Archivo por meses: marzo 2017

Una desgracia previsible

Ha llegado a todo el mundo la noticia de un incendio en un Hogar estatal de Guatemala en el que han fallecido cuarenta adolescentes. Las circunstancias están sometidas a investigación porque hay sospechas de una cadena de errores y métodos inadecuados en la custodia de los jóvenes internos.

Desde hace años, sabemos que en ese Hogar se daban fugas masivas y había numerosas irregularidades en la gestión. Sin embargo, no se pusieron nunca los medios para corregir la situación, ahora nos lamentamos.

Nosotros hemos conocido otro Hogar estatal en las cercanías del de Urbina y la  mezcla de situaciones de los acogidos en ese Hogar ya puede dar testimonio, por sí sola, de lo inadecuado del sistema. No es posible que personas adultas con discapacidades, madres solteras y sus bebés, niños y preadolescentes derivados por el Tribunal de Menores, por causas tan diversas como miseria, orfandad, abandono o malos tratos, compartan un mismo espacio en una masificación insostenible.

En la visita que realizamos al lugar, pudimos constatar que los cuidadores del centro ponían su mejor voluntad en la atención de aquella población tan diversa, pero, por una parte, era muy evidente la falta de medios materiales y humanos y, por otra, lo inadecuado del procedimiento.

Este acontecimiento de la muerte de cuarenta jóvenes, calcinadas o por inhalación de humo, no sólo nos conmueve por lo terrible del suceso y por lo que revela en sí mismo, sino porque además nos sentimos directamente tocados, ya que una de las niñas que estuvo en el Hogar de Urbina durante cinco años, terminó en ese otro lugar y murió en el incendio.

La reflexión que sigue, y que quizá sea un poco errática por la profundidad del dolor que siento, quiere ser un homenaje a su memoria y a su triste vida de sólo quince años y también un modo de caer en la cuenta de nuestra responsabilidad y en nuestros errores.

Lo primero que quisiera hacer constar es que, aunque estas criaturas –con razón en algunos casos- sean tratadas como delincuentes, no son sino víctimas. Son las víctimas de una sociedad injusta que crea bolsas de pobreza y  marginación de las que salen padres y madres irresponsables o incapaces de atender a sus hijos. Su nacimiento y crianza, en medio de la miseria, la ignorancia, la violencia o el simple abandono, los aboca a vivir en un círculo vicioso del que difícilmente las instituciones pueden hacerlos salir. Sobre todo, si lo que se aplica es un sistema en el que falta la verdadera preocupación por la salud física y mental de niños que cargan con más traumas de los que cualquiera pueda soportar, si faltan el verdadero cariño y la profunda compasión (en el sentido más básico del término) y la empatía.

Si lo que prima en esas instituciones es el orden, la disciplina, el control; todo ello medidas correctivas, y no se deja espacio a la ternura y el verdadero acompañamiento, si la atención psicológica falta o es rutinaria; si se reclama de esas criaturas la obediencia o la gratitud, sin ninguna duda estamos errando el medio y el propósito.

No cabe duda de que la relación con criaturas marcadas por la violencia es muy difícil. Son personas que se han visto obligadas a la supervivencia en un medio hostil y ello las hace insolidarias, rebeldes, desconfiadas, maquinadoras y violentas. Se insertan en un esquema que tiende a repetirse y que, en algunas ocasiones, está tan arraigado que resulta prácticamente imposible devolverles la confianza y enseñarles a vivir en armonía consigo mismos y con su entorno.

Es evidente, y el caso citado así lo demuestra, que el Estado ha de hacer una mayor inversión en este tipo de instituciones, de manera que estén dotadas de espacios dignos, higiénicos y agradables que devuelvan la serenidad al espíritu de esas criaturas y donde aprendan a convivir en un clima de valores. El Estado debe diferenciar con claridad el tratamiento que ha de darse a cada caso, creando instituciones adecuadas a las necesidades y sólo emplear métodos carcelarios allí donde sean imprescindibles. Resulta evidente que las personas encargadas de estas instituciones, desde los rangos superiores hasta los de vigilantes, educadores, psicólogos u otros, han de ser personas seleccionadas con mucho cuidado y elegidas por su vocación para el servicio, por su clara comprensión de que están tratando con víctimas y por una capacitación profesional muy exigente.

El Estado ha de hacerse consciente de que aquellas instituciones privadas a las que autoriza y exige el cuidado y atención de niños y adolescentes en situaciones de riesgo, necesitan un apoyo considerable de la administración. El Estado debe proveerlas de los medios necesarios para que cumplan eficazmente su labor.

Mientras no se camine en esta vía, las cosas no mejorarán y, en unos años, o más bien pronto, podemos encontrarnos con otra desgracia del mismo calibre o mayor.

