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Teorías conspiranoicas

Viendo la evolución de este enemigo minúsculo y traidor, que se está llevando a gente por delante y enfermando a otra mucha, no puedo dejar de pensar en la teoría de la conspiración. Especialmente cuando lo que se ve más afectado son aquellos países y zonas, fundamentalmente, cuya economía, dentro de su continente, a nivel mundial o en su propio país, es más productiva, ágil y elevada; en definitiva, más competitiva.

Es curioso también que afecte a las personas de mayor edad que resultan tan caras en los países democráticos. Pues reciben pensiones (no importa que hayan cotizado durante años) elevadas en muchos casos y que padecen otras patologías que resultan caras al sistema sanitario. Una forma de ‘ahorrar’ costes es que desaparezcan cuanto antes y no se prolonguen en la vida por años y años consumiendo recursos.

Por otra parte, hasta donde me llegan las noticias, no parece que espacios vulnerables como campos de refugiados y desplazados, que viven en condiciones muy precarias, sean objeto de la saña de este virus. Efectivamente esas personas que lo han perdido todo no son un gasto excesivo y, además, no producen gran cosa, con lo que no están en condiciones de competir en una economía salvaje y, por tanto, no son un enemigo a batir.

Estas consideraciones no me son propias y exclusivas, por ahí corre un video de producción incierta en la que se apunta a un efecto provocado con el fin de clarear demográficamente, por edades, a la población mundial cara y, por otro, frenar la economía de manera que los que capitanean la producción en el mundo no pierdan su poder económico. Volver a equilibrar la balanza: Los ricos que sigan siendo ricos, que nadie les pueda toser y que los pobres, que no cuentan, sigan siendo pobres y marginales.

Ya digo que estos razonamientos no me son exclusivos. Pero, tengo la desagradable sensación, y cada día se me refuerza, de que esta pandemia ha sido provocada. Como siempre que se crea un conflicto se sabe cuando comienza, pero no cuando y como va a acabar y si los vencedores serán los que habían iniciado el conflicto, en defensa de sus exclusivos intereses. Aunque el éxito no sea total, sin embargo, ya han conseguido que determinados aspirantes a potencia vean retrasados sus planes. Lo que, si no es perfecto, al menos da un respiro y, además, en cualquier momento hallarán una vacuna (hecha la maldad, fabrican también la venda) y nos la venderán a precio de oro: Negocio redondo, mucho más productivo que una guerra convencional.

Ya digo que no es mía la idea, pero cada vez le veo más visos de realidad. Como en las novelas de ciencia ficción, veo que hay un malo malísimo al que los seres humanos le importan un bledo que, como además de malo, debe ser muy tonto, no sabe competir sin hacer trampas y en eso estamos. Por si faltaba poco, en esta novela de ciencia ficción no hay un héroe forzudo, araña o murciélago que sea capaz de vencer al malo, hasta su siguiente idea genial.

Sólo queda que se concentren las buenas gentes que viven y dejan vivir; que viven y tratan de hacer mejor la vida de los demás; que viven y se ocupan de las necesidades de otros, y una vez juntos demuestren que la humanidad no es solo un lado oscuro, sino que en ella hay un lado de luz que triunfará de la perversidad siempre, aunque en ello se deje la vida propia, pero dando vida a otros. Así esos sanitarios que arriesgan la suya, así esos militares, así esos policías y bomberos, así esos servicios de limpieza, así esos ciudadanos respetuosos de las prohibiciones, así esos niños que no entienden lo que pasa y aguantan estoicamente el encierro. Miles y miles de ciudadanos que salvarán la vida y saldrán fortalecidos de esta prueba.

Si algún malvado, efectivamente, ha conspirado para hacernos sufrir, que sepa que somos más los que amamos la vida, los que la respetamos, los que vemos en el rostro de ancianos, pobres, marginados o tristes a nuestros semejantes. Los vemos cargados de dignidad y de derecho a la prosperidad, la paz y la tranquilidad y no nos gusta que nadie nos los arrebate. No nos gusta nada que nos eliminen porque somos costosos. Algún día tendrán que responder ante la conciencia colectiva. Tendrán entonces que reconocer que han perdido la partida, aunque crean estar ganándola.

Nadie me quita de la cabeza que esta pandemia, que dicen es producto del azar o de haberse comido un murciélago, encierra una idea perversa en su concepción y desarrollo por sus efectos, por cómo se disemina, por cómo hay que frenarla y por dónde se extiende. Parece, pues, la obra de una mente retorcida y deshumanizada.

