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Baladí

Los que seguís con cierta atención estas páginas os habréis dado cuenta de que, casi todo lo que he escrito bajo el epígrafe genérico de ‘asuntos baladíes’, tiene que ver con esta extraordinaria experiencia que supone el vivir una  pandemia.

En el uso de este epígrafe y lo que en él se clasifica, hay una cierta ironía. No considero que estos sean asuntos sin importancia, pues algunos de ellos no solo la tienen en gran medida, sino que eran obvios, aunque la ‘normalidad’ en la que vivíamos nos hiciera pensar que eran temas menores que no nos concernían. Por ejemplo, la incertidumbre connatural a la existencia humana; la fragilidad de los seres, especialmente en lo material; la ficción del progreso o de la economía; los graves olvidos de la educación o la salud pública.

Vamos a reflexionar por un momento acerca del término baladí. Como muchos sabréis procede del árabe. Es lo que se llama una ‘nisba’. Es decir un nombre que tiene un valor adjetivo calificativo y deriva de otro nombre. En España son frecuentes los  patronímicos derivados de nombres topográficos, por ejemplo Lorquí, Ceutí, etc. que toman la forma árabe.

En el caso que nos ocupa se trata de un adjetivo procedente del término balad que significa pueblo. Pueblo en su sentido opuesto a ciudad. Es decir, lugar donde reside gente pero cuyo número o entidad física no lo convierte en una ciudad, sino que es algo menor y sin tanta importancia como una ciudad. Además de significar eso como primera acepción, significa algo así como ‘del campo’, por una oposición tácita entre ciudad y campo. De manera que, cuando nos encontramos con el término baladí, podemos pensar que se refiere a pueblerino o a campestre (rústico), dependiendo de cuál sea la intención del hablante. De ahí a pensar en ‘cateto’ hay un paso y ese es el que da en castellano. Baladí significa cosa menor, sin importancia, carente de interés, despreciable o sin sentido y prescindible, porque se relaciona con rústico, cateto, de campo.

Sin embargo y en paralelo -la vida de las palabras es un campo inagotable y de lo más apasionante aunque a algunos no les parezca- , baladiyya que vendría a ser el femenino de baladi, desde el punto de vista morfológico aunque no semántico, se convierte por su forma femenina en un nombre abstracto, y no tanto en un adjetivo, y designa a una institución tan noble e importante como el ayuntamiento; es decir la instancia colegiada que dirige la vida pública de un pueblo o de una ciudad o de una comunidad, ahí no hay distingos de tamaño o ubicación.

De manera que algo que es baladí, por la adición de una sílaba, se convierte en algo de suma importancia para la vida común de la gente. Si en el primero de los casos, se trata de un término que señala a algo carente de interés, despreciable y prescindible, lo segundo es, por el contrario, algo imprescindible y necesario para la vida en común.

Casi nunca pongo por escrito mi pensamiento político porque en ese sentido, al contrario que mucha otra gente que no abre la boca si no es para criticar a los que no comparten su pensamiento político o para alabar e incensar a los que sí lo hacen, yo no me considero en posesión de la verdad ni creo que mi forma de entender el mundo y su gestión sean únicas, infalibles, pertinentes y excluyentes. Tampoco considero que todo el mundo ha de pensar como yo y, por tato, no me siento autorizada para freír al personal, a la menor provocación o sin ella, y bombardearlo con mis soflamas en defensa de esto o aquello. La mayor parte de las veces, cuando me toca sufrir un ataque de ese tipo, procede de aquellos con los que no comparto ni una sola idea, independientemente de mi aprecio o cariño por ellos que son cosas bien distintas y que muchos confunden.

Voy a hacer un distingo necesario para que quienes me lean y no piensen como yo, no me excluyan o se sientan excluidos por mí. Mi afecto, mi valoración de su inteligencia, de su capacidad para ser acogedores y dignos de respeto no tiene nada que ver con que pensemos de igual manera o votemos al mismo partido o no. Es más, quiero a muchas personas, y no pienso renunciar a su cariño ni a lo que siento por ellas, con las que no comparto ni una sola idea política. Sólo faltaría que tuviera que enfocar mi cariño exclusivamente hacia los que votan como yo. Menudo aburrimiento y vaya una manera tonta de excluir a gente digna de ser amada.

Pues bien, hecha la aclaración y el inciso, voy a reflexionar sobre algunos asuntos de la baladiyya, es decir de la institución política o simplemente de la política, de la gestión de lo común o de la rección de un pueblo, una ciudad o un país.

No es un asunto baladí, en absoluto. Es una de las más nobles profesiones que se pueden ejercer. ¿No es de admirar que alguien tome sobre sí la responsabilidad de pararse a pensar en la vida de los demás, en cómo se puede mejorar y gestionar, para que todos sean felices y alcancen un modo de vida digno en el que no falte lo esencial y no sea imposible acceder a algunas cosas superfluas?

Creo que sí. Porque esa dedicación implica la renuncia en muchas ocasiones a la libertad personal, a la vagancia, a las vacaciones. Significa además el estar apartado por temporadas de la propia familia, de los amigos, de los vecinos. Supone estar en la mira de quienes escudriñan con lupa las acciones, las decisiones, los modales y los modos y no siempre lo hacen con afán constructivo. Supone un control de las propias ambiciones, de los propios favoritismos, de las pulsiones, de los odios y los apegos, de los intereses. Obliga a renunciar al autoritarismo y a ejercer la autoridad. Impele a la virtud y no al vicio o la molicie. Exige ser humilde y dar a conocer hasta las últimas razones de cualquier acción. Obliga en una palabra a ser ejemplar de la mañana a la noche, sin descuidar ni un instante los modos y modales, las formas de presentarse y de actuar, las palabras que se dicen y cómo se dicen, las que se callan por prudencia y sus razones.

Exige ser leal con amigos y enemigos. Exige ser fiel a lo que se cree. Exige saber renunciar a cualquier beneficio o al mismo cargo que se ocupa si algo no se ha hecho como se debe. Exige respetar las instituciones a las que se sirve. Exige ir por delante del pensamiento y de las necesidades de los demás. Exige actuar incluso antes de que surja el problema o el conflicto.

