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La ardilla provocadora

 

 

Para Martina, Álvaro y Javi

Hace algunos años, se le encargó a la tía Mon que hiciera un cartel indicador de la finca El Plano. Para que no fuera tan simple como las letras y un pequeño marco, ella seleccionó un par de rasgos identificadores de la finca; la torreta que corona el tejado y una ardilla en actitud de comerse una piña.

Durante mucho tiempo, las ardillas de verdad, no la pintada en el cartel, se paseaban por los troncos de los árboles, por el emparrado de la placeta, pero huían al menor movimiento de seres humanos en su camino.

Luego, de repente, desaparecieron y echábamos de menos sus graciosos saltos, sus carreritas con el lomo ondulante y la cola enhiesta.

Ahora en la casa hay una perrita que se llama Micaela, pero la llamamos siempre Mica. Aunque es una perrita de ciudad, conserva intactos sus instintos y persigue con saña a los pequeños ratones de campo, les ladra y trata de ahuyentarlos, cuando no de cazarlos, como mandan las normas de la naturaleza.

De repente, han regresado las ardillas. Primero, lo supimos porque debajo de los airosos pinos, que hace muchos años plantó el abuelo Joaquín, aparecían roídas y como escobillas las piñas. Luego, porque alguno de nosotros vio a una de ellas corretear por el tejado. ¡Vaya! han vuelto las ardillas, qué bien, porque son tan graciosas de movimientos, con sus saltitos, sus carreras que interrumpen  cada dos o tres pasos, deteniéndose a mirar con precaución a derecha e izquierda. Son tan ágiles trepando a los troncos con los que se mimetizan, permaneciendo inmóviles y como aplastadas y formando parte inseparable de la corteza.

Mica ha descubierto en estas criaturas ligeras y que parecen aladas un motivo más para soliviantarse y nos atruena los oídos con sus ladridos, saliendo de pronto disparada hacia donde ha visto moverse a la ardilla.

Sin embargo, hemos observado que hay una ardilla que no tiene el más mínimo pudor en pasearse contoneándose coqueta por delante de los humanos que estamos sentados tomando el fresco, charlando o leyendo un libro. Desciende del emparrado o de los árboles y pasa altanera ante nuestras narices, aunque siempre lejos de nuestro alcance. Además la muy ladina viene con toda la intención de provocar a Mica. Esta cae en el engaño, mientras la ardilla en lo alto del árbol la mira y lanza pequeños gruñiditos que sacan a la perrita de sus casillas. Luego, la ardilla descarada se desliza por el tronco hasta el punto en que Mica puede contemplarla sin impedimentos, pero donde a pesar de los saltos y brincos de la perrita, no puede alcanzarla.

Una vez que la ha irritado y ya no le divierte este juego provocador, la ardilla con sus saltitos y carreras se desliza por las ramas, mira a derecha e izquierda, se pierde entre las hojas de la parra y regresa a su pino favorito a seguir mondando las piñas.

La perra, una vez ida la descarada ardilla, se sosiega. Pero el mismo juego se repite cada día y parece que la ardilla lo haga a propósito para enervar a la perrita.

Se empieza a acercar a pasos agigantados el mes de septiembre. Entonces la casa, los pinos y las ardillas regresarán a su soledad, mientras los humanos y Mica, la perrita de ciudad, regresan a sus rutinas cotidianas. Mica dormitará en su cesto, se tumbará indolente sobre el parquet o en su rincón favorito del sofá, toda la agitación de su vida será dar un paseo por el cercano jardín público, un par de veces al día. Entre tanto, la ardilla provocadora quizá la busque por todas partes, aburrida de no tener a quien soliviantar. Aunque este aburrimiento pronto desaparecerá, pues los primeros fríos del invierno la invitarán a recluirse y dormir hasta que llegue la primavera.

Tendremos que esperar con paciencia que vuelva a llegar el verano.

Filosofía

Podría parecer contradictorio que ubicara un escrito que lleva el pomposo título de ‘Filosofía’ en un apartado que yo misma he titulado como ‘asuntos baladíes’. Alguien, incluso, podría sospechar que no tengo ni idea de qué significa ‘baladí’ y que uso la palabra porque es eufónica, porque es bonita -que lo es- o por aquello de su origen árabe que tiene resonancias de mis propias raíces. Pero, no. Sé perfectamente lo que significa ‘baladí’.

