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La identidad de las mujeres

El viernes pasado, en el diario El País aparecía un artículo de opinión firmado por Eva Borreguero, experta en asuntos políticos y profesora en la UCM. No conozco personalmente a esta investigadora y analista política y no creo que ella sepa nada de mí, aunque su artículo se titulaba Mujeres del Isis, verdades incómodas. El tema que abordaba, con acierto,  ya lo he tratado yo en muchos de mis escritos sobre la mujer y el islam. Lo he hecho desde perspectivas diversas; literatura, política, religión, historia y alguna más,  llegando a la misma conclusión de la señora Borreguero: es una cuestión de identidad el hecho de que una mujer se adhiera a algo como el Isis, y yo añadiría, es algo que tiene que ver con el empoderamiento femenino y su participación en el espacio público.

Esto, como digo, lo he dicho ya en múltiples ocasiones y por eso creo que esta Profesora no me ha leído, lo cual no es de extrañar; muchas veces el conocimiento se encierra en compartimentos estancos o padecemos el prejuicio que consiste en creer que si alguien habla desde un enfoque filológico, pongamos, sus conclusiones nada tienen que ver con la política o al contrario. De todos modos he de decir que me conforta ver que investigadores más jóvenes se esfuerzan en entender lo que parece incomprensible y llegan a conclusiones semejantes a las que yo llegué en su día. Caminamos en la buena senda, pues.

Pero lo que me mueve ahora a hablar de estos asuntos no es reivindicar mi derecho sobre un ‘análisis brillante’ de la realidad y reclamar derechos de autoría. No. Me mueve a comentar este asunto la perplejidad que me produce hallarme con mujeres españolas, inteligentes, bien formadas, de clases acomodadas que se adhieren y defienden discursos de ultraderecha que son, precisamente, aquellos que niegan el espacio a la mujer, que niegan los derechos de la mujer en asuntos bien sensibles y que no han de ser tratados a la ligera o que si la colocan en sus filas, me da la impresión de que lo hacen para mostrar que hasta las mujeres están de acuerdo con su lenguaje machista y retrógrado. Es decir, las están utilizando de manera descarada.

Pues bien, en esta campaña electoral cada día me encuentro con alguna de estas mujeres que ha tomado partido por esa posición que, claramente al menos para mí, va en contra no sólo de sus derechos sino de sus intereses más básicos.

Creo, sinceramente, que en esta sociedad en la que se diluyen los valores, en la que la conciencia personal se vuelve realmente el último o único referente de nuestros actos y pensamientos (y eso es algo muy agobiante y opresivo), hay una necesidad de tener referentes , sean los que sean, que nos doten de una identidad definida y nos coloquen en el espacio público apareciendo bien diferenciadas de la masa: No hay mejor definición que la de un burka para ocupar un lugar ‘diferente’ en medio de la masa que viste de color o a cara descubierta.

Es casi tan provocador como desnudarse en un lugar público o significativo. Las mujeres que se adhieren a movimientos de derecha radical también están haciendo la revolución feminista; desde mi punto de vista, por la vía equivocada. Pero se están dando a ver en una sociedad que, no nos engañemos, considera a las mujeres como ciudadanos de segunda clase, aunque intenta disimular que ese sea su planteamiento y donde, por desgracia, aún hay muchas mujeres que favorecen que esos clichés de la ‘tontita’, solo buena para peinarse, se perpetúen.

Esta historia me trae a la memoria un caso sobre el que aún no he reflexionado lo suficiente pero que creo que puedo ya enunciar. Resulta que en Guatemala, donde saben muchos de los que leen esto, hemos estado apoyando a una señorita que gracias a ese apoyo y tras muchos avatares ha conseguido no solo graduarse de enfermera, sino que ha logrado un puesto oficial en una institución sanitaria con una remuneración con la que sueña el 90% de la población guatemalteca (hombres y mujeres). Esta señorita quedó embarazada de un novio que tenía y que se dio a la fuga en cuanto supo de la responsabilidad que se le venía encima (cosa que allí hace un alto porcentaje de varones). En la situación privilegiada de la enfermera, con la tan ansiada independencia económica, se entiende mal que, cuando se ha consolidado su situación profesional, el padre a la fuga haya regresado y le haya pedido vivir juntos. Dicho sea de paso, él tiene un empleo muy inferior, cuando consigue trabajo que no es siempre.

