Archivo por meses: mayo 2017

Mes de Mayo, mes de primeras comuniones

Se cumplen sesenta años redondos de mi primera comunión. Es un día que recuerdo. No sé si como el más feliz de mi vida, entonces nos decían eso, sino como un día especial en que, con mis compañeras de colegio, participamos en una celebración de la que éramos (eso creíamos) protagonistas. Después de la ceremonia religiosa en la capilla del colegio, hubo desayuno solemne en casa. Hay que recordar que, entonces, se ayunaba antes de comulgar, al menos durante doce horas. Por eso la celebración estaba circunscrita al desayuno, porque se salía de allí con un hambre feroz.

Por otra parte, ya teníamos siete años; la edad del ‘uso de razón’. Qué maravilla. Al menos una vez en la vida alguien nos concedía el privilegio de ser seres racionales, aunque fuéramos chicas, y además nos otorgaban el protagonismo,. vestidas de pequeñas novias porque, somo es sabido, las mujeres están destinadas al matrimonio. De manera que, racionales, sí, pero sometidas al matrimonio, también. Una cosa no quita la otra y como decían los primeros feministas: ‘Es mejor que una mujer sea racional y educada, porque así criará varones capaces’. (Esto era en el siglo XIX, pero a mediados del XX la cosa seguía más o menos)

Bueno. Algunas teníamos un precioso complejo de Electra que nos dura toda la vida y lo que recordamos es ir junto a papá, vestidas de princesas o de pequeñas novias, como se quiera, y que allí había una señora, la mamá, que también iba muy elegante, pero, papá era sólo mío.

Sin embargo, no escribo estas letras para contar intimidades como estas, sino para manifestar mi sorpresa mayúscula acerca de la regresión que se ha producido.

Cuando yo tuve hijos e hijas, ni se me ocurrió vestirlos de almirante o de princesa para que hicieran la comunión. Mientras tanto, había sucedido el Vaticano II y algunas cosas más. Eran los ochenta cumplidos y casi los noventa y no había ya razón alguna para pensar que el destino de una muchacha era el matrimonio o que el destino de los muchachos era embarcarse (me refiero metafóricamente; ir a la guerra, cazar mamuts, eso)

Pero, resulta que la primera comunión se ha convertido en un acto social. Bien. Ya no es obligatorio que te vean en misa mayor que si no te la juegas. Los padres y la mayoría de los niños que hacen la comunión, junto con los propios niños, no vuelven a pisar una iglesia, a no ser que estén de visita turística en alguna parte. ¿Para qué otro acto social visten a los niños de almirante y a las niñas de Sissi Emperatriz (o de cortina veneciana)? Creo que para ningún otro acto social. ¿A qué viene entonces vestirlos/as como hace sesenta años? Desde luego, no es porque se les reconozca el ‘uso de razón’, porque ahora cumplen los dieciocho y los treinta y siguen siendo adolescentes, y el uso de razón es una cosa de la que nadie habla, ni siquiera se le reconoce a muchos adultos…

Es una moda, es un negocio, es todo junto, es incongruencia, es ganas de prolongar el carnaval. No lo sé. Alguien tiene una explicación a este comportamiento regresivo. Y si nos diera por ponernos polisón…

La boda del año

Os anuncié debidamente que le iba a dedicar un relato a la boda del año. Bueno, la que para mí ha sido la boda del año, claro.

Se han casado Silvia y Antonio. Ella es mi sobrina y él es de otra familia pero, como diría mi madre, se ve que es buen muchacho. Esta realidad implica que el relato de esta boda no puede por menos que ser sesgado; estará inclinado, sin remedio, a un sector. En ese lado, a no dudar, estarán los más guapos y los más elegantes, sin que ello signifique que se desmerece al sector contrario.

