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Una mala racha

No cabe duda de que estoy teniendo una mala racha. Desaparecen de mi cercanía personas a las que apreciaba. En menos de un mes he perdido a tres personas que de una forma u otra han estado presentes en mi vida y forman parte de mis recuerdos. Como siempre ocurre unas eran más cercanas que otras. Estoy hablando de Feli, de Claudio y de Pilar. La primera era la mujer de una persona con la que trabajé en cuestiones solidarias; ambos me dieron ejemplo de alegría de vivir, de solidaridad y de cercanía. A ella se la ha llevado una enfermedad que parece ser el azote de nuestro tiempo. La nueva peste. Claudio fue compañero de estudios allá en los tiempos de Maricastaña, es decir, en Preuniversitario. Luego, a pesar de vivir muy cerca no nos encontramos más que dos o tres veces. Sin embargo, he trabajado, en circunstancias muy diferentes, con primos suyos, y su familia, su padre y una tía suya, eran amigos de mi madre y se conocían de antiguo. Amigos comunes, con los que he recobrado la relación después de muchos años, me han tenido al día de sus circunstancias, de tal manera que cualquiera de los recuerdos que examino, desde el pasado hasta el presente, me lo traen a la memoria. A él se lo ha llevado prematuramente también una rara enfermedad. Por último la dulce Pilar. Compañera de tantos años de luchas universitarias, cómplice en veranos con nuestros respectivos hijos y amiga cariñosa. Una mujer de una inteligencia superior, de una finura exquisita, de un saber estar y una elegancia siempre envidiables. Su muerte, debida a otra variante de esa peste común, me ha pillado totalmente desprevenida. Nada sabía de la enfermedad y por eso no sospechaba que pudiera tener un desarrollo tan rápido y fulminante. Me ha entristecido muchísimo. De todos modos, de ellos guardo en mi corazón su recuerdo y las muchas cosas agradables que vivimos juntos.

Todas estas desapariciones me dejan un poso amargo y por ello me refiero a la mala racha. En pocas semanas se han ido personas que forman parte de mi historia personal cada una en su diverso grado e intensidad y es, sin duda, como si el mundo se me volviera ajeno y desconocido. Siento que cada día mi mundo empieza a ser del pasado.

Sin embargo, la muerte de Rita Barberá por poco eclipsa -es un decir- todas estas muertes mucho más significativas para mí. Su muerte me ha traído a la memoria una pequeña historia que os voy a contar y, enredada en esa historia, por poco consigo acallar mis pérdidas y mis tristezas.

La historia es la siguiente. Un piadoso rabino tenía dos hijos. El mayor era jugador, mujeriego y pendenciero. Despreciaba la religión y se saltaba todos los preceptos. Su padre temía que iría a parar al infierno si en alguna de las muchas peleas en las que se metía, alguien le daba una cuchillada, y vivía en vilo por él. Su hijo menor, en cambio, era un hombre devoto, estudiaba con ahínco la Torah, cumplía todos los preceptos escrupulosamente, oraba y ayunaba. Mientras el mayor estaba en perpetua juerga y eso no parecía afectar a su salud, el menor pilló un resfriado, una tarde de viento, y murió de una mala fiebre. El padre quedó desolado. No podía entender la voluntad divina. ¿Cómo el Señor permitía que aquel disoluto siguiera viviendo a pesar de poner en riesgo su vida a cada rato, mientras que el pequeño, hombre de bien, había muerto en plena juventud por un simple resfriado? Abrumado por estos pensamientos el buen rabino fiel estaba a punto de perder la confianza en su Señor. Pero, hete aquí, que una noche, se le apareció en sueños un ángel que le dijo: Rabí, tu Señor me manda decirte que si se ha llevado la vida de tu hijo menor ha sido para impedir que cayera en una tentación que lo hubiera llevado derecho al infierno. Mientras que si preserva la vida del indecente de tu hijo mayor es para darle tiempo de que se arrepienta.

El rabí, como yo, tenemos que admitir que la voluntad de Dios es incomprensible. Él tiene razones que no se nos alcanzan. Cada cual que aplique esta historia como mejor le parezca.

Recordar

Es triste pensarlo, pero en estos días de Santos y difuntos, lo que viene a ser lo mismo, me vienen a la cabeza tantas personas desaparecidas que, contándolas, me doy cuenta de que ya conozco a más muertos que vivos.

