Archivo por meses: noviembre 2015

Hay días

Hay días en que leer el periódico me produce un tedio soporífero, pero otros, según voy pasando las páginas, me veo atacada por un vértigo que me impide saber a dónde debo acudir.

He tenido uno de esos últimos días. Primera página: Turquía derriba un avión militar ruso porque ha invadido su espacio aéreo. Me quedo perpleja. Me pregunto: ¿Cómo es posible que ahora que quizá hubiera un cierto camino para salir de esa política obsoleta de ‘guerra fría’, sólo caliente para algunos (los muertos de allá y los de acá) se cometa un acto como este que sin duda va a agriar el talante del Sr. Putin, quien ya de por sí parece tener bastante mal genio? O bien ¿Cómo es posible que los aviones rusos se permitan un tal desatino, si no es que tienen órdenes de hacer tonterías que agraven más la situación? No tengo respuestas y la sensación de vértigo comienza a aparecer.

Doy vuelta a la página y un sesudo analista internacional hace una perfecta descripción de los desatinos políticos que se han cometido en Oriente Medio en los últimos cien años. No cabe duda de que el hombre está bien informado y relaciona unas cosas con otras con habilidad. Cuando estoy a punto de darle la razón, se le cuela un adverbio: inadvertidamente, y me quedo totalmente patidifusa; es decir se me acelera la sensación de vértigo.

Vamos a ver ¿cómo se puede invadir, trocear, repartir un territorio ‘inadvertidamente’? ¿Cómo se puede nombrar gobiernos afines a los intereses de terceras naciones ‘inadvertidamente’? ¿Cómo se puede volver a invadir, trocear, repartir territorios, y además deponer gobiernos, instaurar otros y finalmente dejarlos a la deriva ‘inadvertidamente’? ¿Cuántos más muertos han de producirse ‘inadvertidamente’ para que finalmente las cosas se hagan con conciencia de lo que se está haciendo?

Sin duda al tal analista brillante se le ha colado un lapsus freudiano por el que su subconsciente imperialista, xenófobo  y algunas cosas más sale a relucir. Pero, claro, ya sabemos que del subconsciente, como su propio nombre indica, no somos responsables, porque sale de algo que está por debajo de la conciencia, es decir es algo que sale de la boca o de la pluma ‘inadvertidamente’. No me entretendré en contar que sus conclusiones son ‘que se apañen como puedan esos árabes’.

Con grandes dudas y ya verdaderamente sintiendo la náusea del vértigo en la boca de mi estómago, me acerco a las páginas de nacional y, tras recorrer las múltiples sandeces que nos depara cada día la llamada política de aquí, me encuentro con otro sesudo informe acerca del profesorado en España. Resulta que todos los males de la educación tienen sus raíces en que a diferencia de otros países de nuestro entorno, aquí no se evalúa periódicamente al profesorado.

Bueno. Es cierto que a los diversos niveles de la educación pública se accede por oposición y, una vez obtenida la plaza, ya no tiene uno que examinarse públicamente. ¿Cómo acceden los profesores a la enseñanza privada y cuántos exámenes se les hacen a lo largo de su carrera docente? Creo que tampoco se les hace mucho control y, desde luego, su acceso no es por oposición, sino más bien se trata de una evaluación subjetiva a partir del curriculum correspondiente y de una entrevista, a veces. Pero un negocio es un negocio y cada cual lo lleva como mejor le parece, siempre que no se salte la legalidad. Peor para aquellos que requieran sus servicios sin las debidas garantías.

Ahora bien, ese exhaustivo informe no parece tomar en cuenta que, al menos en la Universidad, que es lo que yo conozco, existen numerosas pruebas de rendimiento del profesorado que obligan a este a hacer una verdadera labor detectivesca para refrendar sus conocimientos y la importancia de su investigación, sin que ello derive en una verdadera carrera docente. Si hay algún defecto en el sistema es que las comisiones encargadas de evaluar esos curricula y estimar si procede conceder un nivel u otro, cuyo efecto la mejor de las veces es económico, no siempre actúan de manera objetiva, respondiendo simplemente a la aplicación de un baremo prestablecido, que se dejan llevar por diferencias de escuela y por otras cuestiones que también se les cuelan ‘inadvertidamente’, como por ejemplo filias y fobias diversas.

