Archivo por días: 8 noviembre, 2015

Día de pintura en Mula

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Hoy, domingo 8 de noviembre de 2015, se ha celebrado en Mula una edición más del concurso de pintura al aire libre.

Lamentablemente no he podido quedarme a la recogida de las obras de todos los participantes ni a la entrega de premios, pero callejear por ese hermoso pueblo, encontrando cada dos pasos a un artista diferente, interpretando según su estilo y técnica lo que sus ojos habían detectado como objeto de interés, ha sido una verdadera gozada. También se podía disfrutar del mercado artesanal y de música en vivo.

Además he coincidido allí con Nono García, pintor muleño reconocido, aunque sólo fuera un saludo fugaz, pues él es uno de los inspiradores de este acontecimiento y con Paco Verdú, otro de los ‘cerebros’ de esta iniciativa y hombre inquieto y creativo donde los haya, y con María del Mar, compañera en un precioso taller de acuarela que hicimos este verano y también muleña de nacimiento.

Comimos además en Ateneo Las Mulas que tiene una muy buena cocina creativa y delicada, sabrosa y abundante, con unos precios más que asequibles.

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Luego nos paseamos hasta Sto. Domingo, la Ermita del Carmen y el Monasterio de la Encarnación, siguiendo el adarbe de la antigua muralla islámica, contemplando las preciosas vistas del pueblo y su vega, bajo un cálido sol de poniente.

Una mañanita de domingo bien aprovechada. Sería de desear que hubiera más visitantes en toda esa zona noroeste de la Región que a cada paso ofrece paisajes magníficos, monumentos impresionantes y una gastronomía cada vez más exquisita, que mezcla con sabiduría las innovaciones con los agradables platos tradicionales.

Espero de los amigos que nos dejen ver los cuadros ganadores en alguna entrega de las redes sociales.

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Un encuentro feliz

Hace algunos días recibí en mi casa a dos viejos compañeros de bachillerato y a sus esposas.

Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos y todos guardábamos buenos recuerdos de aquellos ya muy lejanos 15 años. Sin embargo, tanto mientras comíamos, como en la larga sobremesa que a todos se nos hizo corta, no salieron a relucir aquellos recuerdos que sólo compartíamos la mitad de los presentes. Frases como : ¿Te acuerdas de fulanito, de fulanita o del profe de esto o aquello? no estuvieron presentes en la charla, lo que sin duda los cónyuges agradecieron, pero que de algún modo fueron muestra de la madurez adquirida.

Todos hemos vivido vidas diferentes en profesiones muy distintas y con dedicaciones dispares, no obstante estamos en el mundo que nos ha tocado vivir. Como en todas las épocas, un mundo cambiante que se aleja mucho de lo que nos enseñaron que sería la vida y, no sólo eso, muy diferente de las convicciones que llegamos a forjar en los últimos cincuenta años, tirando de las enseñanzas de nuestra propia experiencia. Fue bastante claro que todos queríamos dar a conocer al otro nuestro rostro de hoy. No necesitábamos regresar a la adolescencia, pues nuestro trabajo nos costó superarla y salir de ella medio bien. Hace mucho que somos adultos y ese era el mensaje que queríamos transmitir: ‘Míra que mayor me he hecho, como tú más o menos’.

Una delicia. Gente que no reniega de su edad ni de los achaques que le ha ido trayendo, que habla de su vida, de su trabajo, de su voluntariado o de su ocio con la alegría de deberes asumidos y llevados adelante con dedicación y entusiasmo. Gente que no vive, aunque viva, para estar al servicio de los hijos. Gente que los vigila de lejos, sin entorpecer, pero atenta a sus necesidades. Gente sabia, entre la que sin pudor me incluyo, porque ha sabido hacer en cada momento lo que ha tocado hacer, lo ha vivido hasta el fondo y ahora ni lo añora ni trata de mantenerlo en pie contra viento y marea. La edad de criar hijos pasó, la de medrar en el trabajo, se fue, la de ganarse una posición en el mundo es tarea ya de otros. Así que, ahí estábamos, comiéndonos nuestra comidita medio-oriental, hecha con todo el esmero de que soy capaz, y charlando durante horas de lo divino y lo humano sin encerrarnos en un círculo añejo de recuerdos de lo que fuimos y ya dejamos de ser, cosa estupenda -dicho sea de paso- porque en aquella época estábamos a medio cocinar y hoy, ya estamos bien cocidos, pero no amojamados ni tiesos.

Una delicia este encuentro con quienes por razones diversas no pudieron ir al encuentro ‘oficial’ del pasado junio. Gracias por venir, por estar y por participar con vuestra realidad de hoy. Realidad inclusiva que permitió que nuestras parejas no se sintieran desplazadas ni se aburrieran como hongos, al escuchar ‘viejas batallitas’.

