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¿Por qué escribes?

Desde que publiqué mi último libro, llevo haciendo presentaciones del mismo en diversos lugares. En esos actos es frecuente que alguien pregunte: ¿por qué escribes? Al principio me resultó una pregunta sin sentido, pero es normal que quienes no suelen escribir se pregunten por qué alguien lo hace. Así que me obligué a buscar razones, pues hasta la dicha pregunta para mí escribir era algo necesario y obvio.

Después de escudriñar en mi interior, me di cuenta de que escribo para pensar. De manera particular para pensar y formular mis pensamientos ante tantos estímulos como nos asaltan día a día. Para ponerles un ejemplo de lo que intento contar voy a enumerar unos cuantos casos. No tienen mucha relación entre sí y te asaltan desde las noticias de los periódicos, desde las conversaciones con personas conocidas o amigas, con los hijos o escuchadas mientras me tomo un café en una terraza. Otras proceden de lo que dicen o callan los políticos y muchas de ellas me obligarían a salir con una pancarta a la calle. Para eso, indudablemente, tendría que tener un eslogan más o menos claro que dibujar en ella. Así que me paro, reflexiono y trato de llegar a alguna conclusión.

Empezaremos por una cualquiera de esas provocaciones; los profesores de primaria y secundaria están desconcertados y amenazan con manifestarse porque no saben que ley de educación están convirtiendo en práctica docente. De manera concreta: No saben qué tipo de exámenes han de ponerles a sus alumnos para que superen las dos revalidas de la última reforma. Esta cuestión me recordó algo ya vivido con mis hijos cuando cursaban COU. Resulta que, por poner un ejemplo, tenían una asignatura de Filosofía. Hojeé el libro y me pareció fantástico. Hacía una magnífica Historia de la Filosofía y sugería montones de lecturas apropiadas y reveladoras. Pero a lo largo del curso, los muchachos y muchachas sólo estudiaron a Aristóteles, Platón, Kant, Marx y alguno más porque esos eran los que solían preguntar en COU. Me temo que los estudiaron descontextualizados y no en una secuencia lógica de avance del pensamiento, de las mudanzas del mismo que son una revelación de las inquietudes de los hombres y de su desarrollo a lo largo de siglos. Conclusión, mis hijos no tienen ni idea de para qué sirve la Filosofía y desde luego han olvidado aquellos conocimientos inconexos.

Pensando en esto me digo: Bueno, se trata de aprender esa materia, la que sea, a un nivel adecuado según la edad del estudiante. Lo lógico es pensar que conocida la materia, el estudiante superará el examen le pregunten lo que le pregunten que esté dentro de su nivel y es indiferente la manera en que se lo pregunten; mediante test, mediante desarrollos temáticos o mediante preguntas más elaboradas. Pero no debe ser así. La cosa es que hay que saber qué me van a preguntar y cómo y sólo me aprendo eso.  Me desconciertan los planteamientos de los profesores.

Me comentan que hay no sé cuántos temas de oposición para ser profesor de secundaria de una materia o varias. Los opositores suelen preparar un tercio de esos temas y esperan a que suene la flauta. Si suena, aprueban sin plaza, pero pueden acceder a las listas de interinidades y suplencias y se ponen a dar clase. ¿Cómo dan clase sin saberse todo el temario? ¡Ah! en realidad lo que deben saber y para eso se preparan es cómo se hace el examen y eso es lo que quieren transmitir a sus alumnos: No que sepan una materia, sino que aprueben que luego ya está todo hecho.

Cuando llego a este punto en el análisis la frase que resume mi conclusión es: Mi mundo no es de este reino.

Otra provocación. Veo al señor Correa, ese presunto chorizo, con su pelo peculiar, su tono melifluo, pero cargado de soberbia, contar cómo sacaba comisiones y se las repartía con responsables políticos y cómo esa era una práctica habitual. Todo el mundo lo hace que dice el personaje de Roldán con cara de no haber roto un plato en esa magnífica película (no tanto ficción) de ‘El hombre de las mil caras’, en la que el espía y trapacero es el único que tiene un poquito de vergüenza torera (dentro de un orden).

Aún así, soltando esas cosas que dice, parece que se reserva otras peores porque ello le beneficia. Este señor sí que se ha preparado bien su examen. Sabía qué le iban a preguntar y va  por nota. Pero, arrepentimiento, ganas de servir a la justicia, reconocimiento de que esas cosas no se hacen, de eso nada.

