Archivo por meses: abril 2015

Secundino Aldana Marroquín

La tarde iba vencida y el sol se dejaba caer poco a poco por detrás de los volcanes, inundando con su luz dorada el valle de tierras oscuras. El camino serpenteaba blanco entre los campos aún baldíos o a medio sembrar. No había llovido. Algunos campesinos se habían arriesgado a echar la simiente y ahora miraban preocupados al cielo porque, si no caía buena agua pronto, las incipientes matitas de milpa se agostarían y un año más la cosecha sería pobre e insuficiente.

Secundino seguía como sonámbulo la vena blanca del sendero con su azadón al hombro, su sombrero de ala ancha terciado y el machete colgando del cinto, como cada atardecer. Venía de vigilar su campo recién sembrado; aquel que había heredado de su madre, lejos de la aldea. En cualquier caso, pensaba, es mejor tener ese campo, aunque esté lejos, que no tener nada. Claro que si no llega pronto la lluvia, no habrá qué comer el año próximo.

Su padre le había dejado un telar que él había modernizado, usando los restos de una vieja bicicleta y así, convirtiendo lo que era una hiladora manual en una máquina que se manejaba con los pies más cómodamente, el hilado era más rápido. Las telas tenían buena salida. Era un trabajo laborioso, pues había que deshacer las madejas de algodón, teñirlas, estirarlas, después que se secaran tendidas al sol, volverlas a armar, y luego darle y darle al telar para ir componiendo el jaspe. Con ese trabajo y las ventas, visitando todos los mercados semanales hasta de cuarenta kilómetros a la redonda, había ido sacando a su familia adelante. Doña Odilia de León, su esposa, era una mujer muy fértil y como él era muy macho, cada año tenían un nuevo hijo; ya iban por seis güiras y tres gallitos y la de tortillas y frijoles que son capaces de comer cuando les salen los dientes.

Ahora, sin embargo, la cosa estaba algo floja. El algodón que venía de los Estados se había puesto por las nubes, con lo que las telas o las bajaba de calidad –y eso nunca- o cobraba las ocho varas de un corte tradicional por el sueldo de un mes. Poca gente podía pagarlo. Secundino se regresaba de los mercados casi con las mismas piezas que había llevado.

Así que no le quedaba de otra que andar más de media legua para ir al campo de la su madre, doña Chonita Marroquín, ya difunta, a sembrar media de papas y media de frijoles, más una esquinita de milpa, para asegurarse que habría de comer para todos los patojos.

Doña Odilia para ayudar se dedicaba a criar unas gallinitas de patio que podía vender de vez en cuando por sesenta quetzales. También hacía tortillas para llevar los sábados al mercado, pero cuando no se las robaba el gato, se las robaban los patojos que tenían una buena gana condenada.

Secundino se decía para sus adentro, si mi papá me viera convertido en labrador a la fuerza, igual se moría del susto, pues él siempre había presumido de no necesitar el campito miserable de su santa esposa y de los Marroquines, y de ser un artesano como los antiguos y mejor. La vida cambia y no para bueno. En tiempos de mi papá llovía como Dios ha dispuesto, seis meses al año. Pero ahora, con los tiempos modernos y los adelantos, ya ni Dios consigue que lo natural funcione. Tantos aviones rompiendo nubes, tanto humo de las ciudades, tantos carros haciendo temblar la tierra, cómo va a llover si el mundo se está desconcertando. Seguía caminando con estos pensamientos oscuros como la tierra que lo rodeaba.

Al llegar a la casa, día tras día, se sacudía el polvo del camino, se quitaba la camisa y se lavaba en la pila en donde doña Odilia almacenaba el agua que llegaba en un chorrito un par de horas cada mañana. Luego se sentaba en su banqueta de tiras de plástico y hierro y se comía en silencio la tortilla rellena de carne molida y chile picadito o con un simple huevo estrellado, según estuviera la cosa.

Aquella tarde, Doña Odilia, fingiendo echar algo de grano a las gallinas, lo observaba y le daba vueltas en su cabeza a un asunto que había oído en el mercado y que no sabía cómo plantearle a su esposo. Esperaría a la noche, pues el hombre prendía la radio, escuchaba marimba y los resultados del futból, se tomaba su atol a grandes sorbos y se ponía de buen humor si los chivos les sacaban ventaja en el partido a los cremas. Ese sería el momento; un tres por uno sería suficiente para que estuviera contento y se le pudiera compartir la idea que ella había tenido.

Pasó un día y otro y los chivos siempre tenían lesiones o el árbitro los fundía con sus decisiones. Parecía que nunca iban a sacar un tres por uno. Pero llegó un sábado feliz en que le dieron paliza a los de Malacatán; cuatro por cero. Esa era la ocasión. Doña Odilia le platicó el asunto.

La doña Anita, la de la granja de los coches, tiene un su sobrino que lleva y trae camiones de los Estados. Iba con un su compañero que se quebró una patica y ahora no puede hacer el viaje hasta Carolina del Norte, porque sólo no se atreve. Son muchas millas y muy cansado el viaje. Tal vez, si la milpa no prende, ni las papas ni los frijoles, podría usted ofrecerse y marchar de compañero.

Don Secundino la miró como el que ve cadejos sueltos en una noche sin luna. Pensó que a su esposa se le había ido la cabeza. En el fondo de su corazón, empezó a maldecirla porque parecía estar anunciando que no saldría nada de su campito, pero no le dijo nada agrio, porque ella tenía una lengua muy rápida y afilada. Sólo acertó a contestar: Ya se verá. Si el campo no da, ya hablaré con el sobrino de doña Anita.

Los presagios se cumplieron, aunque Secundino regó planta por planta, rezó a San Isidro y prendió un montón de veladoras en la capilla de la aldea, la cosecha fue tan pobre que ni para un caldo daba.

