Archivo por meses: junio 2020

Proyecto Extraordinario de 2020

Como todos los que seguís a la Asociación Tacaná sabéis, nuestro principal objetivo para   contribuir al desarrollo de poblaciones desfavorecidas de Centroamérica es fomentar la educación y formación de jóvenes, en especial mujeres. Para ello dedicamos la mayor parte de los esfuerzos al Hogar Luis Amigó de Guatemala con el proyecto ‘Labrando nuestro futuro’; y con las becas Kristina Iturralde, que sostienen el Proyecto ‘Somos libres’ con el que financiamos la educación de personas que no forman parte estrictamente del Hogar, aunque algunas beneficiarias de este proyecto han sido jóvenes que estaban o procedían de él. Este último proyecto ha tenido becarios en Nicaragua, en Guatemala y en Costa Rica.

Sin embargo, siempre que ha sido posible hemos dedicado algún esfuerzo a proyectos extraordinarios que se han dedicado a infraestructuras básicas y así hemos intervenido en Panamá con el Proyecto de estufas ecológicas en escuelas o hemos reparado el invernadero del Hogar, entre otras cosas. Desde hace algún tiempo, queríamos hacer frente al problema del abastecimiento de agua en la zona de Totogalpa ( Nicaragua), en particular en los sectores rurales dependientes de este municipio. Este año, por fin, henos conseguido cuajar el proyecto y  los fondos necesarios. A continuación tenéis la última información de su ejecución. Un éxito más de la generosidad de los donantes y contribuyentes de la Asociación.

Proyecto Extraordinario,  2020, Nicaragua

Terrero Grande, Totogalpa, Madriz, Nicaragua

El Noroeste de Nicaragua, donde se ubica el Departamento de Madriz, al que pertenece el municipio de Totogalpa, forma parte del llamado Corredor Seco de Centroamérica.

En esa zona, las lluvias se concentran entre los meses de mayo y diciembre, durante los cuales suele llover torrencialmente, mientras que en el resto del año no cae ni una gota de agua. Este comportamiento habitual de la climatología de la zona se ve alterado por la influencia del fenómeno del Niño y el cambio climático y, en los últimos años, se ha descontrolado, produciendo alternancias de sequías prolongadas con inundaciones severas. Las lluvias se retrasan sistemáticamente y las precipitaciones son más escasas en temporada húmeda. Ello provoca, junto con la deforestación de los cerros, el  lavado de las tierras y que estas sean menos fértiles. Así mismo, muchas de las zonas rurales tienen acceso difícil y a ellas no llegan los servicios municipales de abastecimiento de agua potable tanto para riego como para consumo humano y de la ganadería.

El deterioro de los medios de vida de los habitantes de la zona ha provocado una emigración estacional masiva a los cafetales y también una salida hacia el extranjero muy numerosa. Ello significa el abandono de los campos y la pérdida de densidad demográfica.

Desde hace algún tiempo, en la Asociación conocíamos el problema y tratábamos de encontrar una solución que fuera económicamente viable. Por fin, hemos podido incluir entre los proyectos para el bienio 2020-2021 la implantación de un sistema de acopio y reserva de agua de lluvia que permita subsistir a los habitantes de la zona durante los meses de sequía extrema.

Los trabajos se han iniciado y el objetivo es construir dos grandes tanques de reserva de agua, con su correspondiente sistema de depuración y potabilización, así como un reservorio menor, pensado para utilizar su contenido en riego por goteo.

La Asociación Tacaná contribuye a este proyecto con 6.500 e. que significan la adquisición de materiales de construcción y su transporte hasta el emplazamiento, así como la compra de semillas para los plantíos a los que va a abastecer el sistema de riego. La mano de obra es aportación de los beneficiarios.

Los tanques de agua se ubican en Horno y Matazano, comunidades que pertenecen a los sectores de Terrero Grande y Cuje, y en Sabana Grande, todos ellos sectores de Totogalpa. El beneficio de este acopio de agua afecta a una población aproximada de 760 personas.

 

Llegan los materiales y la Hna. Marlene se encarga de los oportunos controles         

Se almacenan en el local comunal

Llega la cisterna pequeña

Se inicia la excavación para ubicar una cisterna grande

Una vista detallada de todo el proceso. Magnífico trabajo cuando se implica toda la comunidad.

El trabajo empieza a dar sus frutos. La milpa ya brota. Se hace realidad que el agua es vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Baladí

Los que seguís con cierta atención estas páginas os habréis dado cuenta de que, casi todo lo que he escrito bajo el epígrafe genérico de ‘asuntos baladíes’, tiene que ver con esta extraordinaria experiencia que supone el vivir una  pandemia.