Por otra parte y en cualquier caso, ya está sesgado de salida, sin echar cuenta de que se trata de dos grupos familiares diferentes, porque soy yo quien lo narra y, en ese sentido, todo estará mediatizado por mis propios sentimientos e impresiones, que son los únicos de los que puedo dar fe. Vamos a ver: si yo digo que la novia estaba feliz ¿significa eso que lo estaba? No. Significa que yo la veía feliz. Si me di cuenta de esa actitud de ella que invitaba a a creer en su felicidad, es porque ella me interesa, me interesan sus sentimientos, pero también quería dar por cumplidos mis deseos de que ella estuviera feliz. De manera que a eso me refiero. No se trata de tergiversar o de ser parcial; es que uno lo es necesariamente en el momento en que se mezclan los propios sentimientos y expectativas.

Debo decir que esta boda me hacía especial ilusión por muchas razones. La primera de ellas es que me apetecía que mi sobrina encontrara una buena pareja que la hiciera sonreír y con la que pudiera compartir todas sus inquietudes y proyectos, cosa que hoy en día es difícil cuando las mujeres son profesionales, piensan y tienen vida propia. (No nos engañemos, sigue teniendo más oportunidades, en lo que a casarse se refiere, la mujer dependiente, pero esto es para otro día).

La segunda razón es que la familia, últimamente, se ha reunido sólo y mayormente en hechos luctuosos y, aunque da gusto encontrarse, no es lo mismo si el motivo es una pérdida, ya que encontrarse para celebrar es mucho mejor.

Otra de las razones es más teórica y toca en cierta medida a los valores y las posturas filosóficas que tenemos frente a los acontecimientos de la vida. Aunque siempre he pensado que un matrimonio sólo debería tener lugar in articulo mortis, o dicho de otra manera; un matrimonio no es nulo hasta que se demuestra que los cónyuges han vivido mucho juntos (y en esto, pese a lo que muchos piensen, no hay diferencia entre un matrimonio civil y uno eclesiástico).

También creo que el compromiso entre dos personas debe tener un carácter público. Cuando amas a alguien, te encanta contárselo a todo el mundo. Apetece, si el amor es profundo y comprometido con la felicidad del otro, primero, y con la propia, después, ponerlo de manifiesto de manera solemne para señalar claramente a las intenciones, para que se acote el territorio, para que nadie piense que ni uno ni otro son terreno libre. Hay un compromiso de pertenencia que se quiere dejar patente y, porque cada cual quiere que sea definitivo y eterno, lo sella y afirma públicamente. Es decir, es una forma de manifestar que uno quiere volverse de la misma carne y alma que el otro. Es una forma de declarar que no hay nada más importante para nosotros que comprometerse en ese vínculo, que, además, nos suma a los que nos han precedido y nos abre a la posibilidad de otros a los que ofrecemos un futuro de vida. Un amigo me señalaba, no hace mucho, lo interesante que es la fórmula del matrimonio civil que hace referencia al cuidado de los descendientes, pero también de los ascendientes, cosa que no se menciona en el matrimonio religioso, y estoy de acuerdo.

Creo que cualquiera de estas razones; las afectivas o las ideológicas, sería suficiente para que me hiciera ilusión, pero aún hay otra que quizá sea simple y socialmente coyuntural. La de la inestabilidad de las relaciones afectivas y personales. ¡Cuán poca gente se casa y si lo hace es solo por razones de carácter legal o de conveniencia económica! ¡A cuánta gente le da pereza montar una boda porque es todo muy complicado! ¡Qué dependientes de las convenciones sociales! No importa caer en convenciones sociales si lo que de verdad te importa es que vas a declarar públicamente tu cariño por esa persona. ¿Si no eres capaz de montar una fiesta para participar a otros de tu alegría, esperanza y felicidad, qué serás capaz de hacer cuando estés mohíno, triste o aburrido? ¿Tan poco confías en tus afectos que no quieres dejarlos registrados porque es más fácil separarse si no había contrato que romper? Mucha gente dice eso de’por si se acaba el amor’, como si lleváramos a la espalda un depósito lleno que de repente empieza a tener pérdidas y se queda en seco. No. Los seres humanos no estamos en el mundo con nada predeterminado, sino con potencialidades y esas crecen, si las hacemos crecer.

