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Más poesía

A Luis

Mirando tus ojos

 

Miro tus ojos claros y veo

Sin nostalgia los días de la juventud.

Miro tus ojos y conozco qué es la eternidad;

Como un mar en calma me anuncias

La gloria de la vida que no cesa.

Ya sé que envejecemos,

Ya sé que la pasión no nos ciega

Ya sé que los achaques nos acechan,

Pero tu mano cálida en la mía

Y tus ojos claros, incluso si te has ido,

Me llevan a los días de paz,

A los días de trajín y proyectos,

A los de la incertidumbre y las congojas,

A los del amor desbordado

A los de toda una vida, contigo.

 

 

Para José Ángel

Diálogo

 

Me dices:

  • Si no hay dolor no hay versos.

No lo dudo, pero lo niego.

Porque el dolor es la medida del gozo.

Si aquel se va, queda este

Y engolfados en ese nuevo sentimiento,

podemos pasar días y noches

con los ojos muy abiertos

entre la gloria de la alegría

y el temor de que vuelva el sufrimiento.

Ese temblor ¿no merece un verso?

 

Me dices:

  • Aún así, si no hay dolor no hay poema.

Te replico con fervor,

Con el convencimiento del converso,

Lo siento, pero el poema viene de más allá

Y no es lo que busco, sino lo que encuentro.

Ahí está la vida y es a la que miro,

Entre risas o entre lágrimas,

Y la vida es siempre un verso.

 

Para Montse

Del  hogar

 

El gato, efigie cálida de ébano, ronronea

Inmóvil al pie de la cama recién hecha.

Sueña con los días de caza y su inquieto

Perseguir de aves aventureras.

La calma de su respiración me sosiega

Y es símbolo sedoso de la paz de mi alma.

El gato se despereza y la vida se renueva.

Me sigue y me reclama, frotándose con mis piernas.

El gato no es mío, estoy en su casa.

Me deja ir y venir como si me la prestara.

Un arrebato poético

La poesía es a veces contagiosa

A mis amigos poetas

 

Urgencia

 

El  verso urge y se precipita llamando

a una pérdida todavía no vivida.

El poema se lanza raudo hacia

Una pena de amor que no llega.

¿Son esos lamentos fingidos pura letra?

¿Es ese, sin nombre, oficio de poeta?

Esos versos al acecho,

Ese poema que es amenaza de tristeza

¿de verdad son poesía

O son trabajo perdido de profeta?

No será mejor vivir y esperar a que llegue el verso,

No será mejor que el poema se desplome

Cuando la vida incierta se derrumbe.

A qué tantas anticipaciones.

¿Prisa por vivir o prisa por escribir?

 

Tal vez

 

De un cielo limpio hacer tormenta,

De un mar en calma amenazar galerna,

De los amores serenos hacer tristeza

Y pasión perdida.

De la vida en decadencia precipitar la muerte

Y envolverlo todo en el manto de la nostalgia.

Ya me lamento de lo que no ha sido desgracia

Porque el verso alegre, distendido, no es poema;

Porque la vida en paz no es poética.

Para qué entonces dejas

Los días de apacible monotonía,

De rutina casera y tibia.

No. Esos no cuentan.

Para escribir hay que sufrir.

Tal vez.

Fin de temporada

Cuando se acaba el verano y quizá por una acumulación de sol en la cabeza, se producen visiones y reacciones curiosas ante hechos cotidianos que tienen lugar al borde del mar. Aquí van algunas de esas situaciones:

I.- Estoy sentada en mi silla, leyendo un libro. Muy cerca, en la orilla del mar, una joven madre excava un hoyo y construye a su alrededor un pequeño muro, que compacta cuidadosamente con manos expertas una y otra vez. La obra avanza lentamente. La niña, para la que sin duda todo aquello está destinado, revolotea alrededor y de vez en cuando se agacha a compactar la arena del muro con movimientos idénticos a los de su madre. Un tiempo después, ambas gritan alborozadas. Han echado varios cubos de agua dentro del hoyo. la niña hace que sus pies chapoteen en aquel pequeño charco, defendido por el murete. Yo siento un impulso irresistible de pisotear el murete y destrozar la obra. Avergonzada por este pensamiento destructor, me levanto y me tiro de cabeza al agua.

