Archivo por días: 27 abril, 2015

Secundino Aldana Marroquín

La tarde iba vencida y el sol se dejaba caer poco a poco por detrás de los volcanes, inundando con su luz dorada el valle de tierras oscuras. El camino serpenteaba blanco entre los campos aún baldíos o a medio sembrar. No había llovido. Algunos campesinos se habían arriesgado a echar la simiente y ahora miraban preocupados al cielo porque, si no caía buena agua pronto, las incipientes matitas de milpa se agostarían y un año más la cosecha sería pobre e insuficiente.

Secundino seguía como sonámbulo la vena blanca del sendero con su azadón al hombro, su sombrero de ala ancha terciado y el machete colgando del cinto, como cada atardecer. Venía de vigilar su campo recién sembrado; aquel que había heredado de su madre, lejos de la aldea. En cualquier caso, pensaba, es mejor tener ese campo, aunque esté lejos, que no tener nada. Claro que si no llega pronto la lluvia, no habrá qué comer el año próximo.

Su padre le había dejado un telar que él había modernizado, usando los restos de una vieja bicicleta y así, convirtiendo lo que era una hiladora manual en una máquina que se manejaba con los pies más cómodamente, el hilado era más rápido. Las telas tenían buena salida. Era un trabajo laborioso, pues había que deshacer las madejas de algodón, teñirlas, estirarlas, después que se secaran tendidas al sol, volverlas a armar, y luego darle y darle al telar para ir componiendo el jaspe. Con ese trabajo y las ventas, visitando todos los mercados semanales hasta de cuarenta kilómetros a la redonda, había ido sacando a su familia adelante. Doña Odilia de León, su esposa, era una mujer muy fértil y como él era muy macho, cada año tenían un nuevo hijo; ya iban por seis güiras y tres gallitos y la de tortillas y frijoles que son capaces de comer cuando les salen los dientes.

Ahora, sin embargo, la cosa estaba algo floja. El algodón que venía de los Estados se había puesto por las nubes, con lo que las telas o las bajaba de calidad –y eso nunca- o cobraba las ocho varas de un corte tradicional por el sueldo de un mes. Poca gente podía pagarlo. Secundino se regresaba de los mercados casi con las mismas piezas que había llevado.

Así que no le quedaba de otra que andar más de media legua para ir al campo de la su madre, doña Chonita Marroquín, ya difunta, a sembrar media de papas y media de frijoles, más una esquinita de milpa, para asegurarse que habría de comer para todos los patojos.

Doña Odilia para ayudar se dedicaba a criar unas gallinitas de patio que podía vender de vez en cuando por sesenta quetzales. También hacía tortillas para llevar los sábados al mercado, pero cuando no se las robaba el gato, se las robaban los patojos que tenían una buena gana condenada.

Secundino se decía para sus adentro, si mi papá me viera convertido en labrador a la fuerza, igual se moría del susto, pues él siempre había presumido de no necesitar el campito miserable de su santa esposa y de los Marroquines, y de ser un artesano como los antiguos y mejor. La vida cambia y no para bueno. En tiempos de mi papá llovía como Dios ha dispuesto, seis meses al año. Pero ahora, con los tiempos modernos y los adelantos, ya ni Dios consigue que lo natural funcione. Tantos aviones rompiendo nubes, tanto humo de las ciudades, tantos carros haciendo temblar la tierra, cómo va a llover si el mundo se está desconcertando. Seguía caminando con estos pensamientos oscuros como la tierra que lo rodeaba.

Al llegar a la casa, día tras día, se sacudía el polvo del camino, se quitaba la camisa y se lavaba en la pila en donde doña Odilia almacenaba el agua que llegaba en un chorrito un par de horas cada mañana. Luego se sentaba en su banqueta de tiras de plástico y hierro y se comía en silencio la tortilla rellena de carne molida y chile picadito o con un simple huevo estrellado, según estuviera la cosa.

Aquella tarde, Doña Odilia, fingiendo echar algo de grano a las gallinas, lo observaba y le daba vueltas en su cabeza a un asunto que había oído en el mercado y que no sabía cómo plantearle a su esposo. Esperaría a la noche, pues el hombre prendía la radio, escuchaba marimba y los resultados del futból, se tomaba su atol a grandes sorbos y se ponía de buen humor si los chivos les sacaban ventaja en el partido a los cremas. Ese sería el momento; un tres por uno sería suficiente para que estuviera contento y se le pudiera compartir la idea que ella había tenido.

Pasó un día y otro y los chivos siempre tenían lesiones o el árbitro los fundía con sus decisiones. Parecía que nunca iban a sacar un tres por uno. Pero llegó un sábado feliz en que le dieron paliza a los de Malacatán; cuatro por cero. Esa era la ocasión. Doña Odilia le platicó el asunto.

La doña Anita, la de la granja de los coches, tiene un su sobrino que lleva y trae camiones de los Estados. Iba con un su compañero que se quebró una patica y ahora no puede hacer el viaje hasta Carolina del Norte, porque sólo no se atreve. Son muchas millas y muy cansado el viaje. Tal vez, si la milpa no prende, ni las papas ni los frijoles, podría usted ofrecerse y marchar de compañero.

Don Secundino la miró como el que ve cadejos sueltos en una noche sin luna. Pensó que a su esposa se le había ido la cabeza. En el fondo de su corazón, empezó a maldecirla porque parecía estar anunciando que no saldría nada de su campito, pero no le dijo nada agrio, porque ella tenía una lengua muy rápida y afilada. Sólo acertó a contestar: Ya se verá. Si el campo no da, ya hablaré con el sobrino de doña Anita.

