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La casa del sol

Aliza Bloch ha ganado las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Beyt Shemesh, en Israel.  Que una señora de cincuenta años con experiencia de militancia haya ganado unas elecciones municipales no es noticia. Es lo normal. Lo señalable es que las haya ganado en Beyt Shemesh. Esta pequeña ciudad cercana a Jerusalén tiene una mayoría considerable de judíos ortodoxos, o más bien ultraortodoxos. De esos que se dedican a apedrear niñas, jóvenes o mujeres porque consideran que visten indecentemente. De esos que dejan a la mujer que trabaje para dedicarse ellos al estudio de las materias religiosas, Biblia y comentarios rabínicos. Esos que se benefician de todo lo que un estado social les provee, pero que no cumplen con las obligaciones que ese estado demanda.

-En mi opinión deberían estar todos suspensos y deberían echarlos de las yeshivot (escuelas religiosas) porque desde luego no han aprendido nada ni tampoco entendido nada del judaísmo que dicen practicar celosamente- Pero esto sería algo para comentar en otro momento.

A lo que íbamos es a que, sorprendentemente, ha ganado las elecciones una señora laica que no participa de la visión que estos señores tienen del mundo. Lo más llamativo es que a pesar de la concentración de religiosos en la ciudad se ha llevado más votos. No hay como que alguien se ponga cerril y atosigue a los demás, como para que haya una hermosa reacción en contra. Es decir, parece que los ciudadanos de Beyt Shemesh se han hartado de la vigilancia moral, han tocado su techo y han decidido desprenderse de su anterior alcalde (religioso o filo-religioso) y escandalizar a una buena parte de sus convecinos escogiendo a una mujer, nada menos, y laica, aún peor. Es sin duda este fenómeno producto del hastío y de la vigilancia implacable de aquellos que se consideran los defensores de la moral, convirtiéndose en la conciencia de todos.

Qué tiene que ver esto con el título, pues sencillamente que Beyt Shemesh significa eso: Casa del sol. Y yo creo que en el fondo es la razón última por la que se ha llegado a la situación de tener una alcaldesa poco religiosa. Beyt, que quiere decir casa, también significa templo (la casa de Dios, hemos oído muchas veces). Shemesh es no sólo el sol astro, sino el dios Sol de los antiguos panteones cananeos y Mesopotámicos. Un dios supremo que compartía su divinidad con otros muchos dioses femeninos y masculinos. Debió empezar a estar harto de la competencia despiadada de los seguidores del dios único que, por otra  parte le había arrebatado su lugar entre las divinidades.

Pero para reforzar esta idea de que es la venganza de un dios harto de que le quiten su lugar, para colmo, resulta que la palabra sol es un término femenino en las lenguas semíticas que, como se sabe, son aquellas a las que pertenece el hebreo, junto con otras más. De manera que se completa la revancha con una alcaldesa mujer.

Esto de la Filología, que es lo que yo estudié, da mucho de sí, si se usa bien, claro, como todo.

Una tradición que resiste

Eso decía el pie de foto de un diario de tirada nacional para ubicar una imagen de un cementerio repleto de personas con ramos de flores. Un psicoanalista ortodoxo diría que la frasecita es un  acto fallido, un ‘lapsus’; algo que nos revela lo que subyace a nuestra consciencia.

Es evidente que se refería a la costumbre de visitar cementerios el día de Todos los Santos y el de los Difuntos. Llevar flores a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, limpiar sus tumbas y rezar por ellos. Parece que es algo que ‘resiste’.

Desde luego resiste a la supresión de la muerte de nuestras vidas cotidianas. Nada de velatorios en casa, con el difunto entre cuatro cirios, sobre un catafalco. Nada de celebrar los funerales vestidos de negro. Nada de llevar luto, ni velos, ni medias negras. Nada de caldos y pastas para los que vienen a dar el pésame.

Los muertos uniformados son arrebatados de casa o del hospital para llevarlos a un Tanatorio -hasta que surgieron estos negocios funerarios, nadie sabía que era eso de Thánatos-, convertirlos cuanto antes en cenizas y desde luego no depositarlos en su tumba, sino aventar el polvillo aquí o allá, sobre el monte o el mar o donde quiera que sea.