II.- Poco a poco empieza a soplar un viento recio del sur. Llevamos ya mucho rato en la playa y decidimos que el viento se está volviendo molesto y que es mejor marcharse. Comienzo a recoger mis cosas; la esterilla, la toalla, mi vestido, el libro que leo y voy colocando cada cosa en su lugar. Mientras, mi marido desmonta la sombrilla. Es de un color amarillo chillón. Mientras hace los gestos habituales, yo le veo elevarse al cielo, llevado por el arrastre de la sombrilla. Parpadeo en el mismo momento en que empezaría a gritar. Mi marido sigue con los pies en tierra, doblando los pliegues de la sombrilla para que entre en su funda.

III.-Estoy en la orilla dejando que las leves olas me acaricien los pies. El agua está fresca, transparente e invita al baño. Una voz conocida perteneciente a una señora que es habitual en esta playa me llega de repente: En septiembre siempre está el agua fría. Hoy está helada. Sin embargo, ella permanece dentro del agua sin apenas moverse por un tiempo no menor a media hora. Yo me voy a dar un paseo al otro extremo de la playa para no estrangularla una vez más.

IV.- Una mamá llega acompañada de un enjambre de chiquillos. Cuento hasta cuatro; tres niños y una niña. Los pequeños , según  sus edades, cogen sus cacharros de playa; cubitos, palas y rastrillos, y se dedican a sus obras de ingeniería. Alguno, un poco más mayor, se pone donde rompen las diminutas olas a saltarlas con gran decisión. Entre tanto, la mamá coloca varias sillas y bolsas, extiende toallas, planta la sombrilla y finalmente se sienta. Saca el teléfono móvil y se enzarza en una conversación tras otra y en contestar mensajes. Con un cierto ritmo levanta la vista del aparato y grita: No os vayáis tan lejos.  Eso es todo.

V.- Un caballero y su pareja que hablan una lengua para mí incomprensible ocupan un lugar cercano sobre la arena. Ponen sus sillitas-tumbona y se dejan caer a tomar el sol. De vez en cuando, como hacemos casi todos, se levantan, se pasean o se bañan. Ella es joven y esbelta. El tiene buena planta y es algo mayor. En una de las ocasiones en que alzo la vista de mi libro, veo como él se levanta, echa una rodilla a tierra, se gira parsimonioso y apoyándose con ambas manos en el reposa brazos de la silla de su mujer se levanta con gran esfuerzo. Luego da un par de pasos titubeantes y rígidos hacia el mar. En ese momento, se da cuenta de que le miro y se detiene. Poco después prosigue su marcha y consigue llegar al agua. Lamento no saber qué lengua habla y no conocerla. Le podría decir: No se preocupe, a mí me pasa lo mismo todas las mañanas en cuanto me levanto de la cama. Los idiomas son muy importantes. Siento que se alza un muro de incomprensión entre nosotros, cuando en el fondo yo me siento totalmente solidaria con su artrosis. Es frustrante.

Un libro importante

No voy a hacer una reseña al uso porque no se trata de un acto académico. Pero merece la pena dedicar un tiempo a un libro importante y que es posible que pase inadvertido entre la maraña ingente de cosas que se publican.

Me refiero a La señal perdida de Jesús Galiana. No se le puede llamar novela, tampoco es fácilmente clasificable sólo como relato autobiográfico, ni es un thriller, no pertenece al género del ensayo ni pretende ser un libro poético, pero tiene un poco de todo ello.

El autor, un hombre joven, en plenitud, cuenta su enfrentamiento con la enfermedad de Parkinson y cómo esa realidad le lleva a hacer una experiencia que tiene que ver con el control de su vida y, consecuentemente, con la aceptación de la realidad, lo que en ningún caso significa resignación (en su acepción negativa) ni pérdida de la esperanza.

Galiana escudriña en su interior, en su memoria, arrancando desde la infancia. Detecta como motor de muchas de sus posiciones en la vida el miedo y se enfrenta a sus propios fantasmas. Su lucha pasa por experimentos que podríamos llamar suicidas, pero que se hacen desde la necesidad de hallar explicaciones a una neurosis que distorsiona el tiempo, anclándolo en el pasado o bien proyectándolo hacia el futuro e ignorando u obviando el tiempo real; el presente.

