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Lo que ven los demás

Me quejaba yo del protagonismo en unas letras anteriores y, puesto que ya está dicho, vayamos a mirar el asunto desde otra perspectiva; aquella de la recepción múltiple de un libro.

Recojo aquí lo que han dicho algunos de los presentadores de mi libro. Sin duda hay coincidencias, pero también diferencias; cada cual lo lee desde su posición y también desde su personal relación con el autor.

Una compañera, colega y amiga, con quien compartí los viejos tiempos de luchas por la democracia en la Universidad; un amigo de la familia que trató mucho a mis padres y a mí, ya que éramos de la misma generación; un muchacho joven que no me había visto jamás, no pueden decir las mismas cosas. Probablemente todos ellos tienen razón: es su lectura del texto. Probablemente ellos saben muchas cosas de mí, unos más que otros, pero ahí hay mucho más; cada cual podrá hacer una recepción diferente del texto, como la haría si me tratara personalmente. Pero el libro ahí queda, no puede cambiar. Es lo que es. Yo en cambio soy un objeto mutante.

Cada lector, además lo leerá hoy con unos ojos y mañana con otros porque, efectivamente, las personas somos todas objetos mutantes. ¡Pobre del que no lo sea!

Presentación de Carmen Díaz Bautista en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid

 

En primer lugar, quiero agradecer a la Drª Abumalham que me haya elegido como prologuista de su libro de cuentos, que hoy presentamos aquí, y como participante de esta mesa.

Es para mí un placer participar en este acto y en este lugar:  nuestra casa común durante tantos años. Ello me exime de presentar a la autora, cuya actividad docente e investigadora es bien conocida de todos ustedes.

Cuando la autora me ofreció colaborar en su libro como prologuista y presentadora, accedí inmediatamente por dos razones: una de ellas es, sin duda, la amistad de muchos años; otra puede ser de carácter genético y justificaré por qué con una breve historia familiar: Mi abuelo materno, Jerónimo Bautista, era bien conocido por sus conciudadanos a causa de su genio extremadamente vivo, era capaz de estallar por cualquier nimiedad y todos evitaban  irritarlo, especialmente si eran subordinados; sin embargo, todos se asombraban de la paciencia y la ternura que mostraba cuando alguien solicitaba su ayuda o lo importunaba algún menesteroso. Tal vez como buen conocedor de Cervantes aplicara la máxima cervantina que dice: “La misericordia brilla más que la justicia”. Pues bien, de mi abuelo no sé si he heredado el genio -al menos procuro controlarlo-, pero, como él, me siento proclive a la ayuda y participación en empresas que sean de alguna utilidad, por lo que cuando Montserrat me informó de la finalidad que perseguía con la publicación de sus cuentos, -que más adelante expondrá-sin saberlo ella, me había convencido irremisiblemente.

No me arrepentí de mi, tal vez, precipitada aceptación cuando leí el manuscrito y eso a pesar de que ya sabía yo que escribía bien, con gracia y buen estilo, pero lo cierto es que sus cuentos me hicieron pasar, como espero que les ocurra a ustedes, buenos y deliciosos ratos, pues a todos nos gusta, desde la infancia, escuchar y contar historias, ya que nos permite vivir y transitar por situaciones nuevas y diferentes sin peligro ni daño -como diría Aristóteles-.

Un acierto de la autora es -de entrada- haber elegido un género narrativo que tiene tanta fuerza y aceptación en nuestra época. Posiblemente, porque frente a toda la aceleración y tecnificación de nuestra vida adulta, seguimos escondiendo en nuestro interior aquel niño que fuimos y que continúa reclamando su cuento antes de que le llegue el sueño definitivo.

Son muchos los teóricos y escritores que han reparado en este auge de la narrativa y en especial del cuento y la novela corta, solo les citaré dos de ellos, ambos nacidos al otro lado del océano. El argentino Mempo Giardinelli dice:

“Considero siempre que el cuento es el género literario más moderno y el que mayor vitalidad posee, por la simple razón de que las personas jamás dejaron de contar lo que sucede, ni de interesarse por lo que les cuentan bien narrado.”

Y para Italo Calvino no es casualidad que nuestra época -lo decía en 1980-  sea la del cuento, la de la novela corta.

En el Siglo pasado la narrativa hispanoamericana vigorizó la novela y el cuento. Cómo no recordar, por ejemplo, que para Borges el cuento fue el puente que le ayudó a cruzar del ensayo a la prosa narrativa.

Los cuentos de Montserrat tienen su marco y desarrollo en el mundo hispanoamericano, en tierras de Guatemala la mayoría de las veces; es un mundo que conoce muy bien, especialmente las zonas rurales y los ambientes desfavorecidos, por eso, puede otorgarles a sus cuentos la atmósfera necesaria para que el lector perciba la emoción y conmoción que son esenciales en la literatura; pese a ser ésta una de las pocas cosas que ha publicado de creación es una verdadera escritora que cumple con los requisitos del género, pues en el cuento es esencial la intensidad y la unicidad temática, rasgo éste que lo diferencia de la novela. Esa unicidad temática actúa como fuerza centrípeta y que en el caso que nos ocupa se intensifica al responder todos los cuentos al mismo cronotopo, según la terminología de Bajtín, es decir todos responden a una misma época y se desarrollan en el espacio centroamericano.

Citaba Borges, en el prólogo a Los nombres de la muerte de María Esther Vázquez, a Edgar Allan Poe cuando sostenía que todo cuento debe escribirse para el último párrafo o para la última línea. Es decir, todo cuento debe centrarse en su final. Podrán aparecer pistas, pero lo importante es el final; acuérdense de este rasgo especialmente cuando lean el cuento titulado “Un error de cálculo”.

El tipo de cuento que figura en este libro es el cuento literario y realista, de hecho, algunos de ellos tienen su germen en acontecimientos reales que la autora ficciona y convierte en material literario y estético. Sus héroes lo son porque luchan contra la adversidad de las circunstancias, contra el clima, la enfermedad, la soledad, la pobreza y como ocurre en la vida unas veces triunfan y otras, no. Pero un rasgo característico de ellos es la asunción de los hechos, destaca una resignada aceptación de su realidad ausente de odio o resentimiento; no son héroes rebeldes, carecen de acritud y en ocasiones muestran una generosidad ejemplar tal y como se aprecia en el cuento titulado “ De El Salvador a Guatemala”. Pero también hay antihéroes expresos o tácitos como ocurre en el cuento de “la hielera” o en el de “La prueba” donde la aparente acción generosa es en realidad un caramelo envenenado para el protagonista.

Les decía antes que un acierto de Montserrat es la creación de una adecuada atmósfera que nos sumerge inmediatamente en la historia y ello, a mi juicio, se debe a su forma de describir paisajes, personajes y situaciones. Desde las primeras líneas del primer cuento “La hielera”, ya

nos introduce en su mundo:

“La tarde iba vencida y el sol se dejaba caer poco a poco por detrás de los volcanes, inundando con su luz dorada el valle de tierras oscuras. El camino serpenteaba ocre entre los campos aún baldíos o a medio sembrar. No había llovido.”

A mi juicio en tan breves líneas se condensan varios aciertos: el término vencida no solo indica el marco temporal del ocaso, sugiere un estado anímico que de algún modo expresa parte del debate interior del protagonista del cuento. (Naturalmente no desvelaré ningún secreto de la trama aquí y ahora; muy mala presentadora sería si les cuento lo que pasa por la cabeza de Secundino Aldama Marroquín). También ayudan las notas cromáticas: junto al camino ocre y la luz dorada el valle es de tierras oscuras.

En otras ocasiones las descripciones de los paisajes se cargan de animación como ocurre en el cuento titulado “Un error de cálculo” que se inicia del siguiente modo:

“El sol recién nacido iluminaba con sus tenues rayos las copas de los despeinados pinos, que sobresalían por encima de un mar de nubes perezosas, acurrucadas en el hondón del valle, remoloneando como escolares que se niegan a madrugar”

El paisaje totalmente humanizado por los términos: recién nacido, despeinados, perezosas, acurrucadas se cierra con el símil de los escolares que se niegan a madrugar. Humanización y retardo que precede y se acomoda al paso lento con que Telesforo Puak asciende por la cuesta con su pesado fardo.

En otras ocasiones las descripciones del entorno son como un barrido de cámara, actuando como un notario que diera fe de lo que percibe en el entorno:

“Mozonte, allá por la Nueva Segovia, tiene un parque central, con su iglesia rematada con búcaros y una malinche de flores anaranjadas exuberantes en el patio (…)”

Y más adelante nos dice:

“Al otro del parque está la casita verde. Tiene un hermoso patio lateral, un porche con columnas de madera, enlosado en rojo y muchas macetas.”

El texto pertenece al inicio del cuento “Don Pedro, el inestable”

En este mismo cuento hay también descripciones psicológicas -etopeya- y externas de los personajes -prosopografía, en términos de la retórica-. Me permito aquí transcribir un texto un poco más extenso que combina ambas formas de descripción:

“Era casi una tribu de personas alegres y satisfechas con la vida. Daban gracias a Dios y eso se traslucía en cómo salían de casa los domingos para ir a misa. Dalia, alta, recia, de melena ensortijada, vestida de blanco encaje y subida a unos tacones que desafiaban a los adoquines de la calle. Doña Rosa, casi tan alta como su hija, morena de pelo cano, con su traje de brillos y sus zapatitos planos. Don Ramón de blanca camisa y pantalones claros, con el pelo retinto y el bigote altivo. Los niños, repeinados; el nene con las puntas endurecidas con algún mejunje y la nena, de pelo crespo, cuajada de moñitos de colores. Sus ropitas elegantes, sus zapatitos y calcetas bien colocadas.”