Es cierto también que hay muchos profesores que una vez obtenida la plaza quedan exhaustos y ya no sienten la menor tentación ni de seguir formándose, ni de siquiera dar sus clases como deberían. El sistema los quema en una primera exigencia fortísima y eso acaba con sus ganas de por vida. Sobre todo si cuando consiguen la plaza ya han cumplido los cincuenta años.

Quizá el mejor ejemplo esté en la enseñanza secundaria. Aprobadas unas oposiciones, sin plaza que es lo más frecuente, dada la escasez de plazas que salen a convocatoria, el profesor pasa a ser un interino de una vacante o es llamado a hacer suplencias hoy aquí y mañana alli. Con este sistema va acumulando puntos, con lo que, si sobrevive una media de seis u ocho años, finalmente sacará la plaza, no tanto por aprobar propiamente la oposición, sino porque habrá acumulado una serie de puntos que le permitirán pasar por delante de otros colegas que a lo mejor han aprobado y con una nota digna, pero que carecen de esos puntos de resistencia. Cansado de la tensión que produce tanto examen, además del coste porque hay que prepararse los temas siempre cambiantes (en academias)  y pagar tasas de examen, amén de fotocopìas y encuadernaciones, de los años de vagar por institutos haciendo labores parciales, sin ver nunca los resultados de su esfuerzo en el aprendizaje del alumno, de pasar muchas horas en transporte público o al volante, cuando al fin consigue la plaza, lo normal es que no le queden ganas de hacer más esfuerzo que el imprescindible para cumplir con el horario.

Mi pregunta es ¿en los llamados países de nuestro entorno el sistema es el mismo?  Porque si además de todos estos desatinos hay que examinarse periódicamente, difícilmente vamos a encontrar quien quiera dedicarse a la enseñanza.

En fin, hastiada de tanto vértigo, me refugio en las necrológicas donde al menos se demuestra que algunas personas han vivido una vida en la que han hecho algo de provecho, a pesar de la política nacional, de la internacional y de lo que llegaran a enseñarles sus maestros, porque hay días…

Un poco de silencio, por favor

Recuerdo que tras el tristemente célebre atentado de los trenes en Madrid, conocido como el 11M, lo que, además del dolor, el miedo, el horror, la admiración y otras múltiples sensaciones encontradas, más me impresionó fue el silencio que se hizo en la ciudad y que duró bastantes días.

Los españoles, que solemos ser gritadores o que, simplemente, siempre hablamos en un tono de voz alto, aquellos días enmudecimos o empezamos a hablar lo imprescindible en voz baja.

Tras un estruendo como el de esta violencia gratuita, lo que se echa de menos es un gran silencio. Estamos de duelo y los duelos hay que pasarlos en silencio. Conviene callarse, porque si no lo hacemos así, posiblemente digamos cosas que no corresponden, que no son prudentes. En el silencio es como mejor se serena uno del dolor. Callados y sin hacer ruido dejamos hablar a nuestro corazón, derramamos nuestras lágrimas y dejamos que nuestra mente vaya recuperando la calma y la sensatez.

Si no hacemos silencio, si seguimos dando gritos y armando bulla, porque estamos aterrados, condolidos y enfurecidos, lo único que hacemos es aumentar esos sentimientos, dejando de lado la calma que permite una reflexión serena, tras un llanto consolador. Si no hacemos silencio, difícilmente recuperaremos la paz de espíritu. Nuestros propios gritos y aspavientos reavivarán todos los sentimientos como el rencor, el odio o el deseo de venganza. Si al tableteo de las ametralladoras oponemos el estruendo de las bombas, estaremos en el punto de partida eternamente. La barbarie y la irracionalidad no se combaten sino con mesura, prudencia y reflexión. Pero en medio del ruido es muy difícil pensar, recogerse, interiorizar y llegar a alguna respuesta coherente.

