Archivo por días: 19 marzo, 2015

De 1800 a 1900

 

En nuestra visita a Boca del Drago, ese maravilloso paraíso poblado de palmeras, playas de aguas cristalinas y estrellas de mar que se tocan con la mano, dimos un paseo hasta un antiguo cementerio hoy abandonado.

Apenas se distinguen las tumbas entre la maleza y la sombra de los árboles. Algunas orgullosas lápidas se resisten aún a ceder y deshacerse sobre el inundado suelo, como la que recuerda que allí están los restos de un llamado Manuel Iglesia de León que falleció hacia 1886.

Es un lugar silencioso, sombreado y ubicado entre el caminito que serpentea y la orilla del mar. Un lugar perfecto para quedarse para toda la eternidad, si no fuera porque el olvido ha arrasado con él. Quiénes fueran los parientes de aquellos que allí están y que se tomaron la molestia de erigir lápidas altas y adornadas, nadie lo recuerda y, posiblemente, sus descendientes de hoy, si es que existen, tampoco conservan memoria de sus antepasados que quedaron en aquella punta de la isla de Colón.

Unos extraños, movidos más por la curiosidad o la nostalgia de estar lejos de casa, son los que se llevan una foto de la lápida, en su breve paso por el lugar. Es más tal vez un souvenir como tantos otros que ternura o memoria por los que allí pasaron y dejaron su vida. Quién sabe. Pero queda en el alma un poso de tristeza, al hacernos conscientes de que un día pasaremos y es posible que nadie haga memoria de nosotros. Quizá nuestro mausoleo se cubra de hierba y de líquenes, como estos, y apenas se puedan leer nuestros nombres sobre la piedra, si es que alguna alma piadosa nos pone una placa encima de nuestros restos. También puede que un turista despistado pase al borde de nuestra tumba y se lleve una fotografía de la ruina de nuestra ruina. Gloria a él y buenos pensamientos, pues, al menos, tuvo el gesto de entretenerse en saber cuál era nuestro nombre y cuándo estuvimos por última vez entre los vivos.

Del resto de las tumbas sólo queda un rastro húmedo, donde florecen miles de plantas de lirio y serpean las culebras. A los que bajo las flores duermen esperando la resurrección de la carne y la vida perdurable, un recuerdo silencioso y dulce de parte de unos corazones viajeros que, más pronto o más tarde, los encontrarán en algún recodo del cielo igual de hermoso que el recodo del sendero donde duermen olvidados con el arrullo del mar, desde 1800 a 1900.

La lápida de Don Manuel
La lápida de Don Manuel