Archivo por meses: agosto 2017

Siempre al acecho

Debe ser muy cansado y al parecer, sin embargo, hay gente que goza con ello. Todos tenemos fobias; odiamos a este o a aquel o eso o aquello. Tal vez simplemente no sean personas o cosas de nuestro agrado por sus formas de manifestarse, por sus acciones o sus gestos. En unos casos consideramos que son improcedentes, en otros, que son impertinentes. Es decir que las acciones de unos u otros no nos parecen adecuadas a la circunstancia o el momento. Las consideramos impropias. En ocasiones creemos que su comportamiento, tal como se manifiestan ideológicamente, debería ser uno y unívoco, pero si se desvían o hacen algo que es común, entonces los tachamos de hipócritas, de mentirosos o de cosas peores.

Pero es bastante frecuente que determinadas inconveniencias o impertinencias nos pasen desapercibidas, si quienes las cometen son aquellos hacia los cuales no sentimos animadversión alguna.

Parecemos permanentemente al acecho de los errores de aquellos con los que no compartimos sentimientos o pensamientos y somos sumamente permisivos con los que piensan como nosotros o sienten de manera semejante.

Es cierto que determinadas demostraciones de la libertad de opinión son improcedentes en circunstancias particulares; es evidente que el derroche en festejos por parte de aquellos que alardean de conciencia social puede incluso ofender a los que pasan estrecheces. Sin embargo, no se opina lo mismo si quien se manifiesta de modo inconveniente es alguien de lo que llamamos ‘nuestra cuerda’ o si quien despilfarra forma parte de nuestro lado del universo.

Estar al acecho de cualquier error del contrario es, en mi opinión, una actitud mezquina y sobre todo cansadísima. Si juzgamos, deberíamos ser mucho más rigurosos con los que sentimos como propios que con los ajenos y no al contrario. Luego, cuando mantenemos estas actitudes de ojo de halcón sobre aquellos que no son de nuestro agrado, las difundimos sin pudor y de manera reiterada, abusando de lo inmediato de las redes sociales, sin pensar que entre los destinatarios de nuestras sentencias condenatorias pueda haber quienes no se identifiquen con ellas.

Creemos que si mantenemos relación con otros, estos forzosamente habrán de pensar de idéntico modo y estarán de acuerdo en estar ojo avizor sobre los errores de los demás que no comparten nuestro sector del mundo.

Los anticlericales se pasan el día criticando al Papa. Los de derechas se pasan el día criticando a los de izquierdas y viceversa. Los que no tienen religión a los religiosos. Todos ellos forzosamente cometen acciones que se contradicen con lo que debería ser o se debería esperar, según su opinión, y no descansan un segundo, siempre al acecho para poner en ellas su dedo acusador.

Insisto ¡qué cansancio! Pido por favor que se me excluya de esas comunicaciones que sólo señalan los errores de los demás. Bastante tengo con tratar de enmendar, sin éxito, mis propios fallos.

El segundo mandamiento

Antes de entrar en materia, vaya mi sentimiento de solidaridad y de condolencia hacia la ciudad de Barcelona, sus visitantes y sus habitantes. No es el primero de los hechos sangrientos, ni es exclusivo, ni es el único. El mundo está cuajado de violencia y esta es una más de sus manifestaciones. Podríamos emplear horas en explicar este fenómeno, con sus múltiples variaciones, de la imposición de unos seres humanos sobre otros por el terror, pero nos llevaría mucho tiempo y este no es el propósito de estas líneas.

Hoy me quiero detener en la afirmación cada vez más frecuente, cuando se trata del llamado terrorismo islamista, de que se está actuando en nombre de Dios y que ese Dios único de las religiones monoteístas es un dios violento, justiciero y por eso sus fieles se comportan de ese modo. También se oye que cómo es posible que en este siglo, heredero de las Luces y de la racionalidad, haya aún personas que crean en mitos y patrañas defendidas por hombres de religión, que lo único que buscan es someter la conciencia de los demás. Para algunos, que pretenden ser equitativos en sus afirmaciones, las actitudes violentas se explican porque a los largo de la Historia de la Humanidad las ‘iglesias’ han cometido atrocidades en nombre de Dios, como en su día hizo la Inquisición o las múltiples guerras de religión o las conversiones forzadas. Todo eso según quienes así argumentan procede de modo directo de los textos revelados sean la Biblia, los Evangelios o el Corán, donde efectivamente se encuentran versos que hacen referencia a las actitudes guerreras del Dios Único (aunque habría que excluir al Nuevo Testamento en donde esas expresiones no aparecen).