La descripción nos permite recomponer un cuadro perfecto de esta familia tanto física como psicológicamente.

Como pueden comprobar, la autora cumple con el precepto de Horacio Quiroga quien prescribe no diluir la intensidad del cuento con exceso de descripciones y diálogos. Las descripciones son breves marcos que, cuando la autora hace uso de ellas, las sitúa al inicio de la narración; sirven de vereda para introducirnos directamente en la historia.

Si aquí no nos es permitido abundar en el contenido de los cuentos, por razones obvias, sí podemos centrarnos en el segundo elemento de la oposición horaciana Res / Verba, es decir, el modo de expresión y la selección léxica.

La prosa es clara, limpia. Las imágenes y recursos literarios aparecen allí donde es preciso que aparezcan, potenciando la historia: nunca sobran. Un recurso utilizado con gran habilidad por Montserrat es la anáfora retórica que le imprime un ritmo, una cadencia que acompaña muy bien al tema y produce una cierta impresión, a veces, de oralidad como veremos en algún ejemplo.

La repetición del nombre del personaje al inicio de cada párrafo ofrece, en el cuento de “Fabio Seisdedos”, la impresión de esfuerzo y dificultad:

“Fabio caminaba soñoliento” “Fabio rumiaba su calor” “Según Fabio subía la cuesta (…)”.

En el caso del cuento “La soledad de Mayra” La repetición frecuente del nombre entre las primeras palabras del párrafo actúa como un zoom que nos concentra en el personaje y su soledad. Pero donde el recurso de la anáfora adquiere, en mi opinión, un gran efecto- por el ritmo que le confiere al cuento y por crear un efecto de oralidad- es, sin duda, en el cuento titulado “El cerrito de Doña Julia”. Se trata de un cuento muy breve, no tiene nada más que diez párrafos y nueve de ellos se inician con las expresiones, dizque, sí dizque o no dizque. La repetición continuada del término, a modo de bordón tal y como lo usaban los antiguos bardos le confiere un aire de oralidad, de rumor ancestral que encaja perfectamente con el tema tratado. Les confieso que este cuento me fascinó desde el principio y me recordó al personaje de la novela de Vargas Llosa “El hablador” que no podía quitarse a los habladores de la cabeza y le dice a su amigo:

“-Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión -se me ocurrió decirle-. Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo. Quizá sea eso lo que me ha impresionado tanto. Uno no sabe por qué lo conmueven las cosas, Mascarita, te tocan una fibra secreta y ya está.”

Pues ese algo primordial y que conmueve, que refleja la esencia de un pueblo se palpa en este cuento.

La selección léxica es un acierto constante a lo largo de todo el libro en estrecha correspondencia de fondo y forma. Los términos de la variedad lingüística de Guatemala se distribuyen a lo largo de todo el libro salpimentando la prosa con naturalidad y fácil de entender por el contexto situacional y lingüístico. Voces como patojo por joven, huipil por blusa bordada, guaro por ron, aguardiente o cadejo por fantasma son algunas de las palabras que, acompañadas por el uso de los diminutivos y otras expresiones, nos sumergen en un mundo centroamericano que la autora tan bien conoce.

Montserrat sabe escribir bien y narra bien sus cuentos. Domina el arte de Sherezade quien, como saben, salvó su vida y las de muchas jóvenes al contar al califa, cada noche un cuento. Poderosa es la literatura y capaz de ir más allá del simple placer. También en este caso, el libro que hoy nos presenta Montserrat podría salvar o al menos aliviar algunas vidas, además de producirnos placer como le ocurrió al califa.

Y yo ahora haré también como Sherezade y guardaré ya silencio discretamente.

 

Presentación de José María Torrijos en la Sala Sta. Mónica de la Parroquia Ntra. Señora de la Esperanza de Madrid

 

Tras recoger cientos de definiciones sobre ese género, Camilo José Cela concluyó que “novela es todo aquel libro que, impreso y encuadernado, bajo el título lleva la palabra NOVELA”. Con ello se refería a lo inabarcable que se ha convertido el género en sus asuntos, perspectivas, mezclas de géneros, etc. También, en su extensión. Una novela pude abarcar lo que el autor quiera. No así el cuento, un género autónomo dentro del relato que no tiene marcada su longitud sino por una sesión de lectura. Una sesión sin delimitar.

El cuento va unido a la cultura oral. La tradición, la leyenda, lossucesos se transmiten de boca a oído, de generación en generación. Uno de los ámbitos supervivientes de este modo es la Plaza Jemaa-el-Fnaa de Marrakech. Por tanto, no nos extraña que en Oriente, en los países africanos, en Iberoamérica hayan aparecido tantas recopilaciones y tantos libros de cuentos que recopilan o se nutren de relatos transmitidos oralmente. No es momento de hacer ahora una historia desde las narraciones breves que Sheherezade hacía en LAS MIL Y UNA NOCHES al sultán hasta los autores de cuentos más conocidos actuales o los microrrelatos, ahora tan en auge.

El título del libro DE LA CEIBA Y EL QUETZAL, que hoy presentamos, ya nos introduce en un universo típicamente guatemalteco. La ceiba fue considerada un árbol sagrado en culturas precolombinas de América central y su presencia es frecuente no sólo en los paisajes sino en las plazas de los pueblos como un símbolo identificador. El quetzal, posiblemente una de las aves más hermosas del mundo, es un pájaro nacional del país y simboliza la libertad de la independencia de América Central de España. Es preciso saber que los aztecas y mayas refieren al quetzal como símbolo de luz y vida. Pero también es la moneda de Guatemala desde 1925.

Por el libro desfilan personas que pertenecen a familias humildes cargadas de hijos, que se sostienen con fríjoles y rudimentos artesanales. La lucha por la vida es una constante, donde comer, vestir, comprar medicamentos, sobrevivir a una “mordida” (multa), apalabrar una boda, pagar un entierro… pueden constituir retos insalvables. A través de sus historias conocemos sus medios de vida, sus costumbres (como la asamblea de vecinos en el salón comunal, descrita por causa del protagonista Fabio Seisdedos), conocemos a sus familiares, a sus vecinos, todos enredados como las cerezas a través de los escritos de la autora. O en “El sabor de la tierra” donde se resume la aventura de una familia palestina (los Zammar), entre emigrante y refugiada, que acaba por varios barcos y mares, hasta llegar a Guatemala e instalarse en Cobán. Su proceso de integración es recorrido por el lector, enganchado a la saga que emprende una vida (sin perder sus raíces) en el Nuevo Mundo.

El hecho de tener los hijos antes del matrimonio o fuera de él es visto con naturalidad. Un mundo donde nadie está seguro de que sus hermanos lo son de padre y madre. Pero donde las mujeres son protagonistas, heroínas, supervivientes que sacan adelante a sus hijos o a los huérfanos ajenos, víctimas de abusos precoces, del abandono de los hombres. Doña Gladys, Mérida…

El fenómeno del marido ausente por causa de una emigración inacabable a los Estados (Unidos). A veces el regreso del marido no sucedía. Un accidente laboral o de tráfico podía acarrear un duelo sin cadáver en el pueblo lo cual genera viudas o mujeres abandonadas por sus esposos por otras mujeres que encuentran en la América próspera. Mujeres que enferman o mueren temprano víctimas del abandono mismo o de enfermedades sin curar o incurables, como el sida. Pero la opinión pública no juzga igual al hombre que a la mujer. Ellas son las auténticas protagonistas de esas vidas azarosas donde cada día consiste en sobrevivir, como Mayra, cuya historia está llena de peripecias a cuál peor. Gran número de viudas. Y gran número de maridos pendejos que vuelven a casa desde la de su amante o borrachos tras pasar por la pulpería. Y las mujeres son mucho más emprendedoras que los hombres (como se ve en el cuento “Cooperantes”) a la hora de aprovechar los recursos naturales o los que les llegan del exterior.

Los nombres y los apellidos de los personajes, algunos de origen castellano de pura cepa mencionados frecuentemente con los dos apellidos: Secundino Aldana Marroquín, Doña Odilia de León, Gladys Petrona Mazariegos.

Vocabulario: monedas: “quetzales”, “milpa”. Alimentos: “frijoles”, “chile”, “tamal”. Instrumentos musicales: “marimba” (percusión parecida al xilófono), bebidas como el “atol”, el refresco de agua de Jamaica. “Huipil” (camisa bordada de mujer).  “Platicar” por “hablar”. “Tomar” por beber, “Cédula” por carnet. “Dizque” por “Se dice que”. “Cuadras” por manzanas de edificios, “chompipe” por “pavo”. “Pupusa” por tortilla. “Patojos” por muchachos. El uso muy frecuente de diminutivos: “subiditos”, “muertitos”, “pechito”, “cerrito”, “ranchito”, “padrecito” al cura… Devociones de la metrópoli española: San Isidro, la Virgen de Montserrat, Santo Domingo, los ritos católicos de Semana Santa. Topónimos: Nueva Segovia. Vegetación: el Ocotal, la ceiba (que es el árbol nacional de Guatemala), “malinche”…

El narrador es alguien de ellos, como si le refiriera los cuentos a la autora, al lector, quién sabe… La identificación de este narrador resulta confusa, como suele acontecer en la novela del siglo XX tanto aquí como en la literatura iberoamericana. Por eso, se expresa con giros autóctonos que hace siglos también se usaron en España.: “no le quedaba de otra que andar más de media legua para ir al campo de la su madre”…”tenía un su campito”, “de la su vecina”.