Ya sé que esto se llama paranoia conspirativa. No me importa. Creo que tenía que decir lo que he dicho. La gente de bien está siempre del lado de la luz y la verdad y, gracias a Dios, es mucha más y más inteligente. Sabe donde está la verdadera sabiduría y el verdadero poder, aunque pierda la vida. Los malos y tontos también mueren, por si no se habían dado cuenta.

Cosas que uno cree

Siempre me he tenido por una persona organizada y previsora, lo que no excluye que, en determinadas ocasiones, fuera capaz de improvisar y de alterar los planes previstos sin gran sufrimiento y cierto éxito en la consecución del nuevo fin que se presentaba.

Esta cuestión que nos está atacando mundialmente, el puñetero coronavirus, sin embargo está poniendo en cuestión todo aquello que yo creía de mí misma. Esto es, por tanto, una prueba grande.

No reniego, nunca lo he hecho de estar en casa. Al contrario, me encanta estar en casa y, aunque me gusta salir, acudir a eventos, a espectáculos, a pasear, a charlar con amigos, etc. etc., una de las cosas que más me gusta es estar encerrada en mi rinconcito, haciendo las cosas que me gustan y, si es posible en soledad, más aún. Me encanta cocinar, me gusta escribir, me encanta dibujar y pintar y desde luego me gusta mucho hablar sola, cosa que en compañía resulta complicada, porque te preguntan eso de: ¿qué dices? y te ves obligado a confesar que ‘cosas mías’ o ‘estaba hablando sola’.

Es cierto que en estos momentos no tengo la suerte de estar confinada en mi casa y eso empeora la situación, aunque sea muy consciente que, para estar a miles de kilómetros de mi rinconcito, no es una mala situación, sino buena, amable, cómoda y económica, todo hay que decirlo.

Sin embargo, la bondad de la situación, el gusto que me produce estar aislada, etc., no son cuestiones que yo hubiera planificado, sino que, junto con el puñetero bicho, me han sobrevenido y que no puedo, además, solventar. No hay nada que planificar, no hay nada que improvisar, no hay nada que se pueda hacer.

Tenía previsto regresar a casa en unos días. Poco a poco los acontecimientos se dispararon y me adelantaron el viaje, pero no lo suficiente como para que no nos pillara el cierre de fronteras que nadie avisó que ocurriría. Así que nos hemos visto forzados a quedarnos aquí.

Me doy cuenta de que mi capacidad de adaptación al medio es un poco deficiente. Percibo en el fondo de mi ánimo una especie de laxitud que no es calma, y que tampoco es resignación o conformidad. Es una especie de incapacidad para asumir que no puedo decidir nada y eso me afloja los brazos y me los deja caídos y lacios a lo largo del cuerpo.

De tal manera que no me revelo contra mi suerte. Muchos me dicen que mejor estoy aquí que no en casa, donde las cosas se están disparando y ya tenemos decenas de miles de contagios, miles de muertos y el punto cercano del colapso de la sanidad nacional, tan maltrecha en los últimos tiempos con los afanes privatizadores. Aqui las cosas no son mejores, sino en la apariencia y en la circunstancia muy especial de estar en un lugar privilegiado en cuanto a la seguridad, la compañía y la resolución de los pequeños problemas cotidianos como la higiene, la cama o la comida. A pesar de todo, este es un país en vías de desarrollo. Su sanidad es deficiente en muchos aspectos. No quiero ni pensar que se llegue a una situación como la de España. Es un país con mucho empleo informal (eufemismo manifiesto) y por tanto con poco amparo para los menos favorecidos. Nada que ver, por mala que sea, con la situación de España.

Pero lo que me preocupa no es la posibilidad de un contagio, la precariedad de las soluciones; si me he de morir, pues ya se sabe que eso es lo que nos va a tocar tarde o temprano, forma parte de lo esperable y normal. Lo que realmente me abruma es no poder organizar nada, no poder prever nada, no saber qué puedo o no puedo hacer. Sí, mas bien, sé lo que puedo hacer; esperar sin hacer nada. Y ese no hacer nada es lo que de verdad me abruma.

