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Miradas y saludos

Mi barrio es un espacio bien delimitado entre dos zonas de expansión de la ciudad. Dicho de otro modo; es una especie de remanso de calles estrechas y sombreadas, de edificios de poca altura, que se enmarca entre dos grandes avenidas con mucho tráfico y construcciones de gran altura y aire muy contemporáneo.

Eso significa que quienes viven en mi barrio llevan allí más de cuarenta años, como media, se conocen perfectamente y han sido testigos unos y otros de las vidas de sus vecinos. Podría decirse que simplemente se reconocen entre sí por el aire que desplazan al moverse. Pero, y ahí está la paradoja, no les es tan fácil reconocerse, desde que vamos todos enmascarados.

Desde que todos llevamos la mascarilla, me cruzo con gente que me mira a los ojos de manera insistente y, al más leve gesto mío, me saluda, aunque soy consciente de que no nos conocemos. Posiblemente, después de años y años de saludarse y de preguntarse por la familia y los acontecimientos menudos de la vida de cada cual, este enmascaramiento que les impide reconocerse al primer vistazo, les obliga a mirar con detenimiento quién tienen delante o con quién se están cruzando, no vaya a ser que, después de años de relación de vecindad ahora se cree una rencilla inesperada e indeseada por una simple mascarilla.

En cuanto alguien me mira fijamente a los ojos, he decidido saludar, no por engañar, sino por agradecer que me miren a los ojos, cuando antes, como no me conocían, ni siquiera me miraban a la cara.

Con este asunto del distanciamiento social y el no tocarse, se está dando otro fenómeno; no sabemos cómo saludarnos, sobre todo los que nos conocemos desde hace algún tiempo. Ya he hablado en otro sitio de los besos y los abrazos que, de momento, han de quedar postpuestos. Pero, como somos de tocar, la gente no se resigna a quedarse a distancia y no hacer una señal de que nos quieren abrazar o al menos establecer algún tipo de contacto. Empiezan, pues a practicarse dos tipos de saludo, a cada cual más inconveniente desde mi modesta opinión.

El primero de los gestos supone tocarse los pies. Es decir, levantar un pie y con él tocar el pie del saludado, quien a su vez también permanece con un solo pie apoyado en el suelo, en una especie de paso de danza poco airoso. Considero que estéticamente es un gesto feo, pero además me parece peligroso. Las personas mayores no estamos para ir haciendo equilibrios por ahí ni para quedarnos con un pie en el aire como las grullas. Cuanto mejor tengamos los pies, los dos, apoyados en el suelo, mejor para evitar accidentes.

El otro gesto es tocar con el codo propio, el codo del saludado. Es decir, darse un codazo. Este gesto era habitual cuando, en silencio, queríamos señalar sin decir palabra los defectos o la presencia poco grata o escandalosa de alguien que no era precisamente amigo nuestro. También servía para advertir a quien nos acompañaba de que con sus palabras o actitud estaba metiendo la pata en un momento dado. Me cuesta trabajo reconvertirlo en un gesto cordial de acogida, cuando en realidad significaba todo lo contrario; más bien rechazo.

En España hubo ocho siglos de presencia musulmana. Como se sabe, aunque de manera lejana, esos musulmanes, que procedían de oriente medio, eran en su origen árabes y uno de los gestos habituales de saludo en el mundo árabe, además de darse la mano o besarse, es el de llevarse la mano al pecho, a la altura del corazón, al tiempo que se inclina la cabeza en señal de respeto.

Mi propuesta es pues que hagamos ese gesto para saludarnos unos a otros: Llevemos nuestra mano al corazón e inclinemos la cabeza en lugar de hacer extraños y poco elegantes pasos de baile o codazos equívocos.

De este modo nuestro saludo será más cortés, al tiempo que recuperamos un hábito que fue común entre las tradiciones de nuestra tierra.

¿Reales o virtuales?

