Archivo por meses: octubre 2015

A la busca de un alias

Algunas veces tener un gran apellido o un apellido peculiar es más complicado que tener un apellido común. Los que tienen un apellido común generalmente se ven convocados por los dos apellidos o pierden el común y se quedan para siempre con el menos conocido. Algunos los estiran, añadiendo otros apellidos que puedan parecer más sonoros y crean compuestos. Pero, cuando se tiene un apellido poco corriente, uno se ve obligado a deletrearlo porque no es frecuente o enseguida percibe miradas de esas que establecen conexiones. Por otra parte, con esto de las redes sociales, el internet, etc, la peculiaridad del apellido hace que estés expuesto a las búsquedas más o menos indeseables e indeseadas. Dicho de otro modo, cualquiera te encuentra y se entera de qué haces, dónde vives o dónde estás, con quién te relacionas o cuáles son tus vínculos, con lo que tu privacidad desaparece como por arte de magia, sin que puedas evitarlo.

En esos casos de nombres peculiares, es conveniente recurrir a un pseudónimo o alias. Sin embargo, uno está acostumbrado a que lo reconozcan por su nombre y su apellido y encontrar otro que nos proporcione suficiente identidad y con el que nos sintamos a gusto no es tan fácil. Si se es mujer, ¿es conveniente buscarse un alias masculino? Si se es hombre, ¿ es mejor contar con un nombre femenino de recambio? Si mantenemos un nombre que es femenino, caso de tener ese género, ¿no estaremos fomentando un alter ego que nos absorba de tal modo que dejemos de ser nosotros mismos y nos convirtamos en otra persona? Si para no poner nuestra identidad al alcance de cualquiera, terminamos por confundirnos nosotros mismos, ¿habremos logrado algo o nos habremos perdido para siempre?

No es fácil esto de optar por un alias. Yo ya lo he hecho. Como soy mujer, he escogido finalmente un alias femenino que tiene toda la apariencia de un nombre real de persona. Es decir, no he optado por llamarme de un modo metafórico como por ejemplo ‘la gusanita de seda’. No. Mi alias podría figurar perfectamente en mi documento nacional de identidad. Podría firmar con él las cosas que escribo o los cuadros que pinto. Podría presentarme en público y todo el mundo creería que ese es mi nombre verdadero. Pero ese nombre que empezó como una simple pantalla tras la cual esconder un apellido excesivamente peculiar, se va apoderando de mí. Siento como, cada día que pasa, se corresponde de manera más adecuada, directa y convincente con mi identidad más profunda, aquella en la que yo me reconozco a mí misma. Al tiempo, mi verdadero nombre se comporta como un pseudónimo incómodo que me veo obligada a deletrear en todas las ocasiones en que lo pronuncio.

Todo lo que hago, en realidad lo hace la que lleva mi alias. Mi verdadero nombre (¿ o no?) se comporta como algo ajeno y que no se corresponde con la persona que actúa. Expresado de otro modo, empiezo a sentirme más cómoda y más en sintonía con mi alias que con lo que ha sido hasta ahora mi nombre y que me identificaba. Cuando me asalta esta sensación, me parece, no obstante, estar traicionando a mis ancestros, pero, tal vez, la culpa la tengan ellos por haberme legado ese endiablado y peculiar nombre. Quizá no debería haber escogido un nombre que suena tan auténtico.

Si ya te has acostumbrado a tu alias, tanto que te parece más adecuado que tu nombre original, ¿es conveniente buscarse otro, para evitar los efectos secundarios descritos? Si emprendiera ese camino, no correría el riesgo de perderme en una montaña de alias y, tras un tiempo breve, acumular un montón de identidades que suplantaran a la mía. Claro que, llegados a este punto ¿tengo clara cuál es mi identidad?

Bueno. Permaneceré en este alias que tengo algún tiempo más y quizá la solución sea, finalmente, considerarlo mi verdadero nombre y no volver a preocuparme de nada más.

Una llamada de atención con petición de socorro

Las necesidades del mundo actual son inmensas. La guerra de Oriente Medio, con sus diversos focos está produciendo una avalancha de refugiados que los países del entorno difícilmente pueden soportar. Líbano, por ejemplo, acoge a un número de refugiados sirios que equivale a un 30% de su población. Algo parecido ocurre en Jordania y en Turquía. Otros cientos de miles recorren Europa a la busca de asilo, hallando fronteras cerradas y rechazo. Un rechazo que tiene más que ver con el miedo que con posibles dificultades de acogida.

