Archivo por meses: enero 2017

Una reunión, una iniciativa y un homenaje

El día 23 de enero recién pasado, se celebro en ‘ámbito cultural’ de El Corte Inglés una iniciativa promovida por Apimur, la asociación de pintores murcianos.

Que se anunciaba con este cartel y que pretende tener continuidad, dando paso a narrativa y otras manifestaciones literarias.

Conducido este rincón literario por Guillermina S. Oró nos permitió escuchar las voces poéticas de J.A. Castillo de Lucía Abadía y la muy sublime de Soren Peñalver. Disfrutamos con la maestría en la recitación de Antonio de Béjar, la socarronería del gran pintor Falgas y de la música de Flores Yepes. No era fácil hacer de un acto con tantos participantes con voz propia algo ágil y distraído, pero con su buen hacer y simpatía Guilermina lo logró con creces. Nos quedamos con ganas de más. Se cerró el acto con la entrega de un retrato a Soren Peñalver llevado a cabo por Domingo M. Garrido que sin duda había captado no solo la imagen sino el espíritu del retratado.

Después de escuchar las voces quejumbrosas de Castillo y la vitalista de Abadía, le llegó el turno a Peñalver. Los tres son lo que yo llamo poetas comprometidos; Castillo con el dolor del mundo y los valores, Abadía con la vida que hay que defender con alegría y Soren que es, como decía Gaya, alguien que mira el mundo como si fuera un cuadro.

Ramón Gaya decía que pintor es el que mira el mundo como si fuera un cuadro, quizá buscando el cuadro encerrado en lo evidente y que otros no ven, o como Miguel Ángel que luchaba contra el mármol hasta que sacaba la imagen que encerraba y que nadie, sino él, podía sospechar. Ese es Soren. Soren no es un poeta porque escriba poemas, sino porque construye la vida, el dolor, la alegría, la memoria, la experiencia, como un poema.

Se habló de influencias. Es cierto. Los que leemos y escribimos podemos ver y se ven en nuestras obras las señales de lo leído, la impronta que nos han ido dejando los que han pasado por nuestras manos y han fustigado nuestra sensibilidad e imaginación. Sin embargo, Soren Peñalver, no hablaba de influencias, sino de ‘identidades’ y así, con esa naturalidad de sentirse parte del cuerpo de poetas/profetas, en sus versos de añoranza por el amigo que se fue y los dulces días de la juventud, se le coló de manera natural la mención a Kavafis y no era una cita, ni un rasgo de conocimiento, era una identificación, un espejeo. Ambos, Kavafis y Peñalver, estaban mirando el mismo dolor con la misma añoranza, con idéntica nostalgia y, así, la mención era obligada.

No cabe duda de que el homenaje a Peñalver estaba más que justificado y yo me alegré porque le admiro y aprecio a partes iguales.

De la gratitud y la gratuidad (Para José Rubio en ocasión de su último poemario)

Hay veces en que, a pesar de lo que pueda parecer, el mundo se presenta a nuestros ojos como un verdadero regalo. Me ha ocurrido hace poco. Un bendito día, sin ninguna razón aparente, de manera gratuita, la más absolutamente gratuita, un poeta me regala su última colección de poemas. No sólo eso, sino que me obsequia un ejemplar en el que con su mano ha corregido esas erratas que sólo el autor puede detectar, pues la edición es muy cuidada, y me lo dedica porque, según dice, soy buena lectora.

¡Qué cosas!, me digo, y permanezco ensimismada y temerosa durante varios días, pues no me atrevo a abrir el libro, ya que se espera de mí que sea una buena lectora y eso me aterra. Luego, puede más la curiosidad…

El poemario se apoya en un poema, el último, que pretende dar una respuesta a una interrogación de otro poeta; un poeta de hace siglos y en apariencia lejano. Comienzo, entonces, a percibir el peligro de ser filóloga y de dejarme llevar por esas pedanterías propias de la profesión que te impelen a categorizar, a hacer tipologías, a rellenar los vacios de una poesía sugerente con erudiciones que no sirven para nada, a no ser para que las evalúe la ANECA.

Pero los hados, no cabe duda, están de mi parte y, casi sin darme cuenta, consigo apartarme de la tentación de señalar este texto como una sucesión de elegías, que a ratos se interrumpen por esas piezas de orfebre que son los haikus y otras se desvían del tiempo, de la añoranza y la ausencia para cantar presencias, entre las que quizá la más evidente sea la de la naturaleza, seguida o precedida, no sé muy bien, por el vigor de los sentimientos fraternales y por la expresión de toda clase afectos íntimos, raros hoy, pero universales.

