Archivo por días: 12 noviembre, 2019

Los que van al infierno

Como cada mañana suelo salir a hacer mis recaditos; las pequeñas compras de carnicería o de supermercado, el periódico, la fotocopiadora o correos. Cada mañana me cruzo con señoras y señores de cierta edad que van en silla de ruedas, unos más espabilados que otros, pero todos o casi todos empujados por chicas con velo en la cabeza o de rasgos y habla claramente hispanos. A la puerta del supermercado me topo con una pedigüeña de voz plañidera que reclama que le compren algo las señoras y caballeros que entran a la tienda. En la acera frontera hay un muchacho de claro origen africano de más allá del Ecuador que pide a la puerta de otra tienda de comestibles. Este saluda y desea buenos días a todos los viandantes y no reclama nada.

Algunos días me paro a tomarme un café en una conocida cafetería y las chicas que sirven tienen también un claro acento boliviano o ecuatoriano, tal vez venezolano o caribeño, según los días.

Hay una frutería bastante bien surtida y ordenada a cargo de un pakistaní o bangladeshi; lo deduzco por su tez oscura y por como escribe su nombre musulmán en la marquesina.

Todo esto ocurre en un radio de no más de 2000 pasos, lo que viene a ser unos 1200 metros según se me chiva mi reloj cuenta pasos.

Estas personas que vienen de otras tierras – y no cuento a los rumanos en bicicleta que recogen chatarra, ni a las ucranianas que se juntan a hablar de sus cosas en una esquina, entre una y otra de sus tareas – han venido a estas tierras tan lejanas de la suya de origen a ejercer una serie de funciones que ninguno de nosotros estamos demasiado bien dispuestos a ejercer.

¿A qué parado se le puede decir que se podría ganar la vida con una bicicleta vieja, con un resto de carrito de supermercado adaptado como cestilla, y que escarbe en la basura para encontrar cosas útiles aún y que pueden tener su mercado? ¿A qué hijo de vecino, ocupado en quehaceres más altos, se le puede instar a que se quede en casa cuidando de la abuela o del abuelo y lo saque a pasear cada mañana o lo lleve a la rehabilitación y se pase allí un par de horas contando musarañas?

Todos esos trabajos que no deseamos, todas esas otras actividades que parecen indignas se las encomendamos a los que vienen de fuera, desde la mendicidad hasta el cuidado de las personas a las que sin duda queremos.

Lo primero nos permite hacer una caridad cotidiana con poco esfuerzo, pero que lava nuestros egoísmos; lo segundo nos exime de renunciar a nuestros trabajos bien remunerados y nos descansa de un trabajo duro y poco gratificante a veces (ya se sabe que las personas mayores se vuelven malhumoradas y exigentes). La recogida de materiales que nos estorban pero que no sabemos cómo reutilizar o reciclar también nos da un descanso al espíritu y nos permite seguir consumiendo sin que nos dé cargo de conciencia.

Mi madre decía que el infierno está lleno de desagradecidos, ahí es a donde irán sin falta todos aquellos que reniegan de los inmigrantes y no ven la necesidad de darles las gracias por sus servicios. Mas bien pretenden cerrarles las puertas y mandarlos de vuelta a su miseria, a su violencia y a su falta de esperanza.