Durante casi veinte años, desde mediados de los setenta hasta comenzados los noventa del siglo pasado, se fue imponiendo la idea de que todos los jóvenes y, de paso, todas las profesiones con futuro, debían ser universitarios. De ese modo, los antiguos peritos y aparejadores se fueron convirtiendo en ingenieros técnicos, los alumnos de las Escuelas Normales, pasaron a formar parte de las Facultades de Ciencias de la Educación y, el colmo de todos los colmos, los estudiantes de las Escuelas de Bellas Artes pasaron a ser Licenciados en bellas Artes, lo que supuso que sus maestros tuvieran que hacer apresuradamente Tesis doctorales. Es sabido que todos los profesores universitarios, otro error, debían alcanzar el grado de Doctor, antes de hacer nada de provecho en el mundo de la investigación. .

Esta fiebre tercermundista conocida como ‘titulitis’ desencadenó una serie de efectos secundarios de los que quizá el más grave fuera el desprecio a los oficios y su secuela; la Formación profesional se convirtió en el camino para ‘los tontos’. Estos tontos, convertidos en mecánicos del automóvil o fontaneros, consiguieron puestos de trabajo estables y bien remunerados, a veces sus servicios se volvían prohibitivos, mientras los ingenieros técnicos se convertían en mano de obra subcontratada y explotada. Los artistas  hechos a sí mismos, por su parte, eran pocos y raros y muchos consiguieron sobrevivir cuando el arte se convirtió en inversión para adinerados ignorantes.

Desde aquel tiempo, en que yo ya tenía algo más que ‘uso de razón’  hasta hoy en que ya se me considera una anciana (persona de riesgo o de la tercera edad), he venido reclamando, sin que nadie me hiciera caso, la potenciación y puesta en valor de la formación profesional. He venido pidiendo insistentemente que se considerara la vuelta de oficios como los de ebanista, encuadernador, cantero o herrero que solo han florecido aquí y allá en función de políticas dispersas de recuperación de artes del pasado o de negocios para diletantes.

El coronavirus ha planteado una serie de cuestiones interesantes que aparecen como retos de cara al futuro. Mientras exportábamos enfermeras al Reino Unido nadie se planteaba que no tenía sentido privatizar la sanidad de forma masiva, ni dejar que las escuelas de enfermería no fueran necesariamente escuelas universitarias.

Ahora nos damos cuenta de que todo está masificado y que sería bueno diversificar la oferta de formación de manera que se rescataran viejos empleos y que estos fueran creativos, dando lugar a una industrialización, quizá no de grandes producciones, pero sí de pequeños centros creativos e innovadores. Pues el tejido industrial de nuestro país es débil, por no decir raquítico.

Estas tendencias en la educación, por otra parte, denigraban el trabajo en el campo o en la ganadería, salvándose únicamente aquellas explotaciones intensivas como invernaderos o producciones de carne masivas. No hay que olvidar que se redujo la cabaña ganadera y la producción de leche, los viñedos y se pretendía que también menguaran los olivares, siguiendo directrices de la UE que veía en nuestro territorio, por su buen clima, sus monumentos, paisajes y horas de sol radiante, no tanto una fuente de energías limpias, sino un país de servicios.

Así es como habíamos llegado a tener un montón de arquitectos que lampan, un montón de licenciados dedicados a cualquier cosa y un montón de camareros, sin contar con los de la paleta que fueron masacrados por la burbuja inmobiliaria.

En un artículo reciente de El País, se abogaba, por fin, por el retorno a la Formación profesional; capacitación productiva a corto plazo que debía centrarse en las nuevas tecnologías. El artículo era bueno y sensato y hacía propuestas dignas de consideración. No obstante, leído con calma y rumiado, creo que tiene una pega importante, con la que conviene tener cuidado o, al menos, estar alerta.

El acceso a lo digital y virtual es, sin lugar a dudas, un gran logro tecnológico. Desde las grandes empresas, a los investigadores y a la gente de a pie, nos ha facilitado la vida en muchos aspectos; la inmediatez de la información y el acceso a todo tipo de bienes tanto materiales como espirituales y culturales o del conocimiento y el entretenimiento. Es un medio limpio y asequible para la mayoría de las personas en todas las partes del mundo.

No me voy a extender en el terreno de la delincuencia que ha facilitado, ni tampoco en las adicciones que crea, ni en el alienamiento de niños y jóvenes frente a una pantalla. Ya sabemos que todo aquello que existe puede ser objeto de mal uso. Sin embargo, quiero fijarme en un aspecto que de vez en cuando va dejando su rastro en las relaciones entre personas y puede tener consecuencias en lo social cuyo alcance aún no conocemos.

