Archivo por meses: febrero 2017

Haiku

Todo el mundo escribe haikus.

Desde aquellos tiempos en que leí a Yasunari Kawabata he comprendido que hacerse con la sensibilidad de un japonés es algo muy difícil si no imposible. Aunque hay quien lo consigue, como son los casos más recientes que conozco; el de Susana Benet y el de Pepe Rubio.

Para no ser menos y no sentirme desplazada de las corrientes actuales, de las que cada vez me siento más ajena por aquello de que, aunque uno no quiera, termina por ser y estar extrañado en el mundo (cosas de la edad) me atrevo con dos haikus o lo que buenamente sean. Ahí van.

La mariquita

con su bata de cola

alzando el vuelo

 

Lloroso el niño

por el globo perdido,

pegado al techo

Realidad o ficción

El día 15 de febrero se presentó en Caravaca de la Cruz la última novela publicada de Luis Leante en la Casa de la Cultura que lleva el título de Annobon.

Era la primera presentación de la obra y, por tanto, nadie o muy pocos de los asistentes la habíamos leído. Así que el autor  decidió contar el proceso que había seguido la composición de su obra. Un largo periodo de siete años que pasó, como es natural, por momentos de parón y casi renuncia a seguir en la tarea.

Annobon, el título, se refiere a la pequeña isla de Guinea Ecuatorial de ese nombre. La acción se sitúa en la época colonial española de la zona y parte de un suceso real; el asesinato del gobernador a manos de otra autoridad, un guardia civil. El autor consiguió una copia del proceso judicial y a partir de ahí construye su ficción convirtiendo la narración en una especie de documental con entrevistas a los descendientes de los protagonistas.

Llegado a este punto de la descripción de su obra, Luis Leante se empeñó en demostrar a los asistentes que él es un contador de mentiras. Según sus propias palabras:  un embustero compulsivo. Tanto insistió en este asunto y tanto intentó distanciarse de los hechos históricos que la cosa me sorprendió grandemente.

Yo creía que todo el mundo entendía que una novela, por muy ‘histórica’ que se considere o se adjetive es siempre una ficción. Dicho de otro modo, toda narración literaria (y yo casi diría que incluso la poesía) es una ficción que pretende ser suficientemente verosímil para que parezca verdad. A eso no se le puede llamar mentira, sino lo que es: ficción. Finge verdad, finge realidad.

Pero la cuestión es ¿por qué Luis Leante se empeñaba en hacer una y otra vez la afirmación de la ficción? Pues resulta que, por lo visto, hay lectores que creen que todo lo que aparece en un libro, sobre todo si lleva el calificativo de histórico o parte de un hecho real, es ‘verdad’ es ‘Historia’.

Claro, de ahí mi perplejidad. Siempre he tenido muy claro como lectora que un libro de narración (sea cuento o novela) parte posiblemente de una experiencia personal o ajena  conocida y real, pero que se reconstruye con el fin de transmitirla de manera artística. Es decir, se la manipula para que resulte coherente, creíble, razonable y verosímil. El autor inventa personajes allí donde quedan vacíos, inventa los pensamientos de los personajes para justificar o al menos explicar sus acciones, se coloca como testigo de los hechos, aunque no estuviera presente, dice tener a algún testigo que le ha informado, etc. etc. Si todo eso lo hace bien, da como resultado una obra que parece efectivamente una crónica de un suceso.

Cómo es posible, pues, que lectores habituados a manejarse entre libros, no distingan la realidad de la ficción. Es posible que nuestro mundo se haya vuelto tan absurdo que ya no separemos lo cierto de lo que no lo es. Es posible que nuestra sociedad esté tan plagada de mentirosos, encubridores y tergiversadores que ya no sepamos quién dice la verdad o no. Necesitamos que existan las certezas y pensamos que quién va a mentir en un libro. Quién se va a molestar en escribir doscientas páginas o más, montando una gran mentira. Luego, lo que aparece en los libros, al menos eso, ha de ser cierto, porque de lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen no nos podemos fiar.

