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El terror de los poderosos

Este título me recuerda las clases de latín y aquel maldito ejemplo de ‘timor hostium’ (el temor de los enemigos) que según fuera un genitivo subjetivo u objetivo quería decir una cosa u otra; o bien que los enemigos estaban asustados o bien que nosotros les teníamos miedo. Según fuera la cosa y si acertabas o no, te iba en ello el aprobado.

Aquí no pasa eso, aunque lo parezca. No es un examen, es una simple afirmación que quiere decir lo que dice: Los poderosos tienen miedo, porque  lo contrario, es decir que alguien les meta miedo, parece del todo imposible. No temen a nada, ni a su conciencia (que no tienen), ni al escándalo (que producen), ni a la justicia (porque se sienten impunes).

Ya se sabe que el miedo o bien paraliza, o bien nos convierte en héroes o bien nos hace devenir canallas, si no es que lo éramos ya antes de sentir miedo.

Pero hay una clase de poderosos que parecen tenerla siempre hecha. Es decir, qué fechorías no habrán cometido que se asustan porque alguien pueda hablar de ellos mal. Y en un ataque de pánico hacen una aún peor que los pone en evidencia.

Malo es que tengamos miedo, porque eso quiere decir que no obramos bien, no tenemos la conciencia tranquila o simplemente porque somos mediocres e inseguros. Y una vez abocados al miedo, entonces no sabremos nunca si nos convertiremos en héroes o en villanos.

Pero volvamos a lo que estábamos. No vamos a hablar de la gente corriente, como tú o yo que, cuando nos asustamos generalmente hacemos una tontería que probablemente sólo nos perjudica a nosotros mismos. Hablemos de lo que íbamos a decir: el temor de los poderosos. Su miedo, al igual que cualquiera de sus virtudes o defectos, siempre recae en otro u otros que no tienen nada que ver en el asunto o que si lo tienen, se ven perjudicados porque el jefe tiene miedo.

Pero peor que el miedo de los poderosos es el miedo que algunos les tienen de manera que renuncian a su propia conciencia y a su libre albedrío para que el jefe no pase más miedo.

Qué inmensa tristeza me produce que los poderosos tengan miedo y no sean capaces de ser heroicos, rectificando y enmendando sus conductas para volver a ser libres y no temer a nada ni a nadie. Tienen miedo y eso les hace no más poderosos, sino que los coloca como los últimos de los últimos. Los convierte en unos seres mezquinos y viles que no merecen el respeto de nadie.

En este punto uno se pregunta: ¿Es verdad que eran poderosos?

Dependencias

Con cierta frecuencia, se producen en el lenguaje variaciones de sentido que nos pasan desapercibidas y sin embargo suponen síntomas importantes de la mutación de los significados, sea por reducción o por ampliación, que a su vez señalan a cambios de profundidad en los modos de entender el mundo de las sociedades.

Últimamente se habla mucho de ‘dependencia’ en España. Normalmente el término va asociado a Ley de. Es sabido que los historiadores suelen confiar en los códigos legales de cualquier época como fuentes importantes para el conocimiento de ese o aquel periodo de la Historia. Los códigos legales, escritos en piedra, pergamino o impresos, suelen reflejar dos cosas, que los historiadores se empeñan en desentrañar, cotejándolos con otras cosas o fuentes que provengan de documentación literaria, arqueológica, etc; o bien que las leyes reflejan el ideal de una sociedad (es decir lo que no se ha alcanzado todavía), o bien que ponen de manifiesto algo que se teme. A veces, las leyes reflejan ambas cosas. Es decir, dejan entrever aquello de lo que la sociedad carece o bien aquello que sobreabunda.

