Una vez más, balance

A final de año, suelo hacer balance acerca de cómo ha ido el pasado (2018) y trato de atisbar cómo pueda presentarse el próximo (2019). Suelo ser benevolente con el pasado y considerarlo como muy aceptable, y no esperar mucho del próximo y así no me resulta difícil considerar que el pasado no fue tan malo.

Pero este año, como en casi todos, en el que se han producido pérdidas sensibles, en el que algunas cosas han desparecido de mi horizonte y otras se alejan tanto que es como si no existieran, algunas cosas buenas e inesperadas han ocurrido, porque siempre hay de todo. Pero no es este recuento el que me interesa.

Hay, al parecer, un conflicto de identidades que cada vez se hace más presente y ciega o borra todo otro debate que podría ser -de hecho lo es- mucho más pertinente. Qué pasa con la violencia llamada de género, o con la violencia de acoso a menores (entre menores) o con la violencia de padres que se atizan porque no están de acuerdo con el resultado de un partido de fútbol, en el que juegan sus hijos -y se dan de tortas delante de ellos- qué pasa con la violencia contra indigentes o contra los que no tienen techo, qué pasa con la violencia que se ejerce contra los pobres que carecen de dinero para pagar sus deudas con las eléctricas o los bancos. Es decir, quién se está planteando que hemos entrado en una espiral de violencia de tal calibre que hay que intentar ponerle remedio en los diversos frentes de manera más que urgente.

No hablemos de las guerras, de los intereses que esconden, de la empresa armamentística y sus buenos dividendos que valen más que las vidas humanas. Del poco valor de la vida de quienes claman por la justicia y la verdad o por el simple derecho a decir lo que piensan y de quien lo piensan. De los olvidados en guerras olvidadas, de los refugiados, de sus vidas y familias, de sus esperanzas y sueños. De los que se ahogan en el mar tratando de llegar a un lugar mejor, en el que simplemente vivir sin miedo. De los que sin que nadie los persiga, se ven perseguidos por el hambre, por la falta de trabajo, por la ignorancia, por su falta de familia o de afectos. Todas estas son formas de violencia, unas más explícitas que otras.

Pero los remedios que ponemos a estas catástrofes son más puertas cerradas, más impedimentos, más cárceles, más vallas y más rechazo. Una vez cerradas las puertas y establecido quién es el enemigo: El otro; entonces nos dedicamos a cantar las excelencias de nuestra civilización, de nuestras tradiciones, de nuestros valores, de nuestros logros y, en definitiva, de nuestras señas de identidad.  (Parece que nadie percibe lo contradictorio de este planteamiento)
Pero estas señas identitarias se convierten también en arma arrojadiza. Yo tengo unos principios que tú no tienes; yo tengo unas tradiciones de las que tú no participas; yo tengo unos valores que tú no respetas. Somos diferentes, ergo si eres diferente a mí, es que eres malo por alguna razón que no va más allá de la diferencia. Por eso mismo tengo todo el derecho de perseguirte, de no querer hablar contigo, de no darte ni pan, ni sal, ni agua.

La diferencia se convierte en el rasgo más pertinente y sobre ella se construyen mitos clamorosos, cuando más parece recurrirse a la razón y el entendimiento. Se argumenta con la historia, una vez manipulada según convenga. Se argumenta con la lengua, como si esta no fuera algo cambiante y procedente de un mismo tronco, con las influencias de varios otros. Se argumenta hasta con la comida; eso en mi tierra no se come o eso es muy bueno porque se come en mi tierra. En fin, estamos llegando a un grado de estulticia y sinsentido que espanta.

Miro todo esto y oigo todos esos discursos y me parece habitar en un manicomio del que haya sido desterrada del todo la razón o el más modesto sentido común. Pero lo más terrible es que no oigo ninguna voz autorizada que señale un camino a seguir, una senda que explorar para salir de este vocerío inconexo y delirante. A los pocos que parecen poner intención de pacificar y detener la violencia se los acusa de todo tipo de maldades. No son lo suficientemente puros para aquellos otros que hacen de su manera de entender la realidad el único modo.