Hace unos años, en un terrible accidente aéreo que se produjo en Barajas se contaba, supongo que era cierto, que un niño que vivió el desastre, preguntó en pleno accidente: ¿cuándo se acaba la película, papá?

Muchos perfiles de redes sociales, sin preguntas, permiten el uso de pseudónimos. No me parece mal, yo misma lo empleo, pero no cabe duda de que esconder la propia identidad puede responder a muchas razones y algunas pueden no ser ninguna broma. Pueden esconder otras intenciones. Conozco a mucha gente, sobre todo de países deprimidos, que presentan en sus redes sociales imágenes de su realidad y vida que son una total ficción. No esconden su nombre, pero sí esconden su verdadera realidad.

Es decir, existe un riesgo evidente de falseamiento de lo real en lo virtual. Más allá aún, existe una confusión que llegue a conceder mayor verosimilitud a lo virtual frente a lo real.

Hace muchos años, una amiga nuestra, en cuyo huerto había un olivo, nos contaba que su hijo de pocos años había suspendido uno de sus primeros exámenes porque había contestado que la vid producía aceitunas. Cuando la madre le dijo, pero, cariño, si hemos estado recogiendo las aceitunas de nuestro olivo, ¿cómo has contestado eso? El muchacho con toda la sinceridad del mundo respondió: Mamá, yo creía que en la escuela se hablaba de otra cosa.

Es decir, en muchos niños lo que ocurre en la escuela es algo diferente de lo que ocurre en la vida y les resulta difícil encajar que lo que aprenden allí tenga una aplicación en la vida real, ni siquiera una conexión con ella. ¿Qué pasará si el mundo se convierte cada vez más en una realidad virtual?

Si nos decantamos por la tecnología habrá que explicar muy claramente donde está el límite y qué es lo que de verdad vivimos; ¡un holograma o algo palpable!

 

La libertad pervertida

En estos momentos recuerdo con cariño al que fuera mi profesor de Filosofía en el bachillerato, don Antonio Aróstegui. Era un seguidor heterodoxo de Maritain, pero consiguió, a aquella edad de los catorce y quince años, que muchos de nosotros nos interesáramos por la Filosofía. Sus clases eran en realidad de debate y nos obligaba a preguntarnos los temas unos a otros, lo que estimulaba nuestra comprensión de los mismos y la ‘mala idea’ para pillar en falso a nuestros compañeros. Se calificaban tanto los aciertos como los fallos en que se lograba hacer caer al contrario. Recuerdo con satisfacción -esas pequeñas satisfacciones de la maldad adolescente- que me encantaba enfrentarme a un compañero autosuficiente y empollón y hacerle morder el polvo. Cierto que no siempre lo conseguía, pero su cara de rabia era un premio mejor que mi nota. No sé si aquel muchacho lo recuerda, pero yo sí y aún me regodeo de pensarlo.

Sin embargo, hablar de don Antonio no viene a cuenta de mis maldades de marisabidilla. Viene porque don Antonio nos hablaba de la libertad como el supremo don concedido al hombre. Ni siquiera Dios podía torcer nuestra libertad o condicionarla o privarnos de ella. Muchas veces, después, lo he pensado cuando por razones profesionales me he encontrado la palabra Islam traducida como ‘sumisión’. Muchos argumentan que el planteamiento del Islam, esa sumisión, es en donde radica la capacidad para el fanatismo de algunos musulmanes, que ha tenido sus brotes recurrentes a lo largo de la Historia. En el fondo, se trata de una mala interpretación no solo del término sino de lo que se espera del creyente, que no es otra cosa que lo que se espera de cualquier creyente monoteísta. Concebido el Dios Único como sumamente sabio, omnisciente, providente, justo y misericordiosos en grado sumo, al hombre creyente no le queda otra que admitir que es así y dejar de lado su conveniencia, sus deseos o sus apetitos y ‘entregarse’ a El, con la garantía de que lo va a llevar por el ‘camino recto’ hacia la salvación y la gloria eternas. Así que esa ‘sumisión’ no es sino una ‘entrega’ voluntaria del hombre a Dios, al quedar fascinado por todo lo que ese Dios puede y de hecho le ofrece. De modo que es un acto de amor totalmente libre por parte del hombre que no puede ser forzado ni siquiera por el propio Dios. El amor nunca puede ser forzoso y depende de la atracción del Otro.