Los presagios se cumplieron, aunque Secundino regó planta por planta, rezó a San Isidro y prendió un montón de veladoras en la capilla de la aldea, la cosecha fue tan pobre que ni para un caldo daba.

Un día de mercado, bajó con su esposa y se hizo el encontradizo con el sobrino de doña Anita. Que si esto, que si lo otro, que si la lluvia y que si no llueve. Al cabo de media hora, llegaron en la plática al punto del transporte y de los Estados. El sobrino de doña Anita, Benedicto Chaj, le confirmó que su compañero, Horacio, se había quebrado la pierna, con tan mala fortuna que le habían de poner unos clavos que no podía pagar y allá andaba en su casa, con la pierna apoyada en un tronco, que más parecía madeja de algodón que pata de hombre. Benedicto estaba preocupado. Él también tenía un telar, pero ya sabe usted que no se vende. Tenía un su campito, pero tampoco salían ni la milpa ni los frijoles. Si no puedo ir a los Estados y traerme al menos dos cabeceras o tres de camión, no sé que van a comer en mi casa, porque ni para tortillas voy a lograr.

Don Secundino, como distraído, le dijo: Sí pues. Si lo puedo ayudar, cuente conmigo. Pero, ¿vos manejás?, le preguntó el compadre. Él dijo: No será tan difícil si lo hace el Horacio de la pata quebrada. Benedicto lo miró fijamente y, como quien se tira al río sin saber nadar, le tendió la mano y quedaron de acuerdo. Secundino, sin embargo, que era hombre sensato, sugirió que le convendría hacer unas prácticas con algún carro grande y convinieron que con el furgón de un cuñado de Benedicto Chaj, a horas en que no hubiera mucha gente por los caminos, se pondría al tanto de cómo se manejan los carros modernos.

Dos semanas después, mediante el acuerdo y las conversaciones con unos compadres que estaban en el negocio, les salió un trayecto para traer de Carolina del Norte tres cabeceras. Aquello podía resultar, ya que ahora eran dos a repartir. Con un camión de un amigo, se fueron primero para la frontera con México y de allá, en una ruta que todos conocen, se fueron para la de los Estados.

Tres días en la primera frontera, tres en atravesar México, tres esperando en la otra frontera, por lo de la papelería que tienen que sellar los gringos y otros tres en llegar a destino. Allí, agarraron los cabezales, unos sobre otros subiditos en la plataforma de un cuarto, y se dispusieron a regresar por el mismo procedimiento: Tres días para cada cosa, hasta llegar a su valle de entre los volcanes.

En un descanso, toparon con otros muchachos que estaban haciendo lo mismo. Se estableció como un poco de rivalidad y un joven patojo, que apenas tendría los dieciocho, les quiso retar a una carrera. Benedicto y Secundino le dijeron que ellos ya estaban grandes para esas cosas y que tuviera cuidado con los que ponen controles, si vas muy deprisa, y te cobran la extorsión. El patojo se rió de ellos en su cara y les soltó que definitivamente estaban grandes para un trabajo de hombres.

Los dos compadres, que no querían pendencia, se lo tomaron a chiste y lo dejaron caer. Cada cual se fue a su cabina a echar un sueñecito, pero el patojo, agarró su tráiler y salió echando humo.

Dos días después, cuando ya estaban casi en la frontera de México, los paró un control de esos espontáneos, pagaron su mordida y siguieron en paz. Unos kilómetros más allá, antes de la frontera, vieron orillado al patojo junto a su camión. Se pararon y fueron a ver qué le pasaba. El muchacho se rió de ellos en cuanto los miró acercarse.

Ya vieron cómo les gané, estaba aquí esperándoles. Sólo pagué una mordida de treinta dólares. Me quisieron cobrar dos veces, pues había dos controles. Pero les aclaré a los segundos, que ya había pagado mi parte. Ellos me pidieron las señas de los del control primero. Me dijeron que les aguardara, que si no era cierto, me las vería negras y se fueron. Yo no me moví, no por miedo, sino porque no me gusta que me tomen por mentiroso. Al cabo de un rato largo regresaron. Está bueno, me dijeron, y para que se refresque aquí tiene una hielera con unas sodas, ya puede seguir. No me cobraron más. Aquí me he quedado para contarles cómo les gané la partida y cómo no pagué más que una vez. Seguro que ustedes han pagado el doble.

Hacía calor. Lo felicitaron al patojo por haber ganado y por no haber pagado más que una vez, sin decirle que ellos tampoco habían pagado dos veces. Para celebrar su victoria, ya que había ganado, y con aquel calor, podría regalarles al menos una soda de las que le habían dado los generosos extorsionadores.

El muchacho aceptó y fue a buscar la hielera. Al abrirla, no encontraron las sodas, sino dos cabezas de hombre, una con su gorra y todo, metidas entre el hielo.

El patojo por poco se desmaya, Benedicto mantuvo un poco la entereza y don Secundino se apartó un tanto para vaciar su estómago, que se le había puesto del revés. En silencio, enterraron los despojos. En silencio, se subieron en sus camiones y en silencio, se llegaron hasta la frontera.

Una vez en su valle, se juntaron los choferes a terminar el trato y el reparto de lo que a cada cual le tocaba. El patojo agarró sus billetes y, aunque habían pasado dos días desde que llegaran, todavía estaba pálido y le temblaban las manos. Benedicto agarró su parte y se la echó al morral, sin decir palabra. Secundino hizo lo propio, pero volviéndose al patojo, le dijo: Ahorita que habés cobrado, ¿nos invitás a unas sodas?

Mientras se regresaba a donde su doña Odilia se dijo a sí mismo: Si mi papá levantara la cabeza no tendría vergüenza de que su hijo fuera agricultor. Todo menos camionero.