No es que esto último me parezca mal, en absoluto, pero forma parte de una ‘tendencia’ que suprime la muerte, que la aleja de la vida, como si eso fuera posible y hasta conveniente.

A los niños se les cuentan historias de que el abuelito o la abuelita se han ido al cielo o están en un lugar mejor o están descansando porque eran muy mayores y estaban agotados.  Nadie se atreve a decir que en paz descanse, o que la luz perpetua brille para ellos o que la tierra les sea leve. Todos hablan de ‘donde quiera que esté’. O simplemente consideran que ‘están ahí mientras nos acordemos de ellos’.

Con esto, no sólo se ha perdido el respeto a la memoria de los difuntos, sino una aspiración tan antigua como el hombre (me refiero al ser humano) de eternidad, de perpetuidad, de trascendencia, de ir más allá de la materia endeble de la que estamos hechos.

Claro en un mundo de lo inmediato y lo agobiantemente presente, el futuro, y el futuro sin tiempo más,  son cosas raras, por eso parece extraño que haya quienes aún visitan cementerios, quienes aún rezan por y a sus muertos,  además de llevarlos en el corazón. Son raros quienes creen que los que han muerto tienen una vida nueva y perfecta en el reino de la luz y de la paz, en el reino de la misericordia de Dios.

Es posible que, a pesar de todo, no sea sólo una tradición que resiste, sino la resistencia de los seres humanos a no dejar de satisfacer esa ansia de trascendencia, de más allá, de superación de las miserias cada vez más presentes en este mundo de injusticia, insolidaridad, terror, bravuconería y crímenes desvergonzados e impunes.

Qué poco vale la vida de algunos

Un señor entra en un edificio oficial y sale, al parecer, troceado. Unos miran de lado, otros sueltan mutantes excusas y otros ‘lamentan el suceso’. Mientras esto ocurre en un lado del mundo, en otro se organiza una caravana de miles de personas que atraviesan ríos, montes y quebradas, para acercarse al sueño de una vida mejor o al menos escapar de una vida más bien mala.

No importa si mueren por el camino. En su tierra no tenían mucha esperanza de sobrevivir. Pero hay quienes les dicen que regresen a sus casas, porque no tienen derecho a  aspirar a una vida mejor. Por otra parte, es más cómodo que mueran en sus casas que no en el camino, en donde se va a enterar más gente de su negra suerte.

Saltan otros las alambradas y alguno muere en el intento. Nadie se para a pensar en la cantidad de sufrimiento que se ha derrochado hasta llegar allí, para luego morir de cualquier manera. El parte dice: parada cardiorrespiratoria. ¡Cómo si hubiera otra forma de morir! nadie que respire y le palpite el corazón está del todo muerto.

Pero si estas muertes, que no tienen más causa que el egoísmo colectivo y la indiferencia, son malas, la primera a la que me refería, esa depende sólo de una voluntad. De la de alguien que considera que es dueño y señor de la vida de otro ser humano. Si no procede de una voluntad única, sino más bien de la de un subalterno; ‘estricto cumplidor con su jefe’, es todavía peor. Alguien que se ha deshecho de su conciencia y la ha sustituido por la orden de su superior y llevado por el ‘exceso de celo’ se ha excedido en el empleo de la fuerza, causando la muerte de otro ser humano.

A dónde hemos llegado que estas cosas pasan y no son más que anécdotas en los noticiarios. Con lo difícil que es ser civilizado, el esfuerzo que exige no dejarse llevar por la fuerza bruta, el ejercicio del poder o los instintos más básicos. Todo aquello que significa la ‘virtus’ es decir, el dominio de uno mismo y de sus pasiones; eso es ser civilizado y lo estamos perdiendo a marchas forzadas, sin beneficio para nadie, además.

Filosofía

Podría parecer contradictorio que ubicara un escrito que lleva el pomposo título de ‘Filosofía’ en un apartado que yo misma he titulado como ‘asuntos baladíes’. Alguien, incluso, podría sospechar que no tengo ni idea de qué significa ‘baladí’ y que uso la palabra porque es eufónica, porque es bonita -que lo es- o por aquello de su origen árabe que tiene resonancias de mis propias raíces. Pero, no. Sé perfectamente lo que significa ‘baladí’.

