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El momento de partir

Tengo un reciente amigo poeta al que acuso de pesimista. El, a regañadientes, lo reconoce, para afirmar enseguida que es muy vitalista, pero que el mundo está fatal y aunque a él le vaya bien, al momento siente que aquellas cosas que lo enfadan, que lo entristecen o que le hacen dudar de la sanidad mental de la raza humana le asaltan inmediatamente aguando la fiesta de su alegría de vivir.

Ahora que estoy a punto de marcharme y de pasar algo más de mes y medio alejada de televisiones, periódicos o cualquier otro medio de comunicación que me pueda poner en contacto con lo que ocurre más allá de lo que mis ojos puedan ver y mis oídos oír; ahora que me enfrento a un tiempo en el que la realidad me va a golpear de manera directa, sin la mediación de intereses, interpretaciones u opiniones ajenas, casi estoy a punto de recomendarle a mi amigo el poeta que haga algo parecido. Que permanezca un mes y medio sin recibir más información que la que él mismo sea capaz de percibir con sus propios sentidos.

Sin embargo, mientras no me he alejado de mi espacio habitual, sigo leyendo periódicos, oyendo la radio y viendo los telediarios y, claro, me asaltan esas noticias absurdas que aceptamos con toda naturalidad. Por ejemplo; una señora, casada con un británico, pero nacida en el extranjero, resulta que es expulsada porque no ha permanecido en el UK el tiempo suficiente para mantener su residencia. La buena señora había pasado en su país de origen mucho más tiempo del permitido cuidando a sus ancianos padres. Mientras tanto sabemos de otra señora que, junto con su familia y para evitar el pago de impuestos, reside en un país vecino y aquí la tenemos y nadie la priva de su residencia, ni de su pasaporte ni de nada de nada. Me dirán que son casos distintos y que las normas que afectan a unas cosas, no afectan a otras o les afectan unas diferentes. Cierto. Así es. Mientras tanto hay un señor que nos taladra los oídos con el cumplimiento de la ley que es igual para todos, cuando, a poco que nos fijemos, no cabe duda de que no es igual para todos o, si lo es en principio, luego empiezan a sumarse circunstancias y consideraciones y termina resultando que a unos se les imponen castigos ejemplares, por aquello de la alarma social, mientras que otros pasan silbando porque no parece que haya nadie alarmado.

Hace muchos años, cuando todavía alguien se ocupaba del conflicto árabe-israelí,  – aquí no hay más remedio que hacer un largo excurso;  desde mi punto de vista no es tal, mas bien se trata del conflicto en que han metido sin solución a los palestinos los israelíes y del que parece nadie quiere hacerse cargo para solventarlo, si bien ahora tenemos la excusa, como antes hubo otras, de que hay conflictos mayores en la zona- decía yo que hace años un rabino, citando a otro como suelen hacer, afirmaba que la justicia sin misericordia no es justicia.

Así pues, la ley que ha de ser igual para todos pues si discrimina no es justa, tampoco lo es sino es misericorde. Pero estas virtudes, la misericordia y la justicia, son muy antiguas y ya nadie espera que tengan presencia en este mundo.

Para darnos cuenta de lo fútiles y lábiles que se han vuelto nuestras convicciones (que son las que darían quizás cancha a la justicia y la misericordia) pondré solo un ejemplo: Resulta que llevamos algo más de cuatro semanas oyendo a un señor muy poderoso decir barbaridades en un tono además agresivo e impertinente. Hoy va y da un discurso ante los representantes de todo su país y lo que se valora es que ha sido más moderado. Dicho de otro modo, ha dicho las mismas barbaridades sin gritar tanto y sin emplear expresiones vulgares y todo el mundo parece haber respirado tranquilizado.