Mientras, los responsables del partido en el banquillo dicen que ya eso es pasado y que hay que mirar al futuro, que ellos saben perfectamente lo que hay que hacer para sacar adelante al país y amenazan con crear 400.000 puestos de trabajo con sólo que les dejen gobernar un ratito más. Al mismo tiempo los de la oposición (PSOE) se dividen entre los que quieren seguir diciendo que no, que esas cosas están mal y que no pueden permitir que gobierne, ni siquiera un ratito, esos que lo daban por bueno o que lo consideran un pasado lejano. Y otros dicen que nos abstenemos unos pocos  (abstención técnica lo llaman), que gobiernen y les marcamos el paso desde la oposición.

Ante esto, yo como votante, me siento perpleja. Si vamos a unas elecciones, además de hacer el ridículo parece, resulta que los corruptos subirán en votos y el partido de la oposición se hundirá en la más negra de las simas. Les pasarán por delante unos que no tienen experiencia de gobierno, que son unos teóricos y además maestros en presentar la cara que mejor convenga según las circunstancias. Bueno, pues no entiendo nada. Comprendo que no se quiera dar paso a corruptos, entiendo que se pueda uno abstenerse haciendo de tripas corazón y luego tire de la cuerda todo lo que sus fuerzas le permitan para reconducir las propuestas de ese gobierno que no ha hecho sino machacar a los de la clase media y más abajo y favorecer a chorizos y al capital que no tiene patria. Pero no comprendo que puedan subir en votos partidos que se sientan en masa en diversos banquillos y que no piden ni perdón ni apuestan por la transparencia.

Llegados a este punto, no sé si es que yo me aprendí las materias y no sé hacer un examen para aprobarlo o si, definitivamente, mi mundo no es de este reino.

¿Ven ahora por qué tengo que escribir? Esto es una maraña que ni escrita tiene sentido.

Otro día les contaré por qué escribo.

Un revuelto de fin de verano

No había nadie en la playa cuando he bajado esta mañana. Es una experiencia única estar solo frente al mar, sin más ruido que el de las persistentes olas que, por otra parte, no eran demasiado fieras, sólo un rumor sosegado de acompañamiento.

Una vez más me he fascinado con el efímero espejo que compone el mar al retirarse y que por un instante fugaz refleja el ocre-rojo de las piedras, que se mezcla con el plata de un cielo débilmente azul. Esas espumas deshilachadas que retroceden y regresan, derramándose sobre la húmeda arena, prenden la mirada como lo hacen las llamas de una hoguera.

En esos instantes de paz, he reflexionado sobre dos jóvenes muchachas que hacían ejercicios gimnásticos en otro extremo de la playa. Sus cuerpos juveniles, bien conformados, no necesitaban de todo aquel ajetreo de sentadillas y carreras. Pero así somos. Los que tienen un buen cuerpo se empeñan en forzarlo y someterlo a toda clase de ejercicios violentos, mientras que los que tienen la movilidad reducida, cuanto menos hacen, menos quieren hacer.

También me ha venido a la mente una cuestión que desde hace días me pesa en la conciencia. Una vecina ocasional -sólo es vecina de veraneo- ha entrado en un delirio paranoico de manía persecutoria. Como su ventana queda casi junto a la mía, he oído durante algo más de un día su desvarío. Se trata de una mujer mayor que vive sola y, aunque tiene hijos que se ocupan de ella, se niega a estar acompañada por alguien o a vivir con alguno de ellos. Estos hijos han tirado la toalla y no saben cómo manejar el asunto.

La tarde-noche del máximo de delirio estuve a punto de llamar a los servicios sociales para que intervinieran. Sin embargo, una prudencia, que no sé si llamar así, me aconsejó no hacerlo. No me atreví porque sé que su familia se ocupa de ella y si llegaba a intervenir alguna autoridad, a lo mejor (o lo peor) los abocaba a una situación de esas que son difíciles de aclarar. Podían los hijos verse envueltos en un caso de aparente abandono o quién sabe qué.