Esta muchacha a la que yo aprecio, pues la conozco desde que era casi una niña, me hablaba con cierto desprecio de su pareja, como alguien que depende de ella y se sitúa en un nivel inferior. Al principio no noté la forma sarcástica y despectiva porque el acento guatemalteco enmascara mucho estos matices para mi oído acostumbrado al español de España, pero al fijarme en ello, me di cuenta incluso de que lo consideraba como a alguien provisional y, por supuesto, no tenía ningún interés en formalizar su situación con él, a pesar de la insistencia del muchacho y de su familia. Creo que voy entendiendo lo que pasa en esta pareja o, más bien, lo que ella hace: Por un lado, al tener a un hombre a su lado, que además es el padre de su hija, esta muchacha legitima su estatus en la sociedad en la que vive, pero al mismo tiempo es consciente de que él es un parásito y al hablar despectivamente de él, lo pone en el lugar que le corresponde, afirmando su propia identidad. Qué difícil es todo en las relaciones interpersonales, cuando una parte no tiene clara su identidad.

Este ejemplo me ha venido pues a la cabeza porque es bastante evidente: No tiene nada que ver una opción de vida retrógrada con la falta de formación o con pertenecer a un nivel de vida deprimido. No. Tiene que ver con una identidad mal construida y necesitada de visibilidad. Es igual que aquello de que hablen mal de mí, pero que hablen. Lo que apunta  a una autoestima deficiente, favorecida por un entorno que en cuanto puede la rebaja aún más.

Gracias a la señora Borreguero he entendido algo que yo ya sabía.

Una vez más, balance

A final de año, suelo hacer balance acerca de cómo ha ido el pasado (2018) y trato de atisbar cómo pueda presentarse el próximo (2019). Suelo ser benevolente con el pasado y considerarlo como muy aceptable, y no esperar mucho del próximo y así no me resulta difícil considerar que el pasado no fue tan malo.

Pero este año, como en casi todos, en el que se han producido pérdidas sensibles, en el que algunas cosas han desparecido de mi horizonte y otras se alejan tanto que es como si no existieran, algunas cosas buenas e inesperadas han ocurrido, porque siempre hay de todo. Pero no es este recuento el que me interesa.

Hay, al parecer, un conflicto de identidades que cada vez se hace más presente y ciega o borra todo otro debate que podría ser -de hecho lo es- mucho más pertinente. Qué pasa con la violencia llamada de género, o con la violencia de acoso a menores (entre menores) o con la violencia de padres que se atizan porque no están de acuerdo con el resultado de un partido de fútbol, en el que juegan sus hijos -y se dan de tortas delante de ellos- qué pasa con la violencia contra indigentes o contra los que no tienen techo, qué pasa con la violencia que se ejerce contra los pobres que carecen de dinero para pagar sus deudas con las eléctricas o los bancos. Es decir, quién se está planteando que hemos entrado en una espiral de violencia de tal calibre que hay que intentar ponerle remedio en los diversos frentes de manera más que urgente.

No hablemos de las guerras, de los intereses que esconden, de la empresa armamentística y sus buenos dividendos que valen más que las vidas humanas. Del poco valor de la vida de quienes claman por la justicia y la verdad o por el simple derecho a decir lo que piensan y de quien lo piensan. De los olvidados en guerras olvidadas, de los refugiados, de sus vidas y familias, de sus esperanzas y sueños. De los que se ahogan en el mar tratando de llegar a un lugar mejor, en el que simplemente vivir sin miedo. De los que sin que nadie los persiga, se ven perseguidos por el hambre, por la falta de trabajo, por la ignorancia, por su falta de familia o de afectos. Todas estas son formas de violencia, unas más explícitas que otras.

Pero los remedios que ponemos a estas catástrofes son más puertas cerradas, más impedimentos, más cárceles, más vallas y más rechazo. Una vez cerradas las puertas y establecido quién es el enemigo: El otro; entonces nos dedicamos a cantar las excelencias de nuestra civilización, de nuestras tradiciones, de nuestros valores, de nuestros logros y, en definitiva, de nuestras señas de identidad.  (Parece que nadie percibe lo contradictorio de este planteamiento)
Pero estas señas identitarias se convierten también en arma arrojadiza. Yo tengo unos principios que tú no tienes; yo tengo unas tradiciones de las que tú no participas; yo tengo unos valores que tú no respetas. Somos diferentes, ergo si eres diferente a mí, es que eres malo por alguna razón que no va más allá de la diferencia. Por eso mismo tengo todo el derecho de perseguirte, de no querer hablar contigo, de no darte ni pan, ni sal, ni agua.

