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Los amantes de los conflictos

En un mundo como el que tenemos que, por otra parte no difiere tanto de otros momentos pasados, resulta insoportable que existan personas amantes de los conflictos. No me refiero a aquellos que ostentan graves responsabilidades de gobierno, que alguno hay que no sabe vivir si no es en guerra o en amenaza de ella. Me refiero a los de andar por casa; a la gente corriente con la que a diario compartes espacios de lo más cotidianos y poco significativos. De vez en cuando aparece alguien que es amante de los conflictos.

Este tipo de personas si no hay de qué discutir, busca un motivo y si lo hay, entonces es feliz porque la realidad parece darles la razón. Tienen o suelen tener un modelo de actuación. Primero se quejan de que los excluyen. Entonces, los bien pensantes, pro bono pacis  los incluyen. Una vez en el círculo de los que trabajan por alguna causa común, de esas -repito- cotidianas, se encrespan porque no les reconocen lo mucho que hacen, cuando, en realidad, solo se dedican a proponer imposibles o a proponerlos a destiempo. Aún así, para que no armen bulla, se les conceden algunas cosas carentes de sentido, pero como a nadie les importan demasiado, los dejan hacer. En el fondo esperando que el fracaso de sus iniciativas les haga ver la verdad. Pero no se quedan contentos. Están a la espera de la primera ocasión en la que sembrar la discordia.

Como cualquier cosa que se haga o se diga tiene la posibilidad de ser malinterpretada, inmediatamente -ellos que estaban al acecho- se encrespan y argumentan. Pero sus argumentos también siguen un patrón: Moralizan y se ponen de ejemplo; ‘Yo nunca hago esto que acabáis de hacer’ y, por eso, ‘aprovecho la ocasión para señalarlo’. ‘No se debe, pontifican, hacer eso, pues el mérito es de gente como yo, que no se señala y se pasa el día trabajando por el bien común’. Vuelvo a señalar que si algún logro se obtiene no ha sido por su esfuerzo, más bien todo lo contrario y que se sepa nada han hecho a favor de nadie.

Si nadie les planta cara, cosa que es frecuente, pues la gente no tiene interés en las discusiones interminables, siguen erre que erre hasta que alguien les sale al paso. Entonces viene la fase de repliegue; ‘no quise decir eso’, ‘me malinterpretáis’, ‘yo solo quiero lo mejor para todos’. Acto seguido, como nadie le secunda ni se hace eco en esos mea culpa mas bien desmañados, entonces pasa a la fase siguiente; la de declarar sus afectos cerrados con ‘te quieros’ a diestro y siniestro, pero sin nombrar a la persona o personas que en el fondo eran objeto de sus reproches. Como todo el mundo sabe de sus fobias, porque si no las dice cantando, las dice silbando, todo el mundo entiende que sus declaraciones de amor no son para devolver la calma e incluyentes, sino más bien excluyentes de aquellas personas a las que envidia o en cuyo lugar quisiera estar. Con sus reproches a todo lo que se hace bien, lo único que está declarando, imagino que a pesar suyo, es que quisiera ser quien ha tenido el logro o quien ha manejado la situación. En definitiva me recuerdan a aquel personajillo de cómic el visir Iznogud (no bueno) que quería ser califa en lugar del califa.

Estas criaturas amantes de los conflictos consiguen enervar a todos y si uno no se anda con cuidado termina por tener un estupendo conflicto sin ninguna necesidad.

Que el Señor los confunda.

Necrológicas

Soy de esas personas a las que les gusta leer necrológicas, tanto si se trata de simples esquelas, como si son panegíricos escritos por amigos o colegas. Me gustan y a veces me deprimen un poco porque resulta que me entero en ese momento de la existencia de una persona prominente de la que no conocía nada; ni sus escritos, ni sus hazañas, ni sus valores o aportaciones a la humanidad. Sin embargo, tiene su utilidad leer necrológicas ya que una vez sabido que aquella persona hizo esto o aquello, indago, me fijo, busco su obra y leo lo que otros dijeron de ella en vida o lo que ella misma dijo de sí, de su obra o de cualquier cosa. Se coge una culturilla bastante amplia con este hábito.

