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Gente antigua

Cuando uno mira el panorama del mundo a grandes rasgos tiene la sensación de estar mirando a algo sucedido hace muchos siglos, incluso milenios. Gente antigua intentando que prevalezca su hegemonía. Arrebatando territorios a otros, echando a la gente de sus lugares, apropiándose de sus haciendas y malbaratando sus vidas como si estas no fueran nada. Una especie de aristocracia trasnochada, sin ideas, apoyada tan solo en la soberbia de su fuerza. Empleando los viejos argumentos de son ruidosos, son sucios o son diferentes.

Si abrimos el foco observamos como las viejas potencias, que en su momento fueron imperios, quieren a toda costa que su voz se oiga más fuerte y más lejos. Si lo cerramos, pequeños imperios, que ya casi nadie recuerda cuando fueron importantes, tratan de abrir sus fronteras y hacerse con un bocado del vecino.

Algunos recurren a las nuevas tecnologías como si estas por sí solas fueran aval de moderrnidad, pero también en su momento fue una innovación la pólvora o las torres de asalto, los ejércitos montados en elefantes o las ballestas. Lanzar cosas lo más lejos posible para confundir y amedrentar al enemigo, a aquel que nosotros mismos en nuestro afán de poder hemos convertido en rival, es exactamente lo mismo que lanzarse cubierto de pinturas de guerra y dando alaridos al combate cuerpo a cuerpo. Cosas viejas, inventadas por gente de todos los tiempos.

Lo único contemporáneo es la falta de vergüenza que no cesa, la iniquidad contra el semejante que solo hace que crecer, el robo y el dolor que se infligen a los demás, la muerte que campa por todos los lugares a sus anchas. Eso sí es de cada día y del presente que no cesa.

Pero los métodos; la mentira, la extorsión, la corrupción, la calumnia eso es más viejo que el Imperio Asirio, más antiguo que las guerras púnicas. No vamos nunca a oponer verdadera justicia y solidaridad a ese viejo mundo obsoleto. No vamos a enfrentarnos a él con imaginación y creatividad, saliendo de los viejos moldes del terror y las falsas acusaciones. Qué hartazgo.

El segundo mandamiento

Antes de entrar en materia, vaya mi sentimiento de solidaridad y de condolencia hacia la ciudad de Barcelona, sus visitantes y sus habitantes. No es el primero de los hechos sangrientos, ni es exclusivo, ni es el único. El mundo está cuajado de violencia y esta es una más de sus manifestaciones. Podríamos emplear horas en explicar este fenómeno, con sus múltiples variaciones, de la imposición de unos seres humanos sobre otros por el terror, pero nos llevaría mucho tiempo y este no es el propósito de estas líneas.

Hoy me quiero detener en la afirmación cada vez más frecuente, cuando se trata del llamado terrorismo islamista, de que se está actuando en nombre de Dios y que ese Dios único de las religiones monoteístas es un dios violento, justiciero y por eso sus fieles se comportan de ese modo. También se oye que cómo es posible que en este siglo, heredero de las Luces y de la racionalidad, haya aún personas que crean en mitos y patrañas defendidas por hombres de religión, que lo único que buscan es someter la conciencia de los demás. Para algunos, que pretenden ser equitativos en sus afirmaciones, las actitudes violentas se explican porque a los largo de la Historia de la Humanidad las ‘iglesias’ han cometido atrocidades en nombre de Dios, como en su día hizo la Inquisición o las múltiples guerras de religión o las conversiones forzadas. Todo eso según quienes así argumentan procede de modo directo de los textos revelados sean la Biblia, los Evangelios o el Corán, donde efectivamente se encuentran versos que hacen referencia a las actitudes guerreras del Dios Único (aunque habría que excluir al Nuevo Testamento en donde esas expresiones no aparecen).

Pero pocos se refieren a que ese Dios en el texto coránico es siempre llamado de manera insistente, al comienzo de cada capítulo, El Dios Todo Misericordia y, por tanto, parece preferir que sus fieles imiten esa virtud que lo define una y otra vez. En el cristianismo, el Hijo de Dios se deja matar como un malhechor por los poderes de la tierra, mostrando un ejemplo de servicio y entrega, de amor y de paz que mal se compadece con las actitudes que sin duda defienden y han defendido algunos sedicentes cristianos.