La diferencia se convierte en el rasgo más pertinente y sobre ella se construyen mitos clamorosos, cuando más parece recurrirse a la razón y el entendimiento. Se argumenta con la historia, una vez manipulada según convenga. Se argumenta con la lengua, como si esta no fuera algo cambiante y procedente de un mismo tronco, con las influencias de varios otros. Se argumenta hasta con la comida; eso en mi tierra no se come o eso es muy bueno porque se come en mi tierra. En fin, estamos llegando a un grado de estulticia y sinsentido que espanta.

Miro todo esto y oigo todos esos discursos y me parece habitar en un manicomio del que haya sido desterrada del todo la razón o el más modesto sentido común. Pero lo más terrible es que no oigo ninguna voz autorizada que señale un camino a seguir, una senda que explorar para salir de este vocerío inconexo y delirante. A los pocos que parecen poner intención de pacificar y detener la violencia se los acusa de todo tipo de maldades. No son lo suficientemente puros para aquellos otros que hacen de su manera de entender la realidad el único modo.

Cuanto más miro a mi alrededor, más me alegro de ser mezclada, de no pertenecer a oriente ni a occidente, de vivir en una ambigüedad que me permite ver lo bueno y lo malo donde quiera que se halle. Me alegra no poseer una verdad única y cerrada. Quizá por eso no tenga interés en mirar al futuro y en prever qué pueda acarrearme. Me temo que en ese equilibrio en el que vivo, en realidad me esté volviendo sospechosa y mi futuro no sea el más deseable.

Posiblemente alguien benévolo me diga: Hija, cómo vas por la vida sin convicciones profundas. A ese le puedo responder que se equivoca. Tengo convicciones profundas y no solo eso, son para mí irrenunciables. Creo en cuatro o cinco cosas de manera absoluta e innegable y no pienso de ninguna manera desprenderme de ellas. Sin embargo, mis convicciones no son armas arrojadizas. No las tengo para restregárselas por la cara a quien no las tiene o tiene unas convicciones diferentes. Ellas son mi seña de identidad y, por eso mismo, considero que cualesquiera otras serán igualmente para otro tan irrenunciables e identitarias como las mías lo son para mí. Precisamente porque son profundas y maduradas, experimentadas diría yo, no son renunciables ni intercambiables. Son firmes y forman parte de mi ADN. Por eso creo que seré una criatura sospechosa, pues teniendo convicciones no trato de imponerlas, ni desprecio a quien no las tiene. Es más, considero que las convicciones diferentes son verdaderas, tan verdaderas como las mías, porque si no lo fueran, cómo es posible que alguien las tuviera por convicciones.

El balance de la realidad que contemplamos no es halagüeño, visto desde esta perspectiva. Pero siempre puede haber un milagro. Lo sabremos a final de año, si seguimos con vida.

La casa del sol

Aliza Bloch ha ganado las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Beyt Shemesh, en Israel.  Que una señora de cincuenta años con experiencia de militancia haya ganado unas elecciones municipales no es noticia. Es lo normal. Lo señalable es que las haya ganado en Beyt Shemesh. Esta pequeña ciudad cercana a Jerusalén tiene una mayoría considerable de judíos ortodoxos, o más bien ultraortodoxos. De esos que se dedican a apedrear niñas, jóvenes o mujeres porque consideran que visten indecentemente. De esos que dejan a la mujer que trabaje para dedicarse ellos al estudio de las materias religiosas, Biblia y comentarios rabínicos. Esos que se benefician de todo lo que un estado social les provee, pero que no cumplen con las obligaciones que ese estado demanda.

-En mi opinión deberían estar todos suspensos y deberían echarlos de las yeshivot (escuelas religiosas) porque desde luego no han aprendido nada ni tampoco entendido nada del judaísmo que dicen practicar celosamente- Pero esto sería algo para comentar en otro momento.