Cuanto más miro a mi alrededor, más me alegro de ser mezclada, de no pertenecer a oriente ni a occidente, de vivir en una ambigüedad que me permite ver lo bueno y lo malo donde quiera que se halle. Me alegra no poseer una verdad única y cerrada. Quizá por eso no tenga interés en mirar al futuro y en prever qué pueda acarrearme. Me temo que en ese equilibrio en el que vivo, en realidad me esté volviendo sospechosa y mi futuro no sea el más deseable.

Posiblemente alguien benévolo me diga: Hija, cómo vas por la vida sin convicciones profundas. A ese le puedo responder que se equivoca. Tengo convicciones profundas y no solo eso, son para mí irrenunciables. Creo en cuatro o cinco cosas de manera absoluta e innegable y no pienso de ninguna manera desprenderme de ellas. Sin embargo, mis convicciones no son armas arrojadizas. No las tengo para restregárselas por la cara a quien no las tiene o tiene unas convicciones diferentes. Ellas son mi seña de identidad y, por eso mismo, considero que cualesquiera otras serán igualmente para otro tan irrenunciables e identitarias como las mías lo son para mí. Precisamente porque son profundas y maduradas, experimentadas diría yo, no son renunciables ni intercambiables. Son firmes y forman parte de mi ADN. Por eso creo que seré una criatura sospechosa, pues teniendo convicciones no trato de imponerlas, ni desprecio a quien no las tiene. Es más, considero que las convicciones diferentes son verdaderas, tan verdaderas como las mías, porque si no lo fueran, cómo es posible que alguien las tuviera por convicciones.

El balance de la realidad que contemplamos no es halagüeño, visto desde esta perspectiva. Pero siempre puede haber un milagro. Lo sabremos a final de año, si seguimos con vida.

La casa del sol

Aliza Bloch ha ganado las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Beyt Shemesh, en Israel.  Que una señora de cincuenta años con experiencia de militancia haya ganado unas elecciones municipales no es noticia. Es lo normal. Lo señalable es que las haya ganado en Beyt Shemesh. Esta pequeña ciudad cercana a Jerusalén tiene una mayoría considerable de judíos ortodoxos, o más bien ultraortodoxos. De esos que se dedican a apedrear niñas, jóvenes o mujeres porque consideran que visten indecentemente. De esos que dejan a la mujer que trabaje para dedicarse ellos al estudio de las materias religiosas, Biblia y comentarios rabínicos. Esos que se benefician de todo lo que un estado social les provee, pero que no cumplen con las obligaciones que ese estado demanda.

-En mi opinión deberían estar todos suspensos y deberían echarlos de las yeshivot (escuelas religiosas) porque desde luego no han aprendido nada ni tampoco entendido nada del judaísmo que dicen practicar celosamente- Pero esto sería algo para comentar en otro momento.

A lo que íbamos es a que, sorprendentemente, ha ganado las elecciones una señora laica que no participa de la visión que estos señores tienen del mundo. Lo más llamativo es que a pesar de la concentración de religiosos en la ciudad se ha llevado más votos. No hay como que alguien se ponga cerril y atosigue a los demás, como para que haya una hermosa reacción en contra. Es decir, parece que los ciudadanos de Beyt Shemesh se han hartado de la vigilancia moral, han tocado su techo y han decidido desprenderse de su anterior alcalde (religioso o filo-religioso) y escandalizar a una buena parte de sus convecinos escogiendo a una mujer, nada menos, y laica, aún peor. Es sin duda este fenómeno producto del hastío y de la vigilancia implacable de aquellos que se consideran los defensores de la moral, convirtiéndose en la conciencia de todos.

Qué tiene que ver esto con el título, pues sencillamente que Beyt Shemesh significa eso: Casa del sol. Y yo creo que en el fondo es la razón última por la que se ha llegado a la situación de tener una alcaldesa poco religiosa. Beyt, que quiere decir casa, también significa templo (la casa de Dios, hemos oído muchas veces). Shemesh es no sólo el sol astro, sino el dios Sol de los antiguos panteones cananeos y Mesopotámicos. Un dios supremo que compartía su divinidad con otros muchos dioses femeninos y masculinos. Debió empezar a estar harto de la competencia despiadada de los seguidores del dios único que, por otra  parte le había arrebatado su lugar entre las divinidades.

Pero para reforzar esta idea de que es la venganza de un dios harto de que le quiten su lugar, para colmo, resulta que la palabra sol es un término femenino en las lenguas semíticas que, como se sabe, son aquellas a las que pertenece el hebreo, junto con otras más. De manera que se completa la revancha con una alcaldesa mujer.