Es decir, la baladiyya reclama casi la santidad, por no decir que la exige directamente. Por eso;

qué se puede decir de un político que insulta

qué se puede decir de un político que aparece desaseado

qué se puede decir de alguien que usa de su cargo en su beneficio

qué se puede pensar de alguien que no ofrece ni una sola reflexión, solo acusa y denigra

qué se puede decir de alguien que no presenta ni un solo pensamiento constructivo

qué se puede pensar de alguien que solo atiende a los intereses de su grupo

qué se puede decir de quien no resuelve y espera que los demás se lo den resuelto

qué se puede pensar de quien siempre acusa a los demás de lo que ocurre

Yo, personalmente, pienso que ese individuo o esos individuos no deberían dedicarse a la política, porque han confundido de base algo tan importante como la baladiyya con lo baladí. No saben lo que es adjetivo y lo que es abstracto e institucional.

Personalmente estoy muy contenta de que aún queden políticos que se ocupan del bien común, que explican hasta la saciedad lo que hacen y por qué,  tienen en cuenta a los necesitados, los niños, los dependientes, las mujeres, los de las minorías, la investigación y la enseñanza, la salud, la solidaridad y la convivencia, no entran al trapo de las tergiversaciones malintencionadas, las palabras imprudentes e impertinentes o se dedican al insulto y la descalificación. Incluso me producen ternura algunos de sus errores, porque no son arcangélicos, sino personas.

Espero que los que no piensan como yo respeten lo que pienso y, caso de que me quieran, sigan haciéndolo.

Generaciones

Oigo en la radio que la locutora no sabe nada del plexiglas. No lo ha conocido, según afirma, y el nombre le hace gracia porque lo ha empleado siempre para designar una cosa que no sirve para nada. Comenta, además, que unas fábricas de otros derivados del plástico lo están empleando para hacer mamparas protectoras y máscaras.

Como no solo he conocido el plexiglas, sino que sé perfectamente de qué se trata, comentaré que, en los años cincuenta del siglo pasado, este material se puso muy de moda. Con él, cuyo nombre significaba ‘vidrio plegable’, se fabricaban multitud de objetos de todo uso. Entre ellos, mi primer paraguas que era de  un precioso plexiglas azul celeste, cuajado de flores blancas y al que le he dedicado atención nostálgica en otro lugar,.

Las palabras, pues, separan a las generaciones. No hace muchos años, un día, de broma, comentábamos que debíamos montar un guateque, pero se planteaba el problema de a quién le encargábamos llevar el ‘pikú’. Una compañera que hablaba de manera muy dulce y pausada, en medio de la algarabía, preguntó: ¿De qué estáis hablando? No entiendo nada. No digo nada pues de términos como sicalíptico que empleaban con cierta frecuencia mis padres.

Cualquier lingüista sabe que las palabras pierden vida por desgaste y se juntan unas a otras para defenderse o bien caen en total desuso. Pasa con ‘pero sinembargo’, que dice ya todo el mundo o ‘a por’ que también se emplea constantemente.  O como el célebre ¿se puede compenetrar? que usaba con tanta gracia Cantinflas. Otras palabras tienen un uso efímero como ‘sicalíptico’, que no superan sino unos pocos años, y más aún otras como plexiglas que designan un elemento que decae en el uso y que, curiosamente, como en el caso que nos ocupa, se recupera porque el tal elemento se vuelve a utilizar.

Cuánto tiempo hace que no se compran sostenes, sino sujetadores, o no se compra rimel, sino máscara de pestañas, o giletes sino cuchillas. Nombres procedentes de marcas que desaparecen, al tiempo que se multiplican las compañías que las producen y, por tanto, eliminan el nombre para hacer valer el propio. El resultado es que todos estos cambios marcan el paso del tiempo y el cambio de generación.

Sin embargo, queda en el fondo de comentarios como el de la locutora de la radio un cierto poso de amargura. Ella no conoce el verdadero sentido y origen de la palabra, no conoce el material del que se habla, pero  usa el término para designar algo despreciable y de poco valor. Esto es lo que suele suceder con lo relativo a la generación anterior. Sin darnos cuenta la ridiculizamos, la eliminamos, le damos de lado porque no forma parte de nuestro mundo, de lo que conocemos y hemos experimentado; todo lo que procede de ella nos parece obsoleto, innecesario o deleznable. Qué pronto olvidamos que si no fuera por las generaciones anteriores no estaríamos donde estamos, en lo bueno y en lo malo, y que la mayoría de nuestros logros se asientan en los cimientos que ellos pusieron.

Enmascarados

Estos últimos días ya no he tenido más remedio que salir a la calle a hacer recados. No todo se puede comprar por internet, aunque parezca mentira. Las visitas han sido a tiendas de ropa en general y a alguna otra como librerías y tiendas de pinturas artísticas. Es bastante evidente que todo el mundo tiene unas ganas locas de hablar; yo la primera. De manera que, en cuanto hemos coincidido dos mujeres más la dependienta, hemos pegado la hebra como si no hubiera un mañana. Nos quitábamos la palabra la una a la otra alegremente, detrás de nuestras respectivas mascarillas.

Luego, cuando regresaba hacia mi casa, me he dado cuenta de una serie de ventajas que supone la mascarilla. Por supuesto me refiero a ventajas adicionales al hecho de protegernos  de los contagios.

Desde antiguo -yo lo achaco al hecho de ser hija única- tengo la costumbre de hablar sola en voz alta. Cuando hacía muchos trayectos en coche, hablaba en voz alta sin ningún recato, más allá de cuidar de callarme si me detenía algún semáforo, porque si no callaba a tiempo, inmediatamente captaba una mirada de otro conductor o conductora que me observaba con cierta expresión de conmiseración o quizá de recelo. ¿Dónde va esa loca al volante?

Por la calle, evidentemente, no me atrevo a alzar la voz, pero no dejo de hablar conmigo misma – y más hoy en que ya había cogido carrerilla habladora.  Eso me obliga a ir muy atenta a las miradas ajenas y a las personas con las que me cruzo. Porque ya digo que no se trata de un diálogo interior, sino de un verdadero intercambio de pareceres conmigo misma y eso obliga a vocalizar. Hay que articular las palabras y entonces muevo los labios. Ya habréis comprendido, avispados lectores, que con la mascarilla puedo ir hablando sola, sin alzar la voz, claro, pero tranquila de que nadie me tome por loca. Esta es, sin lugar a dudas, una de las mayores ventajas que le encuentro a lo de ir embozada.