Se califica de tal aquello que carece de importancia, que es insignificante, incluso grosero o propio del pueblo llano e iletrado. No en vano la palabra procede de balad  que se refiere a pueblo.

Es cierto que he escamoteado al lector un dato importante porque si no lo hubiera hecho, realmente no serían necesarias todas estas líneas que llevo escritas. Ya se sabe que los escritores -y me atrevo a pensar que lo soy- solemos escoger algo mínimo que pasa ante nuestros ojos y sobre ello elaboramos todo un texto que puede ser más o menos ingenioso, intrigante, lacrimógeno o divertido, según la inspiración del momento.

La cuestión es que, por una vez, voy a revelar mis fuentes para que se comprenda por qué la ‘Filosofía’ puede llegar a ocupar un lugar bajo un etiquetado general de ‘asuntos baladíes’.

Con frecuencia oigo en la radio una cuña publicitaria en la que un individuo, posiblemente muy experto -no me siento capaz de juzgar ni sus conocimientos ni su capacidad de transmitirlos- se presenta a sí mismo como competente en materia de organización de negocios y se ofrece a enseñar a cualquiera que se dedique a la empresa, al comercio o a actividades relacionadas. Para convencer a los oyentes de su capacidad, desarrolla un apresurado curriculum en el que, entre otros títulos de instituciones extranjeras o al menos con nombre inglés, se denomina a sí mismo como coach, palabra que últimamente está de moda y que ha servido para desplazar a múltiples posibles equivalentes de larga raíz en español como entrenador, mentor, consejero, maestro, orientador y algunas más.

Y finalmente, se define como ‘filósofo comercial’. Aquí ya me quedo varada y no sigo escuchando el anuncio. Al revelar este calificativo, me parece que se entenderá perfectamente por qué acabo de incluir a la Filosofía en el epígrafe de ‘asuntos baladíes’.

El resto de comentarios que podría desarrollar sobre el asunto lo dejo al ingenio del posible lector. Así como dejo a su capacidad de análisis reflexiones acerca de cómo se degradan las cosas más nobles con el paso del tiempo. No me siento en este momento con ánimo para desarrollar este último asunto, que lo es y de largo aliento, porque hace mucho calor ya que aún estamos en verano.

Del verano de 2018

Casi todos los veranos se producen encuentros familiares, se disfruta de la playa y el campo. Se repiten gestos, comidas, charlas y recuerdos. Sin embargo no todos los veranos hay un niño que pasa por su primer cumpleaños. Es una fiesta en la que los mayores suelen disfrutar. Comen hasta hartarse, charlan y se ríen y cantan como si fueran niños ellos también el ‘cumpleaños feliz’ con voces más o menos desafinadas. Lo más normal es que quien cumple años, aún no esté en condiciones de soplar con efectividad para apagar su velita, cumpliendo con el rito. Sin embargo, siempre hay alguno más mayor, hermano o primo, que está dispuesto a hacer ese servicio, mientras el cumpleañero mira con cara de sorpresa semejante ritual.

Los primeros baños en la playa o en la piscina. Los saltos y cabriolas, las heroicidades, saltar las olas y aprender a bucear, son acontecimientos notables. Los niños conocen a sus primos a los que no suelen ver durante todo el año y se producen encuentros y desencuentros, ratos de amigable juego y otros de disputas por las cosas más nimias, que suelen terminar en lágrimas y madres o padres tratando de conformar y distraer a los contendientes.

Los abuelos, para ganarse a sus nietos, hacen también sus propias tonterías, como poner caras y hacer visajes, dar saltos indebidos o cargar en brazos con los niños, con graves consecuencias para sus lumbares. Se estrujan las meninges recordando juegos y cuentos y haciendo el ridículo porque no conocen a los protagonistas de los últimos dibujos animados. Aunque saben canciones que los niños jamás han oído, o conocen los nombres de los árboles o saben que dentro de una piña están los piñones. Les señalan a las estrellas más relumbrantes y les dicen los nombres. Incluso se tiran a nadar desde el trampolín, haciendo la bomba, y con eso dejan a sus nietos con los ojos redondos como platos.