Desde la perspectiva de nuestra implicación con un Hogar privado, habría que hacer, como primera medida, el propósito de no enviar a ninguna de las acogidas, salvo en algún caso verdaderamente imposible, a una institución estatal. Pues, como se ha visto en este caso, estamos ante una desgracia previsible.

Desde esta misma perspectiva y en segundo lugar, quizá es llegado el momento de reclamar del Estado el apoyo que no ha venido prestando hasta hoy. El Hogar de Urbina se ha venido financiando a partir del trabajo interno del mismo, de donaciones de benefactores y de las aportaciones que la propia Congregación que lo dirige hace. Se ha venido moviendo en un sistema de gran austeridad y pobreza en el que, sin embargo, no han faltado ni la alimentación, ni la educación, ni la atención sanitaria, aunque se ha carecido de asistente social y se ha tenido una atención psicológica parcial que quizá haya que considerar insuficiente.

Se ha mantenido y recreado un sistema de valores que excluye las imposiciones carcelarias, dotando de la libertad adecuada a las niñas y del orden imprescindible, de manera que tengan esquemas claros de pertenencia y responsabilidad que en la mayoría de los casos son efectivos. Aún así se dan algunos casos conflictivos que evolucionan desfavorablemente e inciden de manera negativa en el resto de las muchachas. En estos casos, tras los intentos correspondientes, si estos no dan resultado, se devuelven al sistema estatal, como fue el caso de la fallecida en el trágico incendio. Sin embargo, es posible que si el centro, con el apoyo del estado, hubiera contado con la posibilidad de una atención psicológica especial, más prolongada y específica, quizá se hubiera tenido otro resultado.

En  cualquier caso, no caben ahora lamentaciones y remordimientos que a nada conducen, pero sí acciones positivas encaminadas a la mejora del sistema. Es lo que verdaderamente podemos hacer en memoria de esa criatura que hemos perdido.

En mis estancias en el Hogar, intenté ayudarla a aprender a leer, cosa que a pesar de llevar tres o cuatro años yendo a la escuela no había conseguido aún. Me tuve que declarar impotente en su caso. Finalmente, hace dos años, al llegar al Hogar, vino corriendo hacia mí y me dijo, ya sé leer. Tengo aquí el libro que usted me regaló y cuando quiera le leo algo y así lo hicimos y, aunque con dificultad, leía de corrido y comprendía lo que leía. En mi interior, agradecí a su última maestra su esfuerzo, mientras la felicitaba por su logro. Más de una vez me dijo; ahora ya puedo leer el libro que me regaló y eso me llenaba de gozo.

El año pasado, al llegar al Hogar, noté su ausencia y pregunté por ella. Me informaron de que había tenido un proceso de violencia que finalmente la había llevado a cometer un acto cruel con el fin de amedrentar a sus compañeras más jóvenes y se la devolvió al sistema, siendo enviada al Hogar citado donde tuvo lugar esta semana pasada la tragedia.

Antes de marcharnos de Guatemala y estando en las cercanías de ese Hogar, intentamos visitarla, pero no nos lo permitieron al no ser familiares ni tener un permiso del juez. Sí nos permitieron hablar con ella por teléfono y dejarle una carta que suponemos se le hizo llegar.

Ahora, al venir de nuevo por estas tierras, teníamos el propósito de intentar visitarla. Desgraciadamente sólo podremos visitar su tumba. D.e.p.

Por último, he de decir que en la TV, al ocurrir este suceso terrible, aparecieron unas tías de la muchacha de las que no teníamos ni noticia, pues nunca la visitaron, ni se comunicaron con ella. En sus llorosas manifestaciones a la televisión hicieron hincapié en que habían tenido que tomar prestado el dinero del pasaje para personarse y reclamar noticias de su sobrina. Indudablemente todos los que vimos el reportaje sacamos la impresión de que esperaban con ello obtener alguna ventaja. Como se puede deducir fácilmente de este rasgo anecdótico, estamos hablando de personas que son víctimas de situaciones de marginalidad y, consecuentemente, de un grave deterioro en su sistema de valores. Ahí radica la cuestión. ¿Qué hacemos como sociedad para reconducir esas situaciones o qué hacemos para que no se produzcan?

 

La historia de Chepito Ixil

Pilar Hoyos, amiga y corresponsal de Tacaná en Alta Verapaz, nos envía este documento histórico acerca de la época del conflicto armado en Guatemala. No dejéis de leerlo. En este mundo cargado de violencia, abusos, corrupción y amenazas, no está de más recordar que si bien las armas no resuelven nada, el formar la conciencia es sumamente importante. También es importante tener presente que, a pesar de que la guerra no arregla nada, muchos perdieron la vida por reponer la justicia y algunos de los logros de hoy, que nos parecen de siempre, brotaron de esa sangre derramada. No perder la memoria, recordar contra el olvido es muy importante. Así sabemos de dónde venimos y a dónde debemos encaminarnos y por qué camino.