Cuando hablamos de ‘dependencia’, en general y en particular de la Ley, estamos haciendo referencia a esa situación en la que por razones de vejez, enfermedad u otras causas, una persona no puede valerse por sí misma y necesita la ayuda de otra para las tareas más simples. Existe un caso específico que se refiere a aquella persona que necesita del consumo de determinadas sustancias, pero esto entraría en el campo de la enfermedad. De manera más amplia, hablamos de dependencia cuando por razones económicas una mujer o un joven no pueden desempeñarse por sí solos y dependen económicamente de sus padres, de un marido o de una institución. Si nos fijamos en el cambio semántico que se ha producido en la palabra, veremos que en lugar de significar lo que básicamente significaba hace años: Era lo contrario de independencia y esta venía a ser el ejercicio de la libertad personal. Comprenderemos que la dependencia, entonces, significaba más bien una actitud del espíritu o de la mente que le impedía a uno alcanzar la libertad de pensamiento y acción, aunque en ocasiones viniera provocada por carencias de tipo material, pero esto era secundario. Se decía: ‘aún depende de sus padres’, ‘es un adulto pero depende para sus decisiones de la opinión de su mamá’, ‘no sabe hacer nada si no se lo dice su esposo/a’.

De manera que me parece que la palabra ‘dependencia’ ha ido recortando su campo semántico y se ha especializado en una situación de ‘sumisión por razones materiales’. Ya no significa la falta de criterio propio, la poca iniciativa, la libertad de pensamiento o acción.

Esta modificación del sentido me ha llevado a reflexionar en diversas direcciones que podrían resumirse en dos: La primera es que me educaron en un medio en donde se favorecía la dependencia y me empeñé desde que tuve uso de razón en volverme independiente. La segunda es que la dependencia no es sólo una cuestión material, sino afectiva y si se quiere sentimental, aunque en determinados aspectos tenga una connotación racional y materialista.

En relación con la primera de las cuestiones, a nosotros (me refiero a los de mi generación) se nos educó de manera general en el espíritu de la obediencia. Pronto descubrimos que este valor es ambiguo e incluso contraproducente en muchas ocasiones. Las órdenes a obedecer son con frecuencia absurdas y el solo reflejo de un ejercicio del poder poco razonable. De manera que crecimos empujando la frontera de la intervención de nuestros mayores y abriendo nuestro propio espacio, no siempre con acierto, pero en un proceso del todo necesario para alcanzar nuestro propio discernir y, por lo tanto, la independencia, es decir, la libertad (y con ella la responsabilidad).

Como se suele construir sobre los errores de la generación anterior, cuando nos tocó educar a nuestros hijos, no queríamos que nos obedecieran, salvo por su propio bien cuando eran muy niños, sino que actuaran según criterios y valores, explicándoselos con todo lujo de detalles. Los alentamos, pues, a tomar sus propias decisiones y caminos en la vida, aunque en muchos casos nos pareciera que se equivocaban o se metían en problemas innecesarios, pero argumentamos para nuestros adentros que aquellos tropiezos les harían crecer y aprender. En definitiva hacerse adultos responsables e independientes. Para este sistema de educación algunos de nosotros (yo especialmente) hemos tenido que luchar denodadamente contra el espíritu natural de gallina clueca. Es posible que mis hijos hayan apreciado esta actitud como indiferencia o comodidad, pero he corrido el riesgo. Con este sistema yo pensaba que la dependencia mutua que se generaba entre mis hijos y yo sería más bien un vínculo espiritual y no material.

En esta línea y por mi propia experiencia de los últimos años, he ido dándome cuenta de que la dependencia es efectivamente y fundamentalmente afectiva, al menos en mi caso. La enfermedad de uno de mis hijos que, luego, no resultó ser grave, pero que se presentó repentina y escandalosamente, me reveló de forma indiscutible que mi vida dependía de la de ese hijo, aunque siendo como era un niño, más bien él dependía en todo lo que es material de mí. Pero el sentido de mi vida, la percepción del tiempo, la asechanza de la muerte, fueron cosas que se hicieron presentes y ante las que mis modos de comportamiento y reacción mudaron. Me di cuenta de cuánto dependía afectiva y espiritualmente de aquella personilla. Aún hoy en que es ya un adulto puedo afirmar que mi vida cambiaría si dejara de existir. Lo mismo ocurre con todos mis hijos, aunque viven lejos de mí y en mi vejez no recibo de ellos apoyo o compañía ni ningún bien material, la sola conciencia de que que existen sobre la tierra me hace sentirme acompañada. Si ellos desaparecieran mi vida sería otra mucho más triste.

