Archivo por meses: enero 2018

En recuerdo de Soledad

Esta mañana me llama mi amiga Lourdes y me dice que ha muerto Soledad. Se podría decir que lo que yo siento por Soledad y he sentido desde que la conocí es parecido a un amor al que sabes que has de renunciar desde el primer día.

Hace ya muchos años, tras padecer síntomas de todo tipo sin que los médicos dieran con una causa fisiológica, se me ocurrió pensar que tal vez mi mente me estaba jugando una mala pasada y que sería bueno consultar con un psicólogo.

Le pregunté a una amiga y esta me dirigió a otra y esta última a una tercera que resultó ser Soledad. Durante siete años, divididos en dos periodos con un descanso intermedio, estuve asistiendo a su consulta, echándome en el diván y hablando de mi infancia. La infancia de una niña solitaria que descubrió demasiado pronto la impotencia de los adultos para librarla de los dragones, porque ellos tampoco podían huir de sus propios fantasmas.

Soledad no sólo me enseñó a ponerle nombre a mis miedos, sino que me llevó de la mano para que fuera capaz de reconocer mis síntomas y controlarlos. Nadie ha hecho tanto por mí como ella. El aprecio por su valía como profesional, la cercanía de nuestros pensamientos y modos de ver las cosas, porque éramos de la misma generación, de una manera natural nos habrían llevado a una amistad fraternal. Sin embargo jamás pudimos desarrollarla, ni siquiera iniciarla, por imperativos del método. El psicoanalista no debe ser amigo del paciente.

Pero nadie, ni siquiera el señor Freud y sus seguidores, pudieron impedir que yo la apreciara y sintiera una gran admiración por ella. En una palabra, que la considerara más amiga mía que a algunas de las personas que considero mis amigas. Es decir, siempre, desde el día en que descubrí que detrás del técnico había una persona cálida, humana, llena de humor y verdaderamente preocupada por sus pacientes, la quise y aún la quiero y nunca me olvidaré de ella.

Lo que más me duele no es haber tenido este amor frustrado, sino que eso me ha impedido mantener un contacto con ella fuera de la consulta. Así, no he sabido de su enfermedad, de su soledad (como una marca que ya estaba en su nombre), de sus padecimientos y de su muerte prematura. No he podido hacerle llegar en la distancia mi afecto, mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento por el trabajo que hizo conmigo ni la alegría por haber conocido a alguien tan estupendo como ella. A veces las reglas están para romperse. Pero en esta ocasión no fui capaz de saltármelas, por respeto a ella y por egoísmo. Ese egoísmo que me decía no debes romper con la norma por si vuelves a necesitar de ella.

Gracias a Dios y a ella nunca más he necesitado volver al psicólogo que, aunque algunos snobs piensen que es una especie de moda, es un trabajo duro que obliga a remover precisamente aquello que no queremos tocar y que se esconde en el fondo de la última entretela. Podría haber intentado saltarme la norma y decirle a Soledad cuánto respeto y cariño sentía por ella. Me consuelo pensando en que creo que ella lo sabía y sabía de mi gratitud. Vayan estas letras en expiación de mi egoísmo.

Descansa en paz, preciosa.

Las cosas perdidas.

Hace unos días falleció Mario Perniola, el filósofo italiano. A quien le interesa eso hoy; la muerte de un filósofo. Escribió de arte y comunicación y analizó nuestro tiempo con gran agudeza, pero a quién le interesa eso hoy. Sin embargo, en este tiempo en que nos indignamos con tanta frecuencia, él proponía que nos dignásemos. Sería bueno que pensáramos en ello.

En el mismo diario en el que se recogía la necrológica de Perniola, se publicaba una entrevista con José Enrique Serrano, presidente de una comisión del Parlamento que tiene encomendada la tarea de plantear la posible reforma de la Constitución del 78. Conozco, aunque no somos amigos estrictamente, a Serrano desde hace muchos años. Por eso me leí con detenimiento la entrevista. Posiblemente a muchos les pasó desapercibida, pero fue un grato reencuentro con aquello que llamábamos ‘la gestión de la complejidad’. Serrano se empeñaba en mostrar que la reforma posible no ha de ser ni en una dirección ni en otra necesariamente, que no ha de ser total ni parcial, y sobre todo que no ha de ser prejuiciada, en el estricto sentido del término. Tuve la sensación de que hablaba, como Parniola de algo perdido para siempre y que poca gente sabría a qué se refería.

