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Se enfría la comida

La presión mediática acerca del bloqueo parlamentario de cara a la investidura se está volviendo un deporte. Para jugar a ese juego sobran las reglas. Se puede leer el pasado como mejor convenga y disparar a diestro y siniestro a discreción.

Hace apenas unos meses, la transición era algo inexistente. Algo del pasado remoto. Antediluviano. Ahora, se argumenta con las concesiones de unos y otros y sirve de ejemplo señero que se debe imitar.

La transición fue un modelo de generosidad porque de lo que se trataba era de salir de una dictadura que no había provisto más que de rencores, encubrimientos y  desprecios, al tiempo que había repartido prebendas, haciendo gala de de un sentido de la justicia poco recomendable.

Ahora, de lo que se trata, es de elegir un modelo. La ciudadanía ha dicho, reiterando, que no quiere mayorías absolutas. No quiere más hago y deshago como se me antoja. Quiere que se nos atienda, que se deje de estrujarnos, imponiendo modelos que sólo benefician a los bancos y las grandes empresas. Quiere que nos hagan caso. Que arreglen las carreteras, que den una buena cobertura sanitaria, quiere trabajo y escuelas decentes. No quiere que le cuenten más cuentos. Eso es lo que hemos dicho entre todos.

Algunos, se han dejado llevar del miedo o del clientelismo que supone la corrupción, pero eso no es dar carta blanca. Otros han preferido la ruptura, pero no tantos como para hacer tabla rasa. Otros se han quedado en un siesnoes, porque no quieren cambios bruscos y prefieren a un señor trajeado a uno en mangas de camisa, como si el hábito hiciera al monje.

Pero, si miramos bien, el centro izquierda es el que ha ganado. Pero sobre todo ha perdido la derecha cerril, a pesar de las apariencias, que siempre engañan. No es ya el momento de las concesiones, de las renuncias. Es momento de reponer, de restaurar, de convenir, de reencauzar. Pónganse ya a ello y que quien se cree el salvador de la patria, que se de cuenta de que su tiempo ha pasado. Hacer de don Tranquedo ya no le vale. La falta de cintura no se lleva y no sirve de nada bracear fingiendo que se hace deporte.

No nos obliguen a ir a decirles, con el resto de compatriotas, lo que ya les hemos dicho por duplicado. Leamos la historia del presente con espíritu profético y miren ustedes más allá de sus narices. El que se haya de ir a casa, que se vaya, y le agradeceremos ese último servicio prestado. Los que han de venir, que vengan ya, que se enfría la comida.

 

Vacíos

Alguna vez escribí acerca de la consideración del espacio. Mientras en algunas culturas el espacio es algo vacío, en otras el espacio es algo que está lleno aunque escape a nuestra percepción. El objeto que ocupa ese espacio, sin que lo percibamos, puede manifestarse o no.

En las culturas occidentales, tendemos a considerar que el espacio es algo que está vacío. Sin embargo, con mucha frecuencia, sobre todo en los espacios vacíos de palabras, se encierran muchas otras palabras no dichas que, a aquellos que carecen de sensibilidad en su capacidad de percepción, pasan desapercibidas, lo que no significa que no estén ahí como un reproche o una advertencia.

Se comenta últimamente el poder de las redes sociales que son mal empleadas por muchos con aviesas intenciones. Es cierto, y en ellas algunos se despachan a gusto, haciendo un uso, que roza lo indebido, de su libertad de expresión. Nadie ha sido capaz de señalar con claridad dónde se halla el límite que ofende, agrede o incita. Sin embargo, los que somos usuarios de esas redes agradecemos la facilidad que nos brindan para comunicarnos amigablemente con personas a las que apreciamos y que están lejos. Todavía recuerdo las dificultades de aquello que se llamaba ‘poner una conferencia’.

A pesar de agradecer esa vía de comunicación, es cierto que con frecuencia nos sentimos mal por las afirmaciones de algunos acerca de esas cuestiones sensibles que atañen a las creencias religiosas, a las ideologías políticas o a cuestiones íntimas, que algunos pensamos deberían formar parte de lo privado de cada cual y no airearse por estos medios a los que cualquiera puede tener acceso.