Se califica de tal aquello que carece de importancia, que es insignificante, incluso grosero o propio del pueblo llano e iletrado. No en vano la palabra procede de balad  que se refiere a pueblo.

Es cierto que he escamoteado al lector un dato importante porque si no lo hubiera hecho, realmente no serían necesarias todas estas líneas que llevo escritas. Ya se sabe que los escritores -y me atrevo a pensar que lo soy- solemos escoger algo mínimo que pasa ante nuestros ojos y sobre ello elaboramos todo un texto que puede ser más o menos ingenioso, intrigante, lacrimógeno o divertido, según la inspiración del momento.

La cuestión es que, por una vez, voy a revelar mis fuentes para que se comprenda por qué la ‘Filosofía’ puede llegar a ocupar un lugar bajo un etiquetado general de ‘asuntos baladíes’.

Con frecuencia oigo en la radio una cuña publicitaria en la que un individuo, posiblemente muy experto -no me siento capaz de juzgar ni sus conocimientos ni su capacidad de transmitirlos- se presenta a sí mismo como competente en materia de organización de negocios y se ofrece a enseñar a cualquiera que se dedique a la empresa, al comercio o a actividades relacionadas. Para convencer a los oyentes de su capacidad, desarrolla un apresurado curriculum en el que, entre otros títulos de instituciones extranjeras o al menos con nombre inglés, se denomina a sí mismo como coach, palabra que últimamente está de moda y que ha servido para desplazar a múltiples posibles equivalentes de larga raíz en español como entrenador, mentor, consejero, maestro, orientador y algunas más.

Y finalmente, se define como ‘filósofo comercial’. Aquí ya me quedo varada y no sigo escuchando el anuncio. Al revelar este calificativo, me parece que se entenderá perfectamente por qué acabo de incluir a la Filosofía en el epígrafe de ‘asuntos baladíes’.

El resto de comentarios que podría desarrollar sobre el asunto lo dejo al ingenio del posible lector. Así como dejo a su capacidad de análisis reflexiones acerca de cómo se degradan las cosas más nobles con el paso del tiempo. No me siento en este momento con ánimo para desarrollar este último asunto, que lo es y de largo aliento, porque hace mucho calor ya que aún estamos en verano.

Perplejidad

Una noticia reciente señala a un cargo de cierto partido, implicado en múltiples casos de corrupción, como autor de un nuevo delito de abuso de poder. La acción delictiva se remonta a febrero de este mismo año, no a hace diez o quince. Así que este buen señor, por no denominarlo individuo,  no tiene el más mínimo sentido de la decencia, lo cual parece probado, sino que carece además del menor indicio de miedo a las consecuencias de sus actos. Posiblemente es que está convencido de que sus actos no tienen más consecuencias que las de hacer amigos y sacar provecho de ello. Por otra parte, en ese mismo partido, agobiado al parecer por los numerosos casos de corrupción, se acaba de producir lo que llaman ‘una renovación interna’ llevada a cabo por un joven miembro del mismo que ha conseguido aunar las voluntades de sus correligionarios. Este joven ha nombrado en su ejecutiva, depurada al parecer de corruptelas, a este individuo del que hemos comenzado a hablar y que parece un desfachatado modelo de corrupto.

Bien, por si el asunto no fuera lo bastante notable, el propio joven lider de esa formación está en cierto entredicho por haber logrado un título universitario de manera poco clara.

A mí que me educaron  bajo la premisa de una ética siempre sometida a revisión y examen de conciencia, que me ponderaron el propósito de la enmienda como una meta indiscutible a alcanzar y si no era capaz de ello a cumplir la penitencia por mis actos torcidos, estas realidades y la tranquilidad con que se producen, la sonrisa imperturbable con que se acogen y otros rasgos más me dejan sumida en la más absoluta de las perplejidades.

Por otra parte, estamos asistiendo a un fenómeno verdaderamente llamativo pero que va en la misma línea.  Tengo la impresión desde hace tiempo ya de que un movimiento separatista y nacionalista que nos trae en jaque desde hace más de un año, por no decir más tiempo, es sin más una cortina de humo que trata de desviar la atención de hechos muy graves que suponen el uso indebido de dineros del Estado, su apropiación y uso torticero y el enriquecimiento personal de algunos, creando redes clientelares de cómplices y encubridores que igualmente se benefician de determinadas prebendas.

