Archivo por meses: julio 2017

Pobres veraneantes

Suelo bajar a la playa a eso de las nueve de la mañana. Hacia las once empieza a llegar la masa de veraneantes. En particular aquellos que sólo pueden escaparse el fin de semana. Bajan a la playa con gran impedimenta dispuestos a aguantar al sol lo que haga falta y a poder ser hasta que oscurece. Así los niños regresan a casa agotados y no dan demasiado la lata.

La escena se repite una y otra vez, en particular los fines de semana. Llega una persona, hombre o mujer es lo mismo, suelta con gran decisión el cúmulo de bártulos que lleva en las manos. Coloca un montón de sillas, de flotadores, cestas y toallas en el suelo y se dispone a clavar la sombrilla en la arena. Calcula la distancia y la inclinación del sol y clava su sombrilla. La enrosca y finalmente la abre y hete aquí que donde da la mayor parte de la sombra es sobre mi silla y mis piernas.

Con voz suave, le hago ver que me está tapando el sol y que yo no quiero estar a la sombra. Me mira como si de repente yo hubiera surgido de la tierra (para esa persona, yo no existía hasta ese instante) y me dice una serie de cosas que en su boca suenan como argumentos irrebatibles: Hoy es viernes; esta es la línea de sombrillas; tengo que poner la piscinita del bebé aquí; vengo con niños y tengo que vigilarlos y otros igual de contundentes que no recuerdo.

A veces, la persona que llega trae tal clase de impedimenta, montada en un carrito de ruedas y sujeta con unos pulpos de goma, que no puedo por menos que mirar aquel artilugio y ver cómo de la pirámide se desprenden dos sombrillas, tres tumbonas, varios cestos de toallas y la neverita de las cervezas. Al ver que miro, probablemente con cara de asombro, la persona en cuestión, que también va a colocar una de sus sillas casi sobre mis pies y la sombrilla haciéndome sombra, me dice como único argumento de peso: Es que vengo con niños, antes de que yo pueda decir nada. Cuando ya ha desperdigado todos sus enseres por una amplia zona, cosa que me ha obligado si quiero seguir tomando el sol a desplazarme un par de metros, se marcha y aparece dos horas después rodeado de niños , mientras yo ya estoy recogiendo mis cosas para marcharme. Incluso ha llegado a suceder que yo me he subido a mi casa y allí no han aparecido ni padres, ni abuelos ni niños:Solo ha quedado sobre la playa la impedimenta desperdigada.

Es cierto que yo estoy en playa desde el mes de junio. Es cierto que en la ciudad hace un calor de mil demonios. No cabe duda de que los niños cuando no están en la escuela, se aburren en casa y los papas y mamas o trabajan o no tienen paciencia para entretenerlos. Ocurre con frecuencia que los abuelos para no aburrirse se hacen cargo de ellos. Es verdad que solo pueden venir los viernes y  quedarse hasta el domingo por la tarde, así que hay que aprovechar. No cabe duda de que estoy muy morena y se nota que llevo muchos días en la playa. Por otra parte, a quién se le ocurre venir a la playa a bañarse y nadar, tomar el sol y leer novelas tranquilamente. A la playa se viene a cotillear con las vecinas y con las otras mamás, a estar colgadas del telefono movil todo el rato y a interrumpir sus interesantes conversaciones, gritando: Fulanito no le tires arena a tu hermana, menganito, salte pafuera que te vasahogar (sic) o a meter a los bebés al agua en medio de una rabieta monumental. Por supuesto, se pueden hacer crucigramas, se puede contar que se ha hecho de comer, también se puede estar hablando a gritos acerca de las andanzas propias y ajenas.

Analizando cuidadosamente los argumentos emitidos que justifican las actitudes descritas, llego a la conclusión, después de constatar que mi silla y mi esterilla tienen una especie de imán sobre las sombrillas ajenas, que el problema es que estas personas, no importa la edad o el género, consideran que para la edad que tengo (se nota que estoy jubilada), lo morena que estoy y mi afición a la lectura, ya es hora de que me vaya a mi casa y les deje el sitio a ellos, pobres, que sólo pueden venir el fin de semana.

Miro a mi alrededor. Nadie se solidariza conmigo, por lo que deduzco que la mayoría comparte los argumentos de los recién llegados y considera que soy yo la que estorbo. Como me asiste un esforzado espíritu democrático, me pliego al sentir de la mayoría y me marcho. En mi camino de regreso, observo que la playa está vacía unos metros más allá y que las sombrillas se arremolinan en lo que no es sino un tercio de la playa. Para este fenómeno no tengo explicación ni argumentos, ni propios, ni ajenos.

Un libro importante

No voy a hacer una reseña al uso porque no se trata de un acto académico. Pero merece la pena dedicar un tiempo a un libro importante y que es posible que pase inadvertido entre la maraña ingente de cosas que se publican.

Me refiero a La señal perdida de Jesús Galiana. No se le puede llamar novela, tampoco es fácilmente clasificable sólo como relato autobiográfico, ni es un thriller, no pertenece al género del ensayo ni pretende ser un libro poético, pero tiene un poco de todo ello.

El autor, un hombre joven, en plenitud, cuenta su enfrentamiento con la enfermedad de Parkinson y cómo esa realidad le lleva a hacer una experiencia que tiene que ver con el control de su vida y, consecuentemente, con la aceptación de la realidad, lo que en ningún caso significa resignación (en su acepción negativa) ni pérdida de la esperanza.