A lo que íbamos es a que, sorprendentemente, ha ganado las elecciones una señora laica que no participa de la visión que estos señores tienen del mundo. Lo más llamativo es que a pesar de la concentración de religiosos en la ciudad se ha llevado más votos. No hay como que alguien se ponga cerril y atosigue a los demás, como para que haya una hermosa reacción en contra. Es decir, parece que los ciudadanos de Beyt Shemesh se han hartado de la vigilancia moral, han tocado su techo y han decidido desprenderse de su anterior alcalde (religioso o filo-religioso) y escandalizar a una buena parte de sus convecinos escogiendo a una mujer, nada menos, y laica, aún peor. Es sin duda este fenómeno producto del hastío y de la vigilancia implacable de aquellos que se consideran los defensores de la moral, convirtiéndose en la conciencia de todos.

Qué tiene que ver esto con el título, pues sencillamente que Beyt Shemesh significa eso: Casa del sol. Y yo creo que en el fondo es la razón última por la que se ha llegado a la situación de tener una alcaldesa poco religiosa. Beyt, que quiere decir casa, también significa templo (la casa de Dios, hemos oído muchas veces). Shemesh es no sólo el sol astro, sino el dios Sol de los antiguos panteones cananeos y Mesopotámicos. Un dios supremo que compartía su divinidad con otros muchos dioses femeninos y masculinos. Debió empezar a estar harto de la competencia despiadada de los seguidores del dios único que, por otra  parte le había arrebatado su lugar entre las divinidades.

Pero para reforzar esta idea de que es la venganza de un dios harto de que le quiten su lugar, para colmo, resulta que la palabra sol es un término femenino en las lenguas semíticas que, como se sabe, son aquellas a las que pertenece el hebreo, junto con otras más. De manera que se completa la revancha con una alcaldesa mujer.

Esto de la Filología, que es lo que yo estudié, da mucho de sí, si se usa bien, claro, como todo.

Una tradición que resiste

Eso decía el pie de foto de un diario de tirada nacional para ubicar una imagen de un cementerio repleto de personas con ramos de flores. Un psicoanalista ortodoxo diría que la frasecita es un  acto fallido, un ‘lapsus’; algo que nos revela lo que subyace a nuestra consciencia.

Es evidente que se refería a la costumbre de visitar cementerios el día de Todos los Santos y el de los Difuntos. Llevar flores a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, limpiar sus tumbas y rezar por ellos. Parece que es algo que ‘resiste’.

Desde luego resiste a la supresión de la muerte de nuestras vidas cotidianas. Nada de velatorios en casa, con el difunto entre cuatro cirios, sobre un catafalco. Nada de celebrar los funerales vestidos de negro. Nada de llevar luto, ni velos, ni medias negras. Nada de caldos y pastas para los que vienen a dar el pésame.

Los muertos uniformados son arrebatados de casa o del hospital para llevarlos a un Tanatorio -hasta que surgieron estos negocios funerarios, nadie sabía que era eso de Thánatos-, convertirlos cuanto antes en cenizas y desde luego no depositarlos en su tumba, sino aventar el polvillo aquí o allá, sobre el monte o el mar o donde quiera que sea.

No es que esto último me parezca mal, en absoluto, pero forma parte de una ‘tendencia’ que suprime la muerte, que la aleja de la vida, como si eso fuera posible y hasta conveniente.

A los niños se les cuentan historias de que el abuelito o la abuelita se han ido al cielo o están en un lugar mejor o están descansando porque eran muy mayores y estaban agotados.  Nadie se atreve a decir que en paz descanse, o que la luz perpetua brille para ellos o que la tierra les sea leve. Todos hablan de ‘donde quiera que esté’. O simplemente consideran que ‘están ahí mientras nos acordemos de ellos’.

Con esto, no sólo se ha perdido el respeto a la memoria de los difuntos, sino una aspiración tan antigua como el hombre (me refiero al ser humano) de eternidad, de perpetuidad, de trascendencia, de ir más allá de la materia endeble de la que estamos hechos.

Claro en un mundo de lo inmediato y lo agobiantemente presente, el futuro, y el futuro sin tiempo más,  son cosas raras, por eso parece extraño que haya quienes aún visitan cementerios, quienes aún rezan por y a sus muertos,  además de llevarlos en el corazón. Son raros quienes creen que los que han muerto tienen una vida nueva y perfecta en el reino de la luz y de la paz, en el reino de la misericordia de Dios.

Es posible que, a pesar de todo, no sea sólo una tradición que resiste, sino la resistencia de los seres humanos a no dejar de satisfacer esa ansia de trascendencia, de más allá, de superación de las miserias cada vez más presentes en este mundo de injusticia, insolidaridad, terror, bravuconería y crímenes desvergonzados e impunes.

