Archivo por días: 12 noviembre, 2016

Acodados en la barra del bar

Menudo revuelo se ha montado con la victoria del señor Trump. Los asustados por un lado, que son legión. Por otro los que esperan que este señor los saque de pobres. Los análisis y los recuentos apuntan a que los que le han dado la victoria son aquellos cuyos bolsillos hace rato que crían telarañas. A lo mejor creen que la riqueza es contagiosa ya que este señor es millonario.

A mí, personalmente, no me asusta. En realidad me irrita. Me recuerda a ese personaje (con el debido respeto a los que frecuentan las barras de los bares) que se acodaba en escorzo en la barra del bar, mientras dejaba asomar en la comisura de sus labios la punta de un mondadientes. Con la cabeza cubierta por la boina y las cejas juntas, dejaba escapar de su boca sentencias solemnes que definían cual era su profundo universo; el cuerpo de las mujeres, las comilonas, lo sucios que eran los demás o lo sospechosos, y como su medida era la medida de la norma de perfección. Posiblemente el fulano no se había mirado jamás en un espejo. Posiblemente de tan bravucón y pendenciero, jamás había encontrado réplica entre los más prudentes.

Ese denostado lenguaje políticamente correcto, que banalizado como tantas cosas, ha llegado a volverse ridículo con lo de ‘miembros y miembras’, ha sido un logro que estamos convirtiendo en nada. Ha costado mucho pasar del tía al mujer, del maricón al homosexual, del negro al persona de color (lo que no deja de ser absurdo) y todo ello supone, con sus derivas insoportables, al menos un intento de pararle los pies al del mondadientes. Este, si no convencido, al menos marginado en la opinión de los demás, se ha vuelto más silencioso y menos pendenciero. Se ha dado cuenta de que sus bravatas no caen igual de bien que antes. Ya no le ríen las gracias.

Pero, hete aquí que aparece en escena el señor Trump y todo se va al garete. Ha dado carta de naturaleza a las formas y maneras del señor del mondadientes. Cuántos más se están acodando ahora en escorzo en la barra de cualquier bar.

Habrá que recordarle a este señor que ocupa un lugar muy visible y muy prominente, que, por ello, está obligado a dar ejemplo. Si no se aviene, habrá que recordarle que lo que él dice de las señoras se podría aplicar a su señora madre, a sus hermanas, si las tuviera, a su esposa y a sus hijas y nietas. Si no lo entiende, habrá que decirle que todos procedemos de África, que todos migramos desde su corazón poblando la tierra entera y que aquí estamos, mezclados y convertidos en mestizos de mil razas, siendo lo mejor que podíamos ser: seres humanos.

Su política puede favorecer a unos y perjudicar a otros, como todas. Pero, al menos, debe guardar las formas que es lo máximo que llegamos a enseñarle al del mondadientes.

De poetas nostálgicos

Paso una velada agradable oyendo a un amigo y sus amigos recitar poemas. Presenta un libro y nos regala con la lectura de varios de los ejemplares allí recogidos. Los poetas son siempre generosos y, posiblemente, están ansiosos por mostrarnos el fondo de sus almas, por eso no vacilan en proclamar inéditos. Esto no lo haría nunca ni un crítico ni un científico. No hablaría de sus pensamientos o descubrimientos, mientras no figuraran impresos sobre las páginas de una docta revista. Sin embargo, los poetas no son así; se desnudan sin pudor por el placer de oír perderse en el aire sus propias palabras.

La poesía debe hablar al corazón y, desde luego, a la razón. El propósito de mi amigo poeta se ha cumplido. No sólo me habló al corazón, sino que me movió a sesudas reflexiones y cavilaciones. Él hablaba de un amor recién descubierto que ha sido el motor que le ha impulsado a la poesía. Tras el descubrimiento, se ha lanzado febril al mar de las letras y, sin reposo, vuelca sobre los papeles todos sus sentimientos. Sin embargo y de modo que me deja perpleja, para él descubrir un sentimiento tan vital y revitalizador como el amor, no ha sido un hallazgo gozoso, aunque a primera vista lo parezca; lo ha enfrentado, por el contrario, con el tiempo pasado, con la vida que se escapa, con el reloj ciego que acorta nuestras vidas.

¡Qué cosa tan triste! En contraste, para mí una vida nueva, un amor sobrevenido, el descubrimiento de ese retazo de perpetuidad, que suponen los hijos de nuestros hijos, me sirve de reconfortante esperanza en el futuro. Pienso que quizá ellos sabrán esquivar los escollos en los que tropezamos, apartarse de caminos tortuosos o sin sentido por los que anduvimos, ellos aportan la inocencia de lo primero y nuevo a los que ya la hemos perdido a fuerza de desengaños. Ahí en ese punto compartimos el sentimiento, pero en la reflexión acerca del tiempo pasado o perdido, me temo que discrepamos.

Para mi los errores, dolorosos, son una fuente de sabiduría. En el regocijo de esa ciencia de la vida adquirida, me huelgo. Me alegro de haberlos cometido, pues salí de ellos renovada y fortalecida. Jamás miro atrás queriendo retener el tiempo o recuperarlo, devolviéndolo al presente. Ya sé que camino hacia la muerte, como todos, pero moriré habiendo vivido y siendo consciente de ello. Por otra parte, esfuerzo inútil, pues lo ido, ido está. No lamentaré, ni lamento, el haber dejado escapar ocasiones, porque posiblemente, no lo fueran para mí, ya que a lo mejor ni siquiera las percibí en aquel otro tiempo. Sólo las veo ahora, cuando ya no es el momento.

Pienso que, tal vez, quien ha dedicado su vida exclusivamente al trabajo, sin dedicar espacios a los sentimientos, a las risas, a contemplar atardeceres o amaneceres, a mirar las estrellas, a sentir el viento en el rostro, a ocuparse de las tristezas y alegrías de los cercanos y de otros más lejanos, puede que sienta más que nostalgia, una terrible ira contra sí mismo por haber desconocido lo que es perder el tiempo en naderías. Esas pequeñas cosas que en verdad le dan sentido a nuestra existencia. Ahora se quejan del tiempo pasado, pero no es el culpable, sino nosotros mismos que lo dejamos escapar en afanes que reportan beneficios sólo materiales.

Una buena carga de espíritu, una buena carga de tardes de miradas, un acopio de silencio y calma son necesarios, tras la jornada de trabajo. De ese modo, el amor no nos pillará nunca despistados. Ese es un quehacer de cada día, como si no hubiera mañana. Esa es una forma de ser eterno a cada instante que es lo que, en verdad, somos.