Esta reflexión acerca de la dependencia de un amor tan especial como es el que se tiene a los hijos no cobraría mucha fuerza en mi argumentario si no fuera acompañada de otra reflexión que nace de las pérdidas recientes y no tan recientes de personas amigas y conocidas. En los últimos tiempos en particular han ido desapareciendo del mundo de los vivos compañeros, conocidos y amigos, algunos muy cercanos, que no solo han dejado un gran vacío, sino que han transformado espacios que me eran familiares, volviéndolos ajenos y desconocidos. Ya no me apetece volver  o incluso pasar por lugares en que era frecuente encontrarlos. Algunos de esos a los que necesariamente vuelvo ya no me parecen tan placenteros y hermosos. Es un modo de ir comprendiendo que mi mundo se extingue, va desapareciendo y eso, posiblemente, me facilite la salida de él. Pero también significa que mi vida dependía de ellos, en absoluto desde el punto de vista de lo material o del apoyo o del socorro. Dependía porque su compañía me era grata, porque su sola presencia me permitía reconocerme y reconocer mi lugar en el paisaje, porque creaban un clima en el que me sentía acogida y como formando parte de algo tan intangible como una generación.

Para añadir otro dato más en el que apoyar mis razones acerca de cómo comprender la dependencia como un sutil hilo afectivo, espiritual o mental, está el argumento de la añoranza, a veces corta en el tiempo, del contacto con personas con las que es posible intercambiar inquietudes que nada tienen que ver con comer cada día, con desplazarse o con otras necesidades materiales. Son esas personas con las que puedes tener una conversación enriquecedora, con las que puedes orar en fraternidad, con las que puedes reír porque son ingeniosas. Muchas veces no añoras ni siquiera la conversación, la oración o la risa, sino una simple mirada o una sonrisa. Dependes de esa persona que no resuelve ninguno de tus conflictos materiales, ni siquiera los espirituales o anímicos, pero está ahí, te mira y la miras y sientes la compañía. Son esas personas que saben crear un clima de vida cálida y familiar, hogareña, en el que te sientes a salvo, sin que hagan nada en particular ni tengan que rescatarte de ningún peligro. Esas personas son un regalo. Es decir un don gratuito del que dependes gustoso. Si en algún momento cualquiera de todos ellos desaparece por alguna razón, tu corazón y tu mente se van con ellos y sientes que sin ellos tu vida es diferente, en general menos luminosa.

No sé si he conseguido demostrar lo que pretendía: Creo que esta sociedad solo entiende que su vida cambia si cambian sus circunstancias materiales. No es mi sociedad.

Sufrimiento

No resulta difícil  aceptar el sufrimiento propio, sobre todo cuando nos hemos distanciado de él con el tiempo. En esa mirada retrospectiva a los malos días o momentos, se puede descubrir con alegría que aquella experiencia dolorosa nos hizo crecer, mejorar, trascender nuestro propio yo y avanzar en sabiduría. No le quita este descubrimiento ni una migaja al sufrimiento, no lo palía, no lo elimina, pues su sola memoria resulta igualmente dolorosa, pero inmediatamente se siente compensada por ese otro gran descubrimiento: nos hemos construido sobre aquella pérdida, sobre la derrota o el desengaño, incluso sobre el simple dolor físico o la repugnancia hacia nuestro cuerpo maltrecho.

En el dolor ajeno, ya no es tan simple la cosa. No estamos dentro del sufriente y sabemos que ponerse en el lugar del otro es uno de esos ejercicios difíciles por no decir imposibles. Si amamos a esa persona o simplemente nos mueve un amor humanitario universal, desearíamos tener una varita mágica con la que eliminar los males que aquejan a los seres amados o a los millones de seres dolientes que hay en el mundo. Nos gustaría que nuestra palabra fuera el bálsamo o la fórmula para borrar todo rastro de sufrimiento. Que con el simple hecho de tomar de la mano a alguien lo pudiéramos rescatar de su dolor o de su muerte. Quisiéramos que nuestra oración, recitada con fe y hasta con lágrimas, hiciera el milagro de eliminar todo padecimiento como por ensalmo.

