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De un cobarde que quiere ser un héroe

Una forma de parecerse a Peter Pan no es precisamente la de volar o luchar contra los piratas; es la de querer ser siempre un niño que vive en un mundo de sueños y que no desea comprometerse con sus acciones.

Hemos venido asistiendo a una especie de pantomima en la que unos representaban al parecer el papel de los ideales supremos, mientras que otros eran los malditos opresores, negadores de toda esperanza. Y era una pantomima, es decir un juego de espejos y sombras, basado en un discurso mentiroso que ahora llaman postverdad.

Pero quien ha sido protagonista excelso del lado de los soñadores, sigue fingiendo creer en su papel de niño díscolo y terrible, luchador por un gran proyecto y busca no sólo eludir sus responsabilidades, sino que aspira a convertirse en héroe.
No ve que que cuando se juega y se pierde, se paga una penalización. Cuando se manipula y no se consigue el objetivo, hay que ser consecuente y arrostrar las consecuencias.

Ah, no. No. A lo mejor no sólo quiere ser un héroe, sino que desea que como a los grandes libertadores se le haga una estatua ecuestre en el centro de un frondoso parque.

No quisiera yo verme en el papel del escultor.

Siempre al acecho

Debe ser muy cansado y al parecer, sin embargo, hay gente que goza con ello. Todos tenemos fobias; odiamos a este o a aquel o eso o aquello. Tal vez simplemente no sean personas o cosas de nuestro agrado por sus formas de manifestarse, por sus acciones o sus gestos. En unos casos consideramos que son improcedentes, en otros, que son impertinentes. Es decir que las acciones de unos u otros no nos parecen adecuadas a la circunstancia o el momento. Las consideramos impropias. En ocasiones creemos que su comportamiento, tal como se manifiestan ideológicamente, debería ser uno y unívoco, pero si se desvían o hacen algo que es común, entonces los tachamos de hipócritas, de mentirosos o de cosas peores.

Pero es bastante frecuente que determinadas inconveniencias o impertinencias nos pasen desapercibidas, si quienes las cometen son aquellos hacia los cuales no sentimos animadversión alguna.

Parecemos permanentemente al acecho de los errores de aquellos con los que no compartimos sentimientos o pensamientos y somos sumamente permisivos con los que piensan como nosotros o sienten de manera semejante.

Es cierto que determinadas demostraciones de la libertad de opinión son improcedentes en circunstancias particulares; es evidente que el derroche en festejos por parte de aquellos que alardean de conciencia social puede incluso ofender a los que pasan estrecheces. Sin embargo, no se opina lo mismo si quien se manifiesta de modo inconveniente es alguien de lo que llamamos ‘nuestra cuerda’ o si quien despilfarra forma parte de nuestro lado del universo.

Estar al acecho de cualquier error del contrario es, en mi opinión, una actitud mezquina y sobre todo cansadísima. Si juzgamos, deberíamos ser mucho más rigurosos con los que sentimos como propios que con los ajenos y no al contrario. Luego, cuando mantenemos estas actitudes de ojo de halcón sobre aquellos que no son de nuestro agrado, las difundimos sin pudor y de manera reiterada, abusando de lo inmediato de las redes sociales, sin pensar que entre los destinatarios de nuestras sentencias condenatorias pueda haber quienes no se identifiquen con ellas.

Creemos que si mantenemos relación con otros, estos forzosamente habrán de pensar de idéntico modo y estarán de acuerdo en estar ojo avizor sobre los errores de los demás que no comparten nuestro sector del mundo.

Los anticlericales se pasan el día criticando al Papa. Los de derechas se pasan el día criticando a los de izquierdas y viceversa. Los que no tienen religión a los religiosos. Todos ellos forzosamente cometen acciones que se contradicen con lo que debería ser o se debería esperar, según su opinión, y no descansan un segundo, siempre al acecho para poner en ellas su dedo acusador.

Insisto ¡qué cansancio! Pido por favor que se me excluya de esas comunicaciones que sólo señalan los errores de los demás. Bastante tengo con tratar de enmendar, sin éxito, mis propios fallos.

