Una intensa semana más en Guatemala

El viernes pasado, día 17, fuimos invitados a almorzar en casa de Viviana, una de las egresadas del año pasado, la que se había perdido y al fin encontramos.

Tras las cuatro horas de clase con las que hacen básico (secundaria) en el IGER (Instituto guatemalteco de educación radiofónica), allá que nos fuimos. Las monjas nos prestaron la buseta y Viviana vino a buscarnos a la puerta de la Iglesia del Carmen para guiarnos. La verdad es que no es difícil ir, pero las explicaciones no aclaraban mucho y por ese lado de Salcajá no habíamos estado.

Llegamos enseguida y allí nos recibió parte de la familia: La madre del novio de Viviana, Doña Leti y el novio, que curiosamente se llama Luis Fernando. La mamá es viuda y ciega, aunque es una mujer que no tendrá más de 42 años. Su hijo mayor  tiene 25 años, tiene otra chica de 20, Claudia y una más pequeña de once que se llama Guadalupe. También llegó a comer el novio de Claudia que se llama Carlos y es panadero. Luis Fernando se dedica a tejer, lo que en esta zona es una tarea muy frecuente, porque la ciudad es conocida por el jaspe, las telas que se usan para los cortes (las faldas que usan las mujeres). La hermana, Claudia, trabaja en un banco y la pequeña está en la escuela, terminando la primaria.

La casa es espaciosa, con las habitaciones a ambos lados y un espacio central que la recorre toda. Tiene los pilares para levantar un segundo piso, así que esperan ampliarla. De momento no han conseguido tener bastante para ponerle suelo, el piso es de tierra y las paredes están sin enlucir. Pero cuentan con un cuarto de baño, dos espacios para cocina, una pila de lavar y los dormitorios para todos.

Nos prepararon una comida muy rica a base de pollo a la brasa, ensalada rusa y arroz y una gelatina con crema y manzanas para postre. Comimos y charlamos y sacamos la impresión de que Viviana ha caído en una buena familia. A los 19 años, aún sin cumplir, es un poco fuerte que ya esté embarazada, pero así son muchas veces las cosas aquí. Su suegra está ilusionada con que venga un bebé y ojalá todo vaya bien. Considerando que la muchacha no tenía a dónde ir y que los trabajos aquí son muy inestables y nadie más se hizo cargo de ella, no podemos decir que la cosa haya salido mal de momento. Pero uno se queda con el corazón encogido de pensar qué futuro le espera, aunque de momento las cosas no tengan tan mal aspecto como se temía.

Al día siguiente sábado, nos fuimos a Cobán. Habíamos contratado a don Otto y su carro para ir a Cobán. Desde Xela se puede ir a Cobán atravesando montañas, pero la carretera no da garantías, porque hay derrumbes frecuentes y a veces se corta, de manera que te puedes quedar tirado en medio de la nada. Así que la solución es hacer algo más de cuatrocientos kilómetros en lugar de doscientos. Hay que ir hasta la capital y luego agarrar la carretera del Atlántico y al llegar a El Rancho desviarse a la izquierda. Se trata de ir desde el sur occidente hasta el nororiente, pero haciendo una V.

Esto suele llevar unas ocho horas de viaje y son, como dicen aquí, cabales. Salimos a las siete de la mañana y llegamos sobre las tres de la tarde, haciendo un par de paradas; una a desayunar y otra a beber algo y comer un bocadillo. Se transita por un montón de Departamentos, pero en particular por las Verapaces que son dos; la Baja y la Alta. La Baja es más bien seca y árida, muy calurosa y la Alta de bosques tropicales húmedos, llueve bastante y hay muchos ríos y nacimientos de agua. La Alta Verapaz tiene como cabecera Cobán, que es como se denominan los municipios capitales o con entidad de tales. Esta zona está habitada mayoritariamente (un 90%) por población indígena maya de la etnia q’eqchí. Tienen su propia lengua que se parece al K’iché, pero con variantes. Nosotros sólo sabemos una palabra ‘maltiosh’ que en q’eqchí es ‘baltiosh’ y quiere decir gracias. (los universales lingüísticos se cumplen, piénsese en albóndiga y almóndiga, y perdón por la pedantería) También se nota mucho la diferencia en el atuendo de las mujeres. Llevan corte, pero fruncido,  con vuelo y casi tobillero y un huipil suelto y transparente, de redecilla o encaje, no suelen llevar delantal. Quizá no es tan elegante como el que va metido en la falda y ajustado con un cinturón bien apretado como llevan en el occidente, pero las telas y los colores son preciosos como en todas partes. La ropa de gala es huipil blanco y falda estampada pero en negro.

