Fabio Seisdedos

La tarde era calurosa, las chicharras cantaban en las resecas ramas de un arbolito que competía inútilmente con el verdor de un mango repleto de racimos, las ráfagas de viento empujaban nubes cargadas de lluvia que venían del mar Caribe, levantando remolinos de polvo en las empinadas cuestas que conducen a los cientos de cerros que compiten en altura con los montes de una sierra cercana.

Fabio caminaba soñoliento. Se había puesto su mejor camisa, sus pantalones oscuros, color ala de mosca, y arrastraba acompasadamente unos zapatones de punteras levantadas. Eran sus mejores galas. Esa tarde había una reunión especial. En el salón comunal, debían converger todos los habitantes del sector rural del este. Habían venido unos extranjeros, unos españoles, que posiblemente les hablaran de algo interesante, aunque no se les entendiera bien con eso de hablar de vosotros y con tanto ceceo. No importaba qué fueran a contar, simplemente era la única cosa que podía distraer de una tarde caliente, ventosa y desoficiada de domingo.

Fabio rumiaba su calor, la polvareda que se le colaba por los dientes y el deseo de llegar cuanto antes al salón, por si daba la casualidad de que la Magdalena se personara. Hacía tiempo que él le ponía ojitos, pero ella no se daba por enterada. Esa tarde, quizá tuviera ocasión de impresionarla.

Según Fabio subía la cuesta, con todo el calor metido en su espalda y en los gruesos zapatones de puntas enfiladas hacia el cielo, se fue cruzando con el caballito de andares ligeros y cara triste del hijo de don Bairon, quien a su vez lo montaba como con desgana, dejando caer su machete de costado; con la Juliana que arrastraba a sus chiquillos de ojos inquietos; con un burrito jacarandoso de un anciano medio oculto bajo el ala de su gran sombrero y que cargaba un costal a la espalda. Apenas un gesto de alzar la cabeza como saludo, pues en las cuestas uno no puede entretenerse en palabrerías, pero Fabio se quedó pensando en lo malcriado del burro que no cargaba con el costal, sino su amo. Así se descomponen las bestias, pensó, y siguió camino arriba tragando más polvo que levantó un mozalbete, haciendo rugir su motocicleta.

Al llegar a lo alto del cerro donde se alzaba descolorido, con sus pinturas verdes y azules desconchadas, sus vidrios quebrados y sus puertas desvencijadas el salón comunal, echó un rápido vistazo para averiguar quiénes habían acudido a la convocatoria del dirigente del sector. Vio a varios muchachitos de esos que se ponen las gorras de visera del revés, para que les quiten tal vez el solazo del cogote o por moda, a unas cuantas viejas y no tan viejas, sentadas en el borde de la banqueta; unas acunando niños y otras cotorreando de enfermedades y desgracias, a unas jóvenes que andaban riéndose bajo la breve sombra de un roble de la sabana todo cuajado de flores rosadas, pero allí no se veía ni huella de la Magdalena. Suspiró profundo y entró a la penumbra del salón. Las bancas estaban cubiertas de sombras que se movían y hablaban bajito entre sí.

Una vez que acomodó los ojos a la oscuridad, empezó a reconocer rostros; el Melvin, allá estaba, también el Obed y su señora, los primos Vargas siempre a una, la señora Rosario y su hija malcriada y perezosa, Isaura, Carla y sus esposos, con una fila de chiquillos que jugaban a meterse bajo las bancas, arrastrando todo el polvo en sus camisas y pantalones. En una esquina vio al jefe del sector hablando como en secretitos con la Magdalena. Ah, pues vino, pensó, y por qué se habla en escuchas con ese. Pero no quiso hacerse el enterado, por no levantar sospechas.

Poco a poco fueron llegando otros muchos conocidos, incluso Ezequiel el de la guitarra, con su bigote a lo Pancho y su hija, la de la dulce mirada. Podría decirse que todo el sector estaba presente. Tras el coordinador se veía a dos figuras, un hombre de pelo blanco y barba y una mujer de cabello muy corto, vestida como un hombre. Esos serán los españoles, aunque parecen más gringos, se dijo para sus adentros.

