Cristianos, sustantivo

No hace mucho, Juan José Tamayo publicaba un artículo en El País acerca de los dirigentes políticos que se proclaman cristianos y que militan en formaciones de extrema derecha y los calificaba de ‘cristianofascistas’. Sin discrepar con Tamayo, por otra parte buen amigo y hombre fiel a sus ideas, que en buena medida comparto, quisiera hacer unas puntualizaciones, pues no es el caso del todo ajustado ni privativo de la derecha.

Bolsonaro y Ortega, sin duda y en la apariencia, no militan en el mismo bando, ni siquiera en la misma zona. Se supone que el primero es de derechas y el segundo de izquierdas. Sin embargo, se puede decir que forman en las filas de quienes se agarran al poder y hacen todo aquello que sirva para mantenerlos ahí. Por tanto, no es fácil calificarlos de fascistas o cristiano fascistas, cuando ellos mismos se proclaman cristianos.

El problema, en el fondo es una cuestión gramatical que, como todas las cuestiones gramaticales -aunque muchos digan que no sirven para nada- son esenciales y en este caso, más.

Cristiano no es un calificativo. No es un adjetivo. Es un sustantivo. Es algo que se es o no se es. Para serlo, además de pertenecer mediante el bautismo o una adscripción expresa a alguna de las iglesias que siguen a Cristo, hay que vivir de una determinada manera; como Cristo lo hizo y, consecuentemente, llegar incluso a dar la vida por los amigos.

En el Evangelio, que es, en sus distintas versiones (Lc, Mr. Mt y Jn) en donde se encuentra el legado y las indicaciones de Cristo, se habla de un modelo de persona que no quiere ser el primero, sino en el servicio (lavatorio de pies); dispuesto a acoger a aquellos que la sociedad rechaza (leprosos, publicanos, extranjeros, samaritanos, prostitutas); que no enjuicia a nadie (que tire la primera piedra…); que señala las corruptelas (mercaderes en el templo, fariseos); que quiere que los seres humanos estén vivos y con el entendimiento presto (los sordos oyen, los cojos andan, que los muertos entierren a sus muertos); que prefiere a los inocentes (solo si sois como niños); que promete incluso el Paraíso por un simple acto de amor y comprensión (el buen ladrón).

Este modelo esbozado de manera muy esquemática no se compadece con las actitudes de quienes cierran el paso a los que sufren y huyen de su tierra por causa de la violencia. No se corresponde con los que queman la Amazonía para enriquecerse, destrozando el Planeta en que todos tenemos derecho a vivir. No tiene par con la actitud de los que siembran la discordia, y aún más, organizan guerras, asesinatos o trafican con personas y drogas que matan. No tiene nada que ver con los indiferentes ante el sufrimiento y la pobreza. No es sin duda el modelo de quienes dividen y siembran rencillas, creando a cambio modelos de odio y rechazo.

Quien se comporta según el Evangelio no es calificado de cristiano; es esencialmente cristiano y ya no puede ser otra cosa. Esa es su esencia, su entidad. No tiene calificativo posible. No es ‘buen cristiano’ o ‘mal cristiano’ y, por eso, no puede ser cristiano fascista o cristiano liberal o lo que sea. Solo cristiano.

Cristiano es un término sustantivo que se refiere a la esencia del ser de una persona que sigue a Cristo. Esos señores y muchos otros que dicen defender las tradiciones, el orden, las buenas costumbres y que jamás sentarían a su mesa a un pobre, a una prostituta o a un publicano, esos, no son cristianos. Serán cualquier otra cosa y en ellos, cristiano no puede ser ni siquiera adjetivo, porque no son ni eventualmente seguidores de Cristo.

En cualquier caso, quede claro que no quiero, como persona que intenta seguir a Cristo, que me metan en ese saco. Mi esencia es otra. Imperfecta, pero otra.

Los que van al infierno

Como cada mañana suelo salir a hacer mis recaditos; las pequeñas compras de carnicería o de supermercado, el periódico, la fotocopiadora o correos. Cada mañana me cruzo con señoras y señores de cierta edad que van en silla de ruedas, unos más espabilados que otros, pero todos o casi todos empujados por chicas con velo en la cabeza o de rasgos y habla claramente hispanos. A la puerta del supermercado me topo con una pedigüeña de voz plañidera que reclama que le compren algo las señoras y caballeros que entran a la tienda. En la acera frontera hay un muchacho de claro origen africano de más allá del Ecuador que pide a la puerta de otra tienda de comestibles. Este saluda y desea buenos días a todos los viandantes y no reclama nada.

Algunos días me paro a tomarme un café en una conocida cafetería y las chicas que sirven tienen también un claro acento boliviano o ecuatoriano, tal vez venezolano o caribeño, según los días.

Hay una frutería bastante bien surtida y ordenada a cargo de un pakistaní o bangladeshi; lo deduzco por su tez oscura y por como escribe su nombre musulmán en la marquesina.

Todo esto ocurre en un radio de no más de 2000 pasos, lo que viene a ser unos 1200 metros según se me chiva mi reloj cuenta pasos.

Estas personas que vienen de otras tierras – y no cuento a los rumanos en bicicleta que recogen chatarra, ni a las ucranianas que se juntan a hablar de sus cosas en una esquina, entre una y otra de sus tareas – han venido a estas tierras tan lejanas de la suya de origen a ejercer una serie de funciones que ninguno de nosotros estamos demasiado bien dispuestos a ejercer.

¿A qué parado se le puede decir que se podría ganar la vida con una bicicleta vieja, con un resto de carrito de supermercado adaptado como cestilla, y que escarbe en la basura para encontrar cosas útiles aún y que pueden tener su mercado? ¿A qué hijo de vecino, ocupado en quehaceres más altos, se le puede instar a que se quede en casa cuidando de la abuela o del abuelo y lo saque a pasear cada mañana o lo lleve a la rehabilitación y se pase allí un par de horas contando musarañas?

Todos esos trabajos que no deseamos, todas esas otras actividades que parecen indignas se las encomendamos a los que vienen de fuera, desde la mendicidad hasta el cuidado de las personas a las que sin duda queremos.

Lo primero nos permite hacer una caridad cotidiana con poco esfuerzo, pero que lava nuestros egoísmos; lo segundo nos exime de renunciar a nuestros trabajos bien remunerados y nos descansa de un trabajo duro y poco gratificante a veces (ya se sabe que las personas mayores se vuelven malhumoradas y exigentes). La recogida de materiales que nos estorban pero que no sabemos cómo reutilizar o reciclar también nos da un descanso al espíritu y nos permite seguir consumiendo sin que nos dé cargo de conciencia.