Pero muchos más son los muertos que nadie rescata de la memoria, aquellos de los que nadie se acuerda o que, nosotros que vivimos lejos de ellos, no hemos conocido nunca y sus muertes, sobre todo las violentas, nos resultan algo ajeno.

Hoy hago el esfuerzo de, como dice el Apocalipsis, mirar a esa muchedumbre de túnicas blancas que vienen de la gran tribulación. Esa gente que ha padecido en esta vida por culpa de nuestra indiferencia, del egoísmo y las ambiciones desmedidas. Que gocen de paz y de misericordia, esa que no tuvimos con ellos y que nos perdonen.

Una cuestión de palabras

Hace unos días nos dejó un pariente cercano y amigo. Estos dos calificativos no han de ir necesariamente juntos. Es decir, se puede ser pariente y no amigo y al contrario. Sin embargo, en esta persona recién desaparecida se reunían ambas cualidades, por ello ha dejado un vacío difícil de llenar y su recuerdo me asalta constantemente, produciéndome una gran tristeza.

Posiblemente y dados los sentimientos que me produce su muerte, he estado  buscando  la manera de consolarme, sin darme cuenta de que lo hacía. Lo normal es que amigos y familiares no se den consuelo unos a otros porque siempre hay prioridades cuando se produce una pérdida. Es decir, entre los más allegados se busca a aquellos que, por circunstancias o por consanguinidad, son más cercanos al difunto, de modo que a los que no hemos convivido ni tenemos un parentesco tan inmediato nadie nos consuela. Parece lo normal consolar a la esposa o al marido, a los hijos, a los hermanos o los padres, pero no tanto a los cuñados, los sobrinos o los primos.  Incluso van por delante los compañeros de trabajo y los que participan de una afición común. De manera que los que somos consortes de un primo nos quedamos fuera del consuelo, relegados a la última fila, si no con el único cometido de ofrecer nuestro apoyo a los demás.

Cuando el difunto es un pariente y amigo, al que aunque vieras poco o con el que tuvieras sólo un trato episódico, considerabas una persona encantadora y lo apreciabas de veras, te ves en la necesidad de buscarte tus propios trucos para sobrellevar la pena, ya que nadie te va a dar una palmadita cariñosa en el hombro.

Como decía, me he visto en la necesidad de buscar algún tipo de consuelo. Al ser una persona creyente y pensar que hay otra vida después de esta, uno de los posibles consuelos es el de que ha alcanzado la paz, la gloria y la compañía de los santos. En este planteamiento, sin embargo, hay un riesgo. No conocemos los defectos ocultos de los demás, no sabemos nada de sus pecados y tal vez eso nos siembra un ápice de duda; ¿no será que se habrá ido al Infierno y, entonces, la cosa es aún más triste y lamentable?

Recordando la personalidad del difunto, un hombre alegre, chistoso e ingenioso, que pasó los últimos años de su vida dedicando ratos a hacer compañía a algunas personas solitarias, dedicado a tareas que podrían parecer un hobby, pero que en realidad le permitían estar cerca y resolverles pequeñas averías o problemillas a personas que no sabían o no podían resolverlas por sí mismas, me vino a las mientes la frase referida a Jesús de ‘pasó haciendo el bien’.

Esta frase tiene, al menos en mis oídos, un cierto eco rancio. Soy muy dada a visualizar lo que las palabras sugieren. Y esta expresión ‘pasó haciendo el bien’ me remite a una persona un poco lamiosa, que va con las manitas juntas y el espinazo un poco doblado, camina por la orilla del camino, pegada a las fachadas de las casas, como no queriendo estar o hacerse ver. Me suena la frase a persona un poco ‘meapilas’ de las que hacen ‘caridad’ y me fastidia bastante. Incluso, como soy creyente, me fastidia que se la dedicaran a Jesús.

Pero, pensando en mi pariente y amigo, se me ocurrió que de ir al infierno nada. Que aquel hombre se había pasado sus últimos años y probablemente los anteriores haciéndole la vida agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Les había resuelto pequeñas cuestiones, les había dado compañía y les había hecho reír. A lo mejor no tenía nada más que dar, pero eso es más que suficiente. Lo último que hizo por mí fue ayudarnos a trasladar una mesa que pesaba un quintal y que solos, mi marido y yo, no hubiéramos podido mover. No hubo más que llamarle y acudió, nos gastó un par de bromas, nos hizo reír y cargó con el mueble.