Los abuelos suelen cantar cosas que no son finas y educadas, como lo de ‘tengo un moco…’ o dicen todo seguido ‘cacaculopedopis’, como si fuera una fórmula mágica. Saben múltiples canciones en varias lenguas que sirven para hacer cosquillas. En fin. Cada uno cumple con su papel y con frecuencia se empeñan en comerse a besos a los nietos que rehuyen la agresión, pero que en el fondo saben que ese es el tributo que han de pagar para que el abuelo y sobre todo la abuela les cuente un cuento.

Entre estas cosas se pasa el verano. Ese tiempo mágico del calor y las moscas, de subirse a los cacharritos de la feria, de comerse un helado a lametones y quedarse con bigotes de chocolate. También es el tiempo que ellos recordarán cuando sean mayores y los abuelos ya no anden por este mundo. Los abuelos, por su parte, si no pierden la memoria por la edad, todavía llegarán a contarles cuando sean un poco más grandes, tú y yo hacíamos esto y lo otro cuando tú eras pequeño. Ellos dirán y qué más hacíamos abuela y sera el momento de magnificar aquellos pequeños juegos y de decirles que eran unos niños estupendos, pero que ahora nos encanta que sean tan mayores.

La vida es eso. Ir creando poco a poco nuestros pequeños hilos de leyenda. Nuestras pequeñas historias, tan semejantes a las de todos, pero a la vez propias y distintas. Retazos de una tela para el tejido que nos sostiene mientras estamos metidos de lleno en el tiempo. También es la materia que caldea las ausencias del invierno y mantiene el cariño encendido a pesar del frío.

De todo ello hay documentos gráficos, porque ¿qué sería de nosotros sin imágenes que refrenden lo que decimos? Aunque algunas, las más importantes a lo mejor solo obran en nuestra memoria; la de mi nieto pequeño abriendo su primer regalo de cumpleaños. La de mi nieto mayor descubriendo que le acaban de regalar su primer reloj de pulsera.

 

 

 

 

 

 

 

Perplejidad

Una noticia reciente señala a un cargo de cierto partido, implicado en múltiples casos de corrupción, como autor de un nuevo delito de abuso de poder. La acción delictiva se remonta a febrero de este mismo año, no a hace diez o quince. Así que este buen señor, por no denominarlo individuo,  no tiene el más mínimo sentido de la decencia, lo cual parece probado, sino que carece además del menor indicio de miedo a las consecuencias de sus actos. Posiblemente es que está convencido de que sus actos no tienen más consecuencias que las de hacer amigos y sacar provecho de ello. Por otra parte, en ese mismo partido, agobiado al parecer por los numerosos casos de corrupción, se acaba de producir lo que llaman ‘una renovación interna’ llevada a cabo por un joven miembro del mismo que ha conseguido aunar las voluntades de sus correligionarios. Este joven ha nombrado en su ejecutiva, depurada al parecer de corruptelas, a este individuo del que hemos comenzado a hablar y que parece un desfachatado modelo de corrupto.

Bien, por si el asunto no fuera lo bastante notable, el propio joven lider de esa formación está en cierto entredicho por haber logrado un título universitario de manera poco clara.

A mí que me educaron  bajo la premisa de una ética siempre sometida a revisión y examen de conciencia, que me ponderaron el propósito de la enmienda como una meta indiscutible a alcanzar y si no era capaz de ello a cumplir la penitencia por mis actos torcidos, estas realidades y la tranquilidad con que se producen, la sonrisa imperturbable con que se acogen y otros rasgos más me dejan sumida en la más absoluta de las perplejidades.

Por otra parte, estamos asistiendo a un fenómeno verdaderamente llamativo pero que va en la misma línea.  Tengo la impresión desde hace tiempo ya de que un movimiento separatista y nacionalista que nos trae en jaque desde hace más de un año, por no decir más tiempo, es sin más una cortina de humo que trata de desviar la atención de hechos muy graves que suponen el uso indebido de dineros del Estado, su apropiación y uso torticero y el enriquecimiento personal de algunos, creando redes clientelares de cómplices y encubridores que igualmente se benefician de determinadas prebendas.

