Un encuentro feliz

Hace algunos días recibí en mi casa a dos viejos compañeros de bachillerato y a sus esposas.

Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos y todos guardábamos buenos recuerdos de aquellos ya muy lejanos 15 años. Sin embargo, tanto mientras comíamos, como en la larga sobremesa que a todos se nos hizo corta, no salieron a relucir aquellos recuerdos que sólo compartíamos la mitad de los presentes. Frases como : ¿Te acuerdas de fulanito, de fulanita o del profe de esto o aquello? no estuvieron presentes en la charla, lo que sin duda los cónyuges agradecieron, pero que de algún modo fueron muestra de la madurez adquirida.

Todos hemos vivido vidas diferentes en profesiones muy distintas y con dedicaciones dispares, no obstante estamos en el mundo que nos ha tocado vivir. Como en todas las épocas, un mundo cambiante que se aleja mucho de lo que nos enseñaron que sería la vida y, no sólo eso, muy diferente de las convicciones que llegamos a forjar en los últimos cincuenta años, tirando de las enseñanzas de nuestra propia experiencia. Fue bastante claro que todos queríamos dar a conocer al otro nuestro rostro de hoy. No necesitábamos regresar a la adolescencia, pues nuestro trabajo nos costó superarla y salir de ella medio bien. Hace mucho que somos adultos y ese era el mensaje que queríamos transmitir: ‘Míra que mayor me he hecho, como tú más o menos’.

Una delicia. Gente que no reniega de su edad ni de los achaques que le ha ido trayendo, que habla de su vida, de su trabajo, de su voluntariado o de su ocio con la alegría de deberes asumidos y llevados adelante con dedicación y entusiasmo. Gente que no vive, aunque viva, para estar al servicio de los hijos. Gente que los vigila de lejos, sin entorpecer, pero atenta a sus necesidades. Gente sabia, entre la que sin pudor me incluyo, porque ha sabido hacer en cada momento lo que ha tocado hacer, lo ha vivido hasta el fondo y ahora ni lo añora ni trata de mantenerlo en pie contra viento y marea. La edad de criar hijos pasó, la de medrar en el trabajo, se fue, la de ganarse una posición en el mundo es tarea ya de otros. Así que, ahí estábamos, comiéndonos nuestra comidita medio-oriental, hecha con todo el esmero de que soy capaz, y charlando durante horas de lo divino y lo humano sin encerrarnos en un círculo añejo de recuerdos de lo que fuimos y ya dejamos de ser, cosa estupenda -dicho sea de paso- porque en aquella época estábamos a medio cocinar y hoy, ya estamos bien cocidos, pero no amojamados ni tiesos.

Una delicia este encuentro con quienes por razones diversas no pudieron ir al encuentro ‘oficial’ del pasado junio. Gracias por venir, por estar y por participar con vuestra realidad de hoy. Realidad inclusiva que permitió que nuestras parejas no se sintieran desplazadas ni se aburrieran como hongos, al escuchar ‘viejas batallitas’.

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