La casa del sol

Aliza Bloch ha ganado las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Beyt Shemesh, en Israel.  Que una señora de cincuenta años con experiencia de militancia haya ganado unas elecciones municipales no es noticia. Es lo normal. Lo señalable es que las haya ganado en Beyt Shemesh. Esta pequeña ciudad cercana a Jerusalén tiene una mayoría considerable de judíos ortodoxos, o más bien ultraortodoxos. De esos que se dedican a apedrear niñas, jóvenes o mujeres porque consideran que visten indecentemente. De esos que dejan a la mujer que trabaje para dedicarse ellos al estudio de las materias religiosas, Biblia y comentarios rabínicos. Esos que se benefician de todo lo que un estado social les provee, pero que no cumplen con las obligaciones que ese estado demanda.

-En mi opinión deberían estar todos suspensos y deberían echarlos de las yeshivot (escuelas religiosas) porque desde luego no han aprendido nada ni tampoco entendido nada del judaísmo que dicen practicar celosamente- Pero esto sería algo para comentar en otro momento.

A lo que íbamos es a que, sorprendentemente, ha ganado las elecciones una señora laica que no participa de la visión que estos señores tienen del mundo. Lo más llamativo es que a pesar de la concentración de religiosos en la ciudad se ha llevado más votos. No hay como que alguien se ponga cerril y atosigue a los demás, como para que haya una hermosa reacción en contra. Es decir, parece que los ciudadanos de Beyt Shemesh se han hartado de la vigilancia moral, han tocado su techo y han decidido desprenderse de su anterior alcalde (religioso o filo-religioso) y escandalizar a una buena parte de sus convecinos escogiendo a una mujer, nada menos, y laica, aún peor. Es sin duda este fenómeno producto del hastío y de la vigilancia implacable de aquellos que se consideran los defensores de la moral, convirtiéndose en la conciencia de todos.

Qué tiene que ver esto con el título, pues sencillamente que Beyt Shemesh significa eso: Casa del sol. Y yo creo que en el fondo es la razón última por la que se ha llegado a la situación de tener una alcaldesa poco religiosa. Beyt, que quiere decir casa, también significa templo (la casa de Dios, hemos oído muchas veces). Shemesh es no sólo el sol astro, sino el dios Sol de los antiguos panteones cananeos y Mesopotámicos. Un dios supremo que compartía su divinidad con otros muchos dioses femeninos y masculinos. Debió empezar a estar harto de la competencia despiadada de los seguidores del dios único que, por otra  parte le había arrebatado su lugar entre las divinidades.

Pero para reforzar esta idea de que es la venganza de un dios harto de que le quiten su lugar, para colmo, resulta que la palabra sol es un término femenino en las lenguas semíticas que, como se sabe, son aquellas a las que pertenece el hebreo, junto con otras más. De manera que se completa la revancha con una alcaldesa mujer.

Esto de la Filología, que es lo que yo estudié, da mucho de sí, si se usa bien, claro, como todo.

El terror de los poderosos

Este título me recuerda las clases de latín y aquel maldito ejemplo de ‘timor hostium’ (el temor de los enemigos) que según fuera un genitivo subjetivo u objetivo quería decir una cosa u otra; o bien que los enemigos estaban asustados o bien que nosotros les teníamos miedo. Según fuera la cosa y si acertabas o no, te iba en ello el aprobado.

Aquí no pasa eso, aunque lo parezca. No es un examen, es una simple afirmación que quiere decir lo que dice: Los poderosos tienen miedo, porque  lo contrario, es decir que alguien les meta miedo, parece del todo imposible. No temen a nada, ni a su conciencia (que no tienen), ni al escándalo (que producen), ni a la justicia (porque se sienten impunes).

Ya se sabe que el miedo o bien paraliza, o bien nos convierte en héroes o bien nos hace devenir canallas, si no es que lo éramos ya antes de sentir miedo.

Pero hay una clase de poderosos que parecen tenerla siempre hecha. Es decir, qué fechorías no habrán cometido que se asustan porque alguien pueda hablar de ellos mal. Y en un ataque de pánico hacen una aún peor que los pone en evidencia.

Malo es que tengamos miedo, porque eso quiere decir que no obramos bien, no tenemos la conciencia tranquila o simplemente porque somos mediocres e inseguros. Y una vez abocados al miedo, entonces no sabremos nunca si nos convertiremos en héroes o en villanos.