Un día de mercado, bajó con su esposa y se hizo el encontradizo con el sobrino de doña Anita. Que si esto, que si lo otro, que si la lluvia y que si no llueve. Al cabo de media hora, llegaron en la plática al punto del transporte y de los Estados. El sobrino de doña Anita, Benedicto Chaj, le confirmó que su compañero, Horacio, se había quebrado la pierna, con tan mala fortuna que le habían de poner unos clavos que no podía pagar y allá andaba en su casa, con la pierna apoyada en un tronco, que más parecía madeja de algodón que pata de hombre. Benedicto estaba preocupado. Él también tenía un telar, pero ya sabe usted que no se vende. Tenía un su campito, pero tampoco salían ni la milpa ni los frijoles. Si no puedo ir a los Estados y traerme al menos dos cabeceras o tres de camión, no sé que van a comer en mi casa, porque ni para tortillas voy a lograr.

Don Secundino, como distraído, le dijo: Sí pues. Si lo puedo ayudar, cuente conmigo. Pero, ¿vos manejás?, le preguntó el compadre. Él dijo: No será tan difícil si lo hace el Horacio de la pata quebrada. Benedicto lo miró fijamente y, como quien se tira al río sin saber nadar, le tendió la mano y quedaron de acuerdo. Secundino, sin embargo, que era hombre sensato, sugirió que le convendría hacer unas prácticas con algún carro grande y convinieron que con el furgón de un cuñado de Benedicto Chaj, a horas en que no hubiera mucha gente por los caminos, se pondría al tanto de cómo se manejan los carros modernos.

Dos semanas después, mediante el acuerdo y las conversaciones con unos compadres que estaban en el negocio, les salió un trayecto para traer de Carolina del Norte tres cabeceras. Aquello podía resultar, ya que ahora eran dos a repartir. Con un camión de un amigo, se fueron primero para la frontera con México y de allá, en una ruta que todos conocen, se fueron para la de los Estados.

Tres días en la primera frontera, tres en atravesar México, tres esperando en la otra frontera, por lo de la papelería que tienen que sellar los gringos y otros tres en llegar a destino. Allí, agarraron los cabezales, unos sobre otros subiditos en la plataforma de un cuarto, y se dispusieron a regresar por el mismo procedimiento: Tres días para cada cosa, hasta llegar a su valle de entre los volcanes.

En un descanso, toparon con otros muchachos que estaban haciendo lo mismo. Se estableció como un poco de rivalidad y un joven patojo, que apenas tendría los dieciocho, les quiso retar a una carrera. Benedicto y Secundino le dijeron que ellos ya estaban grandes para esas cosas y que tuviera cuidado con los que ponen controles, si vas muy deprisa, y te cobran la extorsión. El patojo se rió de ellos en su cara y les soltó que definitivamente estaban grandes para un trabajo de hombres.

Los dos compadres, que no querían pendencia, se lo tomaron a chiste y lo dejaron caer. Cada cual se fue a su cabina a echar un sueñecito, pero el patojo, agarró su tráiler y salió echando humo.

Dos días después, cuando ya estaban casi en la frontera de México, los paró un control de esos espontáneos, pagaron su mordida y siguieron en paz. Unos kilómetros más allá, antes de la frontera, vieron orillado al patojo junto a su camión. Se pararon y fueron a ver qué le pasaba. El muchacho se rió de ellos en cuanto los miró acercarse.

Ya vieron cómo les gané, estaba aquí esperándoles. Sólo pagué una mordida de treinta dólares. Me quisieron cobrar dos veces, pues había dos controles. Pero les aclaré a los segundos, que ya había pagado mi parte. Ellos me pidieron las señas de los del control primero. Me dijeron que les aguardara, que si no era cierto, me las vería negras y se fueron. Yo no me moví, no por miedo, sino porque no me gusta que me tomen por mentiroso. Al cabo de un rato largo regresaron. Está bueno, me dijeron, y para que se refresque aquí tiene una hielera con unas sodas, ya puede seguir. No me cobraron más. Aquí me he quedado para contarles cómo les gané la partida y cómo no pagué más que una vez. Seguro que ustedes han pagado el doble.

Hacía calor. Lo felicitaron al patojo por haber ganado y por no haber pagado más que una vez, sin decirle que ellos tampoco habían pagado dos veces. Para celebrar su victoria, ya que había ganado, y con aquel calor, podría regalarles al menos una soda de las que le habían dado los generosos extorsionadores.

El muchacho aceptó y fue a buscar la hielera. Al abrirla, no encontraron las sodas, sino dos cabezas de hombre, una con su gorra y todo, metidas entre el hielo.

El patojo por poco se desmaya, Benedicto mantuvo un poco la entereza y don Secundino se apartó un tanto para vaciar su estómago, que se le había puesto del revés. En silencio, enterraron los despojos. En silencio, se subieron en sus camiones y en silencio, se llegaron hasta la frontera.

Una vez en su valle, se juntaron los choferes a terminar el trato y el reparto de lo que a cada cual le tocaba. El patojo agarró sus billetes y, aunque habían pasado dos días desde que llegaran, todavía estaba pálido y le temblaban las manos. Benedicto agarró su parte y se la echó al morral, sin decir palabra. Secundino hizo lo propio, pero volviéndose al patojo, le dijo: Ahorita que habés cobrado, ¿nos invitás a unas sodas?

Mientras se regresaba a donde su doña Odilia se dijo a sí mismo: Si mi papá levantara la cabeza no tendría vergüenza de que su hijo fuera agricultor. Todo menos camionero.

Una intensa semana más en Guatemala

El viernes pasado, día 17, fuimos invitados a almorzar en casa de Viviana, una de las egresadas del año pasado, la que se había perdido y al fin encontramos.