También he notado que las personas con las que hablo, que no me conocen, si son más jóvenes que yo, no me tratan como a una anciana. Antes de la mascarilla, en cuanto entraba en un comercio, siempre había una joven que me cedía la vez, tras emitir esa expresión cariñosa de ‘atiende a la abuela’. O bien, el dependiente o dependienta se dirigía a mí con una cierta reverencia, que podía resultar de hablarme en voz muy alta, suponiendo que a mi edad ya debía estar un poco dura de oído. En los casos más simples, la cosa no pasaba de no usar el tú y emplear el usted para dirigirse a mí. Años atrás nos habíamos quejado de la extensión del tuteo, pero en cuanto cumples años, eso se acaba y ya no se confraterniza tan alegremente.

Así que la segunda ventaja, que no es poca, es que no se me ven las arrugas lo suficiente, como solo tengo el pelo un poco canoso y ni mi cuerpo ni mi forma de vestir corresponden al de la ‘buena mujer’ de cierta edad, parezco o debo parecer más joven. Eso le da a mis interlocutoras una cierta confianza y me hablan como si fuera de su generación y no de la mía que es por lo menos una más.

De este modo he dejado de ser, de golpe y sin más artificio que una mascarilla, una vieja loca que habla sola. No diréis que es poca ventaja.

 

Miradas y saludos

Mi barrio es un espacio bien delimitado entre dos zonas de expansión de la ciudad. Dicho de otro modo; es una especie de remanso de calles estrechas y sombreadas, de edificios de poca altura, que se enmarca entre dos grandes avenidas con mucho tráfico y construcciones de gran altura y aire muy contemporáneo.

Eso significa que quienes viven en mi barrio llevan allí más de cuarenta años, como media, se conocen perfectamente y han sido testigos unos y otros de las vidas de sus vecinos. Podría decirse que simplemente se reconocen entre sí por el aire que desplazan al moverse. Pero, y ahí está la paradoja, no les es tan fácil reconocerse, desde que vamos todos enmascarados.

Desde que todos llevamos la mascarilla, me cruzo con gente que me mira a los ojos de manera insistente y, al más leve gesto mío, me saluda, aunque soy consciente de que no nos conocemos. Posiblemente, después de años y años de saludarse y de preguntarse por la familia y los acontecimientos menudos de la vida de cada cual, este enmascaramiento que les impide reconocerse al primer vistazo, les obliga a mirar con detenimiento quién tienen delante o con quién se están cruzando, no vaya a ser que, después de años de relación de vecindad ahora se cree una rencilla inesperada e indeseada por una simple mascarilla.

En cuanto alguien me mira fijamente a los ojos, he decidido saludar, no por engañar, sino por agradecer que me miren a los ojos, cuando antes, como no me conocían, ni siquiera me miraban a la cara.

Con este asunto del distanciamiento social y el no tocarse, se está dando otro fenómeno; no sabemos cómo saludarnos, sobre todo los que nos conocemos desde hace algún tiempo. Ya he hablado en otro sitio de los besos y los abrazos que, de momento, han de quedar postpuestos. Pero, como somos de tocar, la gente no se resigna a quedarse a distancia y no hacer una señal de que nos quieren abrazar o al menos establecer algún tipo de contacto. Empiezan, pues a practicarse dos tipos de saludo, a cada cual más inconveniente desde mi modesta opinión.

El primero de los gestos supone tocarse los pies. Es decir, levantar un pie y con él tocar el pie del saludado, quien a su vez también permanece con un solo pie apoyado en el suelo, en una especie de paso de danza poco airoso. Considero que estéticamente es un gesto feo, pero además me parece peligroso. Las personas mayores no estamos para ir haciendo equilibrios por ahí ni para quedarnos con un pie en el aire como las grullas. Cuanto mejor tengamos los pies, los dos, apoyados en el suelo, mejor para evitar accidentes.

El otro gesto es tocar con el codo propio, el codo del saludado. Es decir, darse un codazo. Este gesto era habitual cuando, en silencio, queríamos señalar sin decir palabra los defectos o la presencia poco grata o escandalosa de alguien que no era precisamente amigo nuestro. También servía para advertir a quien nos acompañaba de que con sus palabras o actitud estaba metiendo la pata en un momento dado. Me cuesta trabajo reconvertirlo en un gesto cordial de acogida, cuando en realidad significaba todo lo contrario; más bien rechazo.

En España hubo ocho siglos de presencia musulmana. Como se sabe, aunque de manera lejana, esos musulmanes, que procedían de oriente medio, eran en su origen árabes y uno de los gestos habituales de saludo en el mundo árabe, además de darse la mano o besarse, es el de llevarse la mano al pecho, a la altura del corazón, al tiempo que se inclina la cabeza en señal de respeto.

Mi propuesta es pues que hagamos ese gesto para saludarnos unos a otros: Llevemos nuestra mano al corazón e inclinemos la cabeza en lugar de hacer extraños y poco elegantes pasos de baile o codazos equívocos.

De este modo nuestro saludo será más cortés, al tiempo que recuperamos un hábito que fue común entre las tradiciones de nuestra tierra.

¿Reales o virtuales?

Durante casi veinte años, desde mediados de los setenta hasta comenzados los noventa del siglo pasado, se fue imponiendo la idea de que todos los jóvenes y, de paso, todas las profesiones con futuro, debían ser universitarios. De ese modo, los antiguos peritos y aparejadores se fueron convirtiendo en ingenieros técnicos, los alumnos de las Escuelas Normales, pasaron a formar parte de las Facultades de Ciencias de la Educación y, el colmo de todos los colmos, los estudiantes de las Escuelas de Bellas Artes pasaron a ser Licenciados en bellas Artes, lo que supuso que sus maestros tuvieran que hacer apresuradamente Tesis doctorales. Es sabido que todos los profesores universitarios, otro error, debían alcanzar el grado de Doctor, antes de hacer nada de provecho en el mundo de la investigación. .