Pero pocos se refieren a que ese Dios en el texto coránico es siempre llamado de manera insistente, al comienzo de cada capítulo, El Dios Todo Misericordia y, por tanto, parece preferir que sus fieles imiten esa virtud que lo define una y otra vez. En el cristianismo, el Hijo de Dios se deja matar como un malhechor por los poderes de la tierra, mostrando un ejemplo de servicio y entrega, de amor y de paz que mal se compadece con las actitudes que sin duda defienden y han defendido algunos sedicentes cristianos.

No imputemos pues a los textos, al espíritu de los textos y a las religiones lo que sólo está en el afán de poder que mueve a los seres humanos y los lleva, curiosamente, a su más profunda deshumanización.

Esta reflexión apenas esbozada me recuerda la tergiversación del amor que algunos hombres violentos hacen: La maté porque era mía. ¿Es eso lo que entendemos por amor o más bien lo contrario?; el afán de hacer feliz a alguien, de satisfacer y propiciar sus sueños, deseos y esperanzas; de facilitar que llegue a su plenitud allanándole el camino y animándole a ejercer su libertad.

Cuando en el Decálogo se dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano, a esto se refiere: A no hacer un uso torticero, falsamente moralista, interesado y prepotente de la idea de Dios. Debería decir: No uses a Dios para tus propios mezquinos fines.

Las personas creyentes ven en la religión un camino para el desarrollo de su necesidad espiritual, para su compromiso con el resto de sus semejantes, para desarrollar su propia conciencia que enfrentan sólo con la voluntad de Dios, para comprender que la vida y la naturaleza les ha sido dada como un don precioso que ha de ser preservado y transmitido; en fin para hacer de este mundo un lugar mejor y más habitable en justa y desigual correspondencia con los bienes que se nos han dado.

Quienes no ven en la religión sino un instrumento de diferenciación, de ejercicio del poder, de anulación o manipulación de las conciencias y libertades, de dominio sobre los demás a los que consideran inferiores, no tienen religión, aunque digan pertenecer a alguna.

Quienes tachan de borregos o irracionales a los que creen, no han tenido una experiencia de su propia fragilidad, no respetan la vivencia íntima y profunda de sus semejantes ante la grandeza de lo mistérico, inefable e inabarcable. No han sido agraciados, quién sabe por qué, por ese sentimiento oceánico que lo abarca todo, en el que uno quisiera disolverse y así alcanzar una plenitud que ninguna otra cosa puede proporcionar, sino la conciencia de la existencia de un ser que para entendernos llamamos Dios.

Del fútbol y otras desvergüenzas

Mi hermana tiene un nieto que juega en los infantiles de un gran equipo nacional. El fútbol es la ilusión de su vida. El chiquillo que no sólo es buen estudiante, sino buena gente, además juega muy bien al fútbol y lo vive con ilusión y pasión.

Cómo estará viviendo ese muchachito la actual situación. Con un ex-presidente de la Federación encausado junto con otros de sus colaboradores y familiares. Con un fulano, que por supuesto juega muy bien al fútbol, pero que vale doscientos veintidos millones de euros (los tres patitos que diría el otro) que se dicen como el que no dice nada, objeto durante más de quince días de la atención mediática como si fuera el centro del universo. Con la de jugadores de segunda y de tercera que no cobran sus nóminas y que se dejan la piel en cada partido. Con la de cosas que parecen esconder todos estos detalles.

Porque no sabemos nada de cómo se llega a estar en precario en un club de segunda o de regional. Porque no sabemos cómo un señor se mantiene en el cargo durante más de veinte años. Porque no sabemos qué pasó con los bailes de millones de la primera contratación de este jugador tan traído y llevado por los medios.

Pero, bueno, dirán algunos, es que el fútbol ya no es un deporte, es un negocio. Probablemente un negocio excesivamente redondo para unos pocos y ruinoso para los más. Para la ilusión de muchos niños como el nieto de mi hermana, sin embargo, es un deporte de verdad, en el que lo importante es que el ‘mister’ te ponga a jugar porque has entrenado bien y que le des una paliza al contrario, sin concesiones; tres cero es lo suyo.

Si lo miramos en una perspectiva más amplia, además de observar las desvergüenzas que supone, genera un agravio comparativo mayúsculo. Un ‘pelao’ que le da al balón resulta que cobra cifras astronómicas y se permite el lujo de decir que, si está en la mira de la Hacienda pública, es porque es quien es. El otro ‘payo’ inculpado, dice que no se han respetado con él los derechos humanos y así todos ofendidos y agraviados, cuando el agravio lo producen ellos frente a muchos que no llegan a fin de mes con mayor cualificación, experiencia y dedicación. No digamos si estos que lampan con contratos precarios, con ser autónomos, con medias jornadas o dándose con un canto en los dientes si trabajan tres meses al año, pertenecen al mundo de la producción cultural o de la gestión idem.

Sirve de algo decir estas cosas o siquiera pensarlas? No lo sé. Posiblemente son las rarezas de un mundo cada vez más injusto, incomprensible y deleznable.