Pero volvamos a lo que estábamos. No vamos a hablar de la gente corriente, como tú o yo que, cuando nos asustamos generalmente hacemos una tontería que probablemente sólo nos perjudica a nosotros mismos. Hablemos de lo que íbamos a decir: el temor de los poderosos. Su miedo, al igual que cualquiera de sus virtudes o defectos, siempre recae en otro u otros que no tienen nada que ver en el asunto o que si lo tienen, se ven perjudicados porque el jefe tiene miedo.

Pero peor que el miedo de los poderosos es el miedo que algunos les tienen de manera que renuncian a su propia conciencia y a su libre albedrío para que el jefe no pase más miedo.

Qué inmensa tristeza me produce que los poderosos tengan miedo y no sean capaces de ser heroicos, rectificando y enmendando sus conductas para volver a ser libres y no temer a nada ni a nadie. Tienen miedo y eso les hace no más poderosos, sino que los coloca como los últimos de los últimos. Los convierte en unos seres mezquinos y viles que no merecen el respeto de nadie.

En este punto uno se pregunta: ¿Es verdad que eran poderosos?

Una tradición que resiste

Eso decía el pie de foto de un diario de tirada nacional para ubicar una imagen de un cementerio repleto de personas con ramos de flores. Un psicoanalista ortodoxo diría que la frasecita es un  acto fallido, un ‘lapsus’; algo que nos revela lo que subyace a nuestra consciencia.

Es evidente que se refería a la costumbre de visitar cementerios el día de Todos los Santos y el de los Difuntos. Llevar flores a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, limpiar sus tumbas y rezar por ellos. Parece que es algo que ‘resiste’.

Desde luego resiste a la supresión de la muerte de nuestras vidas cotidianas. Nada de velatorios en casa, con el difunto entre cuatro cirios, sobre un catafalco. Nada de celebrar los funerales vestidos de negro. Nada de llevar luto, ni velos, ni medias negras. Nada de caldos y pastas para los que vienen a dar el pésame.

Los muertos uniformados son arrebatados de casa o del hospital para llevarlos a un Tanatorio -hasta que surgieron estos negocios funerarios, nadie sabía que era eso de Thánatos-, convertirlos cuanto antes en cenizas y desde luego no depositarlos en su tumba, sino aventar el polvillo aquí o allá, sobre el monte o el mar o donde quiera que sea.

No es que esto último me parezca mal, en absoluto, pero forma parte de una ‘tendencia’ que suprime la muerte, que la aleja de la vida, como si eso fuera posible y hasta conveniente.

A los niños se les cuentan historias de que el abuelito o la abuelita se han ido al cielo o están en un lugar mejor o están descansando porque eran muy mayores y estaban agotados.  Nadie se atreve a decir que en paz descanse, o que la luz perpetua brille para ellos o que la tierra les sea leve. Todos hablan de ‘donde quiera que esté’. O simplemente consideran que ‘están ahí mientras nos acordemos de ellos’.

Con esto, no sólo se ha perdido el respeto a la memoria de los difuntos, sino una aspiración tan antigua como el hombre (me refiero al ser humano) de eternidad, de perpetuidad, de trascendencia, de ir más allá de la materia endeble de la que estamos hechos.

Claro en un mundo de lo inmediato y lo agobiantemente presente, el futuro, y el futuro sin tiempo más,  son cosas raras, por eso parece extraño que haya quienes aún visitan cementerios, quienes aún rezan por y a sus muertos,  además de llevarlos en el corazón. Son raros quienes creen que los que han muerto tienen una vida nueva y perfecta en el reino de la luz y de la paz, en el reino de la misericordia de Dios.

Es posible que, a pesar de todo, no sea sólo una tradición que resiste, sino la resistencia de los seres humanos a no dejar de satisfacer esa ansia de trascendencia, de más allá, de superación de las miserias cada vez más presentes en este mundo de injusticia, insolidaridad, terror, bravuconería y crímenes desvergonzados e impunes.

Qué poco vale la vida de algunos

Un señor entra en un edificio oficial y sale, al parecer, troceado. Unos miran de lado, otros sueltan mutantes excusas y otros ‘lamentan el suceso’. Mientras esto ocurre en un lado del mundo, en otro se organiza una caravana de miles de personas que atraviesan ríos, montes y quebradas, para acercarse al sueño de una vida mejor o al menos escapar de una vida más bien mala.