Esta fiebre tercermundista conocida como ‘titulitis’ desencadenó una serie de efectos secundarios de los que quizá el más grave fuera el desprecio a los oficios y su secuela; la Formación profesional se convirtió en el camino para ‘los tontos’. Estos tontos, convertidos en mecánicos del automóvil o fontaneros, consiguieron puestos de trabajo estables y bien remunerados, a veces sus servicios se volvían prohibitivos, mientras los ingenieros técnicos se convertían en mano de obra subcontratada y explotada. Los artistas  hechos a sí mismos, por su parte, eran pocos y raros y muchos consiguieron sobrevivir cuando el arte se convirtió en inversión para adinerados ignorantes.

Desde aquel tiempo, en que yo ya tenía algo más que ‘uso de razón’  hasta hoy en que ya se me considera una anciana (persona de riesgo o de la tercera edad), he venido reclamando, sin que nadie me hiciera caso, la potenciación y puesta en valor de la formación profesional. He venido pidiendo insistentemente que se considerara la vuelta de oficios como los de ebanista, encuadernador, cantero o herrero que solo han florecido aquí y allá en función de políticas dispersas de recuperación de artes del pasado o de negocios para diletantes.

El coronavirus ha planteado una serie de cuestiones interesantes que aparecen como retos de cara al futuro. Mientras exportábamos enfermeras al Reino Unido nadie se planteaba que no tenía sentido privatizar la sanidad de forma masiva, ni dejar que las escuelas de enfermería no fueran necesariamente escuelas universitarias.

Ahora nos damos cuenta de que todo está masificado y que sería bueno diversificar la oferta de formación de manera que se rescataran viejos empleos y que estos fueran creativos, dando lugar a una industrialización, quizá no de grandes producciones, pero sí de pequeños centros creativos e innovadores. Pues el tejido industrial de nuestro país es débil, por no decir raquítico.

Estas tendencias en la educación, por otra parte, denigraban el trabajo en el campo o en la ganadería, salvándose únicamente aquellas explotaciones intensivas como invernaderos o producciones de carne masivas. No hay que olvidar que se redujo la cabaña ganadera y la producción de leche, los viñedos y se pretendía que también menguaran los olivares, siguiendo directrices de la UE que veía en nuestro territorio, por su buen clima, sus monumentos, paisajes y horas de sol radiante, no tanto una fuente de energías limpias, sino un país de servicios.

Así es como habíamos llegado a tener un montón de arquitectos que lampan, un montón de licenciados dedicados a cualquier cosa y un montón de camareros, sin contar con los de la paleta que fueron masacrados por la burbuja inmobiliaria.

En un artículo reciente de El País, se abogaba, por fin, por el retorno a la Formación profesional; capacitación productiva a corto plazo que debía centrarse en las nuevas tecnologías. El artículo era bueno y sensato y hacía propuestas dignas de consideración. No obstante, leído con calma y rumiado, creo que tiene una pega importante, con la que conviene tener cuidado o, al menos, estar alerta.

El acceso a lo digital y virtual es, sin lugar a dudas, un gran logro tecnológico. Desde las grandes empresas, a los investigadores y a la gente de a pie, nos ha facilitado la vida en muchos aspectos; la inmediatez de la información y el acceso a todo tipo de bienes tanto materiales como espirituales y culturales o del conocimiento y el entretenimiento. Es un medio limpio y asequible para la mayoría de las personas en todas las partes del mundo.

No me voy a extender en el terreno de la delincuencia que ha facilitado, ni tampoco en las adicciones que crea, ni en el alienamiento de niños y jóvenes frente a una pantalla. Ya sabemos que todo aquello que existe puede ser objeto de mal uso. Sin embargo, quiero fijarme en un aspecto que de vez en cuando va dejando su rastro en las relaciones entre personas y puede tener consecuencias en lo social cuyo alcance aún no conocemos.

Hace unos años, en un terrible accidente aéreo que se produjo en Barajas se contaba, supongo que era cierto, que un niño que vivió el desastre, preguntó en pleno accidente: ¿cuándo se acaba la película, papá?

Muchos perfiles de redes sociales, sin preguntas, permiten el uso de pseudónimos. No me parece mal, yo misma lo empleo, pero no cabe duda de que esconder la propia identidad puede responder a muchas razones y algunas pueden no ser ninguna broma. Pueden esconder otras intenciones. Conozco a mucha gente, sobre todo de países deprimidos, que presentan en sus redes sociales imágenes de su realidad y vida que son una total ficción. No esconden su nombre, pero sí esconden su verdadera realidad.

Es decir, existe un riesgo evidente de falseamiento de lo real en lo virtual. Más allá aún, existe una confusión que llegue a conceder mayor verosimilitud a lo virtual frente a lo real.

Hace muchos años, una amiga nuestra, en cuyo huerto había un olivo, nos contaba que su hijo de pocos años había suspendido uno de sus primeros exámenes porque había contestado que la vid producía aceitunas. Cuando la madre le dijo, pero, cariño, si hemos estado recogiendo las aceitunas de nuestro olivo, ¿cómo has contestado eso? El muchacho con toda la sinceridad del mundo respondió: Mamá, yo creía que en la escuela se hablaba de otra cosa.

Es decir, en muchos niños lo que ocurre en la escuela es algo diferente de lo que ocurre en la vida y les resulta difícil encajar que lo que aprenden allí tenga una aplicación en la vida real, ni siquiera una conexión con ella. ¿Qué pasará si el mundo se convierte cada vez más en una realidad virtual?

Si nos decantamos por la tecnología habrá que explicar muy claramente donde está el límite y qué es lo que de verdad vivimos; ¡un holograma o algo palpable!

 

La libertad pervertida

En estos momentos recuerdo con cariño al que fuera mi profesor de Filosofía en el bachillerato, don Antonio Aróstegui. Era un seguidor heterodoxo de Maritain, pero consiguió, a aquella edad de los catorce y quince años, que muchos de nosotros nos interesáramos por la Filosofía. Sus clases eran en realidad de debate y nos obligaba a preguntarnos los temas unos a otros, lo que estimulaba nuestra comprensión de los mismos y la ‘mala idea’ para pillar en falso a nuestros compañeros. Se calificaban tanto los aciertos como los fallos en que se lograba hacer caer al contrario. Recuerdo con satisfacción -esas pequeñas satisfacciones de la maldad adolescente- que me encantaba enfrentarme a un compañero autosuficiente y empollón y hacerle morder el polvo. Cierto que no siempre lo conseguía, pero su cara de rabia era un premio mejor que mi nota. No sé si aquel muchacho lo recuerda, pero yo sí y aún me regodeo de pensarlo.

