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La imagen

Hasta hace aproximadamente cinco años, mi imagen no me desconcertaba. Es decir, hasta no pasar de los 66 años de edad, la imagen que veía en los espejos o que me asaltaba desde la cristalera de una puerta o un escaparate me era fácilmente reconocible como la mía. Sin embargo, en los últimos cinco años, me he dado cuenta de que cada vez que al lavarme los dientes levanto la cabeza y mi mirada se cruza con la de la imagen que me contempla desde el espejo, no siento que aquel rostro sea el mío. Pero si bien esta falta de reconocimiento propio es en alguna medida sobrecogedora, lo es más aún la imagen que vislumbro de cuerpo entero cuando me topo con un espejo o con una cristalera; ese cuerpo difícilmente lo puedo asociar al que yo creía poseer. No me reconozco en esa imagen. Debo hacer un esfuerzo para darme cuenta de que es mi reflejo. Generalmente me delata la ropa. Pienso; ese traje es mío. Ahí hay alguien que lleva un vestido que yo tengo y, entonces, me doy cuenta de que se trata de mí. Es mi imagen la que estoy viendo.

Esa espalda redondeada, de la que emerge un cuello más bien corto e inclinado hacia adelante. Ese vientre abultado que sobresale más que las redondeces del pecho. Esa anchura de caderas… Yo había sido una mujer (antes una muchacha) más bien espigada; delgada, esbelta y de movimientos rápidos, con el vientre totalmente plano y la espalda recta, con el cuello largo y la barbilla elevada, sin ser altanera. Cuando era muy jovencita, las redondeces de mi busto me abrumaban un poco y me inclinaba hacia adelante, intentando que pasara desapercibido. Pero, con el paso del tiempo, empezó a formar parte de una de mis señas de identidad; un pecho ni demasiado grueso ni escaso. Proporcionado y firme que le daba un toque de clara femineidad a toda mi figura. La cadera era ancha, pero no gruesa y las piernas delgadas pero bien torneadas, de manera que no había desproporción manifiesta. Puede decirse sin soberbia ni falsa modestia que me encontraba acorde con mi cuerpo y, desde luego, reconocía mi imagen.

No cabe duda de que desde hace algo más de diez años he empezado a ganar peso, realidad que se ha agudizado en los últimos cinco años y que no ha habido forma de frenar a pesar de que, o precisamente por ello, he cambiado de hábitos alimenticios, empleándome con rigor en una estricta dieta de la que se han suprimido las carnes rojas, las grasas animales de todo tipo, parte de los lácteos y se ha reducido drásticamente la aportación de hidratos de carbono. Por supuesto y aunque nunca fui bebedora, he prescindido casi por completo de la ingesta de alcohol y, si siempre fui poco golosa, desde hace más de cinco años, ha desaparecido toda clase de azúcares, salvo los inevitables y naturales, de mi alimentación cotidiana. Raramente tomo dulces o bollos etc. He suprimido el trigo, por lo que es fácil ver que no como pan. Es decir, la ingesta de alimentos no es la que contribuye al aumento de peso. Tampoco lo es la falta de ejercicio, porque si bien jamás he sido aficionada a la gimnasia o a ese caminar ligero sin rumbo que muchos practican, no soy una persona sedentaria que se apoltrona. Más bien soy activa y, por otra parte, mis hábitos en ese sentido no han variado. Nunca había hecho deporte en mi vida y no se puede decir que ahora no camine más que nunca, pues al cambiar mi situación profesional que me obligaba a ir en coche a todas partes, ahora, por el contrario, voy a pie a todos los lugares a donde he de ir.

De manera que este cambio físico que me ha convertido en un ser cargado de redondeces responde sola y exclusivamente al puro paso del tiempo. Esta realidad que yo creía tener prevista y de la que, por ejemplos vividos y cercanos de rechazo de la vejez, creía que me había inmunizado, resulta que me ha atrapado. Constato que no solo no me gusta lo que veo, sino que lo que más me disgusta es que no me identifico con esa imagen. Dentro de mí está la misma de siempre, esa que ha vivido 66 años de su vi

da con una imagen que, sin duda no era la misma, pero que conservaba una serie de rasgos comunes bien diferenciados y  que ahora se ocultan o se enmascaran bajo esa masa redondeada que me identifica pero con la que no me identifico. De ahí que cuando me asalta, me sorprenda.

Pensando en ello, no obstante, me doy cuenta de que esa misma experiencia la tendría, me temo, si hubiera conservado el peso que tenía hace cinco o diez años. Debe ser terrible ponerse la misma ropa de hace veinte años y creer que se está favorecido con ella, cuando el pecho se ha hundido o no está tan terso como estaba y el escote revela pliegues y arrugas y el cuello aparece descarnado y con cuerdas tirantes. Debe ser espantoso verse las carnes bamboleantes, apenas despegándose del hueso y con los músculos sin tensión. Esos pliegues de la espalda, esas mollas mínimas que son más bien trozos de piel gruesa. Las pequeñas venitas que se arraciman aquí y allá. En fin, esa miseria física que se apodera de cualquier cuerpo, pero que nos induce a engaño si por conservar la talla y el peso de los treinta años, creemos que aún conserva la tersura de entonces. En ese engaño es fácil caer. Es fácil creer que puede uno vestirse como cuando era joven, sea de manera formal o desaliñada y que todo caerá como caía entonces. Una vieja camiseta a los veinte años nos hace parecer más jóvenes aún. Una vieja camiseta a los setenta nos hace parecer más viejos y decrépitos aún.