Tras las cuatro horas de clase con las que hacen básico (secundaria) en el IGER (Instituto guatemalteco de educación radiofónica), allá que nos fuimos. Las monjas nos prestaron la buseta y Viviana vino a buscarnos a la puerta de la Iglesia del Carmen para guiarnos. La verdad es que no es difícil ir, pero las explicaciones no aclaraban mucho y por ese lado de Salcajá no habíamos estado.

Llegamos enseguida y allí nos recibió parte de la familia: La madre del novio de Viviana, Doña Leti y el novio, que curiosamente se llama Luis Fernando. La mamá es viuda y ciega, aunque es una mujer que no tendrá más de 42 años. Su hijo mayor  tiene 25 años, tiene otra chica de 20, Claudia y una más pequeña de once que se llama Guadalupe. También llegó a comer el novio de Claudia que se llama Carlos y es panadero. Luis Fernando se dedica a tejer, lo que en esta zona es una tarea muy frecuente, porque la ciudad es conocida por el jaspe, las telas que se usan para los cortes (las faldas que usan las mujeres). La hermana, Claudia, trabaja en un banco y la pequeña está en la escuela, terminando la primaria.

La casa es espaciosa, con las habitaciones a ambos lados y un espacio central que la recorre toda. Tiene los pilares para levantar un segundo piso, así que esperan ampliarla. De momento no han conseguido tener bastante para ponerle suelo, el piso es de tierra y las paredes están sin enlucir. Pero cuentan con un cuarto de baño, dos espacios para cocina, una pila de lavar y los dormitorios para todos.

Nos prepararon una comida muy rica a base de pollo a la brasa, ensalada rusa y arroz y una gelatina con crema y manzanas para postre. Comimos y charlamos y sacamos la impresión de que Viviana ha caído en una buena familia. A los 19 años, aún sin cumplir, es un poco fuerte que ya esté embarazada, pero así son muchas veces las cosas aquí. Su suegra está ilusionada con que venga un bebé y ojalá todo vaya bien. Considerando que la muchacha no tenía a dónde ir y que los trabajos aquí son muy inestables y nadie más se hizo cargo de ella, no podemos decir que la cosa haya salido mal de momento. Pero uno se queda con el corazón encogido de pensar qué futuro le espera, aunque de momento las cosas no tengan tan mal aspecto como se temía.

Al día siguiente sábado, nos fuimos a Cobán. Habíamos contratado a don Otto y su carro para ir a Cobán. Desde Xela se puede ir a Cobán atravesando montañas, pero la carretera no da garantías, porque hay derrumbes frecuentes y a veces se corta, de manera que te puedes quedar tirado en medio de la nada. Así que la solución es hacer algo más de cuatrocientos kilómetros en lugar de doscientos. Hay que ir hasta la capital y luego agarrar la carretera del Atlántico y al llegar a El Rancho desviarse a la izquierda. Se trata de ir desde el sur occidente hasta el nororiente, pero haciendo una V.

Esto suele llevar unas ocho horas de viaje y son, como dicen aquí, cabales. Salimos a las siete de la mañana y llegamos sobre las tres de la tarde, haciendo un par de paradas; una a desayunar y otra a beber algo y comer un bocadillo. Se transita por un montón de Departamentos, pero en particular por las Verapaces que son dos; la Baja y la Alta. La Baja es más bien seca y árida, muy calurosa y la Alta de bosques tropicales húmedos, llueve bastante y hay muchos ríos y nacimientos de agua. La Alta Verapaz tiene como cabecera Cobán, que es como se denominan los municipios capitales o con entidad de tales. Esta zona está habitada mayoritariamente (un 90%) por población indígena maya de la etnia q’eqchí. Tienen su propia lengua que se parece al K’iché, pero con variantes. Nosotros sólo sabemos una palabra ‘maltiosh’ que en q’eqchí es ‘baltiosh’ y quiere decir gracias. (los universales lingüísticos se cumplen, piénsese en albóndiga y almóndiga, y perdón por la pedantería) También se nota mucho la diferencia en el atuendo de las mujeres. Llevan corte, pero fruncido,  con vuelo y casi tobillero y un huipil suelto y transparente, de redecilla o encaje, no suelen llevar delantal. Quizá no es tan elegante como el que va metido en la falda y ajustado con un cinturón bien apretado como llevan en el occidente, pero las telas y los colores son preciosos como en todas partes. La ropa de gala es huipil blanco y falda estampada pero en negro.

En esta zona se produce mucho café y hay grandes fincas cafetaleras. Han empezado a hacer una mezcla de café y cardamomo, que también se cultiva aquí, como se hace en el Oriente Medio, lo que me hace sospechar que algún medioriental ha caído por allá. Sin embargo la bebida común es el cacao y te ofrecen chocolate en todas partes, aunque lo hacen con agua y muy clarito. Los cafés más conocidos tienen un nombre alemán, pues parece que a comienzos del siglo XX se establecieron en la zona familias alemanas.

La ciudad está sobre varios cerros y por ello hay bastantes cuestas. El centro, como todas las ciudades de Guatemala, tiene su Parque Central, el Ayuntamiento y la Catedral. De ahí, más o menos en cuadrícula, aunque esta ciudad es más larga que ancha, salen las calles y avenidas. En el lado de poniente está el cerro del Calvario, con una larga escalinata de acceso y su iglesita que, al parecer, dirigen claretianos. En la larga ascensión hay pequeños altares u hornacinas, donde la gente quema incienso. En general los mayas son muy aficionados al incienso que es una ofrenda ancestral. Hay un cierto sincretismo entre sus tradiciones y el catolicismo general, pero precisamente eso le da un sabor especial a las celebraciones. Tuvimos ocasión de asistir el domingo a una misa bien intercultural y animada. Celebraba un presbítero que, procedente de Kenya, ha aprendido el q’eqchí y la misa fue en esa lengua. Algunos ratos se dirigía a la audiencia en español, porque concelebraba con él un cura francés que traía a un grupo de personas no sé si en misión o simplemente de visita. Al finalizar la misa, amenizada por un gran coro, con su marimba, guitarras y percusión, los franceses cantaron una canción a la Virgen en patois y un muchacho, que se presentó como ‘misionero cultural’, cantó una canción a Guatemala, ataviado con un traje tradicional, con sus calzones cortos, su faja, su pañuelo a la cabeza, chaleco, morral y cantimplora de calabaza.