Pues bien, don Antonio nos explicaba de modo muy claro que ni siquiera bajo tortura el hombre podía dejar de ser fiel a sus convicciones, a su razón. Una conciencia bien formada e informada, un razonamiento claro, desprendido, leal, sincero y verdadero no podía nunca ser manipulado. Ponía ejemplos sólidos de actitudes de personajes históricos fieles a su libertad, regalo de los dioses, que habían entregado su vida precisamente por no apartarse de ella o no echarla a perder, haciendo menosprecio de ella.

Otra de las cosas que aprendimos, en casa y no tanto en la escuela, es que nuestra libertad tiene un límite; aquel trazo invisible en donde hace frontera con la libertad del otro. Entre el amor incondicional a nuestra libertad y el respeto a la libertad de los demás o la defensa de la propia, crecimos y nos situamos frente a la realidad.

Pero hoy se ha pervertido la libertad o la hemos pervertido. Ha sido ese miasma miserablemente pequeño y dañino el que nos la ha puesto a prueba y hemos sucumbido. Ahí están los que se revisten de banderas que deberían ser de todos o de ninguno y se las apropian, montando charangas callejeras, con un desprecio infinito por la libertad de los demás y por la legitimidad de sus elecciones. Pareciera que este gobierno, que muchos han votado en el ejercicio de su libertad, fuera ilegítimo, tan solo porque esos que se dan al ruido y el patrioterismo no lo han votado. Dónde se han formado esas personas. Nunca nadie les habló de la libertad como lo hizo don Antonio o como lo hicieron mis padres. Son ellos más fuertes que Dios que no se atreve a contradecirse de habernos creado libres.

Son libres esos que salen a las calles a deshora, se acercan a los demás más de lo permitido, no portan mascarillas y se pasan las recomendaciones por el forro. Son libres para desconocer que su libertad termina en la fina raya en donde empieza la libertad del otro y su derecho a estar sano. O son simplemente seres egoístas, caprichosos e infantiles que cochecito que ven se lo quieren quedar.

Otra de las cosas que aprendimos, en aquellos lejanos tiempos, es que las normas son las que regulan la libertad. Nosotros, los seres humanos, somos más proclives a dejarnos llevar del deseo y el capricho, a considerar que lo que nosotros creemos, sin dedicarle mucho rato a la reflexión, es una Verdad universal y mayúscula que podemos imponer a quien se nos venga en gana, antes que caer en una duda razonable y en examinar que lo que nos molesta puede molestar a otros y al contrario.

Por otra parte, engolfados en nuestro deseo y pasión creemos tener la respuesta a todo tipo de retos y somos bastante alérgicos a la obediencia, al respeto y a aceptar que hay gente que sabe más que nosotros. El mejor formado de nosotros ya no puede ser un hombre del renacimiento que podía reunir en sí mismo todo el saber. Nosotros tenemos saberes más diversos, avanzados, complejos y fragmentados que exigen un trabajo en equipo, pero hay quien cree aún ser un humanista del cinquecento, sin darse cuenta de que es un ignorante y un antisocial del siglo XXI.

La obediencia a las normas en este caso presente no es solo un capricho o un ejercicio de poder, sino una forma de respetar la vida propia y la de los demás y, con ella, la libertad intrínseca del ser humano. Quienes pervierten la libertad, llenándose la boca de la palabra y dejándola vacía de su verdadero sentido, son sin duda criminales y suicidas al mismo tiempo.

El seny

De veras que los catalanes -no todos, por supuesto, pero ya me entendéis- nos han estado dando la tabarra con su trasnochado y anacrónico separatismo. Pero hete aquí que llega el coronavirus y, de repente, nos dan una lección de buen sentido y buen hacer.