Es bueno escribir. No solo puede uno manipular los hechos y acomodarlos a su gusto y expectativas. Lo más importante es que puede hablar consigo mismo y dejar constancia de los vericuetos de su diálogo interior. Si hubiera que sacar conclusiones de esta charla hacia adentro, sería que envejecer es bastante penoso. Lo es mucho si ese envejecimiento nos engaña y nos hace creer que seguimos siendo jóvenes. Es triste si no sabemos aceptar que hay un dentro y un fuera. Por dentro se puede ser sabio y reflexivo, por fuera una ruina o un cuerpo en forma de globos que no nos satisface, pero el consuelo interno es muy fuerte. Si esto se produce, como me pasa, ya no me plantea problemas aquello de ‘resucitar con los mismos cuerpos y almas que tuvieron’; porque es evidente que sigo siendo la misma, me devuelvan los espejos o los escaparates la imagen que me devuelvan. Por siempre jamás, seguirá siendo así.

Las grandes urbes

Aparece un alcalde muy conspicuo en la pantalla de mi televisor. No me cabe duda de que es un hombre entregado a su tarea y que, a su modo, se preocupa del bienestar ciudadano. Para justificar una de sus acciones -ahora no recuerdo cual y si tenía mayor o menor sentido, eso da igual- , argumenta con ardor acerca de que en todo el Planeta la mayor parte de la población se concentra en las ciudades y de ahí que existan las grandes urbes. Considera  el edil principal que este fenómeno distingue a nuestro tiempo; es la primera vez en la historia en que hay más habitantes en las ciudades que en el agro.

La pantalla sigue titilando, y ahora aparece otro conspicuo prócer, que se queja de que el gobierno siempre zahiere a su comunidad a la que solo se cita para señalar el número creciente de casos de infectados por la Covid-19.

Junto con estos dos caballeros, en sucesivos destellos de pantalla, aparecen pequeños empresarios, autónomos, desempleados de corta y larga duración, médicos, bomberos, enfermeras, guardias, ciudadanos de a pie (eso se dice mucho, aunque tengan coche) y otras gentes varias que se lamentan de que el gobierno no salga en su rescate, no los subvencione de alguna manera o les pague los gastos que se generan en esta nueva situación, como si los demás no tuviéramos que comprar mascarillas, geles, o no se nos haya incrementado el uso de jabón, con el consiguiente gasto suplementario al de nuestras necesidades comunes.

En definitiva, el mundo parece dividirse en pequeños grupos de ciudadanos; unos que dan las cosas por asentadas: Eso es así (o como se dice ahora: Esto es lo que hay); otros que se han vuelto pedigüeños, como si fueran bancos que, cuando las cuentas no les cuadran, simplemente ponen la mano a ver quien les da algo y, finalmente, una mayoría silenciosa y resignada o sufriente, tal vez quejosa, como yo, que no dice gran cosa.

A ninguna de estas criaturas, en particular a aquellas que se supone que tienen responsabilidades de gestión o a las que se supone coraje emprendedor, no se les ocurre pensar que tal vez sea un error, que puede que estemos a tiempo de subsanar, el de las grandes metrópolis. No les parecería prudente diversificar sus inversiones y mudarse a zonas más pequeñas y menos pobladas en las que establecer sus industrias o negocios y atraer al público que necesita trabajo y está deseando salir de las ciudades para llevar una vida menos promiscua y más sana.

No es esta ocasión de los contagios imparables una buena oportunidad para un cambio drástico de los modos de vida.

Pues a nadie parece que se le ocurra que es una ocasión de oro.

Todo el mundo parece estar esperando un milagro para volver a lo de siempre.
Lo de siempre nos habría hecho permanecer para siempre en las cavernas.

Mientras tanto, hacinados en las urbes, nos contagiamos a la velocidad del rayo y ni siquiera la vida en riesgo nos aguza el ingenio. Humanidad en decadencia e infantilizada.

La compensación

Como sabéis de mi afición a la literatura victoriana, os diré que estoy leyendo últimamente El molino del Floss de George Eliot. Entre las muchas cosas que en esa novela se narran, sobre las que se reflexiona y a las que se hace referencia como signos de la sociedad de su tiempo (1860 es la fecha de la publicación primera) hay una que me ha llamado especialmente la atención, porque es absolutamente aplicable a nuestro tiempo y porque, además, parece que es algo que hemos descubierto nosotros -al menos algunos- a la luz tenebrosa de esta pandemia. El texto al que me refiero dice así: «Y el presente era como una llanura donde los hombres hubieran dejado de creer en la existencia de volcanes y terremotos, convencidos de que el mañana sería idéntico al ayer y que dormían para siempre las fuerzas gigantescas que antes agitaban la tierra».

Esta idea que subyacía a nuestra propia experiencia nos ha permitido constatar, mediante la irrupción de este virus, que somos frágiles y contingentes, que la muerte, la violencia de la Naturaleza, los desastres o cualquier otro accidente en nuestro devenir cotidiano nos pueden cambiar la vida y llevarnos a la desaparición propia, a la de los seres que amamos o a la de nuestros modos de vida.

Hay otra idea muy extendida en este mundo nuestro que es la de que, cuando nos ocurren desgracias, contratiempos o hechos que tuercen nuestros planes, proyectos o deseos, la vida está obligada a compensarnos por ello.

Es cierto, y yo soy la primera que lo creo y procuro vivir con ese horizonte, que estamos en el mundo para ser felices. Nada de pensar que este es un valle de lágrimas y aspirar a la muerte como la solución definitiva a nuestros males. No. Eso no es así. Estamos aquí para hacer de la Tierra que habitamos un nuevo paraíso en el que todos vivamos con dignidad y alegría, con esperanza y con un camino expedito hacia nuestros más caros deseos.

