Archivo por meses: abril 2020

Incertidumbre

Lo que domina nuestro tiempo presente, es decir, hoy 20 de abril de 2020, es precisamente esto que llamamos incertidumbre.

El 10 de mayo de 2017, aniversario de mi primera comunión, por cierto, escribí en este mismo medio una a modo de reflexión que llevaba el título de ‘Vulnerables’. Entonces, en medio de esta vida tan ordenada, segura y predecible que llevábamos, reflexionaba yo, por una experiencia en Nicaragua, acerca de lo poco acostumbrados que estamos, en el lado bueno y cómodo de la vida, a los imponderables.

He aquí que casi tres años después, nos hallamos inmersos en un gran imponderable; este del coronavirus y sus nefastas consecuencias. Los responsables de la gestión de la pandemia, aquí y allá, dan palos de ciego y hacen lo que mejor les parece, después de consultarse unos a otros -ahora se puede ver con claridad la consecuencia negativa de la fragmentación del saber y la super-especialización- y  concluir que ‘es la primera vez que pasa algo así y estamos en pura experimentación’.

Sin embargo, no se trata tanto de analizar si lo están haciendo mejor o peor o si estos o aquellos habrían acertado más. A lo que muchos llegan, aunque no todos, es a concluir que nos hemos hecho conscientes de nuestra fragilidad y vulnerabilidad y de que no somos capaces de gestionar la incertidumbre.

¡Bravo! No cabe duda de que es así. Nos acabamos de caer del guindo (podría decir del caballo o que estamos en nuestro camino de Damasco, es más poético, pero no es verdad y sería largo de explicar donde reside la diferencia esencial; puede quedar para otro día). Decía nos acabamos de caer del guindo, porque nuestro super-mundo tecnológico y avanzado es tan estrecho o tan corto como nuestras narices. Nos creemos que somos el centro del Universo, que somos la avanzadilla de la Humanidad y, por eso, nos permitimos ignorar a esos otros mundos, mucho más reales, que están ahí a la vuelta de la esquina.

En ‘Vulnerables’ hablaba yo de una simple tormenta que podía acabar con un montón de gente en Nicaragua que iba, por lo menos, a pasar una noche aciaga. Pero esto que está sucediendo ahora, este 20 de abril, es mucho peor. Si aquí tenemos cientos y cientos de muertos que ya suman miles y si descubrimos de repente que no se pueden dar clases on line para suplir el cierre de las escuelas; si nos percatamos de que aún aquí hay gente que vive de la economía informal -eufemismo técnico para hablar de pobreza y vivir al día-, si por mucho que se intente salvar a los autónomos – la mayoría no cumple los requisitos, particularmente los que trabajan subcontratados para la administración o grandes empresas, pues como les pagan tarde (más de tres meses legales, que para eso firman contratos en donde dicen aceptar que no se cumpla el plazo)-  pues resulta que no están sin cobrar nada o teóricamente no han perdido el 75% de sus ingresos; nos damos cuenta de que muchos niños solo comen una vez al día, lo que le daban en el comedor de la escuela; nos damos de bruces con la realidad de ancianos relegados a residencias en donde se les presta una atención rutinaria en muchos casos y a la que los familiares solo acuden de ciento a viento; se nos abren los ojos a la realidad de que muchas madres solteras, si no salen a trabajar, no pueden mantener a sus hijos; nos percatamos de que muchas mujeres quedan encerradas con sus torturadores; comprendemos de golpe que los inmigrantes hacinados en centros de internamiento no pueden guardar la llamada distancia social; de que los presos tampoco están en condiciones de hacerlo porque viven encerrados  más de los que se preveía. Pues, si todo esto es así aquí, qué diremos que puede pasar en los barrios de hojalata de medio mundo, en los campos de refugiados o desplazados por guerras y violencia, en los lugares donde el machismo es la ley, en donde impera como medio de vida el menos de un dolar diario, donde no existe una sanidad pública, donde no hay escuelas salubres, donde ya hay hambrunas persistentes o una contaminación de las aguas que enferma solo de mirar a los riachuelos.

