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Personajes que provocan nuestros más bajos instintos

Ese señor (por llamarlo algo) de pelo imposible, por lo visto, se considera de una raza superior y tiene tan poco seso que no admite ni media crítica.

Al que le dice lo que no quiere oír lo manda ‘pa su pueblo’, sin caer en la cuenta de que YA ESTA EN SU PUEBLO. Pero, claro, son mujeres las que lo critican o le llevan la contraria, son mujeres de color tostadito. ¡Vaya por Dios!  ¡Qué atrevidas!

No sé cómo tanto los descoloridos como los que poseen un tinte más recio no han salido al paso a decir cuatro cosas bien dichas al señor del pelo imposible.

¿Dónde están esos hombres valientes, capaces de plantarle cara al lucero del alba?

Y en este punto, se hizo un silencio como de media hora.

Lo malo es que ya veréis los que me leéis con frecuencia que este texto no es tan fluido como otros que escribo, no tiene tanta soltura, carece de las imágenes sensibles y metafísicas con que suelo adornar mis escritos, es romo, patoso, lento y parece que no va a ninguna parte; es decir, a ninguna conclusión. ¿Sabéis por qué? Pues es muy sencillo. este señor del pelo imposible dice sandeces tan gruesas e imponentes, tan insultantes y estúpidas que me contagia, me anula el pensamiento. Solo me sale aquello de: ¿Pero es usted un imbécil o se lo hace? O lo que decíamos en el colegio para apabullar al contrario: Tú eres tonto o has comido bolitas.

Efectivamente, cuando un ser humano, del que sin saber por qué esperamos una cierta racionalidad, se comporta como un ser de la escala inferior, es decir un anélido, no existe posibilidad alguna de que se genere en respuesta un discurso inteligente y razonable, aunque sea para llevarle la contraria. Así que lo que ocurre es que nos desata, al menos a mí, -no quiero generalizar, porque igual es un fenómeno que solo me atañe a mí- mis más bajos instintos y como lo tengo lejos, no me da para darle un bofetón o una patada en zona noble, de manera que lo que me salen a bote pronto son insultos, desde los más suaves como ‘cabestro’ a otros más gordos que no diré aquí para no ofender a ojos delicados.

Así se montan las guerras. Si yo que soy una persona pacífica y pacifista, aunque tengo mi genio, me veo impelida a darle en ‘toloarto’ con una maceta de geranios, qué sería si tuviera a mano un misil o cosa similar, y me conformo con soltar sapos y culebras, mentándole la madre al tal individuo, por lo bajito, mientras hago equilibrios y malabares para escribir un texto tan poco brillante como este. Pero me concederéis que algún mérito tiene, al menos el de la contención.

Por favor, cuánto va a durar esta tortura.