Desprendida por mi buena estrella de todas estas tentaciones, simplemente me siento y leo, a ratos en silencio y a ratos en voz alta, esquivando siempre el análisis de una sintaxis poética compleja que intenta seducirme, y envolviéndome en el sentido profundo de estos versos termino por saber, con toda certeza, que, En qué abril de José Rubio, es la expresión magnífica de la gratitud de un alma agradecida y sensible y de un tenaz escribidor que consigue una palabra limpia, con los adornos justos, que parece simple y espontánea, pero que, en este libro, a diferencia de los otros dos que conozco, deja transparentar el esfuerzo y la laboriosidad.

José Rubio es un gran poeta, sin duda, de los pequeños instantes y de los sentimientos cotidianos que, por sabidos, pasan sin pena ni gloria. Él les da presencia y cuerpo, dejando sin embargo en silencio lo que en silencio ha de quedar. Es el poeta de la gratitud, en un tiempo en que esta no es una virtud frecuente, y por eso, porque sabe a ciencia cierta lo que le llega gratuitamente, me ha regalado sus versos y yo le doy las gracias.

El compromiso en el arte (continuación)

Mi amiga Carmen ha entrado al debate acerca de la influencia del arte en la sociedad y me contestaba lo que sigue en otro de estos medios digitales:

Queridos amigos, ya me siento con ánimos y ganas de estar en la palestra y como mantengo un diálogo, a mi juicio interesante – por la inteligencia de la receptora- con mi amiga Montse o Nuria Cóndor en esas latitudes, deseo continuar con la conversación a la que me gustaría que se unieran otros amigos de fb más cualificados que yo.
Ella lanzaba la pregunta de si el artista puede y debe influir en la sociedad y la historia. Yo, por mi parte, considero que el artista siempre influye en la sociedad y la historia “malgré lui” y le lanzaba como reto la obra de Manzoni de los famosos botecitos de “mierda del artista” y le preguntaba si eso era arte.
Si alguien está interesado en su respuesta de forma más concreta puede ver su página web. Coincido con ella en que además de la idea de Manzoni de que todo lo que sale del artista es arte, hay una denuncia irónica en su obra. Efectivamente, yo creo que hay una crítica a la sociedad burguesa y el mercadeo del arte.
Todo lo que el artista hace con voluntad de crear arte es , a mi juicio, arte. Otra cosa es su calidad estética y este sería otro tema de comentario. Pero como obra de arte influirá siempre en la sociedad; el arte es un sistema comunicativo racional y transracional y en consecuencia siempre dice algo.
Otra cuestión es si el artista está obligado a transmitir de forma consciente un mensaje ideológico en su obra. A esta cuestión yo respondería que no. De hecho, coincido con Adorno en la separación entre realidad y arte, no hay contigüidad inmediata ni contacto directo con la realidad ya que se puede influir en la realidad de forma indirecta, tal es el caso de la revolución atonal de Schoenberg como expuso Adorno y que justifica la existencia del arte moderno entendido como arte de denuncia quiéralo o no el artista.
En mi opinión, querida Montse, la cuestión no es solo si el artista tiene responsabilidad en la producción como guía de una sociedad, pues el meollo está en que los poderes de cualquier sociedad manipulan y acallan los mensajes que no le interesan: Los botes de Manzoni han sido usados por los mercachifles del arte, vendiéndolos a 124.000 euritos. El arte puede mandar al infierno todas las ideas injustas, pero da la sensación de que estas son incombustibles.

