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El seny

De veras que los catalanes -no todos, por supuesto, pero ya me entendéis- nos han estado dando la tabarra con su trasnochado y anacrónico separatismo. Pero hete aquí que llega el coronavirus y, de repente, nos dan una lección de buen sentido y buen hacer.

No han pedido que les resuelvan el problema económico, no han solicitado que les den ayudas para reflotar comercios, no han solicitado que saquen a las fuerzas de seguridad y al ejército, que se dedican a fumigar lugares o a repartir mascarillas, no han reclamado que el Gobierno sea centralista y anule las autonomías, no han piado porque el Estado comunista y totalitario esté privando a los ciudadanos de sus libertades y derechos constitucionales. No han salido el pie del Tibidabo a tocar  cacerolas, no le echan la culpa de los muertos al Presidente del Gobierno, no andan todo el rato diciendo que no van a aprobar otra prolongación del estado de alarma. Incluso, y esto es maravilloso, se han igualado a los más rancios castellanos en no reclamar pasar de fase ni en acusar al gobierno de no dejarles pasar a la fase 1 la 2 o la 3 simplemente por ganas de chincharles y por enemistad manifiesta, dadas las diferencias ideológicas.

Ellos, los catalanes, como Castilla y León, las cunas de los dos imperios más significados de la historia de la Península, se han centrado en lo que de verdad importa; el bienestar de los ciudadanos, que no cundan los contagios, que los enfermos salgan adelante, no quieren ganar carreras ni ganar elecciones, antes de que se convoquen. Están haciendo lo que deben hacer; pensar en el bien común y en que ‘lo primero es antes que lo demás’.

Es decir, están analizando la realidad lo más objetivamente que pueden y acomodándose a las directrices de los expertos en epidemias.  Es posible que si les preguntáramos nos dirían que tienen algunas otras prioridades por sectores; la educación, la economía, los inmigrantes, el campo y la recogida de cosechas, la industria, el turismo y esto y aquello y lo de más allá; según le preguntemos a cada sector, ese piensa que lo suyo va por delante. Sin embargo, en casos excepcionales como el presente, se deja de lado lo que cada cual quiere, se mira a lo que de veras se puede hacer para no empeorar la situación y se acatan las recomendaciones. No se hacen carreras para demostrar que se es más listo, más alto o más rubio.

El conjunto de esta forma de análisis y actuación se llama ‘seny’; es decir sentido común. No saben ustedes cuánto me alegro de que así sea. No en vano me llamo Montserrat y me dolía ver a un pueblo, al que pertenece toda mi familia materna,  haciendo el canelo, habiendo perdido la mejor de sus virtudes.

Teorías conspiranoicas

Viendo la evolución de este enemigo minúsculo y traidor, que se está llevando a gente por delante y enfermando a otra mucha, no puedo dejar de pensar en la teoría de la conspiración. Especialmente cuando lo que se ve más afectado son aquellos países y zonas, fundamentalmente, cuya economía, dentro de su continente, a nivel mundial o en su propio país, es más productiva, ágil y elevada; en definitiva, más competitiva.

Es curioso también que afecte a las personas de mayor edad que resultan tan caras en los países democráticos. Pues reciben pensiones (no importa que hayan cotizado durante años) elevadas en muchos casos y que padecen otras patologías que resultan caras al sistema sanitario. Una forma de ‘ahorrar’ costes es que desaparezcan cuanto antes y no se prolonguen en la vida por años y años consumiendo recursos.

Por otra parte, hasta donde me llegan las noticias, no parece que espacios vulnerables como campos de refugiados y desplazados, que viven en condiciones muy precarias, sean objeto de la saña de este virus. Efectivamente esas personas que lo han perdido todo no son un gasto excesivo y, además, no producen gran cosa, con lo que no están en condiciones de competir en una economía salvaje y, por tanto, no son un enemigo a batir.

Estas consideraciones no me son propias y exclusivas, por ahí corre un video de producción incierta en la que se apunta a un efecto provocado con el fin de clarear demográficamente, por edades, a la población mundial cara y, por otro, frenar la economía de manera que los que capitanean la producción en el mundo no pierdan su poder económico. Volver a equilibrar la balanza: Los ricos que sigan siendo ricos, que nadie les pueda toser y que los pobres, que no cuentan, sigan siendo pobres y marginales.

Ya digo que estos razonamientos no me son exclusivos. Pero, tengo la desagradable sensación, y cada día se me refuerza, de que esta pandemia ha sido provocada. Como siempre que se crea un conflicto se sabe cuando comienza, pero no cuando y como va a acabar y si los vencedores serán los que habían iniciado el conflicto, en defensa de sus exclusivos intereses. Aunque el éxito no sea total, sin embargo, ya han conseguido que determinados aspirantes a potencia vean retrasados sus planes. Lo que, si no es perfecto, al menos da un respiro y, además, en cualquier momento hallarán una vacuna (hecha la maldad, fabrican también la venda) y nos la venderán a precio de oro: Negocio redondo, mucho más productivo que una guerra convencional.