Qué poco vale la vida de algunos

Un señor entra en un edificio oficial y sale, al parecer, troceado. Unos miran de lado, otros sueltan mutantes excusas y otros ‘lamentan el suceso’. Mientras esto ocurre en un lado del mundo, en otro se organiza una caravana de miles de personas que atraviesan ríos, montes y quebradas, para acercarse al sueño de una vida mejor o al menos escapar de una vida más bien mala.

No importa si mueren por el camino. En su tierra no tenían mucha esperanza de sobrevivir. Pero hay quienes les dicen que regresen a sus casas, porque no tienen derecho a  aspirar a una vida mejor. Por otra parte, es más cómodo que mueran en sus casas que no en el camino, en donde se va a enterar más gente de su negra suerte.

Saltan otros las alambradas y alguno muere en el intento. Nadie se para a pensar en la cantidad de sufrimiento que se ha derrochado hasta llegar allí, para luego morir de cualquier manera. El parte dice: parada cardiorrespiratoria. ¡Cómo si hubiera otra forma de morir! nadie que respire y le palpite el corazón está del todo muerto.

Pero si estas muertes, que no tienen más causa que el egoísmo colectivo y la indiferencia, son malas, la primera a la que me refería, esa depende sólo de una voluntad. De la de alguien que considera que es dueño y señor de la vida de otro ser humano. Si no procede de una voluntad única, sino más bien de la de un subalterno; ‘estricto cumplidor con su jefe’, es todavía peor. Alguien que se ha deshecho de su conciencia y la ha sustituido por la orden de su superior y llevado por el ‘exceso de celo’ se ha excedido en el empleo de la fuerza, causando la muerte de otro ser humano.

A dónde hemos llegado que estas cosas pasan y no son más que anécdotas en los noticiarios. Con lo difícil que es ser civilizado, el esfuerzo que exige no dejarse llevar por la fuerza bruta, el ejercicio del poder o los instintos más básicos. Todo aquello que significa la ‘virtus’ es decir, el dominio de uno mismo y de sus pasiones; eso es ser civilizado y lo estamos perdiendo a marchas forzadas, sin beneficio para nadie, además.

Filosofía

Podría parecer contradictorio que ubicara un escrito que lleva el pomposo título de ‘Filosofía’ en un apartado que yo misma he titulado como ‘asuntos baladíes’. Alguien, incluso, podría sospechar que no tengo ni idea de qué significa ‘baladí’ y que uso la palabra porque es eufónica, porque es bonita -que lo es- o por aquello de su origen árabe que tiene resonancias de mis propias raíces. Pero, no. Sé perfectamente lo que significa ‘baladí’.

Se califica de tal aquello que carece de importancia, que es insignificante, incluso grosero o propio del pueblo llano e iletrado. No en vano la palabra procede de balad  que se refiere a pueblo.

Es cierto que he escamoteado al lector un dato importante porque si no lo hubiera hecho, realmente no serían necesarias todas estas líneas que llevo escritas. Ya se sabe que los escritores -y me atrevo a pensar que lo soy- solemos escoger algo mínimo que pasa ante nuestros ojos y sobre ello elaboramos todo un texto que puede ser más o menos ingenioso, intrigante, lacrimógeno o divertido, según la inspiración del momento.

La cuestión es que, por una vez, voy a revelar mis fuentes para que se comprenda por qué la ‘Filosofía’ puede llegar a ocupar un lugar bajo un etiquetado general de ‘asuntos baladíes’.

Con frecuencia oigo en la radio una cuña publicitaria en la que un individuo, posiblemente muy experto -no me siento capaz de juzgar ni sus conocimientos ni su capacidad de transmitirlos- se presenta a sí mismo como competente en materia de organización de negocios y se ofrece a enseñar a cualquiera que se dedique a la empresa, al comercio o a actividades relacionadas. Para convencer a los oyentes de su capacidad, desarrolla un apresurado curriculum en el que, entre otros títulos de instituciones extranjeras o al menos con nombre inglés, se denomina a sí mismo como coach, palabra que últimamente está de moda y que ha servido para desplazar a múltiples posibles equivalentes de larga raíz en español como entrenador, mentor, consejero, maestro, orientador y algunas más.