Las necrológicas tienen otro valor importante. Todos tenemos miedo a morirnos por aquello del temor a lo desconocido y en este mundo de encuestas, estadísticas y otros sistemas de medición de intenciones y realidades, cuando en un mismo año van unas cuantas esquelas y necrológicas de gente de tu misma edad o cercana, sientes como si tu propia muerte se alejara unos pasos o unos puntos por ciento en la estadística. No sirve de nada, pero te permite lanzar al menos un suspiro de alivio, tan efímero el alivio como el propio suspiro.

Lo que no obstante me parece terrible es que no aparezcan las esquelas ni las necrológicas de personas que han contado con mi admiración y respeto. Me asalta un sentimiento lúgubre y una tristeza que es como una niebla persistente que todo lo hiela. Tengo la sensación de que esa persona que un día me fue cercana, querida, apreciada o admirada, solo lo hubiera sido por mí y como no soy una pluma conocida, ni siquiera puedo contar su biografía (el cariño o el respeto desconocen muchas veces la historia), narrar sus hazañas o decir algo sobresaliente, sino ‘te echo de menos’, pues no creo que me publicaran esa necrológica. Además, ¿quiénes son esas personas a las que yo aprecio y quiero? Seres desconocidos, anónimos, como se empeñan muchos en decir ahora, aunque todo el mundo tenga nombre y los que padecen la anonimia son los que no saben el nombre de quien vive a su lado.

Quiero decir que una necrológica escrita por mí no tendría cabida en ningún periódico, sobre todo si su contenido fuera algo como sigue: Yo quería a esta persona, me gustaba su compañía, la admiraba por su capacidad de trabajo y su entrega. Apreciaba su delicadeza, su sentido del deber, su diligencia y su respeto hacia los demás. Me sirvió de mucho conocerla, compartir algunas cuestiones espinosas con ella, aprender de su ejemplo y de su palabra. Jamás hubo entre esa persona y yo resquemores ni enfados, recelos o envidias, temores o cortesías. Todo fue espontáneo, natural, agradable y tierno. Sin ñoñerías, sin cursiladas, sin bromas tontas. Sin confianzas excesivas, con silencios sonoros, con complicidades.

Bueno. Pues ya se puede ver que no hay información útil en esta necrológica. La única cosa positiva es que tuve la oportunidad de conocer y tratar a una persona verdaderamente especial que nos ha abandonado y de la que nadie ha escrito una necrológica. Solo yo y aquí.

Las cosas perdidas.

Hace unos días falleció Mario Perniola, el filósofo italiano. A quien le interesa eso hoy; la muerte de un filósofo. Escribió de arte y comunicación y analizó nuestro tiempo con gran agudeza, pero a quién le interesa eso hoy. Sin embargo, en este tiempo en que nos indignamos con tanta frecuencia, él proponía que nos dignásemos. Sería bueno que pensáramos en ello.

En el mismo diario en el que se recogía la necrológica de Perniola, se publicaba una entrevista con José Enrique Serrano, presidente de una comisión del Parlamento que tiene encomendada la tarea de plantear la posible reforma de la Constitución del 78. Conozco, aunque no somos amigos estrictamente, a Serrano desde hace muchos años. Por eso me leí con detenimiento la entrevista. Posiblemente a muchos les pasó desapercibida, pero fue un grato reencuentro con aquello que llamábamos ‘la gestión de la complejidad’. Serrano se empeñaba en mostrar que la reforma posible no ha de ser ni en una dirección ni en otra necesariamente, que no ha de ser total ni parcial, y sobre todo que no ha de ser prejuiciada, en el estricto sentido del término. Tuve la sensación de que hablaba, como Parniola de algo perdido para siempre y que poca gente sabría a qué se refería.