El sentimiento nacional, el orgullo patrio, la pertenencia entendida como sagrada son sentimientos que no comparto más que muy levemente y desde luego para mis adentros como algo que me señala y me entronca, pero que no considero ni mejor ni peor, sino simplemente perteneciente a mi historia personal. Sin embargo, estoy dispuesta a aceptar, incluso a tolerar de buen grado que haya personas que hagan de ello una causa propia y lo conviertan en una lucha por conservar rasgos culturales, por ejemplo, que de otro modo correrían el riesgo de perderse u olvidarse.

Pero que se use ese tipo de argumentación que toca a lo sensible de muchos, en una dirección u otra, para ocultar delitos continuados que no sólo han beneficiado a una institución política respaldada por ciudadanos de buena voluntad, sino que ha permitido que muchos se lucraran a título propio e individual, me parece absolutamente deplorable.

No obstante, ahí tiene una baza el gobierno que trate de establecer un diálogo provechoso y que reconduzca la situación: ‘Sabemos que sabéis que lo sabemos’. Claro que viendo la cara dura que desarrollan unos y otros ante los casos de corrupción, no se si esa amenaza servirá de algo y se seguirá invocando la sagrada patria para ocultarla, pero no me cabe duda de que lo que yo creía era falta de cintura política, posiblemente era que los miembros de aquel partido, donde la corrupción ha campado a sus anchas y lo sigue haciendo, no pudieran emplear ese argumento, pues la respuesta era fácil: Y tú más. Por eso esperaban que los juzgados llegaran a instruir las causas para desenmascarar a los culpables y así desmontar los falsos argumentos patrióticos. Ya se sabe, no obstante, que la justicia es lenta y finalmente habrá que llevar a cabo una limpieza a fuerza de negociación política. Espero que la amenaza antes sugerida pueda surtir algún efecto positivo.

Mientras, yo sigo en mi perplejidad, aunque no me dura demasiado. Con estos calores no puede uno calentarse además gratuitamente la cabeza. Feliz agosto a todos.

Una buena marca

Veinte años de reloj nos separan. Para ser exactos veinte años y dos meses. Ella es la hermana mayor de mi marido. Pero no la registro aquí por su relación familiar conmigo, sino por otras muchas razones.

Maruja, como la llamamos en casa, es una mujer que ha sido durante muchos años una competente profesional de la Medicina, carrera que estudió después de haber hecho enfermería. Se dedicó a alergia infantil y, cuando se jubiló, decidió irse a vivir a la ciudad de la que toda la familia es originaria. Durante muchos años, su casa fue nuestra parada y fonda cuando visitábamos la ciudad. Aunque ella no tenía familia propia era sin duda una magnífica anfitriona y en su casa se estaba muy a gusto.

Han pasado los años y también nosotros, tras jubilarnos, hemos ido a dar en la misma ciudad. Ahora tenemos la ocasión de verla con mas frecuencia. De hecho se ha convertido en un hábito el ir a visitarla los domingos por la mañana y ponerla al tanto de nuestras novedades. Ha sido capaz de adaptarse a las dependencias propias de su mucha edad, aunque hay que decir que está como una flor. Gracias a Dios no tiene enfermedades notables, come y duerme bien y aunque le falla la memoria inmediata de vez en cuando, ya me gustaría a mí estar tan lúcida como ella.

Pero lo que me gusta más de ella es que es una mujer sabia. En todas sus elecciones a lo largo de la vida, ha acertado y eso es indicio de un recto pensar y un acorde proceder. Después de una vida muy activa y de ser una gran viajera, acepta la pereza que le da pensar ahora en largos desplazamientos o siquiera en una excursión. Muchas veces hemos hablado de los defectos de cada una y tiene perfectamente asumidos los suyos que, aunque le molestan y por más que lucha contra ellos, sabe que es batalla perdida. Su sabiduría llega a aceptar la dependencia con humor; un humor socarrón que es seña inequívoca de que es un espíritu libre y que obedece por aquello de que para qué beligerar.

En todos los terrenos tiene una profundidad de pensamiento y sentimientos que es notable. Su vida interior es rica y su fe es a prueba de bombas, sin que por ello sea una beata rezadora sin sentido o por hábito. Todos sus actos son ordenados y pensados y eso no supone en absoluto que sea una persona rígida, al contrario es tolerante y flexible y tiene las ideas muy claras. Conoce al dedillo sus principios a los que no renuncia, pero no intenta imponerlos a nadie.