En fin, no quiero aburriros con reflexiones sesudas. Sólo pretendo convenceros de que esta boda me ha hecho mucha ilusión y que tengo razones para ello. La última de todas es que he visto nacer, crecer y hacerse una mujer a la novia y eso provee de una ternura especial hacia todo lo que hace, sobre todo cuando la ves ya convertida en una mujer adulta, capaz de andar por el mundo por su propia cuenta. Espero que si habéis leído hasta aquí, sepáis ya que quiero a mi sobrina y que me hace ilusión que se haya casado.

Bien, la cosa pintaba muy bien. Entre los preparativos para la boda, mi hija incluyó venir unos días antes y estar en casa con su mamá. Como nos vemos poco y sobre todo no hacemos mucho de ‘maris’, cualquiera puede comprender que esto era un aliciente añadido. Además, muchos sobrinos a los que veo de verano en verano, además de mis otros hijos y nieto, vendrían, de manera que se me ocurrió que podríamos tener una comida juntos al mediodía del día de la boda. A ellos se les solucionaba un problema de logística y yo podía disfrutar de encontrarme con ellos y verlos con calma a todos. Lancé el plan y hubo una estupenda respuesta, así que casi veinte personas nos sentamos a la mesa. Una delicia.

La mesa vista desde uno y otro extremo, como podéis comprobar. Los más pequeños de los comensales andaban por ahí jugando, pero ya los veremos más adelante.

A las siete de la tarde, con nuestras mejores galas, nos dirigimos hacia el lugar del festejo y la ceremonia. Un lugar muy agradable, al pie de un cerro y cerca de Los Ramos. Allí esperamos la llegada de la novia.

Los jóvenes, asomados a la balaustrada para no perder ripio. Las mayores, sentadas y cotilleando.

Por fin llega la novia, acompañada de su padre y que solo se hizo esperar lo reglamentario.

Como podéis observar, el padre, que iba elegantísimo y se aprecia que muy contento, sujeta el vestido de la novia para que no se lo pise. La niña que porta los anillos es hija del novio y estaba preciosa.

La novia llega a la carpa donde se iba a celebrar la ceremonia entre los aplausos y murmullos de los asistentes.

De verdad que estaba guapísima. Pero, no nos engañemos. Todo el mundo va a las bodas a criticar el vestido de la novia, el peinado o el maquillaje. Aquí se debieron frustrar muchos. La chiquilla iba estupenda. Podéis apreciar que el vestido es precioso por detrás, con esa airosa cola que sale de un talle alto, con una espalda escotada (no el terrible palabradehonor que no favorece ni a las delgadas) que se remata en un coqueto lazo, todo ello de una tela con cuerpo, pero no pesada. En fin, que ni pensado para esta criatura que ha sabido escoger un vestido precioso y que la favorecía mucho.

Aquí podría yo hacer un excurso acerca de esas personas que se ponen lo que está de moda, les caiga o no, y que parece que las viste el enemigo. No me entretendré en ello, pero os amenazo con contaros lo que pienso del asunto. Este, sin embargo, es el caso de todo lo contrario. Alguien que conoce bien su cuerpo y que, aunque normalmente viste informal, cuando se pone de gala, sabe escoger y llevar con elegancia lo que ha elegido. Un diez por el vestido de la novia y por el porte y soltura con que lo llevaba.

Se que estáis esperando que os muestre los detalles. Paciencia, todo llega.En esta otra imagen, podéis apreciar que el escote delantero y los costadillos del vestido le sentaban como un guante. El arranque de la falda era airoso y flotante sin ser exagerado. El peinado era muy favorecedor, ya lo veremos en detalle, pero las patillas sueltas y el adorno floral, delicado y de muy buen gusto, se le quedaba colocado con toda naturalidad, como si formara parte de su cabeza. Otro gran acierto, el colorido ramo de flores silvestres.