Mi madre decía que el infierno está lleno de desagradecidos, ahí es a donde irán sin falta todos aquellos que reniegan de los inmigrantes y no ven la necesidad de darles las gracias por sus servicios. Mas bien pretenden cerrarles las puertas y mandarlos de vuelta a su miseria, a su violencia y a su falta de esperanza.

Reflexiones de Halloween

Venía yo, en la tarde de Halloween, de hacer unas fotocopias y me crucé con una familia; papá, mamá, y dos niños, uno de ellos en silleta. No pude dejar de mirar a los mayores. El papá iba de conde Drácula. Era un hombre alto y esbelto y su traje de aristócrata y la flotante capa, con el cuello levantado, le daban una presencia imponente. No daba miedo, sino  que daba gusto verlo. La mamá, una joven mujer, con un cuerpo estupendo y una cara muy linda se había disfrazado de algo que no fui capaz de reconocer, pero llevaba un trajecito corto y ajustado lleno de brillos que mostraba unas piernas estupendas, realzadas por unas botas puntiagudas y de media caña. En el pelo, rizado y semi-corto, le flotaban una especia de ramas de coral negras también brillantes. Estaba guapísima. Tan guapos eran la pareja que no me acuerdo del aspecto de los niños, pues, tanto el de la silleta como el que andaba, me pasaron desapercibidos. No podría decir de qué iban disfrazados. Pero, al igual que sus papás, no daban nada de miedo, eso seguro.

Aquella pareja, sin duda, se había trabajado seriamente el evento y la participación en una reunión de disfraces, que se celebraba en un jardín cercano de mi barrio; punto de encuentro en casi todos los festejos de la zona. Habían buscado y hallado disfraces que los favorecían o, al menos, que no los afeaban demasiado ya que todos eran hermosos y lucidos de aspecto y resultaban muy bien aunque se les identificara con un vampiro y una bruja (?).

Pero ya sabemos que en esta fiesta se trata de dar miedo y por eso triunfan los zombies, los ensangrentados, los que llevan la cabeza bajo el brazo, los fantasmas con cadenas, los esqueletos y todo aquello que pueda producir terror, cuanto más nauseabundo, mejor.

Esta fiesta, totalmente ajena a nuestras tradiciones, está tomando un auge para mí inexplicable, pero cierto. Algunos que, como yo, la rechazan, pretenden contrarrestar su éxito disfrazando, especialmente a los niños, de santitos y santitas. No sé si es peor el remedio que la enfermedad, pero me temo que sí. Porque los disfraces de santitas y santitos, con sus aureolas místicas sujetas por un alambre, resultan no solo cursis, sino risibles y bajan a los santos de sus peanas, dejándolos a ras de suelo y desposeídos de toda su solemnidad.

Pero lo que más me sorprende de la adopción de esta fiesta, que fomenta lo desagradable y pretende asustar; eso sí, negociando la cantidad de susto, mediante el pago de un aguinaldo dulce (truco o trato; qué no sé muy bien qué significa en español), es que se produzca en una sociedad que trata de alejar la muerte por todos los medios a su alcance.

No sólo no se hacen velatorios en las casas, sino que a los niños se les oculta la muerte de abuelos y parientes de edad, cuando alguien fallece por causa de una enfermedad que lo había llevado al hospital, es raro que los parientes no se planteen si deberían reclamar por mala praxis médica, sin admitir que la muerte está ahí y que la medicina ni es infalible ni lo puede solucionar todo. En los libros infantiles, la muerte ha desparecido sin dejar rastro. Si tenéis oportunidad de ojear un evangelio adaptado a niños o una vida de Jesús, veréis que el Calvario ha desaparecido y se pasa del juicio de Pilatos (eso con suerte, porque ahí está el Ecce Homo) a la resurrección. Normalmente se va de la entrada en Jerusalem a la piedra del sepulcro removida. Cuando sin muerte no hay posibilidad alguna de resurrección. Así que a los niños se les enseña una ficción teológica, absurda por demás. Hay padres que protestan de que en las aulas haya un crucifijo, porque la visión de un hombre ensangrentado puede traumar a sus niños, pero desde la guardería los disfrazan de zombies, con los sesos derramándose sobre el cuello de la camisa…

Lo más importante de todo esto no es la cuestión estética, sino el fondo del asunto. Resulta que procedemos de una tradición religiosa -seamos creyentes o no- en la que un hombre, que resulta un dios encarnado (idea que resuelve todas nuestras dudas sobre la dignidad del ser humano) muere para que los demás superemos la muerte y resucita para mostrarnos que hay no solo vida, sino gloria, al otro lado. Demuestra pues que la vida es eterna, que la muerte es un tránsito; más doloroso para los que se quedan que para los que se van, porque solo cambian de dimensión y salen del tiempo. De forma que la muerte es el paso a una situación luminosa y que llena todas las aspiraciones del ser humano. ¿Quién no quiere para sí una situación semejante y para siempre?

Claro que podemos pensar que es un mito de consolación, pero, ¿no es mejor eso que creer que seremos ‘muertos vivientes’, amargados en nuestra situación y deseando comernos los cerebros de los vivos para seguir en esa condición miserable? No es más hermoso decir: el abuelito o la abuelita se han ido al cielo y están allá sentados en una nube, balanceando las piernas como cuando eran niños, felices para siempre, cuidando de que no nos pase nada malo, mientras seguimos aquí, y esperándonos alegres a que volvamos a vernos.

Me alegro de haberme cruzado con aquella hermosa familia que no daba ningún miedo. Ellos quizá hayan comprendido que la otra vida es el lugar perfecto para ser más hermosos que nunca y no para el terror.

La fiesta de Halloween es para gente que solo saber ver un futuro de miseria, de horror, de desgracia y no para gente con esperanza, sueños, alegría de vivir y de morir, sabiendo que se ha vivido en plenitud. Esto último es lo que yo quiero y no festejar la desesperación.

 

 

Caravaca, 23 de octubre, con todos extraños

En la tarde del 23 de octubre ha tenido lugar la presentación de Todos extraños en Caravaca de la Cruz. En dicha presentación intervinieron Paco Marín, editor, Pepe Fuentes, Profesor y comentarista de la novela y la autora, con la compañía del concejal de fiestas y eventos Juan de Leon y con el acompañamiento incomparable de Reyes Aznar, voz, y Ramón Vergara, guitarra.