En el empleo de sus bienes y haberes ha mostrado siempre una gran cordura y una sensatez digna de consideración. Siempre ha sido generosa sin alharacas y tiene un altísimo sentido de la justicia distributiva.

Es simpática, educada, divertida y elegante. En definitiva. lo dicho; una mujer sabia. Me alegra haber celebrado con ella este último cumpleaños y espero que podamos celebrar muchos más.

Las Villas

Es curioso, llevaba bastante tiempo sin pintar y aunque tengo más tiempo y la ocasión, no me atrevía a ponerme a ello, como si temiera que la mano o el color se volvieran huidizos. Después de una serie de ensayos a plumilla y a lápiz, finalmente me puse y salió esto. Es acrílico sobre papel amate que me traje de México. No me ha quedado mal. Estoy satisfecha. Por qué a veces temores infundados nos paralizan. Sólo se ha empleado azul prusia, tierra siena clara, blanco y negro.

Dependencias

Con cierta frecuencia, se producen en el lenguaje variaciones de sentido que nos pasan desapercibidas y sin embargo suponen síntomas importantes de la mutación de los significados, sea por reducción o por ampliación, que a su vez señalan a cambios de profundidad en los modos de entender el mundo de las sociedades.

Últimamente se habla mucho de ‘dependencia’ en España. Normalmente el término va asociado a Ley de. Es sabido que los historiadores suelen confiar en los códigos legales de cualquier época como fuentes importantes para el conocimiento de ese o aquel periodo de la Historia. Los códigos legales, escritos en piedra, pergamino o impresos, suelen reflejar dos cosas, que los historiadores se empeñan en desentrañar, cotejándolos con otras cosas o fuentes que provengan de documentación literaria, arqueológica, etc; o bien que las leyes reflejan el ideal de una sociedad (es decir lo que no se ha alcanzado todavía), o bien que ponen de manifiesto algo que se teme. A veces, las leyes reflejan ambas cosas. Es decir, dejan entrever aquello de lo que la sociedad carece o bien aquello que sobreabunda.

Cuando hablamos de ‘dependencia’, en general y en particular de la Ley, estamos haciendo referencia a esa situación en la que por razones de vejez, enfermedad u otras causas, una persona no puede valerse por sí misma y necesita la ayuda de otra para las tareas más simples. Existe un caso específico que se refiere a aquella persona que necesita del consumo de determinadas sustancias, pero esto entraría en el campo de la enfermedad. De manera más amplia, hablamos de dependencia cuando por razones económicas una mujer o un joven no pueden desempeñarse por sí solos y dependen económicamente de sus padres, de un marido o de una institución. Si nos fijamos en el cambio semántico que se ha producido en la palabra, veremos que en lugar de significar lo que básicamente significaba hace años: Era lo contrario de independencia y esta venía a ser el ejercicio de la libertad personal. Comprenderemos que la dependencia, entonces, significaba más bien una actitud del espíritu o de la mente que le impedía a uno alcanzar la libertad de pensamiento y acción, aunque en ocasiones viniera provocada por carencias de tipo material, pero esto era secundario. Se decía: ‘aún depende de sus padres’, ‘es un adulto pero depende para sus decisiones de la opinión de su mamá’, ‘no sabe hacer nada si no se lo dice su esposo/a’.

De manera que me parece que la palabra ‘dependencia’ ha ido recortando su campo semántico y se ha especializado en una situación de ‘sumisión por razones materiales’. Ya no significa la falta de criterio propio, la poca iniciativa, la libertad de pensamiento o acción.

Esta modificación del sentido me ha llevado a reflexionar en diversas direcciones que podrían resumirse en dos: La primera es que me educaron en un medio en donde se favorecía la dependencia y me empeñé desde que tuve uso de razón en volverme independiente. La segunda es que la dependencia no es sólo una cuestión material, sino afectiva y si se quiere sentimental, aunque en determinados aspectos tenga una connotación racional y materialista.