En África y en América latina la desnutrición infantil es una pandemia que condena a esos países por varias generaciones, privándolos del derecho a un futuro, de juventud y de esperanza.

En la Europa del sur y de manera especial en España, la pobreza crece y se desata la desigualdad que empieza a crear una brecha de difícil eliminación.

Ante todos estos focos de violencia, desprecio a los derechos humanos e injusticias, muchos de aquellos a los que nos acercamos para demandarles el apoyo a los proyectos de la Asociación Tacaná (F&D) se preguntan por qué no acudimos a esos otros frentes ya abiertos, en donde son legión las ONGs y organizaciones de todo tipo que prestan su apoyo.

La respuesta es sencilla. La oferta de participar en Tacaná, ya sea con aportaciones económicas o con iniciativas de todo tipo, no es excluyente ni sustitutiva. Es una opción. Una opción más por los pobres de la Tierra, por los desheredados, por los sin voz.

Centroamérica, espacio en donde desarrolla su labor esta Asociación, preferentemente Guatemala, Nicaragua, Costa Rica o Panamá, en muchos casos están considerados países emergentes, con una renta per cápita que no recoge en absoluto las desigualdades, ni la violencia, ni la desnutrición infantil, ni los embarazos de adolescentes, ni las violaciones dentro del núcleo familiar, ni la carencia de acceso a la educación, la sanidad o la vivienda digna.

La Asociación es una entidad modesta, con pocos recursos y con una fuerte entrega que suple la falta de infraestructuras o de apoyos. Por eso se plantea constantemente sensibilizar, solicitar el aporte de ideas, de iniciativas personales o colectivas. Se esfuerza en demandar de aquellos que la conocen que la difundan por los medios a su alcance, que hablen de ella a sus amistades, que se pongan pesados, que muevan a conocidos y amigos a aportar sus ideas. Que creen actividades que sirvan a un tiempo para difundir los proyectos de la Asociación, para sensibilizar y para captar colaboradores que estén dispuestos a entregar su esfuerzo y su tiempo a esta labor.

La Asociación considera que la formación de las personas en riesgo de exclusión social, en particular jóvenes mujeres que carecen de familia o de recursos, son sus beneficiarios directos. Esas jóvenes, que pueden ser independientes gracias a su trabajo, porque han adquirido unas habilidades profesionales, son el verdadero futuro y el desarrollo de sus países.

No echéis en saco roto la llamada de atención de estas líneas. Podéis utilizar los textos que sobre la labor de Tacaná se generan en esta páginas. Podéis utilizar lo que aparece en su muro de Facebook, dándole a compartir. Podéis contar de viva voz a vuestros conocidos lo que hace la Asociación, podéis organizar sesiones de presentación en vuestros círculos habituales, en vuestro trabajo. Los docentes pueden convocar a sus alumnos y a los padres de estos para que lleven a cabo acciones solidarias. Los artistas pueden ofrecer algo de lo que su arte genera; montar una exposición a beneficio de la Asociación, juntando a sus colegas y amigos. Los comerciantes pueden poner carteles o folletos en sus negocios para que la gente se informe. En fin, cada cual puede saber a donde llega su voz y su iniciativa.

Si necesitáis información o materiales para llevar a cabo algo en esta línea, no dejéis de pedirlos a tacana12@gmail.com. 

Algunos de los beneficiarios de los proyectos de la Asociación.

Proyecto Labrando nuestro futuro

web1web

webTeresaBeneficiarios del Proyecto Somos libres

cocinawebCocinas ecológicas para escuelas en Millatres, Almirante (Panamá)

ProyectoinvernaderowebInvernadero en Hogar Luis Amigó en Guatemala. Proyecto para la nutrición y sostenibilidad

YesicawebBecaria Somos libres 2016

 

 

El gato escaldado…

Antes de nada, voy a completar el refrán y explicar su significado. Esto no lo hago por pedantería, sino porque he observado que, cada vez con mayor frecuencia, se usan las frases hechas y los refranes de forma incorrecta y tergiversada.

El tal refrán que da título a este texto dice: El gato escaldado del agua fría huye. Lo que viene a significar que cuando uno ha tenido una mala experiencia, se aparta de cualquier cosa que le recuerde el mal trago. Es decir, el gato huye del agua fría porque en algún momento le ha caído encima agua hirviendo.

