Archivo por días: 3 octubre, 2015

A la busca de un texto con vida

Hace tiempo que me aparté de la novela española contemporánea y me refugié en traducciones, algunas muy buenas, de autores victorianos y sus secuelas británicas y estadounidenses.

Sin embargo, ese alejamiento me pareció durante años una especie de traición a la lengua que considero materna. Por eso, de cuando en cuando, guiada por el nombre de un autor que emerge o por premios literarios de carácter nacional me aproximo a alguna de esas obras y experimento una desazón que vuelve a empujarme hacia los autores en lengua inglesa del siglo XIX y de comienzos del XX que, por mi corto conocimiento de la misma, me veo obligada a leer en traducción.

Sigo, no obstante, preguntándome qué es lo que me produce ese rechazo. Qué es lo que me obliga a dejar inconclusas esas lecturas y me arrastra hacia otros horizontes literarios que, en el fondo, me son ajenos y a los que me aproximo apoyada en las muletas de un intérprete intermediario.

Hace unas semanas supe de un nuevo premio nacional y me apresuré a comprar el libro. Trata de un asunto que me resulta cercano por mis orígenes y, como ya había tenido una experiencia frustrante con otra novela que se ocupaba de un asunto semejante y que había conseguido un gran renombre, me acerqué a este recién adquirido ejemplar con una mezcla de esperanza y desasosiego.

La estoy leyendo. No sé qué ocurrirá a lo largo de sus muchas páginas, pero vuelvo a sentir que me asalta una cierta desazón. Reconozco que, a diferencia de la anterior experiencia, esta historia está bien documentada, el narrador es hábil y se expresa con sencillez y claridad, acertando en general en el empleo de un lenguaje que reproduce los modos de expresión de hace unos setenta años, de una clase media acomodada de un determinado lugar muy marcado por su geografía y por la pluralidad de culturas. La historia avanza lentamente sin que recurra para ello a descripciones prolijas de esas que invitan al lector a saltar sobre las líneas, pues nada aportan al desarrollo de lo que les ocurre a los personajes y que tampoco contribuyen a una debida ambientación.

El tema, como decía, me es cercano y, por ello, pienso que debería engancharme, pero no es así y siento que voy devorando las páginas esperando hallar ese no sé qué que te ata definitivamente a un texto y no te permite hacer ninguna otra cosa sino seguir leyendo, robando el tiempo a otras tareas u obligaciones.

Me preocupa ese desinterés mío por la literatura en español de autores españoles contemporáneos. Insisto en que me parece una especie de falta de patriotismo, aunque este sea un sentimiento trasnochado, pero no puedo evitarlo, por eso me devano los sesos tratando de averiguar qué es lo que me produce ese rechazo.

Creo que hoy, precisamente cuando la historia ha comenzado a interesarme, pues ya llevo leídas unas docenas de páginas en las que realmente no ocurre gran cosa y empiezo a preguntarme a dónde conduce todo lo hasta ahí escrito, he comenzado a vislumbrar la causa de mi desencanto.

Tengo la impresión de que, como en anteriores ocasiones en que los libros se me han caído de las manos, lo que ocurre es que no me despiertan estos textos ninguna emoción. No noto que me revelen nada acerca de la vida, no siento que haya hondura en las motivaciones de los personajes, los acontecimientos narrados son banales; no porque lo sean en sí mismos, sino por el modo en que discurren ante mis ojos. Los conflictos, desamores, infidelidades, desconciertos ante un mundo cambiante, el afán por mantener un modo de vida que necesariamente fluye son mecánicos, desalmados, en el sentido de que carecen de alma. Me da la impresión de que el autor (o la autora en otros casos) no siente la más mínima empatía hacia sus personajes. No se preocupa por sus sufrimientos o sus alegrías, no toma partido, no se pone en su lugar; simplemente se limita a contarnos lo que hacen y cómo se desenvuelven en las circunstancias que les han tocado. Por eso quiero saber qué va a pasar, cómo acabará todo, pero es simple curiosidad.

El relato no mueve mi interés, no agita mis emociones, no me hace situarme en el lado de la esposa engañada o del marido infiel, no me empuja a compadecerme de la joven enamoradiza que no encuentra una pareja estable, no me hace reír con las gracias de los niños, ni me produce rechazo un personaje pedigüeño y halagador. La circunstancia descrita que aborda un asunto tan importante como es el de que la historia, que no depende de la voluntad de las personas comunes, las  arrastra y obliga a tomar decisiones que no formaban parte de su horizonte vital, es simplemente un telón de fondo o más bien como un viento fuerte contra el que los personajes no ofrecen la menor resistencia sino de manera desapasionada y frívola.

Esta banalidad atraviesa todo el relato. No hay verdaderas pasiones. No existe una conciencia del yo, del otro y de los demás o del nosotros. Todo pasa como si estuviéramos hojeando un viejo álbum de fotografías en blanco y negro, sin saber qué estaban haciendo aquellas personas en aquel espacio, ataviadas de aquel modo y en actitudes diversas. Pasan las páginas y no sabemos bien cuál es su identidad, qué pretenden en la vida, cómo pasan sus horas, aunque las veamos trabajar, dialogar, enfadarse, celebrar o debatir.

Seguiré leyendo esta novela y, probablemente, a ella le sigan otras, pues seguiré ensayando a ver si averiguo qué es lo que pasa para que esta literatura tan difundida y tan premiada me resulte tan poco atractiva. De todos modos sospecho que la clave está ahí, no hay verdadera vida en ellas. Son una ficción dentro de otra ficción. Me temo que no se convertirán en un clásico al que recurrir para entender qué hacemos sobre la Tierra, por muchos ejemplares que vendan.