Anoche, me encontraba yo en una reunión de barrio y alguien que se dedica a la política local, a una alusión a que estaban allí porque los ciudadanos los habíamos votado, respondió que no se trataba de política, sino de hacer lo que los ciudadanos y vecinos necesitan.  Así que se ha perdido el sentido de la política, por si no nos habíamos dado cuenta; la gestión de la polis.

Me temo, sin embargo, que se ha perdido todo el rato la misma cosa; la capacidad de actuar con dignidad  y no por indignación.

Haciendo balance

Como todos los finales de año, suelo hacer un repaso de los acontecimientos que me parecen notables. Pero, no tengo claro por qué me he estado resistiendo al balance anual y ya hemos entrado en 2018 sin que me pusiera a ello.

Lo cierto es que en el mundo en general no ocurren más que cosas desagradables. Hemos entrado en una era en la que prevalecen los discursos de fanfarrones peligrosos que, acodados en la barra del bar (de aquellos casinos de pueblo de hace más de cincuenta años o lugares similares), se pasan  el día -eso sí empleando las nuevas tecnologías- en lanzar bravatas y sin sentidos o bien grabando su propia barbarie o el atentado contra los que consideran más débiles que ellos. Un mundo en el que la respuesta a estos hechos es el intento de retorno al antiguo modo de comportamiento, aquel que estaba poblado por personas de ‘orden’. En un caso y en otro, nadie parece defender la libertad razonable y razonada que va acompañada del respeto y no del temor. Ya no se defiende la justicia, sino el statu quo o lo que es peor, el retorno al pasado.

Se nos pasan los días manifestándonos por la carestía, por el paro, por las agresiones a las mujeres, por la falta de promoción de los marginados, por la desatención a los dependientes, por el mal funcionamiento de la sanidad, la escuela, las infraestructuras, las ficciones económicas de presupuestos, pensiones, sueldos y demás. Y ello sin contar con que deberíamos estar manifestándonos por muchas más cosas, como el hecho de que los aparatos de comunicación en el fondo sirven para saber dónde estamos y que hacemos. Hemos perdido privacidad y anonimato, tan necesarios como la sociabilidad y la identidad para llevar una vida equilibrada.

Tanta gente ahogada en los mares camino de un mundo que creen mejor, porque el suyo es peor que el infierno y no por casualidad, sino por la ambición de poder de algunos. Tanta gente que ha perdido su casa, su tierra, su trabajo, su familia, su dignidad y su esperanza, porque estaban en un lugar al que alguien le había echado el ojo, considerándolo solo como un espacio propicio para sus intereses de dominio. Los que se han quedado sin todo ello por la falta de respeto a la Naturaleza que se perdió, cuando el beneficio de unos pocos se convirtió en un dios todo poderoso e irrevocable.

Todo esto ocurre y mucho más de manera que es fácil sentirse abrumado y no saber a dónde acudir con tus pequeñas fuerzas y con tu sentido de la ética. Parece que lo propio sería taparse la cabeza con la manta, escuchar la música que más te gusta, comer tus platos favoritos y leer novelas de intriga.  Si además tienes una buena vida, con una salud conservada con la ayuda de dietas y fármacos, fáciles de soportar, cuando te nace un nuevo nieto que es un niño hermoso y apacible que, para colmo, se parece a ti y a tu padre, cuando tus amigos te aprecian y te lo demuestran, cuando tus hijos están bien y se defienden en la vida no sin dificultades, pero con alegría de vivir, cuando puedes contemplar u oír cosas hermosas que te alegran y caldean el corazón; buenos versos, buenos conciertos y ballets, teatro y pintura, entonces es terrible porque te sientes avergonzado de tanto privilegio y de la desigualdad de la que eres prueba. Posiblemente ese sentimiento de sonrojo es el que te impide hacer un balance del año pasado 2017.

Con frecuencia rezamos por nuestros gobernantes y por los que tienen alguna responsabilidad en la gestión de lo público, que en el fondo es la gestión de muchas vidas privadas, y en esos momentos flaquea la fe, porque Dios parece sordo a nuestras súplicas. Pero contra toda esperanza y con la conciencia clara del silencio de Dios, espero que al final de 2018 pueda hacer un balance del año que empieza con mejores resultados. Significará que sigo viva y que este mundo no es una prisión lóbrega para la mayoría de sus habitantes.