Este narrador pasa del estilo directo reproduciendo la frase del personaje al indirecto sin transición. Así, refiere: “Él también tenía un telar, pero ya sabe usted que no se vende”. O al revés: “Según el médico la operación había sido un éxito. Doña Gladys ya no sentía aquellos dolores terribles de cabeza, pero sus ojos no más lo miraban todo negro. Su nervio óptico, sabe señora, se dañó; más bien se arruinó y ya no es posible que usted vea. Pero no se preocupe, por lo demás, podrá hacer vida normal”. O comentarios marginales entre la conversación de dos personajes nativos. En el Nuevo Mundo se dan rodeos protocolarios antes de abordar el tema principal. Así sucede entre Doña Gladys y su suegra. El narrador introduce: “Todo el mundo sabe que ir al grano es cosa de los españoles. Aquí es una falta de educación preguntar o afirmar directamente. También es indecoroso dar una única respuesta, porque ya se sabe que las cosas pueden o no ser de esta o de otra manera”. Al narrador se le escapan opiniones propias de vez en cuando: “Se casó con ella –dice de un personaje-, por lo que nos casamos todos”. Describe como un guía en el mismo escenario de los hechos: “Dizque aquí estuvo la batalla de los españoles contra Tecún Umám, rey Ki’ché, y por eso están ahí sus huesos, en ese cerrito de Doña Julia, o tal vez en otro cerrito detrás de la escuela y que se mira desde aquí, pero ¡a saber! Que hay muertitos ahí, es cierto, pero no molestan nunca. Están alegres de tener compañía de vivos. Pero ¡a saber, vos!”. Este enigmático narrador o guía del libro, unas veces se expresa como un castellano de Valladolid (“Un error de cálculo”) y otras como un acompañante del lector, nacido en la región guatemalteca, escenario de los hechos (“El cerrito de doña Julia”).

Paisajes de siglos a cuestas con historias y leyendas: “Cerca estaba el sitio de las glorias mayas de Qumarcaj, convertidas en cerros verdes que ocultaban las pirámides y rodeadas de pinos silenciosos y cubiertos de plantas parásitas de largos flecos, que los disfrazaban de plañideras con sus velos al viento o tal vez de viejas desmelenadas con sus canas despeinadas y greñudas”.

Uno de mis cuentos preferidos es “La ciega del otro lado del puente”, que se abre como un abanico mostrando a los miembros de una familia donde las mujeres tienen el protagonismo. También la insólita historia del Padre Telesforo, víctima de su propia generosidad y de la maledicencia.

Este libro de cuentos no es de una autora novel. Montserrat Abumalham ha sido profesora de árabe en la Universidad Complutense y tiene en su haber una larga lista de libros y artículos sobre esa amplia cultura vecina en nuestra historia y en nuestra geografía, así como de creación propia. Lo que no viene en las búsquedas de Google (salvo de modo marginal) es que su padre era Nayib Abumalham, libanés que se estableció en España. Poeta, hispanista, arabista, profesor de la Universidad Complutense y otros centros, traductor al árabe de Lazarillo de Tormes, Cervantes, Tirso de Molina, Lope de Vega, Quevedo, Benavente, etc. Inspiración, lectura, viajes y estudio han sido los ambientes en que nació y creció esta escritora. Sin embargo, a través de los relatos que hoy presentamos, yo veo los genes de su madre, la inolvidable Pepita Mas, catalana y con un ingenio, una gracia y una socarronería amable, que contrastaban con la seriedad del señor Abumalham y yo detecto muchas veces en los cuentos del libro como influjo de ella sobre su hija.

Deseo de todo corazón que esta nueva obra de nuestra escritora sea un puente entre España y Guatemala, como lo es la mujer que lo firma. Un puente que se concreta en el trabajo que Montse y Luis, su marido, llevan a cabo generosamente y de lo cual ella puede hablarnos mucho mejor. Gracias.

 

Presentación de José Ródenas en la Sacristía de la Compañía de Jesús en Caravaca de la Cruz

 

Después de saber que iba a hacer hoy esta presentación y me vi con el libro en la mano, lo primero que pensé fue: Montserrat Abumalham, De la Ceiba y el Quetzal, Cuentos de Centroamérica. Montserrat es nombre catalán, Abumalham suena a árabe fijo, esta señora está casada con un caravaqueño y escribe un libro que habla de la ceiba, que no sé qué es, pero el quetzal, además de un pájaro, sé que es la moneda de Guatemala. A ver esto por dónde se coge.

Pues resultó que era bien sencillo: la madre de Montse era catalana, de ahí su nombre; su padre era libanés, de ahí el apellido; estudió en Madrid, donde conoció al que luego fue (y es) su marido, Luis, caravaqueño; y el libro… El libro nace por un motivo bien serio: un proyecto de cooperación al desarrollo en Centroamérica, principalmente en Guatemala y Nicaragua. Aunque ya se ha dicho, quiero insistir en que todo lo recaudado con la venta del libro va íntegramente destinado a su asociación, la asociación Tacaná.

La tarea que me encargó Paco Marín para esta tarde-noche no diré que es difícil, pero si al menos inusual: tengo que presentar a una escritora, Montserrat Abumalham, a quien parece que conoce todo el mundo en Caravaca excepto yo, luego la situación en que me encuentro es un tanto peculiar: si los aquí presentes ya la conocéis, ¿qué puedo deciros que no sepáis? Lo que se me ocurrió, tras una breve conversación con ella y la lectura de su libro, fue que lo único que podía hacer es hablar sobre  mi experiencia con la persona y con el libro. ¿De qué otra cosa si no?

Montserrat es licenciada en Filología Semítica y en Filología Francesa; doctorada en Filología Semítica; profesora emérita de la Universidad Complutense; profesora titular en el Depto. de Estudios Árabes e Islam; investigadora, escritora, pintora (todas las ilustraciones del libro son suyas). Es cordial en el trato, generosa con su tiempo, atenta, observadora, inquieta, espontánea, honesta, franca…Se considera un ser en constante cambio pues la vida, las circunstancias, el ambiente, las gentes que la rodean la van moldeando a cada instante y reacciona de distinta forma en cada situación. De igual modo no cree en la bondad o maldad del ser humano, pues considera que no hay dos personas iguales. Le encanta leer, aunque no lee todo lo que desearía; no tiene libros favoritos, pero sí autores y géneros; es selectiva en sus lecturas: le gusta la literatura victoriana y la americana de principios del XX; su personaje favorito es Hamlet y también Marco Antonio de la tragedia Julio César, pues dice que Shakespeare conoce como nadie el alma humana. Le gusta la frase del Evangelio “Dejad que los muertos entierren a los muertos”. Hay mucho en ella de sus padres o maestros de vida, pues comenta que nos construimos desde y en contra de ellos. Piensa que son los otros los que nos construyen. Le da miedo no ser consecuente. No distingue entre hombre y mujer cuando habla de las cualidades de unos y otras: naturalidad es lo que busca en las personas. De las generaciones futuras, espera y desea que consigan ser personas y que lo consigan como mejor sepan.  No cree que exista un ideal de belleza: cada uno puede ver lo hermoso en muy distintas formas. Y cuando el final esté próximo, le gustaría haber vivido de acuerdo con su conciencia, incluso si estaba equivocada.

En cuanto al libro, yo le digo siempre a mis alumnos que no olviden que la Literatura es hija de su tiempo. Por otro lado, pero en la misma línea, el conocido pintor murciano Antonio Martínez Mengual dice que “la creación es vida” y añade que “sin vida no hay obra”. El libro de Montse es precisamente eso: una obra repleta de vida, de sus vivencias, fruto de la observación, de su atenta mirada y un profundo análisis de lo que ve, siente y vive.

No encontraréis grandes epopeyas en sus relatos, sino sencillas imágenes, fieles retratos de un instante, frescas pinturas de una realidad que se palpa, se huele, estalla ante nosotros en mil colores, de una realidad que nada o muy poco tiene que ver con la nuestra; es la realidad de gentes sencillas cuyo único objetivo es vivir, y luchan por ello a cada instante.

 

Especial mención tiene en sus relatos la figura de la mujer, verdadero sustento de cualquier sociedad y especialmente de aquella. Abandonadas a menudo por el hombre, son las encargadas de proteger, cuidar, alimentar y educar a los hijos y protagonistas a su vez de casi todos los relatos o, al menos, constituyen el elemento clave que hace girar de sentido el transcurrir de los hechos narrados.

Trece cuentos componen el libro. Montse habla de ellos como literatura, como ficción, pero es indudable que la realidad penetra en ellos e inunda todo el universo que encontramos en su interior, confiriéndoles verosimilitud además de un realismo que emociona, divierte, entretiene, intriga…

En los relatos se perciben las huellas de la tradición cuentística de la Literatura Hispanoamericana. Los saltos en el tiempo de la narración (analepsis y prolepsis), el uso de un narrador omnisciente combinado con distintas voces narrativas, el empleo de un lenguaje repleto de variedades lingüísticas locales… Todo ello nos hace pensar en los grandes de aquella literatura: Miguel Ángel Asturias, Cortázar, Borges, Vargas Llosa, García Márquez… Incluso un cierto componente mágico, de manera muy sutil, se percibe en estas historias: la mano de Fabio Seisdedos, doña Gladys la ciega del otro lado del puente, las dos cabezas de la hielera…

Las exigencias de un relato corto obligan a condensar todos los elementos narrativos, no obstante, ni el tiempo ni el espacio ni los personajes pierden credibilidad por estar sujetos a esa brevedad. Así vemos ejemplos de descripciones de lugares como esta (p. 25):

La tarde era calurosa, las chicharras cantaban en las resecas ramas de un arbolito que competía inútilmente con el verdor de un mango repleto de racimos, las ráfagas de viento empujaban nubes cargadas de lluvia que venían del mar Caribe, levantando remolinos de polvo en las empinadas cuestas que conducen a los cientos de cerros que disputan en altura con los montes de una sierra cercana.