Dicho esto como aviso a navegantes, vayamos a lo que nos ocupa.

Vengo observando desde hace tiempo y creo que en alguna parte lo escribí, parafraseando el célebre poema de Kavafis Que vienen los bárbaros, que las actuales potencias mundiales y otras que no lo son tanto, pero aspiran al puesto; es decir USA y Rusia, andaban buscando excusas para una reedición de la Guerra Fría, ya que, al parecer, no se les ocurría de qué modo podrían mantener sus sistemas de amenaza tácita, de tal modo que el resto de los pueblos y naciones se alinearan en uno u otro bando.

Ya desde tiempo de los zares (siglo XIX y comienzos del XX) Rusia intentaba poner un pie en Persia y en otras partes del Oriente Medio. En aquella época se apoyaba en la población cristiano-ortodoxa de la zona, dotándola de iglesias monumentales, como la muy conocida por sus ‘cebollas’ doradas Iglesia de la Magdalena de Jerusalén, además de intrigar de manera menos artística en las cancillerías y de enviar soldados a aquellas zonas. Por su parte, el emergente imperio yankee también se afanaba por tomar posiciones, siguiendo las trazas de su mentor y antigua metrópoli, el Imperio británico, para meter mano en Arabia, en Persia y en el resto del Oriente Medio, siguiendo métodos muy semejantes; proselitismo protestante, espías, educación, etc. En este juego, que no era sino un pulso entre bravucones, jugaban su papel Francia e incluso las distintas naciones que han conformado el Imperio Austro-húngaro, Prusia y, su posterior secuela, Alemania.

Estos afanes que dieron lugar a la Primera Guerra Mundial, se volvieron a repetir después de la Segunda Guerra Mundial y tuvieron sus posteriores coletazos en la guerra de Afganistán y tienen su momento presente en las sucesivas guerras del Golfo y en la actual ola de violencia que vive Iraq, Siria y territorios aledaños.

Hubo un momento en que, tras la caída de la Unión Soviética, se empezó a buscar desesperadamente un nuevo grupo de bárbaros con los que atemorizar a las poblaciones de los países democráticos, y de paso a otros menos democráticos. La amenaza del Islam empezó a cobrar fuerza; la violencia, las dictaduras, los aliados, la inmigración produjeron una imagen perfecta para sostener al nuevo demonio al que combatir. Repitiendo para ello clichés ya acuñados en la antigua Grecia, revividos durante el Imperio romano y sostenidos durante siglos a los largo de la Edad Media, de la conquista de América y en tiempos más recientes contra minorías marginales y marginadas; sucios, ruidosos, incultos, con costumbres extrañas o depravadas, etc., etc.

Así sobrevinieron una serie de guerras, limpiezas étnicas y otros desastres que arrasaron los Balcanes, condujeron a la guerra de Chechenia y tuvieron sus extensiones en las provincias pobladas por uigures en China, ese coloso emergente. Pero sobre todo tuvieron su efecto directo sobre Iraq. Sin hablar de la continuada guerra de Palestina, que ha gozado de épocas de silencio, pero que se reaviva periódicamente desde la creación del Estado de Israel en 1948.

Hace algún tiempo, cuando un miembro de los hermanos musulmanes de Egipto habló en Teherán, en una conferencia de pueblos musulmanes, de que su país estaba llamado a ser la potencia islámica sunní de la zona, en el puro corazón de la nueva República Islámica de Irán, cabeza de los musulmanes chiíes, aquello me sorprendió y ya lo comenté en otro texto colgado en esta página. Sabemos cuál ha sido la suerte del señor Mursi, encarcelado y condenado, tras un golpe militar.

La Rusia de Putin empieza a actuar como ha venido actuando el Estado de Israel, al margen de las indicaciones y recomendaciones de los organismo internacionales, se anexiona Crimea para establecer un puente defensivo entre el territorio de Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas, mayoritariamente pobladas por musulmanes sunníes, y aprovecha la coyuntura para aliarse con Irán y con su protegida Siria, convirtiéndose en el adalid de los chiíes de la zona.

Mientras, Arabia Saudí, posiblemente empujada por sus aliados  USA, se empeña en la persecución de los chiíes en el territorio de ese Yemen tan inestable en los últimos setenta años, provocando una guerra civil que es bastante silenciosa, pero también cuenta con sus muertos y sus destrucciones.