Pero, en los últimos tiempos, observo con cierta satisfacción el vacío que se produce tras comentarios de carácter político, religioso o sexual, que rozan ese no definido límite o lo traspasan ampliamente.  Lo que no llego a saber es si quien ha emitido sus ‘barbaridades’ haciendo un uso excesivo de su libertad, es capaz de darse cuenta de la censura que se oculta en ese vacío. Ese espacio en blanco y carente de palabras, ese silencio, ¿son suficiente reproche o habrá que explicarlo prolijamente?

No sé si el autor de afirmaciones que pueden resultar impertinentes o desabridas se hace consciente de que nadie responde a su provocación o piensa triunfante: Mi libertad los ha dejado mudos.

Me creo en el deber de aclararle que, por mi parte, no es que haya enmudecido abrumada por su ejercicio de la libertad. Mas bien es que no quiero situarme a su nivel, pues antes de llenar los vacíos con palabras, procuro ponerme en los ojos de quien pueda mirar. Lo suyo no es una victoria, pues mi silencio está lleno de reproches y acusaciones. Ojalá más de uno y más de dos sean capaces de empezar a darse cuenta de que no todos pensamos lo mismo de todo y midan más lo que creen es el ejercicio de su libertad.

Pero, en un mundo en el que triunfan social y políticamente, algunos individuos que pueden tener en su mano el control de muchos otros seres humanos y de cuyas bocas salen toda clase de  impertinencias que rayan en el mal gusto más manifiesto, me cuesta pensar que seamos capaces de volver  a un lenguaje respetuoso, tolerante y abierto a las diferencias, capaz de volverse sensible a los vacíos y silencios.

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Desnudos

Cenaba yo ayer en la ciudad de Cartagena, en un restaurante con una agradable terraza y una carta muy rica y sabrosa, disfrutando de una serena noche de verano en compañía de personas a las que quiero. Todo se presentaba propicio a una velada de esas que recuerdas al final del verano.

Hete aquí que en la mesa más cercana se sentaron tres personas; dos caballeros y una señora, todos ellos de unos setenta años bien cumplidos. Inevitablemente su conversación se mezclaba con la nuestra pues empleaban un tono bastante alto de voz, posiblemente acorde con la pérdida de audición que a veces acompaña a las personas a partir de cierta edad.

Se trataba de personas cultas que intercambiaron durante bastante rato noticias sobre sus lecturas de verano. Uno se inclinaba más por libros de ciencia, mientras otro decía haberse empeñado en releer a algunos clásicos del siglo XIX. De allí saltaron a hablar de costumbres domésticas y, mientras trasegaban buen vino, aseguraban estar cenando demasiado, pues acostumbraban a ser parcos en la última comida del día. Cosa que, por otra parte, es conveniente a personas de edad más que madura.

Así mismo parecían personas al tanto de las últimas novedades en política y dedicaron bastante tiempo a quejarse de las decisiones urbanísticas de algunos ediles locales, de las que pasaron a analizar las de otros responsables de municipios más alejados.

De pronto, apareció, en la conversación que mantenían, la decisión de cierta responsable municipal acerca de dedicar un día de la semana al baño nudista en piscinas municipales. Independientemente de lo acertado o no de la propuesta, que no es mi intención analizar aquí, parecían no estar muy de acuerdo con ella o incluso escandalizados. La cuestión quedó resuelta en cuanto uno de aquellos provectos varones exclamó: Habría que verla desnuda. Estoy por ir para verla.

Tuve que reprimir un primer impulso de volverme y decirle algo. Pero lo que más me indignó fue que la señora que les acompañaba, esposa de uno de ellos, permaneciera muda o incluso me pareció que reía la ocurrencia.

En cualquier caso, pidieron la cuenta y se marcharon al poco rato. yo me quedé con mi indignación, pero ellos se fueron desnudos, aunque no se dieran cuenta.