Sin embargo, hablar de don Antonio no viene a cuenta de mis maldades de marisabidilla. Viene porque don Antonio nos hablaba de la libertad como el supremo don concedido al hombre. Ni siquiera Dios podía torcer nuestra libertad o condicionarla o privarnos de ella. Muchas veces, después, lo he pensado cuando por razones profesionales me he encontrado la palabra Islam traducida como ‘sumisión’. Muchos argumentan que el planteamiento del Islam, esa sumisión, es en donde radica la capacidad para el fanatismo de algunos musulmanes, que ha tenido sus brotes recurrentes a lo largo de la Historia. En el fondo, se trata de una mala interpretación no solo del término sino de lo que se espera del creyente, que no es otra cosa que lo que se espera de cualquier creyente monoteísta. Concebido el Dios Único como sumamente sabio, omnisciente, providente, justo y misericordiosos en grado sumo, al hombre creyente no le queda otra que admitir que es así y dejar de lado su conveniencia, sus deseos o sus apetitos y ‘entregarse’ a El, con la garantía de que lo va a llevar por el ‘camino recto’ hacia la salvación y la gloria eternas. Así que esa ‘sumisión’ no es sino una ‘entrega’ voluntaria del hombre a Dios, al quedar fascinado por todo lo que ese Dios puede y de hecho le ofrece. De modo que es un acto de amor totalmente libre por parte del hombre que no puede ser forzado ni siquiera por el propio Dios. El amor nunca puede ser forzoso y depende de la atracción del Otro.

Pues bien, don Antonio nos explicaba de modo muy claro que ni siquiera bajo tortura el hombre podía dejar de ser fiel a sus convicciones, a su razón. Una conciencia bien formada e informada, un razonamiento claro, desprendido, leal, sincero y verdadero no podía nunca ser manipulado. Ponía ejemplos sólidos de actitudes de personajes históricos fieles a su libertad, regalo de los dioses, que habían entregado su vida precisamente por no apartarse de ella o no echarla a perder, haciendo menosprecio de ella.

Otra de las cosas que aprendimos, en casa y no tanto en la escuela, es que nuestra libertad tiene un límite; aquel trazo invisible en donde hace frontera con la libertad del otro. Entre el amor incondicional a nuestra libertad y el respeto a la libertad de los demás o la defensa de la propia, crecimos y nos situamos frente a la realidad.

Pero hoy se ha pervertido la libertad o la hemos pervertido. Ha sido ese miasma miserablemente pequeño y dañino el que nos la ha puesto a prueba y hemos sucumbido. Ahí están los que se revisten de banderas que deberían ser de todos o de ninguno y se las apropian, montando charangas callejeras, con un desprecio infinito por la libertad de los demás y por la legitimidad de sus elecciones. Pareciera que este gobierno, que muchos han votado en el ejercicio de su libertad, fuera ilegítimo, tan solo porque esos que se dan al ruido y el patrioterismo no lo han votado. Dónde se han formado esas personas. Nunca nadie les habló de la libertad como lo hizo don Antonio o como lo hicieron mis padres. Son ellos más fuertes que Dios que no se atreve a contradecirse de habernos creado libres.

Son libres esos que salen a las calles a deshora, se acercan a los demás más de lo permitido, no portan mascarillas y se pasan las recomendaciones por el forro. Son libres para desconocer que su libertad termina en la fina raya en donde empieza la libertad del otro y su derecho a estar sano. O son simplemente seres egoístas, caprichosos e infantiles que cochecito que ven se lo quieren quedar.

Otra de las cosas que aprendimos, en aquellos lejanos tiempos, es que las normas son las que regulan la libertad. Nosotros, los seres humanos, somos más proclives a dejarnos llevar del deseo y el capricho, a considerar que lo que nosotros creemos, sin dedicarle mucho rato a la reflexión, es una Verdad universal y mayúscula que podemos imponer a quien se nos venga en gana, antes que caer en una duda razonable y en examinar que lo que nos molesta puede molestar a otros y al contrario.

Por otra parte, engolfados en nuestro deseo y pasión creemos tener la respuesta a todo tipo de retos y somos bastante alérgicos a la obediencia, al respeto y a aceptar que hay gente que sabe más que nosotros. El mejor formado de nosotros ya no puede ser un hombre del renacimiento que podía reunir en sí mismo todo el saber. Nosotros tenemos saberes más diversos, avanzados, complejos y fragmentados que exigen un trabajo en equipo, pero hay quien cree aún ser un humanista del cinquecento, sin darse cuenta de que es un ignorante y un antisocial del siglo XXI.

La obediencia a las normas en este caso presente no es solo un capricho o un ejercicio de poder, sino una forma de respetar la vida propia y la de los demás y, con ella, la libertad intrínseca del ser humano. Quienes pervierten la libertad, llenándose la boca de la palabra y dejándola vacía de su verdadero sentido, son sin duda criminales y suicidas al mismo tiempo.

Besos y abrazos

Hacia finales de los años sesenta, cuando el mundo de verdad empezó a cambiar muy rápido -me refiero al siglo XX-, una de las cosas que dio un giro radical fue la forma de saludarse.

Antes de aquello, se besaban los miembros de una misma familia, fueran hombres o mujeres. También se les pedía a los niños que dieran besos a amiguitos o amiguitas, pero solo si eran menores de siete años. Los varones se saludaban estrechándose la mano al tiempo que se daban palmaditas en la espalda, si es que tenían mucha confianza o se alegraban mucho de reencontrarse. Los caballeros les besaban la mano a las señoras, quienes por su parte, se daban besos al aire junto a las mejillas. Si los que se saludaban pertenecían a clases populares, lo hacían a distancia o dándose la mano. En general eran, en este último caso, más que apretones de manos, un tenderla para que te la estrecharan. Los que se daban verdaderos apretones, a veces, después de escupirse en la palma, eran los que cerraban tratos, en particular en temas de ganadería.

