen absolutamente nada. Las miro, constato los cambios, incluso algunos me parecen fantásticos, pero no me conmueven, ni me producen el menor movimiento de nostalgia, ni siquiera el deseo de ir a verlos.

Yo quiero volver a aquella realidad que solo está en mi memoria y que, como tal, solo existe en mis recuerdos, porque ni siquiera las zonas que yo conocí y paseé son ahora iguales a como lo eran entonces. Por poner un ejemplo; mi casa, donde nací, estaba pintada de un suave color crema. Se ve que una ordenanza municipal ha decidido pintar todas las casas del ensanche de blanco, con lo que la fisonomía de aquel edificio ha cambiado.

También he cambiado yo y por eso tolero sus cambios como tolero mi vejez. Sin embargo, soy consciente de que la imagen de mi ciudad, la que amo, es aquella que constituye parte de mi historia. Mis contertulios y yo estamos hermanados en las imágenes que llevamos en la memoria y que, simplemente, son convocadas por el estímulo de una vieja fotografía. En realidad, no estamos mirando la foto. Estamos mirando dentro de nosotros.

UN ERROR CONCEPTUAL

En el periódico El País de ayer, 23 de marzo de 2021, aparecía un artículo de Juan José Tamayo en cuyo título figuraba el término ‘Cristoneofascismo’, tildándolo de ‘nueva religión’.

Esa terminología, como persona creyente cristiana, me ofende, pero me ofende más por imprecisa e impropia de quien es un reputado teólogo, profesor universitario y titular de una cátedra de Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid durante años.

Me une una antigua amistad con JJ Tamayo, a cuyos cursos he asistido alguna vez, con quien he intercambiado opiniones y compartido inquietudes como Directora del IU de Ciencias de las Religiones de la UCM y como miembro fundador de la SECR (Sociedad española de Ciencias de las religiones), instituciones con las que Tamayo ha colaborado a plena satisfacción, por tanto quisiera que esta discrepancia se quede en el estricto terreno de la aproximación al estudio de las religiones, de la función del docente y de la responsabilidad que conlleva.

No existe ninguna nueva religión que pueda ser denominada Cristoneofascismo. Esta es una afirmación categórica que hago y responde a una serie de elementos que son una constante en la Historia humana y en la Historia de las religiones, incluidas aquellas que, en algún momento, han sido religiones de Estado o han sido acusadas de llevar en su esencia una indisoluble relación con el poder y con ideologías políticas.

Por contrario, muchos movimientos, que pretendían y pretenden el acceso al poder, se han revestido de lenguaje religioso de uno u otro signo o han maniobrado estratégicamente para apoderarse de la seña de identidad de lo religioso, para aumentar el número de sus seguidores y adeptos. Los nacionalismos, los movimientos ultraconservadores, entre ellos, los fascismos, han hecho ese camino. Suponen los dirigentes de estos movimientos que alcanzan una mayor legitimidad, sobre todo moral, si se apoyan en lo religioso.

Con frecuencia estos movimientos de carácter político han atraído a su seno a movimientos puristas y fanáticos dentro de las religiones; esos que niegan la presencia de la diferencia o rechazan la libertad de conciencia. Estos movimientos fanáticos se convierten en los detentadores de la VERDAD; la suya, y en ello se asemejan como una gota de agua a otra a los fascismos que pretenden algo muy semejante. Unos y otros consideran que alcanzarán mayor influencia y por ende el poder gracias a estas alianzas.

En el caso del Cristianismo, cuya esencia es la enseñanza de Jesús de Nazaret recogida en las cartas apostólicas, en los evangelios y en el testimonio de las primeras comunidades de seguidores, no existe ningún elemento que incline a pensar en un intento de ejercicio del poder, ni de creación de una corriente política.

No existe en su seno adoctrinamiento excluyente, sino más bien todo lo contrario. Nacido en el seno del Judaísmo, que era efectivamente una religión de un pueblo, se abre a todos los pueblos. El hecho de que a partir del siglo IV se haya asociado al poder del Imperio romano tardío y a los muchos episodios de connivencia histórica entre el poder político y las jerarquías religiosas, no existe otro modo de denominar esos hechos que el de ‘desviaciones’ del espíritu cristiano.

Decir que en el momento presente se está dando el nacimiento de una nueva religión en la que figura el nombre de cristiano, asociado al de neofascismo es simplemente una forma de llamar la atención, tomar una postura política, muy válida y que en buena medida comparto, a costa de desvirtuar lo que estos movimientos neofascistas suponen, otorgando al cristianismo un valor de ‘ideología’ del que carece y de ‘ennoblecer’ y legitimar a un pensamiento político deleznable, asociándolo a una ‘religión’.