No es para tanto

Se consumó el Brexit. ¿A alguien le sorprende que haya ocurrido algo que parecía evidente? Nunca estuvieron del todo en la UE, así que posiblemente esto lo ponga en claro. También es posible que del United Kingdom queden dos o tres regiones inconexas, pues los irish se volverán con los irish y hasta la mona de Gibraltar se volverá la mona de La Línea.

Por otra parte, en dos años se formalizará el divorcio, con un nuevo primer ministro y de aquí a allá cualquier cosa es posible. No he visto nada más provisional que una decisión tan definitiva.

También cabe preguntarse qué pasa con el resto de los miembros. Quizá nosotros nos sentimos más europeos que los británicos, sabemos más de las instituciones europeas, nos sentimos hermanados con franceses y alemanes. Me temo que no sea así. Siempre hemos pensado que Napoleón puede volver…

Lo que sí es digno de reseñarse es que el primer ministro Cameron y eso que veranea en España haya dimitido. No se les pega nada. Ellos no se integran, no aprenden de los continentales. Siguen circulando por la izquierda cuando nosotros nos empeñamos en mantener la derecha. Posiblemente no sientan, como nosotros, que tengamos ningún vínculo ni ningún rasgo identitario en común.

En fin. Va a seguir siendo la lengua inglesa la lengua franca o quizá la deberíamos sustituir, como apunta una sabia amiga mía, por aquella lengua europea que tenga mayor número de hablantes.

Se verá. Continuará…

Ser protagonista

Con la publicación del libro de relatos ‘De la ceiba y el quetzal’ me he convertido en protagonista de múltiples eventos destinados a dar a conocer – y vender- esta pequeña obra.

Es cierto que me siento orgullosa de los resultados. De los que dependían de mí, es decir la escritura, y también del formato de presentación, es decir de la edición, que no dependía de mí. Sin embargo, este obligado ejercicio de publicidad, necesario para la difusión de la obra y para llegar al posible lector, me ha puesto en la circunstancia de escuchar numerosas versiones de quién soy yo, qué es el libro, cómo hay que leerlo o qué encierra.

Por supuesto tanto en lo que a mi persona se refiere los comentarios han sido elogiosos; se trataba de hacerme aparecer como una persona de cierto mérito, y desde luego se han centrado en las bondades literarias del contenido y su forma, de modo que las palabras de los presentadores sirvieran de acicate para los lectores.

Estoy convencida de que nadie ha falseado su papel. Todo el mundo ha hecho sus observaciones acerca de mi persona y de los relatos desde el corazón y desde su mejor hacer. Así que ningún reproche en este sentido. Los cuentos, por otra parte, están dignamente escritos, poseen ciertos logros literarios de los que soy plenamente consciente y que no voy a negar por una mal entendida modestia. No en vano, durante muchos años me he dedicado al análisis literario y algo entiendo del asunto que me permite distinguir un texto bien escrito y con cierto interés de una patochada o de algo infumable.

No obstante, sin tener la más mínima objeción ni al sistema, ni a los participantes, ni a sus palabras, siento cierta incomodidad. Me he pasado varios ratos, mientras hacía otras tareas más rutinarias, pensando en el asunto y tratando de hallar la raíz de esa incomodidad. Finalmente, creo haber llegado a ponerle nombre a la causa: Protagonismo.

Nunca me ha gustado ser el centro de atención. Nunca he querido destacar por delante de otros o brillar. Me gustaría que alguien encontrara la manera de hacer una presentación sin que yo estuviera presente. Quisiera que la obra hablara por sí sola y que nadie me preguntara si me gusta más esto o lo otro o si considero que tengo influencias de Fulano o Mengano. No quisiera que lo que he escrito se evaluara porque tengo una cierta competencia avalada por uno o más títulos universitarios. Ese libro, como otros que he escrito, tienen su propia vida. Que la vivan al margen de mí, que no se expliquen por mí, sino por ellos mismos. Como los hijos. Se lanzan al mundo para que otros ojos los evalúen, los acepten o rechacen.