Repetimos la historia, no como el gato, sino demostrando una falta absoluta de imaginación, capacidad negociadora y otras habilidades políticas que deberían aflorar en estos momentos en que hay millones de personas que mueren cada día, cuyas haciendas son expoliadas y destruidas y cuando va desapareciendo parte del patrimonio cultural de los siglos pasados; Palmira es un buen ejemplo, pero las mezquitas aljamas de Alepo y Damasco están casi en ruinas y ellas también son patrimonio cultural.

No parece que las potencias actuales y las aspirantes sean capaces de escarmentar y cabe la sospecha de que no solo no pretenden hacerlo, sino que se mueven a su aire, reproduciendo sus viejos vicios.

Dicho sea de paso, Europa y sus potencias de antaño hacen un papel más bien triste, por no decir indignante, en lo que a derechos humanos se refiere y capacidad para la solidaridad, con todos esos refugiados, ahogándose en el Mare Nostrum o vagando como almas en pena por las cerradas fronteras.

Aún queda una pregunta que hacerse; quién sostiene al ISIS, Daesh o Califato islámico. Dicen que se sostiene a base de la droga que cultiva en la zona y expande por todo el mundo. Pero antes de que conquistara esos territorios cuya producción ya sostuvo a los talibanes de Afganistán, contaba con una flotilla impresionante de vehículos acorazados de marca Toyota y esto lo sé simplemente por fijarme en las fotografías que publican los diarios. No tengo información privilegiada. Sabemos que la mayor parte de sus fanatizados combatientes proceden de estratos sociales bien formados, pero desfavorecidos y, además de presentarse como fanáticos defensores de la pureza del Islam, son soldados mercenarios. Es decir, cobran por su trabajo sanguinario y también por aprenderse de memoria la lección de tintes religiosos que sus líderes les inculcan. ¿Quién financia a este nuevo estado conquistador? ¿Quién lo provee de armas? ¿Compran los Toyota en el concesionario de su barrio?

¡Ay! quién pudiera recuperar la sabiduría del gato del refrán.

¡Qué cosas!

Una fotografía en un diario nos muestra a tres caballeros -todos ellos con cargos importantes- levantándose de una mesa. Los tres, como en un friso egipcio antiguo, están de perfil. Los tres, por tanto, se dan la espalda. Los tres se muestran satisfechos del papel que acaban de desempeñar, llevándose la contraria. Los tres, posiblemente, tienen razón, porque la verdad absoluta no es patrimonio de nadie. Los tres, no obstante, pretenden estar en posesión de ella. Pero hay un gesto mínimo que los delata e iguala. Los tres se llevan la mano, la misma mano, al botón de la americana y se la abrochan. Con ese gesto, el friso de imágenes idénticas queda completo. No importa que cada cual tenga el pelo de forma diferente o tenga una nariz distinta. Ya se sabe que no hay dos narices exactamente iguales.

Una vez publicada esa imagen en los diarios -un gran acierto del fotógrafo- se habrán parado a mirarla. Se habrán dado cuenta de ese gesto que les anula las diferencias y los pone a la misma  altura o seguirán poseídos de su razón suprema y ni siquiera habrán advertido que no es tanto lo que los separa.

A veces un mínimo gesto nos delata y nos pone en nuestro lugar. Ese botón imperceptible tiene la clave.

Una visita a Extremadura

Muchos sabéis que tenemos una hija que vive en Extremadura. Ella es arqueóloga y lleva adelante una pequeña empresa. En este momento, además de trabajar, cosa que no es fácil en ese terreno, está vigilando la reconstrucción de una vieja casita que compramos allí, con el fin de que ella se vaya a vivir a ella.

En este viaje, además de visitarla, se trataba de escoger materiales necesarios para el remate de la construcción y, por supuesto, hacer algo de turismo.

Las imágenes os darán idea de nuestras andanzas. Esta es la casa que estamos reconstruyendo. En el momento de visitarla, estaban echando la solera y haciendo el encofrado de los pilares que la sostendrán.

?

La casa tiene un primer cuerpo antiguo, con un alzado bajo el tejado que simplemente se va a sanear y hacer habitable.

?

En esta imagen podéis ver el cuerpo anterior, semi-derribado, que deja la marca de un arco de bóveda en la pared de lo que será un patio previo y el arranque de la nueva construcción. De manera que la nueva casa tendrá un patio anterior, uno posterior y un cuerpo de una habitación que tiene fachada a la calle.