Es natural que un movimiento,  cuya ideología y antecedentes históricos lo señalan como carente de la más mínima ética, por su desprecio absoluto a la dignidad humana, trate de legitimarse mediante un título como ese de ‘cristiano’ y que se asocie a movimientos que quisieran volver a un supuesto estado de pureza -cosa que caracteriza a los revisionismos y conservadurismos bien conocidos-, que se sienten traicionados por el simple paso del tiempo y sobre todo, en el caso del cristianismo católico, completamente refutados por el último de los grandes concilios, el Vaticano II, cuyos desarrollos han intentado, de diferentes maneras, impedir, anular y disolver, incluida la persona del actual Papa.

No conviene alargarse en poner ejemplos. Pero es un error confundir a quienes conocen poco las religiones y su historia y sobre todo su esencia y sentido profundo asociando dos cuestiones que no solo no tienen correspondencia, sino que son antagónicas: Cristiano y Fascista. Un académico debe procurar siempre ejercer su labor pedagógica con claridad. Cristiano es aquel que se proclama seguidor de Cristo y no es miembro de una ideología o un partido político, por el hecho de serlo. Si ejerce como persona política lo hace en otro nivel, fuera de su adscripción religiosa y no asociada a una determinada corriente que a ojos no ilustrados pueda parecer afín. Mientras que, por su parte un fascista pertenece a otra esfera; exclusivamente a la de la política y la de la ideología y si se reclama como cristiano, deberá asumir sus contradicciones.

 

RECICLAJE

Como ocurre con muchos jubilados, ahora veo más televisión que cuando era joven. No es que me haya vuelto adicta a la caja tonta, es que ahora no tengo que salir corriendo a dar clase después de comer, sino que puedo practicar ese incómodo modo de hacer una siesta, con el cuello torcido en el sofá, mientras me arrulla la voz de un o una locutora.

No es la mía una actividad original, hay quien se dedica a los documentales de vida salvaje, quien a los de las grandes construcciones de la antigüedad; ya sabéis, el Mausoleo de Halicarnaso, los Jardines de Babilonia o el Faro de Alejandría; otros ven deportes o proezas bélicas. Yo, como se me ha reprochado cuando describo interiores en mis relatos, siempre he sido aficionada a la decoración y a las reformas de casa. No por el mero hecho de cambiar, sino porque las casas deben transformarse a medida que se transforman sus moradores. Bien, justificada esta afición mía que es bastante incomprendida, pasaré a lo que iba.

En lugar de esos programas que he referido, a los que se podría añadir las novelas y culebrones interminables, a mí me da por los programas de rehabilitación de viviendas (como es natural). Hay un ciento de ellos en muchas cadenas y no todo el mundo se atreve a confesar que los mira con deleite. La mayor parte de estos episodios duran una media hora o algo más y se refieren a lugares de los Estados Unidos o de Canadá. Los hay que se dedican al rescate de casas en muy mal estado, saneando de paso los barrios; los hay que reparan una casa para venderla mejor, mientras a los propietarios les buscan otra casa que resuelva sus necesidades; otros simplemente les arreglan la casa con el fin de que se queden en ella y no se muden.

En todos estos programas, los contratistas tienen el empeño de rescatar los elementos que señalen a la antigüedad de dicha vivienda, de manera que no son partidarios de tirarla abajo y hacer una de nueva planta en su lugar. Como las más antiguas de estas casas proceden de comienzos del siglo XX -ya sabemos que estos países son de reciente creación- pues, muchas veces, todo lo más se puede rescatar un montante de cristal emplomado, un trozo de yeso con un papel pintado encima o una ménsula que sujeta el voladizo del porche. Los responsables de la restauración, haciendo gala de mucho ingenio, transforman esos objetos en un cuadro, una mesa para el café, un adorno que llena una pared o mil y un objeto más.

Muchos de los elementos que se rescatan son antiguos sanitarios; lavabos y bañeras, sobre todo. Proceden entonces a esmaltarlos de nuevo, les acoplan una grifería que imita antiguo o incluso llevan la grifería estropeada y roñosa a niquelar de nuevo. Los viejos muebles de cocina en los que se guardaba la masa del pan, o en los que se echaba la harina para cerner y reservarla, se repintan, se les añaden algunos detalles de latón y vuelven a formar parte de una cocina de ‘open concept’, que es lo que se lleva, pero con un toque ‘vintage’, que es también la tendencia.

Los azulejos viejos, los ladrillos, que se sustituyen por planchas de cartón enyesadas, se recuperan para ponerlos en el jardín, o bien se dejan en su lugar y reciben una mano de cal o de barniz que los preserve. El lema es: Dar una nueva vida a elementos que remiten a la historia del lugar.