Por otra parte, también me crea cierta incomodidad quedar ligada a un objeto que es lo que es y es producto de un tiempo; mientras que yo, como todo ser humano, fluyo con el propio tiempo. No estoy acabada, terminada, completa, cerrada. No soy eso que está metido en esas páginas, ni siquiera soy mi historia pasada. Aún tengo un futuro, hasta que me muera. Posiblemente me vaya convirtiendo en otra persona distinta de la que ha escrito esto; no en lo esencial, pero sí con las suficientes variaciones como para decir que soy distinta.

Como las imágenes que os pongo de dos de esas presentaciones, la autora de esto, se queda allí, pero mañana tendrá otro rostro. Ya no será igual. Cuando leáis ese libro tened presente esto: No reniego de su escritura, encontraréis muchas cosas mías en él. Pero cuando cerréis el libro, no me habréis cerrado a mí.

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En la sacristía de la iglesia de la Compañía en Caravaca de la Cruz
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En la librería Expo libro de Murcia

Las frustraciones de Narciso

Todos poseemos un cierto fondo narcisista por el que adoramos nuestra propia imagen. Por otra parte, nos recomiendan, para mantener alta la autoestima, que amemos nuestro cuerpo y nos sintamos a gusto con nuestro rostro, nuestro cabello y nuestra piel. Al mirarnos en el espejo, -nadie se mira ya en las aguas cristalinas de un río porque suelen estar contaminadas- vamos haciéndonos con la imagen propia y, ante la superficie azogada, componemos nuestra mejor expresión para ahorrarnos disgustos.

En la era de la imagen que vale más que mil palabras, sin embargo, lo que nos suele devolver nuestra propia imagen es la fotografía o el video casero y allí comienzan las frustraciones del Narciso que llevamos dentro. Esas instantáneas fijas o en movimiento nos ponen frente a una realidad que se parece poco a lo que tenemos en la cabeza como imagen propia. Más aún si no somos fotogénicos, lo que es bastante frecuente.

Algunos optamos por fotografiarnos de espaldas, otros por huir de las fotografías, los más las recortamos o las sumergimos en el fondo de un cajón o simplemente le damos ‘clic’ a  la opción ‘eliminar’.

No obstante hay momentos en los que no queda otra que enfrentarnos a la foto y que salga lo que Dios quiera. Esto me ha sucedido recientemente. Me he visto obligada en razón de la publicación de un libro mío a figurar en la solapilla; en los actos de presentación del mismo, no ha habido más remedio que dejar constancia gráfica; ha habido que publicitar la tal edición mediante la imagen de la autora; osea, la mía. Esto me ha puesto frente a la necesidad de aceptar la realidad de que la imagen que queda no es la que más me gusta de mí, que, efectivamente, no se parece en nada a la que yo creo tener, pero que sin duda alguna es la que los demás ven y eso de veras que crea un gran conflicto interno y Narciso se resiente.

Uno exclama por lo bajito ¡Dios mío! ¿esa es mi cara? ¿Yo soy así? ¡Qué horror!

De todos modos a veces las grandes tragedias se solventan gracias a la pericia de un profesional y no me refiero a la aplicación del fotoshop, sino a la presencia en la sala de un buen fotógrafo. Es el caso de mi amigo Juan Antonio Robles, titular del estudio fotográfico Imaginarte, que tiene su sede en la c/ Condestable López Dávalos, nº 15, del barrio de Vistalegre.

Todos aquellos que sientan como yo que su Narciso interior corre el riesgo de morir de angustia y frustración, que se encomienden a él, y para que no se diga que me lo invento, voy a hacer un ejercicio supremo de narcisismo colocando a continuación una serie de fotografías hechas por Juan Antonio.

Gracias amigo por salvarme el yo interior.

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Incluso con ese gesto de trompetilla de la boca mi narciso interior no se siente incómodo.

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Parece que soy especialista en hacer gestos extraños con la boca, pero no está mal la foto. Mi autoestima incólume.

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Las posturas de los pies suelen ser terribles y a pesar de ello, la cosa no queda mal.