Voy a dedicar unas palabras especiales a Reyes y Ramón. Abrieron el acto con la interpretación de una célebre canción de la famosa cantante libanesa Fayruz, todo un fenómeno cuya fama tocó su máximo en los años 70 y 80 del siglo pasado. Reyes cantó en árabe Madinat al -Salat (ciudad de oración) que se refiere a Jerusalem como lugar de paz y oración, lugar de espiritualidad y confraternización de las tres religiones monoteístas. Ese canto es más bien la expresión de un deseo nunca hecho realidad. Pero la canción es bellisima y Reyes hizo de ella, aunque no conoce el árabe, una interpretación magistral, llena de sentimiento y sensibilidad que le agradezco con el alma. Para cerrar el acto, Ramón interpretó a Tárraga, el capricho árabe, que es una preciosidad en su dificultad técnica, pero su aparente sencillez melódica y constructiva. Una apertura y un cierre de oro para una velada que resultó muy agradable.

Paco Marín no es un editor tal como suelen ser los de hoy en día. Es un amante de la literatura en profundidad y que inmerecidamente, creo, me profesa un gran afecto que yo trato de corresponder y que además le agradezco mucho porque resulta sumamente estimulante. Siempre dice de mi obra palabras atinadas y elogiosas que me sirven de acicate para escribir y mejorar, volviéndome tan exigente como merece su aprecio.

Pepe Fuentes hizo una lectura de la novela sumamente interesante, haciendo hincapié en el valor de los espacios y la capacidad de describirlos y crear ambientes. Todos los que me conocen saben de mi afición a la decoración, que no es otra cosa que el afán por crear atmósferas que sirven al propósito al que se destina un lugar o un espacio. Reproduzco algunas de las cosas que dijo:

  • Creo que se le da bien eso de crear ambientes, sea de forma plástica, en la vida cotidiana, o mediante la narrativa. De verdad pienso que, quizá de manera inconsciente, Montse aplica a la narrativa los mismos criterios que hace en la pintura o la decoración:

¿Por dónde entra la luz al párrafo? ¿A qué hora?

¿Es acertado el uso de espejos narrativos para ampliar la sensación de espacio en las escenas que se relatan? ¿Qué color le viene bien a la idea? ¿Qué palabra amuebla mejor la frase? ¿Qué textura literaria es la adecuada?

Cuando lean “Todos extraños”, podrán comprobar que su narrativa es precisa, honesta, alejada de cualquier atisbo de cursilería o de intencionalidad comercial. Yo etiqueto a Montse como una “DECORADORA DE PALABRAS”. De la misma manera que describe un mueble de estilo colonial, de tal forma que llega a darle al lector la impresión de QUE QUIEN LEE SE ENCUENTRA DENTRO DE UNO DE LOS CAJONES y deambula por las tripas del mueble, igual te describe un personaje, o un rostro, con tal aluvión de detalles que te permite tocar, oler y andorrear por sus pliegues, algo que solo está al alcance de los narradores de calidad cuando, por la forma de describir, permiten al lector ser parte activa de los relatos.

Y al igual que en el arte de la decoración, Montse utiliza en su narrativa DIVERSIDAD DE MATERIALES QUE ACTÚAN COMO ELEMENTOS ATEMPORALES QUE CONFIGURAN, EN DEFINITIVA, SU TALANTE LITERARIO: ahora introduce “piedra” para describir paisajes y ambientar la vida cotidiana, ahora mete “hierro” para comunicar los desajustes que genera, por ejemplo, la guerra en las personas, o construye escenas a base de “madera”  o “tierra” de diversas texturas para hacernos llegar las relaciones entre las personas. Pero Montse, a menudo, hace de tejedora y nos sorprende utilizando urdimbres de fibras finas consiguiendo tejidos literarios que aparecen suaves y delicados al tacto del lector… ¿Cuándo ocurre esto?; esto ocurre cuando la autora nos muestra los entresijos de los sentimientos de las personas, las emociones de los personajes que describe.

Las aportaciones de Pepe en el comentario de mi novela, a ratos hiperbólicas, no dejan de ser la muestra de un lector inteligente que sabe captar detalles sugerentes y acertados. Es un privilegio contar con lectores tan atinados y exigentes que impulsan a esmerarse al autor.

En mi intervención y apoyada en las aportaciones de Paco y Pepe resalté algunos de los temas que quería señalar con mi novela. Quizá el más importante sea el de la expatriación, el trasterramiento que significa desarraigo y que nunca consigue la total integración, a pesar de que el emigrado trate de imbuirse del espíritu de la tierra que lo acoge y no haya impedimentos manifiestos.

Tras las intervenciones obligadas, se desarrolló un breve coloquio que animó a varios asistentes a laznzar sus preguntas, lo que es señal inequívoca de que la gente estaba allí a gusto y relajada y no sentía ese miedo escénico que se produce cuando una acto se vuelve muy frío y excesivamente solemne.

Fue una velada, pues, completa y enriquecedora desde todos los puntos de vista.

En el diario La Opinion, salió esta entrevista el mismo día de la presentación en Caravaca. Responde con bastante fidelidad a la conversación que mantuve unos días antes con el periodista, aunque no apreció la ironía de alguna de mis expresiones. Pero puedo suscribirla sin más reproches.

Montserrat Abumalham: «Por mucho que un inmigrante se mimetice siempre será un extranjero»

«Hay una generación, de edad provecta, que merece un hueco en el panorama literario»

Enrique Soler 22.10.2019 | 21:31

Montserrat Abumalham: «Por mucho que un inmigrante se mimetice siempre será un extranjero»

La autora de origen libanés presenta esta tarde en Caravaca de la Cruz su último trabajo, Todos extraños, una novela inspirada en su familia, «sin que por ello deje de ser una obra de ficción». En ella, Abumalham trata cuestiones universales como las relaciones entre padres e hijos, las guerras y la vida del expatriado.

La Casa de la Cultura ‘Emilio Sáez’ de Caravaca acoge, a las ocho de esta tarde, la presentación del último trabajo de la autora de origen libanés, afincada en Murcia, Montserrat Abumalham. Se trata de Todos extraños, una obra editada por Tirano Banderas, que estará representada por Francisco Marín. Al acto también asistirá, además de la autora, el profesor y escritor José Fuentes, y habrá acompañamiento musical a cargo del dúo Hispania: Verso y madera, compuesto por la actriz y directora de teatro María Reyes Aznar y el guitarrista chileno Ramón Vergara.