Ya digo que no es mía la idea, pero cada vez le veo más visos de realidad. Como en las novelas de ciencia ficción, veo que hay un malo malísimo al que los seres humanos le importan un bledo que, como además de malo, debe ser muy tonto, no sabe competir sin hacer trampas y en eso estamos. Por si faltaba poco, en esta novela de ciencia ficción no hay un héroe forzudo, araña o murciélago que sea capaz de vencer al malo, hasta su siguiente idea genial.

Sólo queda que se concentren las buenas gentes que viven y dejan vivir; que viven y tratan de hacer mejor la vida de los demás; que viven y se ocupan de las necesidades de otros, y una vez juntos demuestren que la humanidad no es solo un lado oscuro, sino que en ella hay un lado de luz que triunfará de la perversidad siempre, aunque en ello se deje la vida propia, pero dando vida a otros. Así esos sanitarios que arriesgan la suya, así esos militares, así esos policías y bomberos, así esos servicios de limpieza, así esos ciudadanos respetuosos de las prohibiciones, así esos niños que no entienden lo que pasa y aguantan estoicamente el encierro. Miles y miles de ciudadanos que salvarán la vida y saldrán fortalecidos de esta prueba.

Si algún malvado, efectivamente, ha conspirado para hacernos sufrir, que sepa que somos más los que amamos la vida, los que la respetamos, los que vemos en el rostro de ancianos, pobres, marginados o tristes a nuestros semejantes. Los vemos cargados de dignidad y de derecho a la prosperidad, la paz y la tranquilidad y no nos gusta que nadie nos los arrebate. No nos gusta nada que nos eliminen porque somos costosos. Algún día tendrán que responder ante la conciencia colectiva. Tendrán entonces que reconocer que han perdido la partida, aunque crean estar ganándola.

Nadie me quita de la cabeza que esta pandemia, que dicen es producto del azar o de haberse comido un murciélago, encierra una idea perversa en su concepción y desarrollo por sus efectos, por cómo se disemina, por cómo hay que frenarla y por dónde se extiende. Parece, pues, la obra de una mente retorcida y deshumanizada.

Ya sé que esto se llama paranoia conspirativa. No me importa. Creo que tenía que decir lo que he dicho. La gente de bien está siempre del lado de la luz y la verdad y, gracias a Dios, es mucha más y más inteligente. Sabe donde está la verdadera sabiduría y el verdadero poder, aunque pierda la vida. Los malos y tontos también mueren, por si no se habían dado cuenta.

¿Qué es política?

En este tiempo de transición entre unas elecciones generales, las locales y europeas y la constitución de los gobiernos respectivos y de las cámaras correspondientes, se van produciendo declaraciones que vienen a ser modos de advertencia a los posibles aliados de mañana o a los enemigos de siempre. Hasta aquí todo normal. Eso es lo que se espera; que cada cual marque sus posiciones. Sin embargo, hay quienes no tienen ni idea de lo que es política, confunden los límites de lo territorial local, con lo nacional y con lo europeo y, por tanto, supranacional.

Si no tienen claro ese límite tan sencillo entre lo que debe gestionar un ayuntamiento, una comunidad, el ejecutivo nacional o los diputados en Europa, mal vamos. Pero sí. Hay varios partidos, con sus representantes más conspicuos al frente, que confunden esas realidades que no son intercambiables.

No en vano los electores suelen discriminar esos ámbitos y votan a diferentes partidos (más o menos afines a la ideología de cada cual) en cada uno de esos comicios. Sólo cuando ninguno de los candidatos es afín a su ideología, más que el de un único partido, no alteran la elección de una consulta a otra. Esto suele pasar con los socialistas y con los comunistas de corazón, porque a estos les puede la ideología sobre su conveniencia.

Los demás distinguen claramente cuáles sean sus intereses en cada ámbito. No me importa si el alcalde es este o aquel, con tal de que tenga limpia mi calle, bien alumbrada, segura, con una recogida adecuada y no excesivamente cara y compleja de los residuos que genero y que no tase mi casa por encima del precio de mercado para cobrarme impuestos. Necesito que atienda adecuadamente a la educación pública, que fomente la cultura, que respete las diferencias religiosas y permita su manifestación, dentro del orden público establecido, etc etc. Pero no se me ocurriría pedirle al alcalde que marque las directrices de la política exterior del país, ni que intervenga en la gestión de una comunidad autónoma vecina y que no es la suya. No me parece propio que un Presidente de Comunidad autónoma le diga al gobierno cuál ha de ser su política general o, incluso, que se atreva a  sugerir que los militantes de un partido abandonen a su jefe y elijan otro al gusto del tal presidente, caso de que llegue a ser y ostentar ese cargo, pues eso aún está sujeto a negociación.