Sin embargo, todos sabemos, igualmente, que la vida no es sencilla. Que hay muchos que no comparten este ideario que en breve acabo de exponer, sino que más bien se empeñan en explotar a los demás, en obtener su beneficio y contento machacando a otros. Es cierto también que con frecuencia ganan la partida y los efectos de sus acciones nos afectan a todos en mayor o menor medida y, a muchos desfavorecidos, en un modo definitivo. Es decir la vida sea por acción de la Naturaleza, sea por la maldad y el egoísmo de otros es un camino de espinas y no de rosas.

Esto que es así, a veces nos impele a pensar que alguien nos ha arrebatado lo que era nuestro derecho, cosa que es cierta en alguna medida, pero eso no significa que la Naturaleza o alguien , un hada madrina, esté obligado a transformar nuestros harapos en un maravilloso vestido de baile, cuajado de estrellas rutilantes. Nadie nos debe nada, nadie tiene por qué compensar nuestras pérdidas.

Durante la pandemia y el confinamiento hemos perdido nuestra libertad y la compañía de muchos a los que queremos. Se nos ha muerto gente a la que estimábamos y otra ha enfermado de gravedad cosa que nos hace contener el aliento y estar muy preocupados. Tememos contagiarnos y no somos capaces de andar por el mundo como hacíamos antes, con cierta despreocupación. Es cierto que algunos lo hacen, porque creen que se merecen esa compensación. Pero, al igual que sobre la tierra que habitamos pueden estallar volcanes y desatarse terremotos, que el hoy no es igual al ayer ni al mañana, tampoco nadie nos debe nada. Somos nosotros los que debemos a los demás el respeto a sus vidas, el cuidado por su integridad, la atención a sus riesgos y a su salud.

No esperemos ninguna compensación. No existen. Si alguien recuerda el añadido epílogo al libro de Job,  sabrá que, aunque allí parezca haber esa compensación por todo su sufrimiento y aunque el protagonista recuperara familia y hacienda, no serían jamás la  familia y la hacienda originarias. Lo perdido, perdido estaba.

No podemos buscar la felicidad a costa de cualquier cosa. Pero empeñémonos en ser felices.

Naturaleza muerta

El pasado 2 de julio se presentó en Caravaca, en la Soledad, la antigua iglesia desacralizada y convertida en Museo arqueológico, utilizando su amplio patio exterior, un libro que merece unas letras.

Las tardes de verano ya se sabe que tienen algo mágico por la luz dorada que, poco a poco, se va convirtiendo en azul oscuro y establece un diálogo de sombras con el color piel de la piedra y la luz amarillenta de las farolas. Si además en ese instante se da rienda suelta a la poesía, a la representación plástica y a la música, además de a ciertos discursos cargados de sentido, la velada se vuelve perfecta.

Sin embargo, siendo el marco extraordinario y el momento y formato bien elegidos, lo mejor, sin lugar a dudas, era el hecho que convocaba. Ese hecho era una acción cultural de primer orden; la edición limitada y numerada de una joya poética, acompañada de unas ilustraciones que no son simples dibujos, sino el rostro visible del sonoro verso.

Esta pieza exquisita es el producto de la inspiración de Jesús Martínez  Martínez y de Pascual Adolfo López Salueña,  del trabajo depurado de ambos y del cuidado esmerado de la Editorial Gollarín que, con este ejemplar, inaugura una nueva colección con el nombre de litterArt.

El poemario visual lleva por título Naturaleza muerta y en él se produce un espejeo perfecto entre la imagen de naturalezas (animales y plantas) desarraigados, muertos, en proceso de descomposición, pero bellísimos y cuidadísimos, con la palabra de los poemas, cuajada de imágenes y metáforas atinadas acerca de la fragilidad, la descomposición y la desaparición. Todo lo perecedero tiene su cabida en este libro, todo aquello que forma parte de la Naturaleza y que de manera simbólica remite a la fragilidad y contingencia de lo humano. Ese estar en el mundo para desaparecer. Ese constituir el rostro más visible de la Naturaleza para desvanecerse, dejando el lugar a otros seres vivos.

Hay un cierto pesimismo en las páginas, tanto en la letra como en el trazo, pero que, al dar como resultado una belleza potente y rica, rescata a un tiempo al ser humano que le ha dado vida, valga la paradoja, a esta Naturaleza muerta. Dicho de otro modo, la vida es extinción, no cabe duda, pero la vida humana, consciente de ello, que transforma esa corrupción en belleza, en algo sublime, trasciende la muerte y encamina a la esperanza, más allá de la desaparición.

Podríamos decir que el ser humano que es capaz de crear y de dar vida a los testimonios de la muerte, convirtiéndolos en algo hermoso, ha traspasado ese umbral del duelo y se ha situado en el lado luminoso de la eternidad y la resurrección.

Un libro joya para leer, mirar, reflexionar y regalar.

Proyecto Extraordinario de 2020

Como todos los que seguís a la Asociación Tacaná sabéis, nuestro principal objetivo para   contribuir al desarrollo de poblaciones desfavorecidas de Centroamérica es fomentar la educación y formación de jóvenes, en especial mujeres. Para ello dedicamos la mayor parte de los esfuerzos al Hogar Luis Amigó de Guatemala con el proyecto ‘Labrando nuestro futuro’; y con las becas Kristina Iturralde, que sostienen el Proyecto ‘Somos libres’ con el que financiamos la educación de personas que no forman parte estrictamente del Hogar, aunque algunas beneficiarias de este proyecto han sido jóvenes que estaban o procedían de él. Este último proyecto ha tenido becarios en Nicaragua, en Guatemala y en Costa Rica.