Esta realidad de nuestra impotencia para deshacer el mal que aqueja a otros, conocidos y amados o desconocidos, nos enfrenta con el absurdo del padecimiento. Es cierto que hay males que se explican por la ambición, el afán de poder o el egoísmo de algunos; es decir, por la presencia del mal en el mundo que elimina todo rastro de humanidad en las acciones de los propios seres humanos. Pero hay males que proceden de la misma condición de la naturaleza humana, de su fragilidad, de su deterioro, de su materia deleznable y perecedera. Esto también es fácil de aceptar. Si la muerte llegara como un soplo suave que nos sacara del tiempo a esa otra dimensión de no-tiempo, nada habría que decir. No habría lugar a más sufrimiento que el del estupor de una pérdida repentina que sume a los que están cerca en el desconcierto, pero que tiene la compensación inmediata de la falta del sufrimiento en el ser amado que se ha ido.

Pero lo terrible del sufrimiento ajeno cuyos efectos desconocemos en el ánimo de quien lo padece es que nos enfrenta con nuestra propia incapacidad, con nuestros propios miedos, con la posible falta de templanza que imaginamos, con la desesperanza; en definitiva con nuestra condición más miserable y profunda, aquella de la que no queremos tener ni noticia.

Para contrarrestar ese miedo no nos queda otra que mirarnos con mirada aguda y profunda y reconocer que lo que somos nos ha sido dado gratuitamente. No somos poseedores de un cuerpo sano o hermoso, no lo somos de una mente desarrollada y formada. Sólo hemos disfrutado de ello un tiempo y en cualquier instante eso puede desaparecer o extraviarse, sin que nadie sepa por qué ni en dónde. Ese conocimiento último no está en las manos de nadie en este lado de la vida en la Tierra. Si acaso está en la mente de Alguien cuyas razones últimas no podemos ni imaginar.

La oración debería ser: Permite que me abandone a la fuerza de Tu pensamiento y que en tus manos ponga esto que me has dado.

 

Gente antigua

Cuando uno mira el panorama del mundo a grandes rasgos tiene la sensación de estar mirando a algo sucedido hace muchos siglos, incluso milenios. Gente antigua intentando que prevalezca su hegemonía. Arrebatando territorios a otros, echando a la gente de sus lugares, apropiándose de sus haciendas y malbaratando sus vidas como si estas no fueran nada. Una especie de aristocracia trasnochada, sin ideas, apoyada tan solo en la soberbia de su fuerza. Empleando los viejos argumentos de son ruidosos, son sucios o son diferentes.

Si abrimos el foco observamos como las viejas potencias, que en su momento fueron imperios, quieren a toda costa que su voz se oiga más fuerte y más lejos. Si lo cerramos, pequeños imperios, que ya casi nadie recuerda cuando fueron importantes, tratan de abrir sus fronteras y hacerse con un bocado del vecino.

Algunos recurren a las nuevas tecnologías como si estas por sí solas fueran aval de moderrnidad, pero también en su momento fue una innovación la pólvora o las torres de asalto, los ejércitos montados en elefantes o las ballestas. Lanzar cosas lo más lejos posible para confundir y amedrentar al enemigo, a aquel que nosotros mismos en nuestro afán de poder hemos convertido en rival, es exactamente lo mismo que lanzarse cubierto de pinturas de guerra y dando alaridos al combate cuerpo a cuerpo. Cosas viejas, inventadas por gente de todos los tiempos.

Lo único contemporáneo es la falta de vergüenza que no cesa, la iniquidad contra el semejante que solo hace que crecer, el robo y el dolor que se infligen a los demás, la muerte que campa por todos los lugares a sus anchas. Eso sí es de cada día y del presente que no cesa.

Pero los métodos; la mentira, la extorsión, la corrupción, la calumnia eso es más viejo que el Imperio Asirio, más antiguo que las guerras púnicas. No vamos nunca a oponer verdadera justicia y solidaridad a ese viejo mundo obsoleto. No vamos a enfrentarnos a él con imaginación y creatividad, saliendo de los viejos moldes del terror y las falsas acusaciones. Qué hartazgo.

El segundo mandamiento

Antes de entrar en materia, vaya mi sentimiento de solidaridad y de condolencia hacia la ciudad de Barcelona, sus visitantes y sus habitantes. No es el primero de los hechos sangrientos, ni es exclusivo, ni es el único. El mundo está cuajado de violencia y esta es una más de sus manifestaciones. Podríamos emplear horas en explicar este fenómeno, con sus múltiples variaciones, de la imposición de unos seres humanos sobre otros por el terror, pero nos llevaría mucho tiempo y este no es el propósito de estas líneas.