Resulta que, por años, nos han estado convenciendo de que era mejor la formica que el mármol y estos restauradores se inflan a poner ‘carrara’. Nos han dicho que las bañeras de patas de garra eran un horror y ahora resulta que no solo las imitan, sino que rescatan las viejas y allá que las ponen en lugar prominente, marcando estilo.

Ahora, hasta los modistos se han dado cuenta de que hay que reciclar ropa, cosa que nuestras madres hacían a la perfección. Incluso se ofrecen a arreglar las prendas que te vendieron hace tiempo y que no hace tanto te invitaban a tirar y sustituir. Se ha acabado lo de usar y desechar.

Nos tienen que reeducar, precisamente, los que nos convencieron de que lo ‘moderno’ era cambiar, derribar y sustituir; mientras que, los que carecen de poder adquisitivo se tienen que conformar con consumir ropa y enseres de usar y tirar, porque son los que no cuestan caro. En cambio, lo de reciclar, sale por un ojo de la cara, en dinero, espacio, esfuerzo y te hace depender de un artista ‘reciclador’. Hemos perdido una habilidad que tenían nuestras madres y nuestros padres, ahora tardaremos años en recuperarla, si es que lo conseguimos. Mientras, alguien se estará haciendo aún más rico.

 

LOS HÉROES

Una noticia, de esas que aparecen en las esquinas olvidadas de los periódicos, se refiere a la disputa generada por un cambio de los nombres de algunas calles. Concretamente el debate se ha fijado en los nombres de Gravina, Topete y Churruca. Estos nombres se refieren en primer lugar a almirantes de esos de los que habla Galdós en sus Episodios nacionales, que este año conmemoramos especialmente, – me refiero a los escritos de Galdós-  y que se significaron en la lucha, en época de Napoleón, contra la flota inglesa, con bastante mala fortuna, ya que murieron, al menos dos de ellos, por las heridas sufridas en batalla. El debate se produce porque en la Guerra civil se usaron navíos de guerra con esos nombres gloriosos de más de un siglo atrás, y se discute si formaron en la armada de la República o en la del golpista.

Así pues, los argumentos son que, si los nombres se refieren a los marinos, pueden pasar, pero si se refieren a los barcos eso ya no es tolerable. Este punto no es fácil de dilucidar y, por tanto, la polémica viene a ser casi irresoluble. Pero, contraviniendo lo que recomienda la sabiduría popular: “en caso de duda, abstenerse”, los munícipes han eliminado del callejero dichos nombres por más que correspondan a héroes que casi podrían equipararse a Viriato o Aníbal, pongo por caso.

La laica y democrática Francia, por su parte, en cuya historia más o menos reciente, según se mire, figura un individuo que encarna la mayor traición al espíritu de su tiempo. Un personaje advenedizo que toma el poder, somete a su patria a una terrible sangría y, finalmente, es encerrado en una isla para que purgue su deshonor.

A estas alturas creo que todo el mundo habrá adivinado que se trata del célebre Napoleón, que no solo machacó a su patria, sino que se burló de la Revolución, de las clases aristocráticas, del pueblo y de la monarquía y tuvo la desfachatez de someter a sangre y fuego a toda Europa y a la historia de su país a un Imperio de usurpación, que sólo pudo ser frenado por el frío invierno del Imperio ruso.

Esto último lo sabe también todo el mundo, no ya por los libros de historia o la novela de Tolstoi, que tiene demasiadas páginas, sino por la cinematográfica, Guerra y paz,  de la lindísima Audrey Hepburn y del Mel Ferrer de siempre, entre otros.

Pero, en la dulce Francia, a este caballero lo enterraron con honor en Los Inválidos; el Arco de la Estrella, fue dedicado a todas las batallas que provocó, las ganara o no, pues allí figuran Bailén, Zaragoza y otras que todos aprendimos en la escuela que las ganaron o las mujeres o los garrochistas andaluces.

A nadie jamás se le ha ocurrido borrar su nombre, quitar sus retratos, sus estatuas o realojar sus huesos. Fue un vándalo en cuyos ejércitos murieron miles de hombres de forma poco gloriosa, pues la mayoría perecieron de hambre y frío, dejando sus huesos en las tierras heladas del este del continente. La falta de hombres hizo que la economía francesa se recuperara muy lentamente durante años y cediera su puesto en el concierto de las naciones a Inglaterra. En fin que este señor fue un desastre. Pero nadie lo ha borrado de la lista. Fue mucho más pernicioso para su tierra y para el mundo que lo pudieran ser Churruca o Gravina e incluso algunos otros.