Por otra parte, y no menor, dónde queda el respeto a la voluntad del votante. Nada. Les dan su acta de diputado o de concejal y en ese preciso instante se difuminan, convirtiendo en una sombra a los electores.

Habrá que recordar a estos señores tan alegres de palabra que si están ahí es porque los hemos señalado los que votamos y que hacer política viene de ‘polis’ y una ‘polis’ no es nada sin sus habitantes.

Estas cosas me recuerdan una anécdota que contaba mi padre acerca del loco de su pueblo. Ya saben que en los pueblos pequeños había un loco, que andaba por todas partes y era, más o menos, amigo de todo el mundo. Pues bien, este loco del pueblo de mi padre iba gritando: ¡Quiero que os muráis todos!. Cuando se le preguntaba: pero, por qué quieres que nos muramos todos. Respondía categórico: Quiero ser el alcalde.

Una tarde de política provechosa

Ayer, día 13 de mayo, acudí a uno de los espacios culturales que funcionan en esta ciudad de Murcia con las más variadas ofertas.

En el día de referencia, se trataba de la presentación de un libro; Una historia de aquí. Crónica política. 2014-2019 de Manuel Ponce Sánchez, editado por la Fea Burguesía, editora murciana que está llevando a cabo una más que digna labor de difusión de lo que se cuece en las letras y el pensamiento murciano actuales y rescatando la obra de autores prominentes del inmediato pasado.

Me envió la invitación mi amigo y editor, Paco Marín. Sea por esto o porque el presentador de la obra era Ramón Luis Valcárcel, ex-presidente de la Región de Murcia, y estos personajes siempre mueven la curiosidad, allá que me fui, quizá con no otra intención que la de estar presente.

Sin embargo, he de decir en honor a la verdad que lo que allí se desarrolló me enganchó. El editor planteó cuestiones interesantes, no digamos el autor del texto que le hizo una entrevista muy atinada al ex-presidente, pero la estrella fue sin duda el señor Valcárcel.

Me sorprendió, dicho sea de paso, que no asistieran en masa representantes del PP , más cuando nos hallamos en periodo electoral y con lo que parece le está lloviendo a ese partido. Pero, curiosamente, allí no había sino familiares y amigos cercanos del presentador del texto y contándonos nosotros no creo que se llegara a las dos decenas de personas. Una pena de verdad.

Como muchos que me conocen saben, yo no me siento cercana a la orientación ideológica del señor Valcárcel, tampoco he vivido en Murcia durante su mandato, bien prolongado por cierto, ni he seguido su trayectoria en las instituciones Europeas en los últimos cinco años, de manera que no tengo más que unos muy leves prejuicios hacia su persona. Por eso considero que su intervención brillante, y no dudo en calificarla así, aunque no compartiera cosas que dijo, fue algo que es lo que yo espero de un político que se pueda llamar tal cosa: Espero que me haga reflexionar, sacar conclusiones y me permita establecer cuáles son mis posiciones respecto a cuestiones políticas de calado.

Por ejemplo, por su declarada europeidad, me empujó a sentir que, efectivamente, lo que sigue siendo de imperiosa actualidad es que todos tengamos una conciencia clara de pertenecer a un continente, que goza de unos valores y unos principios inalienables y que no se dan con tanta claridad y definición en ninguna parte del mundo, aunque haya voces (muy ruidosas, por cierto) que se empeñen en negarlos o ponerlos en cuestión (léase los defensores del Brexit, por ejemplo). Europa es un lugar en donde no existe la pena de muerte, en donde funcionan (con deficiencias posiblemente) las leyes de la democracia, la participación ciudadana y la separación de poderes. No hay dictaduras, no hay manipulaciones y aunque pueda haber intentos, las propias leyes e instituciones se encargan de atajarlos y ponerlos en evidencia.

En Europa nos unen una Historia común, una cultura común, unos intereses económicos comunes, al tiempo que poseemos una gran variedad de identidades que enriquecen el panorama. Siendo mucho lo compartido, es mucho lo diferente y esa realidad nos presenta como un continente rico, vivo y en constante ebullición y progreso.