Hoy me quiero detener en la afirmación cada vez más frecuente, cuando se trata del llamado terrorismo islamista, de que se está actuando en nombre de Dios y que ese Dios único de las religiones monoteístas es un dios violento, justiciero y por eso sus fieles se comportan de ese modo. También se oye que cómo es posible que en este siglo, heredero de las Luces y de la racionalidad, haya aún personas que crean en mitos y patrañas defendidas por hombres de religión, que lo único que buscan es someter la conciencia de los demás. Para algunos, que pretenden ser equitativos en sus afirmaciones, las actitudes violentas se explican porque a los largo de la Historia de la Humanidad las ‘iglesias’ han cometido atrocidades en nombre de Dios, como en su día hizo la Inquisición o las múltiples guerras de religión o las conversiones forzadas. Todo eso según quienes así argumentan procede de modo directo de los textos revelados sean la Biblia, los Evangelios o el Corán, donde efectivamente se encuentran versos que hacen referencia a las actitudes guerreras del Dios Único (aunque habría que excluir al Nuevo Testamento en donde esas expresiones no aparecen).

Pero pocos se refieren a que ese Dios en el texto coránico es siempre llamado de manera insistente, al comienzo de cada capítulo, El Dios Todo Misericordia y, por tanto, parece preferir que sus fieles imiten esa virtud que lo define una y otra vez. En el cristianismo, el Hijo de Dios se deja matar como un malhechor por los poderes de la tierra, mostrando un ejemplo de servicio y entrega, de amor y de paz que mal se compadece con las actitudes que sin duda defienden y han defendido algunos sedicentes cristianos.

No imputemos pues a los textos, al espíritu de los textos y a las religiones lo que sólo está en el afán de poder que mueve a los seres humanos y los lleva, curiosamente, a su más profunda deshumanización.

Esta reflexión apenas esbozada me recuerda la tergiversación del amor que algunos hombres violentos hacen: La maté porque era mía. ¿Es eso lo que entendemos por amor o más bien lo contrario?; el afán de hacer feliz a alguien, de satisfacer y propiciar sus sueños, deseos y esperanzas; de facilitar que llegue a su plenitud allanándole el camino y animándole a ejercer su libertad.

Cuando en el Decálogo se dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano, a esto se refiere: A no hacer un uso torticero, falsamente moralista, interesado y prepotente de la idea de Dios. Debería decir: No uses a Dios para tus propios mezquinos fines.

Las personas creyentes ven en la religión un camino para el desarrollo de su necesidad espiritual, para su compromiso con el resto de sus semejantes, para desarrollar su propia conciencia que enfrentan sólo con la voluntad de Dios, para comprender que la vida y la naturaleza les ha sido dada como un don precioso que ha de ser preservado y transmitido; en fin para hacer de este mundo un lugar mejor y más habitable en justa y desigual correspondencia con los bienes que se nos han dado.

Quienes no ven en la religión sino un instrumento de diferenciación, de ejercicio del poder, de anulación o manipulación de las conciencias y libertades, de dominio sobre los demás a los que consideran inferiores, no tienen religión, aunque digan pertenecer a alguna.

Quienes tachan de borregos o irracionales a los que creen, no han tenido una experiencia de su propia fragilidad, no respetan la vivencia íntima y profunda de sus semejantes ante la grandeza de lo mistérico, inefable e inabarcable. No han sido agraciados, quién sabe por qué, por ese sentimiento oceánico que lo abarca todo, en el que uno quisiera disolverse y así alcanzar una plenitud que ninguna otra cosa puede proporcionar, sino la conciencia de la existencia de un ser que para entendernos llamamos Dios.

Talón alado

Se conmemoran los cuarenta años de la Constitución y cada cual hace su lectura, según el papel que le ha tocado representar en el presente y en las circunstancias actuales. Por ello, para unos se trata de un tiempo perdido para hacer justicia a los que eran perdedores de la guerra fratricida; otros piensan que no llegó a ser una revolución y por tanto engulló a sus líderes, dejando sólo a los que se adaptaron y siguieron en lo suyo; otros, en fin, están convencidos de que se trata de la mejor obra de los últimos dos siglos y eso, para ellos, significa que no hay que retocar en absoluto el cuarto de baño, aunque esté dotado de una turca.

