Archivo por meses: noviembre 2016

Cómo reluce el oro

Todos señalan al señor Trump como alguien que vive en una casa forrada de dorados. Alguien que ya nació rico y que se ha enriquecido aún más.

Qué despistados andan algunos. Sobre todo esos de las zonas deprimidas que lo han votado. ¿Desde cuándo un rico, rodeado de dorados, se ha preocupado realmente de los pobres?

Pero el oro ciega. Es muy posible que vean en él lo que querrían ser. Sin embargo, estoy segura de que no dejaría su oro por nada del mundo. Todo lo más, en un arrebato sentimental, es posible que le dé algo a un pobre, pero de ahí a arreglarle la vida…

Esto me recuerda una cosa que decía mi profesor de griego (q.g.h.): Es muy posible que alguien malo malísimo alguna vez le dé un caramelo a un niño.

Si aquí nos quejamos de que esos pardillos (salvo honrosas excepciones), que han llegado al Congreso de los Diputados, vivan de espaldas a lo que la gente corriente necesita, no puedo imaginar a donde mira de verdad el señor Trump. Posiblemente el brillo de su oro también a él le nuble la vista.

Esta historia me recuerda una frase que atribuyen a María Antonieta. Habiendo un motín popular en Paris por la subida del precio de la harina, alguien la informó de que no podían comer pan y ella respondió: Que coman bizcocho.

Así estamos.

La Habana es Cádiz

Mi abuelo materno se libró por los pelos de ir a la Guerra de Cuba. Nadie se alegró tanto nunca de la pérdida de una colonia. Unos tíos suyos emigraron allá y, al parecer, hicieron fortuna en un lugar llamado Camajuaní. No se si desaparecieron, si fueron balseros o se afiliaron al partido. Puede incluso que algún descendiente ande por Miami festejando que se murió Fidel.

Hace unos días, una prima mía me envió una fotocopia de mi examen de ingreso de bachiller. Año de 1959. Significativo en la lucha por la libertad en Cuba. Desde entonces, me he pasado la vida oyendo y viendo a Fidel y ahora se acaba de morir.

Se ha dicho hasta el aburrimiento que para unos (derechas) era solo un dictador más y que para otros (izquierdas) era un revolucionario. Como pasa casi siempre, todos tenían razón. Se convirtió en un dictador, después de haber sido un revolucionario. Pero lo que pocos han dicho, además de su culto a la palabra, que era un hombre con una fuerte personalidad, con carisma y con un discurso utópico del que han desaparecido hasta las trazas. Fidel posiblemente fue todo lo que se dice de él, mas fue una persona muy inteligente. Nada mediocre.

En un mundo en el que estamos rodeados de botarates, falsos mesías y falsos revolucionarios que jamás se han tirado al monte, que tienen un discurso manido, aprendido en los libros o que sale de ese fondo inhumano que todos tenemos, la desaparición de una figura como la de Fidel, no deja de ser, con todos sus defectos, una gran pérdida.

Puso en evidencia las pérfidas políticas del Imperio respecto a América latina; ese llamado ‘patio de atrás’.  Se vio abocado a unirse a la Unión Soviética como tantos otros que querían tener una presencia en el mundo que les era negada. Pero hizo algo aún mejor: alfabetizó y dio sanidad a mucha gente. Sus médicos todavía ayudan en diversos lugares, a los que no iríamos ni atados con una soga, como por ejemplo las colonias en torno a Tegucigalpa, en las que la miseria, el abandono y la violencia están presentes cada día.

Es verdad que empobreció a su pueblo y lo redujo a una miseria relativa muy igualitaria. Yo conozco Cuba desde dentro. No he ido allá de turismo. Inculcó un espíritu de superación no competitivo que para nosotros querríamos. Pero, permitió nuevos modos de corrupción. Todos los seres humanos tenemos luces y sombras. Fidel llenó nuestros espíritus jóvenes de la ilusión de que un mundo mejor y diferente era posible y también nos arruinó esa ilusión. Como tantos otros que solo y simplemente nos arruinaron la esperanza y nos la siguen machacando a ver si ya nos rendimos.

Triste es ver cómo unos festejan la muerte de alguien. Seguro que solo miran a su propia experiencia, a sus pérdidas. Eso les permite ignorar que el mundo hubo un momento en que parecía que podía ser mejor, a pesar de todos los reproches que se puedan hacer. La historia le hará justicia. Yo también lo espero y justicia no es señalar lo blanco o lo negro, sino señalar todos los matices intermedios.