No han pedido que les resuelvan el problema económico, no han solicitado que les den ayudas para reflotar comercios, no han solicitado que saquen a las fuerzas de seguridad y al ejército, que se dedican a fumigar lugares o a repartir mascarillas, no han reclamado que el Gobierno sea centralista y anule las autonomías, no han piado porque el Estado comunista y totalitario esté privando a los ciudadanos de sus libertades y derechos constitucionales. No han salido el pie del Tibidabo a tocar  cacerolas, no le echan la culpa de los muertos al Presidente del Gobierno, no andan todo el rato diciendo que no van a aprobar otra prolongación del estado de alarma. Incluso, y esto es maravilloso, se han igualado a los más rancios castellanos en no reclamar pasar de fase ni en acusar al gobierno de no dejarles pasar a la fase 1 la 2 o la 3 simplemente por ganas de chincharles y por enemistad manifiesta, dadas las diferencias ideológicas.

Ellos, los catalanes, como Castilla y León, las cunas de los dos imperios más significados de la historia de la Península, se han centrado en lo que de verdad importa; el bienestar de los ciudadanos, que no cundan los contagios, que los enfermos salgan adelante, no quieren ganar carreras ni ganar elecciones, antes de que se convoquen. Están haciendo lo que deben hacer; pensar en el bien común y en que ‘lo primero es antes que lo demás’.

Es decir, están analizando la realidad lo más objetivamente que pueden y acomodándose a las directrices de los expertos en epidemias.  Es posible que si les preguntáramos nos dirían que tienen algunas otras prioridades por sectores; la educación, la economía, los inmigrantes, el campo y la recogida de cosechas, la industria, el turismo y esto y aquello y lo de más allá; según le preguntemos a cada sector, ese piensa que lo suyo va por delante. Sin embargo, en casos excepcionales como el presente, se deja de lado lo que cada cual quiere, se mira a lo que de veras se puede hacer para no empeorar la situación y se acatan las recomendaciones. No se hacen carreras para demostrar que se es más listo, más alto o más rubio.

El conjunto de esta forma de análisis y actuación se llama ‘seny’; es decir sentido común. No saben ustedes cuánto me alegro de que así sea. No en vano me llamo Montserrat y me dolía ver a un pueblo, al que pertenece toda mi familia materna,  haciendo el canelo, habiendo perdido la mejor de sus virtudes.

Besos y abrazos

Hacia finales de los años sesenta, cuando el mundo de verdad empezó a cambiar muy rápido -me refiero al siglo XX-, una de las cosas que dio un giro radical fue la forma de saludarse.

Antes de aquello, se besaban los miembros de una misma familia, fueran hombres o mujeres. También se les pedía a los niños que dieran besos a amiguitos o amiguitas, pero solo si eran menores de siete años. Los varones se saludaban estrechándose la mano al tiempo que se daban palmaditas en la espalda, si es que tenían mucha confianza o se alegraban mucho de reencontrarse. Los caballeros les besaban la mano a las señoras, quienes por su parte, se daban besos al aire junto a las mejillas. Si los que se saludaban pertenecían a clases populares, lo hacían a distancia o dándose la mano. En general eran, en este último caso, más que apretones de manos, un tenderla para que te la estrecharan. Los que se daban verdaderos apretones, a veces, después de escupirse en la palma, eran los que cerraban tratos, en particular en temas de ganadería.

Si no habías sido presentado/a, no te saludabas con nadie, por mucho que supieras perfectamente quién era la tal persona. Por otra parte, si un encuentro fortuito se prolongaba, los dos conocidos se veían en la obligación de presentar y presentarse ante los que les acompañaban.

De pronto, aquello cambió de manera radical y a los desconocidos con los que coincidías en cualquier circunstancia, se les plantaban dos besos, uno en cada mejilla, al tiempo que cada cual decía su nombre que se quedaba colgado en el aire y nadie retenía por mucho rato. Si no volvías a tener relación con aquella persona, te podías pasar años encontrándola en los lugares más diversos y saludándola efusivamente, sin recordar para nada su nombre, al igual que aquel que se tiraba a tus brazos como si hubiera visto a alguien muy querido, tampoco recordaba, ni bajo tortura, cuál era el tuyo.

Estas efusiones, con personas casi o del todo desconocidas, llevaban a que, en las pausas de los semáforos, te besaras en la boca con aquel novio/a cuyo nombre posiblemente también ibas a olvidar en un poco de tiempo y que no significaría en tu vida más allá de un intercambio de microbios en el alto de una luz en rojo.