Y finalmente, se define como ‘filósofo comercial’. Aquí ya me quedo varada y no sigo escuchando el anuncio. Al revelar este calificativo, me parece que se entenderá perfectamente por qué acabo de incluir a la Filosofía en el epígrafe de ‘asuntos baladíes’.

El resto de comentarios que podría desarrollar sobre el asunto lo dejo al ingenio del posible lector. Así como dejo a su capacidad de análisis reflexiones acerca de cómo se degradan las cosas más nobles con el paso del tiempo. No me siento en este momento con ánimo para desarrollar este último asunto, que lo es y de largo aliento, porque hace mucho calor ya que aún estamos en verano.

Perplejidad

Una noticia reciente señala a un cargo de cierto partido, implicado en múltiples casos de corrupción, como autor de un nuevo delito de abuso de poder. La acción delictiva se remonta a febrero de este mismo año, no a hace diez o quince. Así que este buen señor, por no denominarlo individuo,  no tiene el más mínimo sentido de la decencia, lo cual parece probado, sino que carece además del menor indicio de miedo a las consecuencias de sus actos. Posiblemente es que está convencido de que sus actos no tienen más consecuencias que las de hacer amigos y sacar provecho de ello. Por otra parte, en ese mismo partido, agobiado al parecer por los numerosos casos de corrupción, se acaba de producir lo que llaman ‘una renovación interna’ llevada a cabo por un joven miembro del mismo que ha conseguido aunar las voluntades de sus correligionarios. Este joven ha nombrado en su ejecutiva, depurada al parecer de corruptelas, a este individuo del que hemos comenzado a hablar y que parece un desfachatado modelo de corrupto.

Bien, por si el asunto no fuera lo bastante notable, el propio joven lider de esa formación está en cierto entredicho por haber logrado un título universitario de manera poco clara.

A mí que me educaron  bajo la premisa de una ética siempre sometida a revisión y examen de conciencia, que me ponderaron el propósito de la enmienda como una meta indiscutible a alcanzar y si no era capaz de ello a cumplir la penitencia por mis actos torcidos, estas realidades y la tranquilidad con que se producen, la sonrisa imperturbable con que se acogen y otros rasgos más me dejan sumida en la más absoluta de las perplejidades.

Por otra parte, estamos asistiendo a un fenómeno verdaderamente llamativo pero que va en la misma línea.  Tengo la impresión desde hace tiempo ya de que un movimiento separatista y nacionalista que nos trae en jaque desde hace más de un año, por no decir más tiempo, es sin más una cortina de humo que trata de desviar la atención de hechos muy graves que suponen el uso indebido de dineros del Estado, su apropiación y uso torticero y el enriquecimiento personal de algunos, creando redes clientelares de cómplices y encubridores que igualmente se benefician de determinadas prebendas.

El sentimiento nacional, el orgullo patrio, la pertenencia entendida como sagrada son sentimientos que no comparto más que muy levemente y desde luego para mis adentros como algo que me señala y me entronca, pero que no considero ni mejor ni peor, sino simplemente perteneciente a mi historia personal. Sin embargo, estoy dispuesta a aceptar, incluso a tolerar de buen grado que haya personas que hagan de ello una causa propia y lo conviertan en una lucha por conservar rasgos culturales, por ejemplo, que de otro modo correrían el riesgo de perderse u olvidarse.

Pero que se use ese tipo de argumentación que toca a lo sensible de muchos, en una dirección u otra, para ocultar delitos continuados que no sólo han beneficiado a una institución política respaldada por ciudadanos de buena voluntad, sino que ha permitido que muchos se lucraran a título propio e individual, me parece absolutamente deplorable.

No obstante, ahí tiene una baza el gobierno que trate de establecer un diálogo provechoso y que reconduzca la situación: ‘Sabemos que sabéis que lo sabemos’. Claro que viendo la cara dura que desarrollan unos y otros ante los casos de corrupción, no se si esa amenaza servirá de algo y se seguirá invocando la sagrada patria para ocultarla, pero no me cabe duda de que lo que yo creía era falta de cintura política, posiblemente era que los miembros de aquel partido, donde la corrupción ha campado a sus anchas y lo sigue haciendo, no pudieran emplear ese argumento, pues la respuesta era fácil: Y tú más. Por eso esperaban que los juzgados llegaran a instruir las causas para desenmascarar a los culpables y así desmontar los falsos argumentos patrióticos. Ya se sabe, no obstante, que la justicia es lenta y finalmente habrá que llevar a cabo una limpieza a fuerza de negociación política. Espero que la amenaza antes sugerida pueda surtir algún efecto positivo.