Esta preciosa imagen iluminada por el sol poniente revela muchas cosas: la mirada enamorada del novio y que tengo razón cuando os digo que el tocado y la trenza informal quedaban perfectos.

Durante la ceremonia, a parte del concejal y del rito matrimonial, tomó la palabra un amigo del novio, el propio novio que con mucha gracia nos informó del corte de su barba y de lo enamorado que está de su chica Silvia y el hermano de la novia, Jorge. Aquí se puede ver cómo las palabras del novio hacían reír a la novia que lanza además una mirada cómplice a su madre que estaba detrás de ella.

Jorge es el más pequeño de mis sobrinos, aunque a estas alturas ya es todo un hombre. Es cierto también que tengo debilidad por él, sobre todo desde que, cuando aún era un niño, descubrí que tenía una imaginación prodigiosa que quedaba oculta por una especie de  tendencia a expresarse en monosílabos. Espero que ahora, que ya es un adulto, sea capaz de seguir un consejo que le di entonces: Escribe eso que piensas e imaginas. Es verdad que en su intervención en la boda de su hermana hizo alarde de ambas cosas; de tener una gran imaginación y de escribir muy bien, aunque, a juzgar por el temblor de su mano, es posible que los nervios sigan siendo delatores de su timidez. Me encantó su intervención y me reafirmé una vez más en que es un muchacho valioso al que también deseo felicidad.

Tras la ceremonia nos trasladamos a una zona abierta a tomar un cóctel, mientras los diversos grupos se hacían fotos y comían, bebían y charlaban, esperando el momento de entrar al restaurante.

Un inciso. Mi nieto estuvo muy formal, aunque un poco enfurruñado, durante la ceremonia. Pero, es que ya se sabe, estas cosas de los mayores no son nada entretenidas. En fin.

Entre todas las fotos, quizá esta sea una de las más bonitas y entrañables (aquí se puede decir esto que la gente repite ahora sin sentido). Entrañable significa que conmueve las entrañas. Bueno pues resulta conmovedor ver a estos tres sobrinos juntos que además, en su día, siendo unos adolescentes, fueron los padrinos de bautismo de la novia. ¿No es bonito y tierno? Pues eso: entrañable.

Hablando de sobrinos. ¿Qué me decís de lo guapa que es esta otra sobrina que está con los padres de la novia? ¿Es pasión de tía? No.

Y entre los pequeños, este sobrino-nieto ¿es que es feo el chiquillo? A pesar del sesgo del que os hablaba al principio, trato en la medida de lo posible de ser objetiva.

Para demostrarlo, aquí van algunas de grupos

Por su parte, en el desarrollo de la fiesta, los novios hicieron todo aquello que se espera que hagan los novios; beber cava de entrada, cortar la tarta, entregar el ramo a una amiga casadera y  marcarse un bailecito con coreografía especial. Todo muy en su punto.

Mientras, los demás, nos poníamos morados de comer y llegábamos al postre con este ‘malacatón’. Luego, un ratito de dar saltos para bajar la cena. Una fiesta estupenda.

Larga vida a los dos y mucha felicidad y gracias por dejarnos participar.

Fiestas patronales en Vistalegre 12-28 de mayo

Nuestro barrio va a estar de Fiestas. Este año se supera el nivel de otros años. Todo el mundo está implicado; la Asociación de Comerciantes, la de Vecinos, Tacaná, el Centro de la Mujer, el Centro de Mayores, la Peña huertana y la Junta Municipal dándolo todo.

Este es el graciosísimo cartel anunciador. Luego se han hecho otros por actividades como el del Mercadillo solidario o el del ICertamen de pintura en la calle al que esperamos se apunten muchos artistas aficionados.