Mientras las olas iban y venían y las chicas daban saltos y cabriolas o hacían carreras, yo seguía dándole vueltas en mi cabeza a esta triste situación. Una persona, que por la edad o por lo que sea, ha perdido la cabeza y cuya familia no puede hacer carrera de ella. No pueden estar con ella ni dejarla sola. Ella, con un fuerte carácter, perdida en su delirio, con astucia, los conduce por donde quiere, abismándose así en su propia locura. Quizá alguien ajeno, como yo, debería haber intervenido y destapar la caja de los truenos, aunque sólo fuera con la intención de que esa mujer reciba la atención que precisa. Pero ves tantas situaciones en que, cuando intervienen los ‘responsables’, se vuelve aún peor que el problema que querías resolver, que opté por no hacer nada, sino ponerlo en manos de los hijos, una vez más, quienes se declararon conocedores del problema e impotentes para encaminarlo.

En cualquier caso, los primeros atisbos del fin del verano traen estas cosas: Pensamientos de culpabilidad, nostalgias anticipadas, intentos de retener imágenes fugaces que, posiblemente, si a este extremo sureste llegan alguna vez las lluvias, se borrarán y dejarán paso a los afanes del tiempo más frío y otoñal.

Se enfría la comida

La presión mediática acerca del bloqueo parlamentario de cara a la investidura se está volviendo un deporte. Para jugar a ese juego sobran las reglas. Se puede leer el pasado como mejor convenga y disparar a diestro y siniestro a discreción.

Hace apenas unos meses, la transición era algo inexistente. Algo del pasado remoto. Antediluviano. Ahora, se argumenta con las concesiones de unos y otros y sirve de ejemplo señero que se debe imitar.

La transición fue un modelo de generosidad porque de lo que se trataba era de salir de una dictadura que no había provisto más que de rencores, encubrimientos y  desprecios, al tiempo que había repartido prebendas, haciendo gala de de un sentido de la justicia poco recomendable.

Ahora, de lo que se trata, es de elegir un modelo. La ciudadanía ha dicho, reiterando, que no quiere mayorías absolutas. No quiere más hago y deshago como se me antoja. Quiere que se nos atienda, que se deje de estrujarnos, imponiendo modelos que sólo benefician a los bancos y las grandes empresas. Quiere que nos hagan caso. Que arreglen las carreteras, que den una buena cobertura sanitaria, quiere trabajo y escuelas decentes. No quiere que le cuenten más cuentos. Eso es lo que hemos dicho entre todos.

Algunos, se han dejado llevar del miedo o del clientelismo que supone la corrupción, pero eso no es dar carta blanca. Otros han preferido la ruptura, pero no tantos como para hacer tabla rasa. Otros se han quedado en un siesnoes, porque no quieren cambios bruscos y prefieren a un señor trajeado a uno en mangas de camisa, como si el hábito hiciera al monje.

Pero, si miramos bien, el centro izquierda es el que ha ganado. Pero sobre todo ha perdido la derecha cerril, a pesar de las apariencias, que siempre engañan. No es ya el momento de las concesiones, de las renuncias. Es momento de reponer, de restaurar, de convenir, de reencauzar. Pónganse ya a ello y que quien se cree el salvador de la patria, que se de cuenta de que su tiempo ha pasado. Hacer de don Tranquedo ya no le vale. La falta de cintura no se lleva y no sirve de nada bracear fingiendo que se hace deporte.

No nos obliguen a ir a decirles, con el resto de compatriotas, lo que ya les hemos dicho por duplicado. Leamos la historia del presente con espíritu profético y miren ustedes más allá de sus narices. El que se haya de ir a casa, que se vaya, y le agradeceremos ese último servicio prestado. Los que han de venir, que vengan ya, que se enfría la comida.

 

Vacíos

Alguna vez escribí acerca de la consideración del espacio. Mientras en algunas culturas el espacio es algo vacío, en otras el espacio es algo que está lleno aunque escape a nuestra percepción. El objeto que ocupa ese espacio, sin que lo percibamos, puede manifestarse o no.

En las culturas occidentales, tendemos a considerar que el espacio es algo que está vacío. Sin embargo, con mucha frecuencia, sobre todo en los espacios vacíos de palabras, se encierran muchas otras palabras no dichas que, a aquellos que carecen de sensibilidad en su capacidad de percepción, pasan desapercibidas, lo que no significa que no estén ahí como un reproche o una advertencia.