Estos días corren como la pólvora numerosos escritos que son producto de esa falta de reflexión; escritos aparentemente apologéticos de la razón, la concordia, el amor y la comprensión universales, pero que en realidad denigran a una religión para enaltecer a otra. Dicen pestes del islam, para poder defender que el cristianismo es amor. Son sin duda escritos bien intencionados -quiero pensar- pero que llevan en sí mismos el germen del desprecio a la fe de otros, la consideración de superioridad radical de lo propio frente a lo ajeno, seña identitaria del fanatismo, aunque sea incruento.

No cabe duda de que esos textos, provengan de donde provengan, son producto del ruido y no hacen sino aumentar el ruido. Obligan a quienes los leen a dejar de pensar y a adherirse o a rechazarlos de plano, en respuestas inmediatas y viscerales que no son sino las reacciones más primarias e irreflexivas, las que más nos acercan a quienes pretendemos contradecir.

Lo mismo ocurre con los políticos. En su afán por contentar a la ciudadanía, promueven leyes que cercenan libertades larga y duramente logradas. En sus debates y ruedas de prensa, llegan a decir cosas que son imprudentes; no deberían anunciar a bombo y platillo sus planes estratégicos, pues están dando pistas a quienes pretenden combatir. Cuántas más bombas, que no son sino aumentar el ruido, se van a lanzar para acabar con el terror, sin prestar atención a los daños colaterales y aterrorizando a ciudadanos tan susceptibles de pasar miedo como lo son los que han padecido los atentados. Todo ello es signo de la insensatez a la que nos conducen el ruido y la falta de silencio.

Así que, por favor, guarden silencio al menos una semana. LLoren, hagan duelo, dejen descansar a su corazón y sus vísceras removidas y den paso a sus cerebros para que piensen con claridad. Sólo entonces tomen medidas. Nosotros, los ciudadanos de a pie, también estaremos callados, lamiéndonos nuestras heridas y poniendo en funcionamiento nuestras neuronas a favor de la concordia y la paz. Nos comprometemos a no volvernos mesiánicos ni a esperar que nadie nos salve, sino nuestra propia cordura y mesura.

 

 

 

 

 

 

Día de pintura en Mula

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Hoy, domingo 8 de noviembre de 2015, se ha celebrado en Mula una edición más del concurso de pintura al aire libre.

Lamentablemente no he podido quedarme a la recogida de las obras de todos los participantes ni a la entrega de premios, pero callejear por ese hermoso pueblo, encontrando cada dos pasos a un artista diferente, interpretando según su estilo y técnica lo que sus ojos habían detectado como objeto de interés, ha sido una verdadera gozada. También se podía disfrutar del mercado artesanal y de música en vivo.

Además he coincidido allí con Nono García, pintor muleño reconocido, aunque sólo fuera un saludo fugaz, pues él es uno de los inspiradores de este acontecimiento y con Paco Verdú, otro de los ‘cerebros’ de esta iniciativa y hombre inquieto y creativo donde los haya, y con María del Mar, compañera en un precioso taller de acuarela que hicimos este verano y también muleña de nacimiento.

Comimos además en Ateneo Las Mulas que tiene una muy buena cocina creativa y delicada, sabrosa y abundante, con unos precios más que asequibles.

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Luego nos paseamos hasta Sto. Domingo, la Ermita del Carmen y el Monasterio de la Encarnación, siguiendo el adarbe de la antigua muralla islámica, contemplando las preciosas vistas del pueblo y su vega, bajo un cálido sol de poniente.

Una mañanita de domingo bien aprovechada. Sería de desear que hubiera más visitantes en toda esa zona noroeste de la Región que a cada paso ofrece paisajes magníficos, monumentos impresionantes y una gastronomía cada vez más exquisita, que mezcla con sabiduría las innovaciones con los agradables platos tradicionales.

Espero de los amigos que nos dejen ver los cuadros ganadores en alguna entrega de las redes sociales.