Qué vista tan corta. Si no hemos visto lo que pasaba al lado de nuestras casas, cómo vamos a imaginar siquiera lo que pasa a cientos o miles de kilómetros. Por eso aún nos devanamos los sesos, yo la primera, pensando en cómo se puede gestionar el caos, cómo se puede vivir en la incertidumbre, qué hacer en medio de la inseguridad.

Nos habíamos olvidado de nuestra fragilidad. De que lo que somos y tenemos nos ha sido dado, que lo mismo podíamos haber nacido en el desierto de Gobi que en Niza, que ni siquiera  nuestro esfuerzo nos hace más resistentes a los avatares, a todos nos puede caer una maceta de geranios en la cabeza en cualquier momento.

Por favor, no perdamos el tiempo en darle vueltas, yo la primera, a lo que es obvio y, mal acostumbrados como estábamos, dediquemos nuestro esfuerzo a buscar el modo de ser ingeniosos y positivos para salir de esta lo mejor parados posible.

De elecciones y votos, de nacionalismos ya hablaremos otro día, si vienen mejor dadas.

Olvidos

Desde que ha comenzado esta terrible pandemia y nos hemos hecho conscientes de ella -no todos, pero la mayoría- nos abruman a información acerca del asunto. Lo cual dicho sea de paso está muy bien, pero esa sobre-información ha dejado de lado la mayoría de asuntos que nos venían ocupando, al menos desde los medios de comunicación, en los últimos tiempos.

Sin embargo, no voy a entretenerme en las violencias, las migraciones, los desastres, las riñas políticas que nos asaltaban a toda hora, sino que me ocuparé de dos olvidos; dos pérdidas de memoria acerca de asuntos cotidianos y cercanos que, de un modo u otro, nos han afectado y nos afectan a todos.

¿Qué pasa con el Mar Menor? ¿qué pasa con las inundaciones de Los Alcázares, San Pedro del Pinatar, Lo Pagán y otras zonas ribereñas? ¿Ya se les ha puesto solución? Si, por casualidad, en este mes de aguas mil, se vuelven a producir salidas de ramblas y aportes indebidos a la laguna salada, ¿hay alguien vigilando ese asunto? Nos hemos olvidado de él. Ya nadie habla del tema ni siquiera para que los gobernantes de la autonomía se peleen con los del gobierno central; ya han encontrado otra materia como el recuento de personas fallecidas, la ausencia de material sanitario, las protestas de operarios y empresarios o el fin de curso escolar. Así que el Mar Menor, cuyo saneamiento me temo que no está en marcha en absoluto, ha pasado a la más negra de las desmemorias. Ahora lo que preocupa es, por el contrario, las mamparas de plexiglas que se pondrán en las playas para garantizar la distancia entre asoleados y bañistas.

Aquí haré un inciso de conveniencia (la mía). La distancia social me parece maravillosa, sobre todo en las playas, donde, de manera universal, el bañista que llega más tarde suele clavar  el pincho de la sombrilla entre los dedos de los pies al bañista madrugador, cosa que ya he reseñado en estas páginas.

Bien, como decía, qué ha sido del mar Menor y de las desgracias repetidas de los habitantes de la zona que aún no se han recuperado de la última Dana (antes gota fría) cuando les ha atacado de forma alevosa el covid-19 y se ha llevado de los medios y de la consideración de la ciudadanía su terrible realidad. De los políticos que han hallado otra carnaza, de esos se ha borrado como por ensalmo.

Todas las tardes, a golpe de reloj y de ‘Resistiré’ salimos a los balcones, en todos los pueblos y ciudades, y con más o menos entusiasmo aplaudimos a esos héroes recién descubiertos: Los sanitarios.