Otro ejemplo fue su clara opción por una visión global, al tiempo que ‘nacionalista’ por su  pertenencia a una región concreta, a la que sin duda aprecia y ama. Es decir, me planteó definirme como nacionalista, pero al tiempo que me considero ciudadana de Europa y habitante de un espacio más amplio que este continente, por lo que me siento concernida por lo que acontece en cualquier parte del planeta. Por sus afirmaciones, me sentí identificada con mi rechazo a los regionalismos y nacionalismos excluyentes, trasnochados y decimonónicos, que han perdido ese ‘glamour’ romántico que podían tener a finales de 1800.

Los riesgos de la fragmentación, de los populismos y los nacionalismos de miras estrechas, el rechazo a las migraciones, la política de cierre y encastillamiento, todo eso, nos dijo, son cosas rechazables y me di cuenta de cuánta razón tenía, pues me siento identificada con ese discurso de apertura a lo global, a las fronteras permeables, a los mestizajes y las mezclas, a las convivencias con las diferencias. En cualquier caso y dados mis orígenes y mi realidad actual, difícilmente podría yo encastillarme en ningún recinto, considerándolo propio y excluyente.

Cuando acabó la sesión, me atreví a preguntarle qué pensaba acerca de ese movimiento que pretende crear un ejército europeo único y, como si oyera mi propia voz, me respondió: No es conveniente ni oportuno. No creo que se haga. A otra de mis preguntas me contestó: Ojalá se le abran los ojos a mucha gente y se den cuenta de que no podemos estar al albur de lo que ocurre más al occidente de nosotros ni más al oriente de nosotros. Que no se cieguen por los populismos y por las revoluciones radicales. También a mí me pareció que, más que contestando, me estaba diciendo lo que yo pienso y que, además, me causa gran extrañeza; cómo es posible que en un tiempo en que parece más polarizado el mundo en extremos provocadores, no seamos capaces de ofrecer la solución del equilibrio, la democracia, la tolerancia y el sentido común, que son los valores europeos primeros.

Europa está llamada a aportar al mundo un modelo de paz, libertad, prosperidad, contención y sentido de la responsabilidad. Si todos los que abren la boca en los mitines políticos hoy en alza, por aquello de convencer al elector, abogaran por ese modelo, en lugar de azuzar las más bajas pasiones, el revanchismo y el todo vale, probablemente lo tendríamos muy difícil para votar, porque ese modelo sería único.

No crean, los que se atrevan a leerme, que yo tendría, después de oír al señor Valcárcel, la tentación de votar al PP. No. Yo soy una persona leal. Pero creo que el discurso de este señor es un discurso que puedo respetar, agradecer  e incluso apoyar, si se presentara la ocasión. No el tan manido recurso al miedo, la amenaza y la descalificación del contrario.

De manera que gracias al autor por su libro, gracias al editor, por invitarme y gracias especiales al señor Valcárcel por hablar con tanta claridad, aunque yo no compartiera con él más que lo que he dicho, que no es poco.

El terror de los poderosos

Este título me recuerda las clases de latín y aquel maldito ejemplo de ‘timor hostium’ (el temor de los enemigos) que según fuera un genitivo subjetivo u objetivo quería decir una cosa u otra; o bien que los enemigos estaban asustados o bien que nosotros les teníamos miedo. Según fuera la cosa y si acertabas o no, te iba en ello el aprobado.

Aquí no pasa eso, aunque lo parezca. No es un examen, es una simple afirmación que quiere decir lo que dice: Los poderosos tienen miedo, porque  lo contrario, es decir que alguien les meta miedo, parece del todo imposible. No temen a nada, ni a su conciencia (que no tienen), ni al escándalo (que producen), ni a la justicia (porque se sienten impunes).

Ya se sabe que el miedo o bien paraliza, o bien nos convierte en héroes o bien nos hace devenir canallas, si no es que lo éramos ya antes de sentir miedo.

Pero hay una clase de poderosos que parecen tenerla siempre hecha. Es decir, qué fechorías no habrán cometido que se asustan porque alguien pueda hablar de ellos mal. Y en un ataque de pánico hacen una aún peor que los pone en evidencia.

Malo es que tengamos miedo, porque eso quiere decir que no obramos bien, no tenemos la conciencia tranquila o simplemente porque somos mediocres e inseguros. Y una vez abocados al miedo, entonces no sabremos nunca si nos convertiremos en héroes o en villanos.

Pero volvamos a lo que estábamos. No vamos a hablar de la gente corriente, como tú o yo que, cuando nos asustamos generalmente hacemos una tontería que probablemente sólo nos perjudica a nosotros mismos. Hablemos de lo que íbamos a decir: el temor de los poderosos. Su miedo, al igual que cualquiera de sus virtudes o defectos, siempre recae en otro u otros que no tienen nada que ver en el asunto o que si lo tienen, se ven perjudicados porque el jefe tiene miedo.