Sin embargo, siempre que ha sido posible hemos dedicado algún esfuerzo a proyectos extraordinarios que se han dedicado a infraestructuras básicas y así hemos intervenido en Panamá con el Proyecto de estufas ecológicas en escuelas o hemos reparado el invernadero del Hogar, entre otras cosas. Desde hace algún tiempo, queríamos hacer frente al problema del abastecimiento de agua en la zona de Totogalpa ( Nicaragua), en particular en los sectores rurales dependientes de este municipio. Este año, por fin, henos conseguido cuajar el proyecto y  los fondos necesarios. A continuación tenéis la última información de su ejecución. Un éxito más de la generosidad de los donantes y contribuyentes de la Asociación.

Proyecto Extraordinario,  2020, Nicaragua

Terrero Grande, Totogalpa, Madriz, Nicaragua

El Noroeste de Nicaragua, donde se ubica el Departamento de Madriz, al que pertenece el municipio de Totogalpa, forma parte del llamado Corredor Seco de Centroamérica.

En esa zona, las lluvias se concentran entre los meses de mayo y diciembre, durante los cuales suele llover torrencialmente, mientras que en el resto del año no cae ni una gota de agua. Este comportamiento habitual de la climatología de la zona se ve alterado por la influencia del fenómeno del Niño y el cambio climático y, en los últimos años, se ha descontrolado, produciendo alternancias de sequías prolongadas con inundaciones severas. Las lluvias se retrasan sistemáticamente y las precipitaciones son más escasas en temporada húmeda. Ello provoca, junto con la deforestación de los cerros, el  lavado de las tierras y que estas sean menos fértiles. Así mismo, muchas de las zonas rurales tienen acceso difícil y a ellas no llegan los servicios municipales de abastecimiento de agua potable tanto para riego como para consumo humano y de la ganadería.

El deterioro de los medios de vida de los habitantes de la zona ha provocado una emigración estacional masiva a los cafetales y también una salida hacia el extranjero muy numerosa. Ello significa el abandono de los campos y la pérdida de densidad demográfica.

Desde hace algún tiempo, en la Asociación conocíamos el problema y tratábamos de encontrar una solución que fuera económicamente viable. Por fin, hemos podido incluir entre los proyectos para el bienio 2020-2021 la implantación de un sistema de acopio y reserva de agua de lluvia que permita subsistir a los habitantes de la zona durante los meses de sequía extrema.

Los trabajos se han iniciado y el objetivo es construir dos grandes tanques de reserva de agua, con su correspondiente sistema de depuración y potabilización, así como un reservorio menor, pensado para utilizar su contenido en riego por goteo.

La Asociación Tacaná contribuye a este proyecto con 6.500 e. que significan la adquisición de materiales de construcción y su transporte hasta el emplazamiento, así como la compra de semillas para los plantíos a los que va a abastecer el sistema de riego. La mano de obra es aportación de los beneficiarios.

Los tanques de agua se ubican en Horno y Matazano, comunidades que pertenecen a los sectores de Terrero Grande y Cuje, y en Sabana Grande, todos ellos sectores de Totogalpa. El beneficio de este acopio de agua afecta a una población aproximada de 760 personas.

 

Llegan los materiales y la Hna. Marlene se encarga de los oportunos controles         

Se almacenan en el local comunal

Llega la cisterna pequeña

Se inicia la excavación para ubicar una cisterna grande

Una vista detallada de todo el proceso. Magnífico trabajo cuando se implica toda la comunidad.

El trabajo empieza a dar sus frutos. La milpa ya brota. Se hace realidad que el agua es vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Baladí

Los que seguís con cierta atención estas páginas os habréis dado cuenta de que, casi todo lo que he escrito bajo el epígrafe genérico de ‘asuntos baladíes’, tiene que ver con esta extraordinaria experiencia que supone el vivir una  pandemia.

En el uso de este epígrafe y lo que en él se clasifica, hay una cierta ironía. No considero que estos sean asuntos sin importancia, pues algunos de ellos no solo la tienen en gran medida, sino que eran obvios, aunque la ‘normalidad’ en la que vivíamos nos hiciera pensar que eran temas menores que no nos concernían. Por ejemplo, la incertidumbre connatural a la existencia humana; la fragilidad de los seres, especialmente en lo material; la ficción del progreso o de la economía; los graves olvidos de la educación o la salud pública.

Vamos a reflexionar por un momento acerca del término baladí. Como muchos sabréis procede del árabe. Es lo que se llama una ‘nisba’. Es decir un nombre que tiene un valor adjetivo calificativo y deriva de otro nombre. En España son frecuentes los  patronímicos derivados de nombres topográficos, por ejemplo Lorquí, Ceutí, etc. que toman la forma árabe.

En el caso que nos ocupa se trata de un adjetivo procedente del término balad que significa pueblo. Pueblo en su sentido opuesto a ciudad. Es decir, lugar donde reside gente pero cuyo número o entidad física no lo convierte en una ciudad, sino que es algo menor y sin tanta importancia como una ciudad. Además de significar eso como primera acepción, significa algo así como ‘del campo’, por una oposición tácita entre ciudad y campo. De manera que, cuando nos encontramos con el término baladí, podemos pensar que se refiere a pueblerino o a campestre (rústico), dependiendo de cuál sea la intención del hablante. De ahí a pensar en ‘cateto’ hay un paso y ese es el que da en castellano. Baladí significa cosa menor, sin importancia, carente de interés, despreciable o sin sentido y prescindible, porque se relaciona con rústico, cateto, de campo.