Se comenta últimamente el poder de las redes sociales que son mal empleadas por muchos con aviesas intenciones. Es cierto, y en ellas algunos se despachan a gusto, haciendo un uso, que roza lo indebido, de su libertad de expresión. Nadie ha sido capaz de señalar con claridad dónde se halla el límite que ofende, agrede o incita. Sin embargo, los que somos usuarios de esas redes agradecemos la facilidad que nos brindan para comunicarnos amigablemente con personas a las que apreciamos y que están lejos. Todavía recuerdo las dificultades de aquello que se llamaba ‘poner una conferencia’.

A pesar de agradecer esa vía de comunicación, es cierto que con frecuencia nos sentimos mal por las afirmaciones de algunos acerca de esas cuestiones sensibles que atañen a las creencias religiosas, a las ideologías políticas o a cuestiones íntimas, que algunos pensamos deberían formar parte de lo privado de cada cual y no airearse por estos medios a los que cualquiera puede tener acceso.

Pero, en los últimos tiempos, observo con cierta satisfacción el vacío que se produce tras comentarios de carácter político, religioso o sexual, que rozan ese no definido límite o lo traspasan ampliamente.  Lo que no llego a saber es si quien ha emitido sus ‘barbaridades’ haciendo un uso excesivo de su libertad, es capaz de darse cuenta de la censura que se oculta en ese vacío. Ese espacio en blanco y carente de palabras, ese silencio, ¿son suficiente reproche o habrá que explicarlo prolijamente?

No sé si el autor de afirmaciones que pueden resultar impertinentes o desabridas se hace consciente de que nadie responde a su provocación o piensa triunfante: Mi libertad los ha dejado mudos.

Me creo en el deber de aclararle que, por mi parte, no es que haya enmudecido abrumada por su ejercicio de la libertad. Mas bien es que no quiero situarme a su nivel, pues antes de llenar los vacíos con palabras, procuro ponerme en los ojos de quien pueda mirar. Lo suyo no es una victoria, pues mi silencio está lleno de reproches y acusaciones. Ojalá más de uno y más de dos sean capaces de empezar a darse cuenta de que no todos pensamos lo mismo de todo y midan más lo que creen es el ejercicio de su libertad.

Pero, en un mundo en el que triunfan social y políticamente, algunos individuos que pueden tener en su mano el control de muchos otros seres humanos y de cuyas bocas salen toda clase de  impertinencias que rayan en el mal gusto más manifiesto, me cuesta pensar que seamos capaces de volver  a un lenguaje respetuoso, tolerante y abierto a las diferencias, capaz de volverse sensible a los vacíos y silencios.

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Desnudos

Cenaba yo ayer en la ciudad de Cartagena, en un restaurante con una agradable terraza y una carta muy rica y sabrosa, disfrutando de una serena noche de verano en compañía de personas a las que quiero. Todo se presentaba propicio a una velada de esas que recuerdas al final del verano.

Hete aquí que en la mesa más cercana se sentaron tres personas; dos caballeros y una señora, todos ellos de unos setenta años bien cumplidos. Inevitablemente su conversación se mezclaba con la nuestra pues empleaban un tono bastante alto de voz, posiblemente acorde con la pérdida de audición que a veces acompaña a las personas a partir de cierta edad.

Se trataba de personas cultas que intercambiaron durante bastante rato noticias sobre sus lecturas de verano. Uno se inclinaba más por libros de ciencia, mientras otro decía haberse empeñado en releer a algunos clásicos del siglo XIX. De allí saltaron a hablar de costumbres domésticas y, mientras trasegaban buen vino, aseguraban estar cenando demasiado, pues acostumbraban a ser parcos en la última comida del día. Cosa que, por otra parte, es conveniente a personas de edad más que madura.

Así mismo parecían personas al tanto de las últimas novedades en política y dedicaron bastante tiempo a quejarse de las decisiones urbanísticas de algunos ediles locales, de las que pasaron a analizar las de otros responsables de municipios más alejados.

De pronto, apareció, en la conversación que mantenían, la decisión de cierta responsable municipal acerca de dedicar un día de la semana al baño nudista en piscinas municipales. Independientemente de lo acertado o no de la propuesta, que no es mi intención analizar aquí, parecían no estar muy de acuerdo con ella o incluso escandalizados. La cuestión quedó resuelta en cuanto uno de aquellos provectos varones exclamó: Habría que verla desnuda. Estoy por ir para verla.