Descripciones de personajes no desprovistas de cierto humor (p.68) como esta en Un error de cálculo:

Pasaron los años. Güicho, el niño, se hizo un mozalbete alto que encandilaba a las feligresas más jóvenes, con su pelo medio canche y su piel dorada. En cuanto empezó a pensar que ese sí sería un peligro, Telesforo, tras hablar con la madre, le buscó una novia y lo casó tan pronto como al muchacho le brotó un poco de pelo en el bigote.

O esta otra en La hielera:

Doña Odilia de León, su esposa, era una mujer muy fértil y como él era muy macho, cada año tenían un nuevo hijo; ya iban por seis güiras y tres gallitos y la de tortillas y frijoles que son capaces de comer cuando les salen los dientes.

En el relato La prueba vemos una descripción conmovedora:

Marvin era un muchacho limpio, silencioso, sufrido y bien portado. Sus ojos habían visto morir a su padre y arruinarse su casa y su tierra, de manera que pocas cosas le sorprendían. Iba todos los días a la escuela y a la luz de una veladora había sus tareas. Él mismo se lavaba su ropa y a veces hacía el frijol, si su mamá se tardaba.

O bien podemos ver el transcurrir del tiempo y cómo las vidas de los personajes se reconducen en direcciones inesperadas (p. 39):

Como ya adelantábamos, la mujer ocupa un lugar especial en casi todos los cuentos. Encontramos mujeres fuertes, luchadoras, siempre obligadas a actuar de un determinado modo obligadas por los hombres, como es el caso de doña Rosa en Don Pedro, el inestable (p. 94)

Vemos la crudeza de la vida cómo, en ocasiones se ensaña con ellas, como es el caso de Mayra en La soledad de Mayra (p. 77):

La realidad también nos asusta y entristece al ver la aridez de la vida de aquellas gentes como en el cuento El clavo de oro, donde a Carlita, una niña que recorre una gran distancia para ir al colegio, es mordida por un perro y la infección casi acaba con ella.

No obstante y a pesar de todas las adversidades que sufren la mayoría de personajes, no hay acritud en sus vidas; no hay tiempo de lamentarse por su mala suerte: es la vida. Solo hay tiempo de luchar y avanzar y robarle años a la muerte.

A través de los relatos, todas las parcelas de la vida quedan reflejadas con maestría y además el lenguaje contribuye a trasladarnos a un mundo que nos es ajeno. Encontramos así nombres como Secundino Aldana, doña Odilia de León, Benedicto Chaj, don Báiron, Rogelio Pablo, doña Flor, Telesforo Puak…

Topónimos como La Guaira, Puerto Barrios, Cobán, Retalhuleu, Escuintla y Jalapa, Chimaltenango…

Nombres de alimentos como tortilla, frito de pollo y de res, tamal, frijoles volteados, gallopinto, chismol, chompipe, atol, guaro, pupusas de chile, sobres de yuca frita o plátano…

En definitiva, y no le quito más tiempo a Montse, además de estar contribuyendo a una buena causa, leer estos cuentos es como asomarse a una ventana desde donde darse cuenta que, a miles de kilómetros y en un entorno lleno de dificultades, tal vez estén más cerca de encontrar el verdadero sentido de la vida.

 

Por la liga

Cualquiera que vea ese título pensará: Esta chica está fuera de onda. La liga la ganó el Barça y lo que pase en segunda a pocos les interesa.

Pero no, a pesar de que con lo de la Champions los telediaros abren con el asunto, en el mundo pasan más cosas o al menos eso creía yo.

Como se supone que pasan más cosas e importantes, aquí voy a divagar acerca de las ligas; es decir, esos artilugios de goma que hace más de un siglo las personas usaban para sujetarse las medias al muslo.

Resulta que ahora, en una boda, la novia debe llevar una liga, quién sabe por qué, pues las medias se sujetan a la cintura. De igual modo, ahora, en las bodas debe haber damas de honor; unas chicas de diversos tamaños, amigas a poder ser de la novia, que se visten igualitas, con lo que la cosa es bastante difícil y los resultados más bien desiguales, pero con ello -supongo- demuestran su amistad inquebrantable con la novia, pues no sé de qué otro modo se pueda justificar la cosa, si no es por la locura del cariño.

Pues bien, hablando de ‘estas’ ligas, me encuentro en un suplemento de un conocido periódico que uno de los regalos más deseados son las ligas que fabrica artesanalmente una creativa británica, que se comercializan a una media de 80€, y que constituyen  el detalle ‘vintage’ (lo que en otro momento llamaríamos demodé o pasado de moda) que toda novia desea. Siento la pequeña punzada en el estómago que me da cuando creo que alguien me toma el pelo.

Como la mente vagabundea por caminos insospechados, a poco que se la deje, pero manteniendo un cierto hilo conductor – yo siempre he sido muy cartesiana-, paso de las ligas y las damas de honor (una cosa llevaba a la otra) y me encuentro pensando en lo que se llama BBC, que no es una cadena británica de entretenimiento, sino más bien las siglas de algo que en este momento, por lo de la primavera, está muy presente: Bodas, Bautizos y Comuniones. Y como íbamos de trapos, modas y demás, me encuentro con la oferta del look (es decir, el aspecto) que se recomienda para asistir a cualquiera de estas ceremonias.

Bien; a los caballeros traje oscuro, camisa y corbata (una novedad) en los que sólo cambia el ancho del pantalón y de la corbata, de las solapas y de las alas del cuello de la camisa. Es decir los señores han de vestir como siempre, pero no con prendas vintage, porque si se lleva la pata ancha y la llevan estrecha, van dando el cante y viceversa.

Como vivimos en una época contradictoria, a las señoras se les recomienda llevar un vestido ‘midi’, lo que significa a media pierna que, si se observa lo que hay en los escaparates, no corresponde a ninguna tendencia actual y se argumenta que, de ese modo, se va perfectamente a cualquier evento sea de mañana, de tarde o de noche.

Vamos a ver. ¿Por qué los hombres han de ir vestidos como desde que los románticos dejaron las calzas cortas atrás, con la sola variación de anchos y las señoras han de olvidar que hay un modo de vestir de mañana, de tarde y de noche? Las faldas hasta el suelo son sólo para la noche, las cortas de mañana o de tarde, dependiendo del evento. Lo correcto para un acto religioso de mañana (comunión o bautizo) es ponerse un trajecito de chaqueta o un abriguito primaveral. Si la boda es de tarde/noche se puede ir de largo, pero los escotes delanteros o las espaldas al aire es conveniente taparlos en un templo mediante un chal, una capa o incluso un abrigo, por aquello de respeto al recinto sagrado. Aunque en mi opinión este mismo decoro hay que mantenerlo si se trata de una ceremonia civil o lúdica (los Oscars por ejemplo) en donde resulta más bien patético observar la piel de gallina y la sonrisa congelada de las desfilantes por la alfombra. Toda la vida se ha llevado un abrigo o una capa sobre un traje de noche, para no quedarte tiesa, y sólo se han mostrado los escotes en un salón bien caldeado para no coger una neumonía. Claro que ahora que pienso, tal vez sea porque antes de los antibióticos, eran mortales. Ya digo que la mente vagabundea.

Volviendo al asunto. ¿En virtud de qué razón de peso las mujeres han de vestirse de manera inapropiada o se les invita a ello? Esas jóvenes y no tan jóvenes que para ir a un bautizo se ponen un traje largo, palabra de honor o sólo sujeto por unos cordoncillos a la espalda, van en realidad vestidas para un cotillón de fin de año. Pero, si además hacen caso de las recomendaciones, dónde van a encontrar un vestido ‘midi’, cuando ya ni en las tiendas de segunda mano los tienen.

Para cerrar este inconexo discurso apuntaré que temas tan interesantes como estos ocupan un buen número de páginas de un papel muy caro, cuajado además de fotografías de gran formato a todo color. Frente a las noticias de portada del periódico que porta este suplemento, la cosa parece un chiste de muy mal gusto. Pero quizá sea que soy muy susceptible y que tengo una mente errabunda.

Cuando se escribe un libro

Los pasados días 11 y 12 de mayo tuve ocasión de presentar mi libro de relatos de Centroamérica en dos sedes muy diferentes y con presentadores también diferentes, pero todos unidos por un  par de rasgos comunes; la amistad y su buen conocimiento de la literatura y sus entresijos.

La recepción que hicieron de mis relatos es verdaderamente enriquecedora. Cuando se escribe un libro de creación, si no se es -como es mi caso- una autora consagrada, se enfrenta uno a una serie de incertidumbres que, finalmente, lo pueden llevar a meter el manuscrito en un cajón y no mostrárselo a nadie. Pero el atrevimiento es mayúsculo si uno decide intentar publicarlo. Si el editor se muestra favorable, se tiene a veces la sensación de estar engañando al pobre incauto que se ha prestado a ello. Si el interés por publicar el libro tiene detrás una intención solidaria, entonces cabe la sospecha de que el editor se deja por aquello de hacer una buena obra. Sin embargo, en el momento en que el texto empieza a tener lectores profanos en materia literaria y que dicen que está muy bien, que es entretenido y curioso, que les ha emocionado aquí o allá, en ese momento uno empieza a sospechar que ni el editor es un ingenuo ni solamente una persona solidaria. Si además, cuando llega el momento, varios especialistas, aunque amigos, se prestan a acompañarte en la aventura, poniendo su nombre junto al tuyo y lo analizan con esmero y sacan a relucir sus claves y le encuentran sus gracias al texto, uno empieza a notar que se le escapan suspiros porque, hasta ese instante, había estado conteniendo la respiración.