La gente te saluda por la calle y en el restaurante donde comimos, todos deseaban buen provecho. Así que al marcharnos, a una familia que había cerca, también le deseamos buen provecho y creo que se quedaron muy felices. Lo mismo, en el momento de dar la paz, se te tiran a darte besos y muchas palmaditas. Esto hace la vida agradable y al poco te sientes como en casa, aunque no entiendas nada de su lengua.

Nosotros habíamos ido a Cobán porque nos hablaron de una española que vivía allá desde hace 25 años. No sabíamos muy bien quién era ni a qué se dedicaba, pero ya que nos habían dado sus coordenadas queríamos conocerla y fue toda una experiencia de lo más interesante.

Esta mujer es la hermana de un jesuita que se vino a estas tierras en misión, se integró con los indígenas del K’iché y finalmente se pasó a la guerrilla durante el conflicto armado de Guatemala que no concluyó hasta 1996, en que se firmaron los acuerdos de paz. Murió en la Sierra de los Cuchumatanes, en una emboscada, junto a un muchacho que era su guía y acompañante, Chepito, en 1982 y su cadáver no fue nunca recuperado. Se llamaba Fernando Hoyos y como nombre de guerra era el Comandante Carlos. Yo recuerdo perfectamente haber leído en España la noticia, pero no sabía mucho más.

La historia de esta familia, un notario de origen vallisoletano, pero afincado en Galicia durante mucho tiempo, es verdaderamente notable. La de Pilar aún más. Esta mujer, una vez muerto su padre y su hermano, se vino para acá y aquí sigue. Ha estado trabajando en esa zona con los indígenas, casi siempre en cuestiones de educación y en proyectos de formación. Ha colaborado con el IGER y con la Universidad Rafael Landívar de los jesuitas. Ella vive en Chahal, una aldea de unos veinte mil habitantes, contando el entorno, y pasa algunos días a la semana en Cobán, colaborando en la redacción de documentos con un amigo suyo que es abogado y notario y natural de Chahal. Hablamos muchísimo toda la tarde del sábado y todo el domingo y fue muy enriquecedor. Le hemos pedido que sea el enlace de Tacaná en la zona y que vea si en su comunidad de Chahal, sobre todo en las aldeas que dependen de ese municipio, puede haber alguien a quien se le pueda apoyar en sus estudios. Los muchachos de esa zona tienen que venir a Cobán a estudiar cosas profesionales, pero les sale muy caro porque tienen que buscar pensión y además pagarse los estudios. Están a más de tres horas en carro y en muchos lugares a más, porque los caminos son de tierra. Así que puede ser un buen lugar para empezar con al menos una primera beca para el curso que viene. Ella se encargará de seleccionar a los solicitantes y hacernos la propuesta con los requisitos que pedimos a todos los becados.

Ella había pensado en buscar el modo de establecer un pensionado, precisamente para que esos muchachos y muchachas puedan venir a estudiar a Cobán, pero carece de fondos y también se plantea que ya tiene una edad (66 años) y le parece difícil encontrar a alguien que le de continuidad a una labor así. De manera que esta pequeña colaboración con nosotros le pareció muy adecuada y enseguida la aceptó.

De este modo, además de colaborar con la labor que hacen las monjas en el Hogar, tenemos a dos corresponsales en el país; una, Isaura Ortiz, en San josé Pinula, para que haga el seguimiento de las dos egresadas de allá, y a Pilar Hoyos en Cobán, para que controle al posible becario de 2016. Así que nuestra labor por estas tierras, muy modestamente, se va ampliando y nos parece que es muy bueno que se comprometa gente que está sobre el terreno y que no sea de la congregación, pues, de manera natural, te dan otra visión de la realidad que es muy productiva.

Ojalá entre nuestros donantes y simpatizantes saliera más gente que fuera capaz de venirse para acá al menos un mes al año. Este es un mundo apasionante y lleno de retos. También sería estupendo que entre nuestros donantes y simpatizantes saliera alguna persona dispuesta a darle continuidad a la labor de la Asociación, implicándose algo más en la gestión, en la aportación de propuestas y actividades, en la captación de otra gente, sobre todo jóvenes. Pero, bueno, con sólo tres voluntarios que venimos por estas tierras y con el apoyo que nos da saber que os interesa lo que hacemos y nos alentáis, ya está muy bien. Como dicen por aquí; demasiado bien.

Así que no se puede decir que hayamos echado el fin de semana a hacer turismo sólo. Eso sí, las ocho horas de carro para allá, cambiar de cama, y las ocho horas de vuelta nos han dejado para el arrastre. Yo tengo la espalda hecha polvo y Luis está cansadísimo y con los cambios de altura con la tensión un poco alterada. A mí no me ha afectado tanto, porque ya me tomo mi pastillita habitualmente. Por lo demás, estamos felices de lo mucho que nos está cundiendo el tiempo en este año, cuando a decir verdad, antes de venir estábamos un poco mustios, porque nos parecía en la distancia que las cosas se iban torciendo. Pero, es seguro que las oraciones de mucha gente están haciendo su efecto.

Ya sólo nos quedan unos diez días de estar en el Hogar y rematar los flecos del Proyecto para este año. El día 1 de mayo nos iremos a la capital, donde tenemos que dar unos talleres a las aspirantes a la Congregación y el 5 volveremos, D.v. a casa. A pesar de estar casi acabando la estancia, es posible que haya más cosas que contar en una próxima crónica. Recordad que aquí la vida no fluye mansamente, sino a trompicones y dando saltos sobre las piedras.