Tuve que reprimir un primer impulso de volverme y decirle algo. Pero lo que más me indignó fue que la señora que les acompañaba, esposa de uno de ellos, permaneciera muda o incluso me pareció que reía la ocurrencia.

En cualquier caso, pidieron la cuenta y se marcharon al poco rato. yo me quedé con mi indignación, pero ellos se fueron desnudos, aunque no se dieran cuenta.

No es para tanto

Se consumó el Brexit. ¿A alguien le sorprende que haya ocurrido algo que parecía evidente? Nunca estuvieron del todo en la UE, así que posiblemente esto lo ponga en claro. También es posible que del United Kingdom queden dos o tres regiones inconexas, pues los irish se volverán con los irish y hasta la mona de Gibraltar se volverá la mona de La Línea.

Por otra parte, en dos años se formalizará el divorcio, con un nuevo primer ministro y de aquí a allá cualquier cosa es posible. No he visto nada más provisional que una decisión tan definitiva.

También cabe preguntarse qué pasa con el resto de los miembros. Quizá nosotros nos sentimos más europeos que los británicos, sabemos más de las instituciones europeas, nos sentimos hermanados con franceses y alemanes. Me temo que no sea así. Siempre hemos pensado que Napoleón puede volver…

Lo que sí es digno de reseñarse es que el primer ministro Cameron y eso que veranea en España haya dimitido. No se les pega nada. Ellos no se integran, no aprenden de los continentales. Siguen circulando por la izquierda cuando nosotros nos empeñamos en mantener la derecha. Posiblemente no sientan, como nosotros, que tengamos ningún vínculo ni ningún rasgo identitario en común.

En fin. Va a seguir siendo la lengua inglesa la lengua franca o quizá la deberíamos sustituir, como apunta una sabia amiga mía, por aquella lengua europea que tenga mayor número de hablantes.

Se verá. Continuará…

Ser protagonista

Con la publicación del libro de relatos ‘De la ceiba y el quetzal’ me he convertido en protagonista de múltiples eventos destinados a dar a conocer – y vender- esta pequeña obra.

Es cierto que me siento orgullosa de los resultados. De los que dependían de mí, es decir la escritura, y también del formato de presentación, es decir de la edición, que no dependía de mí. Sin embargo, este obligado ejercicio de publicidad, necesario para la difusión de la obra y para llegar al posible lector, me ha puesto en la circunstancia de escuchar numerosas versiones de quién soy yo, qué es el libro, cómo hay que leerlo o qué encierra.

Por supuesto tanto en lo que a mi persona se refiere los comentarios han sido elogiosos; se trataba de hacerme aparecer como una persona de cierto mérito, y desde luego se han centrado en las bondades literarias del contenido y su forma, de modo que las palabras de los presentadores sirvieran de acicate para los lectores.

Estoy convencida de que nadie ha falseado su papel. Todo el mundo ha hecho sus observaciones acerca de mi persona y de los relatos desde el corazón y desde su mejor hacer. Así que ningún reproche en este sentido. Los cuentos, por otra parte, están dignamente escritos, poseen ciertos logros literarios de los que soy plenamente consciente y que no voy a negar por una mal entendida modestia. No en vano, durante muchos años me he dedicado al análisis literario y algo entiendo del asunto que me permite distinguir un texto bien escrito y con cierto interés de una patochada o de algo infumable.

No obstante, sin tener la más mínima objeción ni al sistema, ni a los participantes, ni a sus palabras, siento cierta incomodidad. Me he pasado varios ratos, mientras hacía otras tareas más rutinarias, pensando en el asunto y tratando de hallar la raíz de esa incomodidad. Finalmente, creo haber llegado a ponerle nombre a la causa: Protagonismo.

Nunca me ha gustado ser el centro de atención. Nunca he querido destacar por delante de otros o brillar. Me gustaría que alguien encontrara la manera de hacer una presentación sin que yo estuviera presente. Quisiera que la obra hablara por sí sola y que nadie me preguntara si me gusta más esto o lo otro o si considero que tengo influencias de Fulano o Mengano. No quisiera que lo que he escrito se evaluara porque tengo una cierta competencia avalada por uno o más títulos universitarios. Ese libro, como otros que he escrito, tienen su propia vida. Que la vivan al margen de mí, que no se expliquen por mí, sino por ellos mismos. Como los hijos. Se lanzan al mundo para que otros ojos los evalúen, los acepten o rechacen.