Esto de la Filología, que es lo que yo estudié, da mucho de sí, si se usa bien, claro, como todo.

El terror de los poderosos

Este título me recuerda las clases de latín y aquel maldito ejemplo de ‘timor hostium’ (el temor de los enemigos) que según fuera un genitivo subjetivo u objetivo quería decir una cosa u otra; o bien que los enemigos estaban asustados o bien que nosotros les teníamos miedo. Según fuera la cosa y si acertabas o no, te iba en ello el aprobado.

Aquí no pasa eso, aunque lo parezca. No es un examen, es una simple afirmación que quiere decir lo que dice: Los poderosos tienen miedo, porque  lo contrario, es decir que alguien les meta miedo, parece del todo imposible. No temen a nada, ni a su conciencia (que no tienen), ni al escándalo (que producen), ni a la justicia (porque se sienten impunes).

Ya se sabe que el miedo o bien paraliza, o bien nos convierte en héroes o bien nos hace devenir canallas, si no es que lo éramos ya antes de sentir miedo.

Pero hay una clase de poderosos que parecen tenerla siempre hecha. Es decir, qué fechorías no habrán cometido que se asustan porque alguien pueda hablar de ellos mal. Y en un ataque de pánico hacen una aún peor que los pone en evidencia.

Malo es que tengamos miedo, porque eso quiere decir que no obramos bien, no tenemos la conciencia tranquila o simplemente porque somos mediocres e inseguros. Y una vez abocados al miedo, entonces no sabremos nunca si nos convertiremos en héroes o en villanos.

Pero volvamos a lo que estábamos. No vamos a hablar de la gente corriente, como tú o yo que, cuando nos asustamos generalmente hacemos una tontería que probablemente sólo nos perjudica a nosotros mismos. Hablemos de lo que íbamos a decir: el temor de los poderosos. Su miedo, al igual que cualquiera de sus virtudes o defectos, siempre recae en otro u otros que no tienen nada que ver en el asunto o que si lo tienen, se ven perjudicados porque el jefe tiene miedo.

Pero peor que el miedo de los poderosos es el miedo que algunos les tienen de manera que renuncian a su propia conciencia y a su libre albedrío para que el jefe no pase más miedo.

Qué inmensa tristeza me produce que los poderosos tengan miedo y no sean capaces de ser heroicos, rectificando y enmendando sus conductas para volver a ser libres y no temer a nada ni a nadie. Tienen miedo y eso les hace no más poderosos, sino que los coloca como los últimos de los últimos. Los convierte en unos seres mezquinos y viles que no merecen el respeto de nadie.

En este punto uno se pregunta: ¿Es verdad que eran poderosos?

Una tradición que resiste

Eso decía el pie de foto de un diario de tirada nacional para ubicar una imagen de un cementerio repleto de personas con ramos de flores. Un psicoanalista ortodoxo diría que la frasecita es un  acto fallido, un ‘lapsus’; algo que nos revela lo que subyace a nuestra consciencia.

Es evidente que se refería a la costumbre de visitar cementerios el día de Todos los Santos y el de los Difuntos. Llevar flores a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, limpiar sus tumbas y rezar por ellos. Parece que es algo que ‘resiste’.

Desde luego resiste a la supresión de la muerte de nuestras vidas cotidianas. Nada de velatorios en casa, con el difunto entre cuatro cirios, sobre un catafalco. Nada de celebrar los funerales vestidos de negro. Nada de llevar luto, ni velos, ni medias negras. Nada de caldos y pastas para los que vienen a dar el pésame.

Los muertos uniformados son arrebatados de casa o del hospital para llevarlos a un Tanatorio -hasta que surgieron estos negocios funerarios, nadie sabía que era eso de Thánatos-, convertirlos cuanto antes en cenizas y desde luego no depositarlos en su tumba, sino aventar el polvillo aquí o allá, sobre el monte o el mar o donde quiera que sea.

No es que esto último me parezca mal, en absoluto, pero forma parte de una ‘tendencia’ que suprime la muerte, que la aleja de la vida, como si eso fuera posible y hasta conveniente.