No imputemos pues a los textos, al espíritu de los textos y a las religiones lo que sólo está en el afán de poder que mueve a los seres humanos y los lleva, curiosamente, a su más profunda deshumanización.

Esta reflexión apenas esbozada me recuerda la tergiversación del amor que algunos hombres violentos hacen: La maté porque era mía. ¿Es eso lo que entendemos por amor o más bien lo contrario?; el afán de hacer feliz a alguien, de satisfacer y propiciar sus sueños, deseos y esperanzas; de facilitar que llegue a su plenitud allanándole el camino y animándole a ejercer su libertad.

Cuando en el Decálogo se dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano, a esto se refiere: A no hacer un uso torticero, falsamente moralista, interesado y prepotente de la idea de Dios. Debería decir: No uses a Dios para tus propios mezquinos fines.

Las personas creyentes ven en la religión un camino para el desarrollo de su necesidad espiritual, para su compromiso con el resto de sus semejantes, para desarrollar su propia conciencia que enfrentan sólo con la voluntad de Dios, para comprender que la vida y la naturaleza les ha sido dada como un don precioso que ha de ser preservado y transmitido; en fin para hacer de este mundo un lugar mejor y más habitable en justa y desigual correspondencia con los bienes que se nos han dado.

Quienes no ven en la religión sino un instrumento de diferenciación, de ejercicio del poder, de anulación o manipulación de las conciencias y libertades, de dominio sobre los demás a los que consideran inferiores, no tienen religión, aunque digan pertenecer a alguna.

Quienes tachan de borregos o irracionales a los que creen, no han tenido una experiencia de su propia fragilidad, no respetan la vivencia íntima y profunda de sus semejantes ante la grandeza de lo mistérico, inefable e inabarcable. No han sido agraciados, quién sabe por qué, por ese sentimiento oceánico que lo abarca todo, en el que uno quisiera disolverse y así alcanzar una plenitud que ninguna otra cosa puede proporcionar, sino la conciencia de la existencia de un ser que para entendernos llamamos Dios.

Talón alado

Se conmemoran los cuarenta años de la Constitución y cada cual hace su lectura, según el papel que le ha tocado representar en el presente y en las circunstancias actuales. Por ello, para unos se trata de un tiempo perdido para hacer justicia a los que eran perdedores de la guerra fratricida; otros piensan que no llegó a ser una revolución y por tanto engulló a sus líderes, dejando sólo a los que se adaptaron y siguieron en lo suyo; otros, en fin, están convencidos de que se trata de la mejor obra de los últimos dos siglos y eso, para ellos, significa que no hay que retocar en absoluto el cuarto de baño, aunque esté dotado de una turca.

Me indigna un poco que esto sea así, lo de los unos, los otros y los de más allá. Sobre todo porque en un número importante no vivieron aquella época. Alguno incluso habla de abuelos, equivocándose, porque eran sus padres realmente, a tanto llega su lejanía de aquella realidad. Y a pesar de no haberla vivido y de tener cerca a gente lúcida, que la vivió en plena juventud y dominio de su mente y cuerpo, se permiten interpretar los sentimientos (no ya las acciones) y hablan de miedo y de otras cosas que, desde luego, puede que alguien sintiera, pero que no representan el sentimiento general.

Los que vivimos aquella época, nos sentíamos esperanzados, nos sentíamos alegres e ilusionados con un futuro que estábamos construyendo, procurando dejar de lado las rencillas y resquemores. Teníamos la perspectiva de que había que construirlo todo de nuevo y que, a lo mejor, nos iba a quedar habitable, pero que en su momento lo tendríamos que modificar, porque cambiarían las circunstancias y las necesidades. No teníamos la idea de que aquello era palabra de Dios, intocable e iluminada. Era la labor de encaje de tendencias incluso centrípetas, pero que creían en el futuro. De hecho sólo se descolgaron de ella, se enrabietaron, los inmovilistas que sacarían las garras en 1981. Tan evidente fue que no eran representativos de la mayoría que el asunto no prosperó.