Es cierto que esta ligereza en las demostraciones de afecto -que no eran tales, en realidad- tenían un significado más profundo. En muchos de nosotros eran una forma de expresar nuestras ansias de libertad en muchos niveles; liberarse de unos modos sociales que entendíamos obsoletos y relativos a un mundo que no queríamos que fuera el nuestro; de rechazo a lo que nos habían enseñado en casa y que remitía a una época oscura que olía a dictadura fuera y dentro;  ansia por parecernos a aquellos a quienes envidiábamos y que vivían más allá de nuestras fronteras. En definitiva, era una forma de hacerle pedorretas a Franco, de llevarle la contraria a nuestros padres, demasiado sumisos al régimen, de mirar hacia Francia que nos parecía el colmo de la libertad y, por ende, de la felicidad. Nada de volver a las diez de la noche, nada de la manguita larga, ni del pelo corto en los muchachos, venga de minifalda y mucha barba.

Una noche, hace ya bastantes años, regresando a casa en el coche de un compañero a quien apreciaba y con quien tenía confianza, se produjo ese momento mágico en que las confidencias nos salen del fondo del alma y establecemos, impensadamente, un clima de mayor intimidad con alguien a quien conocemos de hace mucho, pero a quien nunca habíamos abierto nuestro corazón de una manera clara  y directa. Al despedirnos, nos dimos el par de besos consabidos. En el espacio que mediaba entre el borde de la acera y el portal de mi casa, como en un relámpago, me di cuenta de que el par de besos se había quedado corto.

Se me planteó un dilema; ¿debería haberle besado en la boca, para demostrar que habíamos avanzado un paso en nuestra mutua amistad y comprensión; o más bien deberíamos seguir relacionándonos como si fuéramos recién conocidos?

Por supuesto, nuca resolví ese dilema, pero, a partir de aquel momento, al encontrarme con alguien a quien veía por primera vez, tendía la mano a la altura de los ojos y con el brazo bien estirado para que el contrario no se lanzara a darme los dos besos de rigor. Debo reconocer que no lo conseguí siempre. Había quien te agarraba la mano tendida y tiraba con fuerza de ella hasta poner a tiro de su boca tus mejillas. Un desastre.

Con esta imposibilidad de dar besos a los amigos y conocidos a causa de la pandemia, todos hemos reconocido el valor de los besos y los abrazos, los echamos de menos y nos damos cuenta de a quién nos apetece estrujar contra el corazón. Me imagino que en el momento en que las autoridades sanitarias nos permitan la cercanía, vamos a dosificar mucho más nuestros besos y abrazos y darlos con verdadera intención, no sólo por cortesía.

Quizá en eso, al menos, el futuro, es decir ese anhelado día después, gane en sinceridad y en verdadera expresión de los afectos. Aunque solo cambie eso ya habremos dado un gran paso. De momento ya sé a quién no voy a volver a besar ni abrazar. Todo lo más le tenderé la mano. No soy tan mala como parece.

 

Extrañeza

Hace unas semanas, cuando empezamos con este enclaustramiento forzoso, muchos amigos, por todos los medios, me dijeron: Ahora vas a escribir dos novelas por lo menos.

Ayer, leyendo en  el periódico, un artículo de Elvira Lindo, ella desgranaba como en un rosario interminable nombres de autores de todos los tiempos y géneros que no eran comprensibles encerrados en sus casas.

Varios conocidos míos, artistas plásticos, están aprovechando para crear en este encierro forzoso y dicen que eso les da estabilidad. Hay quien lo hace incluso de forma seriada y, al concluir esta etapa y pasar a la llamada fase 1 de la ‘desescalada’, confirma que ha terminado y que ya va a seguir otros derroteros.

Sin embargo, observo con extrañeza cómo yo no he sido capaz de escribir ni una letra nueva, a parte de estos comentarios breves y esporádicos. Todo lo más he vuelto sobre la última novela que he escrito, que terminé antes de que se declarara la pandemia, y solo he sido capaz de pulir y pulir el lenguaje, cosa que siempre es posible e interminable.