La memoria histórica consiste precisamente en no borrar la memoria de nadie, contar quienes fueron, qué hicieron, cómo unos u otros utilizaron su nombre, su prestigio o su poder para reivindicar su propio interés. Hacer lo contrario se llama desde antiguo damnatio memoriae, es decir, mentarles la madre, pero en latín que es más fino y raspar sus nombres de los cartuchos en las pirámides egipcias o tirar sus estatuas en las puertas de Nínive. Así que aquí aún andamos por el tercer milenio a. C.

El árbol del bien y del mal

Vivimos una época complicada. De esto no cabe duda. La terrible enfermedad que nos asola, que se lleva vidas o amarga a muchos las suyas; que deja secuelas que impiden desarrollar la actividad habitual; que obliga a los niños a ir enmascarados y a no ver a sus amigos y parientes; que impide a los amigos reunirse o a los padres encontrarse con sus hijos y nietos; que no deja que la gente se desplace a municipios cercanos o lejanos, que viaje o vaya a visitar espacios que le apetece conocer. Las secuelas de esta pandemia son por otra parte terribles porque han modificado irremediablemente los modos de vida; ya no es fácil ser un vendedor ambulante, ni un feriante, ni un restaurador. Obligan a muchos a convertir su casa en su oficina lo que sin duda comporta una terrible renuncia; la de distinguir entre un espacio público y uno privado. En fin, podríamos continuar con la ristra interminable de males que sigue a este mal. Sin embargo, la intención de estas letras es otra.

Muchos de los que estudiasteis Historia sagrada en vuestra infancia y otros por razones de creencia o simple cultura conocéis el relato del paraíso y de la expulsión del mismo de Adán y Eva por comer del ‘árbol del bien y del mal’ o el ‘árbol del conocimiento’. En ese mito del origen, parece que el Dios creador se reservó el conocimiento para sí mismo, dejando al hombre en un estado de inocencia perpetua. Es posible que el Señor pensara, en principio, que los seres humanos serían más felices si no percibían la maldad y por tanto podían desechar el temor o la culpa y, puesto que había creado a aquellas criaturas humanas con verdadero mimo y cariño, poniéndolas al frente de toda la creación para que disfrutaran de ella, estimó oportuno privarlas de ese conocimiento. El conocimiento, por otra parte, no es sino producto de la propia vida. Eso que llamamos experiencia y, consecuentemente, era de prever que caerían en el conocimiento, aunque fuera solo por desobedecer una orden.

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a nuestra infancia posiblemente muchos de nosotros recordaremos algo que hicimos, sin querer, de modo inadecuado y nos enseñó a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Eso es lo que cuenta el mito; los seres humanos, por el simple hecho de estar vivos y de actuar, necesariamente conocemos el bien y el mal a partir de hechos nimios, ejemplificados perfectamente en el acto inocente de comerse una fruta.

Sin embargo, recientemente, se han producido algunos acontecimientos sorprendentes y los que han incurrido en ellos han mostrado un total desconocimiento de la distinción entre el bien y el mal, o bien, lo que es peor, distinguiéndolos, han reflexionado acerca de otros posibles perjuicios o beneficios y han tomado decisiones a favor del mal.

Se podrían presentar múltiples ejemplos, pero me centraré en dos nada más. El primero de los hechos es el de saltarse los protocolos establecidos y vacunarse fuera de orden. Es llamativo que casi todos han dicho no haber caído en la cuenta de que obraban mal. Esto me sorprende en adultos ilustrados. Cuando menos, debería haberles dado pudor aducir una excusa tan burda. Solo comparable a las respuestas de Adán; la mujer me engañó o, la de la mujer; la serpiente me engañó. Pero en el mito, ya que no es más que un cuentecillo, está justificada una excusa tan infantil. No hay que olvidar que estamos en los principios de los tiempos.

Estas excusas producen sonrojo, sin duda, y hablan de una mentalidad infantil que no distingue el bien del mal. Los sujetos en cuestión me conmueven en su miseria. Al menos, Adán y Eva estaban avergonzados; estas criaturas no. Simplemente no cayeron en la cuenta de que esas cosas no se hacen porque están mal. La vacunación persigue el bien común y establece el orden de los más vulnerables. Esto lo entiende cualquiera. Ya digo, estoy pasmada.

El segundo acontecimiento es el proceso de impeachment del expresidente de los EEUU. Por supuesto que es una decisión colectiva y los de su partido iban a votar en contra porque les arrastra la vergüenza de su antiguo jefe de filas. Pero qué clase de jefe de filas de un estado poderoso y que se pretende ejemplar azuza a sus seguidores a comportarse como vándalos (pobres vándalos). Qué clase de persona, si no se le marca el territorio, acabará insistiendo en ser de nuevo presidente y llevando aún más lejos la vergüenza generalizada a la que ha sometido a su país y muchos otros lugares en el mundo, sin que sus correligionarios le pongan freno. Entre el bien y el mal, esos senadores  han debido echar sus cuentas y han llegado a la conclusión de que ‘para ellos’ era mejor que no se estigmatizara a su exjefe. Estos seguro que saben distinguir entre el bien y el mal, pero tal vez piensan que del mal van a obtener alguna ventaja o evitar algún perjuicio. Su acción no es de infantilismo o ignorancia, es de interés y perversidad.