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La recuperación de lo simbólico

En los últimos meses he tenido ocasión de asistir a exposiciones de pintura diversas; unas individuales, otras colectivas. He visto trabajar a algunos pintores y he asistido a explicaciones de los propios artistas acerca de su obra. Todos ellos pertenecían a muy diversas generaciones. Algunos ya eran artistas reconocidos, mientras que otros, aunque muy valiosos, por su juventud estaban aún en el comienzo de sus carreras.

No obstante si algo tenían en común es que, con técnicas diversas y estilos de lo más variados, se acercaban más a lo figurativo que a lo abstracto, aunque, incluso en este último caso, apoyaban sus abstracciones en conceptos y referencias literarias o recurrían a materiales y texturas que, finalmente, componían paisajes que eran susceptibles de ser reconocidos como representativos de un entorno concreto.

En todos ellos se daba una representación de la realidad más que la investigación de nuevas formas de expresión, sin que por ello dejaran de ofrecer recursos técnicos diversos. Dicho de otro modo, su pintura, muy diferente, era un modo de simbolizar una experiencia vital frente a un objeto, un paisaje, una idea o un concepto.

Algunas interpretaciones eran un puro juego geométrico y sin embargo eran una representación del universo personal de ese artista concreto; otras eran minimalistas, apenas unas rayas y unas sombras que dejaban espacios abiertos o cerraban y encerraban esos espacios, sugiriendo horizontes o clausurandolos; otras eran abigarradas explosiones de color que huían de las formas, reduciéndolas a su mínima expresión, casi en una representación infantil e ingenua, ocultando la pasión adulta por la luz, la sombra y el objeto; quienes dejaban al objeto inacabado, flotante, insinuado, monocromo y desvaído, pero cargado de intenciones y sugerencias; otros se empeñaban en un realismo mágico, cargado de evocaciones y silencios, eligiendo objetos cotidianos suspendidos en el tiempo y convertidos en eternos; algunos componían naturalezas muertas poco convencionales que sin embargo eran metáforas de la patria, la identidad o la historia personal.

Este recorrido que en principio era para mí más bien el resultado de una búsqueda de conocimiento, no obstante me ha puesto delante algo que ni pretendía encontrar, ni creía que fuera a hallar. Me he encontrado ante un universo simbólico que refleja de manera explosiva que hay un camino a la esperanza en la cultura y en la humanidad.

El desencanto que se venía produciendo en mi ánimo ante la banalidad de un mundo que, habiendo abandonado o dejado perder el sentido simbólico de las religiones, pues o bien lo había convertido en eslóganes terribles, cargados de violencia, o lo había dejado caer como objetos inútiles, se aferraba a un materialismo vacío, frustrante y obsesivo, más empeñado en el parecer que en el ser; ese desencanto parecía no tener retorno posible. Daba la impresión de que era pasado el tiempo en que el hombre buscaba sentido a su realidad y la proyectaba hacia ese más allá de los límites del tiempo y del espacio que definen lo humano.

Este hecho, común en las grandes civilizaciones del pasado, no es en absoluto el producto de una voluntad consciente, como muchos pretenden, sino que es un instinto que diferencia al hombre de los animales. Es un deseo incontenible de trascender el aquí y el ahora y alcanzar un atisbo de eternidad. Es la necesidad imperiosa de poner nombre a lo que es inefable.

Pues bien, aunque parezca pretencioso y arriesgado, he hallado ese impulso en estos artistas que he tenido la suerte de contemplar. Creo que si varias generaciones cercanas de creadores se proponen no tanto experimentar nuevos modos (ismos) pictóricos, sino interpretar el mundo, creando sus cosmogonías particulares y construyendo esos racimos simbólicos que con un lenguaje analógico dicen de aquello que no sabemos ni podemos nombrar, aún hay esperanza para esta humanidad que parecía haber perdido aquello que antropológicamente la definía.

Dicho de otro modo, con su pintura nos devuelven los símbolos que dicen la razón profunda de la realidad que contemplamos, vivimos, disfrutamos o padecemos, sin ponerle un nombre que no es capaz de abarcarlo todo sino es de manera metafórica. Ellos están creando, quizá sin saberlo, pero como una pasión necesaria, un lenguaje que nos permita entender e interpretar la realidad y movernos en ella con cierta estabilidad. Aquello de lo que antes nos proveían los sistemas religiosos o las grandes corrientes filosóficas.

La existencia de estos artistas plásticos  me devuelve la confianza en la humanidad. Ellos están buscando sentido a la vida, aunque quizá no se den cuenta de su búsqueda o de que se lo están dando.

Como todo universo simbólico que se precie no se trata de una gran alegoría, sino de un sistema abierto, no congelado, sino susceptible de múltiples e inacabables interpretaciones. En este sentido, no sólo se trata del universo particular de cada uno de los artistas y sus diferentes sensibilidades y habilidades, sino de una propuesta de conocimiento y trascendencia que cada uno de nosotros, espectadores, puede incorporar y hacer suya, dotándola de su propio sentido. Del mismo modo en que la fe de cada creyente es diferente y personal.