Archivo por días: 3 enero, 2014

Estado de conciencia

Cuando quienes rigen un estado sustituyen la conciencia ciudadana por su propia conciencia, por muy ‘moral’ que esta sea, infantilizan a los habitantes de ese país, traicionan la democracia y convierten al estado en un ‘estado de conciencia’.

Quien sustituye a la conciencia ajena y se apropia de ella debe, necesariamente, hacerlo en todos los  terrenos, de modo que ya no puede exigir a sus conciudadanos que se hagan responsables de nada. Más bien deberá comportarse con ellos de manera paternalista y providente, pues para ello los ha convertido en menores de edad.

Dios hizo libre al hombre. Para que ejerciera su libertad, lo dotó de conciencia. Nadie tiene derecho a sustituir la conciencia del hombre. No hay razón moral ni de orden que permita a nadie, y menos al gobierno de un estado, apropiarse de algo que es inherente al ser humano y que ni Dios le niega.

¿Qué clase de prepotencia, casi ‘divina’, es la que ha aconsejado a nuestros gobernantes que se adueñaran de nuestras conciencias y decidieran lo que es bueno o malo?

Dios nos dio la libertad, dotándonos de conciencia, y, ante nuestras transgresiones, se mostró y se muestra misericordioso.  De ahí que quien se adueña de la conciencia de los demás deje de ser, de manera casi automática, misericordioso y se convierte en un ‘dios’ al que le falta por supuesto el carácter humano, pero también y sobre todo misericordia.

Si se llevara hasta el extremo lo que muchos defienden como derecho a la vida, no se podría defender ninguna clase de violencia como la pena de muerte, las guerras y la opresión.  Por eso es tan falaz la defensa del no nacido y demuestra muy poca misericordia hacia quienes haciendo uso de su libertad cometen el error de anular un proyecto de vida humana. Pero nadie es ni puede ser el dueño de las conciencias.

Los moralistas de verdad eran unos maestros de la casuística y no eran capaces de hacer tabla rasa de todo, decidiendo sin matices qué es bueno y qué es malo. Los supuestos moralistas que han redactado esa ley del aborto no son sino unos imitadores mediocres de quienes defienden la moral y la ética.

Así pues, no vivimos en un estado de derecho, sino en un estado de conciencia y ese camino es sumamente peligroso.