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La laguneta del parque Victoria y el Parque central

El Calvario
El Calvario

Fabio Seisdedos

La tarde era calurosa, las chicharras cantaban en las resecas ramas de un arbolito que competía inútilmente con el verdor de un mango repleto de racimos, las ráfagas de viento empujaban nubes cargadas de lluvia que venían del mar Caribe, levantando remolinos de polvo en las empinadas cuestas que conducen a los cientos de cerros que compiten en altura con los montes de una sierra cercana.

Fabio caminaba soñoliento. Se había puesto su mejor camisa, sus pantalones oscuros, color ala de mosca, y arrastraba acompasadamente unos zapatones de punteras levantadas. Eran sus mejores galas. Esa tarde había una reunión especial. En el salón comunal, debían converger todos los habitantes del sector rural del este. Habían venido unos extranjeros, unos españoles, que posiblemente les hablaran de algo interesante, aunque no se les entendiera bien con eso de hablar de vosotros y con tanto ceceo. No importaba qué fueran a contar, simplemente era la única cosa que podía distraer de una tarde caliente, ventosa y desoficiada de domingo.

Fabio rumiaba su calor, la polvareda que se le colaba por los dientes y el deseo de llegar cuanto antes al salón, por si daba la casualidad de que la Magdalena se personara. Hacía tiempo que él le ponía ojitos, pero ella no se daba por enterada. Esa tarde, quizá tuviera ocasión de impresionarla.

Según Fabio subía la cuesta, con todo el calor metido en su espalda y en los gruesos zapatones de puntas enfiladas hacia el cielo, se fue cruzando con el caballito de andares ligeros y cara triste del hijo de don Bairon, quien a su vez lo montaba como con desgana, dejando caer su machete de costado; con la Juliana que arrastraba a sus chiquillos de ojos inquietos; con un burrito jacarandoso de un anciano medio oculto bajo el ala de su gran sombrero y que cargaba un costal a la espalda. Apenas un gesto de alzar la cabeza como saludo, pues en las cuestas uno no puede entretenerse en palabrerías, pero Fabio se quedó pensando en lo malcriado del burro que no cargaba con el costal, sino su amo. Así se descomponen las bestias, pensó, y siguió camino arriba tragando más polvo que levantó un mozalbete, haciendo rugir su motocicleta.

Al llegar a lo alto del cerro donde se alzaba descolorido, con sus pinturas verdes y azules desconchadas, sus vidrios quebrados y sus puertas desvencijadas el salón comunal, echó un rápido vistazo para averiguar quiénes habían acudido a la convocatoria del dirigente del sector. Vio a varios muchachitos de esos que se ponen las gorras de visera del revés, para que les quiten tal vez el solazo del cogote o por moda, a unas cuantas viejas y no tan viejas, sentadas en el borde de la banqueta; unas acunando niños y otras cotorreando de enfermedades y desgracias, a unas jóvenes que andaban riéndose bajo la breve sombra de un roble de la sabana todo cuajado de flores rosadas, pero allí no se veía ni huella de la Magdalena. Suspiró profundo y entró a la penumbra del salón. Las bancas estaban cubiertas de sombras que se movían y hablaban bajito entre sí.

Una vez que acomodó los ojos a la oscuridad, empezó a reconocer rostros; el Melvin, allá estaba, también el Obed y su señora, los primos Vargas siempre a una, la señora Rosario y su hija malcriada y perezosa, Isaura, Carla y sus esposos, con una fila de chiquillos que jugaban a meterse bajo las bancas, arrastrando todo el polvo en sus camisas y pantalones. En una esquina vio al jefe del sector hablando como en secretitos con la Magdalena. Ah, pues vino, pensó, y por qué se habla en escuchas con ese. Pero no quiso hacerse el enterado, por no levantar sospechas.

Poco a poco fueron llegando otros muchos conocidos, incluso Ezequiel el de la guitarra, con su bigote a lo Pancho y su hija, la de la dulce mirada. Podría decirse que todo el sector estaba presente. Tras el coordinador se veía a dos figuras, un hombre de pelo blanco y barba y una mujer de cabello muy corto, vestida como un hombre. Esos serán los españoles, aunque parecen más gringos, se dijo para sus adentros.

No bien lo miró el coordinador, Elías le dicen, le hizo seña y le presentó a los españoles como a alguien muy importante en la comunidad. Fabio se sintió alagado, pero enseguida se le cruzaron las escuchitas de Elías con la Magdalena y le cambió de sopetón el humor. Saludó, pues, a los extranjeros como lo que eran, unos extraños, y no les dio ni así de cancha para que se entretuvieran con él en muchas palabras.

Viendo que el salón se había llenado, el coordinador dirigió unas palabras a los asistentes, saludando ceremonioso, agradeciendo empalagoso y alabando servilmente  a los extraños, cosa que a juicio de Fabio era innecesaria, mientras estos no abrieran la boca y dijeran algo de interés, lo que era dudoso. Finalmente, según su costumbre, detalló el orden del día que comenzaba con el himno nacional y, para sorpresa de nuestro Fabio, le encomendó que lo entonara y dirigiera.

Fabio se adelanto al centro de la sala, se subió a la tarima, se puso la mano derecha en el pecho y cantó a todo pulmón el primer verso del patriótico canto. En aquel momento, los extranjeros pudieron ver en su mano derecha, solemnemente apoyada sobre la camisa, cómo junto al pulgar crecía, más pequeño y asustado, otro pulgarcito con su uñita y todo. La mujer vestida de hombre, dio un pequeño respingo no sólo al ver aquel dedito de más, sino al escuchar la voz destemplada, sin matices y poderosa de Fabio. No necesitaba el altavoz, eso era evidente. Su vozarrón sobresalía por encima del destemplado coro de asistentes quienes parecían haberse puesto de acuerdo para cantar cada cual en su tono y a destiempo. Con al menos seis estrofas y sus correspondientes estribillos, con cierto aire de habanera triste y guerrera, concluyó finalmente el canto patrio y los extranjeros suspiraron de alivio, echando el aire que habían almacenado durante tanto desafine.