Como uno ha lidiado ya en muchas plazas, sabe cuándo el aplauso es desmayado y cuándo cordial, cuándo procede de las palmas de adheridos totalmente acríticos o es espontáneo y sincero. Tengo que decir que me he llevado la alegría de que, sin exagerar, el texto les ha gustado, lo han seguido con interés, lo han escudriñado y examinado como si fuera el de alguien que merece figurar en las historias de la literatura. No han hecho un elogio del tono ‘porque esta chica me cae bien’ y eso es muy de agradecer porque te da la medida de lo que has hecho.

Es muy difícil que uno sea objetivo con su propio trabajo. Es cierto que yo misma me he dedicado al análisis literario durante años y además soy lectora incansable, ello da un cierto poso para saber cuando una cosa es medio buena, buena o muy mala o pésima. Tengo que decir que cuando remataba cada historia, si era de las que hacen reír, me reía y si de las que hacen llorar, se me saltaban las lágrimas. Este puede ser un buen barómetro para detectar si algo es bueno o malo en literatura. Si te engancha y te provoca emociones, si sientes que has aprendido algo o te ha hecho pensar, si te indigna o te sientes identificado, estás ante algo que merece la pena. Posiblemente no alcance el Premio Nobel, pero es digno y no una piltrafa. Eso me pasaba a mí al releer mis relatos. Cuando pasan unos meses, si además te provoca el asombro de pensar que tú has escrito aquello que casi te parece imposible que haya salido de tu mano y tu cabeza, quiere decir que la cosa no está tan mal.

Pues bien, eso me ha sucedido con este libro de relatos De la ceiba y el quetzal, en esos trece cuentos están muchas de mis experiencias directas o recibidas en las estancias en Centroamérica; los personajes se parecen mucho a algunas personas reales, aunque sus peripecias sean ficticias, pero son posibles. Allí son posibles. De manera que en un tono amable y empático, estos cuentos son un retrato de un mundo que transito cada año con dolor y admiración y con gran respeto.

Cuando se escribe un libro para hacerse famoso es posible que uno intente rodearse de plumas ya famosas por si se le pega algo del lustre ajeno. Como no es el caso, lo que yo escogí, además de ser grandes especialistas, es a amigos de muchos años, compañeros de fatigas en muchos aspectos, personas que me conocen y que conocen a mi familia, en algunos casos. Podría haber invitado a estas presentaciones también a personas insignes, para hacerme la foto con ellas y robar un poco de su luz, pero invité a amigos fieles y cariñosos que acudieron y disfrutaron como yo de la sesión. Hubo algunas ausencias excusadas y excusables, pero hubo también ausencias inexcusadas que no por ser menos esperadas dejan de sorprender. Aquellos que no van porque no son capaces de un acto de generosidad, que queda compensado por la presencia de otros que siempre han sido generosos y siempre han estado disponibles, cuando a ellos sería más fácil excusarlos. En fin, a todos, mi cariño, mi agradecimiento y ya sé que van a estar siempre que cuente con ellos. A los que no, pues ellos se lo pierden.

La primera de las presentaciones fue en un lugar significativo para mí; allí me examiné de oposiciones, allí había defendido mi tesis y luego me convertí en miembro del tribunal de muchas otras, alli me acompañaron Carmen Díaz Bautista y Javier del Prado, así como el editor Francisco Marín. Cuando tenga los textos de los dos los colgaré en esta página para que los disfrutéis.

En la segunda de las presentaciones, con la Salta Sta. Mónica de la Parroquia de los Agustinos de La Vaguada no tenía yo más vínculo que el presentador, José María Torrijos, testigo privilegiado del día de mi boda; es decir, el cura que me casó. Pero no estaba allí solo por eso, sino porque, como los dos anteriores amigos, es un buen escritor, un buen especialista en literatura y una persona de sensibilidad y gracia muy notables.

Han sido dos días de fiesta; acudieron muchos compañeros de la Facultad y una presencia especial, Pedro Martínez Montávez, mi maestro, otros amigos de los primeros días de la juventud y compañeros recién recuperados con los que compartí los años del Instituto de Enseñanza Media. A todos ellos mi agradecimiento por venir, por estar, por compartir y por leer el libro.Faculweb1

Interviene el editor (ed. Gollarín, Caravaca de la Cruz) Francisco Marín

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Interviene Carmen Díaz Bautista

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En la intervención de Javier

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Vista general de la Sala de Grados de la Facultad de Filología

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José María Torrijos y la autora.losdelPreu

Los chicos del Instituto

José Rubio, un poeta

Es posible que el éxtasis  pueda llegar al despeñarse por esos terrenos escarpados de las grandes pasiones. Pero son las pasiones menudas, insignificantes y veraces las que conmueven el alma, las que arrancan desde lo más hondo y las que, además, pueden ser compartidas.

Ayer, 1 de marzo de 2016, tuve la suerte infinita de asistir a una lectura poética. He asistido a algunas, a lo largo de mi vida, e incluso, con gran osadía he sido protagonista de alguna de ellas. En mi descargo puedo decir que este último caso se produjo mucho antes de que yo llegara a cumplir los veinticinco. (¿Quién de Filosofía y letras no ha escrito algún poema vergonzante?)

Pero, a lo que vamos. Resulta difícil pensar en la proclamación de la palabra poética, al menos en esta cultura tan escrituraria y en la que la poesía parece estar reservada a un acto íntimo en quien la produce y en quien la recibe. No es así en otras culturas en donde, aunque la palabra escrita ha ido ganando en presencia abrumadora, conservan una fuerte impronta de su origen oral, como ocurre en la poesía árabe. Es impensable que un poema permanezca encerrado en las páginas de un libro; se aprende de memoria y se recita a la menor ocasión o se convierte pronto en cita autorizada para refrendar cualquier aserto.

Como digo eso no ocurre en nuestras latitudes, aunque cada vez más sean frecuentes las lecturas poéticas. Ya hacía mucho que no participaba yo en una y me hallaba allí un tanto sobrecogida. A ese sobrecogimiento pudoroso contribuyó el autor que aseguró que aquel era un acto de ‘cara dura’, parafraseando a otra persona. Desde luego era un desnudarse íntimo y recatado, como de pasada, como no queriendo estorbar, pero tan sensual y provocador como tanto parecía querer esquivar ese efecto. Si hubiera declamado el verso de manera altisonante y engolada, nos hubiera descargado de ese peso de invadir la intimidad de alguien. Pero, al decir el verso como si fuera una confidencia, nos convirtió en cómplices maravillados de la sinceridad, de la honestidad y la limpieza de los sentimientos. Unos sentimientos que podíamos compartir además porque eran nacidos de experiencias cotidianas de las que marcan y sorprenden, de las que fascinan. Poemas carentes de erudición que no pretenden mostrar más que un escalofrío, una nostalgia, un maravilloso enamoramiento o las sorpresas que el entorno de la naturaleza nos ofrece.

Cómo no vibrar ante el canto de un pájaro o ante la fuerte personalidad de un personaje que conocemos y que nos asalta, cómo no participar envidiosos de las declaraciones cerradas de amor a los amigos, cómo no del amor que se revela en una silueta entrevista que sabemos nuestra, cómo no compartir la ausencia del padre o de una persona amada, cómo no sentirse uno y enormemente insignificante ante la majestuosa naturaleza del mar o de una montaña. Todo eso, en apenas una hora. Todo un regalo y, para mí, un descubrimiento.

He disfrutado de ese encuentro con la intimidad de un poeta que generosamente la ofrece a sus amigos y, aunque yo no lo era y estaba allí sintiéndome un poco intrusa, como quien atisba desde detrás de una cortina, me alegro de mi osadía y de haber participado de un espectáculo tan notable. Para que no quede como una simple alabanza y haciendo honor a la Filología, debo añadir que el empleo de los demostrativos es, en este escritor, acertado y justo.

Recomiendo la breve obra de José Rubio Fresneda porque es cercana, clara y limpia y espero que me considere en adelante de sus amigos. Yo creo que si acepta mi amistad, saldrá ganando porque a cambio de la suya le ofrezco dos; la de Luis y la mía.

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Un paseo

Paseaba yo el otro día por Madrid y me sorprendió encontrarme con rostros que me resultaban conocidos. Cuando estaba a punto de saludar al portador de uno de aquellos rostros percibí dos cosas: La primera que aquella persona dejaba resbalar su mirada por mi cara y no mostraba ningún signo de reconocerme; la segunda, que la persona a la que yo miraba como conocida estaba desde hacía años difunta.

El fenómeno se repitió varias veces, de manera que lo comenté con mi acompañante y, además, me quedé cavilando acerca de cuál podría ser su significado. Primero pensé: A lo mejor me he muerto y por eso sólo me cruzo con difuntos. Luego caí en la cuenta de que ellos no me reconocían y eso me confortó: Ellos están muertos y yo no, por eso no me reconocen.

Finalmente, ante la falta de reacción de mi acompañante que dejó caer mi comentario sin emitir ninguna valoración, concluí que los muertos que conozco son más que los vivos y por eso me los encuentro. Ellos, cuando me muera, me reconocerán finalmente.