Me indigna un poco que esto sea así, lo de los unos, los otros y los de más allá. Sobre todo porque en un número importante no vivieron aquella época. Alguno incluso habla de abuelos, equivocándose, porque eran sus padres realmente, a tanto llega su lejanía de aquella realidad. Y a pesar de no haberla vivido y de tener cerca a gente lúcida, que la vivió en plena juventud y dominio de su mente y cuerpo, se permiten interpretar los sentimientos (no ya las acciones) y hablan de miedo y de otras cosas que, desde luego, puede que alguien sintiera, pero que no representan el sentimiento general.

Los que vivimos aquella época, nos sentíamos esperanzados, nos sentíamos alegres e ilusionados con un futuro que estábamos construyendo, procurando dejar de lado las rencillas y resquemores. Teníamos la perspectiva de que había que construirlo todo de nuevo y que, a lo mejor, nos iba a quedar habitable, pero que en su momento lo tendríamos que modificar, porque cambiarían las circunstancias y las necesidades. No teníamos la idea de que aquello era palabra de Dios, intocable e iluminada. Era la labor de encaje de tendencias incluso centrípetas, pero que creían en el futuro. De hecho sólo se descolgaron de ella, se enrabietaron, los inmovilistas que sacarían las garras en 1981. Tan evidente fue que no eran representativos de la mayoría que el asunto no prosperó.

Hoy, en que seguimos inmersos en una crisis que nadie sabe resolver, cuando las distintas tendencias ideológicas parecen más ocupadas en sus propios intereses que en buscar soluciones y proponer cambios y sentimos que nos fallan la ilusión y la esperanza, por favor, no lean la historia privándola a ella también de la ilusión que ellos mismos han contribuido a desbaratar y a arrebatarnos. Pues con aquella ilusión se construyeron logros y hoy ni siquiera los han sabido mantener.

Me sentía deprimida, me sentía tocando fondo viendo este desazonador espectáculo, pero como soy mercuriana, mi talón alado me está sirviendo para remontar la pendiente en que nos han sumido. Parece por otra parte, que la evidencia de que están tocando el bombo está llevando a algunos a enmendarse y a buscar aspectos que conviene plantear y desarrollar. De lo que no parecen darse cuenta es de que sólo tienen que reconstruir, porque el edificio es sólido y no necesita sino reparaciones menores de aggiornamento. Pero ellos creen que están descubriendo la pólvora y yo me consuelo pensando en que soy mercuriana.

 

Pentecostes

Con frecuencia los no creyentes, al menos aquellos que dicen no creer en el seno de una confesión organizada, acusan a los creyentes de aceptar mitos y planteamientos absurdos, que no resisten el mínimo análisis crítico. También suelen acusar a los creyentes de no ser espíritus libres y estar sometidos al poder, haciéndole el juego a los hombres de religión que se han erigido, apoyados en un pensamiento mágico, en la conciencia de todos.

Si se profundiza en ese tipo de acusaciones aparece, con cierta frecuencia, una cierta incapacidad para asumir las propias limitaciones con alegría o para entender el lenguaje simbólico. También rezuma, por debajo del discurso racionalista, un cierto olorcillo a anticlericalismo muy semejante al que ya se daba en el siglo XIX.

Dicho en lenguaje familiar: acusan a los creyentes de creer en patrañas o en los curas. Como si la actitud del creyente fuera ciega o poco ilustrada. Como si el creyente no fuera capaz de distinguir lo que es mágico de lo que es empírico, como si aún permaneciera en la edad infantil y tuviera su conciencia delegada en otros.

Los hay que, con un lenguaje sumamente ingenioso, reducen al absurdo dogmas y creencias, proponiendo lecturas que o bien encierran una gran violencia o son puro sofisma. No hace mucho alguien decía, con respecto a  esto de las primeras comuniones, que a los niños se les enseñaba a ‘comer carne humana y a beber sangre’.

No me considero una persona lerda, ni poco formada, ni violenta, ni fanática. Pero me considero una persona creyente y, sin duda, me molesta que con toda alegría se me tache de todo eso, de manera explícita o velada, y se me invite a entrar en polémica apelando a mi primaria reacción violenta.