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Juan Antonio lo intentó múltiples veces, pero en ninguna de ellas se puede decir que mi imagen fuera mala.

Por fin quedamos de acuerdo en que la siguiente es la que debía figurar en el libro

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Después de este ejercicio de egolatría, mi autoestima está por las nubes.  Gracias Juan Antonio.

 

A peor vamos

Leo en la prensa que el señor Rosell, presidente de los empresarios españoles, ha afirmado, con la convicción que le caracteriza, que ‘pretender un empleo estable de por vida es del siglo XIX’ y aunque una afirmación como esta no necesita aclaraciones, provoca, no obstante, algunas reflexiones.

No tengo ni idea de qué es lo que ha estudiado este señor ni propiamente a qué se dedica -supongo que tiene una empresa de algo, pero también el presidente de Marsans la tenía- pero doy por sentado que debe ser una persona culta y con preparación. Sin embargo, sospecho que ha olvidado aquello que se estudiaba en bachillerato, en la secundaria o en cómo se llamara cuando él lo cursó, de la Revolución industrial acaecida precisamente en el siglo XIX y por más señas iniciada en Inglaterra, luego exportada a Cataluña, de donde creo que procede el tal jefe de empresarios, y a otros lugares de este país.

La tal revolución industrial, a partir del uso de la máquina de vapor y los telares mecánicos, contribuyó a la prosperidad del Reino Unido y fue el lugar en que se emplearon muchas de las fortunas aristocráticas y otras menos, conseguidas con el botín de guerra en las Guerras napoleónicas. Si no quiere leer un libro de historia, que lea a Jane Austen en ‘Persuasión’. Los terratenientes catalanes pasaron de la agricultura y las grandes fincas, conseguidas por medio del sistema de mayorazgos y de matrimonios de conveniencia (el hereu y la pubilla) a invertir en esos artilugios y en el ferrocarril, aumentando así sus fortunas y consiguiendo crear una nueva clase social; la burguesía, de la que probablemente procede el señor Rosell, de cuya ascendencia y vida no sé nada ni me importa. (Como eso lo debe conocer de primera mano, no le digo que lea ‘El viudo Rius’.)

Todo este movimiento del siglo XIX dio lugar a una clase obrera, desplazada de un campo que no daba mucho para vivir, si no se era propietario de la tierra, a las ciudades y que contribuyó con su trabajo ‘de por vida’ a la prosperidad de los nuevos amos, que venían a ser los mismos, solo que reciclados en industriales.

Cuando esa mano de obra se dio cuenta de lo insalubre de sus trabajos, de los horarios sin límites y de la explotación a la que estaban sometidos, iniciaron sus huelgas, piquetes y sindicatos para defender una vida de trabajo duro, pero más digno. Me temo que el señor Rosell, además de olvidar lo que aprendió en la escuela, no ha leído jamás a Elizabeth Gaskell, la autora británica del siglo XIX de la grandiosa novela ‘Norte y Sur’, y debería. Porque en ella, con la excusa de  una historia de amor encantadora,  se cuenta la realidad de las fábricas de tejidos de algodón en una ciudad ficticia pero que es un trasunto de Manchester. Se cuenta también la lucha obrera y la honradez de algunos empresarios, frente al afán de lucro desmedido de otros que optan por la especulación.

Claro, cuando se ha olvidado la historia, de dónde venimos y que la falta de vergüenza hace mucho que se inventó, cuando además se lee poco, se dicen patochadas de ese calibre, despreciando los esfuerzos de muchas personas que se dejaron la vida por conseguir para ellos mismos, sus compañeros y descendientes, un trabajo justo, estable, remunerado equitativamente y que permitiera una vida digna, y se pone de ejemplo obsoleto un gran siglo que sentó las bases del sistema laboral que ha estado vigente durante todo el siglo XX, alcanzando, hasta este primer cuarto del siglo XXI, cotas de justicia y equidad no igualadas antes y que, en este momento, están a punto de ser dinamitadas por personas incultas como este señor.