Del fútbol y otras desvergüenzas

Mi hermana tiene un nieto que juega en los infantiles de un gran equipo nacional. El fútbol es la ilusión de su vida. El chiquillo que no sólo es buen estudiante, sino buena gente, además juega muy bien al fútbol y lo vive con ilusión y pasión.

Cómo estará viviendo ese muchachito la actual situación. Con un ex-presidente de la Federación encausado junto con otros de sus colaboradores y familiares. Con un fulano, que por supuesto juega muy bien al fútbol, pero que vale doscientos veintidos millones de euros (los tres patitos que diría el otro) que se dicen como el que no dice nada, objeto durante más de quince días de la atención mediática como si fuera el centro del universo. Con la de jugadores de segunda y de tercera que no cobran sus nóminas y que se dejan la piel en cada partido. Con la de cosas que parecen esconder todos estos detalles.

Porque no sabemos nada de cómo se llega a estar en precario en un club de segunda o de regional. Porque no sabemos cómo un señor se mantiene en el cargo durante más de veinte años. Porque no sabemos qué pasó con los bailes de millones de la primera contratación de este jugador tan traído y llevado por los medios.

Pero, bueno, dirán algunos, es que el fútbol ya no es un deporte, es un negocio. Probablemente un negocio excesivamente redondo para unos pocos y ruinoso para los más. Para la ilusión de muchos niños como el nieto de mi hermana, sin embargo, es un deporte de verdad, en el que lo importante es que el ‘mister’ te ponga a jugar porque has entrenado bien y que le des una paliza al contrario, sin concesiones; tres cero es lo suyo.

Si lo miramos en una perspectiva más amplia, además de observar las desvergüenzas que supone, genera un agravio comparativo mayúsculo. Un ‘pelao’ que le da al balón resulta que cobra cifras astronómicas y se permite el lujo de decir que, si está en la mira de la Hacienda pública, es porque es quien es. El otro ‘payo’ inculpado, dice que no se han respetado con él los derechos humanos y así todos ofendidos y agraviados, cuando el agravio lo producen ellos frente a muchos que no llegan a fin de mes con mayor cualificación, experiencia y dedicación. No digamos si estos que lampan con contratos precarios, con ser autónomos, con medias jornadas o dándose con un canto en los dientes si trabajan tres meses al año, pertenecen al mundo de la producción cultural o de la gestión idem.

Sirve de algo decir estas cosas o siquiera pensarlas? No lo sé. Posiblemente son las rarezas de un mundo cada vez más injusto, incomprensible y deleznable.

Pobres veraneantes

Suelo bajar a la playa a eso de las nueve de la mañana. Hacia las once empieza a llegar la masa de veraneantes. En particular aquellos que sólo pueden escaparse el fin de semana. Bajan a la playa con gran impedimenta dispuestos a aguantar al sol lo que haga falta y a poder ser hasta que oscurece. Así los niños regresan a casa agotados y no dan demasiado la lata.

La escena se repite una y otra vez, en particular los fines de semana. Llega una persona, hombre o mujer es lo mismo, suelta con gran decisión el cúmulo de bártulos que lleva en las manos. Coloca un montón de sillas, de flotadores, cestas y toallas en el suelo y se dispone a clavar la sombrilla en la arena. Calcula la distancia y la inclinación del sol y clava su sombrilla. La enrosca y finalmente la abre y hete aquí que donde da la mayor parte de la sombra es sobre mi silla y mis piernas.

Con voz suave, le hago ver que me está tapando el sol y que yo no quiero estar a la sombra. Me mira como si de repente yo hubiera surgido de la tierra (para esa persona, yo no existía hasta ese instante) y me dice una serie de cosas que en su boca suenan como argumentos irrebatibles: Hoy es viernes; esta es la línea de sombrillas; tengo que poner la piscinita del bebé aquí; vengo con niños y tengo que vigilarlos y otros igual de contundentes que no recuerdo.

