Archivo por meses: septiembre 2014

Serie Siciliana 3. Los griegos

El templo dórico inacabado de Segesta
El templo dórico inacabado de Segesta

Los griegos tomaron la isla de Sicilia como uno más de los territorios de su expansión. No sólo en los tiempos modernos hay pueblos que se ven abocados a emigrar, a establecerse en otros lugares y a buscarse la vida en espacios que procuran se parezcan lo más posible a sus lugares de origen. En l antigüedad este era un fenómeno corriente. Por el empuje de otros pueblos, por el crecimiento demográfico, por cataclismos, por simple afán de aventuras o buenamente porque uno no era capaz de erigirse en jefe en su tierra, uno se tiraba al mar o cruzaba desiertos, llevando consigo a su familia, sus bienes o sus ansias de mejorar y, con todo ello, se llevaba su cultura.

Allá donde llegaban esos emigrados, en este caso los griegos en Sicilia, se pusieron a construir ciudades y en ellas sin dudarlo grandes templos a sus propios dioses; unos los concluyeron, otros los dejaron a medias y otros, quienes los siguieron, los convirtieron en iglesias y gracias a eso se conservaron incluso con sus paredes interiores. Otros, recuperada la paganidad a fuerza de Ilustración, les devolvieron su carácter pagano para que siguieran siendo admirados por siglos.

Los griegos que no hallaron piedras duras, ni mármoles, se conformaron con una dorada arenisca que cubrieron de estuco blanco para que pareciera más noble e impresionara a los nativos. Sobre ese color marmóreo fingido, debieron añadir sus azules, sus rojos y verdes y desde luego dejaron bocquiabiertos no sólo a sus coetáneos autóctonos sino que provocaron a otros, piratas o simplemente nuevos inmigrantes, a que saquearan las piedras, convencidos de que aquel esplendor debía valer mucho.

Pero no siempre arribaron foráneos que se dedicaban a llevarse lo que encontraban o darle un nuevo uso, más acorde con sus modernidades respectivas, sino que también llegó algún extranjero, como Alexander Hardcastle, rico muy rico, que decidió construirse una villa en Agrigento, para con su propio dinero restaurar lo que quedaba de todo aquel esplendor del pasado. Lástima de que a aquel gran hombre le pillara el hundimiento de la Bolsa de 1929. Pero aún así creó conciencia y el sitio sigue siendo restaurado y mantenido.

En un paisaje de suaves colinas, de olivos, almendros y chumberas que se derraman hacia el azul del mar, están Selinunte, con su templo inacabado y solitario, Segesta, con sus múltiples templos en proceso de restauración y Agrigento, con su playa llena de sombrillas y sus atlantes de piedra, ahora echando la siesta, después de que un terremoto los dejara sin el oficio de sostener un impresionante templo.

Quedan restos en medio de esas piedras del siglo V a.C. de los que pisaron por allá antes y después, fenicios, romanos, bizantinos y otros, como los Borbones que ilustrados decidieron desacralizar alguna de las iglesias en que se habían convertido los templos dóricos.

Sin embargo, en Siracusa, ciudad asombrosa en sí misma y que merecerá capítulo propio, todavía vemos que en una de sus iglesias, la catedral dedicada a Sta. Lucía, aún se conserva en medio de altares e incensarios la huella del viejo templo griego.

A cada paso, Sicilia se muestra más y más como de una belleza apabullante, cargada de historia y del paso de distintos pueblos. ¡Qué diferente la llegada de los inmigrantes de hoy a sus costas o a las de sus islas como la tristemente célebre Lampedusa! Hemos perdido bastante del espíritu de acogida que enriquece a los que llegan y a los que ya están, dejando rastro de su gloria por siglos.


 

 

La playa desde las ruinas de Selinunte
La playa desde las ruinas de Selinunte
Selinunte
Selinunte
Se atisba el mar desde las columnas de Selinunte
Se atisba el mar desde las columnas de Selinunte
Otro de los magníficos templos de Selinunte
Otro de los magníficos templos de Selinunte
Aquí la chumbera con templo
Aquí la chumbera con templo
La muralla de Agrigento, horadada para convertirla en sepulcro bizantino, luego saqueado por piratas. Cada uno a lo suyo.
La muralla de Agrigento, horadada para convertirla en sepulcro bizantino, luego saqueado por piratas. Cada uno a lo suyo.
Templo mayor en Agrigento
Templo mayor en Agrigento
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La villa de Alexander Hardscastle en Agrigento
El atlante del Templo de Zeus
El atlante del Templo de Zeus
La ciudad nueva en un cerro frontero
La ciudad nueva en un cerro frontero
Templo griego de Siracusa, hoy Catedral de Sta Lucía
Templo griego de Siracusa, hoy Catedral de Sta Lucía
Las paredes de la iglesia han preservado las columnas dóricas que siguen soportando el edificio, del mismo modo que la antigua cella marca la división en naves
Las paredes de la iglesia han preservado las columnas dóricas que siguen soportando el edificio, del mismo modo que la antigua cella marca la división en naves
La fachada barroca enmascara al templo griego en Siracusa
La fachada barroca enmascara al templo griego en Siracusa
Las columnas dóricas se movieron en un terremoto, pero ahí siguen
Las columnas dóricas se movieron en un terremoto, pero ahí siguen

 

 

Serie Siciliana 2

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Claustro
Claustro
Detalle de las columnas
Detalle de las columnas
Ábside central
Ábside central
Fuente del claustro
Fuente del claustro
Nave central
Nave central

Hay muchas razones para que una visita a Sicilia merezca la pena. Una de ellas es ir a ver Monreale. La Catedral de este pequeño pueblo situado en lo alto de una colina que domina un precioso valle es obra de un gran soberano del siglo XII-XIII.