En relación con la primera de las cuestiones, a nosotros (me refiero a los de mi generación) se nos educó de manera general en el espíritu de la obediencia. Pronto descubrimos que este valor es ambiguo e incluso contraproducente en muchas ocasiones. Las órdenes a obedecer son con frecuencia absurdas y el solo reflejo de un ejercicio del poder poco razonable. De manera que crecimos empujando la frontera de la intervención de nuestros mayores y abriendo nuestro propio espacio, no siempre con acierto, pero en un proceso del todo necesario para alcanzar nuestro propio discernir y, por lo tanto, la independencia, es decir, la libertad (y con ella la responsabilidad).

Como se suele construir sobre los errores de la generación anterior, cuando nos tocó educar a nuestros hijos, no queríamos que nos obedecieran, salvo por su propio bien cuando eran muy niños, sino que actuaran según criterios y valores, explicándoselos con todo lujo de detalles. Los alentamos, pues, a tomar sus propias decisiones y caminos en la vida, aunque en muchos casos nos pareciera que se equivocaban o se metían en problemas innecesarios, pero argumentamos para nuestros adentros que aquellos tropiezos les harían crecer y aprender. En definitiva hacerse adultos responsables e independientes. Para este sistema de educación algunos de nosotros (yo especialmente) hemos tenido que luchar denodadamente contra el espíritu natural de gallina clueca. Es posible que mis hijos hayan apreciado esta actitud como indiferencia o comodidad, pero he corrido el riesgo. Con este sistema yo pensaba que la dependencia mutua que se generaba entre mis hijos y yo sería más bien un vínculo espiritual y no material.

En esta línea y por mi propia experiencia de los últimos años, he ido dándome cuenta de que la dependencia es efectivamente y fundamentalmente afectiva, al menos en mi caso. La enfermedad de uno de mis hijos que, luego, no resultó ser grave, pero que se presentó repentina y escandalosamente, me reveló de forma indiscutible que mi vida dependía de la de ese hijo, aunque siendo como era un niño, más bien él dependía en todo lo que es material de mí. Pero el sentido de mi vida, la percepción del tiempo, la asechanza de la muerte, fueron cosas que se hicieron presentes y ante las que mis modos de comportamiento y reacción mudaron. Me di cuenta de cuánto dependía afectiva y espiritualmente de aquella personilla. Aún hoy en que es ya un adulto puedo afirmar que mi vida cambiaría si dejara de existir. Lo mismo ocurre con todos mis hijos, aunque viven lejos de mí y en mi vejez no recibo de ellos apoyo o compañía ni ningún bien material, la sola conciencia de que que existen sobre la tierra me hace sentirme acompañada. Si ellos desaparecieran mi vida sería otra mucho más triste.

Esta reflexión acerca de la dependencia de un amor tan especial como es el que se tiene a los hijos no cobraría mucha fuerza en mi argumentario si no fuera acompañada de otra reflexión que nace de las pérdidas recientes y no tan recientes de personas amigas y conocidas. En los últimos tiempos en particular han ido desapareciendo del mundo de los vivos compañeros, conocidos y amigos, algunos muy cercanos, que no solo han dejado un gran vacío, sino que han transformado espacios que me eran familiares, volviéndolos ajenos y desconocidos. Ya no me apetece volver  o incluso pasar por lugares en que era frecuente encontrarlos. Algunos de esos a los que necesariamente vuelvo ya no me parecen tan placenteros y hermosos. Es un modo de ir comprendiendo que mi mundo se extingue, va desapareciendo y eso, posiblemente, me facilite la salida de él. Pero también significa que mi vida dependía de ellos, en absoluto desde el punto de vista de lo material o del apoyo o del socorro. Dependía porque su compañía me era grata, porque su sola presencia me permitía reconocerme y reconocer mi lugar en el paisaje, porque creaban un clima en el que me sentía acogida y como formando parte de algo tan intangible como una generación.