No bien lo miró el coordinador, Elías le dicen, le hizo seña y le presentó a los españoles como a alguien muy importante en la comunidad. Fabio se sintió alagado, pero enseguida se le cruzaron las escuchitas de Elías con la Magdalena y le cambió de sopetón el humor. Saludó, pues, a los extranjeros como lo que eran, unos extraños, y no les dio ni así de cancha para que se entretuvieran con él en muchas palabras.

Viendo que el salón se había llenado, el coordinador dirigió unas palabras a los asistentes, saludando ceremonioso, agradeciendo empalagoso y alabando servilmente  a los extraños, cosa que a juicio de Fabio era innecesaria, mientras estos no abrieran la boca y dijeran algo de interés, lo que era dudoso. Finalmente, según su costumbre, detalló el orden del día que comenzaba con el himno nacional y, para sorpresa de nuestro Fabio, le encomendó que lo entonara y dirigiera.

Fabio se adelanto al centro de la sala, se subió a la tarima, se puso la mano derecha en el pecho y cantó a todo pulmón el primer verso del patriótico canto. En aquel momento, los extranjeros pudieron ver en su mano derecha, solemnemente apoyada sobre la camisa, cómo junto al pulgar crecía, más pequeño y asustado, otro pulgarcito con su uñita y todo. La mujer vestida de hombre, dio un pequeño respingo no sólo al ver aquel dedito de más, sino al escuchar la voz destemplada, sin matices y poderosa de Fabio. No necesitaba el altavoz, eso era evidente. Su vozarrón sobresalía por encima del destemplado coro de asistentes quienes parecían haberse puesto de acuerdo para cantar cada cual en su tono y a destiempo. Con al menos seis estrofas y sus correspondientes estribillos, con cierto aire de habanera triste y guerrera, concluyó finalmente el canto patrio y los extranjeros suspiraron de alivio, echando el aire que habían almacenado durante tanto desafine.

Se empezó a desarrollar el acto cívico. Subieron a la tarima los oradores, según el orden prefijado por el coordinador, aplaudieron rigurosamente los asistentes y por fin les tocó la vez a los españoles. La mujer vestida de hombre habló primero con una inesperada voz cálida y femenina. Se presentó y presentó a su esposo, explicando que les había llevado allá su afán por apoyar las iniciativas ciudadanas de los habitantes del sector, con el fin de mejorar las condiciones de vida, salubridad y desarrollo de la zona. Luego, con un gesto, cedió al hombre la palabra y este vino a repetir algo parecido, pidiendo que se le presentaran proyectos que contribuyeran a una vida más digna de los pobladores de la zona, describió el procedimiento e indicó cómo debían presentarse las solicitudes de aportes económicos para que la organización a la que pertenecían ambos pudiera evaluarlos y apoyarlos en su caso.

Con un saludo igual de ceremonioso, empalagoso, reiterativo y servil, levantó la sesión el coordinador e invitó a los asistentes a tomar la pequeña refacción que se había preparado en el exterior. Allí, efectivamente, las jóvenes y viejas que estaban en el lugar habían dispuesto unas tablas a modo de mesas, cubiertas de unos manteles de papel, sobre los que se disponían jarras con atol y platillos con un tamal, unos pocos frijoles y algo de arroz.

Los asistentes se arremolinaron alrededor de las mesas y atacaron la comida como si en ello les fuera la vida, pero cada cual se llevó su platillo a la sombra más cercana y allí hizo corrillo silencioso con otros compadres o comadres. El revuelo de la comida y la desbandada los aprovechó Fabio para acercarse a Magdalena y, en un acto de osadía sin límites, le tocó suavemente su brazo con la mano derecha, al tiempo que le susurraba algo al oído.

La mujer vestida de hombre, que andaba cerca, aún desconcertada por la avalancha y fuga de los comensales, contempló sorprendida el fugaz asedio de Fabio y alcanzó a oír como Magdalena le decía: Tenés demasiados dedos para mí.

 

 

 

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