En el uso de este epígrafe y lo que en él se clasifica, hay una cierta ironía. No considero que estos sean asuntos sin importancia, pues algunos de ellos no solo la tienen en gran medida, sino que eran obvios, aunque la ‘normalidad’ en la que vivíamos nos hiciera pensar que eran temas menores que no nos concernían. Por ejemplo, la incertidumbre connatural a la existencia humana; la fragilidad de los seres, especialmente en lo material; la ficción del progreso o de la economía; los graves olvidos de la educación o la salud pública.

Vamos a reflexionar por un momento acerca del término baladí. Como muchos sabréis procede del árabe. Es lo que se llama una ‘nisba’. Es decir un nombre que tiene un valor adjetivo calificativo y deriva de otro nombre. En España son frecuentes los  patronímicos derivados de nombres topográficos, por ejemplo Lorquí, Ceutí, etc. que toman la forma árabe.

En el caso que nos ocupa se trata de un adjetivo procedente del término balad que significa pueblo. Pueblo en su sentido opuesto a ciudad. Es decir, lugar donde reside gente pero cuyo número o entidad física no lo convierte en una ciudad, sino que es algo menor y sin tanta importancia como una ciudad. Además de significar eso como primera acepción, significa algo así como ‘del campo’, por una oposición tácita entre ciudad y campo. De manera que, cuando nos encontramos con el término baladí, podemos pensar que se refiere a pueblerino o a campestre (rústico), dependiendo de cuál sea la intención del hablante. De ahí a pensar en ‘cateto’ hay un paso y ese es el que da en castellano. Baladí significa cosa menor, sin importancia, carente de interés, despreciable o sin sentido y prescindible, porque se relaciona con rústico, cateto, de campo.

Sin embargo y en paralelo -la vida de las palabras es un campo inagotable y de lo más apasionante aunque a algunos no les parezca- , baladiyya que vendría a ser el femenino de baladi, desde el punto de vista morfológico aunque no semántico, se convierte por su forma femenina en un nombre abstracto, y no tanto en un adjetivo, y designa a una institución tan noble e importante como el ayuntamiento; es decir la instancia colegiada que dirige la vida pública de un pueblo o de una ciudad o de una comunidad, ahí no hay distingos de tamaño o ubicación.

De manera que algo que es baladí, por la adición de una sílaba, se convierte en algo de suma importancia para la vida común de la gente. Si en el primero de los casos, se trata de un término que señala a algo carente de interés, despreciable y prescindible, lo segundo es, por el contrario, algo imprescindible y necesario para la vida en común.

Casi nunca pongo por escrito mi pensamiento político porque en ese sentido, al contrario que mucha otra gente que no abre la boca si no es para criticar a los que no comparten su pensamiento político o para alabar e incensar a los que sí lo hacen, yo no me considero en posesión de la verdad ni creo que mi forma de entender el mundo y su gestión sean únicas, infalibles, pertinentes y excluyentes. Tampoco considero que todo el mundo ha de pensar como yo y, por tato, no me siento autorizada para freír al personal, a la menor provocación o sin ella, y bombardearlo con mis soflamas en defensa de esto o aquello. La mayor parte de las veces, cuando me toca sufrir un ataque de ese tipo, procede de aquellos con los que no comparto ni una sola idea, independientemente de mi aprecio o cariño por ellos que son cosas bien distintas y que muchos confunden.

Voy a hacer un distingo necesario para que quienes me lean y no piensen como yo, no me excluyan o se sientan excluidos por mí. Mi afecto, mi valoración de su inteligencia, de su capacidad para ser acogedores y dignos de respeto no tiene nada que ver con que pensemos de igual manera o votemos al mismo partido o no. Es más, quiero a muchas personas, y no pienso renunciar a su cariño ni a lo que siento por ellas, con las que no comparto ni una sola idea política. Sólo faltaría que tuviera que enfocar mi cariño exclusivamente hacia los que votan como yo. Menudo aburrimiento y vaya una manera tonta de excluir a gente digna de ser amada.

Pues bien, hecha la aclaración y el inciso, voy a reflexionar sobre algunos asuntos de la baladiyya, es decir de la institución política o simplemente de la política, de la gestión de lo común o de la rección de un pueblo, una ciudad o un país.

No es un asunto baladí, en absoluto. Es una de las más nobles profesiones que se pueden ejercer. ¿No es de admirar que alguien tome sobre sí la responsabilidad de pararse a pensar en la vida de los demás, en cómo se puede mejorar y gestionar, para que todos sean felices y alcancen un modo de vida digno en el que no falte lo esencial y no sea imposible acceder a algunas cosas superfluas?

