Archivo por días: 15 diciembre, 2014

Don Quijote light

A bombo y platillo se publicita una versión recortada de Don Quijote como modo de estimular a los jóvenes a que lean una de las mayores obras de la literatura universal.

Este fenómeno se repite de vez en cuando. Versiones para niños y adolescentes de la Biblia y de otras grandes obras, versiones con un ‘pachum-pachúm’ de fondo para vulgarizar la música clásica o aligerar la ópera.

Seamos un poco serios. Los niños deben empezar por leer lo que sea adecuado para cada edad y hay cientos de libros así con ilustraciones maravillosas. También hay piezas musicales, como los ballets y otras (la sinfonía de los juguetes, por ejemplo) que sirven perfectamente al fin de animar a oír música culta.

En una casa donde los padres leen y compran libros para sus hijos, donde escuchan música o los llevan a conciertos o tocan algún instrumento, ahí es donde se genera el buen lector y el buen auditor de música.

El Quijote es una gran novela renacentista que pretende, según los expertos, reconstruir una narración medieval de caballerías. Ese género, como tantas obras medievales, está lleno de digresiones, de pérdidas aparentes del hilo conductor, de escapes colaterales que no sólo sirven para enriquecer el texto, sino que muestran la mayor parte de las veces la erudición del autor. Esa erudición se cuela en nuestro conocimiento de manera suave, como en un juego, abriendo perspectivas múltiples, sin que nada de ello nos haga perder el interés por el meollo de la obra.

Leer un Quijote mutilado es como saltarse las páginas de descripciones prolijas para llegar al final del libro y saber quién se casa con quién o quién es el asesino.

La lectura compleja ejercita la paciencia, el gusto por lo prescindible y el detalle. Si el señor Dickens hubiera recortado sus historias para ir sólo a lo esencial, sin perderse en explicaciones o análisis de su época, probablemente los Papeles póstumos del Club Pickwick se habría reducido a unas veinte páginas insulsas y no sería hoy el equivalente al don Quijote en versión inglesa del siglo XIX.

En el mundo de las prisas y la rentabilidad, leer una novela de más de ciento cincuenta páginas es casi un desafío. ¿Por qué no presentarles a los adolescentes ese reto, en lugar de darles una versión light?

Hoy que todo ha de ser de ahora para ahora, posiblemente sea un buen ejercicio de aprendizaje conseguir que los muchachos empleen más de una hora al día en leer capítulo tras capítulo de la vida y peripecias de ese hidalgo aventurero que pone en solfa a todos los estamentos de su época.

Quizá de lo que se trata es de que no descubran, con esfuerzo, que hay que ser diferente, que hay que ser utópico, que hay que ser rebelde y no perder el aliento en el empeño.

No me gustan las versiones edulcoradas, mutiladas y reconstruidas. Lo siento, pero no recomendaré esa lectura. Tampoco lo haré con las versiones infantiles de las Mil y una noches, aunque algunos de sus pasajes sean plúmbeos, ni eliminaré de la Biblia aquello que no resulte políticamente correcto, como la violencia o los incestos. No. Me niego. Pero consentir en que las cosas se lean como fueron escritas necesita de contextualización, de seguimiento, de aclaraciones y de enseñanzas. Si no estamos dispuestos a guiar a nuestros hijos y a educarlos, entonces, dadles al menos un Quijote amañado. Menos es nada.