A veces, la persona que llega trae tal clase de impedimenta, montada en un carrito de ruedas y sujeta con unos pulpos de goma, que no puedo por menos que mirar aquel artilugio y ver cómo de la pirámide se desprenden dos sombrillas, tres tumbonas, varios cestos de toallas y la neverita de las cervezas. Al ver que miro, probablemente con cara de asombro, la persona en cuestión, que también va a colocar una de sus sillas casi sobre mis pies y la sombrilla haciéndome sombra, me dice como único argumento de peso: Es que vengo con niños, antes de que yo pueda decir nada. Cuando ya ha desperdigado todos sus enseres por una amplia zona, cosa que me ha obligado si quiero seguir tomando el sol a desplazarme un par de metros, se marcha y aparece dos horas después rodeado de niños , mientras yo ya estoy recogiendo mis cosas para marcharme. Incluso ha llegado a suceder que yo me he subido a mi casa y allí no han aparecido ni padres, ni abuelos ni niños:Solo ha quedado sobre la playa la impedimenta desperdigada.

Es cierto que yo estoy en playa desde el mes de junio. Es cierto que en la ciudad hace un calor de mil demonios. No cabe duda de que los niños cuando no están en la escuela, se aburren en casa y los papas y mamas o trabajan o no tienen paciencia para entretenerlos. Ocurre con frecuencia que los abuelos para no aburrirse se hacen cargo de ellos. Es verdad que solo pueden venir los viernes y  quedarse hasta el domingo por la tarde, así que hay que aprovechar. No cabe duda de que estoy muy morena y se nota que llevo muchos días en la playa. Por otra parte, a quién se le ocurre venir a la playa a bañarse y nadar, tomar el sol y leer novelas tranquilamente. A la playa se viene a cotillear con las vecinas y con las otras mamás, a estar colgadas del telefono movil todo el rato y a interrumpir sus interesantes conversaciones, gritando: Fulanito no le tires arena a tu hermana, menganito, salte pafuera que te vasahogar (sic) o a meter a los bebés al agua en medio de una rabieta monumental. Por supuesto, se pueden hacer crucigramas, se puede contar que se ha hecho de comer, también se puede estar hablando a gritos acerca de las andanzas propias y ajenas.

Analizando cuidadosamente los argumentos emitidos que justifican las actitudes descritas, llego a la conclusión, después de constatar que mi silla y mi esterilla tienen una especie de imán sobre las sombrillas ajenas, que el problema es que estas personas, no importa la edad o el género, consideran que para la edad que tengo (se nota que estoy jubilada), lo morena que estoy y mi afición a la lectura, ya es hora de que me vaya a mi casa y les deje el sitio a ellos, pobres, que sólo pueden venir el fin de semana.

Miro a mi alrededor. Nadie se solidariza conmigo, por lo que deduzco que la mayoría comparte los argumentos de los recién llegados y considera que soy yo la que estorbo. Como me asiste un esforzado espíritu democrático, me pliego al sentir de la mayoría y me marcho. En mi camino de regreso, observo que la playa está vacía unos metros más allá y que las sombrillas se arremolinan en lo que no es sino un tercio de la playa. Para este fenómeno no tengo explicación ni argumentos, ni propios, ni ajenos.

Lo políticamente correcto

Hay, en un lugar prominente del Planeta, una familia poderosa, o mejor, una familia poseedora de mucho dinero que considera que ha llegado el final de los tiempos para ‘lo políticamente correcto’.

Es cierto que desde hace años vivimos en un mundo poblado de eufemismos que han modificado el lenguaje común, llevándolo a veces al extremo de lo absurdo.

Para evitar la discriminación racial, ya no decimos racial, sino étnico y tampoco hablamos de ‘negros’, sino de ‘gente de color’. Con ello discriminamos de otro modo, pues parecería que los que no entran en esa categoría carecen de color y eso es simplemente una tontería. Emplear el término negritud, a parte de ser una palabra preciosa y expresiva y abarcadora, no significa en absoluto desprecio o intento de marginación.

Para no discriminar por el sexo, empleamos el género gramatical diferenciador, cuando en español al menos el plural masculino no discrimina a no ser en la intención de quien habla. Así; hermanos y hermanas, amigos y amigas, compañeros y compañeras, etc. etc. vuelve el discurso pesado, redundante y, finalmente, ridículo, marcando, contra su pretensión, las diferencias innecesariamente.