Algunas personas cercanas saben que no hace mucho he concluido una narración que tiene un fondo autobiográfico. Yo he sido la primera sorprendida al darme cuenta de que, aún escribiendo acerca de hechos familiares y conocidos, la necesidad de inventar, de establecer corredores lógicos entre informaciones dispersas, de sustituir a las conciencias de los personajes  y de tirar de sus pensamientos y motivaciones, me llevó sin remedio a inventar el noventa por ciento de lo que estaba narrando. De manera que aunque estuviera hablando de mi familia, la familia que allí aparece es otra muy distinta de aquella de la que formo parte.

Al escribir ese texto me di cuenta, como cualquiera que escriba, que la composición lleva indefectiblemente a mentir; es decir, a ficcionar, porque la verdad ‘verdadera’ esa no la conoce nadie, ni siquiera los protagonistas reales de un acontecimiento. Porque pueden saber lo que ellos piensan o desean, pero no llegan a saber con certeza lo que las circunstancias les deparan o les van a deparar o lo que sienten y piensan los demás, aunque digan y se manifiesten en una dirección concreta. Incluso la realidad miente, porque la percibimos con nuestros engañosos y traicionables sentidos.

Además quien escribe quiere manipular el mundo. En realidad se trata de narcisistas frustrados a quienes su conciencia no les permite manipular a los seres reales, de manera que se conforman manipulando a los de ficción.

En fin. Lo que ya llevo diciendo desde hace algún tiempo: Un autor o un creador debe dar cuenta de su obra y no cabe duda de que Leante lo hizo y por ello mismo nos hizo pensar. Así mismo, el autor debe ser alguien comprometido con su tiempo y Leante está empeñado en deslindar, en una sociedad que lo confunde, lo real de lo ficticio.

Un rato delicioso y una lectura que me espera.

 

?

Preguntas a un abogado

Tengo algunas preguntas para un abogado.

Expondré primero la circunstancia. Una persona descubre que está circulando sin seguro obligatorio en el momento en que la detiene la Guardia Civil de tráfico por un problema en carretera. Sorprendido el ciudadano por la situación, una vez que regresa a su domicilio se pone en contacto con su aseguradora y esta le contesta que ha rescindido unilateralmente el contrato, cosa que al parecer está autorizada a hacer. Así mismo informa de que ha comunicado con tiempo la circunstancia al asegurado por medio de un burofax que se entregó en una dirección errónea, a pesar de que en la aseguradora de marras tenían el nuevo domicilio del asegurado, ya que este había asegurado en la misma compañía su domicilio habitual. Al parecer esta circunstancia es también correcta, pues la compañía no está obligada a asegurarse de que el asegurado (no es un juego de palabras) ha recibido la comunicación. Bien hasta aquí, ningún problema. ¡Qué se le va a hacer! parece que no queda nada más que decir.

Pero yo tengo una primera pregunta: ¿No incurre en responsabilidad penal (moral desde luego) una compañía a la que cualquier ciudadano ha de recurrir obligatoriamente para poder circular con un vehículo a motor? ¿No deja al ciudadano en total indefensión el que no tenga seguro y que le haga incurrir involuntariamente en un delito de responsabilidad civil que, en su caso, puede llevar aparejada una pena de cárcel? ¿No se puede entender eso como inducción al delito?

Segunda pregunta: ¿El asegurado no debe entender jamás que la aseguradora defiende su seguridad?

Bien. De esta circunstancia se deriva otra cuestión así mismo preocupante. La Guardia Civil, haciendo el uso debido de su obligación, impone una multa de 1500 € al asegurado que no viajaba con el vehículo debidamente asegurado por lo ya dicho. Efectivamente se trata de una infracción grave y esa es la cuantía correspondiente que se entiende que debe ser ejemplarizante.