Para añadir otro dato más en el que apoyar mis razones acerca de cómo comprender la dependencia como un sutil hilo afectivo, espiritual o mental, está el argumento de la añoranza, a veces corta en el tiempo, del contacto con personas con las que es posible intercambiar inquietudes que nada tienen que ver con comer cada día, con desplazarse o con otras necesidades materiales. Son esas personas con las que puedes tener una conversación enriquecedora, con las que puedes orar en fraternidad, con las que puedes reír porque son ingeniosas. Muchas veces no añoras ni siquiera la conversación, la oración o la risa, sino una simple mirada o una sonrisa. Dependes de esa persona que no resuelve ninguno de tus conflictos materiales, ni siquiera los espirituales o anímicos, pero está ahí, te mira y la miras y sientes la compañía. Son esas personas que saben crear un clima de vida cálida y familiar, hogareña, en el que te sientes a salvo, sin que hagan nada en particular ni tengan que rescatarte de ningún peligro. Esas personas son un regalo. Es decir un don gratuito del que dependes gustoso. Si en algún momento cualquiera de todos ellos desaparece por alguna razón, tu corazón y tu mente se van con ellos y sientes que sin ellos tu vida es diferente, en general menos luminosa.

No sé si he conseguido demostrar lo que pretendía: Creo que esta sociedad solo entiende que su vida cambia si cambian sus circunstancias materiales. No es mi sociedad.

Sufrimiento

No resulta difícil  aceptar el sufrimiento propio, sobre todo cuando nos hemos distanciado de él con el tiempo. En esa mirada retrospectiva a los malos días o momentos, se puede descubrir con alegría que aquella experiencia dolorosa nos hizo crecer, mejorar, trascender nuestro propio yo y avanzar en sabiduría. No le quita este descubrimiento ni una migaja al sufrimiento, no lo palía, no lo elimina, pues su sola memoria resulta igualmente dolorosa, pero inmediatamente se siente compensada por ese otro gran descubrimiento: nos hemos construido sobre aquella pérdida, sobre la derrota o el desengaño, incluso sobre el simple dolor físico o la repugnancia hacia nuestro cuerpo maltrecho.

En el dolor ajeno, ya no es tan simple la cosa. No estamos dentro del sufriente y sabemos que ponerse en el lugar del otro es uno de esos ejercicios difíciles por no decir imposibles. Si amamos a esa persona o simplemente nos mueve un amor humanitario universal, desearíamos tener una varita mágica con la que eliminar los males que aquejan a los seres amados o a los millones de seres dolientes que hay en el mundo. Nos gustaría que nuestra palabra fuera el bálsamo o la fórmula para borrar todo rastro de sufrimiento. Que con el simple hecho de tomar de la mano a alguien lo pudiéramos rescatar de su dolor o de su muerte. Quisiéramos que nuestra oración, recitada con fe y hasta con lágrimas, hiciera el milagro de eliminar todo padecimiento como por ensalmo.

Esta realidad de nuestra impotencia para deshacer el mal que aqueja a otros, conocidos y amados o desconocidos, nos enfrenta con el absurdo del padecimiento. Es cierto que hay males que se explican por la ambición, el afán de poder o el egoísmo de algunos; es decir, por la presencia del mal en el mundo que elimina todo rastro de humanidad en las acciones de los propios seres humanos. Pero hay males que proceden de la misma condición de la naturaleza humana, de su fragilidad, de su deterioro, de su materia deleznable y perecedera. Esto también es fácil de aceptar. Si la muerte llegara como un soplo suave que nos sacara del tiempo a esa otra dimensión de no-tiempo, nada habría que decir. No habría lugar a más sufrimiento que el del estupor de una pérdida repentina que sume a los que están cerca en el desconcierto, pero que tiene la compensación inmediata de la falta del sufrimiento en el ser amado que se ha ido.

Pero lo terrible del sufrimiento ajeno cuyos efectos desconocemos en el ánimo de quien lo padece es que nos enfrenta con nuestra propia incapacidad, con nuestros propios miedos, con la posible falta de templanza que imaginamos, con la desesperanza; en definitiva con nuestra condición más miserable y profunda, aquella de la que no queremos tener ni noticia.

Para contrarrestar ese miedo no nos queda otra que mirarnos con mirada aguda y profunda y reconocer que lo que somos nos ha sido dado gratuitamente. No somos poseedores de un cuerpo sano o hermoso, no lo somos de una mente desarrollada y formada. Sólo hemos disfrutado de ello un tiempo y en cualquier instante eso puede desaparecer o extraviarse, sin que nadie sepa por qué ni en dónde. Ese conocimiento último no está en las manos de nadie en este lado de la vida en la Tierra. Si acaso está en la mente de Alguien cuyas razones últimas no podemos ni imaginar.

La oración debería ser: Permite que me abandone a la fuerza de Tu pensamiento y que en tus manos ponga esto que me has dado.