Galiana escudriña en su interior, en su memoria, arrancando desde la infancia. Detecta como motor de muchas de sus posiciones en la vida el miedo y se enfrenta a sus propios fantasmas. Su lucha pasa por experimentos que podríamos llamar suicidas, pero que se hacen desde la necesidad de hallar explicaciones a una neurosis que distorsiona el tiempo, anclándolo en el pasado o bien proyectándolo hacia el futuro e ignorando u obviando el tiempo real; el presente.

Nunca había leído yo una definición de lo neurótico más acertada que la que se encuentra en las páginas 170-171, pero no tanto como la descripción de un proceso patológico, sino como un modo singular de percibirse y percibir la realidad del que emana un gran sufrimiento.

En este libro, Galiana se reconoce a sí mismo y reconoce su existencia espiritual; el alma, por llamarlo de un modo convencional y comprensible, así como reconoce la existencia de Dios, también en modo de aproximación a una experiencia fundante y teofánica que, para entendernos, podemos llamar así.

Educado en la tradición católica, siente la necesidad de decir que no es que se haya vuelto religioso en el sentido de pertenencia a una iglesia. Pero yo le diría que se ha vuelto religioso en el verdadero sentido del término y que no tiene que ver con la pertenencia a una determinada confesión, sino con algo más profundo como es precisamente sentir la presencia de lo divino en nuestra vida. Los dogmas sólo sirven para explicar de un modo esa misma experiencia. Son una convención del lenguaje. Le recomendaría que repasara el Credo cristiano y que me dijera qué entiende de él como para dar una explicación lógica. Más bien si se mira con detenimiento, lo que uno se encuentra es poniéndole nombre a lo inefable, lo que no deja de ser una contradicción.

Pero aún hay más. Galiana es pintor. Un pintor que durante mucho tiempo se negó a sí mismo. Ya se sabe que la profesión de artista es a veces ruinosa y la sociedad nos exige que ganemos dinero y, por otra parte, no cabe duda de que lo necesitamos para vivir. Pero en este proceso iniciático propiciado por la enfermedad, Galiana se hace consciente de su vocación de pintor y descubre nuevos modos de expresión pictórica que tienden hacia la abstracción. Cómo explica la vocación y su rechazo, recuerda, casi paso por paso, lo que la fenomenología describe acerca del acto profético. La inspiración, el rechazo de esta, la mudez que acompaña a ese rechazo y, finalmente, la aceptación de la llamada y su puesta en práctica.

Es un libro importante no cabe duda, porque hay un desnudarse sincero, profundo y meditado. Hay un renacer en plenitud envidiable y deseable para todos, en un mundo cada vez más superficial y frívolo. Hay en él un deseo de compartir una experiencia fundante y redentora que supone una conciencia de la responsabilidad hacia los demás. Hay una reconciliación en medio de un dolor profundo y una esperanza sin límites, como es la verdadera esperanza. Hay amor a la pareja y a los hijos, a los hermanos y los parientes y amigos que rezuma  ternura, agradecimiento y admiración. En fin, es un libro que revela todo un infierno del que sale un cielo. No es un cielo sin nubes, pero es un cielo adulto, sereno, consciente y rico.

Gracias, Jesús Galiana por este hermoso libro con el que en muchos momento me he sentido identificada, que me ha hecho llorar y sonreír, que me ha emocionado en todo momento.

Para los empedernidos analistas de la forma, se trata de un libro muy bien escrito, con gran fluidez y riqueza de vocabulario en el que brillan con luz propia las comparaciones.

 

Lo políticamente correcto

Hay, en un lugar prominente del Planeta, una familia poderosa, o mejor, una familia poseedora de mucho dinero que considera que ha llegado el final de los tiempos para ‘lo políticamente correcto’.

Es cierto que desde hace años vivimos en un mundo poblado de eufemismos que han modificado el lenguaje común, llevándolo a veces al extremo de lo absurdo.

Para evitar la discriminación racial, ya no decimos racial, sino étnico y tampoco hablamos de ‘negros’, sino de ‘gente de color’. Con ello discriminamos de otro modo, pues parecería que los que no entran en esa categoría carecen de color y eso es simplemente una tontería. Emplear el término negritud, a parte de ser una palabra preciosa y expresiva y abarcadora, no significa en absoluto desprecio o intento de marginación.

Para no discriminar por el sexo, empleamos el género gramatical diferenciador, cuando en español al menos el plural masculino no discrimina a no ser en la intención de quien habla. Así; hermanos y hermanas, amigos y amigas, compañeros y compañeras, etc. etc. vuelve el discurso pesado, redundante y, finalmente, ridículo, marcando, contra su pretensión, las diferencias innecesariamente.

Mientras esto ocurre, las mujeres siguen cobrando menos salarios por igual trabajo que los hombres. Sigue habiendo machismo y homofobia. Se celebra el Orgullo Gay porque se ha convertido en un inmenso negocio, pero en lo que se refiere a igualdad de derechos, respeto y dignidad todavía queda mucho que andar.

No obstante, esa familia riquísima no ha llegado a entender que detrás del lenguaje de ‘lo políticamente correcto’ y a pesar de sus lagunas y fallos, hay unos límites éticos y estéticos que no se deben traspasar porque generan injusticia.

Esa familia adinerada no entiende esta cuestión porque vive en el territorio del ‘todo vale’, si el negocio me sale a cuenta.