Por otra parte, también me crea cierta incomodidad quedar ligada a un objeto que es lo que es y es producto de un tiempo; mientras que yo, como todo ser humano, fluyo con el propio tiempo. No estoy acabada, terminada, completa, cerrada. No soy eso que está metido en esas páginas, ni siquiera soy mi historia pasada. Aún tengo un futuro, hasta que me muera. Posiblemente me vaya convirtiendo en otra persona distinta de la que ha escrito esto; no en lo esencial, pero sí con las suficientes variaciones como para decir que soy distinta.

Como las imágenes que os pongo de dos de esas presentaciones, la autora de esto, se queda allí, pero mañana tendrá otro rostro. Ya no será igual. Cuando leáis ese libro tened presente esto: No reniego de su escritura, encontraréis muchas cosas mías en él. Pero cuando cerréis el libro, no me habréis cerrado a mí.

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En la sacristía de la iglesia de la Compañía en Caravaca de la Cruz
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En la librería Expo libro de Murcia

Las frustraciones de Narciso

Todos poseemos un cierto fondo narcisista por el que adoramos nuestra propia imagen. Por otra parte, nos recomiendan, para mantener alta la autoestima, que amemos nuestro cuerpo y nos sintamos a gusto con nuestro rostro, nuestro cabello y nuestra piel. Al mirarnos en el espejo, -nadie se mira ya en las aguas cristalinas de un río porque suelen estar contaminadas- vamos haciéndonos con la imagen propia y, ante la superficie azogada, componemos nuestra mejor expresión para ahorrarnos disgustos.

En la era de la imagen que vale más que mil palabras, sin embargo, lo que nos suele devolver nuestra propia imagen es la fotografía o el video casero y allí comienzan las frustraciones del Narciso que llevamos dentro. Esas instantáneas fijas o en movimiento nos ponen frente a una realidad que se parece poco a lo que tenemos en la cabeza como imagen propia. Más aún si no somos fotogénicos, lo que es bastante frecuente.

Algunos optamos por fotografiarnos de espaldas, otros por huir de las fotografías, los más las recortamos o las sumergimos en el fondo de un cajón o simplemente le damos ‘clic’ a  la opción ‘eliminar’.

No obstante hay momentos en los que no queda otra que enfrentarnos a la foto y que salga lo que Dios quiera. Esto me ha sucedido recientemente. Me he visto obligada en razón de la publicación de un libro mío a figurar en la solapilla; en los actos de presentación del mismo, no ha habido más remedio que dejar constancia gráfica; ha habido que publicitar la tal edición mediante la imagen de la autora; osea, la mía. Esto me ha puesto frente a la necesidad de aceptar la realidad de que la imagen que queda no es la que más me gusta de mí, que, efectivamente, no se parece en nada a la que yo creo tener, pero que sin duda alguna es la que los demás ven y eso de veras que crea un gran conflicto interno y Narciso se resiente.

Uno exclama por lo bajito ¡Dios mío! ¿esa es mi cara? ¿Yo soy así? ¡Qué horror!

De todos modos a veces las grandes tragedias se solventan gracias a la pericia de un profesional y no me refiero a la aplicación del fotoshop, sino a la presencia en la sala de un buen fotógrafo. Es el caso de mi amigo Juan Antonio Robles, titular del estudio fotográfico Imaginarte, que tiene su sede en la c/ Condestable López Dávalos, nº 15, del barrio de Vistalegre.

Todos aquellos que sientan como yo que su Narciso interior corre el riesgo de morir de angustia y frustración, que se encomienden a él, y para que no se diga que me lo invento, voy a hacer un ejercicio supremo de narcisismo colocando a continuación una serie de fotografías hechas por Juan Antonio.

Gracias amigo por salvarme el yo interior.

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Incluso con ese gesto de trompetilla de la boca mi narciso interior no se siente incómodo.

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Parece que soy especialista en hacer gestos extraños con la boca, pero no está mal la foto. Mi autoestima incólume.