Citando otra cuestión, también datada en el siglo XIX, le recomiendo al señor Rosell que haga un hueco entre sus múltiples compromisos y vea una película denominada ‘El caso Winslow’ en donde un personaje dice: No se trata de hacer justicia, sino ‘lo justo’. Es decir, hacer a los demás lo que es justo.

El lado justo

Desde hace algún tiempo vengo reflexionando sobre cómo tomamos posiciones en la vida. Desde ese lugar estratégico que hemos considerado el nuestro propio e indiscutible, observamos la realidad que nos circunda, la evaluamos y, sin dudarlo un instante, emitimos nuestros análisis y conclusiones acerca de ella.

Hace años que trabajo en acciones solidarias y ello podría haberme dado pie para colocarme en el lado justo. Es decir, eso podría haberme llevado a considerar que, efectivamente, soy una persona solidaria, comprometida con las necesidades de los marginados, sacrificada y generosa que es capaz de gastar su tiempo, dinero y esfuerzo en esas acciones de apoyo a aquellos que son, sin méritos especiales, ni defectos mayores, menos merecedores que yo en lo que llamamos suerte en la vida.

Sin embargo, precisamente porque me dedico a esas tareas, tengo ocasión de codearme con otras personas que son mucho más solidarias que yo. Pues si bien suelo entregar parte de mi tiempo, no lo entrego todo como ellas; si doy mi dinero, no lo entrego todo y si me esfuerzo, diversifico mi dedicación dejando algo de mi energía para otros menesteres. De manera que me encuentro en medio de personas que son mucho más sacrificadas de lo que yo lo seré nunca y, por ello, veo cuán relativo es mi esfuerzo, cuán relativa es mi solidaridad. Eso me impide considerar que estoy en el lado justo de la vida. Más bien me veo a mí misma con un pie apoyado en el territorio de la generosidad y otro puesto en el del egoísmo. Con un ojo que mira al marginado y con otro que mira a mis propios intereses. De manera que soy afortunada. Esta cuestión evita que emita juicios sobre lo que me rodea, cargada de razón acerca de la bondad o maldad del mundo y de sus causas.

No obstante, lo que más me anima a seguir en ese terreno ambiguo y junto a esa lábil frontera entre lo justo y lo injusto, lo desprendido y lo interesado, lo generoso y lo egoísta, es precisamente la existencia de personas que se consideran a sí mismas como formando parte integrante del mundo justo o incluso siendo la esencia o la materia de la que está hecho ese mundo justo. Esa realidad que viven de total entrega, de sacrificio en donde no se cuela ni un solo interés personal, ni un solo vicio egoísta, de renuncias sin término y de virtud acendrada constituye un riesgo mayúsculo del que no son conscientes.

Porque en el total convencimiento de su perfección y virtud, de que en sus vidas no alienta ni el más mínimo deseo egoísta, es precisamente donde está perdido irremediablemente el sentido crítico sobre las propias posiciones y acciones y eso las torna personas cargadas de prejuicios que, carentes de toda misericordia e incapaces de detenerse en los matices, solo contemplan las circunstancias que las rodean desde su atalaya de perfección y en consecuencia observan con inmensa claridad, por contraste, la magnífica fealdad y maldad del mundo.

Solo somos capaces de ser tiernos, misericordiosos, solidarios, justos, delicados con los demás, si hemos sentido alguna vez una necesidad o una carencia y alguien nos ha brindado si no la solución, al menos su comprensión. En definitiva, si siendo como somos imperfectos, hemos sentido que alguien nos amaba a pesar de todos nuestros defectos. Esa es la única forma de acercarse a otros que no son tan afortunados, porque si empezamos a pensar que a nosotros nos va bien porque estamos en el lado justo, no cabe duda de que a los que les va mal es porque están en el lado que no lo es, de manera que algo habrán hecho mal para haber ido a parar a ese lugar.