Mientras esto ocurre, las mujeres siguen cobrando menos salarios por igual trabajo que los hombres. Sigue habiendo machismo y homofobia. Se celebra el Orgullo Gay porque se ha convertido en un inmenso negocio, pero en lo que se refiere a igualdad de derechos, respeto y dignidad todavía queda mucho que andar.

No obstante, esa familia riquísima no ha llegado a entender que detrás del lenguaje de ‘lo políticamente correcto’ y a pesar de sus lagunas y fallos, hay unos límites éticos y estéticos que no se deben traspasar porque generan injusticia.

Esa familia adinerada no entiende esta cuestión porque vive en el territorio del ‘todo vale’, si el negocio me sale a cuenta.

El momento de partir

Tengo un reciente amigo poeta al que acuso de pesimista. El, a regañadientes, lo reconoce, para afirmar enseguida que es muy vitalista, pero que el mundo está fatal y aunque a él le vaya bien, al momento siente que aquellas cosas que lo enfadan, que lo entristecen o que le hacen dudar de la sanidad mental de la raza humana le asaltan inmediatamente aguando la fiesta de su alegría de vivir.

Ahora que estoy a punto de marcharme y de pasar algo más de mes y medio alejada de televisiones, periódicos o cualquier otro medio de comunicación que me pueda poner en contacto con lo que ocurre más allá de lo que mis ojos puedan ver y mis oídos oír; ahora que me enfrento a un tiempo en el que la realidad me va a golpear de manera directa, sin la mediación de intereses, interpretaciones u opiniones ajenas, casi estoy a punto de recomendarle a mi amigo el poeta que haga algo parecido. Que permanezca un mes y medio sin recibir más información que la que él mismo sea capaz de percibir con sus propios sentidos.

Sin embargo, mientras no me he alejado de mi espacio habitual, sigo leyendo periódicos, oyendo la radio y viendo los telediarios y, claro, me asaltan esas noticias absurdas que aceptamos con toda naturalidad. Por ejemplo; una señora, casada con un británico, pero nacida en el extranjero, resulta que es expulsada porque no ha permanecido en el UK el tiempo suficiente para mantener su residencia. La buena señora había pasado en su país de origen mucho más tiempo del permitido cuidando a sus ancianos padres. Mientras tanto sabemos de otra señora que, junto con su familia y para evitar el pago de impuestos, reside en un país vecino y aquí la tenemos y nadie la priva de su residencia, ni de su pasaporte ni de nada de nada. Me dirán que son casos distintos y que las normas que afectan a unas cosas, no afectan a otras o les afectan unas diferentes. Cierto. Así es. Mientras tanto hay un señor que nos taladra los oídos con el cumplimiento de la ley que es igual para todos, cuando, a poco que nos fijemos, no cabe duda de que no es igual para todos o, si lo es en principio, luego empiezan a sumarse circunstancias y consideraciones y termina resultando que a unos se les imponen castigos ejemplares, por aquello de la alarma social, mientras que otros pasan silbando porque no parece que haya nadie alarmado.

Hace muchos años, cuando todavía alguien se ocupaba del conflicto árabe-israelí,  – aquí no hay más remedio que hacer un largo excurso;  desde mi punto de vista no es tal, mas bien se trata del conflicto en que han metido sin solución a los palestinos los israelíes y del que parece nadie quiere hacerse cargo para solventarlo, si bien ahora tenemos la excusa, como antes hubo otras, de que hay conflictos mayores en la zona- decía yo que hace años un rabino, citando a otro como suelen hacer, afirmaba que la justicia sin misericordia no es justicia.

Así pues, la ley que ha de ser igual para todos pues si discrimina no es justa, tampoco lo es sino es misericorde. Pero estas virtudes, la misericordia y la justicia, son muy antiguas y ya nadie espera que tengan presencia en este mundo.

Para darnos cuenta de lo fútiles y lábiles que se han vuelto nuestras convicciones (que son las que darían quizás cancha a la justicia y la misericordia) pondré solo un ejemplo: Resulta que llevamos algo más de cuatro semanas oyendo a un señor muy poderoso decir barbaridades en un tono además agresivo e impertinente. Hoy va y da un discurso ante los representantes de todo su país y lo que se valora es que ha sido más moderado. Dicho de otro modo, ha dicho las mismas barbaridades sin gritar tanto y sin emplear expresiones vulgares y todo el mundo parece haber respirado tranquilizado.