Así mismo me he dado cuenta de que, aunque me compré un par de libros, con el sano propósito de leerlos aprovechando el parón de actividad exterior, no he sido capaz de abrirlos y los miro como si fueran una tarea pendiente que me acosa, pero que no soy capaz de acometer.

Esta reacción ágrafa y no lectora me produce una gran extrañeza y llevo un par de días dándole vueltas para intentar desentrañar cuáles sean las razones de ese alejamiento de las letras producidas y recibidas.

Creo que voy encontrando poco a poco una explicación. No escribo porque no vivo. Es decir. No es que me haya muerto ni que sienta el encierro como una ausencia de vida. Me levanto por las mañanas, hago gimnasia, compro lo que necesito para comer, hago la comida y empleo el tiempo en diversas acciones como limpiar armarios y cajones, poner orden o lavar ropa y ordenarla. Pero no hablo más allá de los mensajes de teléfono y alguna conversación con amigos o con mis hijos, aunque no estamos hablando todo el rato. También hablo con mi marido, por supuesto.

Sin embargo, no pescas conversaciones ajenas al vuelo, según te cruzas con alguien o no compartes espacio ni en la carnicería, ni en la peluquería, ni en un bar o en un transporte público. Esos chispazos de conversaciones y vidas ajenas cuya realidad desconoces y, por tanto, te ves impulsada a recrear, a suponer, a componer para que resulten coherentes. En una media frase, debes suponer unos antecedentes, unos consecuentes, unas razones y unos resultados. Todo ocurre por algo y ese algo que desconoces es lo que da origen a una novela. Además, los acontecimientos por nimios que sean deben corresponder a un espacio o un lugar. Debes recrear la habitación, la casa, la ciudad, el país. No queda más remedio que inventar un paisaje y un clima que sean acordes, o discordantes, con la escena que se está produciendo y que da lugar a esa media frase que acabas de reconstruir.

Por otra parte, el ejercicio de escribir sobre tus pensamientos y sentimientos no deja de ser un cierto onanismo intelectual que es absolutamente estéril. El pie que te dan las medias frases es el de desdoblarte en otros seres, tratar de pensar como ellos, de imaginar sus entornos, sus experiencias, en definitiva salir de ti mismo y adentrarte en otros mundos hasta conseguir descifrarlos y en ese descubrimiento descubrirte tú mismo.

Se podría decir que quien escribe es, fundamentalmente, un voyeur aficionado, a quien lo que le excita no es tanto mirar, como que el espectáculo le dé pie para inventar. Por eso mismo, quizá tampoco es capaz de leer quien no puede ir a fisgar en las vidas ajenas y a construirlas según su gusto o ingenio.

Para qué iba yo a leer un libro que no puedo comparar con lo que yo misma he podido inventar. Quien carece de total imaginación o capacidad para escribir sus propias historias posiblemente necesita leer las de otros para contemplar el resultado de lo que otro le invita a ver y que no es capaz de imaginar por sí mismo.

En el fondo, si se lee,  se trata siempre de saber si lo que uno escribe tiene verdadero interés. Si uno encuentra una gran novela, de manera automática piensa: con estos materiales ¿habría yo escrito algo mejor o peor? Con la conciencia clara de que aquel/la escritor/a ha estado observando medias vidas y frases y las ha recompuesto según su interés.

Antes del confinamiento, estaba yo leyendo, y terminé, una novela de un autor famoso que gira en torno a acontecimientos históricos ocurridos en un país que yo conozco bien y que además me interesa mucho. Terminé la lectura por puro sentido del deber, porque la novela es mala con ganas. Pero ahora me doy cuenta de que me lo pareció porque con ese material yo habría escrito una cosa mucho mejor y mas incardinada en la identidad del lugar. Incluso diría que el famoso autor se equivocó al escoger como personaje central a un personaje que queda desdibujado e insulso, mientras que despreció a otro elemento importante en la historia que, sin duda, poseía una mayor carga trágica e intelectual. Incluso podría haber inventado un duelo entre dos personajes totalmente antagónicos que hubiera dado mucho juego.

Así que esta extrañeza tiene una explicación. Es como si yo misma me hubiera dicho media frase y ahora estuviera creando un clima alrededor de ella. Tengo ganas de que cambie el clima y poder volver a contar historias que no tengan nada que ver con vivir a medias.