Si no habías sido presentado/a, no te saludabas con nadie, por mucho que supieras perfectamente quién era la tal persona. Por otra parte, si un encuentro fortuito se prolongaba, los dos conocidos se veían en la obligación de presentar y presentarse ante los que les acompañaban.

De pronto, aquello cambió de manera radical y a los desconocidos con los que coincidías en cualquier circunstancia, se les plantaban dos besos, uno en cada mejilla, al tiempo que cada cual decía su nombre que se quedaba colgado en el aire y nadie retenía por mucho rato. Si no volvías a tener relación con aquella persona, te podías pasar años encontrándola en los lugares más diversos y saludándola efusivamente, sin recordar para nada su nombre, al igual que aquel que se tiraba a tus brazos como si hubiera visto a alguien muy querido, tampoco recordaba, ni bajo tortura, cuál era el tuyo.

Estas efusiones, con personas casi o del todo desconocidas, llevaban a que, en las pausas de los semáforos, te besaras en la boca con aquel novio/a cuyo nombre posiblemente también ibas a olvidar en un poco de tiempo y que no significaría en tu vida más allá de un intercambio de microbios en el alto de una luz en rojo.

Es cierto que esta ligereza en las demostraciones de afecto -que no eran tales, en realidad- tenían un significado más profundo. En muchos de nosotros eran una forma de expresar nuestras ansias de libertad en muchos niveles; liberarse de unos modos sociales que entendíamos obsoletos y relativos a un mundo que no queríamos que fuera el nuestro; de rechazo a lo que nos habían enseñado en casa y que remitía a una época oscura que olía a dictadura fuera y dentro;  ansia por parecernos a aquellos a quienes envidiábamos y que vivían más allá de nuestras fronteras. En definitiva, era una forma de hacerle pedorretas a Franco, de llevarle la contraria a nuestros padres, demasiado sumisos al régimen, de mirar hacia Francia que nos parecía el colmo de la libertad y, por ende, de la felicidad. Nada de volver a las diez de la noche, nada de la manguita larga, ni del pelo corto en los muchachos, venga de minifalda y mucha barba.

Una noche, hace ya bastantes años, regresando a casa en el coche de un compañero a quien apreciaba y con quien tenía confianza, se produjo ese momento mágico en que las confidencias nos salen del fondo del alma y establecemos, impensadamente, un clima de mayor intimidad con alguien a quien conocemos de hace mucho, pero a quien nunca habíamos abierto nuestro corazón de una manera clara  y directa. Al despedirnos, nos dimos el par de besos consabidos. En el espacio que mediaba entre el borde de la acera y el portal de mi casa, como en un relámpago, me di cuenta de que el par de besos se había quedado corto.

Se me planteó un dilema; ¿debería haberle besado en la boca, para demostrar que habíamos avanzado un paso en nuestra mutua amistad y comprensión; o más bien deberíamos seguir relacionándonos como si fuéramos recién conocidos?

Por supuesto, nuca resolví ese dilema, pero, a partir de aquel momento, al encontrarme con alguien a quien veía por primera vez, tendía la mano a la altura de los ojos y con el brazo bien estirado para que el contrario no se lanzara a darme los dos besos de rigor. Debo reconocer que no lo conseguí siempre. Había quien te agarraba la mano tendida y tiraba con fuerza de ella hasta poner a tiro de su boca tus mejillas. Un desastre.

Con esta imposibilidad de dar besos a los amigos y conocidos a causa de la pandemia, todos hemos reconocido el valor de los besos y los abrazos, los echamos de menos y nos damos cuenta de a quién nos apetece estrujar contra el corazón. Me imagino que en el momento en que las autoridades sanitarias nos permitan la cercanía, vamos a dosificar mucho más nuestros besos y abrazos y darlos con verdadera intención, no sólo por cortesía.

Quizá en eso, al menos, el futuro, es decir ese anhelado día después, gane en sinceridad y en verdadera expresión de los afectos. Aunque solo cambie eso ya habremos dado un gran paso. De momento ya sé a quién no voy a volver a besar ni abrazar. Todo lo más le tenderé la mano. No soy tan mala como parece.

 

Extrañeza

Hace unas semanas, cuando empezamos con este enclaustramiento forzoso, muchos amigos, por todos los medios, me dijeron: Ahora vas a escribir dos novelas por lo menos.

Ayer, leyendo en  el periódico, un artículo de Elvira Lindo, ella desgranaba como en un rosario interminable nombres de autores de todos los tiempos y géneros que no eran comprensibles encerrados en sus casas.

Varios conocidos míos, artistas plásticos, están aprovechando para crear en este encierro forzoso y dicen que eso les da estabilidad. Hay quien lo hace incluso de forma seriada y, al concluir esta etapa y pasar a la llamada fase 1 de la ‘desescalada’, confirma que ha terminado y que ya va a seguir otros derroteros.

Sin embargo, observo con extrañeza cómo yo no he sido capaz de escribir ni una letra nueva, a parte de estos comentarios breves y esporádicos. Todo lo más he vuelto sobre la última novela que he escrito, que terminé antes de que se declarara la pandemia, y solo he sido capaz de pulir y pulir el lenguaje, cosa que siempre es posible e interminable.

Así mismo me he dado cuenta de que, aunque me compré un par de libros, con el sano propósito de leerlos aprovechando el parón de actividad exterior, no he sido capaz de abrirlos y los miro como si fueran una tarea pendiente que me acosa, pero que no soy capaz de acometer.

Esta reacción ágrafa y no lectora me produce una gran extrañeza y llevo un par de días dándole vueltas para intentar desentrañar cuáles sean las razones de ese alejamiento de las letras producidas y recibidas.

Creo que voy encontrando poco a poco una explicación. No escribo porque no vivo. Es decir. No es que me haya muerto ni que sienta el encierro como una ausencia de vida. Me levanto por las mañanas, hago gimnasia, compro lo que necesito para comer, hago la comida y empleo el tiempo en diversas acciones como limpiar armarios y cajones, poner orden o lavar ropa y ordenarla. Pero no hablo más allá de los mensajes de teléfono y alguna conversación con amigos o con mis hijos, aunque no estamos hablando todo el rato. También hablo con mi marido, por supuesto.