Nunca había leído yo una definición de lo neurótico más acertada que la que se encuentra en las páginas 170-171, pero no tanto como la descripción de un proceso patológico, sino como un modo singular de percibirse y percibir la realidad del que emana un gran sufrimiento.

En este libro, Galiana se reconoce a sí mismo y reconoce su existencia espiritual; el alma, por llamarlo de un modo convencional y comprensible, así como reconoce la existencia de Dios, también en modo de aproximación a una experiencia fundante y teofánica que, para entendernos, podemos llamar así.

Educado en la tradición católica, siente la necesidad de decir que no es que se haya vuelto religioso en el sentido de pertenencia a una iglesia. Pero yo le diría que se ha vuelto religioso en el verdadero sentido del término y que no tiene que ver con la pertenencia a una determinada confesión, sino con algo más profundo como es precisamente sentir la presencia de lo divino en nuestra vida. Los dogmas sólo sirven para explicar de un modo esa misma experiencia. Son una convención del lenguaje. Le recomendaría que repasara el Credo cristiano y que me dijera qué entiende de él como para dar una explicación lógica. Más bien si se mira con detenimiento, lo que uno se encuentra es poniéndole nombre a lo inefable, lo que no deja de ser una contradicción.

Pero aún hay más. Galiana es pintor. Un pintor que durante mucho tiempo se negó a sí mismo. Ya se sabe que la profesión de artista es a veces ruinosa y la sociedad nos exige que ganemos dinero y, por otra parte, no cabe duda de que lo necesitamos para vivir. Pero en este proceso iniciático propiciado por la enfermedad, Galiana se hace consciente de su vocación de pintor y descubre nuevos modos de expresión pictórica que tienden hacia la abstracción. Cómo explica la vocación y su rechazo, recuerda, casi paso por paso, lo que la fenomenología describe acerca del acto profético. La inspiración, el rechazo de esta, la mudez que acompaña a ese rechazo y, finalmente, la aceptación de la llamada y su puesta en práctica.

Es un libro importante no cabe duda, porque hay un desnudarse sincero, profundo y meditado. Hay un renacer en plenitud envidiable y deseable para todos, en un mundo cada vez más superficial y frívolo. Hay en él un deseo de compartir una experiencia fundante y redentora que supone una conciencia de la responsabilidad hacia los demás. Hay una reconciliación en medio de un dolor profundo y una esperanza sin límites, como es la verdadera esperanza. Hay amor a la pareja y a los hijos, a los hermanos y los parientes y amigos que rezuma  ternura, agradecimiento y admiración. En fin, es un libro que revela todo un infierno del que sale un cielo. No es un cielo sin nubes, pero es un cielo adulto, sereno, consciente y rico.

Gracias, Jesús Galiana por este hermoso libro con el que en muchos momento me he sentido identificada, que me ha hecho llorar y sonreír, que me ha emocionado en todo momento.

Para los empedernidos analistas de la forma, se trata de un libro muy bien escrito, con gran fluidez y riqueza de vocabulario en el que brillan con luz propia las comparaciones.

 

Vulnerables

Hace poco, estando en Nicaragua, una noche se desató una tormenta eléctrica considerable, seguida de un aguacero torrencial. Cuando ya los truenos lejanos anunciaban que empezaba a pasar, otros truenos que seguían inmediatamente al resplandor de los rayos señalaban que otro frente de nubes se aproximaba. Aquel sucederse en oleadas de las nubes electrizadas y cargadas de agua se repitió a lo largo de la noche, hasta casi el amanecer.

El techo de lámina parecía venirse abajo con el grosor y la fuerza de las gotas de lluvia. Cuando amainaba, aún caían con fuerza desde el árbol cercano, de modo que el ruido no cesaba, aunque escampara. Una gotera, primero tímida y luego decidida, empezó a desplomarse desde el falso techo e iba a dar sobre la cama de mi compañero. Este, al notar la humedad, buscó un cubo y un trapo, movió la cama y yo tuve que arrimar la mía a la pared. En medio del sueño, todas aquellas operaciones de salvamento y refugio me despejaron y, como suele suceder en esas ocasiones, se pone uno a pensar.