?

Mi hija en la puerta que da paso al módulo exterior, en la entrada al nuevo patio.

Tras la visita obligada a la obra de la casa y después de recorrer diversos polígonos industriales a la búsqueda de los materiales, fuimos a visitar las obras que ella dirige en la Alcazaba de Badajoz. Este magnífico espacio, ubicado en un meandro del río, como toda fortaleza que se precie, encierra en su subsuelo toda clase de restos de las diversas ocupaciones y de los distintos fines a los que se ha destinado. poco a poco, van saliendo muros del siglo XVII y más aún, los restos de la primitiva muralla almohade. Gracias a las doctas explicaciones de nuestra arqueóloga y de uno de sus compañeros, conseguimos medio entender lo que significaba todo aquel batiburrillo de muros, zanjas, escombros y tierras removidas con esmero.

Restos de la muralla almohade
Restos de la muralla almohade

 

?

Una vez visitada la excavación con nuestro preceptivo casco de obra en la cabeza, nos fuimos a comer a la contigua Plaza Alta, un precioso lugar que ha sido recientemente saneado y restaurado y que es magnífico.

Otro día hicimos una excursión a Medellín para visitar el teatro romano no hace mucho descubierto al pie de la fortaleza. Esta también está ubicada en un recodo del río y muestra la hermosura de ese pueblo y de su fértil vega. El teatro ha sido ya parcialmente restaurado, aunque no suficientemente protegido de las palomas que lo habitan, y se utiliza para representaciones. Asistir a alguna de ellas debe ser magnífico.

?

En la ladera sur de este cerro es donde se encuentra el teatro romano y el Centro de Interpretación, pequeño museo que contiene copias de piezas notables halladas in situ y que dan una idea de la categoría de aquel espacio. Un video de reconstrucción permite hacerse una buena imagen de cómo sería.

En la subida al cerro está la iglesia de San Francisco en la que, según se dice, fue bautizado Hernán Cortés.

?

Y, por fin, el teatro y sus vistas.

?

?

 

Otro día visitamos Almendralejo. este es un pueblo precioso que ya conocíamos al menos en parte, pero nunca habíamos estado en el Enterramiento calcolítico (4000 años) de Huerta Montero y que es digno de verse.

También estuvimos en el Museo de las Ciencias del Vino que merece la pena y en el parque junto a la Iglesia de la Virgen de la Piedad.

?

?

No es un anuncio de cerveza, sino para que veáis lo guapa que es mi hija
No es un anuncio de cerveza, sino para que veáis lo guapa que es mi hija

En Mérida, pasamos junto a la Iglesia del Calvario. Esta, junto con otras iglesias y el aire de muchos edificios extremeños, no dejan duda de que los descubridores de América se llevaron sus ideas estéticas hasta allá. En Guatemala hay múltiples lugares dedicados al Calvario y, en concreto en Salcajá, hay un Calvario que se parece en todo al emeritense.

?
?
?
Por la noche, de luna llena, cenamos al aire libre, junto a la muralla de la Alcazaba de Mérida. Ahí os dejo con esa luna y con una vista de la puesta de sol sobre el Guadiana.

?

 

?

Un encuentro feliz

Me llegan de Guatemala, vía chat, unas preciosas fotografías que quiero compartir con todos los que seguís las andanzas de nuestra modesta Asociación.

Las fotografías están tomadas en el Hogar Luis Amigó de Urbina-Cantel que como muchos sabéis es el centro de atención de nuestros proyectos educativos y de formación.

Una de nuestras becarias que ya abandonó el Hogar, al haber cumplido su mayoría de edad y tras formarse, gracias a nuestras becas Kristina Iturralde -que todos financiáis con vuestras aportaciones-, dentro del Proyecto Somos libres, ha constituido su propia familia y ha tenido en el mes de septiembre un hermoso hijo varón. El hecho por sí mismo ya es algo que nos llena de esperanza y alegría, pero es hermoso verla entre algunas de sus antiguas compañeras junto a su hijo.

Muchas de estas niñas, residentes en el Hogar, carecen de familia o han tenido terribles experiencias de desamor y desapego de sus familiares. Es un ejemplo para ellas ver que una puede formar su propia familia, tener hijos y cuidarlos con esmero, pues algunos de sus temores van por ahí; no saben si no serán capaces de dar un amor que no han aprendido a recibir o del que han carecido. Sin embargo, ahí está la prueba y con ella un rayo de esperanza y de ilusión.