Sin embargo, no pescas conversaciones ajenas al vuelo, según te cruzas con alguien o no compartes espacio ni en la carnicería, ni en la peluquería, ni en un bar o en un transporte público. Esos chispazos de conversaciones y vidas ajenas cuya realidad desconoces y, por tanto, te ves impulsada a recrear, a suponer, a componer para que resulten coherentes. En una media frase, debes suponer unos antecedentes, unos consecuentes, unas razones y unos resultados. Todo ocurre por algo y ese algo que desconoces es lo que da origen a una novela. Además, los acontecimientos por nimios que sean deben corresponder a un espacio o un lugar. Debes recrear la habitación, la casa, la ciudad, el país. No queda más remedio que inventar un paisaje y un clima que sean acordes, o discordantes, con la escena que se está produciendo y que da lugar a esa media frase que acabas de reconstruir.

Por otra parte, el ejercicio de escribir sobre tus pensamientos y sentimientos no deja de ser un cierto onanismo intelectual que es absolutamente estéril. El pie que te dan las medias frases es el de desdoblarte en otros seres, tratar de pensar como ellos, de imaginar sus entornos, sus experiencias, en definitiva salir de ti mismo y adentrarte en otros mundos hasta conseguir descifrarlos y en ese descubrimiento descubrirte tú mismo.

Se podría decir que quien escribe es, fundamentalmente, un voyeur aficionado, a quien lo que le excita no es tanto mirar, como que el espectáculo le dé pie para inventar. Por eso mismo, quizá tampoco es capaz de leer quien no puede ir a fisgar en las vidas ajenas y a construirlas según su gusto o ingenio.

Para qué iba yo a leer un libro que no puedo comparar con lo que yo misma he podido inventar. Quien carece de total imaginación o capacidad para escribir sus propias historias posiblemente necesita leer las de otros para contemplar el resultado de lo que otro le invita a ver y que no es capaz de imaginar por sí mismo.

En el fondo, si se lee,  se trata siempre de saber si lo que uno escribe tiene verdadero interés. Si uno encuentra una gran novela, de manera automática piensa: con estos materiales ¿habría yo escrito algo mejor o peor? Con la conciencia clara de que aquel/la escritor/a ha estado observando medias vidas y frases y las ha recompuesto según su interés.

Antes del confinamiento, estaba yo leyendo, y terminé, una novela de un autor famoso que gira en torno a acontecimientos históricos ocurridos en un país que yo conozco bien y que además me interesa mucho. Terminé la lectura por puro sentido del deber, porque la novela es mala con ganas. Pero ahora me doy cuenta de que me lo pareció porque con ese material yo habría escrito una cosa mucho mejor y mas incardinada en la identidad del lugar. Incluso diría que el famoso autor se equivocó al escoger como personaje central a un personaje que queda desdibujado e insulso, mientras que despreció a otro elemento importante en la historia que, sin duda, poseía una mayor carga trágica e intelectual. Incluso podría haber inventado un duelo entre dos personajes totalmente antagónicos que hubiera dado mucho juego.

Así que esta extrañeza tiene una explicación. Es como si yo misma me hubiera dicho media frase y ahora estuviera creando un clima alrededor de ella. Tengo ganas de que cambie el clima y poder volver a contar historias que no tengan nada que ver con vivir a medias.

No cabe duda de que para todo se necesita de los demás. La vida no es vida en total aislamiento. Eso sí que produce extrañeza. La extrañeza de no hallarme a mí misma y no tener ganas de contar nada ni de que me cuenten nada. Esta no soy yo. Si alguien no me espejea, no existo. Eso es estar muerto.

 

 

Ausencias

En este tiempo de epidemia, cuando vemos desaparecer a nuestro alrededor a tanta gente, aunque ninguno nos toque de cerca, resulta que nos pasamos el rato tratando de saber cómo será el futuro. Esa’normalidad diferente’, que lo más probable no será ni normal ni diferente, porque, en definitiva, lo que si cabe preguntarse es a qué llamamos normal o qué es diferente; y con más precisión, qué es el futuro, sino una incógnita.

Por otra parte, llamamos certezas a lo que conocemos y que, por razones de seguridad y salubridad, deberá cambiar. Eso permite vislumbrar un futuro que en buena medida será distinto, si tenemos que hablarnos a distancia, si no podemos tocar o dejarnos tocar, si no podemos caminar a nuestro aire, cuando y donde nos de la gana.

Pero lo más importante no es cómo será todo. Lo importante es darse cuenta de qué es lo que nos va a faltar. Ahí está de veras la diferencia. He tenido a tres personas cercanas al borde de la desaparición y todas tres se han librado. Ahí están, con más o menos padecimiento, pero vivas. En ese momento, en el que he sabido que se habían librado de la muerte, me he dado cuenta de que sin duda alguna el mundo será diferente si ellas no están.

No hay que pensar que son personas con las que tengo algún vínculo más allá del respeto, la admiración y el aprecio. A una la conozco desde hace más de cincuenta años, a otras las conozco de apenas siete. Con una tengo una relación de carácter profesional que ha derivado en amistad, con otra un afecto reverencial, con otra, simplemente un trato cómodo y cercano. Pero si ellas desaparecieran, mi propia historia cambiaría; no sé si sería mejor o peor, pero en cualquier caso diferente. No siento necesidad alguna de darles abrazos, ni de hacerles arrumacos, ni de tocarlas, pero sé que están ahí y que mi vida, en buena medida es como es, porque existen.

Esto pone de manifiesto hasta qué punto nuestra vida, nuestra pequeña vida, depende de la existencia de los demás. No digamos de padres, hijos, esposos, hermanos o parientes de un grado u otro. No. Se trata de personas que han caminado con uno por esta trocha de la existencia, cruzando sus pasos con los nuestros y en esa medida, cambiando el curso de nuestro devenir.

Claro está que hay otras personas que también se han atravesado en nuestro camino -y empleo atravesado en su estricto sentido- porque el encuentro con ellas ha sido un tropiezo, un impedimento. Esas también nos han cambiado el rumbo, en algunos casos, pero si desaparecen, aunque suene feo decirlo, no las vamos a echar de menos y nuestra vida solo cambiará en un suspiro de alivio, del que luego nos arrepentiremos, porque está feo sentirse aliviado si alguien desaparece -pero eso es culpa de los principios que aprendimos o bien porque no nos gusta tener mala opinión de nosotros mismos.