A los niños se les cuentan historias de que el abuelito o la abuelita se han ido al cielo o están en un lugar mejor o están descansando porque eran muy mayores y estaban agotados.  Nadie se atreve a decir que en paz descanse, o que la luz perpetua brille para ellos o que la tierra les sea leve. Todos hablan de ‘donde quiera que esté’. O simplemente consideran que ‘están ahí mientras nos acordemos de ellos’.

Con esto, no sólo se ha perdido el respeto a la memoria de los difuntos, sino una aspiración tan antigua como el hombre (me refiero al ser humano) de eternidad, de perpetuidad, de trascendencia, de ir más allá de la materia endeble de la que estamos hechos.

Claro en un mundo de lo inmediato y lo agobiantemente presente, el futuro, y el futuro sin tiempo más,  son cosas raras, por eso parece extraño que haya quienes aún visitan cementerios, quienes aún rezan por y a sus muertos,  además de llevarlos en el corazón. Son raros quienes creen que los que han muerto tienen una vida nueva y perfecta en el reino de la luz y de la paz, en el reino de la misericordia de Dios.

Es posible que, a pesar de todo, no sea sólo una tradición que resiste, sino la resistencia de los seres humanos a no dejar de satisfacer esa ansia de trascendencia, de más allá, de superación de las miserias cada vez más presentes en este mundo de injusticia, insolidaridad, terror, bravuconería y crímenes desvergonzados e impunes.

Qué poco vale la vida de algunos

Un señor entra en un edificio oficial y sale, al parecer, troceado. Unos miran de lado, otros sueltan mutantes excusas y otros ‘lamentan el suceso’. Mientras esto ocurre en un lado del mundo, en otro se organiza una caravana de miles de personas que atraviesan ríos, montes y quebradas, para acercarse al sueño de una vida mejor o al menos escapar de una vida más bien mala.

No importa si mueren por el camino. En su tierra no tenían mucha esperanza de sobrevivir. Pero hay quienes les dicen que regresen a sus casas, porque no tienen derecho a  aspirar a una vida mejor. Por otra parte, es más cómodo que mueran en sus casas que no en el camino, en donde se va a enterar más gente de su negra suerte.

Saltan otros las alambradas y alguno muere en el intento. Nadie se para a pensar en la cantidad de sufrimiento que se ha derrochado hasta llegar allí, para luego morir de cualquier manera. El parte dice: parada cardiorrespiratoria. ¡Cómo si hubiera otra forma de morir! nadie que respire y le palpite el corazón está del todo muerto.

Pero si estas muertes, que no tienen más causa que el egoísmo colectivo y la indiferencia, son malas, la primera a la que me refería, esa depende sólo de una voluntad. De la de alguien que considera que es dueño y señor de la vida de otro ser humano. Si no procede de una voluntad única, sino más bien de la de un subalterno; ‘estricto cumplidor con su jefe’, es todavía peor. Alguien que se ha deshecho de su conciencia y la ha sustituido por la orden de su superior y llevado por el ‘exceso de celo’ se ha excedido en el empleo de la fuerza, causando la muerte de otro ser humano.

A dónde hemos llegado que estas cosas pasan y no son más que anécdotas en los noticiarios. Con lo difícil que es ser civilizado, el esfuerzo que exige no dejarse llevar por la fuerza bruta, el ejercicio del poder o los instintos más básicos. Todo aquello que significa la ‘virtus’ es decir, el dominio de uno mismo y de sus pasiones; eso es ser civilizado y lo estamos perdiendo a marchas forzadas, sin beneficio para nadie, además.

Despedida del verano

Como otros veranos, hemos celebrado el fin de año a mediados de septiembre. No es que adelantemos el calendario, sino que nos despedimos así de las vacaciones de verano que son tan agradables.

Como siempre nos hemos despedido con una comida y muchas risas y en el marco de la celebración de los Majos del Miño. Este año, por unanimidad, hemos quedado designados Majos a perpetuidad nosotros. Realmente se había agotado un ciclo y era volver a repetir y empezar por el principio. De todos modos, nos sentimos muy halagados porque, siendo los últimos llegados a esta comunidad de vecinos y amigos, hemos sido muy bien acogidos y nos sentimos muy orgullosos de haber sido los últimos Majos y quedar un poco como Majos eméritos, para los restos.