El sentimiento nacional, el orgullo patrio, la pertenencia entendida como sagrada son sentimientos que no comparto más que muy levemente y desde luego para mis adentros como algo que me señala y me entronca, pero que no considero ni mejor ni peor, sino simplemente perteneciente a mi historia personal. Sin embargo, estoy dispuesta a aceptar, incluso a tolerar de buen grado que haya personas que hagan de ello una causa propia y lo conviertan en una lucha por conservar rasgos culturales, por ejemplo, que de otro modo correrían el riesgo de perderse u olvidarse.

Pero que se use ese tipo de argumentación que toca a lo sensible de muchos, en una dirección u otra, para ocultar delitos continuados que no sólo han beneficiado a una institución política respaldada por ciudadanos de buena voluntad, sino que ha permitido que muchos se lucraran a título propio e individual, me parece absolutamente deplorable.

No obstante, ahí tiene una baza el gobierno que trate de establecer un diálogo provechoso y que reconduzca la situación: ‘Sabemos que sabéis que lo sabemos’. Claro que viendo la cara dura que desarrollan unos y otros ante los casos de corrupción, no se si esa amenaza servirá de algo y se seguirá invocando la sagrada patria para ocultarla, pero no me cabe duda de que lo que yo creía era falta de cintura política, posiblemente era que los miembros de aquel partido, donde la corrupción ha campado a sus anchas y lo sigue haciendo, no pudieran emplear ese argumento, pues la respuesta era fácil: Y tú más. Por eso esperaban que los juzgados llegaran a instruir las causas para desenmascarar a los culpables y así desmontar los falsos argumentos patrióticos. Ya se sabe, no obstante, que la justicia es lenta y finalmente habrá que llevar a cabo una limpieza a fuerza de negociación política. Espero que la amenaza antes sugerida pueda surtir algún efecto positivo.

Mientras, yo sigo en mi perplejidad, aunque no me dura demasiado. Con estos calores no puede uno calentarse además gratuitamente la cabeza. Feliz agosto a todos.

Los amantes de los conflictos

En un mundo como el que tenemos que, por otra parte no difiere tanto de otros momentos pasados, resulta insoportable que existan personas amantes de los conflictos. No me refiero a aquellos que ostentan graves responsabilidades de gobierno, que alguno hay que no sabe vivir si no es en guerra o en amenaza de ella. Me refiero a los de andar por casa; a la gente corriente con la que a diario compartes espacios de lo más cotidianos y poco significativos. De vez en cuando aparece alguien que es amante de los conflictos.

Este tipo de personas si no hay de qué discutir, busca un motivo y si lo hay, entonces es feliz porque la realidad parece darles la razón. Tienen o suelen tener un modelo de actuación. Primero se quejan de que los excluyen. Entonces, los bien pensantes, pro bono pacis  los incluyen. Una vez en el círculo de los que trabajan por alguna causa común, de esas -repito- cotidianas, se encrespan porque no les reconocen lo mucho que hacen, cuando, en realidad, solo se dedican a proponer imposibles o a proponerlos a destiempo. Aún así, para que no armen bulla, se les conceden algunas cosas carentes de sentido, pero como a nadie les importan demasiado, los dejan hacer. En el fondo esperando que el fracaso de sus iniciativas les haga ver la verdad. Pero no se quedan contentos. Están a la espera de la primera ocasión en la que sembrar la discordia.

Como cualquier cosa que se haga o se diga tiene la posibilidad de ser malinterpretada, inmediatamente -ellos que estaban al acecho- se encrespan y argumentan. Pero sus argumentos también siguen un patrón: Moralizan y se ponen de ejemplo; ‘Yo nunca hago esto que acabáis de hacer’ y, por eso, ‘aprovecho la ocasión para señalarlo’. ‘No se debe, pontifican, hacer eso, pues el mérito es de gente como yo, que no se señala y se pasa el día trabajando por el bien común’. Vuelvo a señalar que si algún logro se obtiene no ha sido por su esfuerzo, más bien todo lo contrario y que se sepa nada han hecho a favor de nadie.