Se empezó a desarrollar el acto cívico. Subieron a la tarima los oradores, según el orden prefijado por el coordinador, aplaudieron rigurosamente los asistentes y por fin les tocó la vez a los españoles. La mujer vestida de hombre habló primero con una inesperada voz cálida y femenina. Se presentó y presentó a su esposo, explicando que les había llevado allá su afán por apoyar las iniciativas ciudadanas de los habitantes del sector, con el fin de mejorar las condiciones de vida, salubridad y desarrollo de la zona. Luego, con un gesto, cedió al hombre la palabra y este vino a repetir algo parecido, pidiendo que se le presentaran proyectos que contribuyeran a una vida más digna de los pobladores de la zona, describió el procedimiento e indicó cómo debían presentarse las solicitudes de aportes económicos para que la organización a la que pertenecían ambos pudiera evaluarlos y apoyarlos en su caso.

Con un saludo igual de ceremonioso, empalagoso, reiterativo y servil, levantó la sesión el coordinador e invitó a los asistentes a tomar la pequeña refacción que se había preparado en el exterior. Allí, efectivamente, las jóvenes y viejas que estaban en el lugar habían dispuesto unas tablas a modo de mesas, cubiertas de unos manteles de papel, sobre los que se disponían jarras con atol y platillos con un tamal, unos pocos frijoles y algo de arroz.

Los asistentes se arremolinaron alrededor de las mesas y atacaron la comida como si en ello les fuera la vida, pero cada cual se llevó su platillo a la sombra más cercana y allí hizo corrillo silencioso con otros compadres o comadres. El revuelo de la comida y la desbandada los aprovechó Fabio para acercarse a Magdalena y, en un acto de osadía sin límites, le tocó suavemente su brazo con la mano derecha, al tiempo que le susurraba algo al oído.

La mujer vestida de hombre, que andaba cerca, aún desconcertada por la avalancha y fuga de los comensales, contempló sorprendida el fugaz asedio de Fabio y alcanzó a oír como Magdalena le decía: Tenés demasiados dedos para mí.

 

 

 

Vigilia Pascual, Domingo de Resurrección y procesión del Resucitado

La celebración de la Vigilia pascual fue todo lo solemne que el caso requiere. El coro se había esmerado y la imagen del Resucitado apareció al descorrerse unas cortinas, en el momento del Gloria.

Al día siguiente, Domingo de Resurrección hubo misa mañanera, seguida de la procesión del Resucitado, que fue acompañada por una banda, lo que era novedad en este año.

Esta procesión es muy bonita porque sacan al Resucitado por un lateral de la iglesia y a la Virgen por otra puerta. Cada imagen hace su recorrido por separado y un par de calles más arriba, en una calle engalanada con una alfombra y con colgaduras blancas de lado a lado, se encuentran la Madre y el Hijo. Luego concluyen juntos el recorrido, seguidos de San Juan y la Magdalena, quien, además, es la titular de la Parroquia.

Con este acontecimiento termina la Semana Santa.

Ese mediodía nos invitaron a comer a casa de doña Marta y don Reinerio que son los padres de Evelin, de un muchacho que se llama Noé y de una juniora de las Terciarias que se llama Juliana. Evelin tiene tres hijos preciosos que se llaman Juan Francisco, María Leonela y María Juliana, esta última es la pequeña mujer de Jerusalem que ya apareció en el reportaje sobre el Vía Crucis de niños.

Comimos muy bien y regresamos a la casa. Tras un poco de descanso, nos fuimos de excursión con las Hnas a un lugar que se llama La Sabana donde hay un mirador con unas vistas muy bonitas. Todo el camino tiene un paisaje precioso y como habían caído unas lluvias nocturnas los cerros resecos se habían cubierto de algo de verdor y los árboles polvorientos habían recuperado sus tonalidades brillantes, de diversos tonos de verde, salpicados por el amarillo de los floramarillo y los lilas de los jacaranda.

Al regresar fuimos a Ocotal y cenamos en la Casa Vieja que es un restaurante muy conocido de la ciudad en donde lo típico es comer un anafre. Como su propio nombre indica, es una vasija de barro con su fueguito debajo, donde se sirven los frijoles con queso y chorizos y se comen con tortillas tostadas y chismol, un preparo de tomate, cebolla y chile pimiento muy picadito con aceite y limón.

Así concluyó nuestra participación en la Semana Santa Totogalpina. El lunes de Pascua, en el taxi de don Obed, que es hermano de doña Marta, -esta familia es toda una institución en el pueblo- nos fuimos a Managua. Allí nos hospedamos en el hotel Las Mercedes que está justo enfrente del Aeropuerto Augusto César Sandino. Entre ambos discurre una carretera que es de las más transitadas y en principio nos preocupaba cómo cruzar hasta el aeropuerto. Vimos que había un paso de peatones, pero aquella cebra no nos daba mucha confianza.

El Hotel está muy bien, en filas de bungalows las habitaciones, formando pasillos radiales, rodeados de vegetación. Hay un edificio separado que tiene el restaurante, una gran terraza al borde de la piscina y más jardines, donde incluso hay un guanacaste blanco (albicia caribaea) que es un árbol majestuoso y por supuesto una hermosa veranera, que es como llaman allí a la buganvilla. Pero hacía un calor tórrido, así que tras almorzar algo, nos fuimos al cuarto a refugiarnos con el aire acondicionado.

A la mañana siguiente se aclaró el misterio de cruzar la carretera; un autobusito que hace un recorrido de menos de un minuto nos llevó a la puerta de las salidas. Vuelo normal y a la hora en Guatemala, La Aurora. Fin de la experiencia nicaragüense.