De todos modos, puesto que esas personas sacrificadas y solidarias dan su vida por los que no lo son tanto, no cabe duda de que están en el lado justo. Lo único malo es que no dejan lugar a la duda y por tanto el egoísmo se les cuela por las rendijas. No dejan lugar a sentir que no alcanzan la perfección y por eso mismo las imperfecciones los asaltan. Soy tan consciente de mis egoísmos y de mis imperfecciones que me es fácil reconocer en los demás las mismas debilidades de las que soy esclava. Cómo voy entonces a considerar que estoy en el lado justo, si como decía tengo un pie y casi los dos en el que no lo es.

 

Plumas al viento

Cuando éramos niños y nos llevaban y traían a las celebraciones religiosas, por estas fechas de los inicios de la Cuaresma, solían dedicarnos unas sesiones de lo que llamaban ‘ejercicios espirituales’.

Estos ejercicios eran un reto a nuestros temores infantiles. En ellos solían contarnos terribles historias infernales -de las de irse al Infierno- a causa de los terribles pecados mortales; mentiras, desobediencias varias, malas palabras y otras graves ofensas, primero a los adultos y por ende a Dios, nos podían acarrear las penas del infierno que eran descritas con todo lujo de detalles. De todos aquellos terrores y amenazas sólo una historia se me quedó grabada.

Una señora iba a confesarse y contaba que había difamado a una persona, aireando una debilidad que la tal persona no padecía. El astuto clérigo que la confesaba le dijo que cogiera un almohadón de pluma, que lo descosiera y que la próxima vez que fuera a la iglesia, fuera arrojando las plumas al viento. Así los hizo la feligresa por aquello de cumplir la penitencia. Cuando regresó al confesionario, el clérigo le preguntó y ella respondió afirmativamente. Entonces él le dijo: Pues ahora vuelva usted por el mismo camino y recoja las plumas. Pero, padre -replicó ella- eso es imposible, se las habrá llevado el viento quién sabe dónde. El clérigo añadió: ¿Se da cuenta de que una calumnia es muy difícil de reparar?

¿A qué viene esta remembranza ahora? Pues viene a cuento de que gracias a Dios ya no nos interesa ese Dios amenazador con que nos educaron. Hemos descubierto que Dios es amor y misericordia, que nos perdona siempre; setenta veces siete. Que no lleva cuenta de nuestras faltas y además, es muy probable que no exista el infierno.

Quizá por ello la calumnia es casi un deporte. En los chats, en las páginas de las redes sociales, en todas partes te vas encontrando esos mensajes que no han de superar un número determinado de caracteres y que ponen a caer de un burro a cualquiera. En algunos casos, la persona calumniada no lo es porque es un ‘investigado’ cualquiera y sospechamos, a pesar de lo de la presunción de inocencia, que no es tan inocente o simplemente consideramos que la tal presunción es tan presunta como el individuo mismo. Pero en muchas ocasiones son simples afirmaciones que sin argumento de autoridad se hacen pasar por verdades verdaderas e irrefutables. Yo esto lo sé de buena tinta. Mi familia conocía a la suya. Un cuñado mío tenía la oficina enfrente de la suya, etc., etc., suelen ser frases que acompañan a esas afirmaciones de las tropelías de este o aquella. La gente las corta y pega y las reproduce en sus muros, simplemente por hacer la gracieta, por aparecer como muy informados. Así que las redes sociales y nuestros dispositivos electrónicos están llenos de plumas sueltas que se mecen al viento de las ondas que las transportan.

Menos mal que esto es simplemente libertad de opinión y manifestación y ya no creemos en las calumnias.

Estoy más que harta de esta práctica y no porque sea un poco beatona y meapilas, sino porque estamos a merced de las malas lenguas gratuitas que se expanden como reguero de pólvora por esta modernidad de difundir lo primero que se nos viene a la tecla.

Balances

No se por qué este año me resistía yo a hacer balances de lo ocurrido a lo largo de 2015. Creo que, tras darle muchas vueltas a la cabeza, he dado con la razón. Este año me estaba pareciendo lo suficientemente horrible como para querer olvidarlo.