Hoy, en que seguimos inmersos en una crisis que nadie sabe resolver, cuando las distintas tendencias ideológicas parecen más ocupadas en sus propios intereses que en buscar soluciones y proponer cambios y sentimos que nos fallan la ilusión y la esperanza, por favor, no lean la historia privándola a ella también de la ilusión que ellos mismos han contribuido a desbaratar y a arrebatarnos. Pues con aquella ilusión se construyeron logros y hoy ni siquiera los han sabido mantener.

Me sentía deprimida, me sentía tocando fondo viendo este desazonador espectáculo, pero como soy mercuriana, mi talón alado me está sirviendo para remontar la pendiente en que nos han sumido. Parece por otra parte, que la evidencia de que están tocando el bombo está llevando a algunos a enmendarse y a buscar aspectos que conviene plantear y desarrollar. De lo que no parecen darse cuenta es de que sólo tienen que reconstruir, porque el edificio es sólido y no necesita sino reparaciones menores de aggiornamento. Pero ellos creen que están descubriendo la pólvora y yo me consuelo pensando en que soy mercuriana.

 

Pentecostes

Con frecuencia los no creyentes, al menos aquellos que dicen no creer en el seno de una confesión organizada, acusan a los creyentes de aceptar mitos y planteamientos absurdos, que no resisten el mínimo análisis crítico. También suelen acusar a los creyentes de no ser espíritus libres y estar sometidos al poder, haciéndole el juego a los hombres de religión que se han erigido, apoyados en un pensamiento mágico, en la conciencia de todos.

Si se profundiza en ese tipo de acusaciones aparece, con cierta frecuencia, una cierta incapacidad para asumir las propias limitaciones con alegría o para entender el lenguaje simbólico. También rezuma, por debajo del discurso racionalista, un cierto olorcillo a anticlericalismo muy semejante al que ya se daba en el siglo XIX.

Dicho en lenguaje familiar: acusan a los creyentes de creer en patrañas o en los curas. Como si la actitud del creyente fuera ciega o poco ilustrada. Como si el creyente no fuera capaz de distinguir lo que es mágico de lo que es empírico, como si aún permaneciera en la edad infantil y tuviera su conciencia delegada en otros.

Los hay que, con un lenguaje sumamente ingenioso, reducen al absurdo dogmas y creencias, proponiendo lecturas que o bien encierran una gran violencia o son puro sofisma. No hace mucho alguien decía, con respecto a  esto de las primeras comuniones, que a los niños se les enseñaba a ‘comer carne humana y a beber sangre’.

No me considero una persona lerda, ni poco formada, ni violenta, ni fanática. Pero me considero una persona creyente y, sin duda, me molesta que con toda alegría se me tache de todo eso, de manera explícita o velada, y se me invite a entrar en polémica apelando a mi primaria reacción violenta.

Por eso, aquí y aprovechando la venida del Espíritu Santo, en este domingo de Pentecostés, voy a decir algo. Una de las consecuencias de la venida del Espíritu, tal como se narra en los textos revelados (esos mitos y patrañas), es que cada uno de los que recibieron el Espíritu hablaba lenguas y todos los que los escuchaban, los que venían de Siria, los árabes, los de Panfilia o de Capadocia y muchos otros lugares, los entendían sin esfuerzo. La pregunta no es ¿qué hablaban; esperanto? No. Hablaban el lenguaje común de los seres humanos. De repente se habían dado cuenta, por la fuerza del Espíritu, de que las diferencias las habían creado los hombres, pero que no existen tales diferencias entre los seres humanos. Todos somos personas y entendemos perfectamente el gesto de una mano tendida, de una sonrisa, de una actitud de acogida.