 

Una mala racha

No cabe duda de que estoy teniendo una mala racha. Desaparecen de mi cercanía personas a las que apreciaba. En menos de un mes he perdido a tres personas que de una forma u otra han estado presentes en mi vida y forman parte de mis recuerdos. Como siempre ocurre unas eran más cercanas que otras. Estoy hablando de Feli, de Claudio y de Pilar. La primera era la mujer de una persona con la que trabajé en cuestiones solidarias; ambos me dieron ejemplo de alegría de vivir, de solidaridad y de cercanía. A ella se la ha llevado una enfermedad que parece ser el azote de nuestro tiempo. La nueva peste. Claudio fue compañero de estudios allá en los tiempos de Maricastaña, es decir, en Preuniversitario. Luego, a pesar de vivir muy cerca no nos encontramos más que dos o tres veces. Sin embargo, he trabajado, en circunstancias muy diferentes, con primos suyos, y su familia, su padre y una tía suya, eran amigos de mi madre y se conocían de antiguo. Amigos comunes, con los que he recobrado la relación después de muchos años, me han tenido al día de sus circunstancias, de tal manera que cualquiera de los recuerdos que examino, desde el pasado hasta el presente, me lo traen a la memoria. A él se lo ha llevado prematuramente también una rara enfermedad. Por último la dulce Pilar. Compañera de tantos años de luchas universitarias, cómplice en veranos con nuestros respectivos hijos y amiga cariñosa. Una mujer de una inteligencia superior, de una finura exquisita, de un saber estar y una elegancia siempre envidiables. Su muerte, debida a otra variante de esa peste común, me ha pillado totalmente desprevenida. Nada sabía de la enfermedad y por eso no sospechaba que pudiera tener un desarrollo tan rápido y fulminante. Me ha entristecido muchísimo. De todos modos, de ellos guardo en mi corazón su recuerdo y las muchas cosas agradables que vivimos juntos.

Todas estas desapariciones me dejan un poso amargo y por ello me refiero a la mala racha. En pocas semanas se han ido personas que forman parte de mi historia personal cada una en su diverso grado e intensidad y es, sin duda, como si el mundo se me volviera ajeno y desconocido. Siento que cada día mi mundo empieza a ser del pasado.

Sin embargo, la muerte de Rita Barberá por poco eclipsa -es un decir- todas estas muertes mucho más significativas para mí. Su muerte me ha traído a la memoria una pequeña historia que os voy a contar y, enredada en esa historia, por poco consigo acallar mis pérdidas y mis tristezas.

La historia es la siguiente. Un piadoso rabino tenía dos hijos. El mayor era jugador, mujeriego y pendenciero. Despreciaba la religión y se saltaba todos los preceptos. Su padre temía que iría a parar al infierno si en alguna de las muchas peleas en las que se metía, alguien le daba una cuchillada, y vivía en vilo por él. Su hijo menor, en cambio, era un hombre devoto, estudiaba con ahínco la Torah, cumplía todos los preceptos escrupulosamente, oraba y ayunaba. Mientras el mayor estaba en perpetua juerga y eso no parecía afectar a su salud, el menor pilló un resfriado, una tarde de viento, y murió de una mala fiebre. El padre quedó desolado. No podía entender la voluntad divina. ¿Cómo el Señor permitía que aquel disoluto siguiera viviendo a pesar de poner en riesgo su vida a cada rato, mientras que el pequeño, hombre de bien, había muerto en plena juventud por un simple resfriado? Abrumado por estos pensamientos el buen rabino fiel estaba a punto de perder la confianza en su Señor. Pero, hete aquí, que una noche, se le apareció en sueños un ángel que le dijo: Rabí, tu Señor me manda decirte que si se ha llevado la vida de tu hijo menor ha sido para impedir que cayera en una tentación que lo hubiera llevado derecho al infierno. Mientras que si preserva la vida del indecente de tu hijo mayor es para darle tiempo de que se arrepienta.

El rabí, como yo, tenemos que admitir que la voluntad de Dios es incomprensible. Él tiene razones que no se nos alcanzan. Cada cual que aplique esta historia como mejor le parezca.

Acodados en la barra del bar

Menudo revuelo se ha montado con la victoria del señor Trump. Los asustados por un lado, que son legión. Por otro los que esperan que este señor los saque de pobres. Los análisis y los recuentos apuntan a que los que le han dado la victoria son aquellos cuyos bolsillos hace rato que crían telarañas. A lo mejor creen que la riqueza es contagiosa ya que este señor es millonario.