Pero, ¿atiende ese baremo a las circunstancias de la persona que ha sido objeto de sanción? En los días en que se puede alegar para rebajar la multa o solicitar que se levante la sanción se puede argumentar que, en los cuarenta años de vida del sancionado y en los veinte que lleva de vida laboral, jamás ha ingresado al mes por su trabajo 1500€. Que tal como están las cosas parece imposible que alcance ese nivel de ingresos en los próximos diez años. Se puede argumentar que ese individuo es un emprendedor que da trabajo a otras personas, que no ganan mucho más, pero que eso les permite salir adelante. Se puede argumentar que cuando trabaja para la Administración jamá le pagan en los días establecidos por la ley y mucho menos cuando lo contrata una compañía privada, sin que nadie le compense por ello.

En fin. Hay cosas que suceden cada día que ponen de manifiesto a qué niveles de indefensión se ve sometido el ciudadano que además es o intenta ser cumplidor de las normas. Se deduce que las normas no están hechas para  protegerle, en absoluto, sino más bien para burlarse de él.

Creo que nuestros políticos que tan enzarzados están y tan ensimismados se ven, deberían ocuparse de estas cosas y, por otra parte, todos esos expertos en leyes que se mueven en el entorno de las Organizaciones de Consumidores tal vez deberían emplear su tiempo en buscar el modo de defender a los ciudadanos de compañías como las de seguros., señalando estos extremos que si bien pueden ser legales, sólo van a favor de una de las partes; el beneficio de la propia compañía.

Para mayor abundamiento, la compañía de seguros, una vez que da de baja unilateralmente a un usuario puede borrar todo su historial, con lo cual pierde la posibilidad de conseguir bonificaciones en otra compañía. Se ha observado además en este incidente que algunas compañías de seguros no aceptan como cliente a alguien que procede de otra determinada compañía. ¿Qué significa eso, que se trata de un monopolio?

Creo que si algún abogado lee esto no tendrá más remedio que reflexionar sobre ello y quizá, tal vez, si no trabaja para una compañía de seguros es posible que le entren ganas de pleitear o de plantear reformas a las normas que rigen estos asuntos. No creo que haya nadie por ahí capaz de eso. Pero como soy optimista por naturaleza diré: nunca se sabe.

A vueltas con el compromiso

Ayer tarde tuve la suerte de estar en la Presentación del libro de Juan Álvarez Montalbán cuya portada se reproduce.

Lo ha publicado ed. Alfaqueque con gran esmero. Es un libro limpio y hondo. Un libro comprometido y elegante. Reúne una serie de preguntas clave (no claves) acerca de las relaciones de amor que son más bien de desamor. Un libro que hace pensar y que nos enfrenta con algo que está sucediendo cada día; la mal llamada violencia de género. Es la violencia del macho sobre la hembra. macho que no puede estar en el mundo si no domina y no aplica la fuerza bruta.

Sabéis que llevo un tiempo discutiendo conmigo misma y a veces con mi amiga Carmen que es de las pocas que entran al trapo (bueno, Virginia también) acerca del compromiso del artista. A esto es a lo que me refería. Ponía el otro día el ejemplo de Andrea Camilleri; él denuncia a la mafia, a los políticos corruptos, los intereses espurios, la deshonestidad con humor y todo envuelto en un juego de detectives, de novela policiaca. Juan Alvarez hace algo parecido con la violencia desde sus trazos sutiles y sencillos. Señala a  la brutalidad sin sentido desde la elegancia, como despistando a quien mira, como si no dijera lo que dice.   Además ofrece alternativas. Formas de salir de esa espiral que sólo demuestra la inseguridad del agresor y la angustia de la agredida, llevando hacia un mundo en donde compartir con el otro, valorar al otro, respetar nos vuelve más seguros y más humanos.

El artista no es un pequeño diosecillo encerrado en su rincón saturado de musas, sino aquel que sabe salir de su pequeño mundo de confort, enfrentarse a la fealdad del mundo y convertirla en algo que nos redime y nos eleva por encima de la miseria humana, llevándonos al verdadero mundo de los dioses. Unas veces lo hará con la belleza pura y otras con la fealdad más absoluta, pero redimida por su mano creadora.

Gracias a Juan Alvarez por poner sobre papel con tanto acierto su compromiso con el mundo y a Alfaqueque por atreverse con un libro sencillo pero no fácil.