En la capital, Palermo, también mandó construir una capilla real, palatina, que enriquecieron sus descendientes y modificaron a conveniencia los que vinieron tras ellos.

Estas piezas, como La Martorana de la que tenéis un ejemplo en la entrega anterior, pertenecen al arte denominado árabe-normando, que es más bien una mezcla de románico, bizantino y omeya, probablemente construido por artesanos y artistas del medio oriente para estos reyes normandos que se instalaron en ese lugar para defender a la cristiandad y expulsar al ‘infiel’, pero que en realidad fueron más listos que todo eso, mezclando en lugar de excluir.

Unas cuantas imágenes no dan idea de la magnificencia de estas iglesias. Sus programas iconográficos son de gran perfección y una Biblia en mosaico. Se puede seguir la vida de Noé o la de Abraham, sin esfuerzo o la de Jesús y la de alguno de los Apóstoles o San Pablo. No sé si las nuevas generaciones las entenderán, porque poca o ninguna Historia Sagrada conocen. Si la Iglesia, en vez de perder el tiempo con cosas que a nadie importan, se hubiera ocupado de transmitir su legado de conocimiento y simbolismo, probablemente a más de uno le parecería útil su presencia como parte fundamental de la cultura. Pero, no es esto a lo que íbamos. Monreale y la capilla palatina de Palermo merecen la pena, aunque uno no sepa nada de Biblia.

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Patio interior de la capilla palatina
Patio interior de la capilla palatina
Abside central
Abside central
Reservado real
Reservado real
Artesonado
Artesonado
Bautismo de San Pablo
Bautismo de San Pablo
Vista interior de la capilla palatina
Vista interior de la capilla palatina

Serie Siciliana 1

Interior de San Cataldo
Interior de San Cataldo

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Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen (Martorana)
Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen (Martorana)
Cupulillas de San Cataldo
Cupulillas de San Cataldo

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Cúpulas de san Cataldo
Cúpulas de san Cataldo
La plaza Pretoria
La plaza Pretoria
Interior del teatro Massimo
Interior del teatro Massimo
Conjunto de San Cataldo y La Martorana
Conjunto de San Cataldo y La Martorana
Interior de La Martorana
Interior de La Martorana
La Martorana. Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen
La Martorana. Jorge de Antioquía a los pies de la Virgen
El agobiante interior barroco de Gesú
El agobiante interior barroco de Gesú
Exterior de Gesú
Exterior de Gesú
Antepalco del teatro Massimo
Antepalco del teatro Massimo
Coro barroco de La Martorana
Coro barroco de La Martorana
Cúpula central de La Martorana
Cúpula central de La Martorana

La visita a Sicilia ha sido agotadora, no tanto por el calor y la dura vida del turista, como por la cantidad de cosas para ver. Si quiero que los que leéis estas páginas os hagáis una idea de lo que allí hay, no queda otro remedio que hacer una visita por entregas.

Como preliminares puedo decir varias cosas: En primer lugar que la naturaleza de la isla y sus mares correspondientes, todos ellos parte del Mediterráneo, pero con sus nombres propios, son hermosísimos. Hay playas y acantilados, riadas de lava que se derraman sólidas en el agua salada, bosques, llanuras, colinas y altos montes, plantaciones de olivos, de vides y almendros, villas perdidas en la espesura, ciudades en lo alto y al borde del mar y un volcán. En segundo lugar que hay vestigios de múltiples civilizaciones; griegos, fenicios, romanos, bizantinos, normandos, árabes y de todos ellos salen los sicilianos. Hay derroches de barroco y del arte árabe-normando. Villas romanas como no hay en otros lugares del gran imperio. En tercer lugar, unos vinos muy agradables, unas comidas sabrosas y bien aderezadas, unos helados superiores y un pescado muy rico.

Palermo es una ciudad, como muchas, con un gran puerto que pasa casi desapercibido. Con callejuelas pobladas de palacios ruinosos, pero que conservan en sus ajadas fachadas restos de su esplendor, con avenidas cuajadas de  tiendas de marcas, cuyos precios son un insulto al salario mínimo y la austeridad, y sus productos son idénticos a esas copias hechas en China y que se venden en los mercadillos. Tiene un par de teatros pretenciosos, varias plazas y jardines con estatuas de Verdi y Bellini, por supuesto también de Garibaldi, ya a pie, ya a caballo. Un sinnúmero de iglesias a cual más barroca, como las de los teatinos, el Gesú o maravillas como La Martorana y su adjunta la iglesia de San Cataldo. Tiene una catedral, hermosa por fuera y como despojada por dentro, pero con un precioso meridiano que marca, con un rayo de sol que a propósito se cuela por una de las cúpulas, los signos del zodíaco.

El tráfico es caótico, como en casi cualquier lugar de Italia, pero uno se acostumbra a todo. Las puestas de sol son doradas y la ciudad, pintada de ocre, rojo y construida en arenisca, se vuelve de oro al amanecer y al atardecer. Tiene una gran puerta, construida por Carlos V y una gran Capilla palatina de los reyes normandos.

Es una ciudad digna de verse, aunque a mí me haya decepcionado un poco, en parte por el comercio ostentoso y en parte por lo ajado del resto.

Seguiremos hablando de Sicilia.