Si nadie les planta cara, cosa que es frecuente, pues la gente no tiene interés en las discusiones interminables, siguen erre que erre hasta que alguien les sale al paso. Entonces viene la fase de repliegue; ‘no quise decir eso’, ‘me malinterpretáis’, ‘yo solo quiero lo mejor para todos’. Acto seguido, como nadie le secunda ni se hace eco en esos mea culpa mas bien desmañados, entonces pasa a la fase siguiente; la de declarar sus afectos cerrados con ‘te quieros’ a diestro y siniestro, pero sin nombrar a la persona o personas que en el fondo eran objeto de sus reproches. Como todo el mundo sabe de sus fobias, porque si no las dice cantando, las dice silbando, todo el mundo entiende que sus declaraciones de amor no son para devolver la calma e incluyentes, sino más bien excluyentes de aquellas personas a las que envidia o en cuyo lugar quisiera estar. Con sus reproches a todo lo que se hace bien, lo único que está declarando, imagino que a pesar suyo, es que quisiera ser quien ha tenido el logro o quien ha manejado la situación. En definitiva me recuerdan a aquel personajillo de cómic el visir Iznogud (no bueno) que quería ser califa en lugar del califa.

Estas criaturas amantes de los conflictos consiguen enervar a todos y si uno no se anda con cuidado termina por tener un estupendo conflicto sin ninguna necesidad.

Que el Señor los confunda.

Necrológicas

Soy de esas personas a las que les gusta leer necrológicas, tanto si se trata de simples esquelas, como si son panegíricos escritos por amigos o colegas. Me gustan y a veces me deprimen un poco porque resulta que me entero en ese momento de la existencia de una persona prominente de la que no conocía nada; ni sus escritos, ni sus hazañas, ni sus valores o aportaciones a la humanidad. Sin embargo, tiene su utilidad leer necrológicas ya que una vez sabido que aquella persona hizo esto o aquello, indago, me fijo, busco su obra y leo lo que otros dijeron de ella en vida o lo que ella misma dijo de sí, de su obra o de cualquier cosa. Se coge una culturilla bastante amplia con este hábito.

Las necrológicas tienen otro valor importante. Todos tenemos miedo a morirnos por aquello del temor a lo desconocido y en este mundo de encuestas, estadísticas y otros sistemas de medición de intenciones y realidades, cuando en un mismo año van unas cuantas esquelas y necrológicas de gente de tu misma edad o cercana, sientes como si tu propia muerte se alejara unos pasos o unos puntos por ciento en la estadística. No sirve de nada, pero te permite lanzar al menos un suspiro de alivio, tan efímero el alivio como el propio suspiro.

Lo que no obstante me parece terrible es que no aparezcan las esquelas ni las necrológicas de personas que han contado con mi admiración y respeto. Me asalta un sentimiento lúgubre y una tristeza que es como una niebla persistente que todo lo hiela. Tengo la sensación de que esa persona que un día me fue cercana, querida, apreciada o admirada, solo lo hubiera sido por mí y como no soy una pluma conocida, ni siquiera puedo contar su biografía (el cariño o el respeto desconocen muchas veces la historia), narrar sus hazañas o decir algo sobresaliente, sino ‘te echo de menos’, pues no creo que me publicaran esa necrológica. Además, ¿quiénes son esas personas a las que yo aprecio y quiero? Seres desconocidos, anónimos, como se empeñan muchos en decir ahora, aunque todo el mundo tenga nombre y los que padecen la anonimia son los que no saben el nombre de quien vive a su lado.

Quiero decir que una necrológica escrita por mí no tendría cabida en ningún periódico, sobre todo si su contenido fuera algo como sigue: Yo quería a esta persona, me gustaba su compañía, la admiraba por su capacidad de trabajo y su entrega. Apreciaba su delicadeza, su sentido del deber, su diligencia y su respeto hacia los demás. Me sirvió de mucho conocerla, compartir algunas cuestiones espinosas con ella, aprender de su ejemplo y de su palabra. Jamás hubo entre esa persona y yo resquemores ni enfados, recelos o envidias, temores o cortesías. Todo fue espontáneo, natural, agradable y tierno. Sin ñoñerías, sin cursiladas, sin bromas tontas. Sin confianzas excesivas, con silencios sonoros, con complicidades.