Sin embargo y en paralelo -la vida de las palabras es un campo inagotable y de lo más apasionante aunque a algunos no les parezca- , baladiyya que vendría a ser el femenino de baladi, desde el punto de vista morfológico aunque no semántico, se convierte por su forma femenina en un nombre abstracto, y no tanto en un adjetivo, y designa a una institución tan noble e importante como el ayuntamiento; es decir la instancia colegiada que dirige la vida pública de un pueblo o de una ciudad o de una comunidad, ahí no hay distingos de tamaño o ubicación.

De manera que algo que es baladí, por la adición de una sílaba, se convierte en algo de suma importancia para la vida común de la gente. Si en el primero de los casos, se trata de un término que señala a algo carente de interés, despreciable y prescindible, lo segundo es, por el contrario, algo imprescindible y necesario para la vida en común.

Casi nunca pongo por escrito mi pensamiento político porque en ese sentido, al contrario que mucha otra gente que no abre la boca si no es para criticar a los que no comparten su pensamiento político o para alabar e incensar a los que sí lo hacen, yo no me considero en posesión de la verdad ni creo que mi forma de entender el mundo y su gestión sean únicas, infalibles, pertinentes y excluyentes. Tampoco considero que todo el mundo ha de pensar como yo y, por tato, no me siento autorizada para freír al personal, a la menor provocación o sin ella, y bombardearlo con mis soflamas en defensa de esto o aquello. La mayor parte de las veces, cuando me toca sufrir un ataque de ese tipo, procede de aquellos con los que no comparto ni una sola idea, independientemente de mi aprecio o cariño por ellos que son cosas bien distintas y que muchos confunden.

Voy a hacer un distingo necesario para que quienes me lean y no piensen como yo, no me excluyan o se sientan excluidos por mí. Mi afecto, mi valoración de su inteligencia, de su capacidad para ser acogedores y dignos de respeto no tiene nada que ver con que pensemos de igual manera o votemos al mismo partido o no. Es más, quiero a muchas personas, y no pienso renunciar a su cariño ni a lo que siento por ellas, con las que no comparto ni una sola idea política. Sólo faltaría que tuviera que enfocar mi cariño exclusivamente hacia los que votan como yo. Menudo aburrimiento y vaya una manera tonta de excluir a gente digna de ser amada.

Pues bien, hecha la aclaración y el inciso, voy a reflexionar sobre algunos asuntos de la baladiyya, es decir de la institución política o simplemente de la política, de la gestión de lo común o de la rección de un pueblo, una ciudad o un país.

No es un asunto baladí, en absoluto. Es una de las más nobles profesiones que se pueden ejercer. ¿No es de admirar que alguien tome sobre sí la responsabilidad de pararse a pensar en la vida de los demás, en cómo se puede mejorar y gestionar, para que todos sean felices y alcancen un modo de vida digno en el que no falte lo esencial y no sea imposible acceder a algunas cosas superfluas?

Creo que sí. Porque esa dedicación implica la renuncia en muchas ocasiones a la libertad personal, a la vagancia, a las vacaciones. Significa además el estar apartado por temporadas de la propia familia, de los amigos, de los vecinos. Supone estar en la mira de quienes escudriñan con lupa las acciones, las decisiones, los modales y los modos y no siempre lo hacen con afán constructivo. Supone un control de las propias ambiciones, de los propios favoritismos, de las pulsiones, de los odios y los apegos, de los intereses. Obliga a renunciar al autoritarismo y a ejercer la autoridad. Impele a la virtud y no al vicio o la molicie. Exige ser humilde y dar a conocer hasta las últimas razones de cualquier acción. Obliga en una palabra a ser ejemplar de la mañana a la noche, sin descuidar ni un instante los modos y modales, las formas de presentarse y de actuar, las palabras que se dicen y cómo se dicen, las que se callan por prudencia y sus razones.

Exige ser leal con amigos y enemigos. Exige ser fiel a lo que se cree. Exige saber renunciar a cualquier beneficio o al mismo cargo que se ocupa si algo no se ha hecho como se debe. Exige respetar las instituciones a las que se sirve. Exige ir por delante del pensamiento y de las necesidades de los demás. Exige actuar incluso antes de que surja el problema o el conflicto.

Es decir, la baladiyya reclama casi la santidad, por no decir que la exige directamente. Por eso;

qué se puede decir de un político que insulta

qué se puede decir de un político que aparece desaseado

qué se puede decir de alguien que usa de su cargo en su beneficio

qué se puede pensar de alguien que no ofrece ni una sola reflexión, solo acusa y denigra

qué se puede decir de alguien que no presenta ni un solo pensamiento constructivo

qué se puede pensar de alguien que solo atiende a los intereses de su grupo

qué se puede decir de quien no resuelve y espera que los demás se lo den resuelto

qué se puede pensar de quien siempre acusa a los demás de lo que ocurre

Yo, personalmente, pienso que ese individuo o esos individuos no deberían dedicarse a la política, porque han confundido de base algo tan importante como la baladiyya con lo baladí. No saben lo que es adjetivo y lo que es abstracto e institucional.

Personalmente estoy muy contenta de que aún queden políticos que se ocupan del bien común, que explican hasta la saciedad lo que hacen y por qué,  tienen en cuenta a los necesitados, los niños, los dependientes, las mujeres, los de las minorías, la investigación y la enseñanza, la salud, la solidaridad y la convivencia, no entran al trapo de las tergiversaciones malintencionadas, las palabras imprudentes e impertinentes o se dedican al insulto y la descalificación. Incluso me producen ternura algunos de sus errores, porque no son arcangélicos, sino personas.