Desde este otro lado del mar y en la lejanía, un encuentro como este nos llena de gratitud no sólo a la buena gente que apoya a las acciones de la Asociación, sino hacia las Hermanas Terciarias Capuchinas que dirigen este Hogar. Ellas han hecho posible que cosas así sucedan. La vida puede con todo.web1 web2web3  

Cosas de cocina

Inmediatamente después del desayuno, suelo ponerme a cocinar. Esto significa que aún estoy en ropa de casa; pijama y bata. Esta mañana, mientras me hallaba en esa situación, se me ha ocurrido pensar que yo no podría hacer esos videos de recetas que tan de moda están y que todo el mundo cuelga en sus web o en, las así llamadas, diversas redes sociales, porque, claro, no es cuestión de aparecer de esa guisa ante miles de ojos.

También pensé que era lo de menos, porque casi todos los que acceden a mi página o bien están intentando venderme viagra o son amigos y parientes que ya me han visto en mis horas más bajas alguna vez.

Como la mente vuela, no sólo me entretenía en estos pensamientos, sino que, buscando una buena receta para renovar un primero de alcachofas, recordé algo que decía mi madre: Como no tengo de esto, le pongo esto otro que es parecido. Efectivamente. La receta decía: Póngale manzana reineta, y yo, tras dar una ojeada al cesto de la fruta, agarré dos ciruelas, las laminé y las eché al sofrito de perejil y ajo picado. Más adelante decía: Añada una cucharadita de mostaza de Dijon. Me fui rauda a la nevera, convencida de que allí había un bote. Pero, no. No había mostaza de Dijon. Así que saqué unas cuantas alcaparras y las agregué al sofrito. Mi mente seguía dando vueltas. Las ciruelas no tienen esa carne harinosa que tienen las manzanas, así que esta salsa va a quedar con poco cuerpo. Solución: añadir unos polvillos de puré de patata. Tras darle vueltas en la sartén a aquel amasijo de cosas heterogéneas y que en nada se parecían a la receta original, seguí leyendo: Páselo por la batidora y agréguelo a las alcachofas previamente cocidas, ajuste el punto de sal y déjelas dar un hervor. Eso hice. Aquí era fácil seguir la receta, pues tengo batidora y las alcachofas ya estaban cocidas. Ajusté el punto de sal y ¡voilà! un plato estupendo.

Os he dado una buena idea para renovar las recetas de alcachofas y os he ahorrado el verme con los pelos de punta y la cara de dormir. Pero la mente seguía trabajando y la vieja máxima culinaria de mi madre me volvió a la cabeza. Una oleada de ternura me invadió y sentí una fuerte añoranza de su presencia. Ella murió hace quince años y yo jamás cociné con ella. Casi se me saltan las lágrimas. No en vano una amiga mía decía que lo peor es añorar lo que nunca se ha tenido.

Para que luego digan que cocinar es alienante, que es un oficio obligado y aburrido, que es una pérdida de tiempo.

Espero que os gusten las alcachofas en salsa de ciruelas.

 

A la busca de un texto con vida

Hace tiempo que me aparté de la novela española contemporánea y me refugié en traducciones, algunas muy buenas, de autores victorianos y sus secuelas británicas y estadounidenses.

Sin embargo, ese alejamiento me pareció durante años una especie de traición a la lengua que considero materna. Por eso, de cuando en cuando, guiada por el nombre de un autor que emerge o por premios literarios de carácter nacional me aproximo a alguna de esas obras y experimento una desazón que vuelve a empujarme hacia los autores en lengua inglesa del siglo XIX y de comienzos del XX que, por mi corto conocimiento de la misma, me veo obligada a leer en traducción.

Sigo, no obstante, preguntándome qué es lo que me produce ese rechazo. Qué es lo que me obliga a dejar inconclusas esas lecturas y me arrastra hacia otros horizontes literarios que, en el fondo, me son ajenos y a los que me aproximo apoyada en las muletas de un intérprete intermediario.

Hace unas semanas supe de un nuevo premio nacional y me apresuré a comprar el libro. Trata de un asunto que me resulta cercano por mis orígenes y, como ya había tenido una experiencia frustrante con otra novela que se ocupaba de un asunto semejante y que había conseguido un gran renombre, me acerqué a este recién adquirido ejemplar con una mezcla de esperanza y desasosiego.

