Archivo por meses: febrero 2016

XV Feria del Voluntariado

Como el año pasado, la Asociación Tacaná se ha sumado a la Feria del Voluntariado con el fin de dar a conocer su labor solidaria en Centroamérica, en donde apoya el acceso a la formación integral y profesional de jóvenes y niñas en situaciones de riesgo social.

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Aspecto de la caseta asignada, aún sin montar.

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Algunos de los objetos artesanos y cedidos por nuestros colaboradores que se exhiben en la caseta.

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Con nuestros voluntarios. Gracias a ellos se puede llevar a cabo esta actividad que ocupa desde el día 24 de febrero al 28 en horarios de mañana y tarde.

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Momento de la inauguración oficial con la presencia de autoridades; Presidente de la UCAM, Señor obispo y la señora Consejera de familia y bienestar social, además de otras personalidades.

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El Presidente Mendoza saluda a los voluntarios.

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El Presidente Mendoza departe con el presidente de la Asociación Tacaná

obispoweb1El señor obispo, don José Manuel Lorca, saluda a don luis Girón, presidente de la Asociación Tacaná.

consejerawebLa señora consejera se interesa por la actividad de la Asociación

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El Vicerrector de voluntariado de la UCAM departe con el presidente de la Asociación, Luis Girón

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Vista general de las casetas

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Dos ángeles y una escultura

El Museo Ramón Gaya sigue con su tercer ciclo de Diálogos entre autores contemporáneos y la obra de Gaya.

En el día de ayer (23-F), tuvo lugar el encuentro entre Gaya y Ángel Haro, en el que participaba como ‘mediador-moderador’  Ángel Montiel. Si el texto de Montiel es directo, claro y sencillo, pero profundo y nacido de la experiencia, así el de Ángel Haro, cuando enfrenta férreamente su voz a la imagen de su padre, con el telón del retrato de Gaya a su padre, es una declaración de vida, de elecciones y retornos.

Se produjo más que un diálogo o un debate, una serie de confesiones ricas en hondura, sencillas y directas, cargadas de la verdad de cada cual y, por ello mismo, universales y eternas.

La reflexión del varón, los ángeles, acerca de la figura paterna -la de Gaya, la de su padre y la del padre de Montiel- mediada por las expresiones simbólicas de la pintura y la satinada escultura no eran sólo aquella rebeldía y reconocimiento que los hijos varones sienten por sus padres, sino la experiencia de ruptura y encuentro que todos vivimos con respecto a nuestros padres, su mundo y circunstancias y su universo.

Nos pasamos la vida, como dice Montiel, rompiendo con las cosmogonías paternas, para finalmente, en la madurez, reconocer que hemos construido un universo semejante, sino idéntico, al menos en lo afectivo; que los disculpa y nos exonera.

Con las excusas del arte se llega al alma de los seres humanos y ayer, dos ángeles, un retrato y una escultura mostraron sus almas gemelas, cargadas de humanidad.

Gracias.

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Plumas al viento

Cuando éramos niños y nos llevaban y traían a las celebraciones religiosas, por estas fechas de los inicios de la Cuaresma, solían dedicarnos unas sesiones de lo que llamaban ‘ejercicios espirituales’.

Estos ejercicios eran un reto a nuestros temores infantiles. En ellos solían contarnos terribles historias infernales -de las de irse al Infierno- a causa de los terribles pecados mortales; mentiras, desobediencias varias, malas palabras y otras graves ofensas, primero a los adultos y por ende a Dios, nos podían acarrear las penas del infierno que eran descritas con todo lujo de detalles. De todos aquellos terrores y amenazas sólo una historia se me quedó grabada.

Una señora iba a confesarse y contaba que había difamado a una persona, aireando una debilidad que la tal persona no padecía. El astuto clérigo que la confesaba le dijo que cogiera un almohadón de pluma, que lo descosiera y que la próxima vez que fuera a la iglesia, fuera arrojando las plumas al viento. Así los hizo la feligresa por aquello de cumplir la penitencia. Cuando regresó al confesionario, el clérigo le preguntó y ella respondió afirmativamente. Entonces él le dijo: Pues ahora vuelva usted por el mismo camino y recoja las plumas. Pero, padre -replicó ella- eso es imposible, se las habrá llevado el viento quién sabe dónde. El clérigo añadió: ¿Se da cuenta de que una calumnia es muy difícil de reparar?

¿A qué viene esta remembranza ahora? Pues viene a cuento de que gracias a Dios ya no nos interesa ese Dios amenazador con que nos educaron. Hemos descubierto que Dios es amor y misericordia, que nos perdona siempre; setenta veces siete. Que no lleva cuenta de nuestras faltas y además, es muy probable que no exista el infierno.

Quizá por ello la calumnia es casi un deporte. En los chats, en las páginas de las redes sociales, en todas partes te vas encontrando esos mensajes que no han de superar un número determinado de caracteres y que ponen a caer de un burro a cualquiera. En algunos casos, la persona calumniada no lo es porque es un ‘investigado’ cualquiera y sospechamos, a pesar de lo de la presunción de inocencia, que no es tan inocente o simplemente consideramos que la tal presunción es tan presunta como el individuo mismo. Pero en muchas ocasiones son simples afirmaciones que sin argumento de autoridad se hacen pasar por verdades verdaderas e irrefutables. Yo esto lo sé de buena tinta. Mi familia conocía a la suya. Un cuñado mío tenía la oficina enfrente de la suya, etc., etc., suelen ser frases que acompañan a esas afirmaciones de las tropelías de este o aquella. La gente las corta y pega y las reproduce en sus muros, simplemente por hacer la gracieta, por aparecer como muy informados. Así que las redes sociales y nuestros dispositivos electrónicos están llenos de plumas sueltas que se mecen al viento de las ondas que las transportan.