Lo primero que pensé (y me alegra que sea así) fue que, en esa parte del corredor seco de América, la tormenta era una bendición para las resecas tierras de los ranchitos de los cerros. También pensé, en segundo lugar que, si yo que vivía en la zona mejor del pueblo, había tenido que refugiarme de la gotera que entraba por los agujeros de la lámina, qué chorros de agua no se colarían sobre los pisos de barro apisonado y sobre las múltiples criaturas que suelen ocupar la única habitación de la mayoría de los ranchos.

Pensé, un poco después, que si la lluvia seguía con ese ímpetu sería un desastre más que un beneficio, porque se llevaría las tierras polvorientas y resecas, lavadas por el exceso de deforestación y los corrimientos serían el preludio de accidentes mayores.

Como de noche los ruidos crecen y se vuelven extraños, a cada instante me parecía que se oían pasos por el patio. Pasos de alguien ajeno a la casa que chapoteaba en los charcos y regueros, que se estaban formando en el agrietado e inclinado cemento. Un cierto temor se apoderó de mí y empecé a pensar que quizá todo se inundase, que quizá la vieja tapia de adobe se volviera al lecho de tierra que tenía debajo y del que probablemente había salido, que quizá un asaltante o simplemente alguien que no tenía donde guarecerse había saltado por encima de sus escombros y ahora, a tientas en la noche y chapoteando, buscaba una puerta por la que entrar a protegerse. Por primera vez, después de mucho tiempo, me sentí vulnerable.

En esos juegos en los que se entretiene el subconsciente, de repente comparé la situación con los viajes a Madrid y desde Madrid. Se sabe al minuto, yendo en tu coche un día cualquiera en que no sea salida de vacaciones, a qué hora vas a llegar a Albacete o a Ocaña y, consecuentemente a tu destino, sea cualquiera de los dos; Madrid o Murcia. Por la fuerza de la costumbre, heredada de otros viajes de hace años más azarosos, siempre calculamos el tiempo que nos va a llevar y no erramos ni en un minuto. Recuerdo que, en uno de los últimos, le comenté a mi compañero: Esto es un aburrimiento. No hay lugar para la sorpresa o la incertidumbre.

Sin embargo, esa noche, acostada en mi cama que había huido de la gotera, pensé qué difícil es vivir cuando todo son imponderables y, por eso, creo yo, me sentí vulnerable, pero muy cerca de aquellos que lo son permanentemente. Por este último pensamiento doy las gracias.

Haiku

Todo el mundo escribe haikus.

Desde aquellos tiempos en que leí a Yasunari Kawabata he comprendido que hacerse con la sensibilidad de un japonés es algo muy difícil si no imposible. Aunque hay quien lo consigue, como son los casos más recientes que conozco; el de Susana Benet y el de Pepe Rubio.

Para no ser menos y no sentirme desplazada de las corrientes actuales, de las que cada vez me siento más ajena por aquello de que, aunque uno no quiera, termina por ser y estar extrañado en el mundo (cosas de la edad) me atrevo con dos haikus o lo que buenamente sean. Ahí van.

La mariquita

con su bata de cola

alzando el vuelo

 

Lloroso el niño

por el globo perdido,

pegado al techo

Realidad o ficción

El día 15 de febrero se presentó en Caravaca de la Cruz la última novela publicada de Luis Leante en la Casa de la Cultura que lleva el título de Annobon.

Era la primera presentación de la obra y, por tanto, nadie o muy pocos de los asistentes la habíamos leído. Así que el autor  decidió contar el proceso que había seguido la composición de su obra. Un largo periodo de siete años que pasó, como es natural, por momentos de parón y casi renuncia a seguir en la tarea.

Annobon, el título, se refiere a la pequeña isla de Guinea Ecuatorial de ese nombre. La acción se sitúa en la época colonial española de la zona y parte de un suceso real; el asesinato del gobernador a manos de otra autoridad, un guardia civil. El autor consiguió una copia del proceso judicial y a partir de ahí construye su ficción convirtiendo la narración en una especie de documental con entrevistas a los descendientes de los protagonistas.

Llegado a este punto de la descripción de su obra, Luis Leante se empeñó en demostrar a los asistentes que él es un contador de mentiras. Según sus propias palabras:  un embustero compulsivo. Tanto insistió en este asunto y tanto intentó distanciarse de los hechos históricos que la cosa me sorprendió grandemente.