Pero peor que el miedo de los poderosos es el miedo que algunos les tienen de manera que renuncian a su propia conciencia y a su libre albedrío para que el jefe no pase más miedo.

Qué inmensa tristeza me produce que los poderosos tengan miedo y no sean capaces de ser heroicos, rectificando y enmendando sus conductas para volver a ser libres y no temer a nada ni a nadie. Tienen miedo y eso les hace no más poderosos, sino que los coloca como los últimos de los últimos. Los convierte en unos seres mezquinos y viles que no merecen el respeto de nadie.

En este punto uno se pregunta: ¿Es verdad que eran poderosos?

Dependencias

Con cierta frecuencia, se producen en el lenguaje variaciones de sentido que nos pasan desapercibidas y sin embargo suponen síntomas importantes de la mutación de los significados, sea por reducción o por ampliación, que a su vez señalan a cambios de profundidad en los modos de entender el mundo de las sociedades.

Últimamente se habla mucho de ‘dependencia’ en España. Normalmente el término va asociado a Ley de. Es sabido que los historiadores suelen confiar en los códigos legales de cualquier época como fuentes importantes para el conocimiento de ese o aquel periodo de la Historia. Los códigos legales, escritos en piedra, pergamino o impresos, suelen reflejar dos cosas, que los historiadores se empeñan en desentrañar, cotejándolos con otras cosas o fuentes que provengan de documentación literaria, arqueológica, etc; o bien que las leyes reflejan el ideal de una sociedad (es decir lo que no se ha alcanzado todavía), o bien que ponen de manifiesto algo que se teme. A veces, las leyes reflejan ambas cosas. Es decir, dejan entrever aquello de lo que la sociedad carece o bien aquello que sobreabunda.

Cuando hablamos de ‘dependencia’, en general y en particular de la Ley, estamos haciendo referencia a esa situación en la que por razones de vejez, enfermedad u otras causas, una persona no puede valerse por sí misma y necesita la ayuda de otra para las tareas más simples. Existe un caso específico que se refiere a aquella persona que necesita del consumo de determinadas sustancias, pero esto entraría en el campo de la enfermedad. De manera más amplia, hablamos de dependencia cuando por razones económicas una mujer o un joven no pueden desempeñarse por sí solos y dependen económicamente de sus padres, de un marido o de una institución. Si nos fijamos en el cambio semántico que se ha producido en la palabra, veremos que en lugar de significar lo que básicamente significaba hace años: Era lo contrario de independencia y esta venía a ser el ejercicio de la libertad personal. Comprenderemos que la dependencia, entonces, significaba más bien una actitud del espíritu o de la mente que le impedía a uno alcanzar la libertad de pensamiento y acción, aunque en ocasiones viniera provocada por carencias de tipo material, pero esto era secundario. Se decía: ‘aún depende de sus padres’, ‘es un adulto pero depende para sus decisiones de la opinión de su mamá’, ‘no sabe hacer nada si no se lo dice su esposo/a’.

De manera que me parece que la palabra ‘dependencia’ ha ido recortando su campo semántico y se ha especializado en una situación de ‘sumisión por razones materiales’. Ya no significa la falta de criterio propio, la poca iniciativa, la libertad de pensamiento o acción.

Esta modificación del sentido me ha llevado a reflexionar en diversas direcciones que podrían resumirse en dos: La primera es que me educaron en un medio en donde se favorecía la dependencia y me empeñé desde que tuve uso de razón en volverme independiente. La segunda es que la dependencia no es sólo una cuestión material, sino afectiva y si se quiere sentimental, aunque en determinados aspectos tenga una connotación racional y materialista.

En relación con la primera de las cuestiones, a nosotros (me refiero a los de mi generación) se nos educó de manera general en el espíritu de la obediencia. Pronto descubrimos que este valor es ambiguo e incluso contraproducente en muchas ocasiones. Las órdenes a obedecer son con frecuencia absurdas y el solo reflejo de un ejercicio del poder poco razonable. De manera que crecimos empujando la frontera de la intervención de nuestros mayores y abriendo nuestro propio espacio, no siempre con acierto, pero en un proceso del todo necesario para alcanzar nuestro propio discernir y, por lo tanto, la independencia, es decir, la libertad (y con ella la responsabilidad).