Y aquí llega el siguiente olvido. Quién de nosotros no ha tenido alguna molestia, enfermedad o trastorno que lo ha llevado a un médico que no aparta la vista de sus papeles o de la pantalla del ordenador, que no usa el fonendo para nada y sólo se fija, sin palpar al paciente, de lo que, en el mejor de los casos, dicen los análisis o el informe de un especialista quien, por su parte, vuelve por afirmativa, la frase interrogativa que le ha dirigido el médico de cabecera. Por ejemplo; ¿es compatible el cuadro que presenta el paciente con una —itis/esis? A lo que responde el analista, radiólogo etc,: Es compatible con una —itis/esis. Y eso es todo: Tome esto o aquello, en dosis de tal cual, sin atender si el paciente tiene alguna incompatibilidad con el medicamento prescrito. Cuando no se zanja el asunto con: Un deterioro leve por la edad. ¿No hemos salido muchos de nosotros ligeramente enfurecidos de esa consulta? La mayoría de nosotros se lo hemos contado a un amigo, a la vecina o al tendero para desahogarnos y lo único que hemos hecho, siempre que el sistema lo permita, es cambiar de médico de cabecera y, si no lo permite, no volver al médico y aguantarnos con la manta eléctrica, el bicarbonato de toda la vida o las tisanas que, si no curan, tampoco hacen daño.

No es,  o era (quizá mejor), infrecuente que apareciera en la prensa el caso de un paciente menos pacífico que le había dado de tortas al facultativo correspondiente o le había pinchado las ruedas de su coche en el aparcamiento del hospital. Eso nos parecía muy mal a la mayoría, como es natural, pero nos hemos pasado al lado contrario. Ahora son héroes; personas vocacionales y sacrificadas, que se arriesgan por salvar vidas. Bueno es esto. Para los pacientes cerriles es una buena muestra de que los sanitarios hacen todo lo que pueden y así, si tienen una ocasión en el futuro, posiblemente se tentarán la ropa antes de darle un par de tortas al sanitario.

Pero, como todos vamos a sacar consecuencias positivas de esta gran prueba, es de desear que los facultativos, de ahora en adelante, traten a sus pacientes como a personas, que les miren a la cara, que les escuchen sus penas y dolencias, que los toquen, aunque luego se desinfecten con toda clase de productos, y que piensen que bastante tienen aquellas personas dolientes con lo que arrastran, sean los achaques de la edad o simplemente una enfermedad que los ha atacado.

Debo decir en honor a la verdad que tengo y he tenido la suerte de ser tratada por médicos de cabecera que eran y son unas personas encantadoras, atentas, buenos profesionales y que, incluso uno de ellos me llegó a decir: si necesita hablar con alguien, venga aquí que yo la escucho. La suerte infinita es que estos raros ejemplares son aquellos a los que tengo que acudir con más frecuencia, pero que también me he encontrado de los otros, en un número bastante alto. Es a estos a los que les deseo que la experiencia de la pandemia les haga reaccionar y darse cuenta de la fragilidad anímica de los enfermos y de la suya propia y que aprendan a tratar a los demás como les gusta que los traten a ellos.

Al enfermo del Mar Menor le deseo que alguien se ocupe de su salud.

Los felices veinte

Hoy, es frecuente recordar no solo la Guerra del 14 al 18, sino la gripe española y especular acerca de los parecidos entre aquella terrible realidad y la presente. También se lleva analizar qué pasó después, cómo se trasformó el mundo y sus hábitos y costumbres.

En una arcangélica actitud, muchos se empeñan en que la humanidad, al contrario que entonces, saldrá reforzada en valores como la solidaridad, la humanidad, la misericordia, el aprecio al otro y no sé cuántas maravillas más. Y pienso, porque no me gusta ser derrotista, que ojalá sea así; es lo que debería ser. Estamos aprendiendo de nuestra fragilidad, del abuso cometido con la naturaleza; de la ausencia de los otros; de la falta de calor humano incluso de los que nos son más cercanos (nada de besos y abrazos);  de los problemas de la gente; de la ausencia de actos culturales; de la pérdida de trabajo y salario; de la muerte -esa de la que habíamos dejado de hablar. Efectivamente, se trata de experiencias fundantes que deberían transformarnos hasta el tuétano de los huesos.