Como veréis, si os fijáis, la Asociación Tacaná está muy activa en estas fiestas y por eso anima a todos los socios, amigos y simpatizantes de la zona y Región que se acerquen en algún momento a participar.

El Programa detallado es el que sigue

El Mercadillo, el Certamen de pintura y la cantina son a beneficio de los Proyectos de Tacaná. Venid a disfrutar y a contribuir con vuestra presencia.

Vulnerables

Hace poco, estando en Nicaragua, una noche se desató una tormenta eléctrica considerable, seguida de un aguacero torrencial. Cuando ya los truenos lejanos anunciaban que empezaba a pasar, otros truenos que seguían inmediatamente al resplandor de los rayos señalaban que otro frente de nubes se aproximaba. Aquel sucederse en oleadas de las nubes electrizadas y cargadas de agua se repitió a lo largo de la noche, hasta casi el amanecer.

El techo de lámina parecía venirse abajo con el grosor y la fuerza de las gotas de lluvia. Cuando amainaba, aún caían con fuerza desde el árbol cercano, de modo que el ruido no cesaba, aunque escampara. Una gotera, primero tímida y luego decidida, empezó a desplomarse desde el falso techo e iba a dar sobre la cama de mi compañero. Este, al notar la humedad, buscó un cubo y un trapo, movió la cama y yo tuve que arrimar la mía a la pared. En medio del sueño, todas aquellas operaciones de salvamento y refugio me despejaron y, como suele suceder en esas ocasiones, se pone uno a pensar.

Lo primero que pensé (y me alegra que sea así) fue que, en esa parte del corredor seco de América, la tormenta era una bendición para las resecas tierras de los ranchitos de los cerros. También pensé, en segundo lugar que, si yo que vivía en la zona mejor del pueblo, había tenido que refugiarme de la gotera que entraba por los agujeros de la lámina, qué chorros de agua no se colarían sobre los pisos de barro apisonado y sobre las múltiples criaturas que suelen ocupar la única habitación de la mayoría de los ranchos.

Pensé, un poco después, que si la lluvia seguía con ese ímpetu sería un desastre más que un beneficio, porque se llevaría las tierras polvorientas y resecas, lavadas por el exceso de deforestación y los corrimientos serían el preludio de accidentes mayores.

Como de noche los ruidos crecen y se vuelven extraños, a cada instante me parecía que se oían pasos por el patio. Pasos de alguien ajeno a la casa que chapoteaba en los charcos y regueros, que se estaban formando en el agrietado e inclinado cemento. Un cierto temor se apoderó de mí y empecé a pensar que quizá todo se inundase, que quizá la vieja tapia de adobe se volviera al lecho de tierra que tenía debajo y del que probablemente había salido, que quizá un asaltante o simplemente alguien que no tenía donde guarecerse había saltado por encima de sus escombros y ahora, a tientas en la noche y chapoteando, buscaba una puerta por la que entrar a protegerse. Por primera vez, después de mucho tiempo, me sentí vulnerable.

En esos juegos en los que se entretiene el subconsciente, de repente comparé la situación con los viajes a Madrid y desde Madrid. Se sabe al minuto, yendo en tu coche un día cualquiera en que no sea salida de vacaciones, a qué hora vas a llegar a Albacete o a Ocaña y, consecuentemente a tu destino, sea cualquiera de los dos; Madrid o Murcia. Por la fuerza de la costumbre, heredada de otros viajes de hace años más azarosos, siempre calculamos el tiempo que nos va a llevar y no erramos ni en un minuto. Recuerdo que, en uno de los últimos, le comenté a mi compañero: Esto es un aburrimiento. No hay lugar para la sorpresa o la incertidumbre.

Sin embargo, esa noche, acostada en mi cama que había huido de la gotera, pensé qué difícil es vivir cuando todo son imponderables y, por eso, creo yo, me sentí vulnerable, pero muy cerca de aquellos que lo son permanentemente. Por este último pensamiento doy las gracias.