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Viernes Santo II

Tras la celebración, tuvo lugar la Procesión de Jesús Sepultado. En esta procesión intervienen además ‘los centuriones’ que no son, como se pudiera pensar, dos soldados romanos, sino dos a modo de diablos; uno a caballo y el otro a pie quienes, por tres veces, intentan impedir, desenvainando sus machetes, que Jesús triunfe sobre el sepulcro.

Así, dando golpes con el machete sobre un plato de hojalata y trazando rayas sobre el polvo con la punta del machete a lo ancho de las calles, danzan y se acercan al sepulcro. La procesión se detiene, pero a cada intento salen derrotados. Por fin, ya llegando al templo y con escasas fuerzas, los diablos se rinden y caen extenuados sobre el polvo. La imagen de Jesús muerto, en su urna de cristal, pasa por encima de sus cadáveres y entra al templo para resucitar en la madrugada.

Es sin duda una fiesta y representación muy antigua que probablemente tenga orígenes indígenas, pero tengo la impresión de que muchos no saben qué representa. Por otra parte, al ver a los diablos tambalearse, muchos piensan que se les ha ido la mano con el ‘guaro’ (aguardiente) y creen que se trata de representar los nocivos efectos del alcohol. En cualquier caso es una representación interesante cuya pista seguro que algún antropólogo ha seguido. Si alguien me proporciona más información se lo agradeceré.

Tras la procesión, una agrupación de teatro local, llamada Don Bosco, representó con alarde de luces y sonido la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Lo hacen con gran seriedad, cuidando la dicción, con acompañamiento de música y efectos especiales. La verdad es que resulta una representación más que digna.

Con ella y una lluvia racheada nocturna, se cerró el Viernes Santo, en cuyo cielo lucía una hermosa luna llena que anunciaba la Pascua.??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ???????????????????????????????

Un diablo a caballo y otro a pie
Un diablo a caballo y otro a pie

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Los monaguillos muy en su papel y elegantísimos
Los monaguillos muy en su papel y elegantísimos

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Los diablos pierden la batalla
Los diablos pierden la batalla
Jesús entra triunfante
Jesús entra triunfante

 

Dela representación de la Judea
Dela representación de la Judea

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La Magdalena se encuentra con el ángel
La Magdalena se encuentra con el ángel

 

La Magdalena reconoce al resucitado
La Magdalena reconoce al resucitado
El elenco al completo
El elenco al completo

 

Viernes Santo I

El Viernes Santo se inició con un Vía Crucis hasta el lugar que llaman el Calvario. Procesionaron un Nazareno, la Virgen de la Soledad, María Magdalena y San Juan.

En el recorrido, además de las estaciones engalanadas con flores, se compusieron artísticas alfombras alusivas y bien fundadas en la iconografía.

Tras recorrer un largo camino, llegaron al Calvario, donde hay tres cruces que estaban recién pintadas y compuestas.

Después de esta devoción, tuvo lugar la celebración de los oficios de Viernes Santo, con la adoración de la Cruz.

En el Capítulo II de este Viernes prestaremos atención a la procesión vespertina y a la representación de la Pasión.web1 ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ??????????????????????????????? ???????????????????????????????

El manto de la Virgen protege del sol
El manto de la Virgen protege del sol
Hay muchos modos de hacer penitencia
Hay muchos modos de hacer penitencia
Comienzan los Oficios
Comienzan los Oficios
Los lectores suben ordenadamente
Los lectores suben ordenadamente
Se lee la Pasión: D. Francisco, Don Reinerio y Don Luis
Se lee la Pasión: D. Francisco, Don Reinerio y Don Luis
La reflexión
La reflexión
Adoración de la Cruz
Adoración de la Cruz
Evelyn y Juan, con sus hijos adoran la Cruz
Evelyn y Juan, con sus hijos adoran la Cruz

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Miércoles Santo y un intenso Jueves Santo

El miércoles fuimos de recados por la mañana y por la tarde tuvimos la celebración de la Pascua Judía. Fue un día cansado porque hacía mucho calor y nos pasamos la tarde cocinando la Hna Marta y yo. El jaroset fue una mezcla de manzana y crema de maní, muy poco parecida a la mezcla de manzana, almendra y dátil, pero el colorcillo recordaba muy bien a los ladrillos que el pueblo de Israel hacía en Egipto. Esa celebración es muy bonita y quedó bien, finalmente. Los niños leyeron su parte con gran soltura y nos juntamos unas veintitrés personas, contando a las hermanas y a nosotros dos. Rabí Luis dirigió la cosa con gran propiedad.

El Jueves Santo fue un día intenso. A Luis le encomendaron la prédica en una de las comunidades, Cuje, a mí me queda la de Viernes Santo. Fuimos a repartirnos por las diversas comunidades: La hna. Inés en Sto. Domingo, la Hna. Marta en Sabana Grande, la Hnas Marta (Corrales) en Verapaz y luego la hna Marlene en Cayantú y Luis y yo a Cuje.

El camino que seguimos desde Verapaz hasta Cayantú no es el que baja a la carretera y luego sube, sino que nos fuimos a través del monte, por una trocha que algo más arriba de Verapaz se pone imposible. Así que nos traqueteamos bastante y llegamos con los huesos molidos a Cayantú. Luego, nos dejaron solos y Luis y yo subimos con el carro hasta Cuje, un poco con la sensación de estar perdidos porque a derecha e izquierda salen otras trochas y teníamos la sensación de no haber cogido la buena. Finalmente habíamos acertado y llegamos con bien. La celebración de la Palabra y del Lavatorio de los pies, representado, estuvo muy bien y el coro se esmeró cantando con sones de mariachi; es decir los típicos valsecitos que a mí, particularmente, me encantan. Fue una bonita celebración. El predicador estuvo inspirado, aunque el llanto de varios infantes berreones  a ratos lo despistaba un poco. En ir, venir, recoger hermanas y demás se nos pasaron buenas cuatro horas.

