Archivo por días: 13 octubre, 2015

El gato escaldado…

Antes de nada, voy a completar el refrán y explicar su significado. Esto no lo hago por pedantería, sino porque he observado que, cada vez con mayor frecuencia, se usan las frases hechas y los refranes de forma incorrecta y tergiversada.

El tal refrán que da título a este texto dice: El gato escaldado del agua fría huye. Lo que viene a significar que cuando uno ha tenido una mala experiencia, se aparta de cualquier cosa que le recuerde el mal trago. Es decir, el gato huye del agua fría porque en algún momento le ha caído encima agua hirviendo.

Dicho esto como aviso a navegantes, vayamos a lo que nos ocupa.

Vengo observando desde hace tiempo y creo que en alguna parte lo escribí, parafraseando el célebre poema de Kavafis Que vienen los bárbaros, que las actuales potencias mundiales y otras que no lo son tanto, pero aspiran al puesto; es decir USA y Rusia, andaban buscando excusas para una reedición de la Guerra Fría, ya que, al parecer, no se les ocurría de qué modo podrían mantener sus sistemas de amenaza tácita, de tal modo que el resto de los pueblos y naciones se alinearan en uno u otro bando.

Ya desde tiempo de los zares (siglo XIX y comienzos del XX) Rusia intentaba poner un pie en Persia y en otras partes del Oriente Medio. En aquella época se apoyaba en la población cristiano-ortodoxa de la zona, dotándola de iglesias monumentales, como la muy conocida por sus ‘cebollas’ doradas Iglesia de la Magdalena de Jerusalén, además de intrigar de manera menos artística en las cancillerías y de enviar soldados a aquellas zonas. Por su parte, el emergente imperio yankee también se afanaba por tomar posiciones, siguiendo las trazas de su mentor y antigua metrópoli, el Imperio británico, para meter mano en Arabia, en Persia y en el resto del Oriente Medio, siguiendo métodos muy semejantes; proselitismo protestante, espías, educación, etc. En este juego, que no era sino un pulso entre bravucones, jugaban su papel Francia e incluso las distintas naciones que han conformado el Imperio Austro-húngaro, Prusia y, su posterior secuela, Alemania.

Estos afanes que dieron lugar a la Primera Guerra Mundial, se volvieron a repetir después de la Segunda Guerra Mundial y tuvieron sus posteriores coletazos en la guerra de Afganistán y tienen su momento presente en las sucesivas guerras del Golfo y en la actual ola de violencia que vive Iraq, Siria y territorios aledaños.

Hubo un momento en que, tras la caída de la Unión Soviética, se empezó a buscar desesperadamente un nuevo grupo de bárbaros con los que atemorizar a las poblaciones de los países democráticos, y de paso a otros menos democráticos. La amenaza del Islam empezó a cobrar fuerza; la violencia, las dictaduras, los aliados, la inmigración produjeron una imagen perfecta para sostener al nuevo demonio al que combatir. Repitiendo para ello clichés ya acuñados en la antigua Grecia, revividos durante el Imperio romano y sostenidos durante siglos a los largo de la Edad Media, de la conquista de América y en tiempos más recientes contra minorías marginales y marginadas; sucios, ruidosos, incultos, con costumbres extrañas o depravadas, etc., etc.

Así sobrevinieron una serie de guerras, limpiezas étnicas y otros desastres que arrasaron los Balcanes, condujeron a la guerra de Chechenia y tuvieron sus extensiones en las provincias pobladas por uigures en China, ese coloso emergente. Pero sobre todo tuvieron su efecto directo sobre Iraq. Sin hablar de la continuada guerra de Palestina, que ha gozado de épocas de silencio, pero que se reaviva periódicamente desde la creación del Estado de Israel en 1948.

Hace algún tiempo, cuando un miembro de los hermanos musulmanes de Egipto habló en Teherán, en una conferencia de pueblos musulmanes, de que su país estaba llamado a ser la potencia islámica sunní de la zona, en el puro corazón de la nueva República Islámica de Irán, cabeza de los musulmanes chiíes, aquello me sorprendió y ya lo comenté en otro texto colgado en esta página. Sabemos cuál ha sido la suerte del señor Mursi, encarcelado y condenado, tras un golpe militar.

La Rusia de Putin empieza a actuar como ha venido actuando el Estado de Israel, al margen de las indicaciones y recomendaciones de los organismo internacionales, se anexiona Crimea para establecer un puente defensivo entre el territorio de Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas, mayoritariamente pobladas por musulmanes sunníes, y aprovecha la coyuntura para aliarse con Irán y con su protegida Siria, convirtiéndose en el adalid de los chiíes de la zona.

Mientras, Arabia Saudí, posiblemente empujada por sus aliados  USA, se empeña en la persecución de los chiíes en el territorio de ese Yemen tan inestable en los últimos setenta años, provocando una guerra civil que es bastante silenciosa, pero también cuenta con sus muertos y sus destrucciones.

Repetimos la historia, no como el gato, sino demostrando una falta absoluta de imaginación, capacidad negociadora y otras habilidades políticas que deberían aflorar en estos momentos en que hay millones de personas que mueren cada día, cuyas haciendas son expoliadas y destruidas y cuando va desapareciendo parte del patrimonio cultural de los siglos pasados; Palmira es un buen ejemplo, pero las mezquitas aljamas de Alepo y Damasco están casi en ruinas y ellas también son patrimonio cultural.

No parece que las potencias actuales y las aspirantes sean capaces de escarmentar y cabe la sospecha de que no solo no pretenden hacerlo, sino que se mueven a su aire, reproduciendo sus viejos vicios.

Dicho sea de paso, Europa y sus potencias de antaño hacen un papel más bien triste, por no decir indignante, en lo que a derechos humanos se refiere y capacidad para la solidaridad, con todos esos refugiados, ahogándose en el Mare Nostrum o vagando como almas en pena por las cerradas fronteras.

Aún queda una pregunta que hacerse; quién sostiene al ISIS, Daesh o Califato islámico. Dicen que se sostiene a base de la droga que cultiva en la zona y expande por todo el mundo. Pero antes de que conquistara esos territorios cuya producción ya sostuvo a los talibanes de Afganistán, contaba con una flotilla impresionante de vehículos acorazados de marca Toyota y esto lo sé simplemente por fijarme en las fotografías que publican los diarios. No tengo información privilegiada. Sabemos que la mayor parte de sus fanatizados combatientes proceden de estratos sociales bien formados, pero desfavorecidos y, además de presentarse como fanáticos defensores de la pureza del Islam, son soldados mercenarios. Es decir, cobran por su trabajo sanguinario y también por aprenderse de memoria la lección de tintes religiosos que sus líderes les inculcan. ¿Quién financia a este nuevo estado conquistador? ¿Quién lo provee de armas? ¿Compran los Toyota en el concesionario de su barrio?

¡Ay! quién pudiera recuperar la sabiduría del gato del refrán.