Hago cosas, mientras estoy aquí. Hoy he hecho una sopa de pescado para todos, para la cena. He cosido una funda de almohada que se había roto, estoy dando (con todo el atrevimiento del mundo) un taller de Cristología. me ducho por las mañanas, me visto, me paseo por el jardín, rezo con las hermanas, escucho misa y leo una novela que me traje. Escribo en el Facebook, en el telefono, miro cosas por internet o escribo estas líneas. Hago cosas. Pero no puedo planear nada. Esta es mi piedra de toque. Esto que yo creía conocer de mí; soy una persona organizada y resolutiva se ha venido abajo. Ahora me pongo frente al espejo y no puedo decidir nada ni resolver nada.

Es en ese momento cuando me ataca la laxitud y me siento como sin identidad. El coronavirus me está impidiendo ser yo, tan simple y terrible como eso. Probablemente, si esto pasa y no se me lleva por delante, tendré que hacer el esfuerzo de asumir que se puede vivir sin planificar, que se puede vivir sin siquiera improvisar -que no deja de ser un modo de organizar de manera diferente. No podré vivir en la convicción anterior.

Si en algún momento pienso un poco más allá, seguramente iré descubriendo que más cosas de mí están demostrándose solo relativamente ciertas. De aquí saldrá otra Montse a la que no sé si seré capaz de habituarme. La sabiduría sobre mí que creía haber alcanzado y que me proporcionaba serenidad, me temo que se ha deshecho.

Seguiremos pensando pues quizá es lo único que puedo planificar; hacerme preguntas y tratar de responderlas

La crítica literaria

No diré los nombres ni del autor ni del crítico, pero sí me pronunciaré acerca de sus quehaceres como poeta el uno y como crítico (y sospecho que poeta también) el otro.

Resulta que el autor se ha adentrado en la narrativa y ha escrito, al parecer, un libro satírico con visos de intriga policíaca o algo parecido. Como poeta es alguien consagrado y que además promueve la cultura, convocando anualmente encuentros entre escritores e intercambiando con otros colegas aproximaciones y debates al quehacer poético. Por supuesto y como muchos, se dedica a la docencia, porque es proverbial que, salvo excepciones, no se pueda vivir de la poesía. Este hombre, al que tengo el gusto de conocer, promueve en una zona cuasi desértica la cultura; una cultura reivindicativa, con visos de demanda social, de lucha contra la injusticia y de crítica política. Es decir que se trata de un hombre con conciencia política; un ciudadano comprometido. Esto, todo ello, es siempre bueno incluso si su poesía no nos gusta, si promueve causas que no compartimos y se junta con otros poetas que no nos interesan demasiado, pues en gustos e ideologías  no hay reglas. Pero que haya gente capaz de preocuparse por algo más que ganarse el salario, dedicando su tiempo libre a causas nobles como las de elevar el nivel cultural de sus coterráneos, que junte a los que puedan ser sus competidores en las lides poéticas y los promocione, no es mala cosa y es muy de agradecer, porque tras lidiar con 21 horas semanales de adolescentes no interesados en Garcilaso, Lope o Machado que aún le queden ganas de todo eso es no sólo admirable sino hasta heroico.

Por su parte, también conozco al crítico personalmente y he compartido espacio cultural con él, de manera que me puedo hacer una idea de cómo piensa y de cómo vive la Literatura. Digamos que es un profesional de la misma. Ha estudiado para ello y ejerce en una Universidad, aunque aún se halla en el terreno del meritorio. Pero ha ido ganando predicamento, posiblemente a partir de su tesis- son infinitos los libros que se publican a partir de una tesis- y lo digo con conocimiento de causa. Su obra mayor ha sido una Antología poética en la que sin duda ha incluido a los mas conocidos, llegando a la poesía ‘joven’; es decir, a las promesas poéticas que, en mi opinión necesitan que pasen dos siglos sobre su producción para que podamos decir algo de ellas. También en mi opinión (yo también he estudiado para hacer crítica literaria), la selección de unos y otos ni es la mejor de los consagrados ni dice nada positivo de los noveles. Me lleva a pensar que este crítico es también poeta, precisamente eso mismo. Ha escogido a los indubitables, pero no en su más brillante expresión, y a los noveles más mediocres para que, caso de que llegue el momento, su poesía brille en todo su esplendor. Algo tiene el crítico, sin embargo, más acentuado contra el evaluado poeta metido a narrador, pues comienza su crítica, publicada en un diario de tirada nacional, descalificando al hombre, no al libro. Sin decir nada bueno de su poesía ni de su obra anterior y desmontando despiadadamente la obra objeto de análisis.

Cuando un crítico se ensaña con la personalidad de un autor, deja de ser crítico y comienza a ser simplemente un hombre airado y ofendido. Los autores no tienen por qué ser unívocos, ni perfectos, ni encantadores, ni generosos, ni políticamente correctos, sino y solamente buenos escritores y poetas. Si son malos, lo son por su obra, porque el crítico no es un moralista, creo yo.