No importa si mueren por el camino. En su tierra no tenían mucha esperanza de sobrevivir. Pero hay quienes les dicen que regresen a sus casas, porque no tienen derecho a  aspirar a una vida mejor. Por otra parte, es más cómodo que mueran en sus casas que no en el camino, en donde se va a enterar más gente de su negra suerte.

Saltan otros las alambradas y alguno muere en el intento. Nadie se para a pensar en la cantidad de sufrimiento que se ha derrochado hasta llegar allí, para luego morir de cualquier manera. El parte dice: parada cardiorrespiratoria. ¡Cómo si hubiera otra forma de morir! nadie que respire y le palpite el corazón está del todo muerto.

Pero si estas muertes, que no tienen más causa que el egoísmo colectivo y la indiferencia, son malas, la primera a la que me refería, esa depende sólo de una voluntad. De la de alguien que considera que es dueño y señor de la vida de otro ser humano. Si no procede de una voluntad única, sino más bien de la de un subalterno; ‘estricto cumplidor con su jefe’, es todavía peor. Alguien que se ha deshecho de su conciencia y la ha sustituido por la orden de su superior y llevado por el ‘exceso de celo’ se ha excedido en el empleo de la fuerza, causando la muerte de otro ser humano.

A dónde hemos llegado que estas cosas pasan y no son más que anécdotas en los noticiarios. Con lo difícil que es ser civilizado, el esfuerzo que exige no dejarse llevar por la fuerza bruta, el ejercicio del poder o los instintos más básicos. Todo aquello que significa la ‘virtus’ es decir, el dominio de uno mismo y de sus pasiones; eso es ser civilizado y lo estamos perdiendo a marchas forzadas, sin beneficio para nadie, además.

Despedida del verano

Como otros veranos, hemos celebrado el fin de año a mediados de septiembre. No es que adelantemos el calendario, sino que nos despedimos así de las vacaciones de verano que son tan agradables.

Como siempre nos hemos despedido con una comida y muchas risas y en el marco de la celebración de los Majos del Miño. Este año, por unanimidad, hemos quedado designados Majos a perpetuidad nosotros. Realmente se había agotado un ciclo y era volver a repetir y empezar por el principio. De todos modos, nos sentimos muy halagados porque, siendo los últimos llegados a esta comunidad de vecinos y amigos, hemos sido muy bien acogidos y nos sentimos muy orgullosos de haber sido los últimos Majos y quedar un poco como Majos eméritos, para los restos.

La tarea de los Majos consiste fundamentalmente en propiciar encuentros durante el otoño, el invierno y la primavera con el fin de mantener vivo el espíritu que nos alienta en el verano. Así que nos comprometemos solemnemente a que esta buena costumbre se convierta en tradición y se mantenga a través de los años. Tal como acordamos en el mes de noviembre y en fecha por acordar esperamos poder juntarnos en Orihuela, en honor de la primera pareja de Majos; Isabel y Manolo.

Aqui va el testimonio gráfico del encuentro de cierre del verano de 2018.

Las chicas haciendo el tonto

Todos en la escalera, para que los bajitos parezcan altos

El equipo

 

La ardilla provocadora

 

 

Para Martina, Álvaro y Javi

Hace algunos años, se le encargó a la tía Mon que hiciera un cartel indicador de la finca El Plano. Para que no fuera tan simple como las letras y un pequeño marco, ella seleccionó un par de rasgos identificadores de la finca; la torreta que corona el tejado y una ardilla en actitud de comerse una piña.

Durante mucho tiempo, las ardillas de verdad, no la pintada en el cartel, se paseaban por los troncos de los árboles, por el emparrado de la placeta, pero huían al menor movimiento de seres humanos en su camino.

Luego, de repente, desaparecieron y echábamos de menos sus graciosos saltos, sus carreritas con el lomo ondulante y la cola enhiesta.

Ahora en la casa hay una perrita que se llama Micaela, pero la llamamos siempre Mica. Aunque es una perrita de ciudad, conserva intactos sus instintos y persigue con saña a los pequeños ratones de campo, les ladra y trata de ahuyentarlos, cuando no de cazarlos, como mandan las normas de la naturaleza.