Todos extraños es una novela inspirada en la familia de la autora, sin que por ello deje de ser una obra de ficción. «No es una crónica histórica con la excusa de la familia, sino que se trata de una novela», apunta Abumalham, quien detalla que sus padres proceden, cada uno, de los dos extremos del Mediterráneo: «Mi padre es del Líbano y mi madre catalana. Se conocieron en Marruecos durante el protectorado español, y es justo ese episodio el que a mí me provoca cierta curiosidad. Yo siempre he tenido muy interiorizado un discurso con el que contar cómo se conocieron, y un día, hablando con un amigo, me dijo que la historia daba para una novela», confiesa la autora, que, no obstante, reconoce que tuvo que inventar el 90% de la historia: «El discurso tópico que tenía se quedaba muy corto», señala.

En cualquier caso, Oriente Medio, Cataluña y Marruecos son los lugares a los que nos traslada esta novela, y su tiempo se desliza desde los años veinte hasta la década de los noventa del siglo pasado. «Éstos son lugares de partida, ya que ambos tuvieron que emigrar para acabar conociéndose en Marruecos, pero lo importante es su traslado a otro espacio, lugar y ambiente; esto es algo que les va a condicionar y cambiar la vida», apunta Abumalham.

Con un estilo narrativo muy personal, cargado de referencias culturales y temporales que sitúan los hechos para hacerlos reconocibles y propios de cada momento histórico, se nos presentan los diversos personajes de la novela, que ofrecen una versión del mismo acontecimiento y de los efectos que ha ido produciendo en su propia existencia, conformándola y desviándola de sus intenciones, sin que se sepa realmente cuáles son las razones últimas de sus actos y decisiones.

Tres cuestiones fundamentales

En este trabajo, Abumalham reflexiona acerca de al menos tres cuestiones fundamentales. La primera de ellas es cómo los hijos no llegan a conocer nunca cuáles son las razones profundas que impelen a sus padres a actuar de un modo u otro. «He querido hablar de la relación de los hijos con los padres, y he llegado a la conclusión de que los hijos sabemos muy poco de nuestros padres…», asegura la autora, que, en este sentido, matiza que «sobre todo sabemos poco de sus intereses personales y de las razones que les mueven a realizar determinadas cosas. En definitiva –resume–, los hijos seguimos a los padres, pero no sabemos muy bien cuáles son sus motivaciones profundas».

La segunda gran cuestión es la influencia que la violencia y las guerras tienen en el devenir de las vidas de personas que ni intervienen en ellas o ni siquiera están en el escenario de las mismas. La tercera cuestión hace referencia al hecho de vivir expatriado: «Por mucho que un inmigrante se mimetice con el lugar de recibo siempre será un extranjero, y un extranjero mirado con recelo».

Sin embargo, esta no es la única barrera que la autora libanesa tiene que superar. Recientemente se celebraba el Día de las Escritoras y Abumalham explica que, en este sentido, aún quedan muchos techos por romper, «sobre todo, no solo en el presente y de cara al futuro, sino también de cara a la reavivación de grandes autoras que han pasado al olvido», señala. «Gabriela Mistral, por ejemplo –insiste–: le dieron un Premio Nobel en 1945 y prácticamente ha desaparecido del panorama literario. ¿Cómo es posible que nadie lea a Gabriela Mistral hoy día? ¡Es una Nobel y está olvidada!». Por último, Abumalham recuerda sobre las mujeres que escriben en la actualidad que existe una generación «que merece mucho la pena» y otra, la suya, «de una edad ya provecta, que ha empezado a escribir ficción un poco tarde y que mereceríamos tener un espacio en el panorama literario», reclama.

Por último, la autora de origen libanés adelanta que está escribiendo un libro de cuentos pensando en sus nietos, «y no son cuentos de imaginación, sino más bien cuentos que se refieren a recuerdos o vivencias que se producen dentro de la familia; un trabajo para que ellos recuerden en el futuro qué pasaba en los veranos o en casa de los abuelos», concreta Abumalham, que matiza que se trata de un libro que nace con la idea de que sea ilustrado. En cuanto a su próxima novela, desvela que «está arrancando en este momento», y cree que «tendrá cierto interés, ya que trata dos temas que de alguna manera son universales: la violencia intrafamiliar y el despojo del que emigra de un lugar, es decir, los parientes que se quedan en el lugar de origen y se adueñan de las propiedades del emigrado, una circunstancia que frena el regreso del emigrante, que, de alguna manera, le corta el regreso a la patria» .

Montserrat Abumalham cuenta con numerosas publicaciones de carácter científico, entre las que cabe señalar El Islam. De religión de los árabes a Religión UniversalLiteratura árabe cristianaSímbolos y mitos en la literatura árabe contemporánea, además de traducciones como Érase una vez… (antología de relatos breves), Los Molinos de Beirut o algunos textos del poeta Mijail Nuayma y del escritor y diplomático libanés Tawfiq Yusuf Awwad. En los últimos años ha repartido su actividad entre la creación literaria, tanto en prosa como en verso, y la cooperación al desarrollo desde la Asociación Tacaná, con sede en Murcia. De su producción de creación destacan ¿Te acuerdas de Shahrazad? (2002) y De la ceiba y el quetzal. Cuentos de Centroamérica (2016).

 

El Mar Menor no es solo un mar

Después de la llamada DANA, antes ‘gota fría’, se ha encontrado una feliz excusa a los males que padece el Mar Menor. Es bueno que haya un diluvio para que cargue con los efectos perversos de la incuria de decenas de años y con los resultados de la ambición desmedida.

Los peces del Mar Menor se mueren por falta de oxígeno. Posiblemente se deba a los vertidos incontrolados de aguas procedentes del riego, de escorrentías y del exceso de construcción que se ha implantado en sus orillas. Pero esas cosas no son catástrofes naturales, aunque sí pertenezcan a la naturaleza humana; a la ambición, al deseo del rápido enriquecimiento, a la indiferencia hacia los daños colaterales. Con todo eso, nos hemos cargado del todo o casi, una pieza de la Naturaleza verdaderamente singular y privilegiada que deberíamos haber cuidado y mimado, protegido y salvaguardado con dedicación extrema, para mantenerla lo más intacta posible y así conservar el medio ambiente.

Pero, el Mar Menor no es sólo una pieza singular de la Naturaleza y el paisaje. Forma parte del paisaje de nuestras vidas y almas.  Cuando nació mi hija, fui a veranear a Santiago de la Ribera. Ella nació un 16 de julio y a primeros de agosto allí nos asentamos, para pasar el mes de verano.

Así éramos los padres primerizos, que bajábamos a la Puntica a bañarnos.

Aquí estamos todos; abuelos, padrinos, primos y sobrinos, en el bautizo de la recién nacida, en la Iglesia de San pedro del Pinatar.

