La recuperación de lo simbólico

En los últimos meses he tenido ocasión de asistir a exposiciones de pintura diversas; unas individuales, otras colectivas. He visto trabajar a algunos pintores y he asistido a explicaciones de los propios artistas acerca de su obra. Todos ellos pertenecían a muy diversas generaciones. Algunos ya eran artistas reconocidos, mientras que otros, aunque muy valiosos, por su juventud estaban aún en el comienzo de sus carreras.

No obstante si algo tenían en común es que, con técnicas diversas y estilos de lo más variados, se acercaban más a lo figurativo que a lo abstracto, aunque, incluso en este último caso, apoyaban sus abstracciones en conceptos y referencias literarias o recurrían a materiales y texturas que, finalmente, componían paisajes que eran susceptibles de ser reconocidos como representativos de un entorno concreto.

En todos ellos se daba una representación de la realidad más que la investigación de nuevas formas de expresión, sin que por ello dejaran de ofrecer recursos técnicos diversos. Dicho de otro modo, su pintura, muy diferente, era un modo de simbolizar una experiencia vital frente a un objeto, un paisaje, una idea o un concepto.

Algunas interpretaciones eran un puro juego geométrico y sin embargo eran una representación del universo personal de ese artista concreto; otras eran minimalistas, apenas unas rayas y unas sombras que dejaban espacios abiertos o cerraban y encerraban esos espacios, sugiriendo horizontes o clausurandolos; otras eran abigarradas explosiones de color que huían de las formas, reduciéndolas a su mínima expresión, casi en una representación infantil e ingenua, ocultando la pasión adulta por la luz, la sombra y el objeto; quienes dejaban al objeto inacabado, flotante, insinuado, monocromo y desvaído, pero cargado de intenciones y sugerencias; otros se empeñaban en un realismo mágico, cargado de evocaciones y silencios, eligiendo objetos cotidianos suspendidos en el tiempo y convertidos en eternos; algunos componían naturalezas muertas poco convencionales que sin embargo eran metáforas de la patria, la identidad o la historia personal.

Este recorrido que en principio era para mí más bien el resultado de una búsqueda de conocimiento, no obstante me ha puesto delante algo que ni pretendía encontrar, ni creía que fuera a hallar. Me he encontrado ante un universo simbólico que refleja de manera explosiva que hay un camino a la esperanza en la cultura y en la humanidad.

El desencanto que se venía produciendo en mi ánimo ante la banalidad de un mundo que, habiendo abandonado o dejado perder el sentido simbólico de las religiones, pues o bien lo había convertido en eslóganes terribles, cargados de violencia, o lo había dejado caer como objetos inútiles, se aferraba a un materialismo vacío, frustrante y obsesivo, más empeñado en el parecer que en el ser; ese desencanto parecía no tener retorno posible. Daba la impresión de que era pasado el tiempo en que el hombre buscaba sentido a su realidad y la proyectaba hacia ese más allá de los límites del tiempo y del espacio que definen lo humano.

Este hecho, común en las grandes civilizaciones del pasado, no es en absoluto el producto de una voluntad consciente, como muchos pretenden, sino que es un instinto que diferencia al hombre de los animales. Es un deseo incontenible de trascender el aquí y el ahora y alcanzar un atisbo de eternidad. Es la necesidad imperiosa de poner nombre a lo que es inefable.

Pues bien, aunque parezca pretencioso y arriesgado, he hallado ese impulso en estos artistas que he tenido la suerte de contemplar. Creo que si varias generaciones cercanas de creadores se proponen no tanto experimentar nuevos modos (ismos) pictóricos, sino interpretar el mundo, creando sus cosmogonías particulares y construyendo esos racimos simbólicos que con un lenguaje analógico dicen de aquello que no sabemos ni podemos nombrar, aún hay esperanza para esta humanidad que parecía haber perdido aquello que antropológicamente la definía.

Dicho de otro modo, con su pintura nos devuelven los símbolos que dicen la razón profunda de la realidad que contemplamos, vivimos, disfrutamos o padecemos, sin ponerle un nombre que no es capaz de abarcarlo todo sino es de manera metafórica. Ellos están creando, quizá sin saberlo, pero como una pasión necesaria, un lenguaje que nos permita entender e interpretar la realidad y movernos en ella con cierta estabilidad. Aquello de lo que antes nos proveían los sistemas religiosos o las grandes corrientes filosóficas.

La existencia de estos artistas plásticos  me devuelve la confianza en la humanidad. Ellos están buscando sentido a la vida, aunque quizá no se den cuenta de su búsqueda o de que se lo están dando.

Como todo universo simbólico que se precie no se trata de una gran alegoría, sino de un sistema abierto, no congelado, sino susceptible de múltiples e inacabables interpretaciones. En este sentido, no sólo se trata del universo particular de cada uno de los artistas y sus diferentes sensibilidades y habilidades, sino de una propuesta de conocimiento y trascendencia que cada uno de nosotros, espectadores, puede incorporar y hacer suya, dotándola de su propio sentido. Del mismo modo en que la fe de cada creyente es diferente y personal.

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