Si uno piensa un ratito, puede distinguir entre estas dos posiciones frente al dilema del bien o el mal. Claro que es posible que, a día de hoy, la manzana, el árbol y la serpiente queden muy lejos y, por otro lado, quién tiene tiempo de pararse a pensar en tonterías propias de trasnochados moralistas.

 

Presencia

Mi madre empleaba mucho la frase ‘ser el perejil de todas las salsas’, que señalaba a esas personas que quieren ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Vamos, que quieren ser siempre el centro de atención. Esa actitud, al menos bastante frecuente, señala a alguien que o bien siente una alta autoestima o bien todo lo contrario y necesita el refrendo de los demás.

Esa necesidad de protagonismo me lleva a plantearme aquello del ser y el parecer o, si no se quiere ser tan solemne, del ser y el estar. Cuando uno enseña español a un extranjero, se da cuenta de lo difícil que es hacerle distinguir entre el verbo ser y el verbo estar, ya que en un buen número de lenguas esa realidad no existe. En árabe, por ejemplo, sólo hay un verbo para esas dos ideas, sin embargo, la lengua se las ha ingeniado para distinguir con claridad el uso; se ‘es’ siempre que lo que siga señale a una cualidad permanente y se ‘está’, cuando tras el verbo aparece un adjetivo que señala a algo transitorio o bien hay una preposición que señala a un lugar o a un objeto. Entonces el verbo se transforma no solo en un estar, sino en un haber y, finalmente, en un tener y ya se sabe que lo de tener o no tener puede ser algo azaroso; hoy eres rico y mañana no, por ejemplo.

En español, al tener dos verbos que señalan directamente a estos matices y por supuesto a los de tener o haber, a veces yo creo que no se notan las diferencias. Parece que no cabe duda y sin embargo se usan de modo inadecuado o se viven de manera inadecuada, lo que es peor. De ahí tal vez el afán de estar, en lugar de ser.

La presencia de muchos en las redes sociales no se entiende como un medio de comunicarse con otras personas a las que no ves a diario y, ahora con la pandemia, mucho más. Se entiende más bien como un escaparate en el que venderte y venderte del modo en que mejor te puedan comprar. Así vemos que muchos no emplean este medio más que para mostrar su mejor rostro, su gran sonrisa, su pose más atractiva o para señalar cosas suyas que quieren que los demás conozcan. El medio, por otra parte, parece comprender esta realidad a la perfección y, por un lado te ofrece publicidad acerca de objetos por los que en algún momento te has interesado o bien te invita a invertir unas monedas en ‘colocar tu producto’. Resulta sumamente difícil hacerle entender al medio que tú no eres un objeto en venta, ni siquiera tienes algo que vender. No quieres ser famoso, sino aprovechar este medio cómodo y directo para comunicarte con gente a la que aprecias y está lejos, o con gente a la que no ves con frecuencia y cuya vida y sentimientos te interesan o también su producción artística, que te ofrecen gratuitamente, haciéndote disfrutar de su capacidad de dar nuevas versiones de la realidad. Te gusta usar ese medio para conectar con gente que ‘es’ y te cargan todos aquellos que solo aparecen para ‘estar’.

Son presencias indeseadas y cargantes que no ofrecen nada. En muchos casos, puedes llegar a comprender que el medio les permite mostrar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad y que, al menos, les permite vivir una vida diferente de la que desgraciadamente les ha tocado. Así, alardean de sus amores, de sus ropas, de sus posturas, de sus viajes, de lo que otros les han dicho o de lo bien que les va, cuando la cosa no es tan brillante. Responden al ‘dime de qué presumes’ y eso los excusa, y te hacen sentir una cierta ternura por esa miseria que pretenden ocultar, no a tus ojos, sino a sus propios ojos.

Pero, en otros casos, son apariciones intermitentes, cuidadosamente espaciadas en el tiempo que lo que pretenden es sorprender y resultar relevantes. Se dedican a hacerse propaganda: He hecho esto o lo otro o lo de más allá y sé que no pararéis hasta encontrar esa maravilla que he hecho, porque todos sabéis que soy especial y lo que produzco es excelso. No es el artesano o el artista o el escritor que viven de su producción y por tanto usan el medio para que no decaiga la atención sobre su trabajo. Porque eso es: un trabajo. No, son aquellos que viven de otra cosa y que solo miran al mundo como a un gran zoco del que obtener beneficio. Tienen una mercancía y por allí pasan miles de potenciales clientes. Ellos son mercaderes y mercadean con lo que sea.