Estáis autorizados a darle la difusión que consideréis oportuna. Es un tejido hecho de los testimonios directos de las personas que fueron testigos y su voz resuena hasta lo más hondo de nuestro corazón.

Gracias por leerlo y difundirlo. Sólo tenéis que pinchar en el enlace:

(Portada e interiores) libro De Domingo Sanchez a Chepito Ixil

El momento de partir

Tengo un reciente amigo poeta al que acuso de pesimista. El, a regañadientes, lo reconoce, para afirmar enseguida que es muy vitalista, pero que el mundo está fatal y aunque a él le vaya bien, al momento siente que aquellas cosas que lo enfadan, que lo entristecen o que le hacen dudar de la sanidad mental de la raza humana le asaltan inmediatamente aguando la fiesta de su alegría de vivir.

Ahora que estoy a punto de marcharme y de pasar algo más de mes y medio alejada de televisiones, periódicos o cualquier otro medio de comunicación que me pueda poner en contacto con lo que ocurre más allá de lo que mis ojos puedan ver y mis oídos oír; ahora que me enfrento a un tiempo en el que la realidad me va a golpear de manera directa, sin la mediación de intereses, interpretaciones u opiniones ajenas, casi estoy a punto de recomendarle a mi amigo el poeta que haga algo parecido. Que permanezca un mes y medio sin recibir más información que la que él mismo sea capaz de percibir con sus propios sentidos.

Sin embargo, mientras no me he alejado de mi espacio habitual, sigo leyendo periódicos, oyendo la radio y viendo los telediarios y, claro, me asaltan esas noticias absurdas que aceptamos con toda naturalidad. Por ejemplo; una señora, casada con un británico, pero nacida en el extranjero, resulta que es expulsada porque no ha permanecido en el UK el tiempo suficiente para mantener su residencia. La buena señora había pasado en su país de origen mucho más tiempo del permitido cuidando a sus ancianos padres. Mientras tanto sabemos de otra señora que, junto con su familia y para evitar el pago de impuestos, reside en un país vecino y aquí la tenemos y nadie la priva de su residencia, ni de su pasaporte ni de nada de nada. Me dirán que son casos distintos y que las normas que afectan a unas cosas, no afectan a otras o les afectan unas diferentes. Cierto. Así es. Mientras tanto hay un señor que nos taladra los oídos con el cumplimiento de la ley que es igual para todos, cuando, a poco que nos fijemos, no cabe duda de que no es igual para todos o, si lo es en principio, luego empiezan a sumarse circunstancias y consideraciones y termina resultando que a unos se les imponen castigos ejemplares, por aquello de la alarma social, mientras que otros pasan silbando porque no parece que haya nadie alarmado.

Hace muchos años, cuando todavía alguien se ocupaba del conflicto árabe-israelí,  – aquí no hay más remedio que hacer un largo excurso;  desde mi punto de vista no es tal, mas bien se trata del conflicto en que han metido sin solución a los palestinos los israelíes y del que parece nadie quiere hacerse cargo para solventarlo, si bien ahora tenemos la excusa, como antes hubo otras, de que hay conflictos mayores en la zona- decía yo que hace años un rabino, citando a otro como suelen hacer, afirmaba que la justicia sin misericordia no es justicia.

Así pues, la ley que ha de ser igual para todos pues si discrimina no es justa, tampoco lo es sino es misericorde. Pero estas virtudes, la misericordia y la justicia, son muy antiguas y ya nadie espera que tengan presencia en este mundo.

Para darnos cuenta de lo fútiles y lábiles que se han vuelto nuestras convicciones (que son las que darían quizás cancha a la justicia y la misericordia) pondré solo un ejemplo: Resulta que llevamos algo más de cuatro semanas oyendo a un señor muy poderoso decir barbaridades en un tono además agresivo e impertinente. Hoy va y da un discurso ante los representantes de todo su país y lo que se valora es que ha sido más moderado. Dicho de otro modo, ha dicho las mismas barbaridades sin gritar tanto y sin emplear expresiones vulgares y todo el mundo parece haber respirado tranquilizado.

Ustedes saben qué sufrimiento va a ser tener la seguridad, mientras transcurre el tal mes y medio, de que no me voy a enterar de todo esto, de cómo avanza y retrocede aparentemente la estulticia en el mundo, planeando sobre nuestras cabezas, cómo la justicia inmisericorde se enseñorea y la verdadera justicia huye por la puerta de atrás. Pero, no sufran por mí. Mirando a mi alrededor, a una Centroamérica asolada por la desigualdad, la violencia y la falta de perspectivas de futuro, me consolaré, porque, a pesar de todo y sin duda, de este lado se está algo mejor.