Pan y circo

Primero, los bloques de piedra de Gibraltar. Después, los alardes pacifistas de Putin y los bélicos de Obama. Más adelante, los independentistas y sus sueños. En medio, el fútbol, el básquet y Nadal. Entremedias, las fiestas patronales; que si un Cristo aquí y una Virgen allá.
No se puede decir que no nos tengan entretenidos. ¡El circo ha llegado a la ciudad! Y no sólo a una, sino a todas a la vez. (Esto sea dicho con el máximo de respeto a los circenses, cuya dura vida admiro y muchas veces me sobrecoge).
En tanto estas distracciones se suceden, bien dosificadas, pues unas nos tocan al corazón, otras a los sentimientos patrios y la identidad (espacios sumamente sensibles), otras a los valores colectivos y las de más allá al ocio siempre necesario, junto con la bullanga y el ruido, los responsables (¿) de la res publica trabajan como chinos. Estrenan sus planes de estudio, al tiempo que echan a la calle a los interinos, no sacan plazas y demás, retocan las pensiones (lo de retocar es un decir), permiten que la deuda pública –pero ¿no estábamos en los recortes, la austeridad y la contención?- se dispare al 92% y pico del PIB, y en esa deuda pública los que más gastan son el gobierno central y las autonomías y, finalmente, echen las campanas al vuelo porque el paro bajó en 31 personas.
Señores/as: No cabe duda de que entre tanto circo, nos hemos olvidado del PAN.
Los sindicatos pían, pero la CEOE está encantada. Malo para las ovejas.
Y por si faltaba algo, estrenan, en la TVE que todos pagamos, un programa, por llamarlo algo, de caridad solidaria con los más desfavorecidos y anuncian otro para emprendedores: ¡Caramba, no me había dado cuenta, ahí está el pan!
El pan que en migajas les sobra a algunos y se reparte en un reality show. El estímulo a la creatividad en otro gran hermano de la empresa; esa de déjese usted los cuernos trabajando y ya veremos. Mientras, estará entretenido, si no gana para vivir. Y los demás mirando, como si fuéramos jubilados apoyados en la valla de una obra.
Miren ustedes, esto es una vergüenza ya de tal calibre que no me quedan palabras. Estoy hasta los pocos pelos que tengo. Primero creía que nos tomaban por tontos, hoy ya sé que, mal que me pese, somos definitivamente tontos o saben que lo somos.
Si al menos el circo fuera de calidad, no sería tan insultante que muchos estén al borde de la indigencia, que muchos estén ya al borde de la desesperación y que incluso los que tenemos un pasar digno, estemos asqueados y con ganas de emigrar.
Muchos se preguntan: ¿Qué país vamos a dejar a nuestros hijos y nietos? Yo me pregunto: ¿Qué se hizo del país en que viví, en el que trabajé, en el que salí de una dictadura hacia la democracia, en el que salimos hacia la igualdad y la justicia (aunque siempre deficientes), en el que construí una familia y me hice un hueco profesional?
No sólo el pan es malo, escaso y duro, el circo es aún peor.
Mientras, la gente se muere en Siria, los parados siguen en paro y a los viejos… que les den.

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