Espero que los que no piensan como yo respeten lo que pienso y, caso de que me quieran, sigan haciéndolo.

Generaciones

Oigo en la radio que la locutora no sabe nada del plexiglas. No lo ha conocido, según afirma, y el nombre le hace gracia porque lo ha empleado siempre para designar una cosa que no sirve para nada. Comenta, además, que unas fábricas de otros derivados del plástico lo están empleando para hacer mamparas protectoras y máscaras.

Como no solo he conocido el plexiglas, sino que sé perfectamente de qué se trata, comentaré que, en los años cincuenta del siglo pasado, este material se puso muy de moda. Con él, cuyo nombre significaba ‘vidrio plegable’, se fabricaban multitud de objetos de todo uso. Entre ellos, mi primer paraguas que era de  un precioso plexiglas azul celeste, cuajado de flores blancas y al que le he dedicado atención nostálgica en otro lugar,.

Las palabras, pues, separan a las generaciones. No hace muchos años, un día, de broma, comentábamos que debíamos montar un guateque, pero se planteaba el problema de a quién le encargábamos llevar el ‘pikú’. Una compañera que hablaba de manera muy dulce y pausada, en medio de la algarabía, preguntó: ¿De qué estáis hablando? No entiendo nada. No digo nada pues de términos como sicalíptico que empleaban con cierta frecuencia mis padres.

Cualquier lingüista sabe que las palabras pierden vida por desgaste y se juntan unas a otras para defenderse o bien caen en total desuso. Pasa con ‘pero sinembargo’, que dice ya todo el mundo o ‘a por’ que también se emplea constantemente.  O como el célebre ¿se puede compenetrar? que usaba con tanta gracia Cantinflas. Otras palabras tienen un uso efímero como ‘sicalíptico’, que no superan sino unos pocos años, y más aún otras como plexiglas que designan un elemento que decae en el uso y que, curiosamente, como en el caso que nos ocupa, se recupera porque el tal elemento se vuelve a utilizar.

Cuánto tiempo hace que no se compran sostenes, sino sujetadores, o no se compra rimel, sino máscara de pestañas, o giletes sino cuchillas. Nombres procedentes de marcas que desaparecen, al tiempo que se multiplican las compañías que las producen y, por tanto, eliminan el nombre para hacer valer el propio. El resultado es que todos estos cambios marcan el paso del tiempo y el cambio de generación.

Sin embargo, queda en el fondo de comentarios como el de la locutora de la radio un cierto poso de amargura. Ella no conoce el verdadero sentido y origen de la palabra, no conoce el material del que se habla, pero  usa el término para designar algo despreciable y de poco valor. Esto es lo que suele suceder con lo relativo a la generación anterior. Sin darnos cuenta la ridiculizamos, la eliminamos, le damos de lado porque no forma parte de nuestro mundo, de lo que conocemos y hemos experimentado; todo lo que procede de ella nos parece obsoleto, innecesario o deleznable. Qué pronto olvidamos que si no fuera por las generaciones anteriores no estaríamos donde estamos, en lo bueno y en lo malo, y que la mayoría de nuestros logros se asientan en los cimientos que ellos pusieron.

Enmascarados

Estos últimos días ya no he tenido más remedio que salir a la calle a hacer recados. No todo se puede comprar por internet, aunque parezca mentira. Las visitas han sido a tiendas de ropa en general y a alguna otra como librerías y tiendas de pinturas artísticas. Es bastante evidente que todo el mundo tiene unas ganas locas de hablar; yo la primera. De manera que, en cuanto hemos coincidido dos mujeres más la dependienta, hemos pegado la hebra como si no hubiera un mañana. Nos quitábamos la palabra la una a la otra alegremente, detrás de nuestras respectivas mascarillas.

Luego, cuando regresaba hacia mi casa, me he dado cuenta de una serie de ventajas que supone la mascarilla. Por supuesto me refiero a ventajas adicionales al hecho de protegernos  de los contagios.

Desde antiguo -yo lo achaco al hecho de ser hija única- tengo la costumbre de hablar sola en voz alta. Cuando hacía muchos trayectos en coche, hablaba en voz alta sin ningún recato, más allá de cuidar de callarme si me detenía algún semáforo, porque si no callaba a tiempo, inmediatamente captaba una mirada de otro conductor o conductora que me observaba con cierta expresión de conmiseración o quizá de recelo. ¿Dónde va esa loca al volante?

Por la calle, evidentemente, no me atrevo a alzar la voz, pero no dejo de hablar conmigo misma – y más hoy en que ya había cogido carrerilla habladora.  Eso me obliga a ir muy atenta a las miradas ajenas y a las personas con las que me cruzo. Porque ya digo que no se trata de un diálogo interior, sino de un verdadero intercambio de pareceres conmigo misma y eso obliga a vocalizar. Hay que articular las palabras y entonces muevo los labios. Ya habréis comprendido, avispados lectores, que con la mascarilla puedo ir hablando sola, sin alzar la voz, claro, pero tranquila de que nadie me tome por loca. Esta es, sin lugar a dudas, una de las mayores ventajas que le encuentro a lo de ir embozada.

También he notado que las personas con las que hablo, que no me conocen, si son más jóvenes que yo, no me tratan como a una anciana. Antes de la mascarilla, en cuanto entraba en un comercio, siempre había una joven que me cedía la vez, tras emitir esa expresión cariñosa de ‘atiende a la abuela’. O bien, el dependiente o dependienta se dirigía a mí con una cierta reverencia, que podía resultar de hablarme en voz muy alta, suponiendo que a mi edad ya debía estar un poco dura de oído. En los casos más simples, la cosa no pasaba de no usar el tú y emplear el usted para dirigirse a mí. Años atrás nos habíamos quejado de la extensión del tuteo, pero en cuanto cumples años, eso se acaba y ya no se confraterniza tan alegremente.