Por eso, aquí y aprovechando la venida del Espíritu Santo, en este domingo de Pentecostés, voy a decir algo. Una de las consecuencias de la venida del Espíritu, tal como se narra en los textos revelados (esos mitos y patrañas), es que cada uno de los que recibieron el Espíritu hablaba lenguas y todos los que los escuchaban, los que venían de Siria, los árabes, los de Panfilia o de Capadocia y muchos otros lugares, los entendían sin esfuerzo. La pregunta no es ¿qué hablaban; esperanto? No. Hablaban el lenguaje común de los seres humanos. De repente se habían dado cuenta, por la fuerza del Espíritu, de que las diferencias las habían creado los hombres, pero que no existen tales diferencias entre los seres humanos. Todos somos personas y entendemos perfectamente el gesto de una mano tendida, de una sonrisa, de una actitud de acogida.

Además, si eso es así y somos capaces de entender este otro tipo de lenguaje, es porque Dios, que nos ha creado, nos ve a todos como iguales. Cualquiera, se diga religioso o no, se diga creyente o no, que lea esto de otro modo, simplemente está atendiendo a sus intereses terrenos y no a la construcción del Reino de Dios, que es otro ejemplo de lenguaje simbólico para decir que el mundo es de todos y nadie tiene derecho a convertirlo en su coto privado.

En virtud de estos razonamientos, ruego a los que consideran que me hallo en la edad infantil por mi fe que, por favor, se abstengan de negarme la capacidad de raciocinio que yo no les niego a ellos.

Preguntas a un abogado

Tengo algunas preguntas para un abogado.

Expondré primero la circunstancia. Una persona descubre que está circulando sin seguro obligatorio en el momento en que la detiene la Guardia Civil de tráfico por un problema en carretera. Sorprendido el ciudadano por la situación, una vez que regresa a su domicilio se pone en contacto con su aseguradora y esta le contesta que ha rescindido unilateralmente el contrato, cosa que al parecer está autorizada a hacer. Así mismo informa de que ha comunicado con tiempo la circunstancia al asegurado por medio de un burofax que se entregó en una dirección errónea, a pesar de que en la aseguradora de marras tenían el nuevo domicilio del asegurado, ya que este había asegurado en la misma compañía su domicilio habitual. Al parecer esta circunstancia es también correcta, pues la compañía no está obligada a asegurarse de que el asegurado (no es un juego de palabras) ha recibido la comunicación. Bien hasta aquí, ningún problema. ¡Qué se le va a hacer! parece que no queda nada más que decir.

Pero yo tengo una primera pregunta: ¿No incurre en responsabilidad penal (moral desde luego) una compañía a la que cualquier ciudadano ha de recurrir obligatoriamente para poder circular con un vehículo a motor? ¿No deja al ciudadano en total indefensión el que no tenga seguro y que le haga incurrir involuntariamente en un delito de responsabilidad civil que, en su caso, puede llevar aparejada una pena de cárcel? ¿No se puede entender eso como inducción al delito?

Segunda pregunta: ¿El asegurado no debe entender jamás que la aseguradora defiende su seguridad?

Bien. De esta circunstancia se deriva otra cuestión así mismo preocupante. La Guardia Civil, haciendo el uso debido de su obligación, impone una multa de 1500 € al asegurado que no viajaba con el vehículo debidamente asegurado por lo ya dicho. Efectivamente se trata de una infracción grave y esa es la cuantía correspondiente que se entiende que debe ser ejemplarizante.

Pero, ¿atiende ese baremo a las circunstancias de la persona que ha sido objeto de sanción? En los días en que se puede alegar para rebajar la multa o solicitar que se levante la sanción se puede argumentar que, en los cuarenta años de vida del sancionado y en los veinte que lleva de vida laboral, jamás ha ingresado al mes por su trabajo 1500€. Que tal como están las cosas parece imposible que alcance ese nivel de ingresos en los próximos diez años. Se puede argumentar que ese individuo es un emprendedor que da trabajo a otras personas, que no ganan mucho más, pero que eso les permite salir adelante. Se puede argumentar que cuando trabaja para la Administración jamá le pagan en los días establecidos por la ley y mucho menos cuando lo contrata una compañía privada, sin que nadie le compense por ello.