Sin embargo, las consecuencias de la Guerra del 14 al 18 y de la muerte sembrada por la epidemia de gripe fueron que efectivamente el mundo se transformó: Cayó el Imperio otomano y las potencias europeas, Reino Unido y Francia,  y un poco después, Estados Unidos, se dedicaron a masacrar al Oriente Medio y aún siguen ahí, disputando por marcar su impronta hegemónica sobre la piel de los otros. Es curioso que la tensión entre China y USA se refleje en las tensiones en Siria, en Irán, en Yemen y que la omnipresente Rusia sea otro de los actores secundarios, pero característicos, en esa parte del mundo.

Sí es cierto que las faldas cortas, los pelos cortos y el charleston salieron de aquella crisis y es posible que cambie la estética general con esta nueva crisis. Aquella revolución estética, acompañada de formas diferentes de decoración de interiores, de una pintura distorsionante como el cubismo y otras vanguardias; unas ideológicas y otras simplemente experimentales, cambió el envoltorio del mundo, logrando algunos efectos dignos de consideración en la persecución de lo bello. Sin embargo, a aquellos años, se los llamó ‘Los locos años veinte’. Porque todos esos movimientos de despegarse del pasado tenían como finalidad algo tan antiguo como el carpe diem. La vida es corta y se va en un soplo; aprovechemos el momento.

En las redes sociales corren chistes como: No va a haber cerveza para todos, cuando se acabe el confinamiento. Otros nos ponen delante de los ojos el señuelo de acumular todas las fiestas perdidas (Semana Santa, Fiestas de Pascua, de Primavera y las que sean)  en el mes de Septiembre que, visto sin más reflexión, se va a convertir en un no parar de jolgorio en jolgorio.

Sabemos que el mundo sería mejor si todos fuéramos solidarios, aunque fuera un poquito; sería estupendo que nos conociéramos y nos tratáramos con aprecio y respeto; sería magnífico si no receláramos del extraño o del diferente; sería maravilloso si no contempláramos con tanto interés nuestros miedos e incomodidades, pero… Lo más probable, me temo, es que ni siquiera de este modo cruel en el que la naturaleza nos está atacando, escarmentemos. Me recuerda la petición del rico del Evangelio que decía: Dejadme volver a la tierra a avisar a mis hermanos. Y se le replicaba: Ni aunque un muerto resucite, creerán.

Los que salgamos de esta, si es que salimos la mayoría, es muy posible que siendo nosotros mismos los resucitados, dejemos de mirar atrás, olvidemos la experiencia y nos cortemos el pelo, nos subamos las faldas y nos pongamos a bailar un nuevo charleston.

 

LOS ABRAZOS PERDIDOS

Se mueren. La tal pandemia nos ha atacado de firme. Las personas mayores, algunas como yo con setenta años, no digamos los de ochenta o más, son consideradas personas de riesgo. La publicidad reciente, de antes de este ataque masivo, consideraba que se trataba de gente joven aún, que podía consumir, viajar, hacer deporte y mil cosas más. Se mueren o nos morimos cabría decir para no pecar de ingenuos, de egoístas y para ponernos en la realidad.

Las familias se quejan de que no pueden despedirse de sus mayores. Las autoridades sanitarias los incineran, fuera esa la voluntad o no de los difuntos; muchos de ellos, reacios a ese sistema y que hubieran preferido que su polvo y huesos descansaran en un nicho o en una tumba junto a los de sus amados Joaquín o Enriqueta, pierden esa voluntad. Ya se sabe que las últimas voluntades deberían ser sagradas, pero las circunstancias obligan. Evitar el contagio aconseja la cremación. En la despedida, sólo se admite a dos parientes por difunto y estos han de guardar la distancia de seguridad y portar mascarillas, cuyos bordes empapan las lágrimas y evitan las gotitas de saliva en las que nada el virus.

Todo el mundo se queda con los brazos colgando o recogidos sobre el pecho, sin tenderlos hacia nadie a quien abrazar y todos regresan a casa con una congoja añadida; no solo han despedido al difunto, sino que no han podido sentir el calor de los vivos.

Es cierto. Muy cierto que de este modo el duelo es posible que se prolongue en el tiempo. Que la pérdida se agrande y haya un antes y un después en la vida de cada uno de los que sobreviva a sus seres queridos.