Mientras, yo sigo en mi perplejidad, aunque no me dura demasiado. Con estos calores no puede uno calentarse además gratuitamente la cabeza. Feliz agosto a todos.

Los amantes de los conflictos

En un mundo como el que tenemos que, por otra parte no difiere tanto de otros momentos pasados, resulta insoportable que existan personas amantes de los conflictos. No me refiero a aquellos que ostentan graves responsabilidades de gobierno, que alguno hay que no sabe vivir si no es en guerra o en amenaza de ella. Me refiero a los de andar por casa; a la gente corriente con la que a diario compartes espacios de lo más cotidianos y poco significativos. De vez en cuando aparece alguien que es amante de los conflictos.

Este tipo de personas si no hay de qué discutir, busca un motivo y si lo hay, entonces es feliz porque la realidad parece darles la razón. Tienen o suelen tener un modelo de actuación. Primero se quejan de que los excluyen. Entonces, los bien pensantes, pro bono pacis  los incluyen. Una vez en el círculo de los que trabajan por alguna causa común, de esas -repito- cotidianas, se encrespan porque no les reconocen lo mucho que hacen, cuando, en realidad, solo se dedican a proponer imposibles o a proponerlos a destiempo. Aún así, para que no armen bulla, se les conceden algunas cosas carentes de sentido, pero como a nadie les importan demasiado, los dejan hacer. En el fondo esperando que el fracaso de sus iniciativas les haga ver la verdad. Pero no se quedan contentos. Están a la espera de la primera ocasión en la que sembrar la discordia.

Como cualquier cosa que se haga o se diga tiene la posibilidad de ser malinterpretada, inmediatamente -ellos que estaban al acecho- se encrespan y argumentan. Pero sus argumentos también siguen un patrón: Moralizan y se ponen de ejemplo; ‘Yo nunca hago esto que acabáis de hacer’ y, por eso, ‘aprovecho la ocasión para señalarlo’. ‘No se debe, pontifican, hacer eso, pues el mérito es de gente como yo, que no se señala y se pasa el día trabajando por el bien común’. Vuelvo a señalar que si algún logro se obtiene no ha sido por su esfuerzo, más bien todo lo contrario y que se sepa nada han hecho a favor de nadie.

Si nadie les planta cara, cosa que es frecuente, pues la gente no tiene interés en las discusiones interminables, siguen erre que erre hasta que alguien les sale al paso. Entonces viene la fase de repliegue; ‘no quise decir eso’, ‘me malinterpretáis’, ‘yo solo quiero lo mejor para todos’. Acto seguido, como nadie le secunda ni se hace eco en esos mea culpa mas bien desmañados, entonces pasa a la fase siguiente; la de declarar sus afectos cerrados con ‘te quieros’ a diestro y siniestro, pero sin nombrar a la persona o personas que en el fondo eran objeto de sus reproches. Como todo el mundo sabe de sus fobias, porque si no las dice cantando, las dice silbando, todo el mundo entiende que sus declaraciones de amor no son para devolver la calma e incluyentes, sino más bien excluyentes de aquellas personas a las que envidia o en cuyo lugar quisiera estar. Con sus reproches a todo lo que se hace bien, lo único que está declarando, imagino que a pesar suyo, es que quisiera ser quien ha tenido el logro o quien ha manejado la situación. En definitiva me recuerdan a aquel personajillo de cómic el visir Iznogud (no bueno) que quería ser califa en lugar del califa.

Estas criaturas amantes de los conflictos consiguen enervar a todos y si uno no se anda con cuidado termina por tener un estupendo conflicto sin ninguna necesidad.

Que el Señor los confunda.

Necrológicas

Soy de esas personas a las que les gusta leer necrológicas, tanto si se trata de simples esquelas, como si son panegíricos escritos por amigos o colegas. Me gustan y a veces me deprimen un poco porque resulta que me entero en ese momento de la existencia de una persona prominente de la que no conocía nada; ni sus escritos, ni sus hazañas, ni sus valores o aportaciones a la humanidad. Sin embargo, tiene su utilidad leer necrológicas ya que una vez sabido que aquella persona hizo esto o aquello, indago, me fijo, busco su obra y leo lo que otros dijeron de ella en vida o lo que ella misma dijo de sí, de su obra o de cualquier cosa. Se coge una culturilla bastante amplia con este hábito.