Yo creía que todo el mundo entendía que una novela, por muy ‘histórica’ que se considere o se adjetive es siempre una ficción. Dicho de otro modo, toda narración literaria (y yo casi diría que incluso la poesía) es una ficción que pretende ser suficientemente verosímil para que parezca verdad. A eso no se le puede llamar mentira, sino lo que es: ficción. Finge verdad, finge realidad.

Pero la cuestión es ¿por qué Luis Leante se empeñaba en hacer una y otra vez la afirmación de la ficción? Pues resulta que, por lo visto, hay lectores que creen que todo lo que aparece en un libro, sobre todo si lleva el calificativo de histórico o parte de un hecho real, es ‘verdad’ es ‘Historia’.

Claro, de ahí mi perplejidad. Siempre he tenido muy claro como lectora que un libro de narración (sea cuento o novela) parte posiblemente de una experiencia personal o ajena  conocida y real, pero que se reconstruye con el fin de transmitirla de manera artística. Es decir, se la manipula para que resulte coherente, creíble, razonable y verosímil. El autor inventa personajes allí donde quedan vacíos, inventa los pensamientos de los personajes para justificar o al menos explicar sus acciones, se coloca como testigo de los hechos, aunque no estuviera presente, dice tener a algún testigo que le ha informado, etc. etc. Si todo eso lo hace bien, da como resultado una obra que parece efectivamente una crónica de un suceso.

Cómo es posible, pues, que lectores habituados a manejarse entre libros, no distingan la realidad de la ficción. Es posible que nuestro mundo se haya vuelto tan absurdo que ya no separemos lo cierto de lo que no lo es. Es posible que nuestra sociedad esté tan plagada de mentirosos, encubridores y tergiversadores que ya no sepamos quién dice la verdad o no. Necesitamos que existan las certezas y pensamos que quién va a mentir en un libro. Quién se va a molestar en escribir doscientas páginas o más, montando una gran mentira. Luego, lo que aparece en los libros, al menos eso, ha de ser cierto, porque de lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen no nos podemos fiar.

Algunas personas cercanas saben que no hace mucho he concluido una narración que tiene un fondo autobiográfico. Yo he sido la primera sorprendida al darme cuenta de que, aún escribiendo acerca de hechos familiares y conocidos, la necesidad de inventar, de establecer corredores lógicos entre informaciones dispersas, de sustituir a las conciencias de los personajes  y de tirar de sus pensamientos y motivaciones, me llevó sin remedio a inventar el noventa por ciento de lo que estaba narrando. De manera que aunque estuviera hablando de mi familia, la familia que allí aparece es otra muy distinta de aquella de la que formo parte.

Al escribir ese texto me di cuenta, como cualquiera que escriba, que la composición lleva indefectiblemente a mentir; es decir, a ficcionar, porque la verdad ‘verdadera’ esa no la conoce nadie, ni siquiera los protagonistas reales de un acontecimiento. Porque pueden saber lo que ellos piensan o desean, pero no llegan a saber con certeza lo que las circunstancias les deparan o les van a deparar o lo que sienten y piensan los demás, aunque digan y se manifiesten en una dirección concreta. Incluso la realidad miente, porque la percibimos con nuestros engañosos y traicionables sentidos.

Además quien escribe quiere manipular el mundo. En realidad se trata de narcisistas frustrados a quienes su conciencia no les permite manipular a los seres reales, de manera que se conforman manipulando a los de ficción.

En fin. Lo que ya llevo diciendo desde hace algún tiempo: Un autor o un creador debe dar cuenta de su obra y no cabe duda de que Leante lo hizo y por ello mismo nos hizo pensar. Así mismo, el autor debe ser alguien comprometido con su tiempo y Leante está empeñado en deslindar, en una sociedad que lo confunde, lo real de lo ficticio.

Un rato delicioso y una lectura que me espera.

 

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A vueltas con el compromiso

Ayer tarde tuve la suerte de estar en la Presentación del libro de Juan Álvarez Montalbán cuya portada se reproduce.