No son lo que se ve, están para que les vean y son solo eso: una presencia.

LOS GENIOS Y LAS MUSAS

Hace bastante tiempo que me entretengo en pensar por qué mi forma de entender lo literario no se parece a la mayoría de las cosas que leo y son de publicación reciente.

Tras una experiencia cercana en el tiempo, empiezo a ver dónde pueda estar la raíz de mi acercamiento a la escritura creativa.

Ya antes me engolfé en un debate acerca del compromiso del creador, en especial, en el caso de quien compone a base de palabras. La música comprometida quizá sea una de las cosas más raras, a no ser que la unamos a la letra, pero, han existido grandes piezas que han reivindicado la realidad de un pueblo ante una invasión, pongo por caso, como es el ejemplo de Nabuco, sin embargo, no me voy a entretener ahora en ello.

El compromiso en el arte es, sin duda, una elección personal que procede del convencimiento íntimo del artista que se siente cuestionado por la sociedad a la que pertenece y trata de dar respuesta a los retos desde su único oficio. Casos ha habido en la historia también en los que además de con el verso o el pincel se han tomado las armas; el caso de Lord Byron, por ejemplo. A mí el compromiso me parece esencial en la obra de arte y este hecho no es compartido de manera general hoy en día.

La pregunta que hoy me planteo tiene que ver pero es concretamente: ¿qué mueve a un artista a escribir? Se podría extender a la literatura, por ejemplo, y recordando a Ramón Gaya, aquello de que escritor es aquel que mira al mundo viendo en el un poema, una novela o un cuento, del mismo modo que es pintor quien mira a su alrededor viendo en ello un cuadro.

Esto me lleva a pensar que, desde mi punto de vista, no se trata tanto de ‘crear’ un objeto que reproduce una realidad, sino más bien de componer un objeto nuevo que responda a la emoción -dulce o amarga- que produce una determinada realidad. Es decir; hacer arte es componer una metáfora extendida que remita a los sentimientos provocados por una determinada realidad. Eso significa, por otra parte que, puesto que el arte es un mensaje que, como todo mensaje, necesita de un emisor y un receptor, lo que cualquier pieza artística ha de provocar es una vibración en el receptor que se asemeje a lo que el emisor ha dejado en el aire o sobre un lienzo.

En este sentido, cualquier medio es potencialmente válido para que se produzca la transmisión de esa emoción y su recepción adecuada que, siempre, inevitablemente, será en algo diferente a la originaria. Es decir, lo que en el espectador provoca es necesariamente distinto a lo que el artista emite, aunque al menos se hallará en una onda semejante.

Dicho todo esto, mi pregunta sigue en pie. Qué hace que alguien escriba, por ejemplo, y yo no sea capaz de apreciarlo. No vale decir que sobre gustos, etc. Porque observo que a mi alrededor hay mucha gente que de manera unánime aprecia aquello que yo desprecio y valora aquello que, a mí, me parece carente de valor.

Sigo dándole vueltas al fenómeno y empiezo a llegar a algo que podría estar en el fondo de esa experiencia que, en definitiva, consiste en ir contracorriente en cuanto a sensibilidad artística.

Las palabras tienen importancia y señalan al meollo de los asuntos. En las lenguas occidentales, – y aquí me voy a ceñir a la poesía como base de mi soledad en el aprecio de lo artístico- a la poesía se la llama así, tomando el término del griego en el que significaba ‘creación’. El término creación implica -salvo en el caso de Dios, claro- que se hace un objeto diferente con materiales ya existentes. Entendida la poesía de este modo se trata, pues, de obtener un objeto que ha sido provocado por un movimiento inspirador y que se concreta en una forma que mezcla materiales de manera hábil, bella o provocadora. De ahí que, de alguna manera, la forma en que se mezclan los materiales sea prácticamente lo fundamental y el impulso inicial, eso que para entendernos llamamos inspiración, queda en un segundo plano, a pesar del papel concedido a las Musas.

Es posible que no  sea esta la intención del artista, pero la lengua por siglos ha llamado así a la poesía, y nadie se ha opuesto, y por tanto ha primado más la forma que lo vibrante en ella y ha construido su propio mito como algo que tiene que ver con un dios que posee todos los registros artísticos y los transmite a unos pocos elegidos a través de las Musas y, estos, como artesanos fieles, les dan forma.