Ustedes saben qué sufrimiento va a ser tener la seguridad, mientras transcurre el tal mes y medio, de que no me voy a enterar de todo esto, de cómo avanza y retrocede aparentemente la estulticia en el mundo, planeando sobre nuestras cabezas, cómo la justicia inmisericorde se enseñorea y la verdadera justicia huye por la puerta de atrás. Pero, no sufran por mí. Mirando a mi alrededor, a una Centroamérica asolada por la desigualdad, la violencia y la falta de perspectivas de futuro, me consolaré, porque, a pesar de todo y sin duda, de este lado se está algo mejor.

Cómo reluce el oro

Todos señalan al señor Trump como alguien que vive en una casa forrada de dorados. Alguien que ya nació rico y que se ha enriquecido aún más.

Qué despistados andan algunos. Sobre todo esos de las zonas deprimidas que lo han votado. ¿Desde cuándo un rico, rodeado de dorados, se ha preocupado realmente de los pobres?

Pero el oro ciega. Es muy posible que vean en él lo que querrían ser. Sin embargo, estoy segura de que no dejaría su oro por nada del mundo. Todo lo más, en un arrebato sentimental, es posible que le dé algo a un pobre, pero de ahí a arreglarle la vida…

Esto me recuerda una cosa que decía mi profesor de griego (q.g.h.): Es muy posible que alguien malo malísimo alguna vez le dé un caramelo a un niño.

Si aquí nos quejamos de que esos pardillos (salvo honrosas excepciones), que han llegado al Congreso de los Diputados, vivan de espaldas a lo que la gente corriente necesita, no puedo imaginar a donde mira de verdad el señor Trump. Posiblemente el brillo de su oro también a él le nuble la vista.

Esta historia me recuerda una frase que atribuyen a María Antonieta. Habiendo un motín popular en Paris por la subida del precio de la harina, alguien la informó de que no podían comer pan y ella respondió: Que coman bizcocho.

Así estamos.

Acodados en la barra del bar

Menudo revuelo se ha montado con la victoria del señor Trump. Los asustados por un lado, que son legión. Por otro los que esperan que este señor los saque de pobres. Los análisis y los recuentos apuntan a que los que le han dado la victoria son aquellos cuyos bolsillos hace rato que crían telarañas. A lo mejor creen que la riqueza es contagiosa ya que este señor es millonario.

A mí, personalmente, no me asusta. En realidad me irrita. Me recuerda a ese personaje (con el debido respeto a los que frecuentan las barras de los bares) que se acodaba en escorzo en la barra del bar, mientras dejaba asomar en la comisura de sus labios la punta de un mondadientes. Con la cabeza cubierta por la boina y las cejas juntas, dejaba escapar de su boca sentencias solemnes que definían cual era su profundo universo; el cuerpo de las mujeres, las comilonas, lo sucios que eran los demás o lo sospechosos, y como su medida era la medida de la norma de perfección. Posiblemente el fulano no se había mirado jamás en un espejo. Posiblemente de tan bravucón y pendenciero, jamás había encontrado réplica entre los más prudentes.

Ese denostado lenguaje políticamente correcto, que banalizado como tantas cosas, ha llegado a volverse ridículo con lo de ‘miembros y miembras’, ha sido un logro que estamos convirtiendo en nada. Ha costado mucho pasar del tía al mujer, del maricón al homosexual, del negro al persona de color (lo que no deja de ser absurdo) y todo ello supone, con sus derivas insoportables, al menos un intento de pararle los pies al del mondadientes. Este, si no convencido, al menos marginado en la opinión de los demás, se ha vuelto más silencioso y menos pendenciero. Se ha dado cuenta de que sus bravatas no caen igual de bien que antes. Ya no le ríen las gracias.

Pero, hete aquí que aparece en escena el señor Trump y todo se va al garete. Ha dado carta de naturaleza a las formas y maneras del señor del mondadientes. Cuántos más se están acodando ahora en escorzo en la barra de cualquier bar.