Nos hemos vuelto sensibles a esta realidad lastimosa y las noticias, en emisoras de radio o de televisión, hacen hincapié en los abrazos perdidos. En ese dolor añadido, en la imposibilidad de la despedida, en la realidad de que, los que mueren, lo hacen solos, sin la presencia de sus familiares. Y los deudos, solo en número de dos más un oficiante no pueden ni estrecharse las manos y mucho menos abrazarse para sollozar cuerpo contra cuerpo, sintiendo el calor del otro y su temblor espasmódico.

Esto me lleva a recordar con íntimo desasosiego cuántas veces he dado y recibido abrazos en circunstancias parecidas de pérdida de alguien cercano o cercano a alguien a quien yo amo. Pienso en la tremenda orfandad que me habría dejado una experiencia de imposibilidad de abrazar o ser abrazada.

Según me engolfo en estos tristes y devastadores pensamientos, un diablo socarrón me sopla al oído: Muchos de los difuntos estaban en residencias de ancianos. Como unos pensamientos llevan a otros, me viene a la mente la idea de que muchos de ellos ya habían abandonado este mundo mucho antes. Atacados por las demencias seniles, por el Alzheimer, por la simple falta de visión o de memoria, propias de los muchos años. También aquellos otros que estaban en una residencia porque no tenían a nadie que los cuidara. Su mucha edad los había hecho despedir a esposo o esposa e incluso a hijos. Otros nunca tuvieron pareja ni hijos que los atendieran en su mayor edad, de modo que allá estaban olvidados del mundo y de sí mismos.

Las ideas del diablo enredador me llevan a plantear cuánto tiempo llevaban sin un abrazo, sin una sonrisa, sin una compañía. Más aún, ese diablo incansable me pregunta: ¿Y los que tenían hijos y nietos, cuánto tiempo llevaban sin que nadie los visitara? ¿A los que visitaban sus familiares, cuántas veces fueron abrazados? ¿Cuántas veces en un mes, en una semana, al día?

Y los vivos, insiste el diablo pertinaz, ¿cuántas veces, incluso conviviendo y diciendo amarse, se abrazan al día, a la semana, al mes, en un año? ¿Se dan besos de buenas noches, se dan besos de buenos días?  ¿Se abrazan al salir de casa y cuando regresan?

¿Los amigos que se cruzan por la calle se abrazan y besan cuando se ven? ¿Se despiden y se reencuentran con abrazos? El diablo tiene razón. Cuántos abrazos perdidos. Cuánto duelo deberíamos estar haciendo. Cuánta palabra amable olvidada y dejada de lado. Cuánta sonrisa ahorrada. Cuánta amabilidad de los unos para con los otros racaneada.

Si desaparece este bicho quizá estas cosas serían las primeras en las que deberíamos pensar: En no dejar a nuestros abuelos olvidados; en no dejar a los que queremos sin un contacto de afecto; en no dejar a nuestros vecinos, amigos y conocidos sin una sonrisa o una palabra amable.

Más importante que recuperar la economía, que también, más importante que recuperar el trabajo, que también; más importante que recuperar el futuro y la esperanza, que también, sería recuperar todos los abrazos perdidos por simple descuido.

Deberíamos hacer una petición al gobierno para que haga una norma que nos impida olvidarnos de esto, aunque ya alguien anda diciendo que deberíamos por un tiempo prolongado saludarnos a la japonesa, sin contacto. Los abrazos perdidos pueden llegar a convertirse en clandestinos.

El retorno a casa

Como ya sabréis muchos de vosotros, y porque además se nos vio en la Tele y eso es lo que demuestra la veracidad de mis palabras, regresamos el día 28 de Marzo pasado, repatriados en un avión de la compañía Wamosair (suena a chiste; a nosotros nos sirvió para Wamosavolver). Un boeing 747-400, de esos en los que cabe media ciudad, fletado por el Ministerio de AAEE, en combinación con la UE. es decir, en un vuelo con todas las bendiciones oficiales.