Lo cierto es que lo que más nos aleja del mundo conocido no es que cambien los modos de la economía general, que el estado sea más o menos interviniente, que las relaciones docentes no sean presenciales y las comunicaciones telemáticas; que nos saludemos a la japonesa o a la española, que nos acerquemos o que nos mantengamos a distancia, que hablemos a través de mamparas o que vayamos embozados por la vida.

Lo que verdaderamente nos cambia la vida son las ausencias; esas son las que nos dicen que nuestro mundo, el pequeño mundo que conocíamos, está alejándose de nosotros y que los que nos vamos a morir seremos nosotros. Ese es el gran cambio. Cuando comprendamos que lo que era nuestro paisaje humano habitual se está borrando y siendo sustituido por otro de rostros desconocidos, eso es morirse. Eso es ausencia.

Posiblemente, muchos que no quieren salir de casa, aunque se lo permitan, son los que se han dado cuenta de cuántas ausencias se van a encontrar en el camino de su paseo y no quieren ver rostros que no conocen, ni siquiera embozados.

 

 

Incertidumbre

Lo que domina nuestro tiempo presente, es decir, hoy 20 de abril de 2020, es precisamente esto que llamamos incertidumbre.

El 10 de mayo de 2017, aniversario de mi primera comunión, por cierto, escribí en este mismo medio una a modo de reflexión que llevaba el título de ‘Vulnerables’. Entonces, en medio de esta vida tan ordenada, segura y predecible que llevábamos, reflexionaba yo, por una experiencia en Nicaragua, acerca de lo poco acostumbrados que estamos, en el lado bueno y cómodo de la vida, a los imponderables.

He aquí que casi tres años después, nos hallamos inmersos en un gran imponderable; este del coronavirus y sus nefastas consecuencias. Los responsables de la gestión de la pandemia, aquí y allá, dan palos de ciego y hacen lo que mejor les parece, después de consultarse unos a otros -ahora se puede ver con claridad la consecuencia negativa de la fragmentación del saber y la super-especialización- y  concluir que ‘es la primera vez que pasa algo así y estamos en pura experimentación’.

Sin embargo, no se trata tanto de analizar si lo están haciendo mejor o peor o si estos o aquellos habrían acertado más. A lo que muchos llegan, aunque no todos, es a concluir que nos hemos hecho conscientes de nuestra fragilidad y vulnerabilidad y de que no somos capaces de gestionar la incertidumbre.

¡Bravo! No cabe duda de que es así. Nos acabamos de caer del guindo (podría decir del caballo o que estamos en nuestro camino de Damasco, es más poético, pero no es verdad y sería largo de explicar donde reside la diferencia esencial; puede quedar para otro día). Decía nos acabamos de caer del guindo, porque nuestro super-mundo tecnológico y avanzado es tan estrecho o tan corto como nuestras narices. Nos creemos que somos el centro del Universo, que somos la avanzadilla de la Humanidad y, por eso, nos permitimos ignorar a esos otros mundos, mucho más reales, que están ahí a la vuelta de la esquina.

En ‘Vulnerables’ hablaba yo de una simple tormenta que podía acabar con un montón de gente en Nicaragua que iba, por lo menos, a pasar una noche aciaga. Pero esto que está sucediendo ahora, este 20 de abril, es mucho peor. Si aquí tenemos cientos y cientos de muertos que ya suman miles y si descubrimos de repente que no se pueden dar clases on line para suplir el cierre de las escuelas; si nos percatamos de que aún aquí hay gente que vive de la economía informal -eufemismo técnico para hablar de pobreza y vivir al día-, si por mucho que se intente salvar a los autónomos – la mayoría no cumple los requisitos, particularmente los que trabajan subcontratados para la administración o grandes empresas, pues como les pagan tarde (más de tres meses legales, que para eso firman contratos en donde dicen aceptar que no se cumpla el plazo)-  pues resulta que no están sin cobrar nada o teóricamente no han perdido el 75% de sus ingresos; nos damos cuenta de que muchos niños solo comen una vez al día, lo que le daban en el comedor de la escuela; nos damos de bruces con la realidad de ancianos relegados a residencias en donde se les presta una atención rutinaria en muchos casos y a la que los familiares solo acuden de ciento a viento; se nos abren los ojos a la realidad de que muchas madres solteras, si no salen a trabajar, no pueden mantener a sus hijos; nos percatamos de que muchas mujeres quedan encerradas con sus torturadores; comprendemos de golpe que los inmigrantes hacinados en centros de internamiento no pueden guardar la llamada distancia social; de que los presos tampoco están en condiciones de hacerlo porque viven encerrados  más de los que se preveía. Pues, si todo esto es así aquí, qué diremos que puede pasar en los barrios de hojalata de medio mundo, en los campos de refugiados o desplazados por guerras y violencia, en los lugares donde el machismo es la ley, en donde impera como medio de vida el menos de un dolar diario, donde no existe una sanidad pública, donde no hay escuelas salubres, donde ya hay hambrunas persistentes o una contaminación de las aguas que enferma solo de mirar a los riachuelos.

Qué vista tan corta. Si no hemos visto lo que pasaba al lado de nuestras casas, cómo vamos a imaginar siquiera lo que pasa a cientos o miles de kilómetros. Por eso aún nos devanamos los sesos, yo la primera, pensando en cómo se puede gestionar el caos, cómo se puede vivir en la incertidumbre, qué hacer en medio de la inseguridad.

Nos habíamos olvidado de nuestra fragilidad. De que lo que somos y tenemos nos ha sido dado, que lo mismo podíamos haber nacido en el desierto de Gobi que en Niza, que ni siquiera  nuestro esfuerzo nos hace más resistentes a los avatares, a todos nos puede caer una maceta de geranios en la cabeza en cualquier momento.

Por favor, no perdamos el tiempo en darle vueltas, yo la primera, a lo que es obvio y, mal acostumbrados como estábamos, dediquemos nuestro esfuerzo a buscar el modo de ser ingeniosos y positivos para salir de esta lo mejor parados posible.

De elecciones y votos, de nacionalismos ya hablaremos otro día, si vienen mejor dadas.