Además, si eso es así y somos capaces de entender este otro tipo de lenguaje, es porque Dios, que nos ha creado, nos ve a todos como iguales. Cualquiera, se diga religioso o no, se diga creyente o no, que lea esto de otro modo, simplemente está atendiendo a sus intereses terrenos y no a la construcción del Reino de Dios, que es otro ejemplo de lenguaje simbólico para decir que el mundo es de todos y nadie tiene derecho a convertirlo en su coto privado.

En virtud de estos razonamientos, ruego a los que consideran que me hallo en la edad infantil por mi fe que, por favor, se abstengan de negarme la capacidad de raciocinio que yo no les niego a ellos.

Preguntas a un abogado

Tengo algunas preguntas para un abogado.

Expondré primero la circunstancia. Una persona descubre que está circulando sin seguro obligatorio en el momento en que la detiene la Guardia Civil de tráfico por un problema en carretera. Sorprendido el ciudadano por la situación, una vez que regresa a su domicilio se pone en contacto con su aseguradora y esta le contesta que ha rescindido unilateralmente el contrato, cosa que al parecer está autorizada a hacer. Así mismo informa de que ha comunicado con tiempo la circunstancia al asegurado por medio de un burofax que se entregó en una dirección errónea, a pesar de que en la aseguradora de marras tenían el nuevo domicilio del asegurado, ya que este había asegurado en la misma compañía su domicilio habitual. Al parecer esta circunstancia es también correcta, pues la compañía no está obligada a asegurarse de que el asegurado (no es un juego de palabras) ha recibido la comunicación. Bien hasta aquí, ningún problema. ¡Qué se le va a hacer! parece que no queda nada más que decir.

Pero yo tengo una primera pregunta: ¿No incurre en responsabilidad penal (moral desde luego) una compañía a la que cualquier ciudadano ha de recurrir obligatoriamente para poder circular con un vehículo a motor? ¿No deja al ciudadano en total indefensión el que no tenga seguro y que le haga incurrir involuntariamente en un delito de responsabilidad civil que, en su caso, puede llevar aparejada una pena de cárcel? ¿No se puede entender eso como inducción al delito?

Segunda pregunta: ¿El asegurado no debe entender jamás que la aseguradora defiende su seguridad?

Bien. De esta circunstancia se deriva otra cuestión así mismo preocupante. La Guardia Civil, haciendo el uso debido de su obligación, impone una multa de 1500 € al asegurado que no viajaba con el vehículo debidamente asegurado por lo ya dicho. Efectivamente se trata de una infracción grave y esa es la cuantía correspondiente que se entiende que debe ser ejemplarizante.

Pero, ¿atiende ese baremo a las circunstancias de la persona que ha sido objeto de sanción? En los días en que se puede alegar para rebajar la multa o solicitar que se levante la sanción se puede argumentar que, en los cuarenta años de vida del sancionado y en los veinte que lleva de vida laboral, jamás ha ingresado al mes por su trabajo 1500€. Que tal como están las cosas parece imposible que alcance ese nivel de ingresos en los próximos diez años. Se puede argumentar que ese individuo es un emprendedor que da trabajo a otras personas, que no ganan mucho más, pero que eso les permite salir adelante. Se puede argumentar que cuando trabaja para la Administración jamá le pagan en los días establecidos por la ley y mucho menos cuando lo contrata una compañía privada, sin que nadie le compense por ello.

En fin. Hay cosas que suceden cada día que ponen de manifiesto a qué niveles de indefensión se ve sometido el ciudadano que además es o intenta ser cumplidor de las normas. Se deduce que las normas no están hechas para  protegerle, en absoluto, sino más bien para burlarse de él.

Creo que nuestros políticos que tan enzarzados están y tan ensimismados se ven, deberían ocuparse de estas cosas y, por otra parte, todos esos expertos en leyes que se mueven en el entorno de las Organizaciones de Consumidores tal vez deberían emplear su tiempo en buscar el modo de defender a los ciudadanos de compañías como las de seguros., señalando estos extremos que si bien pueden ser legales, sólo van a favor de una de las partes; el beneficio de la propia compañía.