De repente, han regresado las ardillas. Primero, lo supimos porque debajo de los airosos pinos, que hace muchos años plantó el abuelo Joaquín, aparecían roídas y como escobillas las piñas. Luego, porque alguno de nosotros vio a una de ellas corretear por el tejado. ¡Vaya! han vuelto las ardillas, qué bien, porque son tan graciosas de movimientos, con sus saltitos, sus carreras que interrumpen  cada dos o tres pasos, deteniéndose a mirar con precaución a derecha e izquierda. Son tan ágiles trepando a los troncos con los que se mimetizan, permaneciendo inmóviles y como aplastadas y formando parte inseparable de la corteza.

Mica ha descubierto en estas criaturas ligeras y que parecen aladas un motivo más para soliviantarse y nos atruena los oídos con sus ladridos, saliendo de pronto disparada hacia donde ha visto moverse a la ardilla.

Sin embargo, hemos observado que hay una ardilla que no tiene el más mínimo pudor en pasearse contoneándose coqueta por delante de los humanos que estamos sentados tomando el fresco, charlando o leyendo un libro. Desciende del emparrado o de los árboles y pasa altanera ante nuestras narices, aunque siempre lejos de nuestro alcance. Además la muy ladina viene con toda la intención de provocar a Mica. Esta cae en el engaño, mientras la ardilla en lo alto del árbol la mira y lanza pequeños gruñiditos que sacan a la perrita de sus casillas. Luego, la ardilla descarada se desliza por el tronco hasta el punto en que Mica puede contemplarla sin impedimentos, pero donde a pesar de los saltos y brincos de la perrita, no puede alcanzarla.

Una vez que la ha irritado y ya no le divierte este juego provocador, la ardilla con sus saltitos y carreras se desliza por las ramas, mira a derecha e izquierda, se pierde entre las hojas de la parra y regresa a su pino favorito a seguir mondando las piñas.

La perra, una vez ida la descarada ardilla, se sosiega. Pero el mismo juego se repite cada día y parece que la ardilla lo haga a propósito para enervar a la perrita.

Se empieza a acercar a pasos agigantados el mes de septiembre. Entonces la casa, los pinos y las ardillas regresarán a su soledad, mientras los humanos y Mica, la perrita de ciudad, regresan a sus rutinas cotidianas. Mica dormitará en su cesto, se tumbará indolente sobre el parquet o en su rincón favorito del sofá, toda la agitación de su vida será dar un paseo por el cercano jardín público, un par de veces al día. Entre tanto, la ardilla provocadora quizá la busque por todas partes, aburrida de no tener a quien soliviantar. Aunque este aburrimiento pronto desaparecerá, pues los primeros fríos del invierno la invitarán a recluirse y dormir hasta que llegue la primavera.

Tendremos que esperar con paciencia que vuelva a llegar el verano.

Filosofía

Podría parecer contradictorio que ubicara un escrito que lleva el pomposo título de ‘Filosofía’ en un apartado que yo misma he titulado como ‘asuntos baladíes’. Alguien, incluso, podría sospechar que no tengo ni idea de qué significa ‘baladí’ y que uso la palabra porque es eufónica, porque es bonita -que lo es- o por aquello de su origen árabe que tiene resonancias de mis propias raíces. Pero, no. Sé perfectamente lo que significa ‘baladí’.

Se califica de tal aquello que carece de importancia, que es insignificante, incluso grosero o propio del pueblo llano e iletrado. No en vano la palabra procede de balad  que se refiere a pueblo.

Es cierto que he escamoteado al lector un dato importante porque si no lo hubiera hecho, realmente no serían necesarias todas estas líneas que llevo escritas. Ya se sabe que los escritores -y me atrevo a pensar que lo soy- solemos escoger algo mínimo que pasa ante nuestros ojos y sobre ello elaboramos todo un texto que puede ser más o menos ingenioso, intrigante, lacrimógeno o divertido, según la inspiración del momento.

La cuestión es que, por una vez, voy a revelar mis fuentes para que se comprenda por qué la ‘Filosofía’ puede llegar a ocupar un lugar bajo un etiquetado general de ‘asuntos baladíes’.

Con frecuencia oigo en la radio una cuña publicitaria en la que un individuo, posiblemente muy experto -no me siento capaz de juzgar ni sus conocimientos ni su capacidad de transmitirlos- se presenta a sí mismo como competente en materia de organización de negocios y se ofrece a enseñar a cualquiera que se dedique a la empresa, al comercio o a actividades relacionadas. Para convencer a los oyentes de su capacidad, desarrolla un apresurado curriculum en el que, entre otros títulos de instituciones extranjeras o al menos con nombre inglés, se denomina a sí mismo como coach, palabra que últimamente está de moda y que ha servido para desplazar a múltiples posibles equivalentes de larga raíz en español como entrenador, mentor, consejero, maestro, orientador y algunas más.

