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José Rubio, un poeta

Es posible que el éxtasis  pueda llegar al despeñarse por esos terrenos escarpados de las grandes pasiones. Pero son las pasiones menudas, insignificantes y veraces las que conmueven el alma, las que arrancan desde lo más hondo y las que, además, pueden ser compartidas.

Ayer, 1 de marzo de 2016, tuve la suerte infinita de asistir a una lectura poética. He asistido a algunas, a lo largo de mi vida, e incluso, con gran osadía he sido protagonista de alguna de ellas. En mi descargo puedo decir que este último caso se produjo mucho antes de que yo llegara a cumplir los veinticinco. (¿Quién de Filosofía y letras no ha escrito algún poema vergonzante?)

Pero, a lo que vamos. Resulta difícil pensar en la proclamación de la palabra poética, al menos en esta cultura tan escrituraria y en la que la poesía parece estar reservada a un acto íntimo en quien la produce y en quien la recibe. No es así en otras culturas en donde, aunque la palabra escrita ha ido ganando en presencia abrumadora, conservan una fuerte impronta de su origen oral, como ocurre en la poesía árabe. Es impensable que un poema permanezca encerrado en las páginas de un libro; se aprende de memoria y se recita a la menor ocasión o se convierte pronto en cita autorizada para refrendar cualquier aserto.

Como digo eso no ocurre en nuestras latitudes, aunque cada vez más sean frecuentes las lecturas poéticas. Ya hacía mucho que no participaba yo en una y me hallaba allí un tanto sobrecogida. A ese sobrecogimiento pudoroso contribuyó el autor que aseguró que aquel era un acto de ‘cara dura’, parafraseando a otra persona. Desde luego era un desnudarse íntimo y recatado, como de pasada, como no queriendo estorbar, pero tan sensual y provocador como tanto parecía querer esquivar ese efecto. Si hubiera declamado el verso de manera altisonante y engolada, nos hubiera descargado de ese peso de invadir la intimidad de alguien. Pero, al decir el verso como si fuera una confidencia, nos convirtió en cómplices maravillados de la sinceridad, de la honestidad y la limpieza de los sentimientos. Unos sentimientos que podíamos compartir además porque eran nacidos de experiencias cotidianas de las que marcan y sorprenden, de las que fascinan. Poemas carentes de erudición que no pretenden mostrar más que un escalofrío, una nostalgia, un maravilloso enamoramiento o las sorpresas que el entorno de la naturaleza nos ofrece.

Cómo no vibrar ante el canto de un pájaro o ante la fuerte personalidad de un personaje que conocemos y que nos asalta, cómo no participar envidiosos de las declaraciones cerradas de amor a los amigos, cómo no del amor que se revela en una silueta entrevista que sabemos nuestra, cómo no compartir la ausencia del padre o de una persona amada, cómo no sentirse uno y enormemente insignificante ante la majestuosa naturaleza del mar o de una montaña. Todo eso, en apenas una hora. Todo un regalo y, para mí, un descubrimiento.

He disfrutado de ese encuentro con la intimidad de un poeta que generosamente la ofrece a sus amigos y, aunque yo no lo era y estaba allí sintiéndome un poco intrusa, como quien atisba desde detrás de una cortina, me alegro de mi osadía y de haber participado de un espectáculo tan notable. Para que no quede como una simple alabanza y haciendo honor a la Filología, debo añadir que el empleo de los demostrativos es, en este escritor, acertado y justo.

Recomiendo la breve obra de José Rubio Fresneda porque es cercana, clara y limpia y espero que me considere en adelante de sus amigos. Yo creo que si acepta mi amistad, saldrá ganando porque a cambio de la suya le ofrezco dos; la de Luis y la mía.

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