Lo ha publicado ed. Alfaqueque con gran esmero. Es un libro limpio y hondo. Un libro comprometido y elegante. Reúne una serie de preguntas clave (no claves) acerca de las relaciones de amor que son más bien de desamor. Un libro que hace pensar y que nos enfrenta con algo que está sucediendo cada día; la mal llamada violencia de género. Es la violencia del macho sobre la hembra. macho que no puede estar en el mundo si no domina y no aplica la fuerza bruta.

Sabéis que llevo un tiempo discutiendo conmigo misma y a veces con mi amiga Carmen que es de las pocas que entran al trapo (bueno, Virginia también) acerca del compromiso del artista. A esto es a lo que me refería. Ponía el otro día el ejemplo de Andrea Camilleri; él denuncia a la mafia, a los políticos corruptos, los intereses espurios, la deshonestidad con humor y todo envuelto en un juego de detectives, de novela policiaca. Juan Alvarez hace algo parecido con la violencia desde sus trazos sutiles y sencillos. Señala a  la brutalidad sin sentido desde la elegancia, como despistando a quien mira, como si no dijera lo que dice.   Además ofrece alternativas. Formas de salir de esa espiral que sólo demuestra la inseguridad del agresor y la angustia de la agredida, llevando hacia un mundo en donde compartir con el otro, valorar al otro, respetar nos vuelve más seguros y más humanos.

El artista no es un pequeño diosecillo encerrado en su rincón saturado de musas, sino aquel que sabe salir de su pequeño mundo de confort, enfrentarse a la fealdad del mundo y convertirla en algo que nos redime y nos eleva por encima de la miseria humana, llevándonos al verdadero mundo de los dioses. Unas veces lo hará con la belleza pura y otras con la fealdad más absoluta, pero redimida por su mano creadora.

Gracias a Juan Alvarez por poner sobre papel con tanto acierto su compromiso con el mundo y a Alfaqueque por atreverse con un libro sencillo pero no fácil.

 

Una reunión, una iniciativa y un homenaje

El día 23 de enero recién pasado, se celebro en ‘ámbito cultural’ de El Corte Inglés una iniciativa promovida por Apimur, la asociación de pintores murcianos.

Que se anunciaba con este cartel y que pretende tener continuidad, dando paso a narrativa y otras manifestaciones literarias.

Conducido este rincón literario por Guillermina S. Oró nos permitió escuchar las voces poéticas de J.A. Castillo de Lucía Abadía y la muy sublime de Soren Peñalver. Disfrutamos con la maestría en la recitación de Antonio de Béjar, la socarronería del gran pintor Falgas y de la música de Flores Yepes. No era fácil hacer de un acto con tantos participantes con voz propia algo ágil y distraído, pero con su buen hacer y simpatía Guilermina lo logró con creces. Nos quedamos con ganas de más. Se cerró el acto con la entrega de un retrato a Soren Peñalver llevado a cabo por Domingo M. Garrido que sin duda había captado no solo la imagen sino el espíritu del retratado.

Después de escuchar las voces quejumbrosas de Castillo y la vitalista de Abadía, le llegó el turno a Peñalver. Los tres son lo que yo llamo poetas comprometidos; Castillo con el dolor del mundo y los valores, Abadía con la vida que hay que defender con alegría y Soren que es, como decía Gaya, alguien que mira el mundo como si fuera un cuadro.

Ramón Gaya decía que pintor es el que mira el mundo como si fuera un cuadro, quizá buscando el cuadro encerrado en lo evidente y que otros no ven, o como Miguel Ángel que luchaba contra el mármol hasta que sacaba la imagen que encerraba y que nadie, sino él, podía sospechar. Ese es Soren. Soren no es un poeta porque escriba poemas, sino porque construye la vida, el dolor, la alegría, la memoria, la experiencia, como un poema.

Se habló de influencias. Es cierto. Los que leemos y escribimos podemos ver y se ven en nuestras obras las señales de lo leído, la impronta que nos han ido dejando los que han pasado por nuestras manos y han fustigado nuestra sensibilidad e imaginación. Sin embargo, Soren Peñalver, no hablaba de influencias, sino de ‘identidades’ y así, con esa naturalidad de sentirse parte del cuerpo de poetas/profetas, en sus versos de añoranza por el amigo que se fue y los dulces días de la juventud, se le coló de manera natural la mención a Kavafis y no era una cita, ni un rasgo de conocimiento, era una identificación, un espejeo. Ambos, Kavafis y Peñalver, estaban mirando el mismo dolor con la misma añoranza, con idéntica nostalgia y, así, la mención era obligada.