A su respuesta, acertadísima y que comparto en muy buena medida,  quisiera darle una vueltecilla más y comenzar a hablar del compromiso en el arte, entendiendo este no sólo como las artes plásticas, sino como cualquier ejercicio de creación. Antes de defender cualquier tesis en este sentido, voy a proponer la lectura de un texto de Andrea Camilleri, el célebre creador del no menos célebre comisario Montalbano. El texto pertenece a su novela La luna de papel, publicada en 2005 por primera vez. En la página 203 de la edición española que manejo se lee:

Para distraerse, evocó una consideración. ¿Filosófica? Puede que sí, pero perteneciente a la parte del pensamiento débil, es más, del pensamiento extenuado. Y a esa consideración le dio incluso un título: “La civilización de hoy en día es la ceremonia del acceso”. ¿Qué quería decir? Quería decir que hoy en día, para entrar en el lugar que fuera, un aeropuerto, un banco, una joyería, una relojería, uno tiene que someterse a una determinada ceremonia de control. ¿Por qué ceremonia? Porque no sirve para nada en concreto; un ladrón, un secuestrador, un terrorista, si tiene intención de entrar, entra de todos modos. La ceremonia no sirve ni siquiera para proteger a quienes se encuentran al otro lado del acceso. Pues entonces, ¿para qué sirve? Sirve precisamente para el que está entrando, para hacerle creer que, una vez dentro, ya puede sentirse a salvo.

Por si alguien no conoce a Camilleri y a su Salvo Montalbano diré que constituye una larga serie de novelas policíacas, no en vano el protagonista es un comisario siciliano, que persigue el crimen y además se halla en medio de un territorio donde la mafia actúa. Pero las novelas de Camilleri son eso, novelas de crímenes y criminales, cargadas de humor, de observación y conocimiento del entorno, de sonrisas  e incluso de carcajadas. El comisario, un hombre decente, intuitivo, con buen paladar, amante del mar y de los largos paseos para ayudar a las digestiones o para rumiar su desconcierto, es un ser de carne y hueso que se obsesiona con esas cosas con que nos obsesionamos todos; el paso del tiempo, la enfermedad, la vejez, la familia, los padres, los novios y las novias, etc. etc. En fin, se podría decir, sin faltar en absoluto a la verdad y al respeto que el autor merece, que estas son novelas de entretenimiento en las que brilla el oficio de escritor. Son pequeñas piezas de arte, sin embargo, porque son originales, ágiles, retratan una realidad que, aunque ficcional, es tan real como la vida misma y señala a los vicios y corrupciones de los individuos y de los grupos, presentando un panorama en el que uno puede reconocer y reconocerse, como ocurre con las obras de los grandes; Shakespeare o Cervantes, sus personajes son universales y eternos. Por si eso no fuera bastante para hablar de ‘compromiso’ con la sociedad, de pronto, en cada rincón de cada una de sus novelas, aparecen párrafos como el que he recogido o situaciones que marcan una posición ética frente a la realidad, al tiempo que señalan, en un guiño, a esas tipologías que se ponen de moda como el ‘pensamiento débil’ que ya señalara Gianni Vattimo y que, apesar del abuso que se ha hecho de ellas, no dejan de definir a una época, pero llamándolo ‘extenuado’, porque efectivamente ya estamos un paso más allá del pensamiento débil. Esto lo escribe Camilleri en 2005 con una visión profética.

Los profetas, como bien saben los entendidos, no son aquellos que predicen el futuro, sino los que hacen lecturas correctas del presente que resultan válidas para un largo periodo de tiempo o para siempre. Y esto es lo que yo pretendía plantear, quizá de modo algo más oscuro, cuando puse en circulación esta reflexión acerca de la influencia del arte en la sociedad. A eso me refería; a que el ‘poeta’ ha de ser ‘profeta’, independientemente del material que use, sea plástico o sea la escritura; se trate de un sesudo análisis de la realidad, de una canción o una sonata,  o de una ‘filosofía’ de andar por casa, echada como al azar en medio de una  modesta novela de detectives.

Si no, ¿qué significa ese párrafo once años después de escrito, en un mundo cargado de fronteras que se cierran y con los ‘malos’ que se cuelan por todas partes, es una simple digresión o más bien la expresión del compromiso (de estar comprometido, de sentirse responsable ante) con la realidad social?

Gracias, Carmen, por seguirme la cuerda y por tus aportaciones. Un abrazo grande.

Una carta a los Reyes Magos

Con este título inauguro otro espacio de esta web: El de autorías ajenas.Es decir, aquellas cosas que me envían amigos que escriben y que lo hacen muy bien y que cuando me gusten y me autoricen, las pondré en este espacio para deleite de todos.

En este caso, inauguramos el espacio de ‘De ajenos’ con una carta a los Reyes Magos que ha escrito mi amigo Raimundo. Un ingeniero con una frustración literaria compensada con una novela y un par de colecciones de relatos breves y una capacidad de narrar cuidada, mimada e interesante.

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