La otra cultura a la que con orgullo pertenezco es sin duda una de las más antiguas, la semita, y que, en mi caso, se concreta en la árabe, aunque sin dejar de lado los rasgos originarios que remiten a la Antigua Mesopotamia o al Mundo Bíblico. Pues bien, en esa cultura la poesía recibe el nombre de si’r (shi`r, con una guturalización de la vocal). Este término significa sentimiento. Ya desde el inicio, el término señala a algo absolutamente inmaterial como pueda ser una vibración, una conmoción interior. De tal intensidad es esa vibración y tan peculiar que sólo se explica porque el sujeto que la siente se halla poseído por un genio. De manera que no son los dioses los que poseen el don y lo reparten a través de las Musas, sino que son unos seres a medio camino entre los humanos y los espíritus, que se caracterizan por su carácter burlón y provocador los que se apoderan de un individuo y, ante la contemplación de la realidad, le hacen verla con una mirada totalmente peculiar, nueva y diferente, a veces cercana a la locura y a veces cercana a lo misterioso e invisible. De ahí que el poeta y el profeta sean dos criaturas que poseen cualidades y llevan a cabo acciones del todo distintas a las del resto de los mortales.

El poeta es, por tanto, en la tradición árabe y semita, un ser que, arrebatado por un genio, sufre una serie de experiencias inefables que, él y sólo él, es capaz de poner en palabras.

Me doy cuenta de que así es como yo veo al artista; como alguien capaz de hacer de una experiencia común a cualquier ser humano algo extraordinario.

Curiosamente y como todo lo que atañe al ser humano, la poesía árabe hasta tiempos muy recientes, no ha sido capaz de desprenderse de las exigencias formales; es decir, se ha visto en muchos casos constreñida por unas formas métricas sumamente complejas y exigentes de las que se ha liberado, al menos en parte, no hace más de setenta años. Aun así, la forma sigue siendo secundaria y el poema se evalúa por la vibración que provoca en el receptor.

Por su parte, la poesía occidental, más proclive aparentemente a innovar en la forma, hasta desposeer a la poesía de sentido y primar la forma, como es el caso del movimiento Dadá o, en otro sentido, llegar a lo que se conoce por ‘poesía pura’, ha dejado de lado en numerosas ocasiones el contenido experiencial y vivencial de la poesía, para dedicarse a los experimentos de vanguardia y, en ello, ha sido más fiel a sus orígenes: crear algo nuevo con materiales viejos, incluso sacrificando esa gran metáfora compartida.

Es como si los viejos genios se hubieran vuelto normativos, mientras que las Musas han enloquecido. No obstante, los genios que subyugan a los poetas árabes permanecen vivos. No estoy tan segura de que las musas no hayan muerto y hayan dejado tras de sí tan solo a los artesanos de las palabras, combinando una y mil veces de distintas formas los mismos materiales que, quién sabe a quién inspiraron en tiempos lejanos.

En ello estriba mi acercamiento al arte, en general. Espero que el artista provoque en mí una reacción semejante, de escalofrío gozoso, ante algo que yo sola jamás podría haber visto de ese modo o, al menos, no habría sido capaz de expresar y el poeta le ha puesto palabras e imágenes para que yo sea capaz de conocer mi verdadera experiencia ante un estímulo. La forma en que lo haga y los materiales empleados me dan lo mismo, incluso valoro las imperfecciones porque, así, no me siento tan lejos de esos seres privilegiados.

No todo lo innovador, formalmente, es poesía. Las ideas prestadas, si no proceden de los genios, no son poesía. Sólo cuando un objeto nos ha poseído de veras podemos decir que hemos tenido una revelación. La poesía es revelación, o debería serlo. En caso contrario, ni vibra, ni hace vibrar y solo es oficio, aunque haya un mayoría que apruebe y prefiera el oficio.

Por otra parte esto no me extraña; es mucho más confortable.

 

 

 

El administrador infiel

Ha tomado posesión de su cargo de Presidente de EEUU el señor Joe Biden. ¡Dios mío qué descanso! Por unos angustiosos instantes, tras el asalto al Capitolio de una masa enardecida por el presidente saliente, nos temimos todos lo peor.

Debo reconocer que no me hago grandes ilusiones; el imperio es el imperio. Sus motivos e intereses no pasan por los nuestros o, más bien, pasan por encima de los nuestros y, con nuestros, me refiero a los del resto del mundo.

De los vándalos asaltantes ya hablaré otro día. De lo que nos vaya deparando el futuro, ese futuro dirá si merece la pena dedicarle atención o me pillará tan cansada que no podré ni articular una frase. Pero hoy, unas horas después de que el señor Trump se fuera a Florida, haciendo el último feo a su sucesor y a la democracia, aún tengo que hablar de él, a pesar de que ha suavizado el color naranja de su pelo y tez.

