Un letrero revelador

Un pariente indigno, hace muchos años, consiguió con malas artes apropiarse de bienes que pertenecían a mis padres y que ellos a su vez habían heredado de los suyos.

Aquello supuso un gran disgusto para mis padres y la ruptura con aquel pariente infame y todos los que con él tenían relación o fueron sus cómplices.

Más de veinte años han transcurrido desde esos hechos deplorables que tanto hicieron padecer a los legítimos poseedores de aquellos bienes. Yo he procurado durante todo ese tiempo y más olvidar esos hechos. Con ese olvido, me olvidé de que los lugares y los espacios que esas posesiones ocupaban formaban parte de mi propia historia. La memoria es a veces selectiva, pero otras veces se declara independiente y borra más de lo que uno quisiera.

No hace mucho, tuve ocasión de visitar esos lugares y comprobar que, efectivamente, aquellos inmuebles y espacios seguían en su lugar; envejecidos y deteriorados, pero allí estaban.

La indignación que había tenido olvidada me volvió a subir al rostro al contemplar cómo el indigno pariente había tenido la desfachatez de poner un gran letrero que decía: Propiedad de X (y su nombre).

Sin embargo, hoy tuve de pronto una revelación. Como cuando miramos uno de esos dibujos que a ratos parecen unos rostros enfrentados y, al parpadear, te hacen ver una copa. Así se me apareció el letrero de marras ante los ojos y lo vi como una declaración de culpabilidad.

El ladrón había dejado la firma expresa de su delito.

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