En esta zona se produce mucho café y hay grandes fincas cafetaleras. Han empezado a hacer una mezcla de café y cardamomo, que también se cultiva aquí, como se hace en el Oriente Medio, lo que me hace sospechar que algún medioriental ha caído por allá. Sin embargo la bebida común es el cacao y te ofrecen chocolate en todas partes, aunque lo hacen con agua y muy clarito. Los cafés más conocidos tienen un nombre alemán, pues parece que a comienzos del siglo XX se establecieron en la zona familias alemanas.

La ciudad está sobre varios cerros y por ello hay bastantes cuestas. El centro, como todas las ciudades de Guatemala, tiene su Parque Central, el Ayuntamiento y la Catedral. De ahí, más o menos en cuadrícula, aunque esta ciudad es más larga que ancha, salen las calles y avenidas. En el lado de poniente está el cerro del Calvario, con una larga escalinata de acceso y su iglesita que, al parecer, dirigen claretianos. En la larga ascensión hay pequeños altares u hornacinas, donde la gente quema incienso. En general los mayas son muy aficionados al incienso que es una ofrenda ancestral. Hay un cierto sincretismo entre sus tradiciones y el catolicismo general, pero precisamente eso le da un sabor especial a las celebraciones. Tuvimos ocasión de asistir el domingo a una misa bien intercultural y animada. Celebraba un presbítero que, procedente de Kenya, ha aprendido el q’eqchí y la misa fue en esa lengua. Algunos ratos se dirigía a la audiencia en español, porque concelebraba con él un cura francés que traía a un grupo de personas no sé si en misión o simplemente de visita. Al finalizar la misa, amenizada por un gran coro, con su marimba, guitarras y percusión, los franceses cantaron una canción a la Virgen en patois y un muchacho, que se presentó como ‘misionero cultural’, cantó una canción a Guatemala, ataviado con un traje tradicional, con sus calzones cortos, su faja, su pañuelo a la cabeza, chaleco, morral y cantimplora de calabaza.

La gente te saluda por la calle y en el restaurante donde comimos, todos deseaban buen provecho. Así que al marcharnos, a una familia que había cerca, también le deseamos buen provecho y creo que se quedaron muy felices. Lo mismo, en el momento de dar la paz, se te tiran a darte besos y muchas palmaditas. Esto hace la vida agradable y al poco te sientes como en casa, aunque no entiendas nada de su lengua.

Nosotros habíamos ido a Cobán porque nos hablaron de una española que vivía allá desde hace 25 años. No sabíamos muy bien quién era ni a qué se dedicaba, pero ya que nos habían dado sus coordenadas queríamos conocerla y fue toda una experiencia de lo más interesante.

Esta mujer es la hermana de un jesuita que se vino a estas tierras en misión, se integró con los indígenas del K’iché y finalmente se pasó a la guerrilla durante el conflicto armado de Guatemala que no concluyó hasta 1996, en que se firmaron los acuerdos de paz. Murió en la Sierra de los Cuchumatanes, en una emboscada, junto a un muchacho que era su guía y acompañante, Chepito, en 1982 y su cadáver no fue nunca recuperado. Se llamaba Fernando Hoyos y como nombre de guerra era el Comandante Carlos. Yo recuerdo perfectamente haber leído en España la noticia, pero no sabía mucho más.