A la busca de un texto con vida

Hace tiempo que me aparté de la novela española contemporánea y me refugié en traducciones, algunas muy buenas, de autores victorianos y sus secuelas británicas y estadounidenses.

Sin embargo, ese alejamiento me pareció durante años una especie de traición a la lengua que considero materna. Por eso, de cuando en cuando, guiada por el nombre de un autor que emerge o por premios literarios de carácter nacional me aproximo a alguna de esas obras y experimento una desazón que vuelve a empujarme hacia los autores en lengua inglesa del siglo XIX y de comienzos del XX que, por mi corto conocimiento de la misma, me veo obligada a leer en traducción.

Sigo, no obstante, preguntándome qué es lo que me produce ese rechazo. Qué es lo que me obliga a dejar inconclusas esas lecturas y me arrastra hacia otros horizontes literarios que, en el fondo, me son ajenos y a los que me aproximo apoyada en las muletas de un intérprete intermediario.

Hace unas semanas supe de un nuevo premio nacional y me apresuré a comprar el libro. Trata de un asunto que me resulta cercano por mis orígenes y, como ya había tenido una experiencia frustrante con otra novela que se ocupaba de un asunto semejante y que había conseguido un gran renombre, me acerqué a este recién adquirido ejemplar con una mezcla de esperanza y desasosiego.

La estoy leyendo. No sé qué ocurrirá a lo largo de sus muchas páginas, pero vuelvo a sentir que me asalta una cierta desazón. Reconozco que, a diferencia de la anterior experiencia, esta historia está bien documentada, el narrador es hábil y se expresa con sencillez y claridad, acertando en general en el empleo de un lenguaje que reproduce los modos de expresión de hace unos setenta años, de una clase media acomodada de un determinado lugar muy marcado por su geografía y por la pluralidad de culturas. La historia avanza lentamente sin que recurra para ello a descripciones prolijas de esas que invitan al lector a saltar sobre las líneas, pues nada aportan al desarrollo de lo que les ocurre a los personajes y que tampoco contribuyen a una debida ambientación.

El tema, como decía, me es cercano y, por ello, pienso que debería engancharme, pero no es así y siento que voy devorando las páginas esperando hallar ese no sé qué que te ata definitivamente a un texto y no te permite hacer ninguna otra cosa sino seguir leyendo, robando el tiempo a otras tareas u obligaciones.

Me preocupa ese desinterés mío por la literatura en español de autores españoles contemporáneos. Insisto en que me parece una especie de falta de patriotismo, aunque este sea un sentimiento trasnochado, pero no puedo evitarlo, por eso me devano los sesos tratando de averiguar qué es lo que me produce ese rechazo.

Creo que hoy, precisamente cuando la historia ha comenzado a interesarme, pues ya llevo leídas unas docenas de páginas en las que realmente no ocurre gran cosa y empiezo a preguntarme a dónde conduce todo lo hasta ahí escrito, he comenzado a vislumbrar la causa de mi desencanto.

Tengo la impresión de que, como en anteriores ocasiones en que los libros se me han caído de las manos, lo que ocurre es que no me despiertan estos textos ninguna emoción. No noto que me revelen nada acerca de la vida, no siento que haya hondura en las motivaciones de los personajes, los acontecimientos narrados son banales; no porque lo sean en sí mismos, sino por el modo en que discurren ante mis ojos. Los conflictos, desamores, infidelidades, desconciertos ante un mundo cambiante, el afán por mantener un modo de vida que necesariamente fluye son mecánicos, desalmados, en el sentido de que carecen de alma. Me da la impresión de que el autor (o la autora en otros casos) no siente la más mínima empatía hacia sus personajes. No se preocupa por sus sufrimientos o sus alegrías, no toma partido, no se pone en su lugar; simplemente se limita a contarnos lo que hacen y cómo se desenvuelven en las circunstancias que les han tocado. Por eso quiero saber qué va a pasar, cómo acabará todo, pero es simple curiosidad.

El relato no mueve mi interés, no agita mis emociones, no me hace situarme en el lado de la esposa engañada o del marido infiel, no me empuja a compadecerme de la joven enamoradiza que no encuentra una pareja estable, no me hace reír con las gracias de los niños, ni me produce rechazo un personaje pedigüeño y halagador. La circunstancia descrita que aborda un asunto tan importante como es el de que la historia, que no depende de la voluntad de las personas comunes, las  arrastra y obliga a tomar decisiones que no formaban parte de su horizonte vital, es simplemente un telón de fondo o más bien como un viento fuerte contra el que los personajes no ofrecen la menor resistencia sino de manera desapasionada y frívola.

Esta banalidad atraviesa todo el relato. No hay verdaderas pasiones. No existe una conciencia del yo, del otro y de los demás o del nosotros. Todo pasa como si estuviéramos hojeando un viejo álbum de fotografías en blanco y negro, sin saber qué estaban haciendo aquellas personas en aquel espacio, ataviadas de aquel modo y en actitudes diversas. Pasan las páginas y no sabemos bien cuál es su identidad, qué pretenden en la vida, cómo pasan sus horas, aunque las veamos trabajar, dialogar, enfadarse, celebrar o debatir.

Seguiré leyendo esta novela y, probablemente, a ella le sigan otras, pues seguiré ensayando a ver si averiguo qué es lo que pasa para que esta literatura tan difundida y tan premiada me resulte tan poco atractiva. De todos modos sospecho que la clave está ahí, no hay verdadera vida en ellas. Son una ficción dentro de otra ficción. Me temo que no se convertirán en un clásico al que recurrir para entender qué hacemos sobre la Tierra, por muchos ejemplares que vendan.

Testamento

Cuando me haya ido,

no hagas duelo por mí.

No quiero lágrimas que no podré ver,

prefiero sonrisas hoy y aquí.

No te lamentes por mi ausencia,

dame compañía y conversación.

No lleves flores a mi tumba,

dame miradas de amor;

que tus ojos en los míos se prendan

y tus manos acaricien mi piel.

No hagas duelo por mí,

no lleves luto ni te cubras de ceniza.

Enciende el fuego en mi invierno

y muéstrame la noche estrellada.

Cuando yo me vaya,

no llores por mí.

Secundino Aldana Marroquín

La tarde iba vencida y el sol se dejaba caer poco a poco por detrás de los volcanes, inundando con su luz dorada el valle de tierras oscuras. El camino serpenteaba blanco entre los campos aún baldíos o a medio sembrar. No había llovido. Algunos campesinos se habían arriesgado a echar la simiente y ahora miraban preocupados al cielo porque, si no caía buena agua pronto, las incipientes matitas de milpa se agostarían y un año más la cosecha sería pobre e insuficiente.

Secundino seguía como sonámbulo la vena blanca del sendero con su azadón al hombro, su sombrero de ala ancha terciado y el machete colgando del cinto, como cada atardecer. Venía de vigilar su campo recién sembrado; aquel que había heredado de su madre, lejos de la aldea. En cualquier caso, pensaba, es mejor tener ese campo, aunque esté lejos, que no tener nada. Claro que si no llega pronto la lluvia, no habrá qué comer el año próximo.

Su padre le había dejado un telar que él había modernizado, usando los restos de una vieja bicicleta y así, convirtiendo lo que era una hiladora manual en una máquina que se manejaba con los pies más cómodamente, el hilado era más rápido. Las telas tenían buena salida. Era un trabajo laborioso, pues había que deshacer las madejas de algodón, teñirlas, estirarlas, después que se secaran tendidas al sol, volverlas a armar, y luego darle y darle al telar para ir componiendo el jaspe. Con ese trabajo y las ventas, visitando todos los mercados semanales hasta de cuarenta kilómetros a la redonda, había ido sacando a su familia adelante. Doña Odilia de León, su esposa, era una mujer muy fértil y como él era muy macho, cada año tenían un nuevo hijo; ya iban por seis güiras y tres gallitos y la de tortillas y frijoles que son capaces de comer cuando les salen los dientes.

Ahora, sin embargo, la cosa estaba algo floja. El algodón que venía de los Estados se había puesto por las nubes, con lo que las telas o las bajaba de calidad –y eso nunca- o cobraba las ocho varas de un corte tradicional por el sueldo de un mes. Poca gente podía pagarlo. Secundino se regresaba de los mercados casi con las mismas piezas que había llevado.

Así que no le quedaba de otra que andar más de media legua para ir al campo de la su madre, doña Chonita Marroquín, ya difunta, a sembrar media de papas y media de frijoles, más una esquinita de milpa, para asegurarse que habría de comer para todos los patojos.

Doña Odilia para ayudar se dedicaba a criar unas gallinitas de patio que podía vender de vez en cuando por sesenta quetzales. También hacía tortillas para llevar los sábados al mercado, pero cuando no se las robaba el gato, se las robaban los patojos que tenían una buena gana condenada.

Secundino se decía para sus adentro, si mi papá me viera convertido en labrador a la fuerza, igual se moría del susto, pues él siempre había presumido de no necesitar el campito miserable de su santa esposa y de los Marroquines, y de ser un artesano como los antiguos y mejor. La vida cambia y no para bueno. En tiempos de mi papá llovía como Dios ha dispuesto, seis meses al año. Pero ahora, con los tiempos modernos y los adelantos, ya ni Dios consigue que lo natural funcione. Tantos aviones rompiendo nubes, tanto humo de las ciudades, tantos carros haciendo temblar la tierra, cómo va a llover si el mundo se está desconcertando. Seguía caminando con estos pensamientos oscuros como la tierra que lo rodeaba.