La tarea de los Majos consiste fundamentalmente en propiciar encuentros durante el otoño, el invierno y la primavera con el fin de mantener vivo el espíritu que nos alienta en el verano. Así que nos comprometemos solemnemente a que esta buena costumbre se convierta en tradición y se mantenga a través de los años. Tal como acordamos en el mes de noviembre y en fecha por acordar esperamos poder juntarnos en Orihuela, en honor de la primera pareja de Majos; Isabel y Manolo.

Aqui va el testimonio gráfico del encuentro de cierre del verano de 2018.

Las chicas haciendo el tonto

Todos en la escalera, para que los bajitos parezcan altos

El equipo

 

La ardilla provocadora

 

 

Para Martina, Álvaro y Javi

Hace algunos años, se le encargó a la tía Mon que hiciera un cartel indicador de la finca El Plano. Para que no fuera tan simple como las letras y un pequeño marco, ella seleccionó un par de rasgos identificadores de la finca; la torreta que corona el tejado y una ardilla en actitud de comerse una piña.

Durante mucho tiempo, las ardillas de verdad, no la pintada en el cartel, se paseaban por los troncos de los árboles, por el emparrado de la placeta, pero huían al menor movimiento de seres humanos en su camino.

Luego, de repente, desaparecieron y echábamos de menos sus graciosos saltos, sus carreritas con el lomo ondulante y la cola enhiesta.

Ahora en la casa hay una perrita que se llama Micaela, pero la llamamos siempre Mica. Aunque es una perrita de ciudad, conserva intactos sus instintos y persigue con saña a los pequeños ratones de campo, les ladra y trata de ahuyentarlos, cuando no de cazarlos, como mandan las normas de la naturaleza.

De repente, han regresado las ardillas. Primero, lo supimos porque debajo de los airosos pinos, que hace muchos años plantó el abuelo Joaquín, aparecían roídas y como escobillas las piñas. Luego, porque alguno de nosotros vio a una de ellas corretear por el tejado. ¡Vaya! han vuelto las ardillas, qué bien, porque son tan graciosas de movimientos, con sus saltitos, sus carreras que interrumpen  cada dos o tres pasos, deteniéndose a mirar con precaución a derecha e izquierda. Son tan ágiles trepando a los troncos con los que se mimetizan, permaneciendo inmóviles y como aplastadas y formando parte inseparable de la corteza.

Mica ha descubierto en estas criaturas ligeras y que parecen aladas un motivo más para soliviantarse y nos atruena los oídos con sus ladridos, saliendo de pronto disparada hacia donde ha visto moverse a la ardilla.

Sin embargo, hemos observado que hay una ardilla que no tiene el más mínimo pudor en pasearse contoneándose coqueta por delante de los humanos que estamos sentados tomando el fresco, charlando o leyendo un libro. Desciende del emparrado o de los árboles y pasa altanera ante nuestras narices, aunque siempre lejos de nuestro alcance. Además la muy ladina viene con toda la intención de provocar a Mica. Esta cae en el engaño, mientras la ardilla en lo alto del árbol la mira y lanza pequeños gruñiditos que sacan a la perrita de sus casillas. Luego, la ardilla descarada se desliza por el tronco hasta el punto en que Mica puede contemplarla sin impedimentos, pero donde a pesar de los saltos y brincos de la perrita, no puede alcanzarla.

Una vez que la ha irritado y ya no le divierte este juego provocador, la ardilla con sus saltitos y carreras se desliza por las ramas, mira a derecha e izquierda, se pierde entre las hojas de la parra y regresa a su pino favorito a seguir mondando las piñas.

La perra, una vez ida la descarada ardilla, se sosiega. Pero el mismo juego se repite cada día y parece que la ardilla lo haga a propósito para enervar a la perrita.

Se empieza a acercar a pasos agigantados el mes de septiembre. Entonces la casa, los pinos y las ardillas regresarán a su soledad, mientras los humanos y Mica, la perrita de ciudad, regresan a sus rutinas cotidianas. Mica dormitará en su cesto, se tumbará indolente sobre el parquet o en su rincón favorito del sofá, toda la agitación de su vida será dar un paseo por el cercano jardín público, un par de veces al día. Entre tanto, la ardilla provocadora quizá la busque por todas partes, aburrida de no tener a quien soliviantar. Aunque este aburrimiento pronto desaparecerá, pues los primeros fríos del invierno la invitarán a recluirse y dormir hasta que llegue la primavera.

Tendremos que esperar con paciencia que vuelva a llegar el verano.