Anoche, me encontraba yo en una reunión de barrio y alguien que se dedica a la política local, a una alusión a que estaban allí porque los ciudadanos los habíamos votado, respondió que no se trataba de política, sino de hacer lo que los ciudadanos y vecinos necesitan.  Así que se ha perdido el sentido de la política, por si no nos habíamos dado cuenta; la gestión de la polis.

Me temo, sin embargo, que se ha perdido todo el rato la misma cosa; la capacidad de actuar con dignidad  y no por indignación.

Haciendo balance

Como todos los finales de año, suelo hacer un repaso de los acontecimientos que me parecen notables. Pero, no tengo claro por qué me he estado resistiendo al balance anual y ya hemos entrado en 2018 sin que me pusiera a ello.

Lo cierto es que en el mundo en general no ocurren más que cosas desagradables. Hemos entrado en una era en la que prevalecen los discursos de fanfarrones peligrosos que, acodados en la barra del bar (de aquellos casinos de pueblo de hace más de cincuenta años o lugares similares), se pasan  el día -eso sí empleando las nuevas tecnologías- en lanzar bravatas y sin sentidos o bien grabando su propia barbarie o el atentado contra los que consideran más débiles que ellos. Un mundo en el que la respuesta a estos hechos es el intento de retorno al antiguo modo de comportamiento, aquel que estaba poblado por personas de ‘orden’. En un caso y en otro, nadie parece defender la libertad razonable y razonada que va acompañada del respeto y no del temor. Ya no se defiende la justicia, sino el statu quo o lo que es peor, el retorno al pasado.

Se nos pasan los días manifestándonos por la carestía, por el paro, por las agresiones a las mujeres, por la falta de promoción de los marginados, por la desatención a los dependientes, por el mal funcionamiento de la sanidad, la escuela, las infraestructuras, las ficciones económicas de presupuestos, pensiones, sueldos y demás. Y ello sin contar con que deberíamos estar manifestándonos por muchas más cosas, como el hecho de que los aparatos de comunicación en el fondo sirven para saber dónde estamos y que hacemos. Hemos perdido privacidad y anonimato, tan necesarios como la sociabilidad y la identidad para llevar una vida equilibrada.

Tanta gente ahogada en los mares camino de un mundo que creen mejor, porque el suyo es peor que el infierno y no por casualidad, sino por la ambición de poder de algunos. Tanta gente que ha perdido su casa, su tierra, su trabajo, su familia, su dignidad y su esperanza, porque estaban en un lugar al que alguien le había echado el ojo, considerándolo solo como un espacio propicio para sus intereses de dominio. Los que se han quedado sin todo ello por la falta de respeto a la Naturaleza que se perdió, cuando el beneficio de unos pocos se convirtió en un dios todo poderoso e irrevocable.

Todo esto ocurre y mucho más de manera que es fácil sentirse abrumado y no saber a dónde acudir con tus pequeñas fuerzas y con tu sentido de la ética. Parece que lo propio sería taparse la cabeza con la manta, escuchar la música que más te gusta, comer tus platos favoritos y leer novelas de intriga.  Si además tienes una buena vida, con una salud conservada con la ayuda de dietas y fármacos, fáciles de soportar, cuando te nace un nuevo nieto que es un niño hermoso y apacible que, para colmo, se parece a ti y a tu padre, cuando tus amigos te aprecian y te lo demuestran, cuando tus hijos están bien y se defienden en la vida no sin dificultades, pero con alegría de vivir, cuando puedes contemplar u oír cosas hermosas que te alegran y caldean el corazón; buenos versos, buenos conciertos y ballets, teatro y pintura, entonces es terrible porque te sientes avergonzado de tanto privilegio y de la desigualdad de la que eres prueba. Posiblemente ese sentimiento de sonrojo es el que te impide hacer un balance del año pasado 2017.