Los niños crecían y aumentaba la familia. Mi padre compró un chalet en Santiago de la Ribera. Era una colonia de gente que pertenecía al Ejército del Aire, habían estado destinados en San Javier y sentían añoranza de la zona. Por eso construyeron allí la colonia, detrás de la Ciudad del Aire y a nosotros, que entonces trabajábamos en la escuela de Idiomas de las Fuerzas Armadas nos ofrecieron participar.  Todos los veranos había algún cumpleaños de los niños de la vecindad y se aprovechaba para disfrazarse. Mis hijos son a la derecha de la foto, una dorada princesa y un poco más centrado un pequeño vaquero de bigotes de carboncillo.

En aquel agradable lugar, desayunábamos en el porche, comíamos allí y hasta cenábamos a pesar de la afluencia de los mosquitos. Todos los días íbamos a bañarnos a la Puntica.

Allí aprendieron sin miedo a nadar los niños, allí montaban en bicicleta, sin miedo a los coches, allí paseábamos o íbamos al circo y a la Feria.

Allí mi hija hacía sus numeritos de baile. y mi hijo, más pequeño, hacía sus propias gracias.

Aunque la foto es muy mala. Han pasado muchos años, pero por la ropa veréis que cualquier vacación era buena para ir a Santiago de la Ribera y pasearnos a la orilla del mar Menor y, entonces, vivíamos en Madrid. Ahí estamos mi hija, mi cuñada embarazada de su primera hija y mi hijo y ahijado de mi cuñada.

Los años pasaron. Mi padre sufrió un accidente y se ahogó en el mar Menor, allí mismo en la Puntica, donde tantas veces nos habíamos bañado todos y habíamos reído y jugado con los niños.

Durante casi tres años, no pude volver por allí. Vendí el chalet y quise olvidar el Mar Menor. Pero ahora, pasados casi veinticinco años de aquello, de vez en cuando vuelvo al Mar Menor, me paseo frente a la playa de Villananitos, doy una vuelta por la feria, mirando los puestos o me voy a cenar con mis hijos frente a la urbanización Los Pinos en el renovado paseo de La Puntica. Allí veo los fuegos artificiales de las fiestas de San Pedro o del Carmen.

Cada verano, el 15 de julio, mi marido y yo nos vamos al restaurante Venezuela, en Lo Pagán,  a rememorar que allí celebramos los bautizos de nuestros hijos, y a celebrar nuestro aniversario de boda; y ya vamos por el cuadragésimo cuarto (44). Lo pongo así porque suena todo lo solemne que debe sonar una cifra como esa.

De manera que el Mar Menor no es solo un espacio natural. Es el espacio de la memoria, de las alegrías y las penas, de los hallazgos y las pérdidas. No son sólo pobres peces muertos, sino la muerte de nuestras vidas. Supongo que como yo habrá mucha gente que, además de vivir de ese mar, tendrá recuerdos como los míos, vivencias únicas, cuyo marco es y ha sido el Mar Menor.

Por eso, no se puede dejar morir ese mar, porque sería como matar la memoria de nuestras vidas.

Murcia, presentación de Todos extraños (17-10-2019)

 

El acto comenzó con la mención de la grave situación que afecta al Mar Menor y a la marcha que en esos mismos instantes se estaba produciendo en las calles de nuestra ciudad. Todos hubiéramos querido estar en esa marcha. Pero teníamos la obligación, por razones de agenda y disponibilidad, de celebrar este acto en ese día y a la misma hora de la marcha. No obstante, en esta misma página encontraréis un texto sobre el Mar Menor.

Agradezco en estas líneas las palabras elogiosas de Francisco Marín, sin duda debidas a su aprecio más que a la calidad de mi obra. Sin embargo, se las acepto a pesar de las hipérboles porque sé que se las dictaba su afecto, su sensible corazón y su empatía.

Agradezco de todo corazón a Francisco Jarauta que, en medio de sus múltiples viajes y ocupaciones, haya dedicado a mi libro una lectura minuciosa y exigente. También sus elogios fueron certeros y clarividentes y se los agradezco mucho, pues dada su capacidad y su experiencia son muy valiosos.

Agradezco también con todo mi afecto a Paco Almagro su pequeña pieza de orfebrería en imágenes, inspirada en el texto, que sin duda alguna leyó con suma atención, sacando de él toda la esencia y todo el trasfondo simbólico. Gracias mil, Paco.

No sé si los asistentes al acto disfrutaron tanto como yo, pero yo me sentí no sólo halagada por las flores que me echaron, sino y fundamentalmente agradecida porque todos habían prestado una atención extrema a mi trabajo de creación y eso, en alguien que no tiene la garantía del reconocimiento general ni la fama, es muy de agradecer. Parece además que a todos los satisfizo lo suficiente como para no hacer una presentación de ‘salgo del paso’. Algo tendrá la obra que sin duda está escrita con mucho esfuerzo y depurada y depurada hasta que me pareció presentable. Espero que lo siguiente que escriba resulte igual de bien acogido.

Aquí os dejo unas imágenes de la sesión y también el video de Almagro que es un pequeña joya. Lástima que no os pueda ofrecer la intervención de Jarauta que fue muy certera, pero sólo llevaba unas notas y muchos subrayados por todo el texto. Así que… me quedo con las ganas de poder ponerla y de paso releerla. Eso sí, señaló que echaba de menos la toponimia de Nápoles, señaló la frecuencia de la adjetivación, pero aunque declaró que no es muy aficionado a los adjetivos, estos no parecieron estorbarle demasiado y finalmente señaló la equidistancia y neutralidad respecto a la Guerra civil española. A estos reproches  le he respondido por escrito, defendiendo mi postura.

En el primer caso, reproduzco lo que le comunico en mi carta:

Nápoles no era sino un lugar de paso. Un espacio entre dos mundos que no significaba más que un paréntesis en este relato y por tanto le bastaba con tener una atmósfera. Esta sí creo que está lograda. Cuando visité Nápoles hace algún tiempo me produjo esa impresión de una geografía muy bella, acompañada de impresionantes edificios, totalmente en decadencia, que salvaba su bello rostro gracias al brillo del sol tan particular en esa ciudad. En el episodio de Nápoles me interesa más el señalar la inestabilidad de la realidad y la amenaza que se cierne sobre todos, cosas y personas, y la encrucijada en donde hay una criada abisinia (un guiño contra Ungaretti) que representa la juventud y la belleza, frente a una patrona maternal pero marchita. Y la magnífica personalidad de ese sustituto del cónsul, comprometido con la república y contrario al fascismo, que tiene un pie en África, Orán, a donde tantos republicanos españoles fueron a refugiarse, sobre todo desde el Levante, y que toma café con cardamomo, en honor de su huésped, y habla en árabe oriental.