 

2018. Fiestas patronales de Vistalegre

Son estas fiestas manifestación del espíritu de convivencia de los habitantes del barrio que, este año, por razones que no son del caso, se ha visto puesto a prueba, saliendo sumamente airoso del aprieto. También son muestra devocional a la patrona de la parroquia del barrio, Santa María Madre de la Iglesia, una advocación mariana que se ha visto reconocida al tener su fiesta privativa el primer lunes después de Pentecostés, aunque que María es Madre de todos los que componemos una comunidad de creyentes es y era cosa sabida desde antiguo.

El barrio y sus habitantes han demostrado su gran iniciativa, han aportado variados actos que muestran una vitalidad envidiable y que tienen todos ellos un toque cultural sumamente interesante, que hace referencia a la capacidad creativa, a la conservación de tradiciones, al gusto por la buena música, clásica y moderna, a los ejercicios saludables, a las comidas de fraternidad, en donde se lucen diversas habilidades gastronómicas. Sin olvidar el deporte, los juegos para los niños y sobre todo aquellos que suponen una aportación didáctica. Mayores, medianos y pequeños han contado con su espacio y han podido fraternizar, relacionarse y divertirse cada cual a su nivel, creando un verdadero ambiente de familia y de buena vecindad en el que nadie se siente extranjero. No es fácil encontrar un espacio como este en donde se hagan realidad esas virtudes que tan ausentes parecen de nuestro mundo; la capacidad de sentirse de un lugar con identidad propia, pero en donde caben todos por diferentes que sean. Donde se aúnan armónicamente los aires tradicionales, la música contemporánea y la sacra como símbolo perfecto de esa fraternidad y empatía que sobrevuela todos los actos.

Otro rasgo interesante es que al calor de estas fiestas se van sumando otros proyectos de mejora del barrio, de creatividad que lo embellezca, haciendo la vida más agradable a sus habitantes, sumando el esfuerzo de colectivos diferentes y estableciendo puentes con zonas de la ciudad que son limítrofes, como ya se vio en ese esperanzador proyecto que es el de Barrios con arte y del que se habló en otra entrada de estas páginas.

Aquí se van a reunir una serie de imágenes que hacen referencia a los talleres de yoga, a los bailes del Centro de la Mujer, a los de los mayores, a las actividades solidarias como la barra del concierto de música contemporánea que estuvo a cargo de la Ley de Murphy un grupo magnífico y entusiasta, el Mini chef, dedicado a los más pequeños para iniciarlos en la cocina y en la repostería, y que también tenía su proyección solidaria. A la magnífica gala de presentación de las fiestas en la que se contó con el pregón acertadísimo del concejal Jesús Pacheco, vecino del barrio, y con la dirección entusiasta de Donato. No debemos olvidar tampoco los carteles anunciadores de cada actividad, llenos de ingenio y creatividad producto del buen hacer de Juan Antonio, ni al chico y la chica limón a los que también se dedicó un relato en estas páginas. El fin de fiesta fue la misa y solemne procesión de la Patrona por las calles del barrio, aunque aún quedan para los próximos días una carrera solidaria y un mercadillo con el mismo fin. No faltaron tampoco los fuegos de artificio ni los cohetes que con tanto entusiasmo deja subir al cielo nuestro vecino más entusiasta, Juan.

En fin, un año más hemos disfrutado de un amplio repertorio de actividades, hechas con entusiasmo y alegría entre las que cabe destacar de manera especial el llamado Mapping que es una obra de investigación acerca del sistema de riego por acequias que, dado el desarrollo del barrio, ahora están en el subsuelo. El equipo que lo ha desarrollado ha hecho una labor fantástica identificando el recorrido de esas arterias de agua y de la flora y fauna que las poblaban, para que no se pierda de la memoria que esta área era una zona de huerta. Esta iniciativa merecerá en el futuro enmarcarse en un programa de actividades culturales que aviven la memoria de lo que fue el barrio de Vistalegre antes de convertirse en una céntrica zona urbana.

Desde estas letras quiero dar las gracias a todos por su entusiasmo, dedicación y creatividad y por habernos acogido a nosotros que somos unos recién llegados como parte de esta gran familia de Vistalegre.