De hombres y piedras

En esta semana primera de septiembre, se ha reunido en Cáceres un congreso de arqueólogos, especialistas en arte rupestre. Participantes en él han pedido protección y sensibilidad hacia los restos arqueológicos, patrimonio cultural de la humanidad, para que se preserven y lleguen a las generaciones futuras.

Ante la dosificada y sistemática destrucción del patrimonio cultural en Iraq y Siria, también se han levantado voces reclamando mayor protección para los lugares donde hay vestigios de civilizaciones pasadas. Al mismo tiempo, los destructores de ese patrimonio no tienen empacho en vender piezas a coleccionistas de todos los rincones del mundo. De manera que no sólo obtienen notoriedad por la barbarie, sino que comercian con aquello que dicen considerar ‘vestigios de paganidad’.

Como decía mi madre, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Pero la cuestión va más lejos. Miles de personas pierden la vida huyendo de la guerra. A otros se los engaña, dejándolos subir a trenes que van a ninguna parte. Se les cierran las fronteras o se los hacina en campos de refugiados, en los que carecen de lo más básico.

Nos llama la atención que algunos digan que no quieren salir de su patria. Nadie emigra por gusto. Cuando alguien lo hace, la cosa tiene otros nombres; viajar o espíritu aventurero.

Si no somos capaces de acoger a esos hombres, mujeres y niños que huyen despavoridos, después de ver la muerte y la destrucción a su alrededor, cómo vamos a ser sensibles al deterioro de las pìedras o a su desaparición.

Si no nos importan aquellos que conviven con nosotros, que son nuestros iguales, qué más nos da una ruina más o menos.

En cualquier caso, hay que establecer prioridades. Las personas son antes que las piedras, por muy históricas que estas sean. La cuestión es que no nos interesa salir de nuestra aparente comodidad, no queremos ver qué significa que pierdas tu casa, tu trabajo, tu seguridad, tu estabilidad y tu esperanza, en la confianza absurda de que eso es algo que les pasa a otros y no a nosotros.

Sin embargo y a pesar de todo, como pasa casi siempre, la sociedad civil, es decir, los ciudadanos de a pie, se organizan, se vuelven solidarios y aportan a los que huyen aquello que pueden; compañía, ropa, comida, apoyo psicológico, una sonrisa. Mientras, los responsables políticos debaten acerca de cómo serán humanitarios, sacando el mejor provecho para sus intereses: No molestar a la gran industria, a los poderes financieros, no perder unas elecciones o seguir en el poder.

Ya hemos visto lo que son capaces de hacer con sus propias poblaciones; mermar la capacidad de subsistencia de la sufrida clase media, empobreciendo aún más a los que ya eran pobres, privar a los trabajadores de empleo o de continuidad en él, siempre a favor de sanear bancos y de reducir las prestaciones sociales, a pesar de subir los impuestos, de recortar salarios y de no generar empleo público. Quién es tan ingenuo de esperar aún que vayan a hacer algo de provecho con aquellos a los que no pueden sacar el jugo porque lo han perdido todo.

Todavía hay quien alerta del riesgo de acoger a tantos ‘diferentes’ porque podríamos perder nuestra identidad. No quiero esa identidad que se construye a base de dejar en las cunetas y en las orillas de los mares a tantos muertos. No quiero pertenecer a un continente que ha organizado dos Guerras mundiales y fomentado muchas regionales. No quiero ser de esa masa de pueblos a la que no le importan sus semejantes, porque advierte con mayor facilidad las diferencias. Me avergüenza pertenecer a este lado del mundo acomodado en su falsa seguridad, que se cimenta en pirámides de cadáveres y que niega a los sobrevivientes la más pequeña oportunidad de vivir con dignidad.

En nuestras pequeñas vidas, demostramos nuestra categoría humana en los momentos de dificultad, enfermedad, riesgo o tristeza. Ahí es donde se pone de manifiesto nuestro temple. Como sociedad la cosa es semejante; gestionar una crisis de la envergadura de la presente pone a prueba nuestra capacidad de ser verdaderamente humanos. Si de veras somos seres con inteligencia y corazón, debemos encontrar el modo de resolver este reto y lograr el equilibrio entre la justicia y la misericordia. Las personas primero y, después, nos ocuparemos de las piedras.

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