A eso de las cinco y media estábamos de regreso en Totogalpa, bien traqueteados, sudados y cansados, amén de polvorientos. Ni pensar en darse ducha, que no hay casi agua y con suerte lo conseguimos por la mañana.

A las ocho de la tarde, hora de aquí, allí las tres de la mañana, teníamos la misma celebración, pero con eucaristía. Esperamos al padrecito (este ordenado) algo más de veinte minutos. Contando con que uno va con anticipación a coger sitio, la cosa duró desde las siete y media hasta las diez de la noche.

Estuvo bien. La homilía dispersa y no había llantos. El coro estupendo, se lo había trabajado en serio y estuvo magnífico. Evelyn, la cito porque es mi amiga, la madre de la menuda mujer de Jerusalem, cantó con verdadera unción y voz hermosa y modulada el salmo. Finalmente y tras todo el ceremonial, se llevó a reservar el Santísimo en el monumento (obsérvese la paloma, cuyo diseño, copiado de un modelo, me correspondió hacer y que remató con gran pericia la Hna. Marta Corrales que es un hacha haciendo estas cosas, pero, en lo que a mí toca, me quedé muy realizada y, aunque sea vanidad, me permito presumir de ello, ya que si no lo digo yo, quién os lo va a contar). En el momento de la adoración se cantó el Tantum ergo que sólo inició el cura, le siguió un seminarista que lo acompañaba y dos grillos más (Luis y yo) Nadie se sabe aquí este canto. No me pareció que las hermanas se lo supieran y desde luego el coro nada. ¡Por Dios! qué ha sido de los latines que se trajeron para acá en tiempos de Colón.

Tras la adoración se preparaba la Procesión del Silencio que iba acompañada de una representación de la Oración en el Huerto y el Prendimiento. A todo esto eran ya casi las once de la noche. Como los Apóstoles, yo no pude velar ni una hora más y me fui a la cama. Justo castigo a mi debilidad, he dormido a trompicones esta noche. estaba tan cansada que me costaba conciliar el sueño y me dolían todos los huesos (cosas de la edad y de los caminos de piedras). Así que Luis sacó unas fotos y asegura que estuvo todo muy propio. Juzgaréis por las imágenes.

Estos días de celebraciones dobles son matadores para el cuerpo, pero casi más para el espíritu. Siempre me ha emocionado y hecho pensar la Semana Santa, pero con doblete, se me queda el alma hecha un guiñapo. Menos mal que resucitaremos dentro de nada. Aunque hoy es el gran día de la ausencia, hasta la puesta del sol de mañana. Los ausentes se hacen más presentes que nunca, aunque sepamos que gozan de la perpetua luz de Dios. El mundo se queda sin Dios y yo recuerdo a mis padres, mis amigos y parientes. No quiero ponerme triste. Además, debo estar serena, que esta tarde a las tres, en los oficios de Viernes, me toca predicar. No os preocupéis, me lo he preparado y aún así, me pongo en manos del Espíritu. Creo que cuando uno se lo prepara, el Espíritu Santo te echa  una mano de mejor grado. (Vaya para algunos que se fían demasiado de la inspiración divina).

Bueno, ahí van, por su orden, las imágenes.

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Jueves Santo en Cuje
Jueves Santo en Cuje

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Reserva en el monumento
Reserva en el monumento

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El juicio de Jesús, precedido de la Oración en el Huerto de los Olivos y el Beso de Judas
El juicio de Jesús, precedido de la Oración en el Huerto de los Olivos y el Beso de Judas

 

 

 

Via Crucis en San José La Palmita

Durante algo más de dos horas, entre las 3 y las cinco y media de la tarde, se hizo un Via Crucis en uno de los sectores rurales de Totogalpa, cuyo nombre figura en el título y que también es conocido como La Ceiba.

El camino es polvoriento, pero llano, y discurre entre prados secos y con arbolado. Hacía algo de brisa y el sol pegaba fuerte. A trechos, en las estaciones, los vecinos habían armado cruces de palo, adornadas con ramas y flores. Uno de los acompañantes portaba un aparato amplificador que se usaba para los cantos y para las oraciones y lecturas. Se repartieron las estaciones y comenzamos a caminar.

Por el camino nos topamos con cabras sueltas, un caballo, un burro, varios en bicicleta y algunos en moto o en coche. Vimos como iba cayendo el sol tras nuestras espaldas y finalmente cerramos el recorrido bajo dos grandes ceibas. Esos árboles majestuosos que tienen unos troncos que recuerdan a las patas de los elefantes, con su corteza gris y rugosa que se apoya en la tierra roja pesadamente.

Yo no he conseguido nunca que me interesara esta devoción, pero reconozco que en estas circunstancias cobra sentido y hace pensar en cómo estas personas tan humildes – que viven en un mundo muy duro, donde lo que parece normal en nuestros pagos, aquí es un lujo; por ejemplo, el agua corriente- son capaces de acompañar el sufrimiento de Cristo y de paso orar por todos los que sufren, siendo ellos unos de los sufrientes. Toda una lección.

Participar con ellos, es hacer un ejercicio de humildad y reconocimiento de lo exigentes que a veces somos por nimiedades y lo difícil que nos es colocarnos en el lugar del otro. No lo digo para avergonzar a nadie, sino para mostrar lo mucho que me avergüenzo de mí.

Iniciando
Iniciando
El lugar
El lugar
El camino
El camino
Los fieles
Los fieles

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El final
El final
Los niños
Los niños

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Incidencias en el camino

 

 

Cabras contra bicis
Cabras contra bicis
el progreso y la tradición
el progreso y la tradición
el comején (termitas)
el comején (termitas)
Ya se pone el sol
Ya se pone el sol