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Los que van al infierno

Como cada mañana suelo salir a hacer mis recaditos; las pequeñas compras de carnicería o de supermercado, el periódico, la fotocopiadora o correos. Cada mañana me cruzo con señoras y señores de cierta edad que van en silla de ruedas, unos más espabilados que otros, pero todos o casi todos empujados por chicas con velo en la cabeza o de rasgos y habla claramente hispanos. A la puerta del supermercado me topo con una pedigüeña de voz plañidera que reclama que le compren algo las señoras y caballeros que entran a la tienda. En la acera frontera hay un muchacho de claro origen africano de más allá del Ecuador que pide a la puerta de otra tienda de comestibles. Este saluda y desea buenos días a todos los viandantes y no reclama nada.

Algunos días me paro a tomarme un café en una conocida cafetería y las chicas que sirven tienen también un claro acento boliviano o ecuatoriano, tal vez venezolano o caribeño, según los días.

Hay una frutería bastante bien surtida y ordenada a cargo de un pakistaní o bangladeshi; lo deduzco por su tez oscura y por como escribe su nombre musulmán en la marquesina.

Todo esto ocurre en un radio de no más de 2000 pasos, lo que viene a ser unos 1200 metros según se me chiva mi reloj cuenta pasos.

Estas personas que vienen de otras tierras – y no cuento a los rumanos en bicicleta que recogen chatarra, ni a las ucranianas que se juntan a hablar de sus cosas en una esquina, entre una y otra de sus tareas – han venido a estas tierras tan lejanas de la suya de origen a ejercer una serie de funciones que ninguno de nosotros estamos demasiado bien dispuestos a ejercer.

¿A qué parado se le puede decir que se podría ganar la vida con una bicicleta vieja, con un resto de carrito de supermercado adaptado como cestilla, y que escarbe en la basura para encontrar cosas útiles aún y que pueden tener su mercado? ¿A qué hijo de vecino, ocupado en quehaceres más altos, se le puede instar a que se quede en casa cuidando de la abuela o del abuelo y lo saque a pasear cada mañana o lo lleve a la rehabilitación y se pase allí un par de horas contando musarañas?

Todos esos trabajos que no deseamos, todas esas otras actividades que parecen indignas se las encomendamos a los que vienen de fuera, desde la mendicidad hasta el cuidado de las personas a las que sin duda queremos.

Lo primero nos permite hacer una caridad cotidiana con poco esfuerzo, pero que lava nuestros egoísmos; lo segundo nos exime de renunciar a nuestros trabajos bien remunerados y nos descansa de un trabajo duro y poco gratificante a veces (ya se sabe que las personas mayores se vuelven malhumoradas y exigentes). La recogida de materiales que nos estorban pero que no sabemos cómo reutilizar o reciclar también nos da un descanso al espíritu y nos permite seguir consumiendo sin que nos dé cargo de conciencia.

Mi madre decía que el infierno está lleno de desagradecidos, ahí es a donde irán sin falta todos aquellos que reniegan de los inmigrantes y no ven la necesidad de darles las gracias por sus servicios. Mas bien pretenden cerrarles las puertas y mandarlos de vuelta a su miseria, a su violencia y a su falta de esperanza.

El Mar Menor no es solo un mar

Después de la llamada DANA, antes ‘gota fría’, se ha encontrado una feliz excusa a los males que padece el Mar Menor. Es bueno que haya un diluvio para que cargue con los efectos perversos de la incuria de decenas de años y con los resultados de la ambición desmedida.

Los peces del Mar Menor se mueren por falta de oxígeno. Posiblemente se deba a los vertidos incontrolados de aguas procedentes del riego, de escorrentías y del exceso de construcción que se ha implantado en sus orillas. Pero esas cosas no son catástrofes naturales, aunque sí pertenezcan a la naturaleza humana; a la ambición, al deseo del rápido enriquecimiento, a la indiferencia hacia los daños colaterales. Con todo eso, nos hemos cargado del todo o casi, una pieza de la Naturaleza verdaderamente singular y privilegiada que deberíamos haber cuidado y mimado, protegido y salvaguardado con dedicación extrema, para mantenerla lo más intacta posible y así conservar el medio ambiente.

Pero, el Mar Menor no es sólo una pieza singular de la Naturaleza y el paisaje. Forma parte del paisaje de nuestras vidas y almas.  Cuando nació mi hija, fui a veranear a Santiago de la Ribera. Ella nació un 16 de julio y a primeros de agosto allí nos asentamos, para pasar el mes de verano.