Podría seguir hablando de este asunto que no deja de ser baladí en el fondo y en la forma, pero me temo que quien queda malparado en esta crítica no es el autor, sino el propio crítico. Como la fabulación es una de mis tentaciones más firmes y procuro caer en ella, me pregunto ¿no será que el autor no ha incluido jamás a este crítico (poeta encubierto) a sus convocatorias de poetas? Debo decir que a mí me invitó en una ocasión y decliné, porque no me tengo por buena poeta, pero eso demuestra que el  autor es un hombre generoso y no un crítico feroz.

Entre ambos hay algo así como unos veinte años de diferencia en la edad, así que no pierdo la esperanza de que el crítico madure.

 

Felices veinte

Parece que fue ayer cuando las mujeres se acortaron las faldas y se peinaron como hombres, a la garçon. Pero han pasado cien años e iniciamos la década de los veinte del siglo XXI. Sin embargo, cada vez están más presentes, de manera necesaria, las feministas y otras que no lo son de manera declarada, reivindicando su derecho a la igualdad de trato, al respeto, a la dignidad de seres humanos. Cien años  y repitiendo los mismos mensajes como si el mundo no hubiera dado ninguna vuelta sobre sí mismo.

Si miramos hacia otro lado, resulta que las Naciones Unidas, siguen reuniéndose y votando resoluciones que casi nadie acata. Se recomienda contención en el desarrollismo salvaje que se carga la Naturaleza y todavía hay quienes no se preocupan del daño que causan, simplemente por incrementar sus beneficios o por simple comodidad.

Si volvemos la mirada hacia otro de los rumbos, allí están los poderosos de la Tierra haciendo lo de siempre; amenazar con la fuerza a aquellos que se resisten a su dominio e intereses. Yo quiero ser más que tú, se gritan unos a otros. Yo quiero estar solo porque solo soy más fuerte y tengo más importancia. ¡Necios!

Un rumbo más allá, nos peleamos por vender más, por consumir más, por usar y tirar y despreciamos olímpicamente a los pobres, a los que no pueden consumir, a los que solo quisieran tener la seguridad de un techo, de una comida caliente, de un trapo con el que cubrirse. Tenemos la desfachatez de decir en público que esos hambrientos y harapientos, que apenas se sostienen en pie, son gente peligrosa, que nos quitan lo que tenemos, que contaminan nuestros hábitos y nuestro habitat. ¡Estúpidos!

Seguimos encubriendo crímenes, escapamos de la cárcel por los pelos, después de haber robado durante años a manos llenas. No respetamos a las instituciones, nos importa un pito la necesidad y la tranquilidad de los antes llamados súbditos y ahora, quién sabe con qué aviesa intención, llamados ciudadanos. Posiblemente con la de cargar sobre ellos la culpa de los desastres y de la incuria de los que se arrogan el derecho a dirigir a los demás. ¡Insensatos!

En fin, derribamos estatuas, como ya hacían hace cinco mil años los asirios o los egipcios de aquellos vetustos imperios. Pero al menos ellos hicieron avanzar el mundo, por algo los llamamos la cuna de la civilización. Oh, se me olvidaba… Nosotros somos el siglo de la Tecnología que, de momento y en buena medida, solo sirve para que unos cuantos poderosos espíen a todos los ciudadanos y sepan donde están a cada instante, cuáles son sus hábitos de todo tipo y así poder manipularlos a su antojo. También proveen de medios para que millones de insensatos escriban sus eslóganes o cuenten las chorradas que se derraman de sus cerebros a cada momento, sin medir las consecuencias de sus burlas, escarnios o insensateces.  ¡Qué gran avance!

En fin, dudo de que, en el futuro, los historiadores puedan llamar a estos veinte, los segundos felices veinte. Aquellos no lo fueron tanto; solo un paréntesis entre una mortífera guerra y otra aún más insensata (si es que alguna vez hubo una guerra sensata). Pero aquellos produjeron libertades, arte y cultura, alegría de vivir y de explorar el mundo. Ojalá aprendiéramos de la historia y no repitiéramos hasta el aburrimiento las mismas miserias.