Con frecuencia rezamos por nuestros gobernantes y por los que tienen alguna responsabilidad en la gestión de lo público, que en el fondo es la gestión de muchas vidas privadas, y en esos momentos flaquea la fe, porque Dios parece sordo a nuestras súplicas. Pero contra toda esperanza y con la conciencia clara del silencio de Dios, espero que al final de 2018 pueda hacer un balance del año que empieza con mejores resultados. Significará que sigo viva y que este mundo no es una prisión lóbrega para la mayoría de sus habitantes.

Cosas sin importancia. Fiestas de Navidad en Vistalegre

La celebración de la Navidad se ha convertido en un comercio, en el que se da mayor énfasis al mucho comer y al mucho gastar en regalos, a poder ser en esos que salen en los anuncios y en las revistas. Pocos son los espacios que en estas fiestas se dejan a las tradiciones que expresan el sentir de un pueblo o a los actos culturales y las expresiones artísticas que señalan a las inquietudes del alma.

En Vistalegre, bajo el lema Una Navidad de cine, sin embargo se está prestando atención a ello. Pocas son las bombillas de colores, pero en la carpa instalada en el jardín de Juan Alcolea, están teniendo lugar proyecciones de cine con un fin solidario, actuaciones de peñas huertanas, entre ellas la del Zaragüel que es de este barrio, con su excelente coro infantil que es una delicia, coros de voces blancas, cantando villancicos, coros de mayores cantando también villancicos, grupos de adultos cantando por las calles y en los comercios de la zona el Despertá. En fin, una explosión de actividades de participación y de compartir, tal como deben ser unas fiestas de Navidad. Por supuesto que se come, desde luego se regalan cosas, pero lo importante es el sentido de pertenencia, el sentido de fiesta de comunidad. Todos somos pastores que van a Belén a celebrar que se ha cumplido la promesa; la mejor promesa que nadie nos podría hacer: Dios con nosotros.

Un Dios que se hace chiquito, un Dios que nace entre nosotros y toma nuestra carne y nuestra forma de vivir para demostrarnos que somos sus criaturas preferidas, la niña de sus ojos.

Me alegro de vivir en un barrio en el que sus gentes conservan el espíritu de comunidad, en que se colabora y se pone lo mejor de cada uno, se comparte y se conservan las tradiciones con entusiasmo, cariño y dedicación. Felicidades a todos. Pasad una buena Navidad y no olvidéis jamás el verdadero sentido de lo que celebramos. Pero… esto no ha hecho más que empezar.

Noche de cine y palomitas

Se canta en el Despertá

El coro infantil de la Peña el Zaragüel

La comisión de fiestas casi al completo

El alcalde visita el mercadillo de arte promovido por la Escuela de Artes

Concierto de voces blancas

 

De un cobarde que quiere ser un héroe

Una forma de parecerse a Peter Pan no es precisamente la de volar o luchar contra los piratas; es la de querer ser siempre un niño que vive en un mundo de sueños y que no desea comprometerse con sus acciones.

Hemos venido asistiendo a una especie de pantomima en la que unos representaban al parecer el papel de los ideales supremos, mientras que otros eran los malditos opresores, negadores de toda esperanza. Y era una pantomima, es decir un juego de espejos y sombras, basado en un discurso mentiroso que ahora llaman postverdad.

Pero quien ha sido protagonista excelso del lado de los soñadores, sigue fingiendo creer en su papel de niño díscolo y terrible, luchador por un gran proyecto y busca no sólo eludir sus responsabilidades, sino que aspira a convertirse en héroe.
No ve que que cuando se juega y se pierde, se paga una penalización. Cuando se manipula y no se consigue el objetivo, hay que ser consecuente y arrostrar las consecuencias.

Ah, no. No. A lo mejor no sólo quiere ser un héroe, sino que desea que como a los grandes libertadores se le haga una estatua ecuestre en el centro de un frondoso parque.

No quisiera yo verme en el papel del escultor.