A mí, personalmente, no me asusta. En realidad me irrita. Me recuerda a ese personaje (con el debido respeto a los que frecuentan las barras de los bares) que se acodaba en escorzo en la barra del bar, mientras dejaba asomar en la comisura de sus labios la punta de un mondadientes. Con la cabeza cubierta por la boina y las cejas juntas, dejaba escapar de su boca sentencias solemnes que definían cual era su profundo universo; el cuerpo de las mujeres, las comilonas, lo sucios que eran los demás o lo sospechosos, y como su medida era la medida de la norma de perfección. Posiblemente el fulano no se había mirado jamás en un espejo. Posiblemente de tan bravucón y pendenciero, jamás había encontrado réplica entre los más prudentes.

Ese denostado lenguaje políticamente correcto, que banalizado como tantas cosas, ha llegado a volverse ridículo con lo de ‘miembros y miembras’, ha sido un logro que estamos convirtiendo en nada. Ha costado mucho pasar del tía al mujer, del maricón al homosexual, del negro al persona de color (lo que no deja de ser absurdo) y todo ello supone, con sus derivas insoportables, al menos un intento de pararle los pies al del mondadientes. Este, si no convencido, al menos marginado en la opinión de los demás, se ha vuelto más silencioso y menos pendenciero. Se ha dado cuenta de que sus bravatas no caen igual de bien que antes. Ya no le ríen las gracias.

Pero, hete aquí que aparece en escena el señor Trump y todo se va al garete. Ha dado carta de naturaleza a las formas y maneras del señor del mondadientes. Cuántos más se están acodando ahora en escorzo en la barra de cualquier bar.

Habrá que recordarle a este señor que ocupa un lugar muy visible y muy prominente, que, por ello, está obligado a dar ejemplo. Si no se aviene, habrá que recordarle que lo que él dice de las señoras se podría aplicar a su señora madre, a sus hermanas, si las tuviera, a su esposa y a sus hijas y nietas. Si no lo entiende, habrá que decirle que todos procedemos de África, que todos migramos desde su corazón poblando la tierra entera y que aquí estamos, mezclados y convertidos en mestizos de mil razas, siendo lo mejor que podíamos ser: seres humanos.

Su política puede favorecer a unos y perjudicar a otros, como todas. Pero, al menos, debe guardar las formas que es lo máximo que llegamos a enseñarle al del mondadientes.

De poetas nostálgicos

Paso una velada agradable oyendo a un amigo y sus amigos recitar poemas. Presenta un libro y nos regala con la lectura de varios de los ejemplares allí recogidos. Los poetas son siempre generosos y, posiblemente, están ansiosos por mostrarnos el fondo de sus almas, por eso no vacilan en proclamar inéditos. Esto no lo haría nunca ni un crítico ni un científico. No hablaría de sus pensamientos o descubrimientos, mientras no figuraran impresos sobre las páginas de una docta revista. Sin embargo, los poetas no son así; se desnudan sin pudor por el placer de oír perderse en el aire sus propias palabras.

La poesía debe hablar al corazón y, desde luego, a la razón. El propósito de mi amigo poeta se ha cumplido. No sólo me habló al corazón, sino que me movió a sesudas reflexiones y cavilaciones. Él hablaba de un amor recién descubierto que ha sido el motor que le ha impulsado a la poesía. Tras el descubrimiento, se ha lanzado febril al mar de las letras y, sin reposo, vuelca sobre los papeles todos sus sentimientos. Sin embargo y de modo que me deja perpleja, para él descubrir un sentimiento tan vital y revitalizador como el amor, no ha sido un hallazgo gozoso, aunque a primera vista lo parezca; lo ha enfrentado, por el contrario, con el tiempo pasado, con la vida que se escapa, con el reloj ciego que acorta nuestras vidas.

¡Qué cosa tan triste! En contraste, para mí una vida nueva, un amor sobrevenido, el descubrimiento de ese retazo de perpetuidad, que suponen los hijos de nuestros hijos, me sirve de reconfortante esperanza en el futuro. Pienso que quizá ellos sabrán esquivar los escollos en los que tropezamos, apartarse de caminos tortuosos o sin sentido por los que anduvimos, ellos aportan la inocencia de lo primero y nuevo a los que ya la hemos perdido a fuerza de desengaños. Ahí en ese punto compartimos el sentimiento, pero en la reflexión acerca del tiempo pasado o perdido, me temo que discrepamos.

Para mi los errores, dolorosos, son una fuente de sabiduría. En el regocijo de esa ciencia de la vida adquirida, me huelgo. Me alegro de haberlos cometido, pues salí de ellos renovada y fortalecida. Jamás miro atrás queriendo retener el tiempo o recuperarlo, devolviéndolo al presente. Ya sé que camino hacia la muerte, como todos, pero moriré habiendo vivido y siendo consciente de ello. Por otra parte, esfuerzo inútil, pues lo ido, ido está. No lamentaré, ni lamento, el haber dejado escapar ocasiones, porque posiblemente, no lo fueran para mí, ya que a lo mejor ni siquiera las percibí en aquel otro tiempo. Sólo las veo ahora, cuando ya no es el momento.