            El capítulo napolitano es quizá el relato más preciosista de toda la novela, posiblemente junto con la descripción de las casas y espacios en que habitan los Carles. Tanto uno como otro juegan el papel de escenario simbólico, cargado de alusiones y sugerencias.

Respecto al segundo reproche, el de la neutralidad, le decía:

Otra de las cuestiones que apreciaste es la ‘neutralidad’ de todos los personajes hacia la guerra civil. No es tan clara a mi modo de ver; es una neutralidad de conveniencia que encierra situaciones que rozan lo tragicómico, como el salvamento del muchacho judío. Hay que pensar que el Protectorado español fue, paradójicamente, el refugio de muchos ‘rojos’, republicanos, anarquistas, monárquicos y antifranquistas. Todos juntos. Muchos de ellos funcionarios que salvaron la vida gracias a su silencio. Hoy diríamos que era un silencio culpable, pero la vida no está tan llena de héroes como quisiéramos. Pero hay insinuaciones en ese fragmento de la novela tanto de palabra como por su posición; Ricardo de la Puente, inicia con su nombre el capítulo dedicado a la nueva familia Diab-Carles. El valor simbólico de ese nombre, un hombre que permaneció fiel a la república y que además era pariente de Franco, no sólo marca una posición, sino que señala a una posición de los personajes que juntos inician una nueva vida. Por supuesto marca una posición de la autora, creo yo, y una exigencia; no enredarse en quién fue peor. Iniciar con un mártir, tiene el peligro de hacer recuento de los mártires. Por otra parte, un hecho evidente.

Bueno espero que esta ligera crónica de una tarde memorable os sirva a los que me leéis en este marco como guía de lectura y reflexión sobre el texto que no es nunca inocente. Gracias a todos los que me seguís y os interesáis por mi escritura.

Todos extraños en Mérida

El pasado miércoles en Mérida tuvo lugar la presentación de Todos extraños, editada por Tirano Banderas (se puede encontrar en Libros del Sur)

Los responsables de la Asociación cultural La enredadera programaron esta presentación entre sus variadas actividades de difusión de la cultura, el pensamiento crítico, la solidaridad y el compromiso social. Gente joven entusiasta que quiere dar vida y movimiento al espacio cultural de la bella ciudad de Mérida, proponiendo un nuevo lugar abierto al debate, la curiosidad y el encuentro.

La presentación de los participantes la hizo Montserrat Girón quien señaló algunas de las características del libro e hizo una glosa acerca de la autora y de Eladio Méndez, poeta, el presentador y crítico de la obra, quien con su sensibilidad y buen hacer dijo una serie de cosas verdaderamente interesantes y que se incluyen aquí.

Antes de escuchar las palabras de Eladio Méndez, se proyecto un precioso video, elaborado por Francisco Cánovas Almagro, el muy conocido pintor murciano que, generosamente, se había ofrecido a hacer una interpretación en imágenes de la novela. Como era de esperar el resultado final es de una finura exquisita, tanto en la música como en la imagen y sumamente sugerente. Los asistentes que aún no habían leído la novela ni sabían siquiera cuál era su contenido de manera aproximada, tras oír a Eladio Méndez volvieron a ver el video completo y, entonces, pudieron darse cuenta de la hondura y acierto de sus imágenes y de la composición.

He aqui el texto de Eladio Méndez:

Todos extraños. Es una novela híbrida, donde la autora nos muestra a su familia describiendo y conjugando con sutil maestría la narración histórica con la más verosímil de las leyendas.

Aunque el hilo conductor de la novela es la evocación de su propia familia, no es menos importante el recorrido que la autora hace en paralelo sobre la cultura árabe y la historia de la España más sencilla, que abarca casi un siglo.

Historias cotidianas, sí, ese tipo de historias que pasan inadvertidas para los eruditos analistas y que sucumbirían irremediablemente en el anaquel del olvido si no fuesen contadas por este tipo de heroínas anónimas (como es el caso) empeñadas en haceros saber que dentro de la historia subyacen infinidad de pequeñas historias y no por ello menos trascendentes parael común de los mortales.

La novela está constituida en cuatro núcleos estructurales:

Por un lado la autora nos narra las vicisitudes de la rama materna de la familia, en la que por diversos motivos se ven abocados a un exilio interior para salvar la vida el cabeza de familia (abuelo de la autora) un hombre luchador, hecho a sí mismo y que allá por los años veinte del siglo pasado regentaba en Barcelona un almacén de leña, que compar¡tibilizaba con otros negocios, entre ellos el desguace de barcos, la venta de chatarra y el poseer una báscula para la pesa de mercancías, circunstancias estas que lo pusieron en la mura de los revolucionarios más extremos que en el primer cuarto del siglo pasado pululaban por Barcelona.

Un itinerario en Barco como puede ser el de Barcelona a ceuta y que hoy nos parecería una travesía anodina y carente de interés sobre todo para los autóctonos del levante español, la autora nos lo muestra a través de los ojos de a infancia de sus antepasados y en apenas un par de páginas como una verdadera aventura por países exóticos. Las escalas en Valencia, Cartagena y Málaga antes de arribar a Ceuta bien podrían haber sido en las Antillas, el Caribe o las Filipinas.

Cuando habla de su abuela, nos advierte la autora sobre sus dudas entre lo que puede ser historia o simplemente una leyenda familiar, por eso creo que acertadamente enlaza con soltura historia y ficción, mezclando ambos conceptos para conseguir un halo de intriga y romanticismo logrando que el lector no sea capaz de discernir con seguridad cuando comienza y termina realidad y ficción.

El segundo núcleo de la novela lo conforma la biografía de su padre y utilizando la autora el mismo criterio que anteriormente esgrimió con su abuela, nos describe las circunstancias en las que su padre emigra desde su aldea natal situada en el interior del Líbano hasta Ceuta, al valerse la autora indistintamente de realidad y leyenda consigue mantener en el punto más alto la atención del lector.

En el tercer apartado la autora nos va desgranando la vida en común de la ya familia Diab-Carles, con todos los acontecimientos en los que se vieron envueltos mientras residían en la ciudad de Ceuta y que ocupaban desde la génesis de los nuevos negocios familiares hasta su marcada neutralidad en el conflicto fratricida  que fue la guerra civil.