Siempre al acecho

Debe ser muy cansado y al parecer, sin embargo, hay gente que goza con ello. Todos tenemos fobias; odiamos a este o a aquel o eso o aquello. Tal vez simplemente no sean personas o cosas de nuestro agrado por sus formas de manifestarse, por sus acciones o sus gestos. En unos casos consideramos que son improcedentes, en otros, que son impertinentes. Es decir que las acciones de unos u otros no nos parecen adecuadas a la circunstancia o el momento. Las consideramos impropias. En ocasiones creemos que su comportamiento, tal como se manifiestan ideológicamente, debería ser uno y unívoco, pero si se desvían o hacen algo que es común, entonces los tachamos de hipócritas, de mentirosos o de cosas peores.

Pero es bastante frecuente que determinadas inconveniencias o impertinencias nos pasen desapercibidas, si quienes las cometen son aquellos hacia los cuales no sentimos animadversión alguna.

Parecemos permanentemente al acecho de los errores de aquellos con los que no compartimos sentimientos o pensamientos y somos sumamente permisivos con los que piensan como nosotros o sienten de manera semejante.

Es cierto que determinadas demostraciones de la libertad de opinión son improcedentes en circunstancias particulares; es evidente que el derroche en festejos por parte de aquellos que alardean de conciencia social puede incluso ofender a los que pasan estrecheces. Sin embargo, no se opina lo mismo si quien se manifiesta de modo inconveniente es alguien de lo que llamamos ‘nuestra cuerda’ o si quien despilfarra forma parte de nuestro lado del universo.

Estar al acecho de cualquier error del contrario es, en mi opinión, una actitud mezquina y sobre todo cansadísima. Si juzgamos, deberíamos ser mucho más rigurosos con los que sentimos como propios que con los ajenos y no al contrario. Luego, cuando mantenemos estas actitudes de ojo de halcón sobre aquellos que no son de nuestro agrado, las difundimos sin pudor y de manera reiterada, abusando de lo inmediato de las redes sociales, sin pensar que entre los destinatarios de nuestras sentencias condenatorias pueda haber quienes no se identifiquen con ellas.

Creemos que si mantenemos relación con otros, estos forzosamente habrán de pensar de idéntico modo y estarán de acuerdo en estar ojo avizor sobre los errores de los demás que no comparten nuestro sector del mundo.

Los anticlericales se pasan el día criticando al Papa. Los de derechas se pasan el día criticando a los de izquierdas y viceversa. Los que no tienen religión a los religiosos. Todos ellos forzosamente cometen acciones que se contradicen con lo que debería ser o se debería esperar, según su opinión, y no descansan un segundo, siempre al acecho para poner en ellas su dedo acusador.

Insisto ¡qué cansancio! Pido por favor que se me excluya de esas comunicaciones que sólo señalan los errores de los demás. Bastante tengo con tratar de enmendar, sin éxito, mis propios fallos.

Del fútbol y otras desvergüenzas

Mi hermana tiene un nieto que juega en los infantiles de un gran equipo nacional. El fútbol es la ilusión de su vida. El chiquillo que no sólo es buen estudiante, sino buena gente, además juega muy bien al fútbol y lo vive con ilusión y pasión.

Cómo estará viviendo ese muchachito la actual situación. Con un ex-presidente de la Federación encausado junto con otros de sus colaboradores y familiares. Con un fulano, que por supuesto juega muy bien al fútbol, pero que vale doscientos veintidos millones de euros (los tres patitos que diría el otro) que se dicen como el que no dice nada, objeto durante más de quince días de la atención mediática como si fuera el centro del universo. Con la de jugadores de segunda y de tercera que no cobran sus nóminas y que se dejan la piel en cada partido. Con la de cosas que parecen esconder todos estos detalles.

Porque no sabemos nada de cómo se llega a estar en precario en un club de segunda o de regional. Porque no sabemos cómo un señor se mantiene en el cargo durante más de veinte años. Porque no sabemos qué pasó con los bailes de millones de la primera contratación de este jugador tan traído y llevado por los medios.