Para mayor abundamiento, la compañía de seguros, una vez que da de baja unilateralmente a un usuario puede borrar todo su historial, con lo cual pierde la posibilidad de conseguir bonificaciones en otra compañía. Se ha observado además en este incidente que algunas compañías de seguros no aceptan como cliente a alguien que procede de otra determinada compañía. ¿Qué significa eso, que se trata de un monopolio?

Creo que si algún abogado lee esto no tendrá más remedio que reflexionar sobre ello y quizá, tal vez, si no trabaja para una compañía de seguros es posible que le entren ganas de pleitear o de plantear reformas a las normas que rigen estos asuntos. No creo que haya nadie por ahí capaz de eso. Pero como soy optimista por naturaleza diré: nunca se sabe.

De la gratitud y la gratuidad (Para José Rubio en ocasión de su último poemario)

Hay veces en que, a pesar de lo que pueda parecer, el mundo se presenta a nuestros ojos como un verdadero regalo. Me ha ocurrido hace poco. Un bendito día, sin ninguna razón aparente, de manera gratuita, la más absolutamente gratuita, un poeta me regala su última colección de poemas. No sólo eso, sino que me obsequia un ejemplar en el que con su mano ha corregido esas erratas que sólo el autor puede detectar, pues la edición es muy cuidada, y me lo dedica porque, según dice, soy buena lectora.

¡Qué cosas!, me digo, y permanezco ensimismada y temerosa durante varios días, pues no me atrevo a abrir el libro, ya que se espera de mí que sea una buena lectora y eso me aterra. Luego, puede más la curiosidad…

El poemario se apoya en un poema, el último, que pretende dar una respuesta a una interrogación de otro poeta; un poeta de hace siglos y en apariencia lejano. Comienzo, entonces, a percibir el peligro de ser filóloga y de dejarme llevar por esas pedanterías propias de la profesión que te impelen a categorizar, a hacer tipologías, a rellenar los vacios de una poesía sugerente con erudiciones que no sirven para nada, a no ser para que las evalúe la ANECA.

Pero los hados, no cabe duda, están de mi parte y, casi sin darme cuenta, consigo apartarme de la tentación de señalar este texto como una sucesión de elegías, que a ratos se interrumpen por esas piezas de orfebre que son los haikus y otras se desvían del tiempo, de la añoranza y la ausencia para cantar presencias, entre las que quizá la más evidente sea la de la naturaleza, seguida o precedida, no sé muy bien, por el vigor de los sentimientos fraternales y por la expresión de toda clase afectos íntimos, raros hoy, pero universales.

Desprendida por mi buena estrella de todas estas tentaciones, simplemente me siento y leo, a ratos en silencio y a ratos en voz alta, esquivando siempre el análisis de una sintaxis poética compleja que intenta seducirme, y envolviéndome en el sentido profundo de estos versos termino por saber, con toda certeza, que, En qué abril de José Rubio, es la expresión magnífica de la gratitud de un alma agradecida y sensible y de un tenaz escribidor que consigue una palabra limpia, con los adornos justos, que parece simple y espontánea, pero que, en este libro, a diferencia de los otros dos que conozco, deja transparentar el esfuerzo y la laboriosidad.

José Rubio es un gran poeta, sin duda, de los pequeños instantes y de los sentimientos cotidianos que, por sabidos, pasan sin pena ni gloria. Él les da presencia y cuerpo, dejando sin embargo en silencio lo que en silencio ha de quedar. Es el poeta de la gratitud, en un tiempo en que esta no es una virtud frecuente, y por eso, porque sabe a ciencia cierta lo que le llega gratuitamente, me ha regalado sus versos y yo le doy las gracias.

Balance anual

Este año, de pronto, me he dado cuenta de que no quiero hacer balance del año. Otras veces he procurado no sólo ocuparme de aquellas cosas personales que me fueron bien, sino de las pérdidas, pero sin olvidar tampoco las cosas buenas y las malas que ocurren a nuestro alrededor y de las que parece que no somos responsables. No obstante este año necesito toda mi energía para otra cuestión.