Menos mal que esto es simplemente libertad de opinión y manifestación y ya no creemos en las calumnias.

Estoy más que harta de esta práctica y no porque sea un poco beatona y meapilas, sino porque estamos a merced de las malas lenguas gratuitas que se expanden como reguero de pólvora por esta modernidad de difundir lo primero que se nos viene a la tecla.

Una cuestión de palabras

Hace unos días nos dejó un pariente cercano y amigo. Estos dos calificativos no han de ir necesariamente juntos. Es decir, se puede ser pariente y no amigo y al contrario. Sin embargo, en esta persona recién desaparecida se reunían ambas cualidades, por ello ha dejado un vacío difícil de llenar y su recuerdo me asalta constantemente, produciéndome una gran tristeza.

Posiblemente y dados los sentimientos que me produce su muerte, he estado  buscando  la manera de consolarme, sin darme cuenta de que lo hacía. Lo normal es que amigos y familiares no se den consuelo unos a otros porque siempre hay prioridades cuando se produce una pérdida. Es decir, entre los más allegados se busca a aquellos que, por circunstancias o por consanguinidad, son más cercanos al difunto, de modo que a los que no hemos convivido ni tenemos un parentesco tan inmediato nadie nos consuela. Parece lo normal consolar a la esposa o al marido, a los hijos, a los hermanos o los padres, pero no tanto a los cuñados, los sobrinos o los primos.  Incluso van por delante los compañeros de trabajo y los que participan de una afición común. De manera que los que somos consortes de un primo nos quedamos fuera del consuelo, relegados a la última fila, si no con el único cometido de ofrecer nuestro apoyo a los demás.

Cuando el difunto es un pariente y amigo, al que aunque vieras poco o con el que tuvieras sólo un trato episódico, considerabas una persona encantadora y lo apreciabas de veras, te ves en la necesidad de buscarte tus propios trucos para sobrellevar la pena, ya que nadie te va a dar una palmadita cariñosa en el hombro.

Como decía, me he visto en la necesidad de buscar algún tipo de consuelo. Al ser una persona creyente y pensar que hay otra vida después de esta, uno de los posibles consuelos es el de que ha alcanzado la paz, la gloria y la compañía de los santos. En este planteamiento, sin embargo, hay un riesgo. No conocemos los defectos ocultos de los demás, no sabemos nada de sus pecados y tal vez eso nos siembra un ápice de duda; ¿no será que se habrá ido al Infierno y, entonces, la cosa es aún más triste y lamentable?

Recordando la personalidad del difunto, un hombre alegre, chistoso e ingenioso, que pasó los últimos años de su vida dedicando ratos a hacer compañía a algunas personas solitarias, dedicado a tareas que podrían parecer un hobby, pero que en realidad le permitían estar cerca y resolverles pequeñas averías o problemillas a personas que no sabían o no podían resolverlas por sí mismas, me vino a las mientes la frase referida a Jesús de ‘pasó haciendo el bien’.

Esta frase tiene, al menos en mis oídos, un cierto eco rancio. Soy muy dada a visualizar lo que las palabras sugieren. Y esta expresión ‘pasó haciendo el bien’ me remite a una persona un poco lamiosa, que va con las manitas juntas y el espinazo un poco doblado, camina por la orilla del camino, pegada a las fachadas de las casas, como no queriendo estar o hacerse ver. Me suena la frase a persona un poco ‘meapilas’ de las que hacen ‘caridad’ y me fastidia bastante. Incluso, como soy creyente, me fastidia que se la dedicaran a Jesús.

Pero, pensando en mi pariente y amigo, se me ocurrió que de ir al infierno nada. Que aquel hombre se había pasado sus últimos años y probablemente los anteriores haciéndole la vida agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Les había resuelto pequeñas cuestiones, les había dado compañía y les había hecho reír. A lo mejor no tenía nada más que dar, pero eso es más que suficiente. Lo último que hizo por mí fue ayudarnos a trasladar una mesa que pesaba un quintal y que solos, mi marido y yo, no hubiéramos podido mover. No hubo más que llamarle y acudió, nos gastó un par de bromas, nos hizo reír y cargó con el mueble.

Me he consolado, pues, pensando que nuestro pariente y amigo es un santo, porque pasó por la vida haciéndosela fácil y agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Qué difícil es eso. No tratar de imponer nuestros criterios, estar atentos a lo que el otro necesita, prestarle el apoyo en cuanto lo demanda o sin que lo demande, no cobrarse el favor, no pedir nada a cambio, (le ofrecí tomar algo, como otras veces, y lo único que consumía era un vaso de agua), no recordarte jamás todo lo que ha hecho por ti, no tener buenos propósitos de dar afecto y cariño, pero meter los dedos en los ojos a la mínima. En fin, descanse en paz, que seguro que para él brilla la luz perpetua.