Y finalmente, se define como ‘filósofo comercial’. Aquí ya me quedo varada y no sigo escuchando el anuncio. Al revelar este calificativo, me parece que se entenderá perfectamente por qué acabo de incluir a la Filosofía en el epígrafe de ‘asuntos baladíes’.

El resto de comentarios que podría desarrollar sobre el asunto lo dejo al ingenio del posible lector. Así como dejo a su capacidad de análisis reflexiones acerca de cómo se degradan las cosas más nobles con el paso del tiempo. No me siento en este momento con ánimo para desarrollar este último asunto, que lo es y de largo aliento, porque hace mucho calor ya que aún estamos en verano.

Del verano de 2018

Casi todos los veranos se producen encuentros familiares, se disfruta de la playa y el campo. Se repiten gestos, comidas, charlas y recuerdos. Sin embargo no todos los veranos hay un niño que pasa por su primer cumpleaños. Es una fiesta en la que los mayores suelen disfrutar. Comen hasta hartarse, charlan y se ríen y cantan como si fueran niños ellos también el ‘cumpleaños feliz’ con voces más o menos desafinadas. Lo más normal es que quien cumple años, aún no esté en condiciones de soplar con efectividad para apagar su velita, cumpliendo con el rito. Sin embargo, siempre hay alguno más mayor, hermano o primo, que está dispuesto a hacer ese servicio, mientras el cumpleañero mira con cara de sorpresa semejante ritual.

Los primeros baños en la playa o en la piscina. Los saltos y cabriolas, las heroicidades, saltar las olas y aprender a bucear, son acontecimientos notables. Los niños conocen a sus primos a los que no suelen ver durante todo el año y se producen encuentros y desencuentros, ratos de amigable juego y otros de disputas por las cosas más nimias, que suelen terminar en lágrimas y madres o padres tratando de conformar y distraer a los contendientes.

Los abuelos, para ganarse a sus nietos, hacen también sus propias tonterías, como poner caras y hacer visajes, dar saltos indebidos o cargar en brazos con los niños, con graves consecuencias para sus lumbares. Se estrujan las meninges recordando juegos y cuentos y haciendo el ridículo porque no conocen a los protagonistas de los últimos dibujos animados. Aunque saben canciones que los niños jamás han oído, o conocen los nombres de los árboles o saben que dentro de una piña están los piñones. Les señalan a las estrellas más relumbrantes y les dicen los nombres. Incluso se tiran a nadar desde el trampolín, haciendo la bomba, y con eso dejan a sus nietos con los ojos redondos como platos.

Los abuelos suelen cantar cosas que no son finas y educadas, como lo de ‘tengo un moco…’ o dicen todo seguido ‘cacaculopedopis’, como si fuera una fórmula mágica. Saben múltiples canciones en varias lenguas que sirven para hacer cosquillas. En fin. Cada uno cumple con su papel y con frecuencia se empeñan en comerse a besos a los nietos que rehuyen la agresión, pero que en el fondo saben que ese es el tributo que han de pagar para que el abuelo y sobre todo la abuela les cuente un cuento.

Entre estas cosas se pasa el verano. Ese tiempo mágico del calor y las moscas, de subirse a los cacharritos de la feria, de comerse un helado a lametones y quedarse con bigotes de chocolate. También es el tiempo que ellos recordarán cuando sean mayores y los abuelos ya no anden por este mundo. Los abuelos, por su parte, si no pierden la memoria por la edad, todavía llegarán a contarles cuando sean un poco más grandes, tú y yo hacíamos esto y lo otro cuando tú eras pequeño. Ellos dirán y qué más hacíamos abuela y sera el momento de magnificar aquellos pequeños juegos y de decirles que eran unos niños estupendos, pero que ahora nos encanta que sean tan mayores.

La vida es eso. Ir creando poco a poco nuestros pequeños hilos de leyenda. Nuestras pequeñas historias, tan semejantes a las de todos, pero a la vez propias y distintas. Retazos de una tela para el tejido que nos sostiene mientras estamos metidos de lleno en el tiempo. También es la materia que caldea las ausencias del invierno y mantiene el cariño encendido a pesar del frío.