Habrá que recordarle a este señor que ocupa un lugar muy visible y muy prominente, que, por ello, está obligado a dar ejemplo. Si no se aviene, habrá que recordarle que lo que él dice de las señoras se podría aplicar a su señora madre, a sus hermanas, si las tuviera, a su esposa y a sus hijas y nietas. Si no lo entiende, habrá que decirle que todos procedemos de África, que todos migramos desde su corazón poblando la tierra entera y que aquí estamos, mezclados y convertidos en mestizos de mil razas, siendo lo mejor que podíamos ser: seres humanos.

Su política puede favorecer a unos y perjudicar a otros, como todas. Pero, al menos, debe guardar las formas que es lo máximo que llegamos a enseñarle al del mondadientes.

Dolor de pies

Me fui a hacer recados. Al cabo de un par de horas de un lado para otro, mis pies empezaron a reclamar descanso. Hice algo que raramente hago: Me senté en una cafetería a ver pasar el personal y a descansar los pies. Claro, tomándome un café. No tenía por qué contarle al camarero que estaba allí solo porque me dolían los pies.

A esas horas de la mañana había pocos clientes en la terraza; un señor que no paraba de consultar su movil, unas señoras que charlaban y bebían una cerveza y, en la mesa más cercana a mí, un par de señores de ‘la edad corriente’ (que dice una amiga mía) que hablaban y se reían en inglés.

Al cabo de un rato, cuando mis pies estaban más o menos repuestos y ya me atrevía a pensar en la vuelta a casa, hete aquí que aparecieron dos señoras, pareja de los señores británicos. Se sentaron, pidieron sus cervezas y se pusieron a hablar entre ellas, mientras los caballeros seguían con sus conversaciones y lanzaban grandes risotadas. Yo no oía de qué hablaban los caballeros, porque ambos me daban la espalda y las voces iban en otra dirección, llevadas por el viento. Pero ellas estaban una de frente y la otra de perfil, de manera que oía al menos palabras sueltas. Entre esas palabras destacaba ‘shoes’, así que deduje que habían ido a mirar zapaterías.

Me hice mi composición de lugar: Estas dos Marys han ido de compras. Sus husbands han dicho lo que dicen los hombres: Ve, que yo te espero aquí. Ellas vuelven, sin comprar (eso sí es peculiar) y se sientan a seguir analizando lo que han visto, los precios y lo que les gusta y no les gusta y ellos siguen a la suya, con lo que quiera que hablasen.

Tras esta observación de los hechos, me asaltó un asunto ‘baladí’: ¿Por qué el personal se empeña en marcar las diferencias, cuando las semejanzas son tan evidentes?

 

Asuntos baladíes

Queridos lectores ocasionales y asiduos:

He decidido introducir una nueva categoría en la clasificación de entradas de este blog. Se llama ‘asuntos baladíes’.

Últimamente me asaltan pequeñas situaciones cotidianas que provocan en mí pensamientos que me parece excesivo denominar ‘reflexiones’ o incluso ‘opiniones’. A falta de un encabezamiento mejor, he venido colocando esas cosillas insustanciales bajo el epígrafe ‘opiniones y reflexiones’. Sin embargo, pensándolo bien, se trata de cuestiones sin importancia que responden mejor a la idea que encierra el adjetivo ‘baladí’.

Sea porque esta palabra es de origen árabe y me produce cierta empatía, por lo de mis  orígenes, tal como me la producen términos como albayalde, alcorque, acequia o aljófar, sea porque en verdad su traslación de sentido es algo que invita a reflexionar; de ser una cosa de pueblo, baladí ha pasado a significar ‘sin importancia’, por aquello del papanatismo que nos invita a despreciar lo propio y ponderar lo ajeno, lo cierto es que abrir un nuevo apartado con ‘asuntos baladíes’ me pareció lo más adecuado para estas pequeñas cosas sin importancia, pero que te asaltan en la vida cotidiana.

Espero que la nueva sección os sea de interés, porque todos estamos más sometidos a las pequeñas cosas que a los grandes acontecimientos y los pensamientos profundos y solemnes.

Un cordial saludo