No cabe duda de que para todo se necesita de los demás. La vida no es vida en total aislamiento. Eso sí que produce extrañeza. La extrañeza de no hallarme a mí misma y no tener ganas de contar nada ni de que me cuenten nada. Esta no soy yo. Si alguien no me espejea, no existo. Eso es estar muerto.

 

 

Ausencias

En este tiempo de epidemia, cuando vemos desaparecer a nuestro alrededor a tanta gente, aunque ninguno nos toque de cerca, resulta que nos pasamos el rato tratando de saber cómo será el futuro. Esa’normalidad diferente’, que lo más probable no será ni normal ni diferente, porque, en definitiva, lo que si cabe preguntarse es a qué llamamos normal o qué es diferente; y con más precisión, qué es el futuro, sino una incógnita.

Por otra parte, llamamos certezas a lo que conocemos y que, por razones de seguridad y salubridad, deberá cambiar. Eso permite vislumbrar un futuro que en buena medida será distinto, si tenemos que hablarnos a distancia, si no podemos tocar o dejarnos tocar, si no podemos caminar a nuestro aire, cuando y donde nos de la gana.

Pero lo más importante no es cómo será todo. Lo importante es darse cuenta de qué es lo que nos va a faltar. Ahí está de veras la diferencia. He tenido a tres personas cercanas al borde de la desaparición y todas tres se han librado. Ahí están, con más o menos padecimiento, pero vivas. En ese momento, en el que he sabido que se habían librado de la muerte, me he dado cuenta de que sin duda alguna el mundo será diferente si ellas no están.

No hay que pensar que son personas con las que tengo algún vínculo más allá del respeto, la admiración y el aprecio. A una la conozco desde hace más de cincuenta años, a otras las conozco de apenas siete. Con una tengo una relación de carácter profesional que ha derivado en amistad, con otra un afecto reverencial, con otra, simplemente un trato cómodo y cercano. Pero si ellas desaparecieran, mi propia historia cambiaría; no sé si sería mejor o peor, pero en cualquier caso diferente. No siento necesidad alguna de darles abrazos, ni de hacerles arrumacos, ni de tocarlas, pero sé que están ahí y que mi vida, en buena medida es como es, porque existen.

Esto pone de manifiesto hasta qué punto nuestra vida, nuestra pequeña vida, depende de la existencia de los demás. No digamos de padres, hijos, esposos, hermanos o parientes de un grado u otro. No. Se trata de personas que han caminado con uno por esta trocha de la existencia, cruzando sus pasos con los nuestros y en esa medida, cambiando el curso de nuestro devenir.

Claro está que hay otras personas que también se han atravesado en nuestro camino -y empleo atravesado en su estricto sentido- porque el encuentro con ellas ha sido un tropiezo, un impedimento. Esas también nos han cambiado el rumbo, en algunos casos, pero si desaparecen, aunque suene feo decirlo, no las vamos a echar de menos y nuestra vida solo cambiará en un suspiro de alivio, del que luego nos arrepentiremos, porque está feo sentirse aliviado si alguien desaparece -pero eso es culpa de los principios que aprendimos o bien porque no nos gusta tener mala opinión de nosotros mismos.

Lo cierto es que lo que más nos aleja del mundo conocido no es que cambien los modos de la economía general, que el estado sea más o menos interviniente, que las relaciones docentes no sean presenciales y las comunicaciones telemáticas; que nos saludemos a la japonesa o a la española, que nos acerquemos o que nos mantengamos a distancia, que hablemos a través de mamparas o que vayamos embozados por la vida.

Lo que verdaderamente nos cambia la vida son las ausencias; esas son las que nos dicen que nuestro mundo, el pequeño mundo que conocíamos, está alejándose de nosotros y que los que nos vamos a morir seremos nosotros. Ese es el gran cambio. Cuando comprendamos que lo que era nuestro paisaje humano habitual se está borrando y siendo sustituido por otro de rostros desconocidos, eso es morirse. Eso es ausencia.

Posiblemente, muchos que no quieren salir de casa, aunque se lo permitan, son los que se han dado cuenta de cuántas ausencias se van a encontrar en el camino de su paseo y no quieren ver rostros que no conocen, ni siquiera embozados.