No cabe duda de que el homenaje a Peñalver estaba más que justificado y yo me alegré porque le admiro y aprecio a partes iguales.

De poetas nostálgicos

Paso una velada agradable oyendo a un amigo y sus amigos recitar poemas. Presenta un libro y nos regala con la lectura de varios de los ejemplares allí recogidos. Los poetas son siempre generosos y, posiblemente, están ansiosos por mostrarnos el fondo de sus almas, por eso no vacilan en proclamar inéditos. Esto no lo haría nunca ni un crítico ni un científico. No hablaría de sus pensamientos o descubrimientos, mientras no figuraran impresos sobre las páginas de una docta revista. Sin embargo, los poetas no son así; se desnudan sin pudor por el placer de oír perderse en el aire sus propias palabras.

La poesía debe hablar al corazón y, desde luego, a la razón. El propósito de mi amigo poeta se ha cumplido. No sólo me habló al corazón, sino que me movió a sesudas reflexiones y cavilaciones. Él hablaba de un amor recién descubierto que ha sido el motor que le ha impulsado a la poesía. Tras el descubrimiento, se ha lanzado febril al mar de las letras y, sin reposo, vuelca sobre los papeles todos sus sentimientos. Sin embargo y de modo que me deja perpleja, para él descubrir un sentimiento tan vital y revitalizador como el amor, no ha sido un hallazgo gozoso, aunque a primera vista lo parezca; lo ha enfrentado, por el contrario, con el tiempo pasado, con la vida que se escapa, con el reloj ciego que acorta nuestras vidas.

¡Qué cosa tan triste! En contraste, para mí una vida nueva, un amor sobrevenido, el descubrimiento de ese retazo de perpetuidad, que suponen los hijos de nuestros hijos, me sirve de reconfortante esperanza en el futuro. Pienso que quizá ellos sabrán esquivar los escollos en los que tropezamos, apartarse de caminos tortuosos o sin sentido por los que anduvimos, ellos aportan la inocencia de lo primero y nuevo a los que ya la hemos perdido a fuerza de desengaños. Ahí en ese punto compartimos el sentimiento, pero en la reflexión acerca del tiempo pasado o perdido, me temo que discrepamos.

Para mi los errores, dolorosos, son una fuente de sabiduría. En el regocijo de esa ciencia de la vida adquirida, me huelgo. Me alegro de haberlos cometido, pues salí de ellos renovada y fortalecida. Jamás miro atrás queriendo retener el tiempo o recuperarlo, devolviéndolo al presente. Ya sé que camino hacia la muerte, como todos, pero moriré habiendo vivido y siendo consciente de ello. Por otra parte, esfuerzo inútil, pues lo ido, ido está. No lamentaré, ni lamento, el haber dejado escapar ocasiones, porque posiblemente, no lo fueran para mí, ya que a lo mejor ni siquiera las percibí en aquel otro tiempo. Sólo las veo ahora, cuando ya no es el momento.

Pienso que, tal vez, quien ha dedicado su vida exclusivamente al trabajo, sin dedicar espacios a los sentimientos, a las risas, a contemplar atardeceres o amaneceres, a mirar las estrellas, a sentir el viento en el rostro, a ocuparse de las tristezas y alegrías de los cercanos y de otros más lejanos, puede que sienta más que nostalgia, una terrible ira contra sí mismo por haber desconocido lo que es perder el tiempo en naderías. Esas pequeñas cosas que en verdad le dan sentido a nuestra existencia. Ahora se quejan del tiempo pasado, pero no es el culpable, sino nosotros mismos que lo dejamos escapar en afanes que reportan beneficios sólo materiales.

Una buena carga de espíritu, una buena carga de tardes de miradas, un acopio de silencio y calma son necesarios, tras la jornada de trabajo. De ese modo, el amor no nos pillará nunca despistados. Ese es un quehacer de cada día, como si no hubiera mañana. Esa es una forma de ser eterno a cada instante que es lo que, en verdad, somos.