En fin. Hay cosas que suceden cada día que ponen de manifiesto a qué niveles de indefensión se ve sometido el ciudadano que además es o intenta ser cumplidor de las normas. Se deduce que las normas no están hechas para  protegerle, en absoluto, sino más bien para burlarse de él.

Creo que nuestros políticos que tan enzarzados están y tan ensimismados se ven, deberían ocuparse de estas cosas y, por otra parte, todos esos expertos en leyes que se mueven en el entorno de las Organizaciones de Consumidores tal vez deberían emplear su tiempo en buscar el modo de defender a los ciudadanos de compañías como las de seguros., señalando estos extremos que si bien pueden ser legales, sólo van a favor de una de las partes; el beneficio de la propia compañía.

Para mayor abundamiento, la compañía de seguros, una vez que da de baja unilateralmente a un usuario puede borrar todo su historial, con lo cual pierde la posibilidad de conseguir bonificaciones en otra compañía. Se ha observado además en este incidente que algunas compañías de seguros no aceptan como cliente a alguien que procede de otra determinada compañía. ¿Qué significa eso, que se trata de un monopolio?

Creo que si algún abogado lee esto no tendrá más remedio que reflexionar sobre ello y quizá, tal vez, si no trabaja para una compañía de seguros es posible que le entren ganas de pleitear o de plantear reformas a las normas que rigen estos asuntos. No creo que haya nadie por ahí capaz de eso. Pero como soy optimista por naturaleza diré: nunca se sabe.

De la gratitud y la gratuidad (Para José Rubio en ocasión de su último poemario)

Hay veces en que, a pesar de lo que pueda parecer, el mundo se presenta a nuestros ojos como un verdadero regalo. Me ha ocurrido hace poco. Un bendito día, sin ninguna razón aparente, de manera gratuita, la más absolutamente gratuita, un poeta me regala su última colección de poemas. No sólo eso, sino que me obsequia un ejemplar en el que con su mano ha corregido esas erratas que sólo el autor puede detectar, pues la edición es muy cuidada, y me lo dedica porque, según dice, soy buena lectora.

¡Qué cosas!, me digo, y permanezco ensimismada y temerosa durante varios días, pues no me atrevo a abrir el libro, ya que se espera de mí que sea una buena lectora y eso me aterra. Luego, puede más la curiosidad…

El poemario se apoya en un poema, el último, que pretende dar una respuesta a una interrogación de otro poeta; un poeta de hace siglos y en apariencia lejano. Comienzo, entonces, a percibir el peligro de ser filóloga y de dejarme llevar por esas pedanterías propias de la profesión que te impelen a categorizar, a hacer tipologías, a rellenar los vacios de una poesía sugerente con erudiciones que no sirven para nada, a no ser para que las evalúe la ANECA.

Pero los hados, no cabe duda, están de mi parte y, casi sin darme cuenta, consigo apartarme de la tentación de señalar este texto como una sucesión de elegías, que a ratos se interrumpen por esas piezas de orfebre que son los haikus y otras se desvían del tiempo, de la añoranza y la ausencia para cantar presencias, entre las que quizá la más evidente sea la de la naturaleza, seguida o precedida, no sé muy bien, por el vigor de los sentimientos fraternales y por la expresión de toda clase afectos íntimos, raros hoy, pero universales.

Desprendida por mi buena estrella de todas estas tentaciones, simplemente me siento y leo, a ratos en silencio y a ratos en voz alta, esquivando siempre el análisis de una sintaxis poética compleja que intenta seducirme, y envolviéndome en el sentido profundo de estos versos termino por saber, con toda certeza, que, En qué abril de José Rubio, es la expresión magnífica de la gratitud de un alma agradecida y sensible y de un tenaz escribidor que consigue una palabra limpia, con los adornos justos, que parece simple y espontánea, pero que, en este libro, a diferencia de los otros dos que conozco, deja transparentar el esfuerzo y la laboriosidad.

José Rubio es un gran poeta, sin duda, de los pequeños instantes y de los sentimientos cotidianos que, por sabidos, pasan sin pena ni gloria. Él les da presencia y cuerpo, dejando sin embargo en silencio lo que en silencio ha de quedar. Es el poeta de la gratitud, en un tiempo en que esta no es una virtud frecuente, y por eso, porque sabe a ciencia cierta lo que le llega gratuitamente, me ha regalado sus versos y yo le doy las gracias.