Las necrológicas tienen otro valor importante. Todos tenemos miedo a morirnos por aquello del temor a lo desconocido y en este mundo de encuestas, estadísticas y otros sistemas de medición de intenciones y realidades, cuando en un mismo año van unas cuantas esquelas y necrológicas de gente de tu misma edad o cercana, sientes como si tu propia muerte se alejara unos pasos o unos puntos por ciento en la estadística. No sirve de nada, pero te permite lanzar al menos un suspiro de alivio, tan efímero el alivio como el propio suspiro.

Lo que no obstante me parece terrible es que no aparezcan las esquelas ni las necrológicas de personas que han contado con mi admiración y respeto. Me asalta un sentimiento lúgubre y una tristeza que es como una niebla persistente que todo lo hiela. Tengo la sensación de que esa persona que un día me fue cercana, querida, apreciada o admirada, solo lo hubiera sido por mí y como no soy una pluma conocida, ni siquiera puedo contar su biografía (el cariño o el respeto desconocen muchas veces la historia), narrar sus hazañas o decir algo sobresaliente, sino ‘te echo de menos’, pues no creo que me publicaran esa necrológica. Además, ¿quiénes son esas personas a las que yo aprecio y quiero? Seres desconocidos, anónimos, como se empeñan muchos en decir ahora, aunque todo el mundo tenga nombre y los que padecen la anonimia son los que no saben el nombre de quien vive a su lado.

Quiero decir que una necrológica escrita por mí no tendría cabida en ningún periódico, sobre todo si su contenido fuera algo como sigue: Yo quería a esta persona, me gustaba su compañía, la admiraba por su capacidad de trabajo y su entrega. Apreciaba su delicadeza, su sentido del deber, su diligencia y su respeto hacia los demás. Me sirvió de mucho conocerla, compartir algunas cuestiones espinosas con ella, aprender de su ejemplo y de su palabra. Jamás hubo entre esa persona y yo resquemores ni enfados, recelos o envidias, temores o cortesías. Todo fue espontáneo, natural, agradable y tierno. Sin ñoñerías, sin cursiladas, sin bromas tontas. Sin confianzas excesivas, con silencios sonoros, con complicidades.

Bueno. Pues ya se puede ver que no hay información útil en esta necrológica. La única cosa positiva es que tuve la oportunidad de conocer y tratar a una persona verdaderamente especial que nos ha abandonado y de la que nadie ha escrito una necrológica. Solo yo y aquí.

Las cosas perdidas.

Hace unos días falleció Mario Perniola, el filósofo italiano. A quien le interesa eso hoy; la muerte de un filósofo. Escribió de arte y comunicación y analizó nuestro tiempo con gran agudeza, pero a quién le interesa eso hoy. Sin embargo, en este tiempo en que nos indignamos con tanta frecuencia, él proponía que nos dignásemos. Sería bueno que pensáramos en ello.

En el mismo diario en el que se recogía la necrológica de Perniola, se publicaba una entrevista con José Enrique Serrano, presidente de una comisión del Parlamento que tiene encomendada la tarea de plantear la posible reforma de la Constitución del 78. Conozco, aunque no somos amigos estrictamente, a Serrano desde hace muchos años. Por eso me leí con detenimiento la entrevista. Posiblemente a muchos les pasó desapercibida, pero fue un grato reencuentro con aquello que llamábamos ‘la gestión de la complejidad’. Serrano se empeñaba en mostrar que la reforma posible no ha de ser ni en una dirección ni en otra necesariamente, que no ha de ser total ni parcial, y sobre todo que no ha de ser prejuiciada, en el estricto sentido del término. Tuve la sensación de que hablaba, como Parniola de algo perdido para siempre y que poca gente sabría a qué se refería.

Anoche, me encontraba yo en una reunión de barrio y alguien que se dedica a la política local, a una alusión a que estaban allí porque los ciudadanos los habíamos votado, respondió que no se trataba de política, sino de hacer lo que los ciudadanos y vecinos necesitan.  Así que se ha perdido el sentido de la política, por si no nos habíamos dado cuenta; la gestión de la polis.

Me temo, sin embargo, que se ha perdido todo el rato la misma cosa; la capacidad de actuar con dignidad  y no por indignación.