Deseo a todos unos felices veinte de verdad en que seamos más humanos, en que cultivemos más el espíritu, en que seamos más solidarios, más capaces de ponernos en el lugar del otro, en el que hagamos silencio y reflexión con más frecuencia, en que seamos conscientes de la hermosura del mundo y de nuestro deber de mantenerlo bello y equilibrado, que seamos confiados y veamos en los demás lo que vemos al mirarnos en el espejo cada mañana.

Persigamos la felicidad con ahínco. Persigamos la paz y la concordia con tesón y el agradecimiento por lo que hemos recibido de la Naturaleza, de Dios, del azar o de lo que sea, pero demos las gracias por ello, porque no merecemos nada y se nos da todo. Empezando por la vida.

Ánimo, si somos perseverantes, se dirá dentro de cien años que estos fueron los verdaderos felices veinte.

Cristianos, sustantivo

No hace mucho, Juan José Tamayo publicaba un artículo en El País acerca de los dirigentes políticos que se proclaman cristianos y que militan en formaciones de extrema derecha y los calificaba de ‘cristianofascistas’. Sin discrepar con Tamayo, por otra parte buen amigo y hombre fiel a sus ideas, que en buena medida comparto, quisiera hacer unas puntualizaciones, pues no es el caso del todo ajustado ni privativo de la derecha.

Bolsonaro y Ortega, sin duda y en la apariencia, no militan en el mismo bando, ni siquiera en la misma zona. Se supone que el primero es de derechas y el segundo de izquierdas. Sin embargo, se puede decir que forman en las filas de quienes se agarran al poder y hacen todo aquello que sirva para mantenerlos ahí. Por tanto, no es fácil calificarlos de fascistas o cristiano fascistas, cuando ellos mismos se proclaman cristianos.

El problema, en el fondo es una cuestión gramatical que, como todas las cuestiones gramaticales -aunque muchos digan que no sirven para nada- son esenciales y en este caso, más.

Cristiano no es un calificativo. No es un adjetivo. Es un sustantivo. Es algo que se es o no se es. Para serlo, además de pertenecer mediante el bautismo o una adscripción expresa a alguna de las iglesias que siguen a Cristo, hay que vivir de una determinada manera; como Cristo lo hizo y, consecuentemente, llegar incluso a dar la vida por los amigos.

En el Evangelio, que es, en sus distintas versiones (Lc, Mr. Mt y Jn) en donde se encuentra el legado y las indicaciones de Cristo, se habla de un modelo de persona que no quiere ser el primero, sino en el servicio (lavatorio de pies); dispuesto a acoger a aquellos que la sociedad rechaza (leprosos, publicanos, extranjeros, samaritanos, prostitutas); que no enjuicia a nadie (que tire la primera piedra…); que señala las corruptelas (mercaderes en el templo, fariseos); que quiere que los seres humanos estén vivos y con el entendimiento presto (los sordos oyen, los cojos andan, que los muertos entierren a sus muertos); que prefiere a los inocentes (solo si sois como niños); que promete incluso el Paraíso por un simple acto de amor y comprensión (el buen ladrón).

Este modelo esbozado de manera muy esquemática no se compadece con las actitudes de quienes cierran el paso a los que sufren y huyen de su tierra por causa de la violencia. No se corresponde con los que queman la Amazonía para enriquecerse, destrozando el Planeta en que todos tenemos derecho a vivir. No tiene par con la actitud de los que siembran la discordia, y aún más, organizan guerras, asesinatos o trafican con personas y drogas que matan. No tiene nada que ver con los indiferentes ante el sufrimiento y la pobreza. No es sin duda el modelo de quienes dividen y siembran rencillas, creando a cambio modelos de odio y rechazo.

Quien se comporta según el Evangelio no es calificado de cristiano; es esencialmente cristiano y ya no puede ser otra cosa. Esa es su esencia, su entidad. No tiene calificativo posible. No es ‘buen cristiano’ o ‘mal cristiano’ y, por eso, no puede ser cristiano fascista o cristiano liberal o lo que sea. Solo cristiano.

Cristiano es un término sustantivo que se refiere a la esencia del ser de una persona que sigue a Cristo. Esos señores y muchos otros que dicen defender las tradiciones, el orden, las buenas costumbres y que jamás sentarían a su mesa a un pobre, a una prostituta o a un publicano, esos, no son cristianos. Serán cualquier otra cosa y en ellos, cristiano no puede ser ni siquiera adjetivo, porque no son ni eventualmente seguidores de Cristo.

En cualquier caso, quede claro que no quiero, como persona que intenta seguir a Cristo, que me metan en ese saco. Mi esencia es otra. Imperfecta, pero otra.