Pero, bueno, dirán algunos, es que el fútbol ya no es un deporte, es un negocio. Probablemente un negocio excesivamente redondo para unos pocos y ruinoso para los más. Para la ilusión de muchos niños como el nieto de mi hermana, sin embargo, es un deporte de verdad, en el que lo importante es que el ‘mister’ te ponga a jugar porque has entrenado bien y que le des una paliza al contrario, sin concesiones; tres cero es lo suyo.

Si lo miramos en una perspectiva más amplia, además de observar las desvergüenzas que supone, genera un agravio comparativo mayúsculo. Un ‘pelao’ que le da al balón resulta que cobra cifras astronómicas y se permite el lujo de decir que, si está en la mira de la Hacienda pública, es porque es quien es. El otro ‘payo’ inculpado, dice que no se han respetado con él los derechos humanos y así todos ofendidos y agraviados, cuando el agravio lo producen ellos frente a muchos que no llegan a fin de mes con mayor cualificación, experiencia y dedicación. No digamos si estos que lampan con contratos precarios, con ser autónomos, con medias jornadas o dándose con un canto en los dientes si trabajan tres meses al año, pertenecen al mundo de la producción cultural o de la gestión idem.

Sirve de algo decir estas cosas o siquiera pensarlas? No lo sé. Posiblemente son las rarezas de un mundo cada vez más injusto, incomprensible y deleznable.

Pobres veraneantes

Suelo bajar a la playa a eso de las nueve de la mañana. Hacia las once empieza a llegar la masa de veraneantes. En particular aquellos que sólo pueden escaparse el fin de semana. Bajan a la playa con gran impedimenta dispuestos a aguantar al sol lo que haga falta y a poder ser hasta que oscurece. Así los niños regresan a casa agotados y no dan demasiado la lata.

La escena se repite una y otra vez, en particular los fines de semana. Llega una persona, hombre o mujer es lo mismo, suelta con gran decisión el cúmulo de bártulos que lleva en las manos. Coloca un montón de sillas, de flotadores, cestas y toallas en el suelo y se dispone a clavar la sombrilla en la arena. Calcula la distancia y la inclinación del sol y clava su sombrilla. La enrosca y finalmente la abre y hete aquí que donde da la mayor parte de la sombra es sobre mi silla y mis piernas.

Con voz suave, le hago ver que me está tapando el sol y que yo no quiero estar a la sombra. Me mira como si de repente yo hubiera surgido de la tierra (para esa persona, yo no existía hasta ese instante) y me dice una serie de cosas que en su boca suenan como argumentos irrebatibles: Hoy es viernes; esta es la línea de sombrillas; tengo que poner la piscinita del bebé aquí; vengo con niños y tengo que vigilarlos y otros igual de contundentes que no recuerdo.

A veces, la persona que llega trae tal clase de impedimenta, montada en un carrito de ruedas y sujeta con unos pulpos de goma, que no puedo por menos que mirar aquel artilugio y ver cómo de la pirámide se desprenden dos sombrillas, tres tumbonas, varios cestos de toallas y la neverita de las cervezas. Al ver que miro, probablemente con cara de asombro, la persona en cuestión, que también va a colocar una de sus sillas casi sobre mis pies y la sombrilla haciéndome sombra, me dice como único argumento de peso: Es que vengo con niños, antes de que yo pueda decir nada. Cuando ya ha desperdigado todos sus enseres por una amplia zona, cosa que me ha obligado si quiero seguir tomando el sol a desplazarme un par de metros, se marcha y aparece dos horas después rodeado de niños , mientras yo ya estoy recogiendo mis cosas para marcharme. Incluso ha llegado a suceder que yo me he subido a mi casa y allí no han aparecido ni padres, ni abuelos ni niños:Solo ha quedado sobre la playa la impedimenta desperdigada.