Necesito toda mi fuerza y mi dedicación a luchar contra la fragilidad, contra la falta de esperanza, contra la desidia que se apodera de mí, precisamente en el momento en que intento hacer balance de lo que ha pasado; tantos muertos, tanta violencia, tantos ahogados, tanta gente sin hogar, tanta indiferencia e insolidaridad, tanto mirar para otro lado o acusar con el dedo a esos que son los malos y no a nosotros mismos que, calentitos debajo de nuestra bata de lana del Pirineo y pegaditos al brasero, somos tan inocentes de lo que ocurre como un niño no nacido.

Es verdad que no hemos ahogado con nuestras manos a ninguna criatura, es muy posible que algunos de los que vagan merodeando junto a nuestras fronteras sean mala gente o por lo menos tan responsables como nosotros, pero da mucha pereza pensar en todo eso y cargar con una culpa tan difusa y a la que no podemos poner el remedio del arrepentimiento ni del propósito de la enmienda, porque no sabemos muy bien en qué nos hemos equivocado.

Ahora están de moda los mantras (hace unos años sólo los especialistas sabían lo que eran) y todo el mundo afirma que los repetimos tal cual como si de jaculatorias se tratase (que es lo que vienen a ser) y sobre todo como verdades inamovibles, sin darnos cuenta de lo contradictorios que pueden resultar entre sí. Me refiero a que todo el mundo envía en estas fechas postales cálidas llenas de luces de colores y una de esas frases que se repiten; Feliz Navidad, Paz y Buenos deseos. Acto seguido esas mismas personas envían manifiestos contra los que son diferentes, alegando, en otro mantra, que vienen en contra de nuestra civilización, que son un peligro y que hay que arrojarlos lo más lejos posible de nosotros. Sin duda, algunos hechos dan razón de esta última realidad; hechos sangrientos que nos ponen la carne de gallina y nos atemorizan, confirmando el riesgo que corremos. Pero no nos damos cuenta de que, desde el legítimo miedo, lo que hacemos es propagar el recelo, el odio y los deseos de venganza, al tiempo que decimos desear paz para todos y luces de colores.

O tal vez yo no lo haya entendido bien y la paz es para todos y las luces de colores, siempre y cuando se aguanten con lo que les ha tocado y nos dejen en paz. No nos pidan solidaridad, si luego van a venir a ponernos una bomba o a arrollarnos con un camión.

No sé, pensar en todo esto me cansa muchísimo y no estoy para hacer balances. Necesito toda la fuerza que me queda para soportarlo.

 

¿Por qué escribes?

Desde que publiqué mi último libro, llevo haciendo presentaciones del mismo en diversos lugares. En esos actos es frecuente que alguien pregunte: ¿por qué escribes? Al principio me resultó una pregunta sin sentido, pero es normal que quienes no suelen escribir se pregunten por qué alguien lo hace. Así que me obligué a buscar razones, pues hasta la dicha pregunta para mí escribir era algo necesario y obvio.

Después de escudriñar en mi interior, me di cuenta de que escribo para pensar. De manera particular para pensar y formular mis pensamientos ante tantos estímulos como nos asaltan día a día. Para ponerles un ejemplo de lo que intento contar voy a enumerar unos cuantos casos. No tienen mucha relación entre sí y te asaltan desde las noticias de los periódicos, desde las conversaciones con personas conocidas o amigas, con los hijos o escuchadas mientras me tomo un café en una terraza. Otras proceden de lo que dicen o callan los políticos y muchas de ellas me obligarían a salir con una pancarta a la calle. Para eso, indudablemente, tendría que tener un eslogan más o menos claro que dibujar en ella. Así que me paro, reflexiono y trato de llegar a alguna conclusión.