Me he consolado, pues, pensando que nuestro pariente y amigo es un santo, porque pasó por la vida haciéndosela fácil y agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Qué difícil es eso. No tratar de imponer nuestros criterios, estar atentos a lo que el otro necesita, prestarle el apoyo en cuanto lo demanda o sin que lo demande, no cobrarse el favor, no pedir nada a cambio, (le ofrecí tomar algo, como otras veces, y lo único que consumía era un vaso de agua), no recordarte jamás todo lo que ha hecho por ti, no tener buenos propósitos de dar afecto y cariño, pero meter los dedos en los ojos a la mínima. En fin, descanse en paz, que seguro que para él brilla la luz perpetua.

Fabricando recuerdos

En junio de este año nos juntamos los chicos/as del preu 1965. Podía haber sido un encuentro simplemente nostálgico y luego cada cual a su tarea y a su vida. Pero se creó algo más que un simple encuentro. Se creó una especie de necesidad de repetir los encuentros, como si quisiéramos, sin decirlo, proveernos de nuevos recuerdos que tuvieran sentido a la edad de la que ahora gozamos. Son diez minutos los que podemos dedicar a los quince años. Sin embargo, nuestras vidas de hoy, cuando ya tenemos hijos mayores, cuando ya hemos realizado toda nuestra tarea profesional, no se conforman con las chiquilladas. Aquello no basta. De manera no premeditada, unos y otros hemos ido buscando las ocasiones de vernos; de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro o de diez en diez.

De eso se va haciendo la vida. Ya podemos decir: ¿Te acuerdas cuando nos vimos en Madrid? ¿Te acuerdas de cuando nos encontramos en Murcia o en Almería o en Alicante? Estamos fabricando recuerdos que tengan nuestra identidad actual, no la de aquellos jovencitos y jovencitas que apenas nos asomábamos al mundo, sin saber muy bien qué era todo aquello. Unos arrastrando timideces, otros haciéndonos los valientes y los que dominaban el terreno. Todos con la falta de seso propia de la edad, pero con la voluntad firme de convertirnos en hombres y mujeres de provecho, como decían nuestros padres. Y ahí estamos, tejiendo nuevos lazos, cuando ya estamos al final del camino y con las tareas hechas; esas que no se terminan hasta que no acaba la vida, pero sin un horizonte lejano y desconocido como el que preveíamos en 1965.

Alguien dijo no hace mucho que esto era amor. Es posible. Amor a la vida, amor a darle sentido y a no dejarse llevar por la inercia de recuerdos ya añejos. Viva la vida, viva el amor, viva la amistad.

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Un encuentro feliz

Hace algunos días recibí en mi casa a dos viejos compañeros de bachillerato y a sus esposas.

Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos y todos guardábamos buenos recuerdos de aquellos ya muy lejanos 15 años. Sin embargo, tanto mientras comíamos, como en la larga sobremesa que a todos se nos hizo corta, no salieron a relucir aquellos recuerdos que sólo compartíamos la mitad de los presentes. Frases como : ¿Te acuerdas de fulanito, de fulanita o del profe de esto o aquello? no estuvieron presentes en la charla, lo que sin duda los cónyuges agradecieron, pero que de algún modo fueron muestra de la madurez adquirida.

Todos hemos vivido vidas diferentes en profesiones muy distintas y con dedicaciones dispares, no obstante estamos en el mundo que nos ha tocado vivir. Como en todas las épocas, un mundo cambiante que se aleja mucho de lo que nos enseñaron que sería la vida y, no sólo eso, muy diferente de las convicciones que llegamos a forjar en los últimos cincuenta años, tirando de las enseñanzas de nuestra propia experiencia. Fue bastante claro que todos queríamos dar a conocer al otro nuestro rostro de hoy. No necesitábamos regresar a la adolescencia, pues nuestro trabajo nos costó superarla y salir de ella medio bien. Hace mucho que somos adultos y ese era el mensaje que queríamos transmitir: ‘Míra que mayor me he hecho, como tú más o menos’.