Al llegar a la casa, día tras día, se sacudía el polvo del camino, se quitaba la camisa y se lavaba en la pila en donde doña Odilia almacenaba el agua que llegaba en un chorrito un par de horas cada mañana. Luego se sentaba en su banqueta de tiras de plástico y hierro y se comía en silencio la tortilla rellena de carne molida y chile picadito o con un simple huevo estrellado, según estuviera la cosa.

Aquella tarde, Doña Odilia, fingiendo echar algo de grano a las gallinas, lo observaba y le daba vueltas en su cabeza a un asunto que había oído en el mercado y que no sabía cómo plantearle a su esposo. Esperaría a la noche, pues el hombre prendía la radio, escuchaba marimba y los resultados del futból, se tomaba su atol a grandes sorbos y se ponía de buen humor si los chivos les sacaban ventaja en el partido a los cremas. Ese sería el momento; un tres por uno sería suficiente para que estuviera contento y se le pudiera compartir la idea que ella había tenido.

Pasó un día y otro y los chivos siempre tenían lesiones o el árbitro los fundía con sus decisiones. Parecía que nunca iban a sacar un tres por uno. Pero llegó un sábado feliz en que le dieron paliza a los de Malacatán; cuatro por cero. Esa era la ocasión. Doña Odilia le platicó el asunto.

La doña Anita, la de la granja de los coches, tiene un su sobrino que lleva y trae camiones de los Estados. Iba con un su compañero que se quebró una patica y ahora no puede hacer el viaje hasta Carolina del Norte, porque sólo no se atreve. Son muchas millas y muy cansado el viaje. Tal vez, si la milpa no prende, ni las papas ni los frijoles, podría usted ofrecerse y marchar de compañero.

Don Secundino la miró como el que ve cadejos sueltos en una noche sin luna. Pensó que a su esposa se le había ido la cabeza. En el fondo de su corazón, empezó a maldecirla porque parecía estar anunciando que no saldría nada de su campito, pero no le dijo nada agrio, porque ella tenía una lengua muy rápida y afilada. Sólo acertó a contestar: Ya se verá. Si el campo no da, ya hablaré con el sobrino de doña Anita.

Los presagios se cumplieron, aunque Secundino regó planta por planta, rezó a San Isidro y prendió un montón de veladoras en la capilla de la aldea, la cosecha fue tan pobre que ni para un caldo daba.

Un día de mercado, bajó con su esposa y se hizo el encontradizo con el sobrino de doña Anita. Que si esto, que si lo otro, que si la lluvia y que si no llueve. Al cabo de media hora, llegaron en la plática al punto del transporte y de los Estados. El sobrino de doña Anita, Benedicto Chaj, le confirmó que su compañero, Horacio, se había quebrado la pierna, con tan mala fortuna que le habían de poner unos clavos que no podía pagar y allá andaba en su casa, con la pierna apoyada en un tronco, que más parecía madeja de algodón que pata de hombre. Benedicto estaba preocupado. Él también tenía un telar, pero ya sabe usted que no se vende. Tenía un su campito, pero tampoco salían ni la milpa ni los frijoles. Si no puedo ir a los Estados y traerme al menos dos cabeceras o tres de camión, no sé que van a comer en mi casa, porque ni para tortillas voy a lograr.

Don Secundino, como distraído, le dijo: Sí pues. Si lo puedo ayudar, cuente conmigo. Pero, ¿vos manejás?, le preguntó el compadre. Él dijo: No será tan difícil si lo hace el Horacio de la pata quebrada. Benedicto lo miró fijamente y, como quien se tira al río sin saber nadar, le tendió la mano y quedaron de acuerdo. Secundino, sin embargo, que era hombre sensato, sugirió que le convendría hacer unas prácticas con algún carro grande y convinieron que con el furgón de un cuñado de Benedicto Chaj, a horas en que no hubiera mucha gente por los caminos, se pondría al tanto de cómo se manejan los carros modernos.

Dos semanas después, mediante el acuerdo y las conversaciones con unos compadres que estaban en el negocio, les salió un trayecto para traer de Carolina del Norte tres cabeceras. Aquello podía resultar, ya que ahora eran dos a repartir. Con un camión de un amigo, se fueron primero para la frontera con México y de allá, en una ruta que todos conocen, se fueron para la de los Estados.

Tres días en la primera frontera, tres en atravesar México, tres esperando en la otra frontera, por lo de la papelería que tienen que sellar los gringos y otros tres en llegar a destino. Allí, agarraron los cabezales, unos sobre otros subiditos en la plataforma de un cuarto, y se dispusieron a regresar por el mismo procedimiento: Tres días para cada cosa, hasta llegar a su valle de entre los volcanes.

En un descanso, toparon con otros muchachos que estaban haciendo lo mismo. Se estableció como un poco de rivalidad y un joven patojo, que apenas tendría los dieciocho, les quiso retar a una carrera. Benedicto y Secundino le dijeron que ellos ya estaban grandes para esas cosas y que tuviera cuidado con los que ponen controles, si vas muy deprisa, y te cobran la extorsión. El patojo se rió de ellos en su cara y les soltó que definitivamente estaban grandes para un trabajo de hombres.

Los dos compadres, que no querían pendencia, se lo tomaron a chiste y lo dejaron caer. Cada cual se fue a su cabina a echar un sueñecito, pero el patojo, agarró su tráiler y salió echando humo.

Dos días después, cuando ya estaban casi en la frontera de México, los paró un control de esos espontáneos, pagaron su mordida y siguieron en paz. Unos kilómetros más allá, antes de la frontera, vieron orillado al patojo junto a su camión. Se pararon y fueron a ver qué le pasaba. El muchacho se rió de ellos en cuanto los miró acercarse.

Ya vieron cómo les gané, estaba aquí esperándoles. Sólo pagué una mordida de treinta dólares. Me quisieron cobrar dos veces, pues había dos controles. Pero les aclaré a los segundos, que ya había pagado mi parte. Ellos me pidieron las señas de los del control primero. Me dijeron que les aguardara, que si no era cierto, me las vería negras y se fueron. Yo no me moví, no por miedo, sino porque no me gusta que me tomen por mentiroso. Al cabo de un rato largo regresaron. Está bueno, me dijeron, y para que se refresque aquí tiene una hielera con unas sodas, ya puede seguir. No me cobraron más. Aquí me he quedado para contarles cómo les gané la partida y cómo no pagué más que una vez. Seguro que ustedes han pagado el doble.

Hacía calor. Lo felicitaron al patojo por haber ganado y por no haber pagado más que una vez, sin decirle que ellos tampoco habían pagado dos veces. Para celebrar su victoria, ya que había ganado, y con aquel calor, podría regalarles al menos una soda de las que le habían dado los generosos extorsionadores.

El muchacho aceptó y fue a buscar la hielera. Al abrirla, no encontraron las sodas, sino dos cabezas de hombre, una con su gorra y todo, metidas entre el hielo.

El patojo por poco se desmaya, Benedicto mantuvo un poco la entereza y don Secundino se apartó un tanto para vaciar su estómago, que se le había puesto del revés. En silencio, enterraron los despojos. En silencio, se subieron en sus camiones y en silencio, se llegaron hasta la frontera.

Una vez en su valle, se juntaron los choferes a terminar el trato y el reparto de lo que a cada cual le tocaba. El patojo agarró sus billetes y, aunque habían pasado dos días desde que llegaran, todavía estaba pálido y le temblaban las manos. Benedicto agarró su parte y se la echó al morral, sin decir palabra. Secundino hizo lo propio, pero volviéndose al patojo, le dijo: Ahorita que habés cobrado, ¿nos invitás a unas sodas?

Mientras se regresaba a donde su doña Odilia se dijo a sí mismo: Si mi papá levantara la cabeza no tendría vergüenza de que su hijo fuera agricultor. Todo menos camionero.

Fabio Seisdedos

La tarde era calurosa, las chicharras cantaban en las resecas ramas de un arbolito que competía inútilmente con el verdor de un mango repleto de racimos, las ráfagas de viento empujaban nubes cargadas de lluvia que venían del mar Caribe, levantando remolinos de polvo en las empinadas cuestas que conducen a los cientos de cerros que compiten en altura con los montes de una sierra cercana.

Fabio caminaba soñoliento. Se había puesto su mejor camisa, sus pantalones oscuros, color ala de mosca, y arrastraba acompasadamente unos zapatones de punteras levantadas. Eran sus mejores galas. Esa tarde había una reunión especial. En el salón comunal, debían converger todos los habitantes del sector rural del este. Habían venido unos extranjeros, unos españoles, que posiblemente les hablaran de algo interesante, aunque no se les entendiera bien con eso de hablar de vosotros y con tanto ceceo. No importaba qué fueran a contar, simplemente era la única cosa que podía distraer de una tarde caliente, ventosa y desoficiada de domingo.

Fabio rumiaba su calor, la polvareda que se le colaba por los dientes y el deseo de llegar cuanto antes al salón, por si daba la casualidad de que la Magdalena se personara. Hacía tiempo que él le ponía ojitos, pero ella no se daba por enterada. Esa tarde, quizá tuviera ocasión de impresionarla.