Culmina la autora el cuarto núcleo de la novela con una autobiografía narrada en tercera persona, donde además de describirnos las peripecias y traumas normales que todo niño de una u otra manera arrastra como bagaje hacia la madurez, nos muestra como ajena a los circunloquios y entresijos de los mayores va perdiendo la candidez de su infancia más tierna, y asumiendo esos cambios, acepta con naturalidad que lo que antes podría ser una selva donde vivir innumerables aventuras, ahora era solo un balcón con macetas donde había muerto un pajarillo enjaulado y había desaparecido la tortuga, o el descubrimiento de quienes eran en realidad los Reyes Magos, estas circunstancias sin ella saberlo iban moldeando su carácter e introduciéndola en la madurez.

Es honesta la autora con ella y con sus lectores, ni se engaña ni pretende engañarnos, no es su intención ensalzar las proezas heroicas de sus antepasados (aunqueseguro que alguna habría) sino ser objetiva a la hora de enfrentarse a unos hechos que vienen siendo transmitidos oralmente de generación en generación, ya que en varias ocasiones asevera que «lo que ocurre en el seno de una familia, a lo largo de tres o cuatro generaciones, debe ser necesariamente entendido como una gran ficción». Y así, con sutileza lo desliza a través de las páginas de este libro (Eladio Méndez, 25 de septiembre de 2019, Mérida)

Tras las palabras de Eladio, la autora hizo un breve comentario acerca de cuáles habían sido sus objetivos para escribir esta novela, sus perplejidades y la cantidad de ficción que necesariamente tuvo que colarse en la narración para hacerla verosímil, de manera que lo que eran recuerdos o leyendas familiares se convirtiera en una gran estructura literaria que diera cuenta de la vida de unos personajes, en medio de determinadas circunstancias históricas. Las dos grandes guerras, la guerra civil, la emigración, la mezcla de culturas y las vidas comunes se entrelazan componiendo un cuadro que pueda resultar convincente y veraz al lector.

Tras esta intervención hubo un pequeño coloquio y, finalmente, se volvió a proyectar el precioso video de Almagro que, desgraciadamente, este formato no permite colgar para que todos los que leéis estas líneas lo disfrutéis. Pero, sin duda, lo podréis ver si asistís a la presentación en Caravaca, el día 10 de octubre, o en Murcia, cuya fecha se anunciará oportunamente.

Gracias a Eladio, a Almagro, a Montse Giron y los responsables de La Enredadera. Fue agradable compartir ese rato con todos vosotros y bebernos unas cerveza en compañía. Mucho éxito a vuestra labor cultural.

 

Vecinos y, sin embargo, amigos

Como cada año, cuando llega el mes de septiembre celebramos en la ‘urba’ de la playa, alias el Miño,  la despedida del año. El fin de año playero, se entiende.

La tradición, mantenida a lo largo de más de treinta años y de la que nosotros participamos gracias a la generosidad de los veteranos desde hace unos veinte, consiste -cómo no- en quedar a comer, más bien cenar, tocar las doce campanadas a la hora correspondiente, tocadas con una mano de mortero y una olla,  y comerse las doce uvas para iniciar un nuevo año en el que, si llegamos hasta el verano siguiente, nos volveremos a encontrar. Esta cena solía componerse a base de los platillos que cada cual aportaba.

El paso del tiempo, sin embargo, ha introducido ligeras variantes. Da mucha pereza ponerse a guisar, de manera que buscamos un restaurante en algún sitio y allá que nos vamos a que nos echen de comer. Generalmente la cosa sale muy bien, porque en todas partes en esta zona se come bien por precio módico. La juerga ya la ponemos nosotros. Como estamos en un lugar público, ya no nos atrevemos a llevar el caldero y la mano de mortero y tocar las campanadas. Tampoco se comen las uvas y una de las asistentes, que vive en Orihuela, ya no trae dulces navideños típicos de ese lugar.

Esta misma amiga comentaba, precisamente el viernes pasado en que tuvo lugar  la cena de fin de año, que esto ya no era lo mismo, que ya no nos divertíamos como antes. Como si de un conjuro se tratara, a partir de ese mismo instante no dejamos de reírnos a mandíbula batiente por las salidas ingeniosas de unos y otros, por alguna de esas cosas graciosas que te hacen soltar la carcajada y, luego, cuando intentas contarlo, quién sabe por qué han perdido la gracia.

Tras la cena que fue esplendida y asequible, nos fuimos a un nuevo lugar de ocio y copas, en el que aún a riesgo de salir volando, porque soplaba un levante poderoso y eso esta casi a la orilla de las dunas, nos tomamos unas ricas copas, hicimos el tonto como convenía a la ocasión, sin importarnos nada lo que opinaran los de alrededor y disfrutamos de un camarero que era una computadora. No solo fue capaz de repetir lo que cada cual había pedido y no éramos pocos, sino que supo a quién debía darle cada cosa. Un hacha, el muchacho.

En fin, una vez mas fue una noche agradable, sin nada especial, pero sí cargada de afecto, de risas y de aprecio mutuo. Es hermoso llegar nuevo a un lugar, aunque ya haga veinte años, y que te acojan como si fueras de la familia, cuando a los residentes les unían ya muchos lazos; unos de familia real, otros de vecindad y amistad desde la infancia. Dice mucho y bueno de los que acogen y obliga a los acogidos a ser agradecidos y a  tener en consideración que, además de vecinos ocasionales, solo del verano, son todos amigos a los que se aprecia y se valora.

Gracias por una velada tan agradable y divertida. Es muy de agradecer que te hagan reír, en este tiempo en que a donde mires no ves cosas agradables. Gracias por acogernos y querernos. Sois totalmente correspondidos.

Ah, se me olvidaba. Los unicornios. Se me ocurrió, porque así lo sentía, lamentar el desprecio generalizado que supone al mito de la joven virgen y los unicornios, el que hayan convertido a estos animales fabulosos en un flotador de proporciones monumentales, que los hayan convertido en toda clase de adornos cursis para habitaciones infantiles. Gracias a Dios, un levante fuerte se los llevó de la playa y pude descansar de mi enojo. Como el día 3 de septiembre cumplí años, estos amigos, de los que hablaba, tuvieron la genial idea de comprar un unicornio como regalo de cumpleaños. Menos mal que una voz sensata lo impidió, y le quedo eternamente agradecida. Pero, quien tuvo la genial idea me inundó el ‘guasa’ de unicornios y creo que merece que los recoja aquí, para que sepa que no le guardo rencor, a pesar de todo.

Bueno, un año más y un fin de año más; todos con salud y alegría, a vivir hasta el año próximo.