Bueno. Pues ya se puede ver que no hay información útil en esta necrológica. La única cosa positiva es que tuve la oportunidad de conocer y tratar a una persona verdaderamente especial que nos ha abandonado y de la que nadie ha escrito una necrológica. Solo yo y aquí.

Las cosas perdidas.

Hace unos días falleció Mario Perniola, el filósofo italiano. A quien le interesa eso hoy; la muerte de un filósofo. Escribió de arte y comunicación y analizó nuestro tiempo con gran agudeza, pero a quién le interesa eso hoy. Sin embargo, en este tiempo en que nos indignamos con tanta frecuencia, él proponía que nos dignásemos. Sería bueno que pensáramos en ello.

En el mismo diario en el que se recogía la necrológica de Perniola, se publicaba una entrevista con José Enrique Serrano, presidente de una comisión del Parlamento que tiene encomendada la tarea de plantear la posible reforma de la Constitución del 78. Conozco, aunque no somos amigos estrictamente, a Serrano desde hace muchos años. Por eso me leí con detenimiento la entrevista. Posiblemente a muchos les pasó desapercibida, pero fue un grato reencuentro con aquello que llamábamos ‘la gestión de la complejidad’. Serrano se empeñaba en mostrar que la reforma posible no ha de ser ni en una dirección ni en otra necesariamente, que no ha de ser total ni parcial, y sobre todo que no ha de ser prejuiciada, en el estricto sentido del término. Tuve la sensación de que hablaba, como Parniola de algo perdido para siempre y que poca gente sabría a qué se refería.

Anoche, me encontraba yo en una reunión de barrio y alguien que se dedica a la política local, a una alusión a que estaban allí porque los ciudadanos los habíamos votado, respondió que no se trataba de política, sino de hacer lo que los ciudadanos y vecinos necesitan.  Así que se ha perdido el sentido de la política, por si no nos habíamos dado cuenta; la gestión de la polis.

Me temo, sin embargo, que se ha perdido todo el rato la misma cosa; la capacidad de actuar con dignidad  y no por indignación.

Haciendo balance

Como todos los finales de año, suelo hacer un repaso de los acontecimientos que me parecen notables. Pero, no tengo claro por qué me he estado resistiendo al balance anual y ya hemos entrado en 2018 sin que me pusiera a ello.

Lo cierto es que en el mundo en general no ocurren más que cosas desagradables. Hemos entrado en una era en la que prevalecen los discursos de fanfarrones peligrosos que, acodados en la barra del bar (de aquellos casinos de pueblo de hace más de cincuenta años o lugares similares), se pasan  el día -eso sí empleando las nuevas tecnologías- en lanzar bravatas y sin sentidos o bien grabando su propia barbarie o el atentado contra los que consideran más débiles que ellos. Un mundo en el que la respuesta a estos hechos es el intento de retorno al antiguo modo de comportamiento, aquel que estaba poblado por personas de ‘orden’. En un caso y en otro, nadie parece defender la libertad razonable y razonada que va acompañada del respeto y no del temor. Ya no se defiende la justicia, sino el statu quo o lo que es peor, el retorno al pasado.

Se nos pasan los días manifestándonos por la carestía, por el paro, por las agresiones a las mujeres, por la falta de promoción de los marginados, por la desatención a los dependientes, por el mal funcionamiento de la sanidad, la escuela, las infraestructuras, las ficciones económicas de presupuestos, pensiones, sueldos y demás. Y ello sin contar con que deberíamos estar manifestándonos por muchas más cosas, como el hecho de que los aparatos de comunicación en el fondo sirven para saber dónde estamos y que hacemos. Hemos perdido privacidad y anonimato, tan necesarios como la sociabilidad y la identidad para llevar una vida equilibrada.