Como se suele construir sobre los errores de la generación anterior, cuando nos tocó educar a nuestros hijos, no queríamos que nos obedecieran, salvo por su propio bien cuando eran muy niños, sino que actuaran según criterios y valores, explicándoselos con todo lujo de detalles. Los alentamos, pues, a tomar sus propias decisiones y caminos en la vida, aunque en muchos casos nos pareciera que se equivocaban o se metían en problemas innecesarios, pero argumentamos para nuestros adentros que aquellos tropiezos les harían crecer y aprender. En definitiva hacerse adultos responsables e independientes. Para este sistema de educación algunos de nosotros (yo especialmente) hemos tenido que luchar denodadamente contra el espíritu natural de gallina clueca. Es posible que mis hijos hayan apreciado esta actitud como indiferencia o comodidad, pero he corrido el riesgo. Con este sistema yo pensaba que la dependencia mutua que se generaba entre mis hijos y yo sería más bien un vínculo espiritual y no material.

En esta línea y por mi propia experiencia de los últimos años, he ido dándome cuenta de que la dependencia es efectivamente y fundamentalmente afectiva, al menos en mi caso. La enfermedad de uno de mis hijos que, luego, no resultó ser grave, pero que se presentó repentina y escandalosamente, me reveló de forma indiscutible que mi vida dependía de la de ese hijo, aunque siendo como era un niño, más bien él dependía en todo lo que es material de mí. Pero el sentido de mi vida, la percepción del tiempo, la asechanza de la muerte, fueron cosas que se hicieron presentes y ante las que mis modos de comportamiento y reacción mudaron. Me di cuenta de cuánto dependía afectiva y espiritualmente de aquella personilla. Aún hoy en que es ya un adulto puedo afirmar que mi vida cambiaría si dejara de existir. Lo mismo ocurre con todos mis hijos, aunque viven lejos de mí y en mi vejez no recibo de ellos apoyo o compañía ni ningún bien material, la sola conciencia de que que existen sobre la tierra me hace sentirme acompañada. Si ellos desaparecieran mi vida sería otra mucho más triste.

Esta reflexión acerca de la dependencia de un amor tan especial como es el que se tiene a los hijos no cobraría mucha fuerza en mi argumentario si no fuera acompañada de otra reflexión que nace de las pérdidas recientes y no tan recientes de personas amigas y conocidas. En los últimos tiempos en particular han ido desapareciendo del mundo de los vivos compañeros, conocidos y amigos, algunos muy cercanos, que no solo han dejado un gran vacío, sino que han transformado espacios que me eran familiares, volviéndolos ajenos y desconocidos. Ya no me apetece volver  o incluso pasar por lugares en que era frecuente encontrarlos. Algunos de esos a los que necesariamente vuelvo ya no me parecen tan placenteros y hermosos. Es un modo de ir comprendiendo que mi mundo se extingue, va desapareciendo y eso, posiblemente, me facilite la salida de él. Pero también significa que mi vida dependía de ellos, en absoluto desde el punto de vista de lo material o del apoyo o del socorro. Dependía porque su compañía me era grata, porque su sola presencia me permitía reconocerme y reconocer mi lugar en el paisaje, porque creaban un clima en el que me sentía acogida y como formando parte de algo tan intangible como una generación.

Para añadir otro dato más en el que apoyar mis razones acerca de cómo comprender la dependencia como un sutil hilo afectivo, espiritual o mental, está el argumento de la añoranza, a veces corta en el tiempo, del contacto con personas con las que es posible intercambiar inquietudes que nada tienen que ver con comer cada día, con desplazarse o con otras necesidades materiales. Son esas personas con las que puedes tener una conversación enriquecedora, con las que puedes orar en fraternidad, con las que puedes reír porque son ingeniosas. Muchas veces no añoras ni siquiera la conversación, la oración o la risa, sino una simple mirada o una sonrisa. Dependes de esa persona que no resuelve ninguno de tus conflictos materiales, ni siquiera los espirituales o anímicos, pero está ahí, te mira y la miras y sientes la compañía. Son esas personas que saben crear un clima de vida cálida y familiar, hogareña, en el que te sientes a salvo, sin que hagan nada en particular ni tengan que rescatarte de ningún peligro. Esas personas son un regalo. Es decir un don gratuito del que dependes gustoso. Si en algún momento cualquiera de todos ellos desaparece por alguna razón, tu corazón y tu mente se van con ellos y sientes que sin ellos tu vida es diferente, en general menos luminosa.

No sé si he conseguido demostrar lo que pretendía: Creo que esta sociedad solo entiende que su vida cambia si cambian sus circunstancias materiales. No es mi sociedad.

Sufrimiento

No resulta difícil  aceptar el sufrimiento propio, sobre todo cuando nos hemos distanciado de él con el tiempo. En esa mirada retrospectiva a los malos días o momentos, se puede descubrir con alegría que aquella experiencia dolorosa nos hizo crecer, mejorar, trascender nuestro propio yo y avanzar en sabiduría. No le quita este descubrimiento ni una migaja al sufrimiento, no lo palía, no lo elimina, pues su sola memoria resulta igualmente dolorosa, pero inmediatamente se siente compensada por ese otro gran descubrimiento: nos hemos construido sobre aquella pérdida, sobre la derrota o el desengaño, incluso sobre el simple dolor físico o la repugnancia hacia nuestro cuerpo maltrecho.