Pero vayamos al inicio del asunto. Nosotros, que habíamos ido a Guatemala, el 25 de Febrero, como todos los años a revisar los proyectos solidarios que se financian con las aportaciones de parientes, amigos y vecinos del barrio de Vistalegre, a recabar los justificantes de las cuentas y a asegurarnos (cosa que ya sabemos, pero que comprobamos por aquello de que la gente quiere saber a dónde va su dinero) de que el Hogar Luis Amigó de Urbina-Cantel avanza en el apoyo a niñas y jóvenes en situaciones de riesgo o de pobreza, teníamos previsto estar allá un mes de calendario y pensábamos regresar con Iberia el 25 de Marzo.

Hasta ese momento, aunque ya se había desatado la epidemia en China y luego en Italia y ya había algún caso en España, en realidad no había alarma ninguna; ni la decretada por el gobierno, ni la que cada cual empezó a sentir un poco después. Tanto es así que a los pasajeros de nuestro avión se los recibió como siempre, mientras que a los italianos que volaban con nosotros (ellos no llevaban ningún tipo de protección) se los separó y se les hizo, al parecer un chequeo de temperatura y se los dejó pasar.

Al llegar, hicimos noche en San José Pinula, como otras veces, y al día siguiente fuimos en bus hasta Xela, donde nos recogieron la directora del Hogar y la hermana ecónoma.

Nos instalamos y empezamos con nuestras tareas habituales; como ya estábamos en Cuaresma lo primero fue un Viacrucis. Después, Luis se dedicó a sus cuentas con la hermana ecónoma, se aclararon algunos aspectos y yo me dediqué a intentar que Elsa, siete años, entienda qué  es eso de las letras, con poco éxito la verdad. Pero ya habéis leido las crónicas. Celebramos el Xº Aniversario, estuvimos con nuestra amiga la Hermana Yolanda que ahora es Provincial y fuimos consumiendo los días para llegar al día 17 de Marzo en que teníamos previsto hacer una estancia hasta el 25 impartiendo un par de talleres a las novicias.

De repente, en torno al 10 de Marzo, recibimos un mail de Iberia que nos comunica del cambio de nuestro vuelo. Debíamos regresar por El Salvador y nos lo cambian a escala en Costa Rica, sin aclaración de ningún tipo. Luego, supimos -aunque no vemos TV allá, las noticias vuelan-que el Presidente del Salvador, Nayib Bukele (me gusta escribir su nombre porque se llama como mi padre) había cerrado las fronteras aéreas y terrestres porque el virus había llegado allá. Bien, hablamos con nuestros hijos y en Madrid las noticias eran algo más alarmantes. Tanto es así que el día 13 se declaraba el estado de alarma. Simultáneamente, nuevo comunicado de Iberia que cambiaba el vuelo y nos indicaba que volaríamos con COPA a Costa Rica. Nos preguntan si queremos cambiar el día y visto lo visto y puesto que íbamos a viajar el 16 a la capital, decimos que nos lo cambien para el 17. Preguntamos si hay algún problema o alguna previsión de cierre del espacio aéreo español y nos dicen que no hay nada y que todo sigue igual. Nos enteramos, vía ‘radio macuto’ de que la Ministra de Exteriores ha anunciado un posible cierre del espacio aéreo a vuelos extranjeros, pero no para los nacionales. Se nos pone la mosca tras la oreja y empezamos a hacer maleta.

El 16 por la mañana, a eso de las 10 y 1/4, la Directora nos anuncia que ha oído por la radio que el presidente de Guatemala va a cerrar fronteras en la noche de ese mismo día. LLamamos a Iberia y nos confirman que su vuelo sigue programado. Llamamos a la Embajada y nos dicen que sigamos las indicaciones de las autoridades locales y que no han recibido ninguna indicación que nos puedan trasladar.