Creo que sí. Porque esa dedicación implica la renuncia en muchas ocasiones a la libertad personal, a la vagancia, a las vacaciones. Significa además el estar apartado por temporadas de la propia familia, de los amigos, de los vecinos. Supone estar en la mira de quienes escudriñan con lupa las acciones, las decisiones, los modales y los modos y no siempre lo hacen con afán constructivo. Supone un control de las propias ambiciones, de los propios favoritismos, de las pulsiones, de los odios y los apegos, de los intereses. Obliga a renunciar al autoritarismo y a ejercer la autoridad. Impele a la virtud y no al vicio o la molicie. Exige ser humilde y dar a conocer hasta las últimas razones de cualquier acción. Obliga en una palabra a ser ejemplar de la mañana a la noche, sin descuidar ni un instante los modos y modales, las formas de presentarse y de actuar, las palabras que se dicen y cómo se dicen, las que se callan por prudencia y sus razones.

Exige ser leal con amigos y enemigos. Exige ser fiel a lo que se cree. Exige saber renunciar a cualquier beneficio o al mismo cargo que se ocupa si algo no se ha hecho como se debe. Exige respetar las instituciones a las que se sirve. Exige ir por delante del pensamiento y de las necesidades de los demás. Exige actuar incluso antes de que surja el problema o el conflicto.

Es decir, la baladiyya reclama casi la santidad, por no decir que la exige directamente. Por eso;

qué se puede decir de un político que insulta

qué se puede decir de un político que aparece desaseado

qué se puede decir de alguien que usa de su cargo en su beneficio

qué se puede pensar de alguien que no ofrece ni una sola reflexión, solo acusa y denigra

qué se puede decir de alguien que no presenta ni un solo pensamiento constructivo

qué se puede pensar de alguien que solo atiende a los intereses de su grupo

qué se puede decir de quien no resuelve y espera que los demás se lo den resuelto

qué se puede pensar de quien siempre acusa a los demás de lo que ocurre

Yo, personalmente, pienso que ese individuo o esos individuos no deberían dedicarse a la política, porque han confundido de base algo tan importante como la baladiyya con lo baladí. No saben lo que es adjetivo y lo que es abstracto e institucional.

Personalmente estoy muy contenta de que aún queden políticos que se ocupan del bien común, que explican hasta la saciedad lo que hacen y por qué,  tienen en cuenta a los necesitados, los niños, los dependientes, las mujeres, los de las minorías, la investigación y la enseñanza, la salud, la solidaridad y la convivencia, no entran al trapo de las tergiversaciones malintencionadas, las palabras imprudentes e impertinentes o se dedican al insulto y la descalificación. Incluso me producen ternura algunos de sus errores, porque no son arcangélicos, sino personas.

Espero que los que no piensan como yo respeten lo que pienso y, caso de que me quieran, sigan haciéndolo.

Generaciones

Oigo en la radio que la locutora no sabe nada del plexiglas. No lo ha conocido, según afirma, y el nombre le hace gracia porque lo ha empleado siempre para designar una cosa que no sirve para nada. Comenta, además, que unas fábricas de otros derivados del plástico lo están empleando para hacer mamparas protectoras y máscaras.

Como no solo he conocido el plexiglas, sino que sé perfectamente de qué se trata, comentaré que, en los años cincuenta del siglo pasado, este material se puso muy de moda. Con él, cuyo nombre significaba ‘vidrio plegable’, se fabricaban multitud de objetos de todo uso. Entre ellos, mi primer paraguas que era de  un precioso plexiglas azul celeste, cuajado de flores blancas y al que le he dedicado atención nostálgica en otro lugar,.

Las palabras, pues, separan a las generaciones. No hace muchos años, un día, de broma, comentábamos que debíamos montar un guateque, pero se planteaba el problema de a quién le encargábamos llevar el ‘pikú’. Una compañera que hablaba de manera muy dulce y pausada, en medio de la algarabía, preguntó: ¿De qué estáis hablando? No entiendo nada. No digo nada pues de términos como sicalíptico que empleaban con cierta frecuencia mis padres.

Cualquier lingüista sabe que las palabras pierden vida por desgaste y se juntan unas a otras para defenderse o bien caen en total desuso. Pasa con ‘pero sinembargo’, que dice ya todo el mundo o ‘a por’ que también se emplea constantemente.  O como el célebre ¿se puede compenetrar? que usaba con tanta gracia Cantinflas. Otras palabras tienen un uso efímero como ‘sicalíptico’, que no superan sino unos pocos años, y más aún otras como plexiglas que designan un elemento que decae en el uso y que, curiosamente, como en el caso que nos ocupa, se recupera porque el tal elemento se vuelve a utilizar.