Una delicia. Gente que no reniega de su edad ni de los achaques que le ha ido trayendo, que habla de su vida, de su trabajo, de su voluntariado o de su ocio con la alegría de deberes asumidos y llevados adelante con dedicación y entusiasmo. Gente que no vive, aunque viva, para estar al servicio de los hijos. Gente que los vigila de lejos, sin entorpecer, pero atenta a sus necesidades. Gente sabia, entre la que sin pudor me incluyo, porque ha sabido hacer en cada momento lo que ha tocado hacer, lo ha vivido hasta el fondo y ahora ni lo añora ni trata de mantenerlo en pie contra viento y marea. La edad de criar hijos pasó, la de medrar en el trabajo, se fue, la de ganarse una posición en el mundo es tarea ya de otros. Así que, ahí estábamos, comiéndonos nuestra comidita medio-oriental, hecha con todo el esmero de que soy capaz, y charlando durante horas de lo divino y lo humano sin encerrarnos en un círculo añejo de recuerdos de lo que fuimos y ya dejamos de ser, cosa estupenda -dicho sea de paso- porque en aquella época estábamos a medio cocinar y hoy, ya estamos bien cocidos, pero no amojamados ni tiesos.

Una delicia este encuentro con quienes por razones diversas no pudieron ir al encuentro ‘oficial’ del pasado junio. Gracias por venir, por estar y por participar con vuestra realidad de hoy. Realidad inclusiva que permitió que nuestras parejas no se sintieran desplazadas ni se aburrieran como hongos, al escuchar ‘viejas batallitas’.

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Cosas de cocina

Inmediatamente después del desayuno, suelo ponerme a cocinar. Esto significa que aún estoy en ropa de casa; pijama y bata. Esta mañana, mientras me hallaba en esa situación, se me ha ocurrido pensar que yo no podría hacer esos videos de recetas que tan de moda están y que todo el mundo cuelga en sus web o en, las así llamadas, diversas redes sociales, porque, claro, no es cuestión de aparecer de esa guisa ante miles de ojos.

También pensé que era lo de menos, porque casi todos los que acceden a mi página o bien están intentando venderme viagra o son amigos y parientes que ya me han visto en mis horas más bajas alguna vez.

Como la mente vuela, no sólo me entretenía en estos pensamientos, sino que, buscando una buena receta para renovar un primero de alcachofas, recordé algo que decía mi madre: Como no tengo de esto, le pongo esto otro que es parecido. Efectivamente. La receta decía: Póngale manzana reineta, y yo, tras dar una ojeada al cesto de la fruta, agarré dos ciruelas, las laminé y las eché al sofrito de perejil y ajo picado. Más adelante decía: Añada una cucharadita de mostaza de Dijon. Me fui rauda a la nevera, convencida de que allí había un bote. Pero, no. No había mostaza de Dijon. Así que saqué unas cuantas alcaparras y las agregué al sofrito. Mi mente seguía dando vueltas. Las ciruelas no tienen esa carne harinosa que tienen las manzanas, así que esta salsa va a quedar con poco cuerpo. Solución: añadir unos polvillos de puré de patata. Tras darle vueltas en la sartén a aquel amasijo de cosas heterogéneas y que en nada se parecían a la receta original, seguí leyendo: Páselo por la batidora y agréguelo a las alcachofas previamente cocidas, ajuste el punto de sal y déjelas dar un hervor. Eso hice. Aquí era fácil seguir la receta, pues tengo batidora y las alcachofas ya estaban cocidas. Ajusté el punto de sal y ¡voilà! un plato estupendo.

Os he dado una buena idea para renovar las recetas de alcachofas y os he ahorrado el verme con los pelos de punta y la cara de dormir. Pero la mente seguía trabajando y la vieja máxima culinaria de mi madre me volvió a la cabeza. Una oleada de ternura me invadió y sentí una fuerte añoranza de su presencia. Ella murió hace quince años y yo jamás cociné con ella. Casi se me saltan las lágrimas. No en vano una amiga mía decía que lo peor es añorar lo que nunca se ha tenido.

Para que luego digan que cocinar es alienante, que es un oficio obligado y aburrido, que es una pérdida de tiempo.

Espero que os gusten las alcachofas en salsa de ciruelas.

 

Se acaba el verano. Fin de año en La Torre

Todo llega en esta vida. Llegó el Fin de Año en La Torre. Siguiendo una consolidada tradición, el pasado día 11, hubo cena comunitaria, campanadas y las uvas. Además, concluía el ‘Majado’ de Inés y Martín.

Para los no conocedores habrá que aclarar que se trata del reinado de los Majos del Miño. Cada año, desde hace unos cuantos, se elige a la pareja de Majos que han de coordinar los encuentros invernales de los impenitentes convecinos del Edificio Miño, de manera que la sana costumbre de reunirse, con cualquier excusa, no decaiga por frío que sea el invierno. Como es de suponer esas reuniones se hacen en torno a una mesa, a poder ser llena de viandas. En resumen, tras las cuchipandas del estío, vienen las del tiempo frío (me ha salido rimado sin pretenderlo).