En el dolor ajeno, ya no es tan simple la cosa. No estamos dentro del sufriente y sabemos que ponerse en el lugar del otro es uno de esos ejercicios difíciles por no decir imposibles. Si amamos a esa persona o simplemente nos mueve un amor humanitario universal, desearíamos tener una varita mágica con la que eliminar los males que aquejan a los seres amados o a los millones de seres dolientes que hay en el mundo. Nos gustaría que nuestra palabra fuera el bálsamo o la fórmula para borrar todo rastro de sufrimiento. Que con el simple hecho de tomar de la mano a alguien lo pudiéramos rescatar de su dolor o de su muerte. Quisiéramos que nuestra oración, recitada con fe y hasta con lágrimas, hiciera el milagro de eliminar todo padecimiento como por ensalmo.

Esta realidad de nuestra impotencia para deshacer el mal que aqueja a otros, conocidos y amados o desconocidos, nos enfrenta con el absurdo del padecimiento. Es cierto que hay males que se explican por la ambición, el afán de poder o el egoísmo de algunos; es decir, por la presencia del mal en el mundo que elimina todo rastro de humanidad en las acciones de los propios seres humanos. Pero hay males que proceden de la misma condición de la naturaleza humana, de su fragilidad, de su deterioro, de su materia deleznable y perecedera. Esto también es fácil de aceptar. Si la muerte llegara como un soplo suave que nos sacara del tiempo a esa otra dimensión de no-tiempo, nada habría que decir. No habría lugar a más sufrimiento que el del estupor de una pérdida repentina que sume a los que están cerca en el desconcierto, pero que tiene la compensación inmediata de la falta del sufrimiento en el ser amado que se ha ido.

Pero lo terrible del sufrimiento ajeno cuyos efectos desconocemos en el ánimo de quien lo padece es que nos enfrenta con nuestra propia incapacidad, con nuestros propios miedos, con la posible falta de templanza que imaginamos, con la desesperanza; en definitiva con nuestra condición más miserable y profunda, aquella de la que no queremos tener ni noticia.

Para contrarrestar ese miedo no nos queda otra que mirarnos con mirada aguda y profunda y reconocer que lo que somos nos ha sido dado gratuitamente. No somos poseedores de un cuerpo sano o hermoso, no lo somos de una mente desarrollada y formada. Sólo hemos disfrutado de ello un tiempo y en cualquier instante eso puede desaparecer o extraviarse, sin que nadie sepa por qué ni en dónde. Ese conocimiento último no está en las manos de nadie en este lado de la vida en la Tierra. Si acaso está en la mente de Alguien cuyas razones últimas no podemos ni imaginar.

La oración debería ser: Permite que me abandone a la fuerza de Tu pensamiento y que en tus manos ponga esto que me has dado.

 

Gente antigua

Cuando uno mira el panorama del mundo a grandes rasgos tiene la sensación de estar mirando a algo sucedido hace muchos siglos, incluso milenios. Gente antigua intentando que prevalezca su hegemonía. Arrebatando territorios a otros, echando a la gente de sus lugares, apropiándose de sus haciendas y malbaratando sus vidas como si estas no fueran nada. Una especie de aristocracia trasnochada, sin ideas, apoyada tan solo en la soberbia de su fuerza. Empleando los viejos argumentos de son ruidosos, son sucios o son diferentes.

Si abrimos el foco observamos como las viejas potencias, que en su momento fueron imperios, quieren a toda costa que su voz se oiga más fuerte y más lejos. Si lo cerramos, pequeños imperios, que ya casi nadie recuerda cuando fueron importantes, tratan de abrir sus fronteras y hacerse con un bocado del vecino.

Algunos recurren a las nuevas tecnologías como si estas por sí solas fueran aval de moderrnidad, pero también en su momento fue una innovación la pólvora o las torres de asalto, los ejércitos montados en elefantes o las ballestas. Lanzar cosas lo más lejos posible para confundir y amedrentar al enemigo, a aquel que nosotros mismos en nuestro afán de poder hemos convertido en rival, es exactamente lo mismo que lanzarse cubierto de pinturas de guerra y dando alaridos al combate cuerpo a cuerpo. Cosas viejas, inventadas por gente de todos los tiempos.

Lo único contemporáneo es la falta de vergüenza que no cesa, la iniquidad contra el semejante que solo hace que crecer, el robo y el dolor que se infligen a los demás, la muerte que campa por todos los lugares a sus anchas. Eso sí es de cada día y del presente que no cesa.