Empezaremos por una cualquiera de esas provocaciones; los profesores de primaria y secundaria están desconcertados y amenazan con manifestarse porque no saben que ley de educación están convirtiendo en práctica docente. De manera concreta: No saben qué tipo de exámenes han de ponerles a sus alumnos para que superen las dos revalidas de la última reforma. Esta cuestión me recordó algo ya vivido con mis hijos cuando cursaban COU. Resulta que, por poner un ejemplo, tenían una asignatura de Filosofía. Hojeé el libro y me pareció fantástico. Hacía una magnífica Historia de la Filosofía y sugería montones de lecturas apropiadas y reveladoras. Pero a lo largo del curso, los muchachos y muchachas sólo estudiaron a Aristóteles, Platón, Kant, Marx y alguno más porque esos eran los que solían preguntar en COU. Me temo que los estudiaron descontextualizados y no en una secuencia lógica de avance del pensamiento, de las mudanzas del mismo que son una revelación de las inquietudes de los hombres y de su desarrollo a lo largo de siglos. Conclusión, mis hijos no tienen ni idea de para qué sirve la Filosofía y desde luego han olvidado aquellos conocimientos inconexos.

Pensando en esto me digo: Bueno, se trata de aprender esa materia, la que sea, a un nivel adecuado según la edad del estudiante. Lo lógico es pensar que conocida la materia, el estudiante superará el examen le pregunten lo que le pregunten que esté dentro de su nivel y es indiferente la manera en que se lo pregunten; mediante test, mediante desarrollos temáticos o mediante preguntas más elaboradas. Pero no debe ser así. La cosa es que hay que saber qué me van a preguntar y cómo y sólo me aprendo eso.  Me desconciertan los planteamientos de los profesores.

Me comentan que hay no sé cuántos temas de oposición para ser profesor de secundaria de una materia o varias. Los opositores suelen preparar un tercio de esos temas y esperan a que suene la flauta. Si suena, aprueban sin plaza, pero pueden acceder a las listas de interinidades y suplencias y se ponen a dar clase. ¿Cómo dan clase sin saberse todo el temario? ¡Ah! en realidad lo que deben saber y para eso se preparan es cómo se hace el examen y eso es lo que quieren transmitir a sus alumnos: No que sepan una materia, sino que aprueben que luego ya está todo hecho.

Cuando llego a este punto en el análisis la frase que resume mi conclusión es: Mi mundo no es de este reino.

Otra provocación. Veo al señor Correa, ese presunto chorizo, con su pelo peculiar, su tono melifluo, pero cargado de soberbia, contar cómo sacaba comisiones y se las repartía con responsables políticos y cómo esa era una práctica habitual. Todo el mundo lo hace que dice el personaje de Roldán con cara de no haber roto un plato en esa magnífica película (no tanto ficción) de ‘El hombre de las mil caras’, en la que el espía y trapacero es el único que tiene un poquito de vergüenza torera (dentro de un orden).

Aún así, soltando esas cosas que dice, parece que se reserva otras peores porque ello le beneficia. Este señor sí que se ha preparado bien su examen. Sabía qué le iban a preguntar y va  por nota. Pero, arrepentimiento, ganas de servir a la justicia, reconocimiento de que esas cosas no se hacen, de eso nada.

Mientras, los responsables del partido en el banquillo dicen que ya eso es pasado y que hay que mirar al futuro, que ellos saben perfectamente lo que hay que hacer para sacar adelante al país y amenazan con crear 400.000 puestos de trabajo con sólo que les dejen gobernar un ratito más. Al mismo tiempo los de la oposición (PSOE) se dividen entre los que quieren seguir diciendo que no, que esas cosas están mal y que no pueden permitir que gobierne, ni siquiera un ratito, esos que lo daban por bueno o que lo consideran un pasado lejano. Y otros dicen que nos abstenemos unos pocos  (abstención técnica lo llaman), que gobiernen y les marcamos el paso desde la oposición.

Ante esto, yo como votante, me siento perpleja. Si vamos a unas elecciones, además de hacer el ridículo parece, resulta que los corruptos subirán en votos y el partido de la oposición se hundirá en la más negra de las simas. Les pasarán por delante unos que no tienen experiencia de gobierno, que son unos teóricos y además maestros en presentar la cara que mejor convenga según las circunstancias. Bueno, pues no entiendo nada. Comprendo que no se quiera dar paso a corruptos, entiendo que se pueda uno abstenerse haciendo de tripas corazón y luego tire de la cuerda todo lo que sus fuerzas le permitan para reconducir las propuestas de ese gobierno que no ha hecho sino machacar a los de la clase media y más abajo y favorecer a chorizos y al capital que no tiene patria. Pero no comprendo que puedan subir en votos partidos que se sientan en masa en diversos banquillos y que no piden ni perdón ni apuestan por la transparencia.