Pienso que, tal vez, quien ha dedicado su vida exclusivamente al trabajo, sin dedicar espacios a los sentimientos, a las risas, a contemplar atardeceres o amaneceres, a mirar las estrellas, a sentir el viento en el rostro, a ocuparse de las tristezas y alegrías de los cercanos y de otros más lejanos, puede que sienta más que nostalgia, una terrible ira contra sí mismo por haber desconocido lo que es perder el tiempo en naderías. Esas pequeñas cosas que en verdad le dan sentido a nuestra existencia. Ahora se quejan del tiempo pasado, pero no es el culpable, sino nosotros mismos que lo dejamos escapar en afanes que reportan beneficios sólo materiales.

Una buena carga de espíritu, una buena carga de tardes de miradas, un acopio de silencio y calma son necesarios, tras la jornada de trabajo. De ese modo, el amor no nos pillará nunca despistados. Ese es un quehacer de cada día, como si no hubiera mañana. Esa es una forma de ser eterno a cada instante que es lo que, en verdad, somos.

Protestantes

El alcalde de Río, creo, es un pastor protestante recién elegido, también es protestante el presidente de Guatemala y el Papa Francisco va a participar en la conmemoración de los quinientos años de la reforma protestante.

Bueno, pues parece que en Iberoamérica los protestantes, en particular evangélicos que son un número creciente y causa de muchos conflictos de toda índole, empiezan a tomar conciencia ciudadana y a participar en la cosa pública. Ojalá que inculquen a sus comunidades el compromiso cívico que las haga darse cuenta de las desigualdades e injusticias sociales y los impulsen a luchar por la dignidad de todos los seres humanos. Que su actitud sea también acicate para los católicos y los no creyentes para sentirse comprometidos con su entorno.

Muy bien que el Papa vaya a sumarse a las celebraciones en memoria de Lutero y su reforma. Es una gran noticia. Muchas comisiones vaticanas llevan años trabajando en esa línea, pero qué poco trasciende de ello a la feligresía. Qué poca pedagogía hace la iglesia católica, al menos en España, acerca de esas realidades y de que las diferencias son menos que las semejanzas. Tampoco sabe la mayoría de los fieles católicos que si hemos recuperado la lectura de los textos sagrados y el interés por ellos, es gracias a los protestantes y a la reforma de Lutero, aunque tardáramos algo más de cuatrocientos años en enterarnos. Ojalá estos gestos sirvan para que los fieles caigan en la cuenta y reclamen de sus presbíteros una explicación de cuántas cosas que parecían alejarnos, ahora la iglesia católica las ha hecho suyas.

Por otra parte, es sorprendente lo nada que interesa al mundo europeo en general y a los creyentes en particular que se hagan gestos como este. Qué poco bombo se les da. Ni un comentario en facebook, ni uno en twitter, eso sí, páginas y páginas de aparecidos, zombies y máscaras.

Este gesto supone difuminar una frontera que separa a la Europa del norte de la del sur, supone cerrar unas páginas sangrientas de guerras de religión, supone regresar al espíritu evangélico de cercanía y fraternidad. No debe ser muy importante, aunque a mí me lo parezca. Igual es que soy rara.

Ah, se me olvidaba; esa obispo sueca que conocemos porque ha bautizado a muchos miembros de la familia real sueca, con sus ornamentos litúrgicos se saluda afectuosamente con el Papa. ¡Vaya notición! los dos con los mismos símbolos, los dos cabeza de sus iglesias, los dos conmemorando una de las mayores revoluciones de la cristiandad y tan amigos. Muchos comentarios merece la imagen y su contenido. Que no se haga un silencio tan abrumador sobre este hecho.

Recordar

Es triste pensarlo, pero en estos días de Santos y difuntos, lo que viene a ser lo mismo, me vienen a la cabeza tantas personas desaparecidas que, contándolas, me doy cuenta de que ya conozco a más muertos que vivos.

Pero muchos más son los muertos que nadie rescata de la memoria, aquellos de los que nadie se acuerda o que, nosotros que vivimos lejos de ellos, no hemos conocido nunca y sus muertes, sobre todo las violentas, nos resultan algo ajeno.

Hoy hago el esfuerzo de, como dice el Apocalipsis, mirar a esa muchedumbre de túnicas blancas que vienen de la gran tribulación. Esa gente que ha padecido en esta vida por culpa de nuestra indiferencia, del egoísmo y las ambiciones desmedidas. Que gocen de paz y de misericordia, esa que no tuvimos con ellos y que nos perdonen.