Archivo por días: 26 octubre, 2015

A la busca de un alias

Algunas veces tener un gran apellido o un apellido peculiar es más complicado que tener un apellido común. Los que tienen un apellido común generalmente se ven convocados por los dos apellidos o pierden el común y se quedan para siempre con el menos conocido. Algunos los estiran, añadiendo otros apellidos que puedan parecer más sonoros y crean compuestos. Pero, cuando se tiene un apellido poco corriente, uno se ve obligado a deletrearlo porque no es frecuente o enseguida percibe miradas de esas que establecen conexiones. Por otra parte, con esto de las redes sociales, el internet, etc, la peculiaridad del apellido hace que estés expuesto a las búsquedas más o menos indeseables e indeseadas. Dicho de otro modo, cualquiera te encuentra y se entera de qué haces, dónde vives o dónde estás, con quién te relacionas o cuáles son tus vínculos, con lo que tu privacidad desaparece como por arte de magia, sin que puedas evitarlo.

En esos casos de nombres peculiares, es conveniente recurrir a un pseudónimo o alias. Sin embargo, uno está acostumbrado a que lo reconozcan por su nombre y su apellido y encontrar otro que nos proporcione suficiente identidad y con el que nos sintamos a gusto no es tan fácil. Si se es mujer, ¿es conveniente buscarse un alias masculino? Si se es hombre, ¿ es mejor contar con un nombre femenino de recambio? Si mantenemos un nombre que es femenino, caso de tener ese género, ¿no estaremos fomentando un alter ego que nos absorba de tal modo que dejemos de ser nosotros mismos y nos convirtamos en otra persona? Si para no poner nuestra identidad al alcance de cualquiera, terminamos por confundirnos nosotros mismos, ¿habremos logrado algo o nos habremos perdido para siempre?

No es fácil esto de optar por un alias. Yo ya lo he hecho. Como soy mujer, he escogido finalmente un alias femenino que tiene toda la apariencia de un nombre real de persona. Es decir, no he optado por llamarme de un modo metafórico como por ejemplo ‘la gusanita de seda’. No. Mi alias podría figurar perfectamente en mi documento nacional de identidad. Podría firmar con él las cosas que escribo o los cuadros que pinto. Podría presentarme en público y todo el mundo creería que ese es mi nombre verdadero. Pero ese nombre que empezó como una simple pantalla tras la cual esconder un apellido excesivamente peculiar, se va apoderando de mí. Siento como, cada día que pasa, se corresponde de manera más adecuada, directa y convincente con mi identidad más profunda, aquella en la que yo me reconozco a mí misma. Al tiempo, mi verdadero nombre se comporta como un pseudónimo incómodo que me veo obligada a deletrear en todas las ocasiones en que lo pronuncio.

Todo lo que hago, en realidad lo hace la que lleva mi alias. Mi verdadero nombre (¿ o no?) se comporta como algo ajeno y que no se corresponde con la persona que actúa. Expresado de otro modo, empiezo a sentirme más cómoda y más en sintonía con mi alias que con lo que ha sido hasta ahora mi nombre y que me identificaba. Cuando me asalta esta sensación, me parece, no obstante, estar traicionando a mis ancestros, pero, tal vez, la culpa la tengan ellos por haberme legado ese endiablado y peculiar nombre. Quizá no debería haber escogido un nombre que suena tan auténtico.

Si ya te has acostumbrado a tu alias, tanto que te parece más adecuado que tu nombre original, ¿es conveniente buscarse otro, para evitar los efectos secundarios descritos? Si emprendiera ese camino, no correría el riesgo de perderme en una montaña de alias y, tras un tiempo breve, acumular un montón de identidades que suplantaran a la mía. Claro que, llegados a este punto ¿tengo clara cuál es mi identidad?

Bueno. Permaneceré en este alias que tengo algún tiempo más y quizá la solución sea, finalmente, considerarlo mi verdadero nombre y no volver a preocuparme de nada más.