Es cierto que yo estoy en playa desde el mes de junio. Es cierto que en la ciudad hace un calor de mil demonios. No cabe duda de que los niños cuando no están en la escuela, se aburren en casa y los papas y mamas o trabajan o no tienen paciencia para entretenerlos. Ocurre con frecuencia que los abuelos para no aburrirse se hacen cargo de ellos. Es verdad que solo pueden venir los viernes y  quedarse hasta el domingo por la tarde, así que hay que aprovechar. No cabe duda de que estoy muy morena y se nota que llevo muchos días en la playa. Por otra parte, a quién se le ocurre venir a la playa a bañarse y nadar, tomar el sol y leer novelas tranquilamente. A la playa se viene a cotillear con las vecinas y con las otras mamás, a estar colgadas del telefono movil todo el rato y a interrumpir sus interesantes conversaciones, gritando: Fulanito no le tires arena a tu hermana, menganito, salte pafuera que te vasahogar (sic) o a meter a los bebés al agua en medio de una rabieta monumental. Por supuesto, se pueden hacer crucigramas, se puede contar que se ha hecho de comer, también se puede estar hablando a gritos acerca de las andanzas propias y ajenas.

Analizando cuidadosamente los argumentos emitidos que justifican las actitudes descritas, llego a la conclusión, después de constatar que mi silla y mi esterilla tienen una especie de imán sobre las sombrillas ajenas, que el problema es que estas personas, no importa la edad o el género, consideran que para la edad que tengo (se nota que estoy jubilada), lo morena que estoy y mi afición a la lectura, ya es hora de que me vaya a mi casa y les deje el sitio a ellos, pobres, que sólo pueden venir el fin de semana.

Miro a mi alrededor. Nadie se solidariza conmigo, por lo que deduzco que la mayoría comparte los argumentos de los recién llegados y considera que soy yo la que estorbo. Como me asiste un esforzado espíritu democrático, me pliego al sentir de la mayoría y me marcho. En mi camino de regreso, observo que la playa está vacía unos metros más allá y que las sombrillas se arremolinan en lo que no es sino un tercio de la playa. Para este fenómeno no tengo explicación ni argumentos, ni propios, ni ajenos.

Lo políticamente correcto

Hay, en un lugar prominente del Planeta, una familia poderosa, o mejor, una familia poseedora de mucho dinero que considera que ha llegado el final de los tiempos para ‘lo políticamente correcto’.

Es cierto que desde hace años vivimos en un mundo poblado de eufemismos que han modificado el lenguaje común, llevándolo a veces al extremo de lo absurdo.

Para evitar la discriminación racial, ya no decimos racial, sino étnico y tampoco hablamos de ‘negros’, sino de ‘gente de color’. Con ello discriminamos de otro modo, pues parecería que los que no entran en esa categoría carecen de color y eso es simplemente una tontería. Emplear el término negritud, a parte de ser una palabra preciosa y expresiva y abarcadora, no significa en absoluto desprecio o intento de marginación.

Para no discriminar por el sexo, empleamos el género gramatical diferenciador, cuando en español al menos el plural masculino no discrimina a no ser en la intención de quien habla. Así; hermanos y hermanas, amigos y amigas, compañeros y compañeras, etc. etc. vuelve el discurso pesado, redundante y, finalmente, ridículo, marcando, contra su pretensión, las diferencias innecesariamente.

Mientras esto ocurre, las mujeres siguen cobrando menos salarios por igual trabajo que los hombres. Sigue habiendo machismo y homofobia. Se celebra el Orgullo Gay porque se ha convertido en un inmenso negocio, pero en lo que se refiere a igualdad de derechos, respeto y dignidad todavía queda mucho que andar.

No obstante, esa familia riquísima no ha llegado a entender que detrás del lenguaje de ‘lo políticamente correcto’ y a pesar de sus lagunas y fallos, hay unos límites éticos y estéticos que no se deben traspasar porque generan injusticia.

Esa familia adinerada no entiende esta cuestión porque vive en el territorio del ‘todo vale’, si el negocio me sale a cuenta.