De lo pequeño a lo grande, en marzo me rompí el menisco de la rodilla izquierda. Como  esas cosas traen cola, tuve que oír en boca del traumatólogo esa ordinariez de : Señora, a su edad es mejor no operar. Por si fuera poco, dos meses después se desdijo y me quería operar inmediatamente, eso sí, sin asegurarme un resultado mejor que el que ya tenía con el tal cartílago hecho polvo.

Pasando a cosas verdaderamente importantes, mi hijo volvió a quedarse en paro y pasaron los meses sin que se encendiera ninguna luz. Cuando ya parecía que la cosa se ponía ‘color de hormiga’, que dicen en Centroamérica, resultó que al muchacho lo contrataron -le acaban de renovar el contrato y está a gusto en lo que hace- y su mujer sacó las oposiciones y tiene plaza de año completo como interina. Por supuesto te das con un canto en los dientes en una situación como esa, cuando hay más de trescientas plazas sin cubrir de su especialidad y solo convocan tres. Bien. La cosa se empezó a apañar hacia el verano. Nos fuimos de vacaciones y todo parecía rodar.

Claro, en lo que a los de casa respecta, porque por ahí las cosas siguen de mal en peor; la guerra de Siria y Yemen, los saudíes queriendo ser los más altos y rubios de la zona, cuando los iraníes ya empiezan a ocupar su lugar; los terroristas que unos y otros financian masacrando gente o echándola de sus casas; los que vagan por las fronteras sin poder atravesar vallas y encontrar un lugar en el mundo; los ‘patriotas’ que defienden ‘lo suyo’ y no quieren mezclarse con nadie; los mafiosos que se aprovechan de la desesperación negociando con la muerte de los ahogados mayores y pequeños. En fin un panorama tan terrible que hasta te da vergüenza pensar en lo bien que te va a ti.

Pero si uno mira a casa, este lugar de la democracia recuperada con tanto esfuerzo, resulta que unos se quieren marchar sin contar con lo que opina la mayoría e imponen sus mediocres aspiraciones. Digo mediocres por no decir algo más gordo; pues se trata de visiones pueblerinas, encubridoras de cosas mayores y despectivas hacia la verdadera democracia y la noble política. Si sigue una mirando va y llega a las elecciones generales donde resulta que unos, según los otros, tienen discursos populistas, cuando lo que tienen son discursos antiguos cargados de utopías que no se llevan a cabo jamás por la fuerza del ‘aparato’ y por las ambiciones de muchos. Mientras que los de siempre se enzarzan para ver quien es califa en lugar del califa o simplemente se vuelven de pìedra y ni pestañean repitiendo mantras; la ley, la constitución, la estabilidad, la gobernabilidad, la confianza de los mercados… Una pesadez. Mas de ello se infiere que la democracia les importa un bledo, que cada cual está allá para hacer su juego, medrar, sacar provecho, situarse y cortar el bacalao y a los votantes que nos vayan dando santa paciencia para soportarlo. Pero uno se consuela pensando que las cosas en casa no van tan mal.

Llega el año nuevo y pensamos que todo cambiará, pero nos asaltan con las trucadas cifras del paro, con las de la violencia de género (la gota de sangre que no cesa), con los delirios de grandeza de los que experimentan con armas nucleares, con las insolencias y provocaciones de los poseedores de la verdad (da igual que sea religiosa como laica y progresista, según dicen) y uno se da cuenta de que el demonio sigue meneando el rabo, de que la demencia anda suelta y comprende entonces por qué no quería hacer balance. Un sexto sentido le decía al oído: Déjalo, esto no tiene arreglo. Para qué hacer cuentas de lo bueno y lo malo, cuando esto último siempre gana, con métodos tan viejos como aferrarse al poder, como querer borrar físicamente al otro.

Siempre he sido optimista y esperanzada, de manera que aún entre tanta tiniebla soy capaz de ver una luz. Ya en otro lugar de esta web he hablado de la generosidad y confianza de personas hasta ayer desconocidas y que hoy nos apoyan y se solidarizan. Señores, aún hay esperanza. La pena es que los buenos, los generosos, los solidarios no sean noticia.