La designación de los nuevos Majos recayó, no sin cierta polémica y un cierto pucherazo, en la muy digna pareja formada por Manolo y Teofi. A pesar de que ellos no residen en el Miño, no obstante, por derecho familiar y por su asidua asistencia a todos los eventos (comilonas) que se dan en él, se han ganado de sobra ese título que los compromete a que la cosa de juntarse y ponerse hasta las trancas no decaiga.

Ha habido ciertos resquemores tras su elección. Cierto que las bases y el protocolo de actuación no están debidamente definidos, pero los que somos rencorosos lo llevamos bastante mal. Ahora bien, haciendo uso de nuestro carácter magnánimo y atendiendo a que los elegidos se pusieron tan contentos, no nos ha quedado otra que no presentar la preceptiva reclamación, la impugnación y la protesta más que justificada. Por otra parte, en este país ya estamos muy hechos a las elecciones digitales, a los incumplimientos de programa, a las falsas promesas, de manera que como, en cualquier caso, nos vamos a reunir a comer; eso es indudable, la cosa no está tan mal como podría parecer.

Todos contentos. Tras celebrar con la solemnidad que requiere de hecho la cena de fin de año, la elección de los Majos y comernos las uvas, también celebramos, en fecha posterior, la entrada del nuevo año y así, por si no habíamos cenado mucho (lo cual era imposible, ya que todo estaba buenísimo y hasta precioso de ver), nos reunimos el domingo siguiente a despedirnos hasta la temporada de verano próxima, echándonos al coleto unas copichuelas de espumosos y unos dulcecillos. Más que nada porque la pena de la separación es menos con pan.

Los testimonios gráficos y los comentarios del pie darán una idea de cómo se celebra tan sonado festejo, que, en mi modesta opinión debería ser declarado ‘bien de interés cultural’. Ahora que nos abruman con programas sobre gastronomía, cocina y cosas parecidas; que han proliferado las declaraciones de denominación de origen, como parte de las señas de identidad de regiones y comarcas, no cabe duda de que las celebraciones gastronómicas del Miño y sus habitantes veraniegos (e invernales, por lo que colea) son una demostración singular de lo mucho que hacemos patria a través de la degustación de platos locales, de importación o de creación personal. Así mismo, no se le hace ascos a ningún caldo, sea de la Rioja, de Almería o de Pinoso. aquí hay una verdadera demostración de conciencia patria, de acogida y no discriminación que debería ser modélica en los tiempos que corren.

En fin. Estos sonados y ejemplares festejos, (lo de sonado va porque las campanadas se dan con un caldero y un mazo de almirez y por los decibelios de las carcajadas de los asistentes) deben ser conservados en la memoria y deberían ser imitados por otros colectivos. Su vida sería menos avinagrada -aquí sólo se toma el vino en su punto- y más feliz.

Estos huevos con aspecto ratonil fueron unos de los platillos entrantes
Estos huevos con aspecto ratonil fueron unos de los platillos entrantes
Les seguían unas sabrosas mariquitas
Les seguían unas sabrosas mariquitas
Grupo de asistentes con los majos electos y el holograma del fotógrafo
Grupo de asistentes con los majos electos y el holograma del fotógrafo
La autoridad en reposo
La autoridad en reposo
Ataque a la autoridad
Ataque a la autoridad
Paseíllo de los Majos salientes perdón, salidos)
Paseíllo de los Majos salientes (perdón, salidos)
Candidatos a la sucesión en el majado
Candidatos a la sucesión en el majado
Los majos cesantes se despiden de la audiencia
Los majos cesantes se despiden de la audiencia
Los nuevos Majos con sus descendientes
Los nuevos Majos con sus descendientes
Efusivos parabienes
Efusivos parabienes
Más parabienes
Más parabienes

Todos quieren pasar a la posteridad con los majos del 2015-2016

María Dolores y Mariano con los Majos
María Dolores y Mariano con los Majos
Inés y Paco
Inés y Paco
Cristina y Pino, esta vez de cuerpo presente
Cristina y Pino, esta vez de cuerpo presente
Montse y Luis (unos de los rencorosos)
Montse y Luis (unos de los rencorosos)
María Inés y Martín
María Inés y Martín un poco moviditos (sería efecto del alcohol en el caso del fotógrafo)
Isabel y Manolo
Isabel y Manolo
Conchi y Mariano (otros de los rencorosos)
Conchi y Armando (otros de los rencorosos)
Mari Carmen y José Ramón
Mari Carmen y José Ramón
El Majo salido y beatífico es entrevistado por la reportera más dicharachera
El Majo salido y beatífico es entrevistado por la reportera más dicharachera
Un trío de guapas
Un trío de guapas
Un cuarteto (sin calificar)
Un cuarteto (sin calificar)

En la siguiente entrega se dejará constancia de la celebración de despedida.