Así éramos los padres primerizos, que bajábamos a la Puntica a bañarnos.

Aquí estamos todos; abuelos, padrinos, primos y sobrinos, en el bautizo de la recién nacida, en la Iglesia de San pedro del Pinatar.

Los niños crecían y aumentaba la familia. Mi padre compró un chalet en Santiago de la Ribera. Era una colonia de gente que pertenecía al Ejército del Aire, habían estado destinados en San Javier y sentían añoranza de la zona. Por eso construyeron allí la colonia, detrás de la Ciudad del Aire y a nosotros, que entonces trabajábamos en la escuela de Idiomas de las Fuerzas Armadas nos ofrecieron participar.  Todos los veranos había algún cumpleaños de los niños de la vecindad y se aprovechaba para disfrazarse. Mis hijos son a la derecha de la foto, una dorada princesa y un poco más centrado un pequeño vaquero de bigotes de carboncillo.

En aquel agradable lugar, desayunábamos en el porche, comíamos allí y hasta cenábamos a pesar de la afluencia de los mosquitos. Todos los días íbamos a bañarnos a la Puntica.

Allí aprendieron sin miedo a nadar los niños, allí montaban en bicicleta, sin miedo a los coches, allí paseábamos o íbamos al circo y a la Feria.

Allí mi hija hacía sus numeritos de baile. y mi hijo, más pequeño, hacía sus propias gracias.

Aunque la foto es muy mala. Han pasado muchos años, pero por la ropa veréis que cualquier vacación era buena para ir a Santiago de la Ribera y pasearnos a la orilla del mar Menor y, entonces, vivíamos en Madrid. Ahí estamos mi hija, mi cuñada embarazada de su primera hija y mi hijo y ahijado de mi cuñada.

Los años pasaron. Mi padre sufrió un accidente y se ahogó en el mar Menor, allí mismo en la Puntica, donde tantas veces nos habíamos bañado todos y habíamos reído y jugado con los niños.

Durante casi tres años, no pude volver por allí. Vendí el chalet y quise olvidar el Mar Menor. Pero ahora, pasados casi veinticinco años de aquello, de vez en cuando vuelvo al Mar Menor, me paseo frente a la playa de Villananitos, doy una vuelta por la feria, mirando los puestos o me voy a cenar con mis hijos frente a la urbanización Los Pinos en el renovado paseo de La Puntica. Allí veo los fuegos artificiales de las fiestas de San Pedro o del Carmen.

Cada verano, el 15 de julio, mi marido y yo nos vamos al restaurante Venezuela, en Lo Pagán,  a rememorar que allí celebramos los bautizos de nuestros hijos, y a celebrar nuestro aniversario de boda; y ya vamos por el cuadragésimo cuarto (44). Lo pongo así porque suena todo lo solemne que debe sonar una cifra como esa.

De manera que el Mar Menor no es solo un espacio natural. Es el espacio de la memoria, de las alegrías y las penas, de los hallazgos y las pérdidas. No son sólo pobres peces muertos, sino la muerte de nuestras vidas. Supongo que como yo habrá mucha gente que, además de vivir de ese mar, tendrá recuerdos como los míos, vivencias únicas, cuyo marco es y ha sido el Mar Menor.

Por eso, no se puede dejar morir ese mar, porque sería como matar la memoria de nuestras vidas.

Vecinos y, sin embargo, amigos

Como cada año, cuando llega el mes de septiembre celebramos en la ‘urba’ de la playa, alias el Miño,  la despedida del año. El fin de año playero, se entiende.

La tradición, mantenida a lo largo de más de treinta años y de la que nosotros participamos gracias a la generosidad de los veteranos desde hace unos veinte, consiste -cómo no- en quedar a comer, más bien cenar, tocar las doce campanadas a la hora correspondiente, tocadas con una mano de mortero y una olla,  y comerse las doce uvas para iniciar un nuevo año en el que, si llegamos hasta el verano siguiente, nos volveremos a encontrar. Esta cena solía componerse a base de los platillos que cada cual aportaba.

El paso del tiempo, sin embargo, ha introducido ligeras variantes. Da mucha pereza ponerse a guisar, de manera que buscamos un restaurante en algún sitio y allá que nos vamos a que nos echen de comer. Generalmente la cosa sale muy bien, porque en todas partes en esta zona se come bien por precio módico. La juerga ya la ponemos nosotros. Como estamos en un lugar público, ya no nos atrevemos a llevar el caldero y la mano de mortero y tocar las campanadas. Tampoco se comen las uvas y una de las asistentes, que vive en Orihuela, ya no trae dulces navideños típicos de ese lugar.