Personajes que provocan nuestros más bajos instintos

Ese señor (por llamarlo algo) de pelo imposible, por lo visto, se considera de una raza superior y tiene tan poco seso que no admite ni media crítica.

Al que le dice lo que no quiere oír lo manda ‘pa su pueblo’, sin caer en la cuenta de que YA ESTA EN SU PUEBLO. Pero, claro, son mujeres las que lo critican o le llevan la contraria, son mujeres de color tostadito. ¡Vaya por Dios!  ¡Qué atrevidas!

No sé cómo tanto los descoloridos como los que poseen un tinte más recio no han salido al paso a decir cuatro cosas bien dichas al señor del pelo imposible.

¿Dónde están esos hombres valientes, capaces de plantarle cara al lucero del alba?

Y en este punto, se hizo un silencio como de media hora.

Lo malo es que ya veréis los que me leéis con frecuencia que este texto no es tan fluido como otros que escribo, no tiene tanta soltura, carece de las imágenes sensibles y metafísicas con que suelo adornar mis escritos, es romo, patoso, lento y parece que no va a ninguna parte; es decir, a ninguna conclusión. ¿Sabéis por qué? Pues es muy sencillo. este señor del pelo imposible dice sandeces tan gruesas e imponentes, tan insultantes y estúpidas que me contagia, me anula el pensamiento. Solo me sale aquello de: ¿Pero es usted un imbécil o se lo hace? O lo que decíamos en el colegio para apabullar al contrario: Tú eres tonto o has comido bolitas.

Efectivamente, cuando un ser humano, del que sin saber por qué esperamos una cierta racionalidad, se comporta como un ser de la escala inferior, es decir un anélido, no existe posibilidad alguna de que se genere en respuesta un discurso inteligente y razonable, aunque sea para llevarle la contraria. Así que lo que ocurre es que nos desata, al menos a mí, -no quiero generalizar, porque igual es un fenómeno que solo me atañe a mí- mis más bajos instintos y como lo tengo lejos, no me da para darle un bofetón o una patada en zona noble, de manera que lo que me salen a bote pronto son insultos, desde los más suaves como ‘cabestro’ a otros más gordos que no diré aquí para no ofender a ojos delicados.

Así se montan las guerras. Si yo que soy una persona pacífica y pacifista, aunque tengo mi genio, me veo impelida a darle en ‘toloarto’ con una maceta de geranios, qué sería si tuviera a mano un misil o cosa similar, y me conformo con soltar sapos y culebras, mentándole la madre al tal individuo, por lo bajito, mientras hago equilibrios y malabares para escribir un texto tan poco brillante como este. Pero me concederéis que algún mérito tiene, al menos el de la contención.

Por favor, cuánto va a durar esta tortura.

 

 

 

Ya lo decía mi madre: No hay mal que por bien no venga

Hace tiempo, quizá más de diez años, que me molesta una afirmación formulada con algunas variantes, pero que viene a ser lo mismo. Unos dicen ‘las ideologías han periclitado’; otros dicen ‘todos los partidos son iguales’ y los hay que , incluso, generalizan más  ‘todos los políticos son iguales’. Pues bien, estas afirmaciones, en boca de ‘progres’ de salón o de otros que encubren su propia ideología porque eso sería comprometerse con algo, me han molestado a lo largo de todo ese tiempo que cifro en  diez años, por no decir  veinte.

Así que llevo mucho tiempo bastante molesta, quizá porque soy una persona un poco anticuada y todavía pienso que lo que uno cree debe reflejarse en lo que uno hace, porque si no es así, al final uno actúa y luego tiene que buscar razones donde quiera que sea para justificarse o, simplemente, jamás argumenta a favor de su actividad necesariamente errática.

Pero, en el último tiempo, han aparecido nuevos posicionamientos ideológicos en el panorama político español; uno de ellos nacido de la indignación y el disgusto populares, con una clara orientación de izquierdas, aunque no declaradamente marxista (porque lo de que las ideologías están obsoletas, pesa). Y por otra parte, ha nacido una derecha, disfrazada de liberal, que es como no decir nada, pero que pretende tener carácter social y a la vez conservador y nacionalista, nacida en contraposición a un nacionalismo más excluyente y restringido. Un tercer elemento se ha venido a sumar a estos anteriores que aún nadaban en la ambigüedad. Se trata de un grupo claramente fascista, de ultraderecha, asilvestrado y que se parece mucho a otros movimientos o personajes que a mí inevitablemente me recuerdan, cuando abren la boca y declaran sus intenciones, a esos individuos que acodados en la barra del bar sueltan todo aquello que mejor les peta, sin tener en cuenta lo que no es políticamente correcto o simplemente se refiere a derechos adquiridos con mucho esfuerzo y que ellos niegan porque el modelo único y válido es el que ellos mismos representan. Es decir, estos individuos no tienen ideología, son simplemente lo que los clásicos llamaban ‘chulos’.

Creo que  a estas alturas los que leen estas líneas habrán identificado ya los nombres con los que esos grupos políticos se presentan y, por tanto, no hace falta nombrarlos expresamente. Los dos primeros grupos parecían capaces de renovar el panorama, pero sus dirigentes, – que me recuerdan un poco al loco del pueblo de mi padre, al que ya he citado más veces, que quería que se murieran todos para ser él el alcalde- con una clara deriva autoritaria y déspota han conseguido desperdiciar su bagaje de apoyo popular y casi dinamitarlo en muchos casos. Por lo tanto he de reconocer que el tercero, ese de la ultraderecha, es el que tiene más posibilidades de perpetuarse y alcanzar un cierto avance.

Su orientación y sus formas me producen varias perplejidades; una de ellas es cómo se pueden decir determinadas cosas acerca de la violencia de género, del cambio climático, de los inmigrantes, de los ‘diferentes’ en todos los sentidos, sin tomar en cuenta ni la historia, ni los informes científicos, ni las luchas y los sacrificios de mucha gente o la violencia y la miseria y las injusticias. La otra es cómo es posible que mujeres militen en un partido con esa ideología claramente machista.

Sin embargo, como decía mi madre: ‘No hay mal que por bien no venga’, la aparición de este partido, que representa claramente una involución del pensamiento y de las actitudes en todos los terrenos que ya creíamos superados y encauzados, aunque no logrados del todo, ha conseguido algo sumamente importante: Las ideologías siguen vivas. Ahí están y obligan a autodefinirse. No todos los partidos, ni los políticos, ni los programas, son iguales. No, en absoluto. Así que, en los pactos de gobierno quien se alía con quien se alía, se retrata. Quien se niega a apoyar, se define. No vale decir ya que todos son iguales.

Gracias a Dios.