El confort de las mariposas

Leo en un suplemento de un periódico que en uno de esos hoteles de lujo, con SPA y otras propuestas de comodidades de todo tipo, por supuesto pensadas para el bienestar del cliente, que paga algo así como la mitad del salario interprofesional por noche, hay un restaurante que se llama ‘El jardín de las mariposas’, que, para deleite de los comensales, está lleno de mariposas que revolotean por el recinto.

Bien, podríamos pensar que no deja de ser una cursilada y, aunque las mariposas suelen ser muy bonitas, en realidad son bichos volantes que constituyen precisamente lo que uno quiere que se le pose en el plato mientras come.

Supongo que hay que complicar las cosas lo suficiente como para justificar que una cenita en el dicho lugar te cueste un ojo de la cara, y a algún creativo se le ha ocurrido que lo de las mariposas era una buena idea. Son unos animalitos de colores vistosos, silenciosos y no parece que suelten excrementos, como podría ocurrir con aves que tendrían dos inconvenientes; cantar, trinar o gorjear y además dejar algún regalito en los hombros de los comensales o en sitios peores.

Pensándolo bien, no deja de ser una idea ingeniosa. Pero ahí no se detiene el asunto. Para convencer a los posibles clientes de que lo que van a pagar merece la pena, se insiste en el texto que describe el lugar en que las mariposas son traídas cada día desde Costa Rica.

Aquí es donde a mí se me pusieron los pelos de punta. ¿No son especies protegidas en Costa Rica, país que defiende que son uno de sus tesoros nacionales? ¿No hay en ese país, además de parques nacionales en donde viven libremente, mariposarios, aquí y allá, para protegerlas? ¿Quién ha concedido el permiso de exportación para que se las lleven?

Al margen de los posibles problemas legales del comercio internacional de animales, sinceramente ¿no es una estupidez y una salvajada ofrecer algo así, sólo para justificar el nombre del restaurante y la cuantía de la minuta? Porque no soy capaz de verle otra finalidad a esta importación.

Posiblemente mi reacción ante el asunto tenga algo que ver con la brecha entre ricos y pobres. No soy capaz de entender que alguien pague por unas mariposas que revolotean a miles de millas de su lugar de origen. Pero el dinero cada vez está más cargado de estulticia o será que como no tengo capacidad adquisitiva para permitirme una estancia o una cena en ese espacio privilegiado, me mueven la envidia y la lucha de clases.

En cualquier caso, a mí me daría vergüenza publicitar algo así. ¿Alguien ha pensado en el bienestar de las mariposas?

 

 

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