Ustedes saben qué sufrimiento va a ser tener la seguridad, mientras transcurre el tal mes y medio, de que no me voy a enterar de todo esto, de cómo avanza y retrocede aparentemente la estulticia en el mundo, planeando sobre nuestras cabezas, cómo la justicia inmisericorde se enseñorea y la verdadera justicia huye por la puerta de atrás. Pero, no sufran por mí. Mirando a mi alrededor, a una Centroamérica asolada por la desigualdad, la violencia y la falta de perspectivas de futuro, me consolaré, porque, a pesar de todo y sin duda, de este lado se está algo mejor.

Cómo reluce el oro

Todos señalan al señor Trump como alguien que vive en una casa forrada de dorados. Alguien que ya nació rico y que se ha enriquecido aún más.

Qué despistados andan algunos. Sobre todo esos de las zonas deprimidas que lo han votado. ¿Desde cuándo un rico, rodeado de dorados, se ha preocupado realmente de los pobres?

Pero el oro ciega. Es muy posible que vean en él lo que querrían ser. Sin embargo, estoy segura de que no dejaría su oro por nada del mundo. Todo lo más, en un arrebato sentimental, es posible que le dé algo a un pobre, pero de ahí a arreglarle la vida…

Esto me recuerda una cosa que decía mi profesor de griego (q.g.h.): Es muy posible que alguien malo malísimo alguna vez le dé un caramelo a un niño.

Si aquí nos quejamos de que esos pardillos (salvo honrosas excepciones), que han llegado al Congreso de los Diputados, vivan de espaldas a lo que la gente corriente necesita, no puedo imaginar a donde mira de verdad el señor Trump. Posiblemente el brillo de su oro también a él le nuble la vista.

Esta historia me recuerda una frase que atribuyen a María Antonieta. Habiendo un motín popular en Paris por la subida del precio de la harina, alguien la informó de que no podían comer pan y ella respondió: Que coman bizcocho.

Así estamos.

Acodados en la barra del bar

Menudo revuelo se ha montado con la victoria del señor Trump. Los asustados por un lado, que son legión. Por otro los que esperan que este señor los saque de pobres. Los análisis y los recuentos apuntan a que los que le han dado la victoria son aquellos cuyos bolsillos hace rato que crían telarañas. A lo mejor creen que la riqueza es contagiosa ya que este señor es millonario.

A mí, personalmente, no me asusta. En realidad me irrita. Me recuerda a ese personaje (con el debido respeto a los que frecuentan las barras de los bares) que se acodaba en escorzo en la barra del bar, mientras dejaba asomar en la comisura de sus labios la punta de un mondadientes. Con la cabeza cubierta por la boina y las cejas juntas, dejaba escapar de su boca sentencias solemnes que definían cual era su profundo universo; el cuerpo de las mujeres, las comilonas, lo sucios que eran los demás o lo sospechosos, y como su medida era la medida de la norma de perfección. Posiblemente el fulano no se había mirado jamás en un espejo. Posiblemente de tan bravucón y pendenciero, jamás había encontrado réplica entre los más prudentes.

Ese denostado lenguaje políticamente correcto, que banalizado como tantas cosas, ha llegado a volverse ridículo con lo de ‘miembros y miembras’, ha sido un logro que estamos convirtiendo en nada. Ha costado mucho pasar del tía al mujer, del maricón al homosexual, del negro al persona de color (lo que no deja de ser absurdo) y todo ello supone, con sus derivas insoportables, al menos un intento de pararle los pies al del mondadientes. Este, si no convencido, al menos marginado en la opinión de los demás, se ha vuelto más silencioso y menos pendenciero. Se ha dado cuenta de que sus bravatas no caen igual de bien que antes. Ya no le ríen las gracias.

Pero, hete aquí que aparece en escena el señor Trump y todo se va al garete. Ha dado carta de naturaleza a las formas y maneras del señor del mondadientes. Cuántos más se están acodando ahora en escorzo en la barra de cualquier bar.

