Archivo por días: 9 febrero, 2016

Una cuestión de palabras

Hace unos días nos dejó un pariente cercano y amigo. Estos dos calificativos no han de ir necesariamente juntos. Es decir, se puede ser pariente y no amigo y al contrario. Sin embargo, en esta persona recién desaparecida se reunían ambas cualidades, por ello ha dejado un vacío difícil de llenar y su recuerdo me asalta constantemente, produciéndome una gran tristeza.

Posiblemente y dados los sentimientos que me produce su muerte, he estado  buscando  la manera de consolarme, sin darme cuenta de que lo hacía. Lo normal es que amigos y familiares no se den consuelo unos a otros porque siempre hay prioridades cuando se produce una pérdida. Es decir, entre los más allegados se busca a aquellos que, por circunstancias o por consanguinidad, son más cercanos al difunto, de modo que a los que no hemos convivido ni tenemos un parentesco tan inmediato nadie nos consuela. Parece lo normal consolar a la esposa o al marido, a los hijos, a los hermanos o los padres, pero no tanto a los cuñados, los sobrinos o los primos.  Incluso van por delante los compañeros de trabajo y los que participan de una afición común. De manera que los que somos consortes de un primo nos quedamos fuera del consuelo, relegados a la última fila, si no con el único cometido de ofrecer nuestro apoyo a los demás.

Cuando el difunto es un pariente y amigo, al que aunque vieras poco o con el que tuvieras sólo un trato episódico, considerabas una persona encantadora y lo apreciabas de veras, te ves en la necesidad de buscarte tus propios trucos para sobrellevar la pena, ya que nadie te va a dar una palmadita cariñosa en el hombro.

Como decía, me he visto en la necesidad de buscar algún tipo de consuelo. Al ser una persona creyente y pensar que hay otra vida después de esta, uno de los posibles consuelos es el de que ha alcanzado la paz, la gloria y la compañía de los santos. En este planteamiento, sin embargo, hay un riesgo. No conocemos los defectos ocultos de los demás, no sabemos nada de sus pecados y tal vez eso nos siembra un ápice de duda; ¿no será que se habrá ido al Infierno y, entonces, la cosa es aún más triste y lamentable?

Recordando la personalidad del difunto, un hombre alegre, chistoso e ingenioso, que pasó los últimos años de su vida dedicando ratos a hacer compañía a algunas personas solitarias, dedicado a tareas que podrían parecer un hobby, pero que en realidad le permitían estar cerca y resolverles pequeñas averías o problemillas a personas que no sabían o no podían resolverlas por sí mismas, me vino a las mientes la frase referida a Jesús de ‘pasó haciendo el bien’.

Esta frase tiene, al menos en mis oídos, un cierto eco rancio. Soy muy dada a visualizar lo que las palabras sugieren. Y esta expresión ‘pasó haciendo el bien’ me remite a una persona un poco lamiosa, que va con las manitas juntas y el espinazo un poco doblado, camina por la orilla del camino, pegada a las fachadas de las casas, como no queriendo estar o hacerse ver. Me suena la frase a persona un poco ‘meapilas’ de las que hacen ‘caridad’ y me fastidia bastante. Incluso, como soy creyente, me fastidia que se la dedicaran a Jesús.

Pero, pensando en mi pariente y amigo, se me ocurrió que de ir al infierno nada. Que aquel hombre se había pasado sus últimos años y probablemente los anteriores haciéndole la vida agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Les había resuelto pequeñas cuestiones, les había dado compañía y les había hecho reír. A lo mejor no tenía nada más que dar, pero eso es más que suficiente. Lo último que hizo por mí fue ayudarnos a trasladar una mesa que pesaba un quintal y que solos, mi marido y yo, no hubiéramos podido mover. No hubo más que llamarle y acudió, nos gastó un par de bromas, nos hizo reír y cargó con el mueble.

Me he consolado, pues, pensando que nuestro pariente y amigo es un santo, porque pasó por la vida haciéndosela fácil y agradable a todos aquellos con los que tenía relación. Qué difícil es eso. No tratar de imponer nuestros criterios, estar atentos a lo que el otro necesita, prestarle el apoyo en cuanto lo demanda o sin que lo demande, no cobrarse el favor, no pedir nada a cambio, (le ofrecí tomar algo, como otras veces, y lo único que consumía era un vaso de agua), no recordarte jamás todo lo que ha hecho por ti, no tener buenos propósitos de dar afecto y cariño, pero meter los dedos en los ojos a la mínima. En fin, descanse en paz, que seguro que para él brilla la luz perpetua.