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Vecinos y, sin embargo, amigos

Como cada año, cuando llega el mes de septiembre celebramos en la ‘urba’ de la playa, alias el Miño,  la despedida del año. El fin de año playero, se entiende.

La tradición, mantenida a lo largo de más de treinta años y de la que nosotros participamos gracias a la generosidad de los veteranos desde hace unos veinte, consiste -cómo no- en quedar a comer, más bien cenar, tocar las doce campanadas a la hora correspondiente, tocadas con una mano de mortero y una olla,  y comerse las doce uvas para iniciar un nuevo año en el que, si llegamos hasta el verano siguiente, nos volveremos a encontrar. Esta cena solía componerse a base de los platillos que cada cual aportaba.

El paso del tiempo, sin embargo, ha introducido ligeras variantes. Da mucha pereza ponerse a guisar, de manera que buscamos un restaurante en algún sitio y allá que nos vamos a que nos echen de comer. Generalmente la cosa sale muy bien, porque en todas partes en esta zona se come bien por precio módico. La juerga ya la ponemos nosotros. Como estamos en un lugar público, ya no nos atrevemos a llevar el caldero y la mano de mortero y tocar las campanadas. Tampoco se comen las uvas y una de las asistentes, que vive en Orihuela, ya no trae dulces navideños típicos de ese lugar.

Esta misma amiga comentaba, precisamente el viernes pasado en que tuvo lugar  la cena de fin de año, que esto ya no era lo mismo, que ya no nos divertíamos como antes. Como si de un conjuro se tratara, a partir de ese mismo instante no dejamos de reírnos a mandíbula batiente por las salidas ingeniosas de unos y otros, por alguna de esas cosas graciosas que te hacen soltar la carcajada y, luego, cuando intentas contarlo, quién sabe por qué han perdido la gracia.

Tras la cena que fue esplendida y asequible, nos fuimos a un nuevo lugar de ocio y copas, en el que aún a riesgo de salir volando, porque soplaba un levante poderoso y eso esta casi a la orilla de las dunas, nos tomamos unas ricas copas, hicimos el tonto como convenía a la ocasión, sin importarnos nada lo que opinaran los de alrededor y disfrutamos de un camarero que era una computadora. No solo fue capaz de repetir lo que cada cual había pedido y no éramos pocos, sino que supo a quién debía darle cada cosa. Un hacha, el muchacho.

En fin, una vez mas fue una noche agradable, sin nada especial, pero sí cargada de afecto, de risas y de aprecio mutuo. Es hermoso llegar nuevo a un lugar, aunque ya haga veinte años, y que te acojan como si fueras de la familia, cuando a los residentes les unían ya muchos lazos; unos de familia real, otros de vecindad y amistad desde la infancia. Dice mucho y bueno de los que acogen y obliga a los acogidos a ser agradecidos y a  tener en consideración que, además de vecinos ocasionales, solo del verano, son todos amigos a los que se aprecia y se valora.

Gracias por una velada tan agradable y divertida. Es muy de agradecer que te hagan reír, en este tiempo en que a donde mires no ves cosas agradables. Gracias por acogernos y querernos. Sois totalmente correspondidos.

Ah, se me olvidaba. Los unicornios. Se me ocurrió, porque así lo sentía, lamentar el desprecio generalizado que supone al mito de la joven virgen y los unicornios, el que hayan convertido a estos animales fabulosos en un flotador de proporciones monumentales, que los hayan convertido en toda clase de adornos cursis para habitaciones infantiles. Gracias a Dios, un levante fuerte se los llevó de la playa y pude descansar de mi enojo. Como el día 3 de septiembre cumplí años, estos amigos, de los que hablaba, tuvieron la genial idea de comprar un unicornio como regalo de cumpleaños. Menos mal que una voz sensata lo impidió, y le quedo eternamente agradecida. Pero, quien tuvo la genial idea me inundó el ‘guasa’ de unicornios y creo que merece que los recoja aquí, para que sepa que no le guardo rencor, a pesar de todo.

Bueno, un año más y un fin de año más; todos con salud y alegría, a vivir hasta el año próximo.