La estoy leyendo. No sé qué ocurrirá a lo largo de sus muchas páginas, pero vuelvo a sentir que me asalta una cierta desazón. Reconozco que, a diferencia de la anterior experiencia, esta historia está bien documentada, el narrador es hábil y se expresa con sencillez y claridad, acertando en general en el empleo de un lenguaje que reproduce los modos de expresión de hace unos setenta años, de una clase media acomodada de un determinado lugar muy marcado por su geografía y por la pluralidad de culturas. La historia avanza lentamente sin que recurra para ello a descripciones prolijas de esas que invitan al lector a saltar sobre las líneas, pues nada aportan al desarrollo de lo que les ocurre a los personajes y que tampoco contribuyen a una debida ambientación.

El tema, como decía, me es cercano y, por ello, pienso que debería engancharme, pero no es así y siento que voy devorando las páginas esperando hallar ese no sé qué que te ata definitivamente a un texto y no te permite hacer ninguna otra cosa sino seguir leyendo, robando el tiempo a otras tareas u obligaciones.

Me preocupa ese desinterés mío por la literatura en español de autores españoles contemporáneos. Insisto en que me parece una especie de falta de patriotismo, aunque este sea un sentimiento trasnochado, pero no puedo evitarlo, por eso me devano los sesos tratando de averiguar qué es lo que me produce ese rechazo.

Creo que hoy, precisamente cuando la historia ha comenzado a interesarme, pues ya llevo leídas unas docenas de páginas en las que realmente no ocurre gran cosa y empiezo a preguntarme a dónde conduce todo lo hasta ahí escrito, he comenzado a vislumbrar la causa de mi desencanto.

Tengo la impresión de que, como en anteriores ocasiones en que los libros se me han caído de las manos, lo que ocurre es que no me despiertan estos textos ninguna emoción. No noto que me revelen nada acerca de la vida, no siento que haya hondura en las motivaciones de los personajes, los acontecimientos narrados son banales; no porque lo sean en sí mismos, sino por el modo en que discurren ante mis ojos. Los conflictos, desamores, infidelidades, desconciertos ante un mundo cambiante, el afán por mantener un modo de vida que necesariamente fluye son mecánicos, desalmados, en el sentido de que carecen de alma. Me da la impresión de que el autor (o la autora en otros casos) no siente la más mínima empatía hacia sus personajes. No se preocupa por sus sufrimientos o sus alegrías, no toma partido, no se pone en su lugar; simplemente se limita a contarnos lo que hacen y cómo se desenvuelven en las circunstancias que les han tocado. Por eso quiero saber qué va a pasar, cómo acabará todo, pero es simple curiosidad.

El relato no mueve mi interés, no agita mis emociones, no me hace situarme en el lado de la esposa engañada o del marido infiel, no me empuja a compadecerme de la joven enamoradiza que no encuentra una pareja estable, no me hace reír con las gracias de los niños, ni me produce rechazo un personaje pedigüeño y halagador. La circunstancia descrita que aborda un asunto tan importante como es el de que la historia, que no depende de la voluntad de las personas comunes, las  arrastra y obliga a tomar decisiones que no formaban parte de su horizonte vital, es simplemente un telón de fondo o más bien como un viento fuerte contra el que los personajes no ofrecen la menor resistencia sino de manera desapasionada y frívola.

Esta banalidad atraviesa todo el relato. No hay verdaderas pasiones. No existe una conciencia del yo, del otro y de los demás o del nosotros. Todo pasa como si estuviéramos hojeando un viejo álbum de fotografías en blanco y negro, sin saber qué estaban haciendo aquellas personas en aquel espacio, ataviadas de aquel modo y en actitudes diversas. Pasan las páginas y no sabemos bien cuál es su identidad, qué pretenden en la vida, cómo pasan sus horas, aunque las veamos trabajar, dialogar, enfadarse, celebrar o debatir.

Seguiré leyendo esta novela y, probablemente, a ella le sigan otras, pues seguiré ensayando a ver si averiguo qué es lo que pasa para que esta literatura tan difundida y tan premiada me resulte tan poco atractiva. De todos modos sospecho que la clave está ahí, no hay verdadera vida en ellas. Son una ficción dentro de otra ficción. Me temo que no se convertirán en un clásico al que recurrir para entender qué hacemos sobre la Tierra, por muchos ejemplares que vendan.