Pero los métodos; la mentira, la extorsión, la corrupción, la calumnia eso es más viejo que el Imperio Asirio, más antiguo que las guerras púnicas. No vamos nunca a oponer verdadera justicia y solidaridad a ese viejo mundo obsoleto. No vamos a enfrentarnos a él con imaginación y creatividad, saliendo de los viejos moldes del terror y las falsas acusaciones. Qué hartazgo.

El segundo mandamiento

Antes de entrar en materia, vaya mi sentimiento de solidaridad y de condolencia hacia la ciudad de Barcelona, sus visitantes y sus habitantes. No es el primero de los hechos sangrientos, ni es exclusivo, ni es el único. El mundo está cuajado de violencia y esta es una más de sus manifestaciones. Podríamos emplear horas en explicar este fenómeno, con sus múltiples variaciones, de la imposición de unos seres humanos sobre otros por el terror, pero nos llevaría mucho tiempo y este no es el propósito de estas líneas.

Hoy me quiero detener en la afirmación cada vez más frecuente, cuando se trata del llamado terrorismo islamista, de que se está actuando en nombre de Dios y que ese Dios único de las religiones monoteístas es un dios violento, justiciero y por eso sus fieles se comportan de ese modo. También se oye que cómo es posible que en este siglo, heredero de las Luces y de la racionalidad, haya aún personas que crean en mitos y patrañas defendidas por hombres de religión, que lo único que buscan es someter la conciencia de los demás. Para algunos, que pretenden ser equitativos en sus afirmaciones, las actitudes violentas se explican porque a los largo de la Historia de la Humanidad las ‘iglesias’ han cometido atrocidades en nombre de Dios, como en su día hizo la Inquisición o las múltiples guerras de religión o las conversiones forzadas. Todo eso según quienes así argumentan procede de modo directo de los textos revelados sean la Biblia, los Evangelios o el Corán, donde efectivamente se encuentran versos que hacen referencia a las actitudes guerreras del Dios Único (aunque habría que excluir al Nuevo Testamento en donde esas expresiones no aparecen).

Pero pocos se refieren a que ese Dios en el texto coránico es siempre llamado de manera insistente, al comienzo de cada capítulo, El Dios Todo Misericordia y, por tanto, parece preferir que sus fieles imiten esa virtud que lo define una y otra vez. En el cristianismo, el Hijo de Dios se deja matar como un malhechor por los poderes de la tierra, mostrando un ejemplo de servicio y entrega, de amor y de paz que mal se compadece con las actitudes que sin duda defienden y han defendido algunos sedicentes cristianos.

No imputemos pues a los textos, al espíritu de los textos y a las religiones lo que sólo está en el afán de poder que mueve a los seres humanos y los lleva, curiosamente, a su más profunda deshumanización.

Esta reflexión apenas esbozada me recuerda la tergiversación del amor que algunos hombres violentos hacen: La maté porque era mía. ¿Es eso lo que entendemos por amor o más bien lo contrario?; el afán de hacer feliz a alguien, de satisfacer y propiciar sus sueños, deseos y esperanzas; de facilitar que llegue a su plenitud allanándole el camino y animándole a ejercer su libertad.

Cuando en el Decálogo se dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano, a esto se refiere: A no hacer un uso torticero, falsamente moralista, interesado y prepotente de la idea de Dios. Debería decir: No uses a Dios para tus propios mezquinos fines.

Las personas creyentes ven en la religión un camino para el desarrollo de su necesidad espiritual, para su compromiso con el resto de sus semejantes, para desarrollar su propia conciencia que enfrentan sólo con la voluntad de Dios, para comprender que la vida y la naturaleza les ha sido dada como un don precioso que ha de ser preservado y transmitido; en fin para hacer de este mundo un lugar mejor y más habitable en justa y desigual correspondencia con los bienes que se nos han dado.

Quienes no ven en la religión sino un instrumento de diferenciación, de ejercicio del poder, de anulación o manipulación de las conciencias y libertades, de dominio sobre los demás a los que consideran inferiores, no tienen religión, aunque digan pertenecer a alguna.

Quienes tachan de borregos o irracionales a los que creen, no han tenido una experiencia de su propia fragilidad, no respetan la vivencia íntima y profunda de sus semejantes ante la grandeza de lo mistérico, inefable e inabarcable. No han sido agraciados, quién sabe por qué, por ese sentimiento oceánico que lo abarca todo, en el que uno quisiera disolverse y así alcanzar una plenitud que ninguna otra cosa puede proporcionar, sino la conciencia de la existencia de un ser que para entendernos llamamos Dios.