Esta misma amiga comentaba, precisamente el viernes pasado en que tuvo lugar  la cena de fin de año, que esto ya no era lo mismo, que ya no nos divertíamos como antes. Como si de un conjuro se tratara, a partir de ese mismo instante no dejamos de reírnos a mandíbula batiente por las salidas ingeniosas de unos y otros, por alguna de esas cosas graciosas que te hacen soltar la carcajada y, luego, cuando intentas contarlo, quién sabe por qué han perdido la gracia.

Tras la cena que fue esplendida y asequible, nos fuimos a un nuevo lugar de ocio y copas, en el que aún a riesgo de salir volando, porque soplaba un levante poderoso y eso esta casi a la orilla de las dunas, nos tomamos unas ricas copas, hicimos el tonto como convenía a la ocasión, sin importarnos nada lo que opinaran los de alrededor y disfrutamos de un camarero que era una computadora. No solo fue capaz de repetir lo que cada cual había pedido y no éramos pocos, sino que supo a quién debía darle cada cosa. Un hacha, el muchacho.

En fin, una vez mas fue una noche agradable, sin nada especial, pero sí cargada de afecto, de risas y de aprecio mutuo. Es hermoso llegar nuevo a un lugar, aunque ya haga veinte años, y que te acojan como si fueras de la familia, cuando a los residentes les unían ya muchos lazos; unos de familia real, otros de vecindad y amistad desde la infancia. Dice mucho y bueno de los que acogen y obliga a los acogidos a ser agradecidos y a  tener en consideración que, además de vecinos ocasionales, solo del verano, son todos amigos a los que se aprecia y se valora.

Gracias por una velada tan agradable y divertida. Es muy de agradecer que te hagan reír, en este tiempo en que a donde mires no ves cosas agradables. Gracias por acogernos y querernos. Sois totalmente correspondidos.

Ah, se me olvidaba. Los unicornios. Se me ocurrió, porque así lo sentía, lamentar el desprecio generalizado que supone al mito de la joven virgen y los unicornios, el que hayan convertido a estos animales fabulosos en un flotador de proporciones monumentales, que los hayan convertido en toda clase de adornos cursis para habitaciones infantiles. Gracias a Dios, un levante fuerte se los llevó de la playa y pude descansar de mi enojo. Como el día 3 de septiembre cumplí años, estos amigos, de los que hablaba, tuvieron la genial idea de comprar un unicornio como regalo de cumpleaños. Menos mal que una voz sensata lo impidió, y le quedo eternamente agradecida. Pero, quien tuvo la genial idea me inundó el ‘guasa’ de unicornios y creo que merece que los recoja aquí, para que sepa que no le guardo rencor, a pesar de todo.

Bueno, un año más y un fin de año más; todos con salud y alegría, a vivir hasta el año próximo.

La casa del sol

Aliza Bloch ha ganado las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Beyt Shemesh, en Israel.  Que una señora de cincuenta años con experiencia de militancia haya ganado unas elecciones municipales no es noticia. Es lo normal. Lo señalable es que las haya ganado en Beyt Shemesh. Esta pequeña ciudad cercana a Jerusalén tiene una mayoría considerable de judíos ortodoxos, o más bien ultraortodoxos. De esos que se dedican a apedrear niñas, jóvenes o mujeres porque consideran que visten indecentemente. De esos que dejan a la mujer que trabaje para dedicarse ellos al estudio de las materias religiosas, Biblia y comentarios rabínicos. Esos que se benefician de todo lo que un estado social les provee, pero que no cumplen con las obligaciones que ese estado demanda.

-En mi opinión deberían estar todos suspensos y deberían echarlos de las yeshivot (escuelas religiosas) porque desde luego no han aprendido nada ni tampoco entendido nada del judaísmo que dicen practicar celosamente- Pero esto sería algo para comentar en otro momento.

A lo que íbamos es a que, sorprendentemente, ha ganado las elecciones una señora laica que no participa de la visión que estos señores tienen del mundo. Lo más llamativo es que a pesar de la concentración de religiosos en la ciudad se ha llevado más votos. No hay como que alguien se ponga cerril y atosigue a los demás, como para que haya una hermosa reacción en contra. Es decir, parece que los ciudadanos de Beyt Shemesh se han hartado de la vigilancia moral, han tocado su techo y han decidido desprenderse de su anterior alcalde (religioso o filo-religioso) y escandalizar a una buena parte de sus convecinos escogiendo a una mujer, nada menos, y laica, aún peor. Es sin duda este fenómeno producto del hastío y de la vigilancia implacable de aquellos que se consideran los defensores de la moral, convirtiéndose en la conciencia de todos.

