Archivo por días: 19 mayo, 2016

A peor vamos

Leo en la prensa que el señor Rosell, presidente de los empresarios españoles, ha afirmado, con la convicción que le caracteriza, que ‘pretender un empleo estable de por vida es del siglo XIX’ y aunque una afirmación como esta no necesita aclaraciones, provoca, no obstante, algunas reflexiones.

No tengo ni idea de qué es lo que ha estudiado este señor ni propiamente a qué se dedica -supongo que tiene una empresa de algo, pero también el presidente de Marsans la tenía- pero doy por sentado que debe ser una persona culta y con preparación. Sin embargo, sospecho que ha olvidado aquello que se estudiaba en bachillerato, en la secundaria o en cómo se llamara cuando él lo cursó, de la Revolución industrial acaecida precisamente en el siglo XIX y por más señas iniciada en Inglaterra, luego exportada a Cataluña, de donde creo que procede el tal jefe de empresarios, y a otros lugares de este país.

La tal revolución industrial, a partir del uso de la máquina de vapor y los telares mecánicos, contribuyó a la prosperidad del Reino Unido y fue el lugar en que se emplearon muchas de las fortunas aristocráticas y otras menos, conseguidas con el botín de guerra en las Guerras napoleónicas. Si no quiere leer un libro de historia, que lea a Jane Austen en ‘Persuasión’. Los terratenientes catalanes pasaron de la agricultura y las grandes fincas, conseguidas por medio del sistema de mayorazgos y de matrimonios de conveniencia (el hereu y la pubilla) a invertir en esos artilugios y en el ferrocarril, aumentando así sus fortunas y consiguiendo crear una nueva clase social; la burguesía, de la que probablemente procede el señor Rosell, de cuya ascendencia y vida no sé nada ni me importa. (Como eso lo debe conocer de primera mano, no le digo que lea ‘El viudo Rius’.)

Todo este movimiento del siglo XIX dio lugar a una clase obrera, desplazada de un campo que no daba mucho para vivir, si no se era propietario de la tierra, a las ciudades y que contribuyó con su trabajo ‘de por vida’ a la prosperidad de los nuevos amos, que venían a ser los mismos, solo que reciclados en industriales.

Cuando esa mano de obra se dio cuenta de lo insalubre de sus trabajos, de los horarios sin límites y de la explotación a la que estaban sometidos, iniciaron sus huelgas, piquetes y sindicatos para defender una vida de trabajo duro, pero más digno. Me temo que el señor Rosell, además de olvidar lo que aprendió en la escuela, no ha leído jamás a Elizabeth Gaskell, la autora británica del siglo XIX de la grandiosa novela ‘Norte y Sur’, y debería. Porque en ella, con la excusa de  una historia de amor encantadora,  se cuenta la realidad de las fábricas de tejidos de algodón en una ciudad ficticia pero que es un trasunto de Manchester. Se cuenta también la lucha obrera y la honradez de algunos empresarios, frente al afán de lucro desmedido de otros que optan por la especulación.

Claro, cuando se ha olvidado la historia, de dónde venimos y que la falta de vergüenza hace mucho que se inventó, cuando además se lee poco, se dicen patochadas de ese calibre, despreciando los esfuerzos de muchas personas que se dejaron la vida por conseguir para ellos mismos, sus compañeros y descendientes, un trabajo justo, estable, remunerado equitativamente y que permitiera una vida digna, y se pone de ejemplo obsoleto un gran siglo que sentó las bases del sistema laboral que ha estado vigente durante todo el siglo XX, alcanzando, hasta este primer cuarto del siglo XXI, cotas de justicia y equidad no igualadas antes y que, en este momento, están a punto de ser dinamitadas por personas incultas como este señor.

Citando otra cuestión, también datada en el siglo XIX, le recomiendo al señor Rosell que haga un hueco entre sus múltiples compromisos y vea una película denominada ‘El caso Winslow’ en donde un personaje dice: No se trata de hacer justicia, sino ‘lo justo’. Es decir, hacer a los demás lo que es justo.