Cuánto tiempo hace que no se compran sostenes, sino sujetadores, o no se compra rimel, sino máscara de pestañas, o giletes sino cuchillas. Nombres procedentes de marcas que desaparecen, al tiempo que se multiplican las compañías que las producen y, por tanto, eliminan el nombre para hacer valer el propio. El resultado es que todos estos cambios marcan el paso del tiempo y el cambio de generación.

Sin embargo, queda en el fondo de comentarios como el de la locutora de la radio un cierto poso de amargura. Ella no conoce el verdadero sentido y origen de la palabra, no conoce el material del que se habla, pero  usa el término para designar algo despreciable y de poco valor. Esto es lo que suele suceder con lo relativo a la generación anterior. Sin darnos cuenta la ridiculizamos, la eliminamos, le damos de lado porque no forma parte de nuestro mundo, de lo que conocemos y hemos experimentado; todo lo que procede de ella nos parece obsoleto, innecesario o deleznable. Qué pronto olvidamos que si no fuera por las generaciones anteriores no estaríamos donde estamos, en lo bueno y en lo malo, y que la mayoría de nuestros logros se asientan en los cimientos que ellos pusieron.

Enmascarados

Estos últimos días ya no he tenido más remedio que salir a la calle a hacer recados. No todo se puede comprar por internet, aunque parezca mentira. Las visitas han sido a tiendas de ropa en general y a alguna otra como librerías y tiendas de pinturas artísticas. Es bastante evidente que todo el mundo tiene unas ganas locas de hablar; yo la primera. De manera que, en cuanto hemos coincidido dos mujeres más la dependienta, hemos pegado la hebra como si no hubiera un mañana. Nos quitábamos la palabra la una a la otra alegremente, detrás de nuestras respectivas mascarillas.

Luego, cuando regresaba hacia mi casa, me he dado cuenta de una serie de ventajas que supone la mascarilla. Por supuesto me refiero a ventajas adicionales al hecho de protegernos  de los contagios.

Desde antiguo -yo lo achaco al hecho de ser hija única- tengo la costumbre de hablar sola en voz alta. Cuando hacía muchos trayectos en coche, hablaba en voz alta sin ningún recato, más allá de cuidar de callarme si me detenía algún semáforo, porque si no callaba a tiempo, inmediatamente captaba una mirada de otro conductor o conductora que me observaba con cierta expresión de conmiseración o quizá de recelo. ¿Dónde va esa loca al volante?

Por la calle, evidentemente, no me atrevo a alzar la voz, pero no dejo de hablar conmigo misma – y más hoy en que ya había cogido carrerilla habladora.  Eso me obliga a ir muy atenta a las miradas ajenas y a las personas con las que me cruzo. Porque ya digo que no se trata de un diálogo interior, sino de un verdadero intercambio de pareceres conmigo misma y eso obliga a vocalizar. Hay que articular las palabras y entonces muevo los labios. Ya habréis comprendido, avispados lectores, que con la mascarilla puedo ir hablando sola, sin alzar la voz, claro, pero tranquila de que nadie me tome por loca. Esta es, sin lugar a dudas, una de las mayores ventajas que le encuentro a lo de ir embozada.

También he notado que las personas con las que hablo, que no me conocen, si son más jóvenes que yo, no me tratan como a una anciana. Antes de la mascarilla, en cuanto entraba en un comercio, siempre había una joven que me cedía la vez, tras emitir esa expresión cariñosa de ‘atiende a la abuela’. O bien, el dependiente o dependienta se dirigía a mí con una cierta reverencia, que podía resultar de hablarme en voz muy alta, suponiendo que a mi edad ya debía estar un poco dura de oído. En los casos más simples, la cosa no pasaba de no usar el tú y emplear el usted para dirigirse a mí. Años atrás nos habíamos quejado de la extensión del tuteo, pero en cuanto cumples años, eso se acaba y ya no se confraterniza tan alegremente.

Así que la segunda ventaja, que no es poca, es que no se me ven las arrugas lo suficiente, como solo tengo el pelo un poco canoso y ni mi cuerpo ni mi forma de vestir corresponden al de la ‘buena mujer’ de cierta edad, parezco o debo parecer más joven. Eso le da a mis interlocutoras una cierta confianza y me hablan como si fuera de su generación y no de la mía que es por lo menos una más.

De este modo he dejado de ser, de golpe y sin más artificio que una mascarilla, una vieja loca que habla sola. No diréis que es poca ventaja.