Según Fabio subía la cuesta, con todo el calor metido en su espalda y en los gruesos zapatones de puntas enfiladas hacia el cielo, se fue cruzando con el caballito de andares ligeros y cara triste del hijo de don Bairon, quien a su vez lo montaba como con desgana, dejando caer su machete de costado; con la Juliana que arrastraba a sus chiquillos de ojos inquietos; con un burrito jacarandoso de un anciano medio oculto bajo el ala de su gran sombrero y que cargaba un costal a la espalda. Apenas un gesto de alzar la cabeza como saludo, pues en las cuestas uno no puede entretenerse en palabrerías, pero Fabio se quedó pensando en lo malcriado del burro que no cargaba con el costal, sino su amo. Así se descomponen las bestias, pensó, y siguió camino arriba tragando más polvo que levantó un mozalbete, haciendo rugir su motocicleta.

Al llegar a lo alto del cerro donde se alzaba descolorido, con sus pinturas verdes y azules desconchadas, sus vidrios quebrados y sus puertas desvencijadas el salón comunal, echó un rápido vistazo para averiguar quiénes habían acudido a la convocatoria del dirigente del sector. Vio a varios muchachitos de esos que se ponen las gorras de visera del revés, para que les quiten tal vez el solazo del cogote o por moda, a unas cuantas viejas y no tan viejas, sentadas en el borde de la banqueta; unas acunando niños y otras cotorreando de enfermedades y desgracias, a unas jóvenes que andaban riéndose bajo la breve sombra de un roble de la sabana todo cuajado de flores rosadas, pero allí no se veía ni huella de la Magdalena. Suspiró profundo y entró a la penumbra del salón. Las bancas estaban cubiertas de sombras que se movían y hablaban bajito entre sí.

Una vez que acomodó los ojos a la oscuridad, empezó a reconocer rostros; el Melvin, allá estaba, también el Obed y su señora, los primos Vargas siempre a una, la señora Rosario y su hija malcriada y perezosa, Isaura, Carla y sus esposos, con una fila de chiquillos que jugaban a meterse bajo las bancas, arrastrando todo el polvo en sus camisas y pantalones. En una esquina vio al jefe del sector hablando como en secretitos con la Magdalena. Ah, pues vino, pensó, y por qué se habla en escuchas con ese. Pero no quiso hacerse el enterado, por no levantar sospechas.

Poco a poco fueron llegando otros muchos conocidos, incluso Ezequiel el de la guitarra, con su bigote a lo Pancho y su hija, la de la dulce mirada. Podría decirse que todo el sector estaba presente. Tras el coordinador se veía a dos figuras, un hombre de pelo blanco y barba y una mujer de cabello muy corto, vestida como un hombre. Esos serán los españoles, aunque parecen más gringos, se dijo para sus adentros.

No bien lo miró el coordinador, Elías le dicen, le hizo seña y le presentó a los españoles como a alguien muy importante en la comunidad. Fabio se sintió alagado, pero enseguida se le cruzaron las escuchitas de Elías con la Magdalena y le cambió de sopetón el humor. Saludó, pues, a los extranjeros como lo que eran, unos extraños, y no les dio ni así de cancha para que se entretuvieran con él en muchas palabras.

Viendo que el salón se había llenado, el coordinador dirigió unas palabras a los asistentes, saludando ceremonioso, agradeciendo empalagoso y alabando servilmente  a los extraños, cosa que a juicio de Fabio era innecesaria, mientras estos no abrieran la boca y dijeran algo de interés, lo que era dudoso. Finalmente, según su costumbre, detalló el orden del día que comenzaba con el himno nacional y, para sorpresa de nuestro Fabio, le encomendó que lo entonara y dirigiera.

Fabio se adelanto al centro de la sala, se subió a la tarima, se puso la mano derecha en el pecho y cantó a todo pulmón el primer verso del patriótico canto. En aquel momento, los extranjeros pudieron ver en su mano derecha, solemnemente apoyada sobre la camisa, cómo junto al pulgar crecía, más pequeño y asustado, otro pulgarcito con su uñita y todo. La mujer vestida de hombre, dio un pequeño respingo no sólo al ver aquel dedito de más, sino al escuchar la voz destemplada, sin matices y poderosa de Fabio. No necesitaba el altavoz, eso era evidente. Su vozarrón sobresalía por encima del destemplado coro de asistentes quienes parecían haberse puesto de acuerdo para cantar cada cual en su tono y a destiempo. Con al menos seis estrofas y sus correspondientes estribillos, con cierto aire de habanera triste y guerrera, concluyó finalmente el canto patrio y los extranjeros suspiraron de alivio, echando el aire que habían almacenado durante tanto desafine.

Se empezó a desarrollar el acto cívico. Subieron a la tarima los oradores, según el orden prefijado por el coordinador, aplaudieron rigurosamente los asistentes y por fin les tocó la vez a los españoles. La mujer vestida de hombre habló primero con una inesperada voz cálida y femenina. Se presentó y presentó a su esposo, explicando que les había llevado allá su afán por apoyar las iniciativas ciudadanas de los habitantes del sector, con el fin de mejorar las condiciones de vida, salubridad y desarrollo de la zona. Luego, con un gesto, cedió al hombre la palabra y este vino a repetir algo parecido, pidiendo que se le presentaran proyectos que contribuyeran a una vida más digna de los pobladores de la zona, describió el procedimiento e indicó cómo debían presentarse las solicitudes de aportes económicos para que la organización a la que pertenecían ambos pudiera evaluarlos y apoyarlos en su caso.

Con un saludo igual de ceremonioso, empalagoso, reiterativo y servil, levantó la sesión el coordinador e invitó a los asistentes a tomar la pequeña refacción que se había preparado en el exterior. Allí, efectivamente, las jóvenes y viejas que estaban en el lugar habían dispuesto unas tablas a modo de mesas, cubiertas de unos manteles de papel, sobre los que se disponían jarras con atol y platillos con un tamal, unos pocos frijoles y algo de arroz.

Los asistentes se arremolinaron alrededor de las mesas y atacaron la comida como si en ello les fuera la vida, pero cada cual se llevó su platillo a la sombra más cercana y allí hizo corrillo silencioso con otros compadres o comadres. El revuelo de la comida y la desbandada los aprovechó Fabio para acercarse a Magdalena y, en un acto de osadía sin límites, le tocó suavemente su brazo con la mano derecha, al tiempo que le susurraba algo al oído.

La mujer vestida de hombre, que andaba cerca, aún desconcertada por la avalancha y fuga de los comensales, contempló sorprendida el fugaz asedio de Fabio y alcanzó a oír como Magdalena le decía: Tenés demasiados dedos para mí.

 

 

 

Don Quijote light

A bombo y platillo se publicita una versión recortada de Don Quijote como modo de estimular a los jóvenes a que lean una de las mayores obras de la literatura universal.

Este fenómeno se repite de vez en cuando. Versiones para niños y adolescentes de la Biblia y de otras grandes obras, versiones con un ‘pachum-pachúm’ de fondo para vulgarizar la música clásica o aligerar la ópera.

Seamos un poco serios. Los niños deben empezar por leer lo que sea adecuado para cada edad y hay cientos de libros así con ilustraciones maravillosas. También hay piezas musicales, como los ballets y otras (la sinfonía de los juguetes, por ejemplo) que sirven perfectamente al fin de animar a oír música culta.

En una casa donde los padres leen y compran libros para sus hijos, donde escuchan música o los llevan a conciertos o tocan algún instrumento, ahí es donde se genera el buen lector y el buen auditor de música.

El Quijote es una gran novela renacentista que pretende, según los expertos, reconstruir una narración medieval de caballerías. Ese género, como tantas obras medievales, está lleno de digresiones, de pérdidas aparentes del hilo conductor, de escapes colaterales que no sólo sirven para enriquecer el texto, sino que muestran la mayor parte de las veces la erudición del autor. Esa erudición se cuela en nuestro conocimiento de manera suave, como en un juego, abriendo perspectivas múltiples, sin que nada de ello nos haga perder el interés por el meollo de la obra.

Leer un Quijote mutilado es como saltarse las páginas de descripciones prolijas para llegar al final del libro y saber quién se casa con quién o quién es el asesino.

La lectura compleja ejercita la paciencia, el gusto por lo prescindible y el detalle. Si el señor Dickens hubiera recortado sus historias para ir sólo a lo esencial, sin perderse en explicaciones o análisis de su época, probablemente los Papeles póstumos del Club Pickwick se habría reducido a unas veinte páginas insulsas y no sería hoy el equivalente al don Quijote en versión inglesa del siglo XIX.

En el mundo de las prisas y la rentabilidad, leer una novela de más de ciento cincuenta páginas es casi un desafío. ¿Por qué no presentarles a los adolescentes ese reto, en lugar de darles una versión light?

Hoy que todo ha de ser de ahora para ahora, posiblemente sea un buen ejercicio de aprendizaje conseguir que los muchachos empleen más de una hora al día en leer capítulo tras capítulo de la vida y peripecias de ese hidalgo aventurero que pone en solfa a todos los estamentos de su época.

Quizá de lo que se trata es de que no descubran, con esfuerzo, que hay que ser diferente, que hay que ser utópico, que hay que ser rebelde y no perder el aliento en el empeño.

No me gustan las versiones edulcoradas, mutiladas y reconstruidas. Lo siento, pero no recomendaré esa lectura. Tampoco lo haré con las versiones infantiles de las Mil y una noches, aunque algunos de sus pasajes sean plúmbeos, ni eliminaré de la Biblia aquello que no resulte políticamente correcto, como la violencia o los incestos. No. Me niego. Pero consentir en que las cosas se lean como fueron escritas necesita de contextualización, de seguimiento, de aclaraciones y de enseñanzas. Si no estamos dispuestos a guiar a nuestros hijos y a educarlos, entonces, dadles al menos un Quijote amañado. Menos es nada.