Foto de despedida en el Hogar

Salimos zumbando del Hogar y llegamos directamente al aeropuerto. Ya se había restringido esa misma mañana la movilidad de autobuses; la carretera despejada, sin hacer ningún alto, en 3 horas y 1/2 estábamos en La Aurora. Allí, idas y venidas, aglomeraciones y desconcierto. Nos afirman en COPA que ellos no tienen ningún vuelo esa tarde, que al día siguiente no volarán y que no pueden hacer nada con nuestra reserva porque es un billete de Iberia. Nadie en Iberia para dar alguna explicación. Intentamos en otras compañías un vuelo para esa tarde-noche a Costa Rica en la idea de enlazar con Iberia en el Juan Santamaría, pero nada. Over booking total. Ya no se podía viajar por tierra. Las únicas salidas terrestres eran a México; unas cinco horas de viaje, caso de encontrar transporte  o a Belice, diez horas de viaje y la misma condición y una vez allá… A verlas venir. Luego supimos que Belice no aceptaba a gente con pasaporte español. Nos quedamos pues con la idea de que nos esperaban 15 días de encierro y expatriación, como pronto y sin saber muy bien qué iba a suceder.

La del fondo es la casa-noviciado y la de la derecha es la casa-retiro.

Así que llegamos resignados a nuestro encierro privilegiado. La casa noviciado está en una amplia finca que consta de dos edificaciones: una es propiamente el noviciado y la otra es una casa de retiro que se alquila para esos efectos y sirve de sostén a toda la comunidad y las novicias. Nos ubicaron en esta última casa y acudíamos a las comidas, la misa y los talleres al noviciado. En medio de ambas casas hay un discreto jardín con árboles añosos y pequeños arriates de flores.

Los días transcurrían plácidos y ordenados. Teníamos todo resuelto y no necesitábamos poner un pie en la calle. Las pocas salidas las hacían las Hermanas o las novicias a comprar lo necesario para las comidas. Me pidieron que guisara en un par de ocasiones y así lo hice con bastante éxito. Ya sabéis que es difícil manejarse en cocina ajena, con menaje relativo, con ingredientes solo semejantes y para muchos comensales. Salí airosa y estaba rico.

Sin embargo, la situación anímica no era del todo relajada. estábamos nerviosos e inquietos, a pesar de que podíamos hablar con los hijos, pero las noticias de España ni eran buenas, ni dejaban salida. Seguimos insistiendo a la Embajada y siempre muy amables nos dijeron que bueno, que tal vez, que nos tenían anotados, etc. etc. Finalmente Iberia también respondió y nos dijo que nos reembolsaría el dinero del billete. Hoy (día 4 de Abril) nos han confesado que están desbordados y que ya nos llegará el reembolso. Paciencia, pues. Si no hay contraorden, en su día creo que lo empleare o bien para ir a Paris o tal vez a Varsovia. Ya veremos.La esperanza es lo ultimo que se pierde.

Finalmente nos llaman de la Embajada y nos dicen que saldremos el día 27. organizan el vuelo para estar a las cuatro de la mañana en el aeropuerto. les advertimos que el toque de queda es desde las cuatro de la tarde a las cuatro de la mañana y que estamos como a 25 kilómetros de La Aurora. No se peocupen, nos dicen. Solo ustedes tienen que buscar el medio de transporte. Bien. Eso no era problema para nosotros. Les sugerimos que no vivimos en Madrid y que debemos viajar de regreso a casa y que si nos paran no tenemos modo de demostrar que somos repatriados. Finalmente nos dan una carta, calificándola de ‘parroquial’, y que posiblemente no nos habrían proporcionado si no se lo sugerimos. Somos los reyes de la ‘improvisación’.

Así estábamos de aparentemente tranquilos.

La noche de la partida, las Hermanas y las chicas nos organizan una festeta con canciones y bailes y nos hicieron llorar. La verdad es que fue precioso. Divertido y emotivo a la vez. Hay allí un plantel de mujeres estupendas y de jóvenes prometedoras. La Directora, de salud quebradiza, pero espíritu fuerte, es una mujer encantadora, inteligente y sensible, con una gran delicadeza. Fue un verdadero placer conocerla y tratarla.

Aqui Luis, luciendo su arte bailarín, acompañado de la Directora.

