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Ya lo decía mi madre: No hay mal que por bien no venga

Hace tiempo, quizá más de diez años, que me molesta una afirmación formulada con algunas variantes, pero que viene a ser lo mismo. Unos dicen ‘las ideologías han periclitado’; otros dicen ‘todos los partidos son iguales’ y los hay que , incluso, generalizan más  ‘todos los políticos son iguales’. Pues bien, estas afirmaciones, en boca de ‘progres’ de salón o de otros que encubren su propia ideología porque eso sería comprometerse con algo, me han molestado a lo largo de todo ese tiempo que cifro en  diez años, por no decir  veinte.

Así que llevo mucho tiempo bastante molesta, quizá porque soy una persona un poco anticuada y todavía pienso que lo que uno cree debe reflejarse en lo que uno hace, porque si no es así, al final uno actúa y luego tiene que buscar razones donde quiera que sea para justificarse o, simplemente, jamás argumenta a favor de su actividad necesariamente errática.

Pero, en el último tiempo, han aparecido nuevos posicionamientos ideológicos en el panorama político español; uno de ellos nacido de la indignación y el disgusto populares, con una clara orientación de izquierdas, aunque no declaradamente marxista (porque lo de que las ideologías están obsoletas, pesa). Y por otra parte, ha nacido una derecha, disfrazada de liberal, que es como no decir nada, pero que pretende tener carácter social y a la vez conservador y nacionalista, nacida en contraposición a un nacionalismo más excluyente y restringido. Un tercer elemento se ha venido a sumar a estos anteriores que aún nadaban en la ambigüedad. Se trata de un grupo claramente fascista, de ultraderecha, asilvestrado y que se parece mucho a otros movimientos o personajes que a mí inevitablemente me recuerdan, cuando abren la boca y declaran sus intenciones, a esos individuos que acodados en la barra del bar sueltan todo aquello que mejor les peta, sin tener en cuenta lo que no es políticamente correcto o simplemente se refiere a derechos adquiridos con mucho esfuerzo y que ellos niegan porque el modelo único y válido es el que ellos mismos representan. Es decir, estos individuos no tienen ideología, son simplemente lo que los clásicos llamaban ‘chulos’.

Creo que  a estas alturas los que leen estas líneas habrán identificado ya los nombres con los que esos grupos políticos se presentan y, por tanto, no hace falta nombrarlos expresamente. Los dos primeros grupos parecían capaces de renovar el panorama, pero sus dirigentes, – que me recuerdan un poco al loco del pueblo de mi padre, al que ya he citado más veces, que quería que se murieran todos para ser él el alcalde- con una clara deriva autoritaria y déspota han conseguido desperdiciar su bagaje de apoyo popular y casi dinamitarlo en muchos casos. Por lo tanto he de reconocer que el tercero, ese de la ultraderecha, es el que tiene más posibilidades de perpetuarse y alcanzar un cierto avance.

Su orientación y sus formas me producen varias perplejidades; una de ellas es cómo se pueden decir determinadas cosas acerca de la violencia de género, del cambio climático, de los inmigrantes, de los ‘diferentes’ en todos los sentidos, sin tomar en cuenta ni la historia, ni los informes científicos, ni las luchas y los sacrificios de mucha gente o la violencia y la miseria y las injusticias. La otra es cómo es posible que mujeres militen en un partido con esa ideología claramente machista.

Sin embargo, como decía mi madre: ‘No hay mal que por bien no venga’, la aparición de este partido, que representa claramente una involución del pensamiento y de las actitudes en todos los terrenos que ya creíamos superados y encauzados, aunque no logrados del todo, ha conseguido algo sumamente importante: Las ideologías siguen vivas. Ahí están y obligan a autodefinirse. No todos los partidos, ni los políticos, ni los programas, son iguales. No, en absoluto. Así que, en los pactos de gobierno quien se alía con quien se alía, se retrata. Quien se niega a apoyar, se define. No vale decir ya que todos son iguales.

Gracias a Dios.

 

¿Qué es política?

En este tiempo de transición entre unas elecciones generales, las locales y europeas y la constitución de los gobiernos respectivos y de las cámaras correspondientes, se van produciendo declaraciones que vienen a ser modos de advertencia a los posibles aliados de mañana o a los enemigos de siempre. Hasta aquí todo normal. Eso es lo que se espera; que cada cual marque sus posiciones. Sin embargo, hay quienes no tienen ni idea de lo que es política, confunden los límites de lo territorial local, con lo nacional y con lo europeo y, por tanto, supranacional.

Si no tienen claro ese límite tan sencillo entre lo que debe gestionar un ayuntamiento, una comunidad, el ejecutivo nacional o los diputados en Europa, mal vamos. Pero sí. Hay varios partidos, con sus representantes más conspicuos al frente, que confunden esas realidades que no son intercambiables.

No en vano los electores suelen discriminar esos ámbitos y votan a diferentes partidos (más o menos afines a la ideología de cada cual) en cada uno de esos comicios. Sólo cuando ninguno de los candidatos es afín a su ideología, más que el de un único partido, no alteran la elección de una consulta a otra. Esto suele pasar con los socialistas y con los comunistas de corazón, porque a estos les puede la ideología sobre su conveniencia.

Los demás distinguen claramente cuáles sean sus intereses en cada ámbito. No me importa si el alcalde es este o aquel, con tal de que tenga limpia mi calle, bien alumbrada, segura, con una recogida adecuada y no excesivamente cara y compleja de los residuos que genero y que no tase mi casa por encima del precio de mercado para cobrarme impuestos. Necesito que atienda adecuadamente a la educación pública, que fomente la cultura, que respete las diferencias religiosas y permita su manifestación, dentro del orden público establecido, etc etc. Pero no se me ocurriría pedirle al alcalde que marque las directrices de la política exterior del país, ni que intervenga en la gestión de una comunidad autónoma vecina y que no es la suya. No me parece propio que un Presidente de Comunidad autónoma le diga al gobierno cuál ha de ser su política general o, incluso, que se atreva a  sugerir que los militantes de un partido abandonen a su jefe y elijan otro al gusto del tal presidente, caso de que llegue a ser y ostentar ese cargo, pues eso aún está sujeto a negociación.

Por otra parte, y no menor, dónde queda el respeto a la voluntad del votante. Nada. Les dan su acta de diputado o de concejal y en ese preciso instante se difuminan, convirtiendo en una sombra a los electores.

Habrá que recordar a estos señores tan alegres de palabra que si están ahí es porque los hemos señalado los que votamos y que hacer política viene de ‘polis’ y una ‘polis’ no es nada sin sus habitantes.

Estas cosas me recuerdan una anécdota que contaba mi padre acerca del loco de su pueblo. Ya saben que en los pueblos pequeños había un loco, que andaba por todas partes y era, más o menos, amigo de todo el mundo. Pues bien, este loco del pueblo de mi padre iba gritando: ¡Quiero que os muráis todos!. Cuando se le preguntaba: pero, por qué quieres que nos muramos todos. Respondía categórico: Quiero ser el alcalde.