Qué tiene que ver esto con el título, pues sencillamente que Beyt Shemesh significa eso: Casa del sol. Y yo creo que en el fondo es la razón última por la que se ha llegado a la situación de tener una alcaldesa poco religiosa. Beyt, que quiere decir casa, también significa templo (la casa de Dios, hemos oído muchas veces). Shemesh es no sólo el sol astro, sino el dios Sol de los antiguos panteones cananeos y Mesopotámicos. Un dios supremo que compartía su divinidad con otros muchos dioses femeninos y masculinos. Debió empezar a estar harto de la competencia despiadada de los seguidores del dios único que, por otra  parte le había arrebatado su lugar entre las divinidades.

Pero para reforzar esta idea de que es la venganza de un dios harto de que le quiten su lugar, para colmo, resulta que la palabra sol es un término femenino en las lenguas semíticas que, como se sabe, son aquellas a las que pertenece el hebreo, junto con otras más. De manera que se completa la revancha con una alcaldesa mujer.

Esto de la Filología, que es lo que yo estudié, da mucho de sí, si se usa bien, claro, como todo.

Santa María de la Arrixaca en Caravaca de la Cruz

El pasado sábado 18 de noviembre se celebró la peregrinación de la Antigua Hermandad de devotos de Santa María de la Arrixaca al Santuario de la Vera Cruz de Caravaca en su año Jubilar, acompañando a la imagen de la Virgen.

Esta peregrinación tenía como doble motivo el de ganar el Jubileo del Año Santo de 2017 y ofrecer una rogativa para que, por la intercesión de la Virgen, llueva y termine esta terrible sequía que amenaza a los cultivos y a la ganadería de la Región de Murcia.

En el Templete, frente a la Iglesia de La Concepción se reunieron los cofrades, acompañando a la imagen de Santa María de la Arrixaca. Por turnos se portó el palio y la imagen de la Virgen por toda la Glorieta, pasando frente al convento de los frailes Carmelitas, para seguir por la calle Rafael Tejeo y luego a la calle Mayor, pasando por delante del antiguo convento de las Carmelitas, hasta llegar a la Parroquia de El Salvador.

Entrando en la Iglesia de la Concepción

La Virgen en el altar mayor

Caminando por La Glorieta

La Virgen pasa por delante de la antigua casa de don Angel Blanc

La Virgen por la calle Mayor pasa delante de la antigua iglesia de la Compañía

La Virgen es recibida por don Francisco a la puerta de la parroquia de El Salvador

La imagen ocupa su lugar de honor en el altar mayor

Entrando a la explanada del Castillo Santuario

Desde la Parroquia de El Salvador en procesión, precedida de la cruz de Caravaca, se asciende al castillo santuario para asistir a la celebración de la solemne eucaristía.

Se inicia la celebración con el incensado de la reliquia de la Cruz

Y de la imagen de Santa María de la Arrixaca

Tras la celebración religiosa y quedar la imagen de la Virgen en el Santuario para veneración de los fieles hasta su despedida y regreso a su capilla en la Parroquia de San Andrés de Murcia, tuvo lugar la recepción del Señor Alcalde de la ciudad, quien como ya ha ocurrido en otras ciudades de la Región, obsequió a la Virgen con la bandera de la ciudad y recibió una réplica de la Virgen como testimonio de parte de la Hermandad.

Tras este acto institucional se celebró una comida de fraternidad con todos los cofrades.

Fue un hermoso día y esperamos que la Virgen escuche nuestras súplicas y nos conceda la benefactora lluvia.

Hamburguesas de pollo y mejillones

Las hamburguesas de pollo no necesitan de nada. Si las encargáis en la carnicería de costumbre ya están suavemente aliñadas y sin aditivos. Se ponen a la plancha con un chorrito de aceite y se sirven. Al que le guste puede ponerle mostaza de Dijon o un buen ketchup.

Los mejillones se cuecen al vapor y no necesitan sino un chorrito de limón. También son buenos los congelados cocidos que vienen con una valva.