Así que la segunda ventaja, que no es poca, es que no se me ven las arrugas lo suficiente, como solo tengo el pelo un poco canoso y ni mi cuerpo ni mi forma de vestir corresponden al de la ‘buena mujer’ de cierta edad, parezco o debo parecer más joven. Eso le da a mis interlocutoras una cierta confianza y me hablan como si fuera de su generación y no de la mía que es por lo menos una más.

De este modo he dejado de ser, de golpe y sin más artificio que una mascarilla, una vieja loca que habla sola. No diréis que es poca ventaja.

 

Miradas y saludos

Mi barrio es un espacio bien delimitado entre dos zonas de expansión de la ciudad. Dicho de otro modo; es una especie de remanso de calles estrechas y sombreadas, de edificios de poca altura, que se enmarca entre dos grandes avenidas con mucho tráfico y construcciones de gran altura y aire muy contemporáneo.

Eso significa que quienes viven en mi barrio llevan allí más de cuarenta años, como media, se conocen perfectamente y han sido testigos unos y otros de las vidas de sus vecinos. Podría decirse que simplemente se reconocen entre sí por el aire que desplazan al moverse. Pero, y ahí está la paradoja, no les es tan fácil reconocerse, desde que vamos todos enmascarados.

Desde que todos llevamos la mascarilla, me cruzo con gente que me mira a los ojos de manera insistente y, al más leve gesto mío, me saluda, aunque soy consciente de que no nos conocemos. Posiblemente, después de años y años de saludarse y de preguntarse por la familia y los acontecimientos menudos de la vida de cada cual, este enmascaramiento que les impide reconocerse al primer vistazo, les obliga a mirar con detenimiento quién tienen delante o con quién se están cruzando, no vaya a ser que, después de años de relación de vecindad ahora se cree una rencilla inesperada e indeseada por una simple mascarilla.

En cuanto alguien me mira fijamente a los ojos, he decidido saludar, no por engañar, sino por agradecer que me miren a los ojos, cuando antes, como no me conocían, ni siquiera me miraban a la cara.

Con este asunto del distanciamiento social y el no tocarse, se está dando otro fenómeno; no sabemos cómo saludarnos, sobre todo los que nos conocemos desde hace algún tiempo. Ya he hablado en otro sitio de los besos y los abrazos que, de momento, han de quedar postpuestos. Pero, como somos de tocar, la gente no se resigna a quedarse a distancia y no hacer una señal de que nos quieren abrazar o al menos establecer algún tipo de contacto. Empiezan, pues a practicarse dos tipos de saludo, a cada cual más inconveniente desde mi modesta opinión.

El primero de los gestos supone tocarse los pies. Es decir, levantar un pie y con él tocar el pie del saludado, quien a su vez también permanece con un solo pie apoyado en el suelo, en una especie de paso de danza poco airoso. Considero que estéticamente es un gesto feo, pero además me parece peligroso. Las personas mayores no estamos para ir haciendo equilibrios por ahí ni para quedarnos con un pie en el aire como las grullas. Cuanto mejor tengamos los pies, los dos, apoyados en el suelo, mejor para evitar accidentes.

El otro gesto es tocar con el codo propio, el codo del saludado. Es decir, darse un codazo. Este gesto era habitual cuando, en silencio, queríamos señalar sin decir palabra los defectos o la presencia poco grata o escandalosa de alguien que no era precisamente amigo nuestro. También servía para advertir a quien nos acompañaba de que con sus palabras o actitud estaba metiendo la pata en un momento dado. Me cuesta trabajo reconvertirlo en un gesto cordial de acogida, cuando en realidad significaba todo lo contrario; más bien rechazo.

En España hubo ocho siglos de presencia musulmana. Como se sabe, aunque de manera lejana, esos musulmanes, que procedían de oriente medio, eran en su origen árabes y uno de los gestos habituales de saludo en el mundo árabe, además de darse la mano o besarse, es el de llevarse la mano al pecho, a la altura del corazón, al tiempo que se inclina la cabeza en señal de respeto.

Mi propuesta es pues que hagamos ese gesto para saludarnos unos a otros: Llevemos nuestra mano al corazón e inclinemos la cabeza en lugar de hacer extraños y poco elegantes pasos de baile o codazos equívocos.

De este modo nuestro saludo será más cortés, al tiempo que recuperamos un hábito que fue común entre las tradiciones de nuestra tierra.

¿Reales o virtuales?

Durante casi veinte años, desde mediados de los setenta hasta comenzados los noventa del siglo pasado, se fue imponiendo la idea de que todos los jóvenes y, de paso, todas las profesiones con futuro, debían ser universitarios. De ese modo, los antiguos peritos y aparejadores se fueron convirtiendo en ingenieros técnicos, los alumnos de las Escuelas Normales, pasaron a formar parte de las Facultades de Ciencias de la Educación y, el colmo de todos los colmos, los estudiantes de las Escuelas de Bellas Artes pasaron a ser Licenciados en bellas Artes, lo que supuso que sus maestros tuvieran que hacer apresuradamente Tesis doctorales. Es sabido que todos los profesores universitarios, otro error, debían alcanzar el grado de Doctor, antes de hacer nada de provecho en el mundo de la investigación. .