Resulta que, en las últimas horas de su mandato, se ha dedicado a indultar a una pandilla de felones que habían hecho varias maldades de distinto tipo. Es posible que muchos no estéis familiarizados con el Evangelio de Lucas, pero en su capitulo 16, versos del 1 al 8, encontraréis una historia que encaja como anillo al dedo con esta realidad de Trump, amnistiando a personajes indeseables.

Dice así el texto:

Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo. Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente; porque los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.

No creo que necesite de exégesis, ni para su interpretación ni para la comparación. No creo que don Donald esté para picar con la azada ni para pedir por las calles; así que tiene que labrarse amigos con los que seguir haciendo negocios, si consigue salir medio bien parado de los juicios que le esperan.

Siempre dije que era un agente de las sombras. Esto demuestra mi teoría. Deberíais leer el Evangelio, permite entender el mundo.

 

Insurrectos

No es una cuestión excesivamente novedosa, pues siempre, a lo largo de la historia, ha habido y habrá grupos o individuos que aprovechan cualquier manifestación de descontento para llevar a cabo actos vandálicos. Pero nunca, me parece, ha habido tantas expresiones de rebeldía sin una razón o un motivo claro que las sustentara. Incluso, yo me atrevería a decir, que nunca había habido tanta contestación apoyada en opiniones peregrinas o en francas mentiras.

Desde hace algunos años, quizá más de veinte, he venido encontrando gente, aparentemente concienciada en el plano social o político, que prefería un rumor o un bulo, cuanto más obscenamente ilógico mejor, para dar sentido a sus sospechas o reivindicaciones. Gente que, por otra parte, no se informaba en fuentes fiables, sino que prefería a esos voceros de los malos augurios o las profecías siniestras o a los inconscientes capaces de divulgar cualquier cosa porque les parecía sorprendente o contracorriente.

Entre estos aficionados a los malos presagios y los absurdos, también los había que, como se decía clásicamente ‘comulgaban con ruedas de molino’, sólo porque lo había dicho el secretario general de su partido. Muchos habían sustituido a Dios y sus profetas por el jefe de las filas en las que militaban. Otros, peor aún, consideraban que Dios mismo era quien inspiraba a su jefe de partido.

En los últimos tiempos de esta dichosa pandemia, nos encontramos con ciudadanos que niegan la existencia del virus. Para ellos los muertos en un número doloroso no parecen significar nada y sienten que se trata de una conspiración para no dejarlos salir de casa. Echan de menos su vida anterior. Cuando sus abrazos eran más bien muestras de hipocresía o simple costumbre social carente de sentido afectivo o, incluso, algo que rechazaban como la obligación de ir a comer a casa de la suegra o cenar con un cuñado, detestando a ambos. Cuantos no se han quejado de que la Nochebuena (ya perdido todo su sentido religioso) o el Fin de Año no eran más que fiestas en las que divertirse era una obligación y abogaban por una diversión propia y exclusiva que los diferenciara de las masas embrutecidas y alienadas por la sociedad de consumo. Esos mismos son los que más protestan ahora de que les hayan ‘robado la Navidad’. Cuando, si hubieran conservado su verdadero sentido, sabrían que es una luz que brilla en lo más profundo del corazón y que no necesita de fastos añadidos. Pero no son estos los insurrectos. Estos no son más que una muestra de esos ejemplares irreductibles que representan ‘el qué dices, que me opongo’.

Siempre ha habido gente que iba contracorriente porque consideraba que la vida debía ser de otro modo; más justa, más igualitaria, más humana, más entrañable, más respetuosa con todos los seres vivos y con el entorno.  Sin embargo, un nuevo fenómeno está apareciendo: el de aquellos que no defienden ninguna causa, ni la ecología, ni la igualdad social, ni la defensa de los débiles, los marginados o los sufrientes. Simplemente ha aparecido una categoría que sólo piensa en divertirse y entiende la diversión como entregarse a la ingesta de alcohol, estupefacientes y ruido. Así se ha convertido en una masa nómada que recorre las carreteras al toque de una convocatoria en redes sociales para hacer precisamente eso: juntarse a beber y demás. Esto parece llenar sus vidas y lo hacen justamente porque está recomendado que no se haga. Son capaces de enfrentarse a multas y sanciones, a desafiar a los cuerpos de seguridad, como los nuevos mártires de la ‘sincausa’.

Son los nuevos insurrectos que niegan la realidad y se apartan de ella como de la peste. Si siempre le había sido difícil al ser humano distinguir lo real de lo ficticio o del engaño de los sentidos, ahora resulta que estos individuos se sumergen en la confusión, aceptándola como una realidad absoluta y total. Es posible que yo ya sea muy mayor para comprender qué sentido tiene un sinsentido.