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Un encuentro feliz

Hace algunos días recibí en mi casa a dos viejos compañeros de bachillerato y a sus esposas.

Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos y todos guardábamos buenos recuerdos de aquellos ya muy lejanos 15 años. Sin embargo, tanto mientras comíamos, como en la larga sobremesa que a todos se nos hizo corta, no salieron a relucir aquellos recuerdos que sólo compartíamos la mitad de los presentes. Frases como : ¿Te acuerdas de fulanito, de fulanita o del profe de esto o aquello? no estuvieron presentes en la charla, lo que sin duda los cónyuges agradecieron, pero que de algún modo fueron muestra de la madurez adquirida.

Todos hemos vivido vidas diferentes en profesiones muy distintas y con dedicaciones dispares, no obstante estamos en el mundo que nos ha tocado vivir. Como en todas las épocas, un mundo cambiante que se aleja mucho de lo que nos enseñaron que sería la vida y, no sólo eso, muy diferente de las convicciones que llegamos a forjar en los últimos cincuenta años, tirando de las enseñanzas de nuestra propia experiencia. Fue bastante claro que todos queríamos dar a conocer al otro nuestro rostro de hoy. No necesitábamos regresar a la adolescencia, pues nuestro trabajo nos costó superarla y salir de ella medio bien. Hace mucho que somos adultos y ese era el mensaje que queríamos transmitir: ‘Míra que mayor me he hecho, como tú más o menos’.

Una delicia. Gente que no reniega de su edad ni de los achaques que le ha ido trayendo, que habla de su vida, de su trabajo, de su voluntariado o de su ocio con la alegría de deberes asumidos y llevados adelante con dedicación y entusiasmo. Gente que no vive, aunque viva, para estar al servicio de los hijos. Gente que los vigila de lejos, sin entorpecer, pero atenta a sus necesidades. Gente sabia, entre la que sin pudor me incluyo, porque ha sabido hacer en cada momento lo que ha tocado hacer, lo ha vivido hasta el fondo y ahora ni lo añora ni trata de mantenerlo en pie contra viento y marea. La edad de criar hijos pasó, la de medrar en el trabajo, se fue, la de ganarse una posición en el mundo es tarea ya de otros. Así que, ahí estábamos, comiéndonos nuestra comidita medio-oriental, hecha con todo el esmero de que soy capaz, y charlando durante horas de lo divino y lo humano sin encerrarnos en un círculo añejo de recuerdos de lo que fuimos y ya dejamos de ser, cosa estupenda -dicho sea de paso- porque en aquella época estábamos a medio cocinar y hoy, ya estamos bien cocidos, pero no amojamados ni tiesos.

Una delicia este encuentro con quienes por razones diversas no pudieron ir al encuentro ‘oficial’ del pasado junio. Gracias por venir, por estar y por participar con vuestra realidad de hoy. Realidad inclusiva que permitió que nuestras parejas no se sintieran desplazadas ni se aburrieran como hongos, al escuchar ‘viejas batallitas’.

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La recuperación de lo simbólico

En los últimos meses he tenido ocasión de asistir a exposiciones de pintura diversas; unas individuales, otras colectivas. He visto trabajar a algunos pintores y he asistido a explicaciones de los propios artistas acerca de su obra. Todos ellos pertenecían a muy diversas generaciones. Algunos ya eran artistas reconocidos, mientras que otros, aunque muy valiosos, por su juventud estaban aún en el comienzo de sus carreras.

No obstante si algo tenían en común es que, con técnicas diversas y estilos de lo más variados, se acercaban más a lo figurativo que a lo abstracto, aunque, incluso en este último caso, apoyaban sus abstracciones en conceptos y referencias literarias o recurrían a materiales y texturas que, finalmente, componían paisajes que eran susceptibles de ser reconocidos como representativos de un entorno concreto.

En todos ellos se daba una representación de la realidad más que la investigación de nuevas formas de expresión, sin que por ello dejaran de ofrecer recursos técnicos diversos. Dicho de otro modo, su pintura, muy diferente, era un modo de simbolizar una experiencia vital frente a un objeto, un paisaje, una idea o un concepto.