Esta fiebre tercermundista conocida como ‘titulitis’ desencadenó una serie de efectos secundarios de los que quizá el más grave fuera el desprecio a los oficios y su secuela; la Formación profesional se convirtió en el camino para ‘los tontos’. Estos tontos, convertidos en mecánicos del automóvil o fontaneros, consiguieron puestos de trabajo estables y bien remunerados, a veces sus servicios se volvían prohibitivos, mientras los ingenieros técnicos se convertían en mano de obra subcontratada y explotada. Los artistas  hechos a sí mismos, por su parte, eran pocos y raros y muchos consiguieron sobrevivir cuando el arte se convirtió en inversión para adinerados ignorantes.

Desde aquel tiempo, en que yo ya tenía algo más que ‘uso de razón’  hasta hoy en que ya se me considera una anciana (persona de riesgo o de la tercera edad), he venido reclamando, sin que nadie me hiciera caso, la potenciación y puesta en valor de la formación profesional. He venido pidiendo insistentemente que se considerara la vuelta de oficios como los de ebanista, encuadernador, cantero o herrero que solo han florecido aquí y allá en función de políticas dispersas de recuperación de artes del pasado o de negocios para diletantes.

El coronavirus ha planteado una serie de cuestiones interesantes que aparecen como retos de cara al futuro. Mientras exportábamos enfermeras al Reino Unido nadie se planteaba que no tenía sentido privatizar la sanidad de forma masiva, ni dejar que las escuelas de enfermería no fueran necesariamente escuelas universitarias.

Ahora nos damos cuenta de que todo está masificado y que sería bueno diversificar la oferta de formación de manera que se rescataran viejos empleos y que estos fueran creativos, dando lugar a una industrialización, quizá no de grandes producciones, pero sí de pequeños centros creativos e innovadores. Pues el tejido industrial de nuestro país es débil, por no decir raquítico.

Estas tendencias en la educación, por otra parte, denigraban el trabajo en el campo o en la ganadería, salvándose únicamente aquellas explotaciones intensivas como invernaderos o producciones de carne masivas. No hay que olvidar que se redujo la cabaña ganadera y la producción de leche, los viñedos y se pretendía que también menguaran los olivares, siguiendo directrices de la UE que veía en nuestro territorio, por su buen clima, sus monumentos, paisajes y horas de sol radiante, no tanto una fuente de energías limpias, sino un país de servicios.

Así es como habíamos llegado a tener un montón de arquitectos que lampan, un montón de licenciados dedicados a cualquier cosa y un montón de camareros, sin contar con los de la paleta que fueron masacrados por la burbuja inmobiliaria.

En un artículo reciente de El País, se abogaba, por fin, por el retorno a la Formación profesional; capacitación productiva a corto plazo que debía centrarse en las nuevas tecnologías. El artículo era bueno y sensato y hacía propuestas dignas de consideración. No obstante, leído con calma y rumiado, creo que tiene una pega importante, con la que conviene tener cuidado o, al menos, estar alerta.

El acceso a lo digital y virtual es, sin lugar a dudas, un gran logro tecnológico. Desde las grandes empresas, a los investigadores y a la gente de a pie, nos ha facilitado la vida en muchos aspectos; la inmediatez de la información y el acceso a todo tipo de bienes tanto materiales como espirituales y culturales o del conocimiento y el entretenimiento. Es un medio limpio y asequible para la mayoría de las personas en todas las partes del mundo.

No me voy a extender en el terreno de la delincuencia que ha facilitado, ni tampoco en las adicciones que crea, ni en el alienamiento de niños y jóvenes frente a una pantalla. Ya sabemos que todo aquello que existe puede ser objeto de mal uso. Sin embargo, quiero fijarme en un aspecto que de vez en cuando va dejando su rastro en las relaciones entre personas y puede tener consecuencias en lo social cuyo alcance aún no conocemos.

Hace unos años, en un terrible accidente aéreo que se produjo en Barajas se contaba, supongo que era cierto, que un niño que vivió el desastre, preguntó en pleno accidente: ¿cuándo se acaba la película, papá?

Muchos perfiles de redes sociales, sin preguntas, permiten el uso de pseudónimos. No me parece mal, yo misma lo empleo, pero no cabe duda de que esconder la propia identidad puede responder a muchas razones y algunas pueden no ser ninguna broma. Pueden esconder otras intenciones. Conozco a mucha gente, sobre todo de países deprimidos, que presentan en sus redes sociales imágenes de su realidad y vida que son una total ficción. No esconden su nombre, pero sí esconden su verdadera realidad.

Es decir, existe un riesgo evidente de falseamiento de lo real en lo virtual. Más allá aún, existe una confusión que llegue a conceder mayor verosimilitud a lo virtual frente a lo real.

Hace muchos años, una amiga nuestra, en cuyo huerto había un olivo, nos contaba que su hijo de pocos años había suspendido uno de sus primeros exámenes porque había contestado que la vid producía aceitunas. Cuando la madre le dijo, pero, cariño, si hemos estado recogiendo las aceitunas de nuestro olivo, ¿cómo has contestado eso? El muchacho con toda la sinceridad del mundo respondió: Mamá, yo creía que en la escuela se hablaba de otra cosa.

Es decir, en muchos niños lo que ocurre en la escuela es algo diferente de lo que ocurre en la vida y les resulta difícil encajar que lo que aprenden allí tenga una aplicación en la vida real, ni siquiera una conexión con ella. ¿Qué pasará si el mundo se convierte cada vez más en una realidad virtual?

Si nos decantamos por la tecnología habrá que explicar muy claramente donde está el límite y qué es lo que de verdad vivimos; ¡un holograma o algo palpable!