Estos platos que parecen poco elaborados, en realidad son suficientemente sabrosos por sí mismos. Se evitan con ellos añadidos de acompañamiento que engordan o añaden grasas innecesarias. Si queréis adornar un poco las hamburguesas unos tomatitos cherry y un poco de rúcula se rán suficientes.

En el año de Gracia de 2017 (Parte II)

Celebrada la cena tal como se refirió en la Parte I, los asistentes se lanzaron a danzar una melodía que, por gentileza de J.R. representaba muy bien al colectivo ‘Gallinero playuqui’ con que se conoce a este vecindario mundialmente.

En las imágenes se puede observar como un catedrático emérito de Lengua y literatura hebreas de la UCM se desmelena y presenta una actitud poco conveniente a tan conspicuo docente. Pero, estas son cosas que ocurren en verano, con la caló. Normalmente se trata de un señor muy serio para sus cosas y de ello no se debe inferir iguales actitudes en miembros del colectivo de catedráticos de Universidad.

 A la voz de. ¡Cari, vamos a deliberar! Los majos salientes, en actitud un tanto desenfadada y poco conveniente ante las miradas de los asistentes, quienes no dejaron de lanzar sus interjecciones y vítores, se reunieron muchísimo a deliberar y a traición le colocaron la banda a los nuevos majos que instantes antes estaban así de contentos y despistados.

Tras la investidura, se procedió como no podría ser de otro modo (frase que dicen últimamente mucho los políticos, aunque, por otra parte, cualquier cosa puede hacerse de muchos modos diversos, pero esta es una discusión para otro lugar…) a los discursos de ambos nuevos majos. De sus palabras y expresiones se deduce claramente, como no puede ser de otro modo (insisto) la emoción que los embargaba y que además se contagió a los asistentes, que corearon frases, lanzaron vítores y aplaudieron a rabiar, mostrando en cualquier caso un gran interés por las palabras de los oradores, casi mayor que el que les prestaban sus alumnos, cuando aún ejercían la docencia.

Este ambiente, en el que los sentimientos estaban a flor de piel, provocó en algunos de los asistentes actitudes de gran fraternidad, aunque juraban que sólo habían bebido cerveza 0/0.

A continuación se procedió a la toma de algunas imágenes muy originales en las que posaron los miembros del ‘Gallinero’ con los Majos recién nombrados. (No se puede hablar de elección, porque no fue precisamente eso, sino una designación a dedo. Aquí no nos andamos con tonterías de hacer que pase por democrático lo que es meramente impositivo. A ver si empezamos a llamar a las cosas por su nombre) (Perdón, que me he ido por otro lado… es que llevamos una racha…)

Para finalizar se llevó a cabo la tradicional fotografía de familia. Por una caída involuntaria, se produjo un escorzo violento, digno del mejor Barroco, que le dio a la imagen una cierta originalidad como se puede apreciar.

Una vez concluidos los actos protocolarios, dos manos inocentes convocaron a la lluvia y se armó… Aunque siempre hay quien tiene a mano un paraguas. Por otra parte el que alguien aparezca en un balcón, acodado en la barandilla con aire inocente no debe llamar a engaño al buen observador que verá a los pies un precioso barreño azul celeste.

Así, un poco pasada por agua, acabó la velada. pero todos parecían contentos y felices y no se produjeron daños mayores que camisetas empapadas.

Por fin, los agradecimientos: A los miembros del ‘Gallinero’ en su conjunto por confiarnos la honorable tarea de representarlos en toda clase de actos. Procuraremos hacerlo con dignidad. A Manolo que, mientras yo estaba distraída hablando con su señora, la Teo, nos trajo sendos montaditos con su tomate y todo. Estos son los detalles que hacen que una no pierda la fe en la Humanidad. A Isabel que hizo unas rosquillas aptas para celíacos, diabéticos, intolerantes a la lactosa y otros intolerantes, sin que por ello, milagrosamente, dejaran de saber como las de la abuela. A los autores de las imágenes, Mario y J.R. sin cuya colaboración no hubiera sido posible esta crónica o, al menos, habría quedado más deslucida.

Pedir disculpas a los posibles afectados; como Cristina y Jose que no aparecen más que de refilón. También están desparecidos Teo y Manolo y bien que lo siento, porque siempre he sido de estómago agradecido. El chino ‘malaleche’ de mi ordenador los ha suprimido, quién sabe por qué y no encuentro su foto por parte alguna.

Y esto es todo, si alguna falta hemos cometido, sabed disculparla.

Feliz fin de verano a todos y buen otoño.