Habrá que recordarle a este señor que ocupa un lugar muy visible y muy prominente, que, por ello, está obligado a dar ejemplo. Si no se aviene, habrá que recordarle que lo que él dice de las señoras se podría aplicar a su señora madre, a sus hermanas, si las tuviera, a su esposa y a sus hijas y nietas. Si no lo entiende, habrá que decirle que todos procedemos de África, que todos migramos desde su corazón poblando la tierra entera y que aquí estamos, mezclados y convertidos en mestizos de mil razas, siendo lo mejor que podíamos ser: seres humanos.

Su política puede favorecer a unos y perjudicar a otros, como todas. Pero, al menos, debe guardar las formas que es lo máximo que llegamos a enseñarle al del mondadientes.

Dolor de pies

Me fui a hacer recados. Al cabo de un par de horas de un lado para otro, mis pies empezaron a reclamar descanso. Hice algo que raramente hago: Me senté en una cafetería a ver pasar el personal y a descansar los pies. Claro, tomándome un café. No tenía por qué contarle al camarero que estaba allí solo porque me dolían los pies.

A esas horas de la mañana había pocos clientes en la terraza; un señor que no paraba de consultar su movil, unas señoras que charlaban y bebían una cerveza y, en la mesa más cercana a mí, un par de señores de ‘la edad corriente’ (que dice una amiga mía) que hablaban y se reían en inglés.

Al cabo de un rato, cuando mis pies estaban más o menos repuestos y ya me atrevía a pensar en la vuelta a casa, hete aquí que aparecieron dos señoras, pareja de los señores británicos. Se sentaron, pidieron sus cervezas y se pusieron a hablar entre ellas, mientras los caballeros seguían con sus conversaciones y lanzaban grandes risotadas. Yo no oía de qué hablaban los caballeros, porque ambos me daban la espalda y las voces iban en otra dirección, llevadas por el viento. Pero ellas estaban una de frente y la otra de perfil, de manera que oía al menos palabras sueltas. Entre esas palabras destacaba ‘shoes’, así que deduje que habían ido a mirar zapaterías.

Me hice mi composición de lugar: Estas dos Marys han ido de compras. Sus husbands han dicho lo que dicen los hombres: Ve, que yo te espero aquí. Ellas vuelven, sin comprar (eso sí es peculiar) y se sientan a seguir analizando lo que han visto, los precios y lo que les gusta y no les gusta y ellos siguen a la suya, con lo que quiera que hablasen.

Tras esta observación de los hechos, me asaltó un asunto ‘baladí’: ¿Por qué el personal se empeña en marcar las diferencias, cuando las semejanzas son tan evidentes?

 

Asuntos baladíes

Queridos lectores ocasionales y asiduos:

He decidido introducir una nueva categoría en la clasificación de entradas de este blog. Se llama ‘asuntos baladíes’.

Últimamente me asaltan pequeñas situaciones cotidianas que provocan en mí pensamientos que me parece excesivo denominar ‘reflexiones’ o incluso ‘opiniones’. A falta de un encabezamiento mejor, he venido colocando esas cosillas insustanciales bajo el epígrafe ‘opiniones y reflexiones’. Sin embargo, pensándolo bien, se trata de cuestiones sin importancia que responden mejor a la idea que encierra el adjetivo ‘baladí’.

Sea porque esta palabra es de origen árabe y me produce cierta empatía, por lo de mis  orígenes, tal como me la producen términos como albayalde, alcorque, acequia o aljófar, sea porque en verdad su traslación de sentido es algo que invita a reflexionar; de ser una cosa de pueblo, baladí ha pasado a significar ‘sin importancia’, por aquello del papanatismo que nos invita a despreciar lo propio y ponderar lo ajeno, lo cierto es que abrir un nuevo apartado con ‘asuntos baladíes’ me pareció lo más adecuado para estas pequeñas cosas sin importancia, pero que te asaltan en la vida cotidiana.

Espero que la nueva sección os sea de interés, porque todos estamos más sometidos a las pequeñas cosas que a los grandes acontecimientos y los pensamientos profundos y solemnes.

Un cordial saludo