Tanta gente ahogada en los mares camino de un mundo que creen mejor, porque el suyo es peor que el infierno y no por casualidad, sino por la ambición de poder de algunos. Tanta gente que ha perdido su casa, su tierra, su trabajo, su familia, su dignidad y su esperanza, porque estaban en un lugar al que alguien le había echado el ojo, considerándolo solo como un espacio propicio para sus intereses de dominio. Los que se han quedado sin todo ello por la falta de respeto a la Naturaleza que se perdió, cuando el beneficio de unos pocos se convirtió en un dios todo poderoso e irrevocable.

Todo esto ocurre y mucho más de manera que es fácil sentirse abrumado y no saber a dónde acudir con tus pequeñas fuerzas y con tu sentido de la ética. Parece que lo propio sería taparse la cabeza con la manta, escuchar la música que más te gusta, comer tus platos favoritos y leer novelas de intriga.  Si además tienes una buena vida, con una salud conservada con la ayuda de dietas y fármacos, fáciles de soportar, cuando te nace un nuevo nieto que es un niño hermoso y apacible que, para colmo, se parece a ti y a tu padre, cuando tus amigos te aprecian y te lo demuestran, cuando tus hijos están bien y se defienden en la vida no sin dificultades, pero con alegría de vivir, cuando puedes contemplar u oír cosas hermosas que te alegran y caldean el corazón; buenos versos, buenos conciertos y ballets, teatro y pintura, entonces es terrible porque te sientes avergonzado de tanto privilegio y de la desigualdad de la que eres prueba. Posiblemente ese sentimiento de sonrojo es el que te impide hacer un balance del año pasado 2017.

Con frecuencia rezamos por nuestros gobernantes y por los que tienen alguna responsabilidad en la gestión de lo público, que en el fondo es la gestión de muchas vidas privadas, y en esos momentos flaquea la fe, porque Dios parece sordo a nuestras súplicas. Pero contra toda esperanza y con la conciencia clara del silencio de Dios, espero que al final de 2018 pueda hacer un balance del año que empieza con mejores resultados. Significará que sigo viva y que este mundo no es una prisión lóbrega para la mayoría de sus habitantes.

Cosas sin importancia. Fiestas de Navidad en Vistalegre

La celebración de la Navidad se ha convertido en un comercio, en el que se da mayor énfasis al mucho comer y al mucho gastar en regalos, a poder ser en esos que salen en los anuncios y en las revistas. Pocos son los espacios que en estas fiestas se dejan a las tradiciones que expresan el sentir de un pueblo o a los actos culturales y las expresiones artísticas que señalan a las inquietudes del alma.

En Vistalegre, bajo el lema Una Navidad de cine, sin embargo se está prestando atención a ello. Pocas son las bombillas de colores, pero en la carpa instalada en el jardín de Juan Alcolea, están teniendo lugar proyecciones de cine con un fin solidario, actuaciones de peñas huertanas, entre ellas la del Zaragüel que es de este barrio, con su excelente coro infantil que es una delicia, coros de voces blancas, cantando villancicos, coros de mayores cantando también villancicos, grupos de adultos cantando por las calles y en los comercios de la zona el Despertá. En fin, una explosión de actividades de participación y de compartir, tal como deben ser unas fiestas de Navidad. Por supuesto que se come, desde luego se regalan cosas, pero lo importante es el sentido de pertenencia, el sentido de fiesta de comunidad. Todos somos pastores que van a Belén a celebrar que se ha cumplido la promesa; la mejor promesa que nadie nos podría hacer: Dios con nosotros.

Un Dios que se hace chiquito, un Dios que nace entre nosotros y toma nuestra carne y nuestra forma de vivir para demostrarnos que somos sus criaturas preferidas, la niña de sus ojos.

Me alegro de vivir en un barrio en el que sus gentes conservan el espíritu de comunidad, en que se colabora y se pone lo mejor de cada uno, se comparte y se conservan las tradiciones con entusiasmo, cariño y dedicación. Felicidades a todos. Pasad una buena Navidad y no olvidéis jamás el verdadero sentido de lo que celebramos. Pero… esto no ha hecho más que empezar.

Noche de cine y palomitas

Se canta en el Despertá

El coro infantil de la Peña el Zaragüel

La comisión de fiestas casi al completo

El alcalde visita el mercadillo de arte promovido por la Escuela de Artes

Concierto de voces blancas