Llegados a este punto, no sé si es que yo me aprendí las materias y no sé hacer un examen para aprobarlo o si, definitivamente, mi mundo no es de este reino.

¿Ven ahora por qué tengo que escribir? Esto es una maraña que ni escrita tiene sentido.

Otro día les contaré por qué escribo.

Un revuelto de fin de verano

No había nadie en la playa cuando he bajado esta mañana. Es una experiencia única estar solo frente al mar, sin más ruido que el de las persistentes olas que, por otra parte, no eran demasiado fieras, sólo un rumor sosegado de acompañamiento.

Una vez más me he fascinado con el efímero espejo que compone el mar al retirarse y que por un instante fugaz refleja el ocre-rojo de las piedras, que se mezcla con el plata de un cielo débilmente azul. Esas espumas deshilachadas que retroceden y regresan, derramándose sobre la húmeda arena, prenden la mirada como lo hacen las llamas de una hoguera.

En esos instantes de paz, he reflexionado sobre dos jóvenes muchachas que hacían ejercicios gimnásticos en otro extremo de la playa. Sus cuerpos juveniles, bien conformados, no necesitaban de todo aquel ajetreo de sentadillas y carreras. Pero así somos. Los que tienen un buen cuerpo se empeñan en forzarlo y someterlo a toda clase de ejercicios violentos, mientras que los que tienen la movilidad reducida, cuanto menos hacen, menos quieren hacer.

También me ha venido a la mente una cuestión que desde hace días me pesa en la conciencia. Una vecina ocasional -sólo es vecina de veraneo- ha entrado en un delirio paranoico de manía persecutoria. Como su ventana queda casi junto a la mía, he oído durante algo más de un día su desvarío. Se trata de una mujer mayor que vive sola y, aunque tiene hijos que se ocupan de ella, se niega a estar acompañada por alguien o a vivir con alguno de ellos. Estos hijos han tirado la toalla y no saben cómo manejar el asunto.

La tarde-noche del máximo de delirio estuve a punto de llamar a los servicios sociales para que intervinieran. Sin embargo, una prudencia, que no sé si llamar así, me aconsejó no hacerlo. No me atreví porque sé que su familia se ocupa de ella y si llegaba a intervenir alguna autoridad, a lo mejor (o lo peor) los abocaba a una situación de esas que son difíciles de aclarar. Podían los hijos verse envueltos en un caso de aparente abandono o quién sabe qué.

Mientras las olas iban y venían y las chicas daban saltos y cabriolas o hacían carreras, yo seguía dándole vueltas en mi cabeza a esta triste situación. Una persona, que por la edad o por lo que sea, ha perdido la cabeza y cuya familia no puede hacer carrera de ella. No pueden estar con ella ni dejarla sola. Ella, con un fuerte carácter, perdida en su delirio, con astucia, los conduce por donde quiere, abismándose así en su propia locura. Quizá alguien ajeno, como yo, debería haber intervenido y destapar la caja de los truenos, aunque sólo fuera con la intención de que esa mujer reciba la atención que precisa. Pero ves tantas situaciones en que, cuando intervienen los ‘responsables’, se vuelve aún peor que el problema que querías resolver, que opté por no hacer nada, sino ponerlo en manos de los hijos, una vez más, quienes se declararon conocedores del problema e impotentes para encaminarlo.

En cualquier caso, los primeros atisbos del fin del verano traen estas cosas: Pensamientos de culpabilidad, nostalgias anticipadas, intentos de retener imágenes fugaces que, posiblemente, si a este extremo sureste llegan alguna vez las lluvias, se borrarán y dejarán paso a los afanes del tiempo más frío y otoñal.