La historia de esta familia, un notario de origen vallisoletano, pero afincado en Galicia durante mucho tiempo, es verdaderamente notable. La de Pilar aún más. Esta mujer, una vez muerto su padre y su hermano, se vino para acá y aquí sigue. Ha estado trabajando en esa zona con los indígenas, casi siempre en cuestiones de educación y en proyectos de formación. Ha colaborado con el IGER y con la Universidad Rafael Landívar de los jesuitas. Ella vive en Chahal, una aldea de unos veinte mil habitantes, contando el entorno, y pasa algunos días a la semana en Cobán, colaborando en la redacción de documentos con un amigo suyo que es abogado y notario y natural de Chahal. Hablamos muchísimo toda la tarde del sábado y todo el domingo y fue muy enriquecedor. Le hemos pedido que sea el enlace de Tacaná en la zona y que vea si en su comunidad de Chahal, sobre todo en las aldeas que dependen de ese municipio, puede haber alguien a quien se le pueda apoyar en sus estudios. Los muchachos de esa zona tienen que venir a Cobán a estudiar cosas profesionales, pero les sale muy caro porque tienen que buscar pensión y además pagarse los estudios. Están a más de tres horas en carro y en muchos lugares a más, porque los caminos son de tierra. Así que puede ser un buen lugar para empezar con al menos una primera beca para el curso que viene. Ella se encargará de seleccionar a los solicitantes y hacernos la propuesta con los requisitos que pedimos a todos los becados.

Ella había pensado en buscar el modo de establecer un pensionado, precisamente para que esos muchachos y muchachas puedan venir a estudiar a Cobán, pero carece de fondos y también se plantea que ya tiene una edad (66 años) y le parece difícil encontrar a alguien que le de continuidad a una labor así. De manera que esta pequeña colaboración con nosotros le pareció muy adecuada y enseguida la aceptó.

De este modo, además de colaborar con la labor que hacen las monjas en el Hogar, tenemos a dos corresponsales en el país; una, Isaura Ortiz, en San josé Pinula, para que haga el seguimiento de las dos egresadas de allá, y a Pilar Hoyos en Cobán, para que controle al posible becario de 2016. Así que nuestra labor por estas tierras, muy modestamente, se va ampliando y nos parece que es muy bueno que se comprometa gente que está sobre el terreno y que no sea de la congregación, pues, de manera natural, te dan otra visión de la realidad que es muy productiva.

Ojalá entre nuestros donantes y simpatizantes saliera más gente que fuera capaz de venirse para acá al menos un mes al año. Este es un mundo apasionante y lleno de retos. También sería estupendo que entre nuestros donantes y simpatizantes saliera alguna persona dispuesta a darle continuidad a la labor de la Asociación, implicándose algo más en la gestión, en la aportación de propuestas y actividades, en la captación de otra gente, sobre todo jóvenes. Pero, bueno, con sólo tres voluntarios que venimos por estas tierras y con el apoyo que nos da saber que os interesa lo que hacemos y nos alentáis, ya está muy bien. Como dicen por aquí; demasiado bien.

Así que no se puede decir que hayamos echado el fin de semana a hacer turismo sólo. Eso sí, las ocho horas de carro para allá, cambiar de cama, y las ocho horas de vuelta nos han dejado para el arrastre. Yo tengo la espalda hecha polvo y Luis está cansadísimo y con los cambios de altura con la tensión un poco alterada. A mí no me ha afectado tanto, porque ya me tomo mi pastillita habitualmente. Por lo demás, estamos felices de lo mucho que nos está cundiendo el tiempo en este año, cuando a decir verdad, antes de venir estábamos un poco mustios, porque nos parecía en la distancia que las cosas se iban torciendo. Pero, es seguro que las oraciones de mucha gente están haciendo su efecto.

Ya sólo nos quedan unos diez días de estar en el Hogar y rematar los flecos del Proyecto para este año. El día 1 de mayo nos iremos a la capital, donde tenemos que dar unos talleres a las aspirantes a la Congregación y el 5 volveremos, D.v. a casa. A pesar de estar casi acabando la estancia, es posible que haya más cosas que contar en una próxima crónica. Recordad que aquí la vida no fluye mansamente, sino a trompicones y dando saltos sobre las piedras.

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La laguneta del parque Victoria y el Parque central

El Calvario
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