Cuarenta años después

Llaman bodas de rubí al cuarenta aniversario de la celebración de un matrimonio.

En estos tiempos de inestabilidad afectiva, de compromisos líquidos, da cierto placer pensar que se ha sido capaz de perseverar en un compromiso adquirido cuatro décadas atrás, cuando no se pasaba de los veinticinco años y, por tanto, uno andaba aún en el inicio de la edad juvenil.

No se trata de magnificar el hecho, ni de considerar que ha sido un camino de rosas, tampoco se trata de ocultar bajo tan solemne cifra los altibajos que una relación de pareja puede sufrir. Simplemente se trata de reconocer que, aunque no lo supiera, no cabe duda de que fue una buena elección, un buen compromiso, una excelente adquisición de una responsabilidad. A estas alturas no hablaremos de enamoramiento, ni de conservar el amor y la emoción, sino de saber que existen la complicidad y la ternura que van más allá de la atracción e incluso del afecto. En este momento podemos afirmar que se ha hecho realidad esa aspiración de ‘somos uno’, aunque seamos dos.

Por eso, por reconocer las cantidades de apego, de identificación, de dependencia, de ternura y cariño, de humor y serenidad que hemos sabido sumar; unas veces viniendo del uno y otras procedentes del otro, merecía la pena hacer una pequeña celebración, juntando a amigos más antiguos y más recientes.

Ellos tuvieron la gentileza de acompañarnos, de mostrar sus buenos deseos, de hacernos regalos enternecedores y emocionantes como una pintura, un vino, un broche y un bastón, todas ellas cosas que sabemos apreciar por lo que son en sí mismas, pero también por lo que significan y de quién vienen. No sólo eso, siendo sensibles a nuestros intereses, en lugar de multiplicar los regalos, tuvieron el gesto solidario de hacer una aportación a la Asociación Tacaná que es, como los que de verdad nos quieren saben, la niña de nuestros ojos y nuestra principal ocupación.

Gracias todos por venir, por estar, por acompañarnos, por ser cariñosos y solidarios y hacernos disfrutar de un día que para nosotros significa prácticamente toda nuestra vida.

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La típica foto de grupo en donde uno se quita y otro se pone. hay que adivinar quién cambia.
La típica foto de grupo en donde uno se quita y otro se pone. hay que adivinar quién cambia.

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Un letrero revelador

Un pariente indigno, hace muchos años, consiguió con malas artes apropiarse de bienes que pertenecían a mis padres y que ellos a su vez habían heredado de los suyos.

Aquello supuso un gran disgusto para mis padres y la ruptura con aquel pariente infame y todos los que con él tenían relación o fueron sus cómplices.

Más de veinte años han transcurrido desde esos hechos deplorables que tanto hicieron padecer a los legítimos poseedores de aquellos bienes. Yo he procurado durante todo ese tiempo y más olvidar esos hechos. Con ese olvido, me olvidé de que los lugares y los espacios que esas posesiones ocupaban formaban parte de mi propia historia. La memoria es a veces selectiva, pero otras veces se declara independiente y borra más de lo que uno quisiera.

No hace mucho, tuve ocasión de visitar esos lugares y comprobar que, efectivamente, aquellos inmuebles y espacios seguían en su lugar; envejecidos y deteriorados, pero allí estaban.

La indignación que había tenido olvidada me volvió a subir al rostro al contemplar cómo el indigno pariente había tenido la desfachatez de poner un gran letrero que decía: Propiedad de X (y su nombre).

Sin embargo, hoy tuve de pronto una revelación. Como cuando miramos uno de esos dibujos que a ratos parecen unos rostros enfrentados y, al parpadear, te hacen ver una copa. Así se me apareció el letrero de marras ante los ojos y lo vi como una declaración de culpabilidad.

El ladrón había dejado la firma expresa de su delito.