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Las posturas de los pies suelen ser terribles y a pesar de ello, la cosa no queda mal.

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Juan Antonio lo intentó múltiples veces, pero en ninguna de ellas se puede decir que mi imagen fuera mala.

Por fin quedamos de acuerdo en que la siguiente es la que debía figurar en el libro

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Después de este ejercicio de egolatría, mi autoestima está por las nubes.  Gracias Juan Antonio.

 

A peor vamos

Leo en la prensa que el señor Rosell, presidente de los empresarios españoles, ha afirmado, con la convicción que le caracteriza, que ‘pretender un empleo estable de por vida es del siglo XIX’ y aunque una afirmación como esta no necesita aclaraciones, provoca, no obstante, algunas reflexiones.

No tengo ni idea de qué es lo que ha estudiado este señor ni propiamente a qué se dedica -supongo que tiene una empresa de algo, pero también el presidente de Marsans la tenía- pero doy por sentado que debe ser una persona culta y con preparación. Sin embargo, sospecho que ha olvidado aquello que se estudiaba en bachillerato, en la secundaria o en cómo se llamara cuando él lo cursó, de la Revolución industrial acaecida precisamente en el siglo XIX y por más señas iniciada en Inglaterra, luego exportada a Cataluña, de donde creo que procede el tal jefe de empresarios, y a otros lugares de este país.

La tal revolución industrial, a partir del uso de la máquina de vapor y los telares mecánicos, contribuyó a la prosperidad del Reino Unido y fue el lugar en que se emplearon muchas de las fortunas aristocráticas y otras menos, conseguidas con el botín de guerra en las Guerras napoleónicas. Si no quiere leer un libro de historia, que lea a Jane Austen en ‘Persuasión’. Los terratenientes catalanes pasaron de la agricultura y las grandes fincas, conseguidas por medio del sistema de mayorazgos y de matrimonios de conveniencia (el hereu y la pubilla) a invertir en esos artilugios y en el ferrocarril, aumentando así sus fortunas y consiguiendo crear una nueva clase social; la burguesía, de la que probablemente procede el señor Rosell, de cuya ascendencia y vida no sé nada ni me importa. (Como eso lo debe conocer de primera mano, no le digo que lea ‘El viudo Rius’.)

Todo este movimiento del siglo XIX dio lugar a una clase obrera, desplazada de un campo que no daba mucho para vivir, si no se era propietario de la tierra, a las ciudades y que contribuyó con su trabajo ‘de por vida’ a la prosperidad de los nuevos amos, que venían a ser los mismos, solo que reciclados en industriales.

Cuando esa mano de obra se dio cuenta de lo insalubre de sus trabajos, de los horarios sin límites y de la explotación a la que estaban sometidos, iniciaron sus huelgas, piquetes y sindicatos para defender una vida de trabajo duro, pero más digno. Me temo que el señor Rosell, además de olvidar lo que aprendió en la escuela, no ha leído jamás a Elizabeth Gaskell, la autora británica del siglo XIX de la grandiosa novela ‘Norte y Sur’, y debería. Porque en ella, con la excusa de  una historia de amor encantadora,  se cuenta la realidad de las fábricas de tejidos de algodón en una ciudad ficticia pero que es un trasunto de Manchester. Se cuenta también la lucha obrera y la honradez de algunos empresarios, frente al afán de lucro desmedido de otros que optan por la especulación.

Claro, cuando se ha olvidado la historia, de dónde venimos y que la falta de vergüenza hace mucho que se inventó, cuando además se lee poco, se dicen patochadas de ese calibre, despreciando los esfuerzos de muchas personas que se dejaron la vida por conseguir para ellos mismos, sus compañeros y descendientes, un trabajo justo, estable, remunerado equitativamente y que permitiera una vida digna, y se pone de ejemplo obsoleto un gran siglo que sentó las bases del sistema laboral que ha estado vigente durante todo el siglo XX, alcanzando, hasta este primer cuarto del siglo XXI, cotas de justicia y equidad no igualadas antes y que, en este momento, están a punto de ser dinamitadas por personas incultas como este señor.

Citando otra cuestión, también datada en el siglo XIX, le recomiendo al señor Rosell que haga un hueco entre sus múltiples compromisos y vea una película denominada ‘El caso Winslow’ en donde un personaje dice: No se trata de hacer justicia, sino ‘lo justo’. Es decir, hacer a los demás lo que es justo.