De todo ello hay documentos gráficos, porque ¿qué sería de nosotros sin imágenes que refrenden lo que decimos? Aunque algunas, las más importantes a lo mejor solo obran en nuestra memoria; la de mi nieto pequeño abriendo su primer regalo de cumpleaños. La de mi nieto mayor descubriendo que le acaban de regalar su primer reloj de pulsera.

 

 

 

 

 

 

 

Perplejidad

Una noticia reciente señala a un cargo de cierto partido, implicado en múltiples casos de corrupción, como autor de un nuevo delito de abuso de poder. La acción delictiva se remonta a febrero de este mismo año, no a hace diez o quince. Así que este buen señor, por no denominarlo individuo,  no tiene el más mínimo sentido de la decencia, lo cual parece probado, sino que carece además del menor indicio de miedo a las consecuencias de sus actos. Posiblemente es que está convencido de que sus actos no tienen más consecuencias que las de hacer amigos y sacar provecho de ello. Por otra parte, en ese mismo partido, agobiado al parecer por los numerosos casos de corrupción, se acaba de producir lo que llaman ‘una renovación interna’ llevada a cabo por un joven miembro del mismo que ha conseguido aunar las voluntades de sus correligionarios. Este joven ha nombrado en su ejecutiva, depurada al parecer de corruptelas, a este individuo del que hemos comenzado a hablar y que parece un desfachatado modelo de corrupto.

Bien, por si el asunto no fuera lo bastante notable, el propio joven lider de esa formación está en cierto entredicho por haber logrado un título universitario de manera poco clara.

A mí que me educaron  bajo la premisa de una ética siempre sometida a revisión y examen de conciencia, que me ponderaron el propósito de la enmienda como una meta indiscutible a alcanzar y si no era capaz de ello a cumplir la penitencia por mis actos torcidos, estas realidades y la tranquilidad con que se producen, la sonrisa imperturbable con que se acogen y otros rasgos más me dejan sumida en la más absoluta de las perplejidades.

Por otra parte, estamos asistiendo a un fenómeno verdaderamente llamativo pero que va en la misma línea.  Tengo la impresión desde hace tiempo ya de que un movimiento separatista y nacionalista que nos trae en jaque desde hace más de un año, por no decir más tiempo, es sin más una cortina de humo que trata de desviar la atención de hechos muy graves que suponen el uso indebido de dineros del Estado, su apropiación y uso torticero y el enriquecimiento personal de algunos, creando redes clientelares de cómplices y encubridores que igualmente se benefician de determinadas prebendas.

El sentimiento nacional, el orgullo patrio, la pertenencia entendida como sagrada son sentimientos que no comparto más que muy levemente y desde luego para mis adentros como algo que me señala y me entronca, pero que no considero ni mejor ni peor, sino simplemente perteneciente a mi historia personal. Sin embargo, estoy dispuesta a aceptar, incluso a tolerar de buen grado que haya personas que hagan de ello una causa propia y lo conviertan en una lucha por conservar rasgos culturales, por ejemplo, que de otro modo correrían el riesgo de perderse u olvidarse.

Pero que se use ese tipo de argumentación que toca a lo sensible de muchos, en una dirección u otra, para ocultar delitos continuados que no sólo han beneficiado a una institución política respaldada por ciudadanos de buena voluntad, sino que ha permitido que muchos se lucraran a título propio e individual, me parece absolutamente deplorable.

No obstante, ahí tiene una baza el gobierno que trate de establecer un diálogo provechoso y que reconduzca la situación: ‘Sabemos que sabéis que lo sabemos’. Claro que viendo la cara dura que desarrollan unos y otros ante los casos de corrupción, no se si esa amenaza servirá de algo y se seguirá invocando la sagrada patria para ocultarla, pero no me cabe duda de que lo que yo creía era falta de cintura política, posiblemente era que los miembros de aquel partido, donde la corrupción ha campado a sus anchas y lo sigue haciendo, no pudieran emplear ese argumento, pues la respuesta era fácil: Y tú más. Por eso esperaban que los juzgados llegaran a instruir las causas para desenmascarar a los culpables y así desmontar los falsos argumentos patrióticos. Ya se sabe, no obstante, que la justicia es lenta y finalmente habrá que llevar a cabo una limpieza a fuerza de negociación política. Espero que la amenaza antes sugerida pueda surtir algún efecto positivo.

Mientras, yo sigo en mi perplejidad, aunque no me dura demasiado. Con estos calores no puede uno calentarse además gratuitamente la cabeza. Feliz agosto a todos.