Algunas interpretaciones eran un puro juego geométrico y sin embargo eran una representación del universo personal de ese artista concreto; otras eran minimalistas, apenas unas rayas y unas sombras que dejaban espacios abiertos o cerraban y encerraban esos espacios, sugiriendo horizontes o clausurandolos; otras eran abigarradas explosiones de color que huían de las formas, reduciéndolas a su mínima expresión, casi en una representación infantil e ingenua, ocultando la pasión adulta por la luz, la sombra y el objeto; quienes dejaban al objeto inacabado, flotante, insinuado, monocromo y desvaído, pero cargado de intenciones y sugerencias; otros se empeñaban en un realismo mágico, cargado de evocaciones y silencios, eligiendo objetos cotidianos suspendidos en el tiempo y convertidos en eternos; algunos componían naturalezas muertas poco convencionales que sin embargo eran metáforas de la patria, la identidad o la historia personal.

Este recorrido que en principio era para mí más bien el resultado de una búsqueda de conocimiento, no obstante me ha puesto delante algo que ni pretendía encontrar, ni creía que fuera a hallar. Me he encontrado ante un universo simbólico que refleja de manera explosiva que hay un camino a la esperanza en la cultura y en la humanidad.

El desencanto que se venía produciendo en mi ánimo ante la banalidad de un mundo que, habiendo abandonado o dejado perder el sentido simbólico de las religiones, pues o bien lo había convertido en eslóganes terribles, cargados de violencia, o lo había dejado caer como objetos inútiles, se aferraba a un materialismo vacío, frustrante y obsesivo, más empeñado en el parecer que en el ser; ese desencanto parecía no tener retorno posible. Daba la impresión de que era pasado el tiempo en que el hombre buscaba sentido a su realidad y la proyectaba hacia ese más allá de los límites del tiempo y del espacio que definen lo humano.

Este hecho, común en las grandes civilizaciones del pasado, no es en absoluto el producto de una voluntad consciente, como muchos pretenden, sino que es un instinto que diferencia al hombre de los animales. Es un deseo incontenible de trascender el aquí y el ahora y alcanzar un atisbo de eternidad. Es la necesidad imperiosa de poner nombre a lo que es inefable.

Pues bien, aunque parezca pretencioso y arriesgado, he hallado ese impulso en estos artistas que he tenido la suerte de contemplar. Creo que si varias generaciones cercanas de creadores se proponen no tanto experimentar nuevos modos (ismos) pictóricos, sino interpretar el mundo, creando sus cosmogonías particulares y construyendo esos racimos simbólicos que con un lenguaje analógico dicen de aquello que no sabemos ni podemos nombrar, aún hay esperanza para esta humanidad que parecía haber perdido aquello que antropológicamente la definía.

Dicho de otro modo, con su pintura nos devuelven los símbolos que dicen la razón profunda de la realidad que contemplamos, vivimos, disfrutamos o padecemos, sin ponerle un nombre que no es capaz de abarcarlo todo sino es de manera metafórica. Ellos están creando, quizá sin saberlo, pero como una pasión necesaria, un lenguaje que nos permita entender e interpretar la realidad y movernos en ella con cierta estabilidad. Aquello de lo que antes nos proveían los sistemas religiosos o las grandes corrientes filosóficas.

La existencia de estos artistas plásticos  me devuelve la confianza en la humanidad. Ellos están buscando sentido a la vida, aunque quizá no se den cuenta de su búsqueda o de que se lo están dando.

Como todo universo simbólico que se precie no se trata de una gran alegoría, sino de un sistema abierto, no congelado, sino susceptible de múltiples e inacabables interpretaciones. En este sentido, no sólo se trata del universo particular de cada uno de los artistas y sus diferentes sensibilidades y habilidades, sino de una propuesta de conocimiento y trascendencia que cada uno de nosotros, espectadores, puede incorporar y hacer suya, dotándola de su propio sentido. Del mismo modo en que la fe de cada creyente es diferente y personal.