Amanecimos a las 2 de la mañana y tocando las cuatro, se abrió el portón y salimos en la furgoneta de las Hermanas. Nos acompañaban; la Hna. María Eugenia, la Directora, al volante, La Hna. Erlinda y la Hna. Auri, Nosotros y nuestras maletas. Llegamos como en 20 minutos al aeropuerto, ¡lo nunca visto!, generalmente lleva algo más de una hora, cuando no hay mucho tráfico.

Allí nos despedimos y nos situamos en la cola que ya se había formado. Dos horas de cola en la calle. Una hora larga más para hacer el cheking. Parece que no habían previsto que no había personal de tierra para acarrear las maletas de casi doscientos pasajeros. El cónsul, muy alto, con su chaleco de Embajada de España, observaba la cola y al pasar junto a él, le dije: Esto va un poco lento. No crea, se está desarrollando muy bien. Así pues, usted está contento, le replico, y me responde: oh, sí. Pues eso es lo que cuenta, que usted esté satisfecho. Nos sonreímos y, desde su altura, siguió plenamente complacido consigo mismo.

A las 9,30 (hora prevista de salida 6,15) volamos en dirección a El Salvador. Allí, tras dos horas de encierro en el avión, recogimos a unos cuantos pasajeros a los que se ve en el video que colgó la embajada de allí  en Facebook, y que se puede ver en la página de Guatemala, cómo los llevan en autobus, les fumigan las maletas y les hacen entrevistas a todos muy sonrientes. Luego, salimos rumbo a Honduras. Concretamente nos llevaron al aeropuerto de San pedro Sula, quién sabe por qué. Allí carecían de escalas capaces de alcanzar la puerta del avión, tampoco tenían tanques de fuel suficientes para llenar los depósitos de un 747 tan inmenso como aquel. Resumiendo, cuatro horas encerrados en el avión, sin grandes explicaciones (ni pequeñas); otra vez ‘radio macuto’ para saber  de estas dificultades. Al parecer filtraciones de las/los azafatos.

Me sorprendió grandemente la serenidad de todo el mundo. Finalmente alrededor de cuatrocientas personas; casi todos españoles, más algunos europeos que no tenían medio de llegar a Europa. Casi ningún turista; la mayoría muchachos de prácticas de sociología, magisterio, psicología y otras especialidades en ONGs de la zona. Empresarios o trabajadores de empresas y nosotros; algún cooperante más habría y familias mixtas que viven a caballo de España y Centroamérica. Así que a todos aquellos que lanzaban tweets en la página de la embajada diciendo que nos dejaran allí tirados por imprudentes y que nos ‘jo…’ por habernos ido de vacaciones, a esos les diría unas cuantas cosas feas, del mismo orden. Pero yo soy una señora y no emito juicios sin saber de qué hablo.

Finalmente y tras las nueve horas de vuelo, llegamos como a las 10 de la mañana del día 28 a Barajas. Allí, gracias a mi eficiente hijo, agarramos un coche de alquiler y condujimos por turnos hasta Murcia.

Esta experiencia me ha enseñado varias cosas; una, que la gente es más paciente de lo que parece a primera vista; que hay algunos lenguaraces que mejor estarían calladitos; que esta pandemia nos ha pillado a todos con el pie cambiado, las pestes parecían cosa de tiempos antiguos; que ha habido que improvisar y no estamos acostumbrados en un mundo tan seguro; que somos frágiles y pendemos de un hilo, con lo que ello significa; que a pesar de que estoy muy mayor puedo soportar un viaje de casi treinta y cinco horas sin morir en el intento y, por fin, a aquellos que nos recomiendan quedarnos en casa y no arriesgarnos a viajes como este de Guatemala, les digo que siento el deber moral de seguir haciendo esta pequeña cosa que hago por unas niñas y jóvenes que necesitan apoyo y que mientras mi cuerpo aguante, lo seguiré haciendo y no me dejaré llevar por la pereza, que siempre me da cada vez que pienso en este viaje. La próxima vez todo será mejor y más cómodo. Así que no me puedo poner excusas.

Un día, cuando tenga ganas escribiré algo sobre lo mucho que estoy aprendiendo sobre mí misma y sobre lo que es importante.