El lado justo

Desde hace algún tiempo vengo reflexionando sobre cómo tomamos posiciones en la vida. Desde ese lugar estratégico que hemos considerado el nuestro propio e indiscutible, observamos la realidad que nos circunda, la evaluamos y, sin dudarlo un instante, emitimos nuestros análisis y conclusiones acerca de ella.

Hace años que trabajo en acciones solidarias y ello podría haberme dado pie para colocarme en el lado justo. Es decir, eso podría haberme llevado a considerar que, efectivamente, soy una persona solidaria, comprometida con las necesidades de los marginados, sacrificada y generosa que es capaz de gastar su tiempo, dinero y esfuerzo en esas acciones de apoyo a aquellos que son, sin méritos especiales, ni defectos mayores, menos merecedores que yo en lo que llamamos suerte en la vida.

Sin embargo, precisamente porque me dedico a esas tareas, tengo ocasión de codearme con otras personas que son mucho más solidarias que yo. Pues si bien suelo entregar parte de mi tiempo, no lo entrego todo como ellas; si doy mi dinero, no lo entrego todo y si me esfuerzo, diversifico mi dedicación dejando algo de mi energía para otros menesteres. De manera que me encuentro en medio de personas que son mucho más sacrificadas de lo que yo lo seré nunca y, por ello, veo cuán relativo es mi esfuerzo, cuán relativa es mi solidaridad. Eso me impide considerar que estoy en el lado justo de la vida. Más bien me veo a mí misma con un pie apoyado en el territorio de la generosidad y otro puesto en el del egoísmo. Con un ojo que mira al marginado y con otro que mira a mis propios intereses. De manera que soy afortunada. Esta cuestión evita que emita juicios sobre lo que me rodea, cargada de razón acerca de la bondad o maldad del mundo y de sus causas.

No obstante, lo que más me anima a seguir en ese terreno ambiguo y junto a esa lábil frontera entre lo justo y lo injusto, lo desprendido y lo interesado, lo generoso y lo egoísta, es precisamente la existencia de personas que se consideran a sí mismas como formando parte integrante del mundo justo o incluso siendo la esencia o la materia de la que está hecho ese mundo justo. Esa realidad que viven de total entrega, de sacrificio en donde no se cuela ni un solo interés personal, ni un solo vicio egoísta, de renuncias sin término y de virtud acendrada constituye un riesgo mayúsculo del que no son conscientes.

Porque en el total convencimiento de su perfección y virtud, de que en sus vidas no alienta ni el más mínimo deseo egoísta, es precisamente donde está perdido irremediablemente el sentido crítico sobre las propias posiciones y acciones y eso las torna personas cargadas de prejuicios que, carentes de toda misericordia e incapaces de detenerse en los matices, solo contemplan las circunstancias que las rodean desde su atalaya de perfección y en consecuencia observan con inmensa claridad, por contraste, la magnífica fealdad y maldad del mundo.

Solo somos capaces de ser tiernos, misericordiosos, solidarios, justos, delicados con los demás, si hemos sentido alguna vez una necesidad o una carencia y alguien nos ha brindado si no la solución, al menos su comprensión. En definitiva, si siendo como somos imperfectos, hemos sentido que alguien nos amaba a pesar de todos nuestros defectos. Esa es la única forma de acercarse a otros que no son tan afortunados, porque si empezamos a pensar que a nosotros nos va bien porque estamos en el lado justo, no cabe duda de que a los que les va mal es porque están en el lado que no lo es, de manera que algo habrán hecho mal para haber ido a parar a ese lugar.

De todos modos, puesto que esas personas sacrificadas y solidarias dan su vida por los que no lo son tanto, no cabe duda de que están en el lado justo. Lo único malo es que no dejan lugar a la duda y por tanto el egoísmo se les cuela por las rendijas. No dejan lugar a sentir que no alcanzan la perfección y por eso mismo las imperfecciones los asaltan. Soy tan consciente de mis egoísmos y de mis imperfecciones que me es fácil reconocer en los demás las mismas debilidades de las que soy esclava. Cómo voy entonces a considerar que estoy en el lado justo, si como decía tengo un pie y casi los dos en el que no lo es.